DEFENSA DE LA HISPANIDAD, Ramiro de Maeztu
Defensa de la Hispanidad
Auspiciado en 1934 por Acción Española, recoge artículos que compendian y sintetizan la doctrina de la Hispanidad: señalar a todos los hombres de la tierra que si quieren pueden salvarse, y que su salvación no depende sino de su Fe de su voluntad
[Ramiro de Maeztu (Vitoria 1874-Aravaca (Madrid) 1936)]
Evocación, por Eugenio Vega Latapie
"¡Vosotros no sabéis por qué me matáis! ¡Yo si sé por qué muero: por que
vuestros hijos sean mejores que vosotros!", se cuenta dijo Maeztu momentos antes
de ser fusilado, dirigiéndose a quienes se disponían a matarle. Ramiro de Maeztu
no murió increpando a sus asesinos ni lamentándose de su mala suerte, sino
ofrendando su sangre para que fecundara la tierra española y para obtener del
Señor que bendijera y llevase al recto camino a los hijos de sus verdugos.
Preso arbitrariamente al iniciarse el Alzamiento Nacional en julio de 1936,
Maeztu fue sacado de la cárcel de las Ventas en la madrugada del 29 de octubre,
y, en el momento de salir, se postró a los pies de un sacerdote, también
cautivo, y le dijo: "Padre, absuélvame", recibiendo viril y piadosamente esa
absolución que recuerda la de los antiguos cruzados antes de entrar en combate
o, más propiamente, la de los mártires antes de salir a la arena del circo a ser
destrozados por las fieras.
"Amad a vuestros enemigos. Haced bien a los que os aborrecen y maldicen",
decretó, con caracteres de orden imprescriptible y eterna, quien ofrendó su vida
por la salvación de todos los hombres, sin exceptuar a los que le daban muerte
inhumana. Y Maeztu, empapado de espíritu cristiano, supo ser discípulo del
Maestro divino y morir sin rencores y sin odios, bendiciendo a los hijos de sus
matadores.
Maeztu murió amando y no odiando. Su muerte es la más bella página que jamás
escribió en su vida. Con contarse éstas por millares, es aquella cuya meditación
mayor bien puede hacernos.
Un misionero de nuestros días refiere que en sus trabajos de evangelización en
el Japón, tuvo como catecúmeno a un militar de elevada categoría, que deseaba
hacerse cristiano. Paulatinamente iba explicando el misionero a su discípulo las
bases fundamentales de nuestra Fe; pero, al llegar a la explicación del "Padre
nuestro", el militar japonés le dijo que desistía de hacerse católico, pues
había algo que en modo alguno podía admitir, y ese abismo infranqueable lo
constituían las palabras "así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". El
misionero insistió, le explicó la belleza y primacía de la virtud del Amor, pero
el japonés, triste y abatido, tras varios días de luchas íntimas, le comunicó
que le era imposible perdonar a determinados enemigos y se despidió del
misionero, con despedida que él creía definitiva. Pero el germen vivificador
había caído en un alma noble, y años más tarde, el militar japonés buscó de
nuevo al misionero y le pidió le bautizara, pues ya podía perdonar. En su
elemental teología el pagano había puesto el dedo en la llaga: por encima de la
Fe, por encima de la Esperanza, se encuentra la virtud del Amor. Verdad ésta que
hace decir a San Pablo que si no tenemos Caridad, de nada nos sirve tener una fe
que mueva las montañas, ni entregar todos nuestros bienes a los pobres, ni
nuestro cuerpo al fuego.
Se puede afirmar que Maeztu, en sus últimos años, vivió con la obsesión de que
moriría mártir de su Religión y de su Patria, y en frecuente oración para
cumplir noblemente su destino. Cuántas veces no le oímos, los habituales de la
tertulia de "Acción Española" exclamar, triste y esperanzado a la vez: "Yo noto
que soy cobarde y por eso pido a Dios me conceda morir, al menos con dignidad".
En repetidas ocasiones se avergonzó de no haber muerto a los pies de un sagrario
o en el atrio de un templo el día 11 de mayo de 1931, cuando un reducido número
de extraviados, con la complicidad pasiva del Gobierno provisional de la
República y la tolerancia cobarde de los católicos, incendió decenas de iglesias
y conventos en Madrid.
En enero de 1934, en uno de aquellos banquetes de "Acción Española" en los que
se comía durante una hora y se hablaba o se oía hablar durante tres o cuatro,
don Ramiro, con aquella oratoria tan suya de iluminado, después de explicar sus
esfuerzos prodigados en vano durante la Dictadura para convencer a los
gobernantes de que la revolución se venía encima y que se apercibieran a
cerrarle el paso, dijo textualmente: "Esta fue mi lucha durante quince meses,
hasta que un día la revolución se echó encima de nosotros. Mis compañeros
prefirieron el destierro; yo, no; porque prefiero que me den cuatro tiros contra
una pared, pero aquí he de morir. Mis espaldas no las han de ver nunca mis
enemigos. Y entonces, un día oímos aquello de uno, dos, tres y las gentes en el
Retiro y las multitudes soeces. Se nos ha dicho que ésta ha sido una revolución
pacífica: pacífica porque no se ha vertido sangre. Pero si la sangre no vale lo
que la hiel, lo que la Injuria soez, lo que el sarcasmo, lo que el griterío de
la masa desmandada! ¿No os habéis encontrado con un tropel de doscientas,
trescientos o cuatrocientas personas insultando a vuestro jefe hereditario, y no
habéis sentido la impotencia de ser uno solo y no poder arremeter con las
doscientas, trescientas. cuatrocientas personas, y no habéis experimentado el
deseo de que todo aquello os arrollara, porque es preferible que los cerdos
pasen por encima de uno, por encima de su cadáver, que no seguir tolerando
tantas bajezas, tantas ruindades, tantas cosas soeces, tanta barbarie?"
Un día de marzo o de abril de 1936, otro glorioso mártir de la Nueva España, don
Victor Pradera, al regresar a su hogar, después de presidir una conferencia de
la Sociedad Cultural "Acción Española", refiere a su esposa, que al encontrarse
con Maeztu, éste le había dicho "Don Victor, ¿cuando nos asesinan a usted y a mi
?" Hoy dos mujeres, que en el silencio y el retiro lloran la muerte de estos
precursores y maestros de la España Eterna, al encontrarse no podrán por menos
de sentir un estremecimiento, al recordar el terrible vaticinio.
La insistencia con que Maeztu repetía que moriría asesinado, llegaba, a veces, a
ser tomada en broma por los más asiduos de aquella tertulia de la redacción de
"Acción Española", de la que don Ramiro fue uno de los pilares fundamentales
desde su fundación. Era tal su cariño a la tertulia que si algún rarísimo día
había de faltar, se excusaba de antemano o telefoneaba. Su ingreso en las
Academias de Ciencias Morales y de la Lengua, motivó que los martes y jueves,
días en que celebraban sesión dichas Corporaciones, llegase a nuestra tertulia a
última hora, vestido con chaqueta ribeteada y comentando los temas y noticias de
que allí se habían hecho eco. Pradera era otro de los asiduos. Al evocar hoy el
recuerdo de aquellas reuniones, de aquellas gentes y de aquellos sueños y temas
que nos apasionaban, siento remordimientos por no haber sabido gozar, en su día,
de tantos tesoros espirituales allí acumulados y de la compañía de aquellos
hombres que con su vida ejemplar, han conseguido incorporar sus nombres a la
Historia.
Aquel saloncito en que nos reuníamos, toma ante mi mente la categoría de hogar
santo, nueva Covadonga de la España que amanece. Aquel salón viene a
presentárseme como una catacumba del siglo XX, en que los futuros mártires se
confortaban entre sí para afrontar, fieles a Dios y a España, el trance final; y
también como tienda de campaña. en la que reunidos los jefes de la Cruzada en
las vísperas de su iniciación, cambiaban consignas y forjaban planes y arengas.
"Contracorriente", había nacido "Acción Española", contracorriente crecían las
adhesiones a sus principios, y con esta palabra agresiva y heroica de ir
"Contracorriente", tituló genéricamente Maeztu los artículos que, en
colaboración regular publicaba en la prensa de provincias. Y al marchar
contracorriente Maeztu, y tras de él el grupo de escritores e intelectuales que
le consideraban como su maestro, no se les ocultaba en nada, lo terrible de la
misión que cumplir y el riesgo probabilísimo de muerte a que se exponían. Fue en
los primeros años de la siembra, dos meses antes del histórico 10 de agosto,
cuando, en el memorable banquete de la Cuesta de la Perdices, pronunció don
Ramiro las siguientes austeras palabras, ayer objeto de retóricos aplausos y que
hoy podrían esculpirse en las rocas graníticas de ese Escorial por Maeztu aquel
día evocado, con el gotear no interrumpido de lágrimas de madres españolas que
lloran desde hace años la pérdida de sus hijos, muertos heroicamente, en el reír
de su juventud, por haber seguido el camino de espinas que el Maestro les
señalara: "Pero ahora -clamaba- yo digo a los jóvenes de veinte años: venid con
nosotros porque aquí, a nuestro lado, está el campo del honor del sacrificio:
nosotros somos la cuesta arriba, y en lo alto de la cuesta está el Calvario, y
en lo más alto del Calvario, está la Cruz". Y en efecto. tras cinco años de
trabajar contracorriente, al coronar "la cuesta arriba" sin tiempo para otear la
tierra de promisión por él descrita. La prisión primero y la muerte después.
Consumaron la realización de sus enseñanzas y profecías y el traquido de balas
asesinas fue el postrer bélico clamor de aprobación a una vida perfecta de
apostolado y amor.
Hombre, de cualquier país que seas, que sientas correr por tus venas sangre
española o que a España debas la integridad de tu fe religiosa! ¡Español de la
Península, de América, de Filipinas o de cualquier otra región del mundo!: al
adentrarte en la lectura de este libro, amor de los amores del autor, concede a
cada frase y cada línea el valor y el sentir que a su verdad confiere la
autoridad suprema de estar confirmado con sangre de mártir. Con emoción recuerdo
la pasión y el amor que Maeztu puso en la obra que hoy se reimprime y que,
capítulo a capítulo, fue escribiendo y corrigiendo a nuestra vista. La DEFENSA
DE LA HISPANIDAD no es un mero producto de la erudición y del talento de su
autor; es algo. muy superior a todo eso; es una obra de amor ardiente,
apasionado, que consigue suplir y superar las frías abstracciones de la
inteligencia. Yo he visto llorar a Maeztu leyendo la "Salutación del Optimista",
de su amigo Rubén. Nunca olvidaré aquellas lágrimas que comenzaron a brotar de
los ojos de Maeztu al repetir las palabras proféticas:
"... la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos"
Lágrimas que habrían de trocarse en cataratas y sollozos, que le obligaron a
suspender la lectura al llegar a la invectiva:
"¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos y que al alma
española juzgase áptera y ciega y tullida?"
El amor, la pasión, la decisión, el ímpetu, fueron las cualidades más destacadas
en Maeztu. En su juventud amó y sostuvo algunos principios falsos, aunque nunca
sufrió extravío en su amor entrañable a España. Si durante algún tiempo fue frío
en alguna de sus condiciones, cuando recorrió su camino de Damasco, ese frío
circunstancial se trocó en una pasión y un fuego inextinguibles. En sus amores e
Ideales jamás fue de aquellos tibios, que el Señor, en frase del Apocalipsis,
vomitará de su boca. Un día del bienio republicano-moderado se presentó Maeztu
en la habitual tertulia de "Acción Española", visiblemente excitado,
refiriéndonos que, en el portal de su casa. se había encontrado con su antiguo
amigo Pérez de Ayala, el durante largo tiempo embajador de la República en
Londres, y al saludarle éste y decirle que a ver si se veían para recordar
tiempos pasados, él le había contestado: "Mire usted, Pérez de Ayala, mientras
usted crea que los que rezamos el Padrenuestro somos unos idiotas, yo no tengo
nada que decirle".
Quede para otros escritores la tarea ilustre de hacer una biografía de Maeztu
desde su nacimiento en Vitoria, de madre inglesa, hasta su asesinato, en octubre
de 1936, pasando por su ida a Cuba, como soldado; a impedir la pérdida del
último florón de nuestra corona imperial, sus quince años de estancia en
Inglaterra, Su matrimonio con inglesa, su regreso a la Patria para impedir el
horror de que su hijo pronunciara el español con acento inglés; su embajada en
Buenos Aires durante la Dictadura del general Primo de Rivera; su
encarcelamiento en Madrid con ocasión del 10 de agosto, como presidente de
"Acción Española", y su detención y prisión en julio de 1936, con la referencia
de las gestiones hechas inútilmente por las Embajadas inglesa y argentina para
arrancarle de las garras asesinas. Maeztu, como Calvo Sotelo, como Pradera, eran
demasiado buenas presas para que los enemigos de Dios y de España permitieran su
canje.
¡Uno de los últimos recuerdos que conservo de Maeztu es la felicitación calurosa
que me expresó con ocasión del prólogo que, en junio de 1936, puse a la novela,
de ambiente mejicano, titulada Héctor, prólogo en que hacía un llamamiento y
apología del sacrificio y del combate en defensa de los ideales supremos. "Juan
Manuel lo ha leído —me dijo don Ramiro— y se ha entusiasmado". Y este Juan
Manuel, que por primera y única vez sale citado como autoridad de labios de
Maeztu, era su propio hijo único, de dieciocho años. Y es que, en materias de
honor, de virilidad y de dignidad nacional tenían, muy acertadamente, a los ojos
de Maeztu, más autoridad los mozos que aún no contaban veinte años, que los
miembros de las Academias por él frecuentadas.
Un domingo de finales de junio de 1936 fuimos el marqués de las Marismas, Jorge
Vigón y yo, a acompañar al matrimonio Maeztu desde Madrid a la Granja, donde se
proponían alquilar una casa en que pasar el verano. Apenas llegados al Real
Sitio don Ramiro encomendó a su esposa la tarea de elegir casa y decidirse,
mientras que él se iba con nosotros a dar un paseo por el magnífico parque. Fue
el último día que paseé con éI y nunca podré olvidar la interpretación
revolucionaria que daba a fuentes y estatuas, así como a la ornamentación de los
jardines. "¡No está aquí el Escorial! —decía—; esto es el siglo XVIII francés.
Versalles. Ninfos. Pastores. Fratos. Naturalismo. Pero aquí nada habla de Dios.
Esta ornamentación revela la mentalidad que se refleja en Rousseau y concluye en
las matanzas de la Convención y el Terror. Desde la Granja seguimos al
secularizado monasterio cartujo de El Paular, y después regresamos a la capital.
Indecisiones providenciales de última hora, hicieron que la familia Maeztu no
tomase casa en la Granja y que el 19 de julio les sorprendiese en Madrid.
La última noticia que respecto a mí tengo de Maeztu consiste en una frase
proferida en la casa en que se encontraba oculto durante los primeros días del
Movimiento y en la que fue detenido, reprochándome el que yo no le hubiese
avisado pues su sitio no era estar escondido, sino en una trinchera, defendiendo
su Fe y su Patria, luchando por una España mejor. No temía las persecuciones ni
la muerte, pero soñaba con tomar parte personal y directa en la Cruzada, ni lo
suspiraba por puestos, mercedes o prebendas, sino por el honor máximo de estar
con un fusil en la trinchera. Maeztu daba al valor físico y personal un
elevadísimo puesto en la jerarquía de los valores. Su desprecio a los cobardes
rayaba en lo superlativo. En el discurso del Banquete de enero de 1934
dirigiéndose a las mujeres allí presentes, les dijo: Despreciad al hombre que no
sea valiente; despreciad al hombre que no esté dispuesto a arriesgar su Vida por
la Santa Causa; despreciadlo, y ya veréis cómo los corderos se convierten en
leones. Tengo la seguridad que, de haber estado don Ramiro en la zona nacional,
no hubiera sido empresa fácil convencerle de que con sus sesenta años cumplidos
no tenía puesto en el frente.
La visión de Maeztu, profeta y maestro de la Nueva España, no puede borrársenos
a los que cultivemos su intimidad. No hay ceremonia, desfile, victoria o sesión
conmemorativa a que asistimos o en la que tomemos parte, en que no echemos de
menos su presencia.
Fue en Salamanca, un día de marzo de 1937, en que la primavera, anticipada,
llenó de sol y aromas su Plaza Mayor maravillosa, cuando un poeta, compañero de
luchas y de sueños de Maeztu, a la vista de aquella perfecta geometría de la
representación de las fuerzas armadas que hicieron posible el milagro del
Alzamiento Nacional, Ejército, Requetés, falangistas, Acción Popular,
Renovación, tropas Moras; al oír con ecos resurrección y nostalgia los acordes
de un himno proscrito desde hacia años; al contemplar la llegada del primer
embajador extranjero que reconocía al nuevo Estado, nacido de la Cruzada, buscó
con insistencia vana, entre la masa que colmaba balcones y plaza, a Ramiro de
Maeztu. En aquella jornada de ilusión y de gloria, apenas oscurecida por algunos
jirones de nubes en los cielos y una larvada estridencia en el suelo, José María
Pemán sintió cantar su musa en versos sentidísimos, cuyo final transcribe como
áureo remate de estas páginas de evocación:
"Ramiro de Maeztu, Señor y Capitán de la Cruzada: ¿Dónde estabas ayer, mi dulce
amigo, que no pude encontrarte? ¿Dónde estabas?, ¡para haberte traído de la
mano, a las doce del día, bajo el cielo de viento y nubes altas, a ver, para
reposo de tu eterna inquietud, tu Verdad hecha ya Vida en la Plaza Mayor de
Salamanca!"
Eugenio Vegas Latapie
*
Preludio
Esta introducción
fue publicada el 15 de diciembre de 1931 como artículo-programa de la revista
Acción Española. Un jurado benévolo la escogió para el premio «Luca de Tena» de
aquel año. Al recogerla con el asenso de la revista donde vieron la luz primera
los más de los trabajos de este libro, la he llamado "Preludio", porque esta
palabra no significa meramente lo que da principio a una cosa, sino que sugiere
también, por su uso musical, que se trata de un comienzo especialísimo, en el
que se anuncian los temas que van a desarrollarse en el curso de la obra.
ESPAÑA es una encina media sofocada por la yedra. La yedra es tan frondosa, y se
ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España
está en la trepadora, y no en el árbol. Pero la yedra no se puede sostener sobre
sí misma. Desde que España dejó de creer en su misión histórica, no ha dado al
mundo de las ideas generales más pensamientos valederos que los que han tendido
a hacerla recuperar su propio ser. Ni su Salmerón. ni su Pi y Margall, ni su
Giner, ni su Pablo lglesias, han aportado a la filosofía del mundo un solo
pensamiento nuevo que el mundo estime válido. La tradición española puede
mostrar modestamente, pero como valores positivos y universales, un Balmes, un
Donoso, un Menéndez Pelayo, un González Arintero. No hay un liberal español que
haya enriquecido la literatura del liberalismo con una idea cuyo valor
reconozcan los liberales extranjeros, ni un socialista la del socialismo, ni un
anarquista la del anarquismo, ni un revolucionario la de la revolución.
Ello es porque en otros países han surgido el liberalismo y la revolución por
medio de sus faltas, o para castigo de sus pecados. En España eran innecesarios.
Lo que nos hacía falta era desarrollar, adaptar y aplicar los principios morales
de nuestros teólogos juristas a las mudanzas de los tiempos. La raíz de la
revolución en España, allá en los comienzos del siglo XVIII, ha de buscarse
únicamente en nuestra admiración del extranjero. No brotó de nuestro ser, sino
de nuestro no ser. Por eso, sin propósito de ofensa para nadie, la podemos
llamar la Antipatria, lo que explica su esterilidad, porque la Antipatria no
tiene su ser más que en la Patria, como el Anticristo lo tiene en el Cristo.
Ovidio hablaba de un ímpetu sagrado de que se nutren los poetas: Impetus
ille sacer, qui vatum pectora nutrit. El ímpetu sagrado de que se han de
nutrir los pueblos que ya tienen valor universal es su corriente histórica. Es
el camino que Dios les señala. Y fuera de la vía, no hay sino extravíos.
* * *
Durante veinte siglos, el camino de España no tiene pérdida posible. Aprende de
Roma el habla con que puedan entenderse sus tribus y la capacidad organizadora
para hacerlas convivir en el derecho. En la lengua del Lacio recibe el
Cristianismo, y con el Cristianismo el ideal. luego vienen las pruebas. Primero,
la del Norte, con el orgullo arriano que proclama no necesita Redentor, sino
Maestro, después la del Sur, donde la moral del hombre se abandona a un destino
inescrutable. También los españoles pudimos dejarnos llevar por el Kismet.
Seríamos ahora lo que Marruecos o, a lo sumo, Argelia. Nuestro honor fue
abrazarnos a la Cruz y a Europa, al Occidente, e identificar nuestro ser con
nuestro ideal. El mismo año en que llevamos la Cruz a la Alhambra descubrimos el
Nuevo Continente. Fue un 12 de octubre, el día en que la Virgen se apareció a
Santiago en el Pilar de Zaragoza. La corriente histórica nos hacía tender la
Cruz al mundo nuevo.
Ahí están los manuscritos del padre Vitoria. El tema que más le preocupó fue
conciliar la predestinación divina con los méritos del hombre. No podía creer
que los hombres. ni siquiera algunos hombres, fuesen malos porque la Providencia
los hubiera predestinado a la maldad. Sobre todos los mortales debería brillar
la esperanza. Sobre todos la hizo brillar el padre Vitoria con su doctrina de la
Gracia. Algunos discípulos y colegas suyos la llevaron al concilio de Trento
donde la hicieron prevalecer. Salvaron con ello la creencia del hombre en la
eficacia de su voluntad y de sus méritos. Y así empezó la Contrarreforma. Otros
discípulos la infundieron en Consejo de Indias, e inspiraron en ella la
legislación de las tierras de América, que trocó la conquista del Nuevo Mundo en
empresa evangélica y de incorporación a la Cristiandad de aquellas razas a las
que llamaban los Reyes de Castilla "nuestros amigos los indios". ¿Es que se
habrá agotado ese ideal? Todavía ayer moría en Salamanca el padre González
Arintero. Y suya es la sentencia: "No hay proposición teológica más segura que
ésta: a todos sin excepción se les da —"proxima" o "remota"— una gracia
suficiente para la salud.."
¿Han elaborado los siglos sucesivos ideal alguno que supere al nuestro? De la
imposibilidad de salvación se deduce la del progreso y perfeccionamiento. Decir
en lo teológico que todos los hombres pueden salvarse, es afirmar en lo ético
que deben mejorar, y en lo político, que pueden progresar. Es ya comprometerse a
no estorbar el mejoramiento de sus condiciones de vida y aun a favorecerlo en
todo lo posible. ¿Hay ideal superior a éste?. Jamás pretendimos los españoles
vincular la Divinidad a nuestros intereses nacionales; nunca dijimos como Juana
de Arco: "los que hacen la guerra al Santo Reino de Francia, hacen la guerra al
Rey Jesús", aunque estamos ciertos de haber peleado, en nuestros buenos tiempos,
las batallas de Dios. Nunca creímos, como los ingleses y norteamericanos, que la
Providencia nos había predestinado para ser mejores que los demás pueblos.
Orgullosos de nuestro credo, fuimos siempre humildes respecto a nosotros mismos.
No tan humildes, sin embargo, como esa desventurada Rusia de la revolución, que
proclama el carácter ilusorio de todos los valores del espíritu y cifra su ideal
en reducir el género humano a una economía puramente animal.
El ideal hispánico está en pie. Lejos de ser agua pasada, no se superará
mientras quede en el mundo un solo hombre que se sienta imperfecto. Y por mucho
que se haga para olvidarlo y enterrarlo, mientras lleven nombres españoles la
mitad de las tierras del planeta, la idea nuestra seguirá saltando de los libros
de mística y ascética a las páginas de la Historia Universal. ¡Si fuera posible
para un español culto vivir de espaldas a la Historia y perderse en los cines,
los cafés y las columnas de los diarios! Pero cada piedra nos habla de lo mismo.
¿Qué somos hoy, qué hacemos ahora cuando nos comparamos con aquellos españoles,
que no eran ni más listos ni más fuertes que nosotros, pero creaban la unidad
física del mundo, porque antes o al mismo tiempo constituían la unidad moral del
género humano, al emplazar una misma posibilidad de salvación ante todos los
hombres, con lo que hacían posible la Historia Universal, que hasta nuestro
siglo XVI no pudo ser sino una pluralidad de historias inconexas? ¿Podremos
consolarnos de estar ahora tan lejos de la Historia, pensando que a cada pueblo
le llega su caída y que hubo un tiempo en que fueron también Nínive y Babilonia?
Pero cuando volvemos los ojos a la actualidad, nos encontramos, en primer
término, con que todos los pueblos que fueron españoles están continuando la
obra de España, porque todos están tratando a las razas atrasadas que hay entre
ellos con la persuasión y en la esperanza de que podrán salvarlas; y también con
que la necesidad urgente del mundo entero, si ha de evitarse la colisión de
Oriente y Occidente, es que resucite y se extienda por toda la faz de la Tierra
aquel espíritu español, que consideraba a todos los hombres como hermanos,
aunque distinguía los hermanos mayores de los menores; porque el español no negó
nunca la evidencia de las desigualdades. Así la obra de España, lejos de ser
ruinas y polvo, es una fábrica a medio hacer, como la Sagrada Familia, de
Barcelona, o la Almudena, de Madrid; o, si se quiere, una flecha caída a mitad
del camino, que espera el brazo que la recoja y lance al blanco, o una sinfonía
interrumpida, que está pidiendo los músicos que sepan continuarla.
* * *
La sinfonía se interrumpió en 1700, al cerrarse para siempre los ojos del
Monarca hechizado. Cuentan los historiadores que, a fuerza de pasar por nuestras
tierras tropas alemanas, inglesas y francesas, aparte de las nuestras, durante
catorce años, al cabo de la guerra de Sucesión se habían esfumado todas las
antiguas instituciones españolas, excepto la corona de Castilla. España era una
pizarra en limpio, donde un Rey y una Corte extranjeros podían escribir lo que
quisieran. Mucho de lo que dijeron tenía que decirse, porque el país necesitaba
"academias y talleres, carreteras y canales"·. Embargados en cuidados superiores
nos habíamos olvidado anteriormente de que lo primero era vivir. Pero cuando se
dijo que: "Ya no hay Pirineos", lo que entendió la mayor parte de nuestra
aristocracia es que Versalles era el centro del mundo. Pudimos entonces
economizar las energías y esperar a que se restaurasen para seguir nuestra obra.
Preferimos poner nuestra ilusión en ser lo que no éramos. Y hace doscientos años
que el alma se nos va en querer ser lo que no somos, en vez de ser nosotros
mismos, pero con todo el Poder asequible.
Estos doscientos años son los de la Revolución. ¿Concibe nadie que Sancho Panza
quiera sublevarse contra Don Quijote. El hombre inferior admira y sigue al
superior, cuando no está maleado, para que le dirija y le proteja. El hidalgo de
nuestros siglos XVI y XVII recibía en su niñez, adolescencia y juventud una
educación tan dura, disciplinada y espinosa, que el pueblo reconocía de buena
gana su superioridad. Todavía en tiempos de Felipe IV y Carlos II sabía manejar
con igual elegancia las armas y el latín. Hubo una época en que parecía que
todos los hidalgos de España eran al mismo tiempo poetas y soldados. Pero cuando
la crianza de los ricos se hizo cómoda y suave, y al espíritu de servicio
sucedió el de privilegio, que convirtió la Monarquía Católica en territorial y
los caballeros cristianos en señores, primero, y en señoritos luego, no es
extraño que el pueblo perdiera a sus patricios el debido respeto. ¿Qué ácido
corroyó las virtudes antiguas? En el cambio de ideales había ya un abandono del
espíritu a la sensualidad y a la naturaleza; pero lo más grave era la
extranjerización, la voluntad de ser lo que no éramos, porque querer ser otros
es ya querer no ser, lo que explica, en medio de los anhelos económicos, el
íntimo abandono moral, que se expresa en ese nihilismo de tangos rijosos y
resignación animal, que es ahora la música popular española.
Siempre ha tenido España buenos eruditos, demasiado conocedores de su Historia
para poder creer lo que la envidia de sus enemigos propalaba. La mera prudencia
dice, por otra parte, que un pueblo no puede vivir con sus glorias desconocidas
y sus vergüenzas al desnudo, sin que propenda a huir de sí mismo y disolverse,
como lo viene haciendo hace ya más de un siglo. Tampoco nos ha faltado aquel
patriotismo instintivo que formuló desesperadamente Cánovas: "Con la Patria se
está con razón y sin razón, como se está con el padre y con la madre". La
historia, la prudencia y el patriotismo han dado vida al tradicionalismo
español, que ha batallado estos dos siglos como ha podido, casi siempre con
razón, a veces con heroísmo insuperable, pero generalmente con la convicción
intranquila de su aislamiento, porque sentía que el mundo le era hostil y
contrario al movimiento universal de las ideas.
Los hombres que escribimos en Acción Española sabemos lo que se ha ocultado
cuidadosamente en estos años al conocimiento de nuestro público lector, y es que
el mundo ha dada otra vuelta y ahora está con nosotros. Porque sus mejores
espíritus buscan en todas partes principios análogos o idénticos a los que
mantuvimos en nuestros grandes siglos. Queremos traer esta buena noticia a los
corazones angustiados. El mundo ha dado otra vuelta. Se puede trazar una raya en
1900. Hasta entonces eran adversos a España los más de los talentos extranjeros
que de ella se ocupaban. Desde entonces nos son favorables. Los amigos del arte
se maravillan de los esfuerzos que hace el mundo por entender y gozar mejor el
estilo barroco, que es España. Y es que han fracasado el humanismo pagano y el
naturalismo de los últimos tiempos. La cultura del mundo no puede fundarse en la
espontaneidad biológica del hombre, sino en la deliberación, el orden y el
esfuerzo, la elección no está en hacer lo que se quiere, sino lo que se debe. Y
la física y la metafísica, las ciencias morales y las naturales nos llevan de
nuevo a escuchar la palabra del Espíritu y a fundar el derecho y las
instituciones sociales y políticas, como; Santo Tomás y nuestros teólogos
juristas, en la objetividad del bien común. y no en la caprichosa voluntad del
que más puede. Venimos, pues, a desempeñar una función de enlace. Nos proponemos
mostrar a los españoles educados que el sentido de la cultura en los pueblos
modernos coincide con la corriente histórica de España; que los legajos de
Sevilla y Simancas y las piedras de Santiago, Burgos y Toledo no son tumbas de
una ,España muerta, sino fuentes de vida, que el mundo, que nos había condenado.
nos da ahora la razón, arrepentido, por supuesto, sin pensar en nosotros, sino
incidentalmente, porque hemos descuidado la defensa de nuestro propio ser, en
cuya defensa está la esencia misma del ser, según los mejores ontologistas de
hoy; porque también la filosofía contemporánea viene a decirnos que hay que
salir de esa suicida negación de nosotros mismos, con que hemos reducido a la
trivialidad a un pueblo que vivió durante más de dos siglos en la justificada
persuasión de ser la nueva Roma y el Israel cristiano.
Harto sabemos que nuestra labor tiene que ser modesta y pobre. Descuidos
seculares no pueden repararse sino con el esfuerzo continuado de generaciones
sucesivas. Pero lo que vamos a hacer no podemos Por menos de hacerlo. Ya no es
una mera pesadilla hablar de la posibilidad del fin de España, y España es parte
esencial de nuestras vidas. No somos animales que se resignen a la mera vida
fisiológica, ni ángeles que vivan la eternidad fuera del tiempo y del espacio.
En nuestras almas de hombres habla la voz de nuestros padres, que nos llama al
porvenir por que lucharon. Y aunque nos duele España, y nos ha de dotar aún más
en esta obra, todavía es mejor que nos duela ella que dolernos nosotros de no
ponernos a hacer lo que debemos. *
La Hispanidad y su Dispersión : La Separación de América y La Unidad de la Hispanidad
"El 12 de Octubre,
mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la
Hispanidad". Con estas palabras encabezaba su extraordinario del 12 de octubre
último un modesto semanario de Buenos Aires, El Eco de España. La palabra se
debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías
de Vizcarra. Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a
todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, como ésta
de Hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos
hispánicos?
Primera cuestión: ¿Se incluirán en ella Portugal y Brasil? A veces protestan los
portugueses. No creo que los más cultos. Cámoens los llama (Lusiadas, Canto I,
estrf. XXXI): "Huma gente fortissima de Espanha"
André de Resende, el humanista, decía lo mismo, con palabras que elogia doña
Carolina Micha‰lis de Vasconcelos: "Hispani omnes sumus". Almeida Garret lo
decía también: "Somos Hispanos, e devemos chamar Hispanos a quantos habitamos a
peninsula hispánica". Y don Ricardo Jorge ha dicho: "chamese Hispania à
peninsula, hispano ao seu habitante ondequer que demore, hispánico ao que lhez
diez respeito". Hispánicos son, pues, todos los pueblos que deben la
civilización o el ser a los pueblos hispanos de la península. Hispanidad es el
concepto que a todos los abarca.
Veamos hasta que punto los caracteriza. La Hispanidad, desde luego, no es una
raza. Tenía razón El Eco de España para decir que está mal puesto el nombre de
Día de la Raza al del 12 de octubre. Sólo podría aceptarse en el sentido de
evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al color de la
piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por aquellas
características que puedan transmitirse a través de las obscuridades
protoplásmicas, sino por aquellas otras que son luz del espíritu, como el habla
y el credo. La Hispanidad está compuesta de hombres de las razas blanca, negra,
india y malaya, y sus combinaciones, y sería absurdo buscar sus características
por los métodos de la etnografía.
También por los de la geografía. Sería perderse antes de echar a andar. La
Hispanidad no habita una tierra, sino muchas y muy diversas. La variedad del
territorio peninsular, con ser tan grande, es unidad si se compara con la del
que habitan los pueblos hispánicos. Magallanes, al Sur de Chile, hace pensar en
el Norte de la Escandinavia. Algo más al Norte, el Sur de la Patagonia
argentina, tiene clima siberiano. El hombre que en esas tierras se produce no
puede parecerse al de Guayaquil, Veracruz o las Antillas, ni éste al de las
altiplanicies andinas, ni éste al de las selvas paraguayas o brasileñas. Los
climas de la Hispanidad son los de todo el mundo. Y esta falta de
características geográficas y etnográficas, no deja de ser uno de los más
decisivos caracteres de la Hispanidad. Por lo menos es posible afirmar, desde
luego, que la Hispanidad no es ningún producto natural, y que su espíritu no es
el de una tierra, ni el de una raza determinada.
¿Es entonces la Historia quien lo ha ido definiendo? Todos los pueblos de la
Hispanidad fueron gobernados por los mismos Monarcas desde 1580, año de la
anexión de Portugal, hasta 1640, fecha de su separación, y antes y después por
las dos monarquías peninsulares, desde los años de los descubrimientos hasta la
separación de los pueblos de América. Todos ellos deben su civilización a España
y Portugal. La civilización no es una aventura. Quiero decir que la comunidad de
los pueblos hispánicos no puede ser la de los viajeros de un barco que, después
de haber convivido unos días, se despiden para no volver a verse. Y no lo es, en
efecto. Todos ellos conservan un sentimiento de unidad, que no consiste tan sólo
en hablar la misma lengua o en la comunidad del origen histórico, ni se expresa
adecuadamente diciendo que es de solidaridad, porque por solidaridad entiende el
diccionario de la Academia, una adhesión circunstancial a la causa de otros, y
aquí no se trata de una adhesión circunstancial, sino de una comunidad
permanente.
* * *
No exageremos, sin embargo, la medida de la unidad. Pero es un hecho que un
Embajador de España no se siente tan extraño en Buenos Aires como en Río
Janeiro, ni en Río Janeiro como en Londres, ni en Londres como en Tokio. Es
también un hecho que no podrá desembarcar un pelotón de infantería de marina
norteamericana en Nicaragua, sin que se lastime el patriotismo de la Argentina y
del Perú, de Méjico y de España, y aun también el de Brasil y Portugal. No sólo
esto. El mero deseo de un político norteamericano, Mr. William G. McAdoo, de que
la Gran Bretaña y Francia transfieran a los Estados Unidos, para pago de sus
deudas de guerra, sus posesiones en las Indias occidentales y las Guayanas
inglesa y francesa, basta para que dé la voz de alarma un periódico tan saturado
de patriotismo argentino como La Prensa, de Buenos Aires, que proclama (18 de
noviembre, 1931), "que todos los pueblos hispanoamericanos abogan por la
independencia de Puerto Rico, el retiro de tropas de Nicaragua y Haití, la
reforma de la enmienda Platt y el desconocimiento, como doctrina, del enunciado
de Monroe".
De otra parte, habría muchas razones para dudar de que sea muy sólida esta
unidad que llamamos hispánica. En primer término, porque carece de órgano
jurídico que la pueda afirmar con eficacia. Un ironista llamó a las Repúblicas
hispanoamericanas "los Estados desunidos del Sur", en contraposición a los
Estados Unidos del Norte. Pero más grave que la falta del órgano es la constante
crítica y negación de las dos fuentes históricas de la comunidad de los pueblos
hispánicos, a saber: la religión católica y el régimen de la Monarquía católica
española. Podrá decirse que esta doble negación es consubstancial con la
existencia misma de las repúblicas hispanoamericanas, que forjaron su
nacionalidad en lucha contra la dominación española. Pero esta interpretación es
demasiado simple. Las naciones no se forman de un modo negativo, sino
positivamente y por asociación del espíritu de sus habitantes a la tierra donde
viven y mueren. Es puro accidente que, al formarse las nacionalidades hispánicas
de América, prevalecieran en el mundo las ideas de la revolución francesa.
Ocurrió que prevalecían y que han prevalecido durante todo el siglo pasado. Los
mejores espíritus están ya saliendo de ellas, tan desengañados como Simón
Bolívar, cuando dijo: "Los que hemos trabajado por la revolución hemos arado en
el mar".
Ahora están perplejos. Ya han perdido los más perspicaces la confianza que
tenían en las doctrinas de la revolución. En su crisis actual, no quedarán
muchos talentos que puedan asegurar, como Carlos Pellegrini hace tres cuartos de
siglo, que "el progreso de la República Argentina es un hecho forzoso y fatal".
La fatalidad del progreso es una de las ilusiones que aventó la gran guerra.
Todos los ingenios hispanoamericanos no tienen la ruda franqueza con que el
chileno Edwards Bello proclamó que: "el arte iberoamericano, sin raíces en las
modalidades nacionales, carece de interés en Europa". Pero muchos sienten que
las cosas no marchan como debieran, ni mucho menos como en otro tiempo se
esperaba. En lo económico, esos países, que viven al día, dependen de las
grandes naciones prestamistas, antes, de Inglaterra, ahora, de los Estados
Unidos. No son pueblos de inventores, ni de grandes emprendedores. Sus
investigadores son también escasos. Padecen, agravados, los males de España. Lo
atribuye Edwards Bello, a que están divididos en tantas nacionalidades. Lo que
hizo grande, a juicio suyo, a Bolívar y a Rubén Darío, fue haber podido ser, en
un momento dado, el soldado y el poeta de todo un Continente. El hecho es que
los pueblos hispánicos viven al día, sin ideal, por lo menos sin un ideal que el
mundo entero tenga que agradecerles. ¿Y no de- penderá la insuficiente
solidaridad de los pueblos hispánicos de que han dejado apagarse y deslucirse
sus comunes valores históricos? ¿Y no será esa también la causa de la falta de
originalidad? Lo original, ¿no es lo originario?*
Las ideas del siglo XVIII
Ahora está el
espíritu de la Hispanidad medio disuelto, pero subsistente. Se manifiesta de
cuando en cuando como sentimiento de solidaridad y aun de comunidad, pero carece
de órganos con que expresarse en actos. De otra parte, hay signos de
intensificación. Empieza a hacer la crítica de la crítica que contra él se hizo
y a cultivar mejor la Historia. La Historia está llamada a transformar nuestros
panoramas espirituales y nunca ha carecido de buenos cultivadores en nuestros
países. Lo que no tuvimos, salvo el caso único e incierto de Oliveria Martins,
fueron hombres cuyas ideas supieran iluminar los hechos y darles su valor y
sentido. Hasta ahora, por ejemplo, no se sabía, a pesar de los miles de libros
que sobre ello se han escrito, cómo se había producido la separación de los
países americanos. Desde el punto de vista español parecía una catástrofe tan
inexplicable como las geológicas. Pero hace tiempo que entró en la geología la
tendencia a explicarse las transformaciones por causas permanentes, siempre
actuales. ¿Y por qué no han de haber separado de su historia a los países
americanos las mismas causas que han hecho lo mismo con una parte tan numerosa
del pueblo español? Si Castelar, en el más celebrado de sus discursos ha podido
decir: "No hay nada más espantoso, más abominable, que aquel gran imperio
español que era un sudario que se extendía sobre el planeta", y ello lo había
aprendido D. Emilio de otros españoles, ¿por qué no han de ser estos intrépidos
fiscales los maestros comunes de españoles e hispanoamericanos? Si todavía hay
conferenciantes españoles que propalan por América paparruchas semejantes a las
que creía Castelar, ¿por qué no hemos de suponer que, ya en el siglo XVIII,
nuestros propios funcionarios, tocados de las pasiones de la Enciclopedia,
empezaron a propagarlas? Pues bien, así fue. De España salió la separación de
América. La crisis de la Hispanidad se inició en España. Un libro todavía
reciente, Los Navíos de la Ilustración, de D. Ramón de Basterra, empezó a
transformar el panorama cultural. Basterra se encontró en Venezuela con los
papeles de la Compañía Guipuzcuana de Navegación, fundada en 1728, y vio que los
barcos del conde Peña Florida y del marqués de Valmediano, de cuya propiedad
fueron después partícipes las familias próceres de Venezuela, como los Bolívar,
los Toro, Ibarra, La Madrid y Ascanio, llevaban y traían en sus camarotes y
bodegas los libros de la Enciclopedia francesa y del siglo XVIII español. Por
eso atribuyó Basterra la independencia de América al hecho de haberse criado
Bolívar en las ideas de los Amigos del País de aquel tiempo. Su error fue
suponer que acaeció solamente en Venezuela lo que ocurría al mismo tiempo en
toda la América española y portuguesa, como consecuencia del cambio de ideas que
el siglo XVIII trajo a España. Al régimen patriarcal de la Casa de Austria,
abandonado en lo económico, escrupuloso en lo espiritual, sucedió bruscamente un
ideal nuevo de ilustración, de negocios, de compañías por acciones, de
carreteras, de explotación de los recursos naturales. Las Indias dejaron de ser
el escenario donde se realizaba un intento evangélico para convertirse en
codiciable patrimonio. Pero, ¿no se originó el cambio en España?
Un erudito inglés, Mr. Cecil Jane, ha desarrollado recientemente la tesis de que
la separación de América se debe a la extrañeza que a los criollos produjeron
las novedades introducidas en el gobierno de aquellos países por los virreyes y
gobernadores del siglo XVIII. El hecho de que los propios monarcas españoles
incitaran a Jorge Juan y a Ulloa a poner en berlina todas las instituciones, así
como los usos y costumbres, en sus "Noticias Secretas de América", destruyó, a
juicio de Mr. Jane, el fundamento mismo de la lealtad americana: "Desde ese
momento ganó terreno la idea de disolver la unión con España, no porque fuese
odiado el Gobierno español, sino porque parecía que el Gobierno había dejado de
ser español, en todo, salvo el nombre". Pero antes de Jorge Juan y Ulloa, antes
de la Compañía Guipuzcuana de Navegación, cuenta D. Carlos Bosque, el
historiador español (muerto hace poco en Lima para retardo de nuestras
reivindicaciones), que el marqués de Castelldosrius fue nombrado virrey del Perú
por recomendación del propio Luis XIV, por haber sido uno de los aristócratas
catalanes que abrazaron contra el Archiduque la causa de Felipe V.
Castelldosrius fue a Lima con la condición de permitir a los franceses un
tráfico clandestino contrario al tradicional régimen del virreinato. Al morir
Castelldosrius y verse sustituido por el Obispo de Quito, fue éste procesado por
haber suprimido el contrabando francés, que era perjudicial para el Perú y para
el Rey. El proceso culpa al obispo de haber prohibido pagar cuentas atrasadas
del virrey. Es un dato que revela el cambio acontecido. Los virreyes empiezan a
ir a América para poder pagar sus deudas antiguas. Así se pierde un mundo.
* * *
Todos los conocedores de la historia americana saben que el hecho central y
decisivo del siglo XVIII fue la expulsión de los jesuitas. Sin ella no habría
surgido, por lo menos entonces, el movimiento de la independencia. Lo reconoce,
con lealtad característica, D. Leopoldo Lugones, poco afecto a la retórica
hispanófila. La avaricia del marqués de Pombal, que quería explotar, en sociedad
con los ingleses, los territorios de las misiones jesuíticas de la orilla
izquierda del río Uruguay, y el amor propio de la marquesa de Pompadour, que no
podía perdonar a los jesuitas que se negasen a reconocerla en la Corte una
posición oficial, como querida de Luis XV, fueron los instrumentos que
utilizaron los jansenistas y los filósofos para atacar a la Compañía de Jesús.
El conde Aranda, enérgico, pero cerrado de mollera, les sirvió en España sin
darse cuenta clara de lo que estaba haciendo. "Hay que empezar por los jesuitas
como los más valientes", escribía D'Alembert a Chatolais. Y Voltaire a Helvecio,
en 1761: "Destruidos los jesuitas, venceremos a la infame". La "infame", para
Voltaire, era la Iglesia. El hecho es que la expulsión de los jesuitas produjo
en numerosas familias criollas un horror a España, que al cabo de seis
generaciones no se ha desvanecido todavía. Ello se complicó con el intento, en
el siglo XVIII, de substituir los fundamentos de la aristocracia en América. Por
una de las más antiguas Leyes de Indias, fechada en Segovia el 3 de julio de
1533, se establecía que: "Por honrar las personas, hijos y descendientes
legítimos de los que se obligaren a hacer población (entiéndase tener casa en
América)..., les hacemos hijosdalgos de solar conocido..." Por eso, las
informaciones americanas sobre noblezas prescindieron en los siglos XVI y XVII,
de los "abuelos de España", deteniéndose, en cambio, a referir con todo lujo de
detalles, como dice el genealogista Lafuente Machain, las aventuras pasadas en
América; y es que la aspiración durante aquellos siglos, era tener sangre de
Conquistador, y en ellas se basaba la aristocracia americana. El siglo XVIII
trajo la pretensión de que se fundara la nobleza en los señoríos peninsulares,
por medio de una distinción que estableció entre la hidalguía y la nobleza,
según la cual la hidalguía era un hecho natural e indeleble, obra de la sangre,
mientras la nobleza era de privilegio o nombramiento real. La aristocracia
criolla se sintió relegada a segundo término, hasta que con las luchas de la
independencia surgió la tercera nobleza de América, constituida por "los
próceres", que fueron los caudillos de la revolución.
Hubo también otros criollos que siguieron las lecciones de los españoles, y se
enamoraron de los ideales de la Enciclopedia, y su número fue creciendo tanto
durante el curso del siglo XIX, que un estadista uruguayo, D. Luis Alberto de
Herrera, podía escribir en 1910, que la América del Sur "vibra con las mismas
pasiones de París, recogiendo idénticos sus dolores, sus indagaciones y sus
estallidos neurasténicos. Ninguna otra experiencia se acepta; ningún otro
testimonio de sabiduría cívica o de desinterés humano se coloca a su altura
excelsa". Ha de reconocerse que Francia tiene su parte de razón cuando recaba
para sí la primacía, como cabeza de la latinidad y principal protagonista de la
revolución, diciendo a los hijos de la América hispánica: "Vous n'êtes pas les
fils de l'Espagne vous êtes les fils de la Révolution francaise". Bueno; ya no
hay franceses, por lo menos entre los intelectuales distinguidos, que se
entusiasmen con su revolución. Lo que hacen los de ahora es buscar en la música
de la Marsellesa, que es el único himno sin Dios, entre los grandes himnos
nacionales, la misma inspiración con que le hablaban a Juana de Arco las voces
de Domrémy. Y empieza a haber no sólo españoles, sino americanos, que vislumbran
que la herencia hispánica no es para desdeñada *
De la Monarquía Católica a la territorial y la guerra civil en América
En general, los
hispanoamericanos no se suelen hacer cargo de que lo mismo su afrancesamiento
espiritual, que su sentido secularista del gobierno y de la vida, que su afición
a las ideas de la Enciclopedia y de la Revolución son herencia española, hija de
aquella extraordinaria revisión de valores y de principios que se operó en
España en las primeras décadas del siglo XVIII y que inspiró a nuestro gobierno
desde 1750. Y es que los libros escolares de Historia no suelen mostrarles que
las ideas y los principios son antes que las formas de gobierno.
Los principios han de ser lo primero, porque el principio, según la Academia, es
el primer instante del ser de una cosa. No va con nosotros la fórmula de "politique
d'abord", a menos que se entienda que lo primero de la política ha de ser la
fijación de los principios. Aunque creyentes en la esencialidad de las formas de
gobierno, tampoco las preferimos a sus principios normativos. La prueba la
tenemos en aquel siglo XVIII, en que se nos perdió la Hispanidad. Las
instituciones trataron de parecerse a las de mil seiscientos. Hasta hubo aumento
en el poder de la Corona. Pero nos gobernaron en la segunda mitad del siglo
masones aristócratas, y los que se proponían los iniciados, lo que en buena
medida consiguieron, era dejar sin religión a España.
La impiedad, ciertamente, no entró en la Península blandiendo ostensiblemente
sus principios, sino bajo la yerba y por secretos conciliábulos. Durante muchas
décadas siguieron nuestros aristócratas rezando su rosario. Empezamos por
maravillarnos del fausto y la pujanza de las naciones progresivas: de la flota y
el comercio de Holanda e Inglaterra, de las plumas y colores de Versalles.
Después nos asomamos humildes y curiosos a los autores extranjeros, empezando
por aquel Montesquieu que tan mala voluntad nos tenía. Avergonzados de nuestra
pobreza, nos olvidamos de que habíamos realizado, y continuábamos actualizando,
un ideal de civilización muy superior a ningún empeño de las naciones que
admirábamos. Y como entonces no nos habíamos hecho cargo, ni ahora tampoco, de
que el primer deber del patriotismo es la defensa de los valores patrios
legítimos contra todo lo que tienda a despreciarlos, se nos entró por la
superstición de lo extranjero esa enajenación o enfermedad del que se sale de sí
mismo, que todavía padecemos.
Mucho bueno hizo el siglo XVIII. Nadie lo discute. Ahí están las Academias, los
caminos, los canales, las Sociedades económicas de los Amigos del País, la
renovación de los estudios. Embargados en otros menesteres, no cabe duda de que
nos habíamos quedado rezagados en el cultivo de las ciencias naturales, porque,
respecto de las otras, Maritan estima como la mayor desgracia para Europa haber
seguido a Descartes en el curso del siglo XVII, y no a su contemporáneo Juan de
Santo Tomás, el portugués eminentísimo, aunque desconocido de nuestros
intelectuales, que enseñaba a su santo en Alcalá. El hecho es que dejamos de
pelear por nuestro propio espíritu, aquel espíritu con que estábamos
incorporando a la sociedad occidental y cristiana a todas las razas de color con
las que nos habíamos puesto en contacto. Ahora bien, el espíritu de los pueblos
está constituido de tal modo, que, cuando se deja de defender, se desvanece para
ellos.
No vimos entonces que la pérdida de la tradición implicaba la disolución del
Imperio, y por ello la separación de los pueblos hispanoamericanos. El Imperio
español era una Monarquía misionera, que el mundo designaba propiamente con el
título de Monarquía católica. Desde el momento en que el régimen nuestro, aun
sin cambiar de nombre, se convirtió en ordenación territorial, militar,
pragmática, económica, racionalista, los fundamentos mismos de la lealtad y de
la obediencia quedaron quebrantados. La España que veían, a través de sus
virreyes y altos funcionarios, los americanos de la segunda mitad del siglo
XVIII, no era ya la que los predicadores habían exaltado, recordando sin cesar
en los púlpitos la cláusula del testamento de Isabel la Católica, en que se
decía: "El principal fin e intención suya, y del Rey su marido, de pacificar y
poblar las Indias, fue convertir a la Santa Fe Católica a los naturales", por lo
que encargaba a los príncipes herederos: "Que no consientan que los indios de
las tierras ganadas y por ganar reciban en sus personas y bienes agravios, sino
que sean bien tratados". No era tampoco la España de que, después de
recapacitarlo todo, escribió el ecuatoriano Juan Montalvo: "¡España, España!
Cuanto de puro hay en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en
nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos".
Esta no es la doctrina oficial. La doctrina oficial, premiada aún no hace muchos
años con la más alta recompensa por la Universidad de Madrid en una tesis
doctoral, la del doctor Carrancá y Trujillo, afirma solemnemente que: -"Por la
índole de su proceso histórico, la independencia iberoamericana significa la
abnegación del orden colonial, esto es, la derrota política del tradicionalismo
conservador, considerado como el enemigo de todo progreso". Pero que este
proyecto haya podido sancionarse, después de publicada en castellano la obra de
Mario André "El fin del Imperio español en América", no es sino evidencia de
que, con el espíritu de la Hispanidad, se ha apagado entre nosotros hasta el
deseo de la verdad histórica.
La guerra civil en América
La verdad, aunque no toda la verdad, la había dicho André: "La guerra
hispanoamericana es guerra civil entre americanos que quieren, los unos la
continuación del régimen español, los otros la independencia con Fernando VII o
uno de sus parientes por Rey, o bajo un régimen republicano". ¿Pruebas? La
revolución del Ecuador la hicieron en Quito, en 1809, los aristócratas y el
obispo al grito de ¡Viva el Rey! Y es que la aristocracia americana reclamaba el
poder, como descendientes de los conquistadores, y por sentirse más leal al
espíritu de los Reyes Católicos que los funcionarios del siglo XVIII y
principios del XIX. "No queremos que nos gobiernen los franceses", escribía
Cornelio Saavedra al virrey Cisneros en Buenos Aires, en 1810. Montevideo, en
cambio, se declaró casi unánimemente por España. Se exceptuaron los
franciscanos, cuyo convento hizo formar a los soldados el gobernador Elío. ¿Por
qué cruzó los Andes el argentino San Martín? Porque los partidarios de España
recibían refuerzos de Chile. Pero desde 1810 hasta 1814 España, ocupada por las
tropas francesas, no pudo enviar fuerzas a América. Y, sin embargo, la guerra
fue terrible en esos años en casi todo el continente. ¿Quienes peleaban en ella,
de una y otra parte, sino los propios americanos?
El 9 de julio de 1816 proclamó la independencia argentina el Congreso de
Tucumán. De 29 votantes eran 15 curas y frailes. El Congreso, se inclinaba
también a la Monarquía. Lo evitó el voto de un fraile. En cambio, los clérigos
de Caracas se pusieron al principio de la lucha al lado de España. Verdad que la
pugna por la independencia había sido iniciada en Venezuela por un club
jacobino. Los llaneros del Orinoco pelearon al principio con Boves por España,
después con Paéz por la independencia. Luego el gobierno de Caracas, como muchos
otros gobiernos americanos, juró solemnemente con el cargo "defender el misterio
de la Inmaculada concepción de la Virgen María Nuestra Señora". Ya en 1816, el
general Morillo, a pesar de estar persuadido de que: "La convicción y la
obediencia al Soberano son la obra de los eclesiásticos, gobernados por buenos
prelados", había aconsejado enviar a España a los dominicos de Venezuela. ¿Y en
Méjico? Si el movimiento de 1821 triunfó tan fácilmente fue porque se trató de
una reacción: "Contra el parlamentarismo liberal dueño de España, desde que,
tras las revoluciones militares iniciadas por Riego, Fernando VII fue obligado a
restablecer la Constitución de 1812". Los tres últimos virreyes y las cuatro
quintas partes de los oficiales españoles de guarnición en Méjico eran masones.
La situación está pintada por el hecho de que Morillo, el general de Fernando
VII, era volteriano, y Bolívar, en cambio, aunque iniciado en la masonería
cuando joven, proclamaba en Colombia el 28 de septiembre de 1827, que: "La unión
del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza". Y en
su mensaje de despedida dirigió al nuevo Congreso esta recomendación suprema:
"Me permitiréis que mi Ultimo acto sea el recomendaros que protejáis la Santa
Religión que profesamos, y que es el manantial abundante de las bendiciones del
cielo". Esta historia no se parece a la que los españoles e hispanoamericanos
hemos oído contar. Pero André la ha sacado del Archivo de Indias y de documentos
originales, y ello no muestra sino que la historia está por rehacer. Durante los
largos años de la revolución por la independencia, algunos políticos y
escritores hispanoamericanos, propagaron, como arma de guerra la leyenda de una
América martirizada por los obispos y virreyes de España. Como su partido
resultó vencedor, durante todo el siglo XIX se continuó propalando la misma
falsedad y haciendo contrastes pintorescos entre "Las tinieblas del pasado
teocrático y las luminosidades del presente laico". Lo más grave es que un
historiador tan serio como César Cantú, había escrito sobre la conquista de
Nueva Granada, no obstante existir, desde 1700, la curiosísima historia, ahora
reeditada del dominico Alonso de Zamora, que: "Los pocos indígenas que
sobrevivieron se refugiaron en las Cordilleras, donde no les podían alcanzar ni
los hombres, ni los perros, y allí se mantuvieron muchos siglos hasta el momento
-momento que la Providencia hace llegar más pronto o más tarde- en que los
oprimidos pudieron exigir cuentas de sus opresores". Verdad que en otro tomo de
su historia se olvida de su bonita frase y reconoce que en Nueva Granada había a
principios del siglo XIX unos 390.000 indios y 642.000 criollos, además de
1.250.000 mestizos, que no vivían seguramente fuera del alcance de los hombres y
de los perros. *
La defensa necesaria
Alguna vez ha
protestado España contra estas falsedades. Generalmente, las hemos dejado
circular, sin tomarnos la molestia de enterarnos. Pero esto de no enterarnos es
inconsciencia, y la inconsciencia es una forma de la muerte. Lo característico
de la conciencia es la inquietud, la vigilancia constante, la perenne
disposición a la defensa. Ser es defenderse. La inquietud no es un accidente del
ser, sino su esencia misma. Conocida es la antigua fábula latina: "Erase la
Inquietud, que cuando cruzaba un río y vio un terreno arcilloso, cogió un pedazo
de tierra y empezó a moldearlo. Mientras reflexionaba en lo que estaba haciendo,
se le apareció Júpiter. La Inquietud le pidió que infundiera el espíritu al
pedazo de tierra que había moldeado. Júpiter lo hizo así de buena gana. Pero
como ella pretendía ponerle a la criatura su propio nombre , Júpiter lo prohibió
y quiso que llevara el suyo. Mientras disputaban sobre el nombre se levantó la
tierra y pidió que se llamase como ella, ya que le había dado un trozo de su
cuerpo. Los disputantes llamaron a Saturno como juez. Y Saturno, que es el
tiempo, sentenció justamente: "Tú, Júpiter, porque le has dado el espíritu, te
llevarás su espíritu cuando se muera; tú, Tierra, como le diste el cuerpo, te
llevarás el cuerpo; tú, Inquietud, por haberlo moldeado, lo poseerás mientras
viva. Y como hay disputa sobre el nombre, se llamará "homo", el hombre, porque
de "humus" (tierra negra) está hecho".
Vivir es asombrarse de estar en el mundo, sentirse extraño, llenarse de angustia
ante la contingencia de dejar de ser, comprender la constante probabilidad de
extraviarse, la necesidad de hacer amigos entre nuestros conseres, la
contingencia de que sean enemigos, y estar alerta a lo genuino y a lo espúreo, a
la verdad y al error. La inquietud no es un accidente, que a unos les ocurre y a
otros no. Esta es la esencia misma de nuestro ser. Y por lo que hace a la
patria, en cuanto la patria es espíritu y no tierra, es el ser mismo. Nuestra
inquietud respecto de la patria es, en verdad, su quinta esencia. Somos
nosotros, y no ella, los que hemos de vivir en centinela; nos hemos de anticipar
a los peligros que la acechan, sentir por ella la angustia cósmica con que todos
los seres vivos se defienden de la muerte, velar por su honra y buena fama y
reparar, si fuese necesario, los descuidos de otras generaciones.
No fue meramente humildad nuestra, sino incuria, la razón de que se nos borrara
del espíritu el sentido ecuménico de España. Incuria nuestra y actividad de
nuestros enemigos. Mirabeau descubrió en la Asamblea Nacional que la fama da
Luis XIV se debía en buena parte a los 3.414.297 francos (calculados al tipo de
52 francos el marco de plata) que distribuyó entre escritores extranjeros para
que pregonasen sus méritos. Luis XIV fue seguramente el enemigo más obstinado y
cruel que jamás tuvo España. Al mismo tiempo que colocaba a su nieto en el trono
de Madrid decía secretamente a su heredero en sus "Instrucciones al Delfín": "El
estado de las dos coronas de Francia y España se halla de tal modo unido que no
puede que no puede elevarse la una sin que cause perjuicio a la otra". De otra
parte explicaba a su hijo la razón de haber auxiliado a Portugal, después de
haberse comprometido con España a no hacerlo, diciendo que: "Dispensándose de
cumplir a la letra los tratados, no se contraviene a ellos en sentido riguroso".
La tesis de Luis XIV es falsa. A España no le perjudica que Francia sea fuerte.
Lo que le dañaría es que fuera tan débil y atrasada como Marruecos. Ni Francia
ha perdido nada por la pujanza de Italia, ni tampoco se debilitaría con el poder
de España. Pero todavía Donoso Cortés tuvo que contestar a un publicista francés
que aseguraba que el interés de Francia consistía en que España no saliera de su
impotencia, para no tener que atender al Pirineo en caso de pelear con Alemania.
Ello es exagerado, y todo lo exagerado es insignificante, decía Talleyrand. Si
no hubiera más política internacional que debilitar al vecino, como afirmaba
Thiers, bien pronto desaparecería toda política, porque los vecinos se
confabularían contra la nación que la emprendiera, y el mundo se descompondría
en la guerra de todos contra todos. La defensa de la patria no excluye, sino que
requiere, el respeto de los derechos de las otras patrias. Pero la apologética
no es exagerada sino cuando se hace exageradamente. Es tan esencial a las
instituciones del Estado y a los valores de la nación como a la vida de la
Iglesia. Si no se sostiene, caen las instituciones y perecen los pueblos. Es más
importante que los mismos ejércitos, porque con las cabezas se manejan las
espadas, y no a la inversa. Esto que aquí inició la "Acción Española", que es la
defensa de valores de nuestra tradición, es lo que ha debido ser, en estos dos
siglos, el principal empeño del Estado, no sólo en España, sino en todos los
países hispánicos. Desgraciadamente no lo ha sido. No defendimos lo suficiente
nuestro ser. Y ahora estamos a merced de los vientos.*
Las Luchas de Hispanoamérica
Todos los países
de Hispanoamérica parecen tener ahora dos patrias ideales, aparte de la suya. La
una es Rusia, la Rusia soviética; la otra, los Estados Unidos. Hoy es Guatemala;
ayer, Uruguay; anteayer, el Salvador; mañana, Cuba; no pasa semana sin noticia
de disturbios comunistas en algún país hispanoamericano. En unos los fomenta la
representación soviética; en otros, no. Rusia no la necesita para influir
poderosamente sobre todos, como sobre España desde 1917. Es la promesa de la
revolución, la vuelta de la tortilla, los de arriba, abajo; los de abajo,
arriba; no hay que pensar si se estará mejor o peor. Sus partidarios dicen que
tenemos que pasar quince años mal para que más tarde mejoren las cosas. Sólo que
no hay ejemplo de que las cosas mejoren en país alguno por el progreso de la
revolución. Sólo mejoran donde se da máquina atrás. La revolución, por sí misma,
es un continuo empeoramiento. No hay en la historia universal un solo ejemplo
que indique lo contrario.
Los Estados Unidos son la fascinación de la riqueza, en general, y de los
empréstitos, particularmente. Algunos periódicos se quejan de que las
investigaciones realizadas en el Senado de Washington, sobre la contratación de
empréstitos para países de la América hispánica, hayan descubierto que algunos
bancos de Nueva York han impuestos reformas fiscales y administrativas, que
varias repúblicas aceptaron. Ningún escrúpulo se había alzado contra la
ingerencia de los banqueros norteamericanos en la vida local. Los banqueros se
han convertido en colegisladores. Y la conclusión que ha sacado el Senado de
Washington es que todavía hace falta apretar mucho más las clavijas de los
países contratantes, si han de evitarse suspensiones de pagos, y eso que las
últimas falencias hispanoamericanas más se deben al acaparamiento del oro por
los Estados Unidos y Francia, que a la falta de voluntad de los deudores.
He ahí, pues, dos grandes señuelos actuales. Para las masas populares, los
inmigrantes pobres y las gentes de color, la revolución rusa; para los políticos
y clases directoras, los empréstitos norteamericanos. De una parte, el culto de
la revolución; de la otra, la adoración del rascacielos. Y es verdad que los
Estados Unidos y Rusia son, por lo general, incompatibles y que su influencia se
cancela mutuamente. Rusia es la supresión de los valores espirituales, por la
reducción del alma individual al hombre colectivo; los Estados Unidos, su
monopolio, por una raza que se supone privilegiada y superior. Rusia es la
abolición de todos los imperios, salvo el de los revolucionarios; los Estados
Unidos, al contrario, son el imperio económico, a distancia. Dividida su alma
por estos ideales antagónicos, aunque ambos extranjeros, los pueblos hispánicos
no hallarán sosiego sino en su centro, que es la Hispanidad. No podrán
contentarse con que se les explote desde fuera y se les trate como a repúblicas
de "la banana". Tampoco con la revolución, que es un espanto, que sólo por la
fuerza se mantiene. El Fuero Juzgo decía magníficamente que la ley se establece
para que los buenos puedan vivir entre los malos. La revolución, en cambio, se
hace para que los malos puedan vivir entre los buenos.
De cuando en cuando se alzan en la América voces apartadas, señeras, que
advierten a sus compatriotas que no debían de ser tan malos los principios en
que se criaron y desarrollaron sus sociedades, en el curso de tres siglos de paz
y de progreso. A la palabra mejicana de Esquivel Obregón responde en Cuba la de
Aramburu, en Montevideo la de Herrera y la de Vallenilla Lanz en Venezuela. Son
voces aisladas y que aún no se hacen pleno cargo de que los principios morales
de la Hispanidad en el siglo XVI son superiores a cuantos han concebido los
hombres de otros países en siglos posteriores y demás por venir, ni tampoco de
que son perfectamente conciliables con el orgullo de su independencia, que han
de fomentar entre sus hijos todos los pueblos hispánicos capaces de mantenerla.
En página que siguen hemos de mostrar la fecundidad actual de esos principios.
Hay una razón, para que España preceda en este camino a sus pueblos hermanos.
Ningún otro ha recibido lección tan elocuente. Sin apenas soldados, y con sólo
su fe, creó un Imperio en cuyos dominios no se ponía el sol. Pero se le nubló la
fe, por su incauta admiración del extranjero, perdió el sentido de sus
tradiciones y cuando empezaba a tener barcos y ha enviar soldados a Ultramar se
disolvió su Imperio, y España se quedó como un anciano que hubiese perdido la
memoria. Recuperarla, ¿no
es recobrar la vida? *
Pasado y porvenir
Saturados de
lecturas extranjeras, volvemos a mirar con ojos nuevos la obra de la Hispanidad
y apenas conseguimos abarcar su grandeza. Al descubrir las rutas marítimas de
Oriente y Occidente hizo la unidad física del mundo; al hacer prevalecer en
Trento el dogma que asegura a todos los hombres la posibilidad de salvación, y
por tanto de progreso, constituyó la unidad de medida necesaria para que pueda
hablarse con fundamento de la unidad moral del género humano. Por consiguiente,
la Hispanidad creó la Historia Universal, y no hay obra en el mundo, fuera del
Cristianismo, comparable a la suya. A ratos nos parece que después de haber
servido nuestros pueblos un ideal absoluto, les será imposible contentarse con
los ideales relativos de riqueza, cultura, seguridad o placer con que otros se
satisfacen. Y, sin embargo, desechamos esta idea, porque un absolutismo que
excluya de sus miras lo relativo y cotidiano, será menos absoluto que el que
logre incluirlos. El ideal territorial que sustituyó en los pueblos hispánicos
al católico, tenía también, no sólo su necesidad, sino su justificación. Ahí que
hacer responsable de la prosperidad de cada región geográfica a los hombres que
la habitan. Mas, por encima de la faena territorial, se alza el espíritu de la
Hispanidad. A veces es un gran poeta, como Rubén, quien nos lo hace sentir. A
veces es un extranjero eminente quien nos dice, como Mr. Elihu Root, que : "Yo
he tenido que aplicar en territorios de antiguo dominio español leyes españolas
y angloamericanas y he advertido lo irreductible de los términos de orientación
de la mentalidad jurídica de uno y otro país". A veces es puramente la amenaza
de la independencia de un pueblo hispánico lo que suscita el dolor de los demás.
Entonces percibimos el espíritu de la Hispanidad como una luz de lo alto.
Desunidos, dispersos, nos damos cuenta de que la libertad no ha sido, ni puede
ser, lazo de unión. Los pueblos no se unen en la libertad, sino en la comunidad.
Nuestra comunidad no es racial, ni geográfica, sino espiritual. Es en el
espíritu donde hallamos al mismo tiempo la comunidad y el ideal. Y es la
Historia quien nos lo descubre. En cierto sentido está sobre la Historia porque
es el Catolicismo. Y es verdad que ahora hay muchos semicultos que no pueden
rezar el Padrenuestro o el Ave María, pero si los intelectuales de Francia están
volviendo a rezarlos, ¿que razón hay, fuera de los descuidos de las apologéticas
usuales, para que no los recen los de España? Hay otra parte puramente
histórica, que nos descubre las capacidades de los pueblos hispánicos cuando el
ideal los ilumina. Todo un sistema de doctrinas, de sentimientos, de leyes, de
moral, con el que fuimos grandes; todo un sistema que parecía sepultarse entre
las cenizas del pretérito y que ahora, en las ruinas del liberalismo, en el
desprestigio de Rousseau, en el probado utopismo de Marx, vuelve a alzarse ante
nuestras miradas y nos hace decir que nuestro siglo XVI, con todos sus descuidos
de reparación obligada, tenía razón y llevaba consigo el porvenir. Y aunque es
muy cierto que la Historia nos descubre dos Hispanidades diversas, que Heriot
recientemente ha querido distinguir, diciendo que era la una la del Greco, con
su misticismo, su ensoñación y su intelectualismo, y la otra de Goya, con su
realismo y su afición a la "canalla", y que pudieran llamarse también la España
de Don Quijote y la de Sancho, la del espíritu y la de la materia, la verdad es
que las dos no son sino una, y toda la cuestión se reduce a determinar quién
debe gobernarla, si los suspiros o los eruptos. Aquí ha triunfado por el
momento, Sancho; no me extrañará, sin embargo, que nuestros pueblos acaben por
seguir a Don Quijote. En todo caso, su esperanza está en la Historia: "Ex
proeterito spes in futurum".
*
Estoicismo y Trascendentalismo
Empieza Ganivet su
idearium Español sentando la tesis de que: "Cuando se examina la constitución
ideal de España, el elemento moral y, en cierto modo, religioso más profundo que
en ella se descubre, como sirviéndole de cimiento, es el estoicismo; no el
estoicismo vital y heroico de Catón, ni el estoicismo sereno y majestuoso de
Marco Aurelio, ni el estoicismo rígido y extremado de Epicteto, sino el
estoicismo natural y humano de Séneca. Séneca no es español, hijo de España por
azar: es español por esencia; y no andaluz, porque cuando nació aún no habían
venido a España los vándalos; que a nacer más tarde, en la Edad Media quizás, no
naciera en Andalucía, sino en Castilla. Toda la doctrina de Séneca se condensa
en esta enseñanza: "No te dejes vencer por nada extraño a tu espíritu; piensa en
medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre,
algo fuerte e indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran
los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueran
los sucesos que sobre ti caigan, sean de los que llamamos prósperos, o de los
que llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto,
mantente de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de ti
que eres un hombre."
Estas palabras son merecedoras de reflexión y análisis, y no lo serían si no
dijeran de nuestro espíritu algo importante, que la intuición de nosotros mismos
y los ejemplos de la Historia nos aseguran ser certísimo. Y lo que en ellas hay
de cierto e importante, es que, en efecto, cuando cae sobre los españoles un
suceso adverso, como perder una guerra, por ejemplo, no adoptamos aptitudes
exageradas, como la de supones que la justicia del Universo se ha violado,
porque la suerte de las batallas nos halla sido contraria o que toda la
civilización se encuentra en decadencia, porque se hallan frustrado nuestros
planes, sino que nos conducimos de tal modo que "siempre se puede decir de
nosotros que somos hombres", porque ni nos abate la desgracia, ni perdemos
nunca, como pueblo, el sentido de nuestro valor relativo en la totalidad de los
pueblos del mundo. Por esta condición o por este hábito, ha podido decir de
nosotros Gabriela Mistral, en memorable poesía, que somos buenos perdedores. Ni
juramos odio eterno al vencedor, ni nos humillamos ante su éxito, al punto de
considerarle como de madera superior a la nuestra. Argentina es la tesis de que:
"La victoria no concede derechos", pero su abolengo es netamente hispánico,
porque nosotros no creemos que los pueblos o los hombres sean mejores por haber
vencido. Y no es que menospreciemos el valor de la victoria y la equiparemos a
la derrota. La victoria nos parece buena, pero creemos que el vencedor no la
debe a intrínseca superioridad sobre el vencido, sino a estar mejor preparado o
a que las circunstancias le han sido favorables. Y en torno de esta distinción,
que me parece fundamental, ha de elaborarse el ideal hispánico.
Lo que no hacemos los españoles, y en esto se engañaba Ganivet, es suponer que
tenemos "dentro de nosotros una fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como
en eje diamantino". Esto lo creyeron los estoicos, pero el estoicismo o
sentimiento del propio respeto es persuasión aristocrática que abrigaron algunos
hombres superiores, pero tan convencidos de su propia excelencia que no lo
creían asequible al común de los mortales, y aunque en España se hallan
producido y se sigan produciendo hombres de este tipo, su sentimiento no se ha
podido difundir, ni la nación ha parafraseado a San Agustín, para decirse como
Ganivet: "Noli foras ire: in interiori Hispaniae habitat veritas". Esto no lo
hemos creído nunca los hispanos -y esta palabra la uso en su más amplio sentido-
y espero que jamás lo creeremos, porque nuestra tradición nos hace incapaces de
suponer que la verdad habite exclusivamente en el interior de España o en el de
ningún otro pueblo. Lo que hemos creído y creemos es que la verdad no puede
pertenecer a nadie, en clase de propiedad intransferible. Por la creencia de que
no es ningún monopolio geográfico o racial y de que todos los hombres pueden
alcanzarla, por ser trascendental, universal y eterna, hemos peleado los
españoles en los mejores momentos de nuestra historia. Lo que ha sentido siempre
nuestro pueblo, en las horas de fe y en las de escepticismo, es su igualdad
esencial con todos los otros pueblos de la tierra.
El estoico se ve a si mismo como la roca impávida en que se estrellan, olas del
mar, las circunstancias y las pasiones. Esta imagen es atractiva para los
españoles, porque la piedra es símbolo de perseverancia y de firmeza, y estas
son las virtudes que el pueblo español ha tenido que desplegar para las grandes
obras de su historia: la Reconquista, la Contrarreforma y la civilización de
América; y también porque los españoles deseamos para nuestras obras y para
nuestra vida la firmeza y perseverancia de la roca, pero cuando nos preguntamos:
¿qué es la vida? o, si me perdona el pleonasmo: ¿cuál es la esencia de la vida?,
lejos de hallar dentro de nosotros un eje diamantino, nos decimos, con Manrique:
"Nuestras vidas son los ríos -que van a dar en la mar", o con el autor de la
Epístola Moral: "¿qué más que el heno, -a la mañana verde, seco a la tarde?". No
hay en la lírica española pensamiento tan repetidamente expresado, ni con tanta
belleza, como éste de la insustancialidad de la vida y de sus triunfos.
Campoamor la dirá, con su humorismo: "Humo las glorias de la vida son".
Esproceda, con su ímpetu: "Pasad, pasad en óptica ilusoria...Nacaradas imágenes
de gloria, -Coronas de oro y de laurel, pasad". Y todos nuestros grandes líricos
verán en la vida, como Mira de Mescua: "Breve bien, fácil viento, leve espuma".*
El humanismo español
Y, sin embargo, no
se engañaba Ganivet al afirmar que la constitución ideal de España, tal como en
la historia se revela, hay una fuerza madre, un eje diamantino, algo poderoso,
si no indestructible, que imprime carácter a todo español. En vano nos diremos
que la vida es sueño. En labios españoles significa esta frase lo contrario de
lo que significaría en los de un oriental. Al decirla, cierra los ojos el
budista a la vida circundante, para sentarse en cuclillas y consolarse de la
opresión de los deseos con el sueño del Nirvana. El español, por el contrario
desearía que la vida tuviera la eternidad que en estos siglos se solía atribuir
a la materia. Y hasta cuando dice, con Calderón:
¿Que es la vida? Un frenesí.
¿Que es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
Que el mayor bien es pequeño
Y toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son...
no está haciendo teorías ni definiendo la esencia de la vida, sino condoliéndose
desesperadamente de que la vida y sus glorias no sean fuertes y perennes, lo
mismo que una roca. Y en este anhelo inagotable de eternidad y de poder, hemos
de encontrar una de las categorías de esa fuerza madre de que nos habla Ganivet,
pero no como un tesoro, que guardáramos avaramente dentro de nuestras arcas,
sino como un imán que desde fuera nos atrae.
Los españoles nos dolemos de que las cosas que más queremos: las amistades, los
amores, las honras y los placeres, sean pasajeras e insustanciales. Las rosas se
marchitan: la roca, en cambio, que es perenne, sólo nos ofrece su dureza e
insensibilidad. La vida se nos presenta en un dilema insoportable: lo que vale
no dura; lo que no vale se eterniza. Encerrados en esta alternativa, como
Segismundo en su prisión, buscamos una eternidad que nos sea propicia, una roca
amorosa, un "eje diamantino". En los grandes momentos de nuestra historia nos
lanzamos a realizar el bien en la tierra, buscando la realidad perenne en la
verdad y en la virtud. Otras veces, cuando a los períodos épicos siguen los de
cansancio, nos recogemos en nuestra fe, y, como Segismundo, nos decimos:
Acudamos a lo eterno
que es la fama vividora,
donde ni duermen las dichas
ni las grandezas reposan.
Pero no siempre logramos mantener nuestra creencia de que son eternos la verdad
y el bien, porque no somos ángeles. A veces, el ímpetu de nuestras pasiones o la
melancolía que nos inspira la transitoriedad de nuestros bienes, nos hace negar
que haya otra eternidad, si acaso, que la de la materia. Y entonces, como en un
último reducto, nos refugiamos en lo que podrá llamarse algún día, "el humanismo
español",y que sentimos igualmente cuando los sucesos nos son prósperos, que en
la adversidad.
Este humanismo es una fe profunda en la igualdad esencial de los hombres, en
medio de las diferencias de valor de las distintas posiciones que ocupan y de
las obras que hacen, y lo característico de los españoles es que afirmamos esa
igualdad esencial de los hombres en las circunstancias más adecuadas para
mantener su desigualdad y que ello lo hacemos sin negar el valor de su
diferencia, y aún al tiempo mismo de reconocerlo y ponderarlo. A los ojos del
español, todo hombre, sea cualquiera su posición social, su saber, su carácter,
su nación o su raza, es siempre un hombre; por bajo que se muestre el Rey de la
Creación; por alto que se halle una criatura pecadora y débil. No hay pecador
que no pueda redimirse, ni justo que no este al borde del abismo. Si hay en el
alma española un "eje diamantino" es por la capacidad que tiene, y de que nos
damos plena cuenta, de convertirse y dar la vuelta, como Raimundo Lulio o Don
Juan de Mañara. Pero el español se santigua espantado cuando otro hombre
proclama su superioridad o la de su nación, porque sabe instintivamente que los
pecados máximos son los que comete el engreído, que se cree incapaz de pecado y
de error.
Este humanismo español es de origen religioso. Es la doctrina del hombre que
enseña la Iglesia Católica. Pero ha penetrado tan profundamente en las
conciencias españolas que la aceptan, con ligeras variantes, hasta las menos
religiosas. No hay nación más reacia que la nuestra a admitir la superioridad de
unos pueblos sobre los otros o de unas clases sociales sobre otras. Todo español
cree que lo que hace otro hombre lo puede hacer él. Ramón y Cajal se sintió
molesto, de estudiante, al ver que no había nombres españoles en los textos de
medicina. Y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se agarró a un microscopio y
no lo soltó de la mano hasta que los textos tuvieron que contarle entre los
grandes investigadores. Y el caso de Cajal es representativo, porque en el
momento mismo de la humillación y la derrota, cuando los estadistas extranjeros
contaban a España entre las naciones moribundas, los españoles se proclamaron
unos a otros el Evangelio de la regeneración. En vez de parafrasear a San
Agustín y decirse que la verdad habita en el interior de España, se fueron por
los países extranjeros para averiguar en qué consiste su superioridad, y ya no
cabe duda, de que el convencimiento de que podemos hacer lo que otros pueblos,
no tendrá que regenerar, ya que la admiración incondicional, abyecta, de todo lo
extranjero no sobrevivirá al fracaso, ya casi evidente, de cuantos principios
religiosos, morales y políticos, contrarios ha nuestra tradición, ha tremolado
el mundo en estos siglos.
Esto lo venían haciendo los españoles, sin que les estimulara, por el momento,
gran exaltación de religiosidad, y al solo propósito de mostrarse a sí mismos
que pueden hacer lo que otros hombres. Pero al profundizar en la historia y
preguntarse por el secreto de la grandeza de otros pueblos, tienen que
interrogarse también acerca de las causas de su propia grandeza pasada, y como
en todos los países los tiempos de auge son los de fe, y de decadencia los de
escepticismo, ha de hacérseles evidente que la hora de su pujanza máxima fue
también la de su máxima religiosidad. Y lo curioso es que en aquella hora de la
suprema religiosidad y el poder máximo, los españoles no se halagaban a sí
mismos con la idea de estar más cerca de Dios que los demás hombres, sino que,
al contrario, se echaban sobre sí el encargo de llevar a otros pueblos el
mensaje de que Dios los llama y de que a todos los hombres se dirigen las
palabras solemnes: "Ecce sto ostium et pulso; si quis...aperuit mihi januam
intrabo at illum..." (Estoy en el umbral y llamo; si alguien me abriese la
puerta, entraré), por lo que, también, la religión nos vuelve al peculiarísimo
humanismo de los españoles.
*
El humanismo moderno
Este sentido
nuestro del hombre se parece muy poco a lo que se llama humanismo en la historia
moderna, y que se originó en los tiempos del Renacimiento, cuando, al
descubrirse los manuscritos griegos, encontraron los eruditos en las "Vidas
Paralelas", de Plutarco, unos tipos de hombre que les parecieron más dignos de
servir de modelo a los demás que los santos del "Año Cristiano". Como así se
humanizaba el ideal, el humanismo significó esencialmente la resurrección del
criterio de Protágoras, según el cual el hombre es la medida de todas las cosas.
Bueno es lo que al hombre le parece bueno; verdadero, lo que cree verdadero.
Bueno es lo que nos gusta; verdadero, lo que nos satisface plenamente. La verdad
y el bien abandonan su condición de esencias trascendentales para trocarse en
relatividades. Sólo existen con relación al hombre. Humanismo y relativismo son
palabras sinónimas.
Pero si lo bueno sólo es bueno porque nos gusta, si la verdad sólo es verdadera
porque nos satisface, ¿qué cosas son el bien y la verdad? Una de dos: reflejos y
expresiones de la verdad y el bien del hombre o sombras sin sustancia, palabras
y ruidos sin sentido, como decían los nominalistas que son los conceptos
universales. Ya en la Edad Media se discutía si lo bueno es bueno por que lo
manda Dios o si Dios lo manda porque es bueno. La idea de Protágoras, de terciar
en la disputa, sería probablemente que lo bueno es propiedad de ciertos hombres,
y no de otros. En estos siglos últimos, este género de humanismo sugiere a
algunas gentes, y hasta pueblos enteros, o por lo menos, a sus clases
directivas, la creencia en que lo que ellas hacen tiene que ser bueno, por
hacerlo ellas. El orgullo suele ser eso: lanzarse magníficamente a cometer lo
que las demás gentes creen que es malo, con la convicción sublime de que tiene
que ser bueno, porque se desea con sinceridad. Y como con todo ello no se
suprimen los malos instintos, ni las malas pasiones, el resultado inevitable de
olvidarnos de la debilidad y falibilidad humanas tiene que ser imaginarse que
son buenos los malos instintos y las malas pasiones, con los que no tan sólo nos
dejaremos llevar por ellos, sino que los presentaremos como buenos. El que crea
que lo bueno no es bueno, sino por que lo hace el hombre superior, no sólo
acabará por hacer lo malo creyéndolo bueno, sino que predicará lo malo. No sólo
hará la bestia, creyendo hacer el ángel, sino que tratará de persuadir a los
demás de que la bestia es el ángel.
La otra alternativa es concluir con lo bueno y con lo malo, suponiendo que no
son sino palabras con que sublimamos nuestras preferencias y nuestras
repugnancias. No hay verdad ni mentira, porque cada impresión es verdadera, y
más allá de la impresión no hay nada. No hay bien ni mal. La moral es sólo un
arma en la lucha de clases. Lo bueno para el burgués es malo para el obrero, y
viceversa. Nada es absoluto, todo es relativo. Esto es todavía humanismo, porque
el hombre sigue siendo la medida de todas las cosas. Pero no hay ya medidas
superiores, porque desaparecen los valores, y el hombre mismo, al reducir el
bien y la verdad a la categoría de apetitos, parece como que se degrada y cae en
la bestia, con lo que apenas es ya posible hablar de humanismo.
Ni este bajo humanismo materialista, ni el otro del orgullo y de las supuestas
superioridades "a priori", han penetrado nunca profundamente en el pueblo
español. Los españoles no han creído nunca que el hombre es la medida de las
cosas. Han creído siempre, y siguen creyendo, que el martirio por la justicia es
bueno, aun en el caso de sentirse incapaces de sufrirlo. Nunca han pensado que
la verdad se reduzca a la impresión. Al contemplar la fachada de una casa saben
que otras gentes pueden estar mirando el patio y les es fácil corregir su
perspectiva con un concepto, cuya verdad no depende de la coherencia de su
pensamiento consigo mismo, sino de su correspondencia con la realidad de la
casa. Lo bueno es bueno y lo verdadero, verdadero, con independencia del parecer
individual. El español cree en valores absolutos o deja de creer totalmente.
Para nosotros se ha hecho el dilema de Dostoievski: o el valor absoluto o la
nada absoluta. Cuando dejamos de creer en la verdad, tendemos la capa en el
suelo y nos hartamos de dormir. Pero aún entonces guardamos en el pecho la
convicción de que la verdad existe y de que los hombres son, en potencia,
iguales. Habremos dejado de creer en nosotros mismos, pero no en la verdad, ni
en los otros hombres. El relativismo de Sancho se refiere a una aristocracia. Es
posible que no haya habido nunca caballeros andantes, tal como se los imaginaba
su señor Don Quijote. Pero en el bien y en la verdad no ha dejado de creer nunca
el gobernador de Barataria.*
El Humanismo del Orgullo
Estos conceptos
del hombre no son puras ideas, sino descripciones de los grandes movimientos que
actúan en el mundo y se disputan en el día de hoy su señorío. De una parte se
nos aparecen grandes pueblos enteros, hasta enteras razas humanas, animadas por
la convicción de que son mejores que las otras razas y que los otros pueblos, y
que se confirman en esta idea de superioridad, con la de sus recursos y medios
de acción. Este credo de superioridad, de otra parte, puede contribuir a
producirla. Hasta los musulmanes, actualmente abatidos, tuvieron su momento de
esplendor, debido a esa misma persuasión. El día en que los árabes se creyeron
el pueblo de Dios, conquistaron en dos generaciones un imperio más grande que el
de Roma. No cabe duda de que la confianza en la propia excelencia es uno de los
secretos del éxito, por lo menos, en las primeras etapas del camino.
En algunos pueblos modernos encontramos esa misma fe, pero expresada en distinto
vocabulario. Recientemente definía Mr. Hoover el credo de su país como la
convicción de que siguiendo éste los dictados de su corazón y de su conciencia
avanzaría indefectiblemente por la senda del progreso. Es postulado del
liberalismo, que si cada hombre obedece solamente sus propios mandatos
desarrollará sus facultades hasta el máximo de sus posibilidades. Todos los
pueblos de Occidente han procurado, en estos siglos, ajustar sus instituciones
políticas a esta máxima que, por lo mucho que se ha difundido, parece universal.
Se funda en la confianza romántica del hombre en sí mismo y en la desconfianza
de todos los credos, salvo el propio. Supone que los credos van y vienen, que
las ideas se ponen y se quitan como las prendas de vestir, pero que el hombre
cuando se sale con la suya, progresa. ¿Todos los hombres? Aquí está el problema.
La Historia muestra también que esta libertad individualista no sienta a todos
los pueblos de la misma manera. Hay, por lo visto, pueblos libres, pueblos
semilibres y pueblos esclavos. Y así ha ocurrido que la bandera individualista,
universal en sus comienzos, ha acabado por convertirse en la divisa de los
pueblos que se creen superiores. Aun dentro del territorio de un mismo pueblo,
el individualismo no quiere para todos los hombres sino la igualdad de
oportunidades. Ya sabe por adelantado que unos las aprovechan y mejoran de
posición. Estos son los buenos, los selectos, los predestinados; otros, en
cambio, las desaprovechan y bajan de nivel; y éstos son los malos, los
rechazados, los condenados a la perdición. Es claro que no ha existido nunca una
sociedad estrictamente individualista, porque los padres de familia no han
podido creer en el postulado de que los hombres sólo progresan cuando se les
deja en libertad. No hay un padre de familia con sentido común que deje hacer a
sus hijos lo que les dé la gana. También los gobiernos y las sociedades hacen lo
que los padres, en mayor o menor grado. Pero en la medida en que permiten que
cada individuo siga sus inclinaciones, aparece en los pueblos el fondo
irredento, casi irredimible, de los degenerados e incapaces de trabajo. La
civilización individualista tiene que alzarse sobre un légamo de "boicoteados",
de caídos y de exhombres.
Pero tampoco puede tener carácter universalista en el sentido de internacional.
Como cree que los pueblos se dividen en libres, semilibres y esclavos, para que
los últimos no pongan en peligro las instituciones de los primeros, les cierran
la puerta con leyes de inmigración, que excluyen a sus hijos del territorio que
habitan los hombres superiores. De esa manera se "congelan" naciones enteras,
que no permiten que les entren las corrientes emigratorias de las razas y países
que juzgan inferiores. Y con esa congelación provocan el resentimiento de los
pueblos excluidos.
Menos mal si este humanismo garantizara el éxito de algunos países, aunque fuese
a expensas de los otros. Pero, tampoco. La creencia en la propia superioridad,
siempre peligrosa y esencialmente falsa, es útil en aquellos primeros estadios
de la vida de un pueblo, cuando esta superioridad se refiere a un bien
trascendental, de que el orgulloso se proclama mensajero u obrero. Pero en
cuanto se deja de ser "ministro" de un bien trascendental, para erigirse en
árbitro del bien y del mal, se cumple la sentencia pascalina de hacer la bestia
por que se quiere hacer el ángel, y viene la Némesis inexorable, la caída de
Satán, la derrota del orgulloso, en su conflicto con el Universo, que no puede
soportar su tiranía. Y entonces el desmoronamiento es rápido, porque cuando el
pueblo derrotado profesa el otro humanismo, el hispánico nuestro, la derrota no
significa sino la falta de preparación en algún aspecto. En cambio, el humanismo
del orgullo, el de la creencia en la propia superioridad, fundada en el éxito,
con el éxito lo pierde todo, porque el resorte de su fuerza consistía
precisamente en la confianza de que con sólo seguir la voz de su conciencia o de
su instinto se mantendría en el camino del progreso *
El humanismo materialista
Hay también un
humanismo que suprime todas las esencias que venían considerándose superiores al
hombre, como el bien y la verdad, por no ver en ellas sino palabras hueras,
aunque no inofensivas, porque son, según piensa, los pretextos que han servido
para justificar el ascendiente de unas clases sociales sobre otras. Frente a las
jerarquías tradicionales proclama este humanismo la divisa revolucionaria:
borrón y cuenta nueva. Se propone establecer la igualdad de los hombres en la
tierra, en lo que se parece al humanismo español, pero con una diferencia. Los
españoles quisiéramos, dentro de lo posible y conveniente, la igualdad de los
hombres, porque creemos en la igualdad esencial de las almas. Estos humanistas,
al contrario, postulan la igualdad esencial de los cuerpos. Puesto que rige una
misma fisiología para todos los hombres, puesto que todos se nutren, crecen, se
reproducen y mueren, ¿por qué no crear una sociedad en que las diferencias
sociales sean suprimidas inexorablemente, en que se trate a todos los hombres de
la misma manera, todo sea de todos, trabajen todos para todos y cada uno reciba
su ración de la comunidad?
Ahora sabemos, con el saber positivo de la experiencia histórica, que ese sueño
comunista no ha podido realizarse. La desigualdad es esencial en la vida del
hombre: no hay más rasero nivelador que el de la muerte. El hombre no es un
borrego, cuya alma pueda suprimirse para que viva contento con el rebaño. El
campesino no se contenta con poseer y trabajar la tierra en común con los otros
campesinos, sino que se aferra a su ideal antiguo de poseerla en una parcela que
le pertenezca. Tampoco el obrero de la ciudad se presta gustoso a trabajar con
interés en talleres nacionales, donde no se pague su labor en proporción a lo
que valga, ni aunque se declare el trabajo obligatorio y se introduzcan las
bayonetas en las fábricas para restablecer la disciplina. Al cabo de las
experiencias infructuosas el fundador del comunismo exclamó un día: " ¡Basta de
socialistas! ¡Vengan especialistas!", y entonces se produjo el espectáculo de
que un gobierno comunista, que abolió el capitalismo como enemigo del género
humano, ofreciese las riquezas de su patria a los capitalistas extranjeros, como
únicos capaces de explotarlas, y que estos capitalistas, salvo excepciones
vergonzosas, rechazaran la oferta, porque un gobierno que había abolido la
propiedad privada no podía brindar a otros propietarios las garantías
necesarias.
Y así ese gobierno tendrá que ser una sombra que viva de las riquezas creadas en
el pasado, bajo un régimen de propiedad individual, y de las que continúe
creando o conservando el espíritu de propiedad de los campesinos, que la
experiencia comunista no se habrá atrevido a desafiar, u organizando la
producción en un Estado servil, a base de capitalismo de Estado y de trabajo
obligatorio, que es un retorno al despotismo y a la esclavitud, como ya lo había
profetizado Hilario Belloc, en 1912, al publicar El Estado Servil bajo el
apotegma de que: "Si no restauramos la Institución de la Propiedad tendremos que
restaurar la Institución de la esclavitud: no hay un tercer camino". La razón
del fracaso comunista es obvia. La economía no es una actividad animal o
fisiológica, sino espiritual. El hombre no se dedica a hacer dinero para comer
cinco comidas diarias, porque sabe que no podría digerirlas, sino para alcanzar
el reconocimiento y la estimación de sus conciudadanos. La economía es un valor
espiritual, y en un régimen donde todas las actividades del espíritu están
menospreciadas, decae fatalmente, hasta extinguirse, el bienestar del pueblo.
Cuentan los viajeros veraces que en Rusia no se ríe. La razón de ello es clara.
En una sociedad donde se quiera suprimir el alma humana es imposible que se ría
mucho. Inevitablemente se rebelará el alma contra el régimen que quiera
suprimirla; el alma antes que el cuerpo, por mucha hambre y frío y ejecuciones
capitales que la carne padezca. Cuando no puedan sublevarse, las almas se
reunirán para rezar. El amor de los jóvenes no se dejará tampoco reducir a pura
fisiología, sino que pedirá versos y flores e ilusión. Lo que las bocas digan
primero a los oídos, lo proclamarán a grito herido en cuanto puedan. Y entonces
se considerará este intento de suprimir el alma como lo que es en realidad: una
segunda caída de Adán, una caída en la animalidad, y no es la ciencia del bien y
del mal. La humanidad entera, por lo menos, lo mejor de la humanidad, se
avergonzará del triste episodio, como reconociendo que todos habremos tenido
alguna culpa en su posibilidad. Lo peor es que no se trata meramente de agua
pasada que no mueve molino. Todavía hay muchas gentes que no quieren creer que
pueda fracasar una organización social estatuída sobre la base de una
negociación niveladora de las diferencias de valor. Durante más de un siglo se
ha soñado en el mundo que el socialismo mejoraría la condición de los
trabajadores. No la mejora, pero hay muchos cientos de miles de almas que no
querrán verlo, hasta que no hayan sustituido por algún otro su frustrado sueño.
De otra parte, aunque la condición de los desposeídos no haya mejorado, no todo
ha sido en vano, porque, los antiguos rencores se han saciado, la tortilla se ha
vuelto y los que estaban abajo están encima. Todos los hombres desean mejorar de
condición, ganar más dinero y disfrutar de más comodidades. Esta ambición es
síntoma de lo que hay en el hombre de divino, que sólo con el infinito se
contenta. Pero hay también muchos que se preocupan, sobre todo, de mejorar su
situación relativa. Más que estar bien o mal, lo que les importa es encontrarse
mejor que el vecino. Si éste se halla ciego, no tienen pesar en verse tuertos.
Este aspecto de la naturaleza humana es el que incita a las revoluciones
niveladoras. Pensad en el agitador que pasa de la cárcel o de la emigración a
ser dueño de vidas y haciendas. ¿Qué le importan las privaciones ocasionales y
la miseria del país, si su voluntad es ley y los antiguos burgueses y
aristócratas tienen que hacer lo que les mande?
*
Nuestro humanismo en las constumbres
Entre estos dos
sentidos del hombre: el exclusivista del orgullo y el fisiológico de la
nivelación, el español tiende su vía media. No iguala a los buenos y a los
malos, a los superiores y a los inferiores, porque le parecen indiscutibles las
diferencias de valor de sus actos, pero tampoco puede creer que Dios ha dividido
a los hombres de toda eternidad, desde antes de la creación, en electos y
réprobos. Esto es la herejía, la secta: la división o seccionamiento del género
humano.
El sentido español del humanismo lo formuló Don Quijote cuando dijo: "Repara,
hermano Sancho, que nadie es más que otro sino hace más que otro". Es un dicho
que viene del lenguaje popular. En gallego reza: "Un home non e mais que outro,
si non fai mais que outro". Los catalanes expresan lo mismo con su proverbio:
"Les obres fan els mestres". Estos dichos no son de borrón y cuenta nueva. Dan
por descontado que unos hombres hacen más que otros, que unos se encuentran en
posición de hacer más que otros y que hay obras maestras y otras que no lo son;
hay ríos caudales y chicos; hay Infantes de Aragón y pecheros; y así se acepta
la desigualdad en las posiciones sociales y en los actos, que es aceptar el
mundo y la civilización. Yo puedo ser duque, y tú, criado. Aquí hay una
diferencia de posición. Pero en lo que se dice "ser", en lo que afecta a la
esencia, nadie es más que otro sino hace más que otro más que otro, teniendo en
cuenta la diferencia de posibilidades, lo que quiere decir, en el fondo, que no
se es más que otro, porque son las obras las que son mejores o peores, y el que
hoy las hace buenas, mañana puede hacerlas malas, y nadie ha de erigirse en juez
del otro excepto Dios. Los hombres hemos de contentarnos con juzgar de las
obras. Yo seré duque, y tú, criado; pero yo puedo ser mal duque, y tú, buen
criado. En lo esencial somos iguales, y no sabemos cuál de los dos ha de ir al
cielo, pero sí, que por encima de las diferencias de las clases sociales, están
la caridad y la piedad, que todo lo nivelan.
Este espíritu de esencial igualdad, no quiere decir que la virtud característica
de los españoles sea la caridad, aunque tampoco creo que nos falte. Hay pueblos
más ricos que el nuestro y mejor organizados, en que el espíritu de servicio
social es más activo y que han hecho por los pobres mucho más que nosotros. Pero
hay algo anterior al amor al prójimo, y es que al prójimo se le reconozca como
tal, es decir, como próximo. Una caridad que le considere como un animal
doméstico mimado no será caridad, aunque le trate generosamente. Es preciso que
el pobre no se tenga por algo distinto e inferior a los demás hombres. Y esto es
lo que han hecho los españoles como ningún otro pueblo. Han sabido hacer sentir
al más humilde que entre hombre y hombre no hay diferencia esencial, y que entre
el hombre y el animal media un abismo que no salvarán nunca las leyes naturales.
Todos los viajeros perspicaces han observado en España la dignidad de las clases
menesterosas y la campechanía de la aristocracia. Es característico el aire
señoril del mendigo español. El hidalgo podrá no serlo en sus negocios. Es
seguro, en cambio, que en un presidio español no se apelará en vano a la
caballerosidad de sus inquilinos.
Cuando se preguntaba a los voluntarios ingleses de la gran guerra por qué se
habían alistado, respondían muchos de ellos: " We follow our betters".(Seguimos
a los que son mejores que nosotros.) Reconozco toda la magnífica disciplina que
hay en esta frase, pero labios españoles no podrían pronunciarla. Menéndez y
Pelayo dice que hemos sido una democracia frailuna. En los conventos, en efecto,
se reúnen en pie de igualdad hombres de distintas procedencias: uno ha sido
militar, otro paisano, uno rico, otro pobre, aquel ignorante, este letrado.
Todos han de seguir la misma regla. En la vida española las diferencias de clase
solían expresarse en los distintos trajes: la levita, la chaqueta, la blusa; el
sombrero, la mantilla, el pañuelo; pero la regla de igualdad está en las almas.
Por eso Don Quijote compara a los hombres con los actores de la comedia, en que
unos hacen de emperadores y otros de pontífices y otros de sirvientes, pero al
llegar al fin se igualan todos, mientras que Sancho nos asimila a las distintas
piezas del ajedrez, que todas van al mismo saco en acabando la partida.
Este humanismo explica la gran indulgencia que campea en todos los órdenes de la
vida española. En Inglaterra se castigaban con la pena de muerte, hasta 1830,
cerca de trescientas formas de hurto. En España no se penan delitos análogos
sino con unas cuantas semanas de prisión. Y es que no creemos que el alma de un
hombre esté perdida por haber pecado. Todos somos pecadores. Todos podemos
redimirnos. A ninguno deberán cerrársenos los caminos del mundo. Si tenemos
cárceles es por pura necesidad. Pero nuestras instituciones favoritas, pasada la
cólera primera, son el indulto y el perdón.
Se dirá que todo esto no es sino catolicismo. Pero lo curioso es que en España
es lo mismo la persuasión de los descreídos que la de los creyentes. Parece que
los descreídos debieran ser seleccionistas, es decir, partidarios de penas
rigurosas para la eliminación de las gentes nocivas. Aun lo son menos que los
creyentes. Están más lejos que la España católica y popular del aristocratismo
protestante. Y así como los pueblos que se creen de selección, se alzan sobre un
bajo fondo social de ex hombres, incapaces de redención, en España no hay ese
mundo de gentes caídas sin remedio. No se consentiría que lo hubiera, porque los
españoles les dirían: "¡Arriba, hermanos, que sois como nosotros!"*
Nuestro humanismo en la historia
Esto no es
solamente un supuesto. Cuando Alonso de Ojeda desembarcó en las Antillas, en
1509, pudo haber dicho a los indios que los hidalgos leonenses eran de una raza
superior. Lo que les dijo textualmente fue esto: "Dios Nuestro Señor, que es
único y eterno, creó el cielo y la tierra y un hombre y una mujer, de los cuales
vosotros, yo y todos los hombres que han sido y serán en el mundo, descendemos".
El ejemplo de Ojeda los siguen después los españoles diseminados por las tierras
de América: reúnen por la tarde a los indios, como una madre a sus hijuelos,
bajo la cruz del pueblo, les hacen juntar las manos y elevar el corazón a Dios.
Y es verdad que los abusos fueron muchos y grandes, pero ninguna legislación
colonial extranjera es comparable a nuestras leyes de Indias. Por ellas se
prohibió la esclavitud, se proclamó la libertad de los indios, se les prohibió
hacerse la guerra, se les brindó la amistad de los españoles, se reglamentó el
régimen de Encomienda para castigar los abusos de los encomenderos, se estatuyó
la instrucción y adoctrinamiento de los indios como principal fin e intento de
los Reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen
voluntariamente y se transformó la conquista de América en difusión del espíritu
cristiano.
Y tan arraigado está entre nosotros este sentido de universalidad, que hemos
instituido la fecha del 12 de octubre, que es la fecha del descubrimiento de
América, para celebrar el momento en que se inició la comunidad de todos los
pueblos: blancos, negros, indios, malayos o mestizos que hablan nuestra lengua y
profesan nuestra fe. Y la hemos llamado "Fiesta de la Raza", a pesar de la obvia
impropiedad de la palabra, nosotros que nunca sentimos el orgullo del color de
la piel, precisamente para proclamar ante el mundo que la raza, para nosotros,
está constituida por el habla y la fe, que son espíritu, y no por las
oscuridades protoplásmicas.
Los españoles no nos hemos creído nunca pueblo superior. Nuestro ideal ha sido
siempre trascendente a nosotros. Lo que hemos creído superior es nuestro credo
en la igualdad esencial de los hombres. Desconfiados de los hombres, seguros del
credo, por eso fuimos también siempre institucionistas. Hemos sido una nación de
fundadores. No sólo son de origen español las órdenes religiosas más poderosas
de la Iglesia, sino que el español no aspira sino a crear instituciones que
estimulen al hombre a realizar lo que cada uno lleva de bondad potencial. El
ideal supremo del español en América es fundar un poblado en el desierto e
inducir a las gentes a venir a habitarle. La misma Monarquía española, en sus
tiempos mejores, es ejemplo eminente de este espíritu institucional en que el
fundador no se propone meramente su bien propio, sino el de todos los hombres.
El gran Arias Montano, contemporáneo de Felipe II, define de esta suerte la
misión que su Soberano realiza:
"La persona principal, entre todos los Príncipes de la tierra que por
experiencia y confesión de todo el mundo tiene Dios puesta para sustentación y
defensa de la Iglesia Católica es el Rey Don Philipo, nuestro señor, porque él
solo, francamente, como se ve claro, defiende este partido, y todos los otros
príncipes que a él se allegan y lo defienden hoy, lo hacen o con sombra y arrimo
de S.M o con respeto que le tienen: y esto no sólo es parecer mío, sino cosa
manifiesta, por lo cual lo afirmo, y por haberlo así oído platicar y afirmar en
Italia, Francia, Irlanda, Inglaterra, Flandes y la parte de Alemania que he
andado..."
Ni por un momento se le ocurre a Arias Montano pedir a su Monarca que renuncie a
su política católica o universalista, para dedicarse exclusivamente a los
intereses de su reino, aunque esto es lo que hacen otras monarquías católicas de
su tiempo, al concertar alianzas con soberanos protestantes o mahometanos. El
poderío supremo que España poseía en aquella época se dedica a una causa
universal, sin que los españoles se crean por ello un pueblo superior y elegido,
como Israel o como el Islam, aunque sabían perfectamente que estaban peleando
las batallas de Dios. Es característica esta ausencia de nacionalismo religioso
en España. Nunca hemos tratado de separar la Iglesia española de la universal.
Al contrario, nuestra acción en el mundo religioso ha sido siempre luchar contra
los movimientos secesionistas y contra todas las pretensiones de gracias
especiales. Ese fue el pensamiento de nuestros teólogos en Trento y de nuestros
ejércitos en la Contrarreforma. Y este es también el sentimiento más constante
de los pueblos hispánicos, y no sólo en sus períodos de fe, sino también en los
de escepticismo. El llamamiento de la República Argentina a todos los hombres,
para que pueblen las soledades de la tierra de América, se inspira también en
este espíritu ecuménico. Lo que viene a decir es que el llamamiento lo hacen
hombres que no se creen de raza superior a la de los que vengan. A todos se
dirige la palabra de llamamiento: "Sto ad ostium, et pulso". (Estoy en el umbral
y llamo). Y también a todas las profesiones. No sólo hacen falta sacerdotes y
soldados, sino agricultores y letrados, industriales y comerciantes. Lo que
importa es que cada uno cumpla con su función en el convencimiento de que Dios
le mira.
Es posible que los padecimientos de España se deban, en buena parte, a haberse
ocupado demasiado de los demás pueblos y demasiado poco de sí misma. Ello
revelaría que ha cometido, por omisión, el error de olvidarse de que también
ella forma parte del todo y que lo absoluto no consiste en prescindir de la
tierra para ir al cielo, sino en juntar los dos, para reinar en la creación y
gozar del cielo. Sólo que esto lo ha sabido siempre el español, con su concepto
del hombre como algo colocado entre el cielo y la tierra e infinitamente
superior a todas las otras criaturas físicas. En los tiempos de escepticismo y
decaimiento, le queda al español la convicción consoladora de no ser inferior a
ningún otro hombre. Pero hay otros tiempos en que oye el llamamiento de lo alto
y entonces se levanta del suelo, no para mirar de arriba a abajo a los demás,
sino para mostrar a todos la luz sobrenatural que ilumina a cuantos hombres han
venido a este mundo. *
Resumen Final del asunto
Hay, en resumen,
tres posibles sentidos del hombre. El de los que dicen que ellos son los buenos,
por estarles vinculadas la bondad en alguna forma de la divina gracia; y es el
de los pueblos o individuos que se atribuyen misiones exclusivas y exclusivos
privilegios en el mundo. Esta es la posición aristocrática y particularista.
Hay, también, la actitud niveladora de los que dicen que no hay buenos ni malos,
porque no existe moral absoluta y lo bueno para el burgués es malo para el
obrero, por lo que han de suprimirse las diferencias de clases y fronteras para
que sean iguales los hombres. Es la posición igualitaria y universalista, pero
desvalorizadora. Y hay, por último, la posición ecuménica de los pueblos
hispánicos, que dice a la humanidad entera que todos los hombres pueden ser
buenos y no necesitan para ello sino creer en el bien y realizarlo. Esta fue la
idea española del siglo XVI. Al tiempo que la proclamábamos en Trento y que
peleábamos por ella en toda Europa, las naves españolas daban por primera vez la
vuelta al mundo para poder anunciar la buena nueva a los hombres del Asia, del
Africa y de América.
Y así puede decirse que la misión histórica de los pueblos hispánicos consiste
en enseñar a todos los hombres de la tierra que si quieren pueden salvarse, y
que su elevación no depende sino de su fe y su voluntad.
Ello explica también nuestros descuidos. El hombre que se dice que si quiere una
cosa, la realizará, cae también fácilmente en la debilidad de no quererla, en la
esperanza de que se le antoje cualquier día. Esta es la perenne tentación que
han de vencer los pueblos nuestros. No parecemos darnos cuenta de que el tiempo
perdido es irreparable, por lo menos en este mundo nuestro, en que la vida del
hombre ésta medida con tan estrecho compás. Solemos dejar pasar los años, como
si dispusiéramos de siglos para arrepentirnos y enmendarnos. Y a fuerza de
querer matar el tiempo nos quedamos atrás y el tiempo es quién nos mata.
Porque el mundo, entonces, se nos echa encima. Nadie nos cree cuando decimos que
podemos, pero que no queremos. El poder se demuestra en el hacer. La
potencialidad que no se actualiza no convence a nadie. La rechifla de los demás
se nos entra en el alma y los más sensitivos de entre nosotros mismos, que por
esencial convencimiento nunca nos creímos superiores, acabamos por creernos
inferiores al compartir las críticas de los demás respecto de nosotros. Esta es
nuestra historia de los dos siglos últimos. Si logramos salir de este período de
depresión del ánimo será, en primer término, porque nuestro pueblo no compartió
nunca el escepticismo de los intelectuales, y, además, porque la misma cultura
nos revela que nuestra labor en lo pasado no en inferior a la de ningún otro
pueblo de la tierra.
En estos años nos está descubriendo el estudio del siglo XVI un espíritu
ecuménico que no se sospechaba entre las gentes cultas. Nada es más revelador a
este respecto que el entusiasmo con que un hombre de cultura moderna, como el
profesor Barcia Trelles, encuentra en el Padre Vitoria y en Francisco Suárez las
verdaderas fuentes del Derecho Internacional contemporáneo. Estamos descubriendo
la quinta esencia de nuestro Siglo de Oro. Podemos ya definirla como nuestra
creencia en la posibilidad de salvación de todos los hombres de la tierra. De
ella nacía el impetuoso anhelo de ir a comunicársela. En esa creencia vemos
también ahora la piedra fundamental del progreso humano, porque los hombres no
alzarán los pies del polvo si no empiezan por creerlo posible.
Esta creencia es el tesoro que llevan al mundo los pueblos hispánicos. Sólo que
ella se funda en otra creencia antecedente y fundamental, sobre la cual ha de
entenderse previamente las inteligencias directoras de los pueblos hispánicos, y
de ella se deriva una consecuencia: la de que el mundo no creerá en el valor de
nuestro tesoro si no lo demostramos con nuestras obras. De la creencia
antecedente y de la consecuencia práctica hemos de tratar, pero estoy persuadido
de que el descubrimiento de la creencia nuestra en las posibilidades superiores
de todos los hombres, ha de empujarnos a realizarlas en nosotros mismos, para
ejemplo probatorio de la verdad de nuestra fe, y que la lección, que dimos ya en
nuestro gran siglo, volveremos a darla para gloria de Dios y satisfacción de
nuestros históricos anhelos.
*
Contraste de nuestro ideal
Contrastemos ahora
nuestro antiguo sentido del hombre con el ideal revolucionario de libertad,
igualdad, fraternidad. Ganivet nos dice que el "eje diamantino" de la vida
española es un principio senequista: "Mantente de tal modo firme y erguido, que
al menos se pueda decir siempre de ti que eres un hombre". He leído algunos
libros de Séneca, en busca del pasaje de donde pudo sacar esa enseñanza. No lo
he encontrado. Hasta se me figura que no podrá encontrarse, porque lo que viene
a decir Séneca es algo que se le parece a primera vista, pero que en el fondo es
muy distinto, y es que el sabio, el cuerdo, el prudente, el filósofo estoico se
conduce de tal suerte, sean cuales fueren las circunstancias, que se tiene que
decir de él que es todo un hombre. Se sobrentiende en Séneca, pero no en Ganivet,
que los demás hombres, los que no son sabios, se dejan, en cambio, llevar de sus
pasiones o de las circunstancias.
Para los estoicos, en efecto, había dos clases de hombres: los sabios y el
vulgo. Los sabios se conducen como deben; los otros, en rigor, no se conducen,
sino que son conducidos por los sucesos. Y esta distinción explica la
esterilidad del estoicismo. Los estoicos creían que todos los hombres son
hermanos, como hijos del mismo Dios, y se proclamaban ciudadanos del mundo, pero
esta ciudadanía y la conciencia de la paternidad de Dios era patrimonio
exclusivo de una aristocracia espiritual, aunque a ella perteneciera un esclavo,
como Epicteto, y esta fue la razón de que no se lanzaran a la predicación para
que el común de los hombres se alzase del polvo. Cleanthes pidió a Zeus, en su
himno, que salvase a los hombres de su desgraciado egoísmo. Y es que, a juicio