DEFENSA DE LA HISPANIDAD, Ramiro de Maeztu
Defensa de la Hispanidad
Auspiciado en 1934 por Acción Española, recoge artículos que compendian y sintetizan la doctrina de la Hispanidad: señalar a todos los hombres de la tierra que si quieren pueden salvarse, y que su salvación no depende sino de su Fe de su voluntad
[Ramiro de Maeztu (Vitoria 1874-Aravaca (Madrid) 1936)]
Evocación, por Eugenio Vega Latapie
"¡Vosotros no sabéis por qué me matáis! ¡Yo si sé por qué muero: por que
vuestros hijos sean mejores que vosotros!", se cuenta dijo Maeztu momentos antes
de ser fusilado, dirigiéndose a quienes se disponían a matarle. Ramiro de Maeztu
no murió increpando a sus asesinos ni lamentándose de su mala suerte, sino
ofrendando su sangre para que fecundara la tierra española y para obtener del
Señor que bendijera y llevase al recto camino a los hijos de sus verdugos.
Preso arbitrariamente al iniciarse el Alzamiento Nacional en julio de 1936,
Maeztu fue sacado de la cárcel de las Ventas en la madrugada del 29 de octubre,
y, en el momento de salir, se postró a los pies de un sacerdote, también
cautivo, y le dijo: "Padre, absuélvame", recibiendo viril y piadosamente esa
absolución que recuerda la de los antiguos cruzados antes de entrar en combate
o, más propiamente, la de los mártires antes de salir a la arena del circo a ser
destrozados por las fieras.
"Amad a vuestros enemigos. Haced bien a los que os aborrecen y maldicen",
decretó, con caracteres de orden imprescriptible y eterna, quien ofrendó su vida
por la salvación de todos los hombres, sin exceptuar a los que le daban muerte
inhumana. Y Maeztu, empapado de espíritu cristiano, supo ser discípulo del
Maestro divino y morir sin rencores y sin odios, bendiciendo a los hijos de sus
matadores.
Maeztu murió amando y no odiando. Su muerte es la más bella página que jamás
escribió en su vida. Con contarse éstas por millares, es aquella cuya meditación
mayor bien puede hacernos.
Un misionero de nuestros días refiere que en sus trabajos de evangelización en
el Japón, tuvo como catecúmeno a un militar de elevada categoría, que deseaba
hacerse cristiano. Paulatinamente iba explicando el misionero a su discípulo las
bases fundamentales de nuestra Fe; pero, al llegar a la explicación del "Padre
nuestro", el militar japonés le dijo que desistía de hacerse católico, pues
había algo que en modo alguno podía admitir, y ese abismo infranqueable lo
constituían las palabras "así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". El
misionero insistió, le explicó la belleza y primacía de la virtud del Amor, pero
el japonés, triste y abatido, tras varios días de luchas íntimas, le comunicó
que le era imposible perdonar a determinados enemigos y se despidió del
misionero, con despedida que él creía definitiva. Pero el germen vivificador
había caído en un alma noble, y años más tarde, el militar japonés buscó de
nuevo al misionero y le pidió le bautizara, pues ya podía perdonar. En su
elemental teología el pagano había puesto el dedo en la llaga: por encima de la
Fe, por encima de la Esperanza, se encuentra la virtud del Amor. Verdad ésta que
hace decir a San Pablo que si no tenemos Caridad, de nada nos sirve tener una fe
que mueva las montañas, ni entregar todos nuestros bienes a los pobres, ni
nuestro cuerpo al fuego.
Se puede afirmar que Maeztu, en sus últimos años, vivió con la obsesión de que
moriría mártir de su Religión y de su Patria, y en frecuente oración para
cumplir noblemente su destino. Cuántas veces no le oímos, los habituales de la
tertulia de "Acción Española" exclamar, triste y esperanzado a la vez: "Yo noto
que soy cobarde y por eso pido a Dios me conceda morir, al menos con dignidad".
En repetidas ocasiones se avergonzó de no haber muerto a los pies de un sagrario
o en el atrio de un templo el día 11 de mayo de 1931, cuando un reducido número
de extraviados, con la complicidad pasiva del Gobierno provisional de la
República y la tolerancia cobarde de los católicos, incendió decenas de iglesias
y conventos en Madrid.
En enero de 1934, en uno de aquellos banquetes de "Acción Española" en los que
se comía durante una hora y se hablaba o se oía hablar durante tres o cuatro,
don Ramiro, con aquella oratoria tan suya de iluminado, después de explicar sus
esfuerzos prodigados en vano durante la Dictadura para convencer a los
gobernantes de que la revolución se venía encima y que se apercibieran a
cerrarle el paso, dijo textualmente: "Esta fue mi lucha durante quince meses,
hasta que un día la revolución se echó encima de nosotros. Mis compañeros
prefirieron el destierro; yo, no; porque prefiero que me den cuatro tiros contra
una pared, pero aquí he de morir. Mis espaldas no las han de ver nunca mis
enemigos. Y entonces, un día oímos aquello de uno, dos, tres y las gentes en el
Retiro y las multitudes soeces. Se nos ha dicho que ésta ha sido una revolución
pacífica: pacífica porque no se ha vertido sangre. Pero si la sangre no vale lo
que la hiel, lo que la Injuria soez, lo que el sarcasmo, lo que el griterío de
la masa desmandada! ¿No os habéis encontrado con un tropel de doscientas,
trescientos o cuatrocientas personas insultando a vuestro jefe hereditario, y no
habéis sentido la impotencia de ser uno solo y no poder arremeter con las
doscientas, trescientas. cuatrocientas personas, y no habéis experimentado el
deseo de que todo aquello os arrollara, porque es preferible que los cerdos
pasen por encima de uno, por encima de su cadáver, que no seguir tolerando
tantas bajezas, tantas ruindades, tantas cosas soeces, tanta barbarie?"
Un día de marzo o de abril de 1936, otro glorioso mártir de la Nueva España, don
Victor Pradera, al regresar a su hogar, después de presidir una conferencia de
la Sociedad Cultural "Acción Española", refiere a su esposa, que al encontrarse
con Maeztu, éste le había dicho "Don Victor, ¿cuando nos asesinan a usted y a mi
?" Hoy dos mujeres, que en el silencio y el retiro lloran la muerte de estos
precursores y maestros de la España Eterna, al encontrarse no podrán por menos
de sentir un estremecimiento, al recordar el terrible vaticinio.
La insistencia con que Maeztu repetía que moriría asesinado, llegaba, a veces, a
ser tomada en broma por los más asiduos de aquella tertulia de la redacción de
"Acción Española", de la que don Ramiro fue uno de los pilares fundamentales
desde su fundación. Era tal su cariño a la tertulia que si algún rarísimo día
había de faltar, se excusaba de antemano o telefoneaba. Su ingreso en las
Academias de Ciencias Morales y de la Lengua, motivó que los martes y jueves,
días en que celebraban sesión dichas Corporaciones, llegase a nuestra tertulia a
última hora, vestido con chaqueta ribeteada y comentando los temas y noticias de
que allí se habían hecho eco. Pradera era otro de los asiduos. Al evocar hoy el
recuerdo de aquellas reuniones, de aquellas gentes y de aquellos sueños y temas
que nos apasionaban, siento remordimientos por no haber sabido gozar, en su día,
de tantos tesoros espirituales allí acumulados y de la compañía de aquellos
hombres que con su vida ejemplar, han conseguido incorporar sus nombres a la
Historia.
Aquel saloncito en que nos reuníamos, toma ante mi mente la categoría de hogar
santo, nueva Covadonga de la España que amanece. Aquel salón viene a
presentárseme como una catacumba del siglo XX, en que los futuros mártires se
confortaban entre sí para afrontar, fieles a Dios y a España, el trance final; y
también como tienda de campaña. en la que reunidos los jefes de la Cruzada en
las vísperas de su iniciación, cambiaban consignas y forjaban planes y arengas.
"Contracorriente", había nacido "Acción Española", contracorriente crecían las
adhesiones a sus principios, y con esta palabra agresiva y heroica de ir
"Contracorriente", tituló genéricamente Maeztu los artículos que, en
colaboración regular publicaba en la prensa de provincias. Y al marchar
contracorriente Maeztu, y tras de él el grupo de escritores e intelectuales que
le consideraban como su maestro, no se les ocultaba en nada, lo terrible de la
misión que cumplir y el riesgo probabilísimo de muerte a que se exponían. Fue en
los primeros años de la siembra, dos meses antes del histórico 10 de agosto,
cuando, en el memorable banquete de la Cuesta de la Perdices, pronunció don
Ramiro las siguientes austeras palabras, ayer objeto de retóricos aplausos y que
hoy podrían esculpirse en las rocas graníticas de ese Escorial por Maeztu aquel
día evocado, con el gotear no interrumpido de lágrimas de madres españolas que
lloran desde hace años la pérdida de sus hijos, muertos heroicamente, en el reír
de su juventud, por haber seguido el camino de espinas que el Maestro les
señalara: "Pero ahora -clamaba- yo digo a los jóvenes de veinte años: venid con
nosotros porque aquí, a nuestro lado, está el campo del honor del sacrificio:
nosotros somos la cuesta arriba, y en lo alto de la cuesta está el Calvario, y
en lo más alto del Calvario, está la Cruz". Y en efecto. tras cinco años de
trabajar contracorriente, al coronar "la cuesta arriba" sin tiempo para otear la
tierra de promisión por él descrita. La prisión primero y la muerte después.
Consumaron la realización de sus enseñanzas y profecías y el traquido de balas
asesinas fue el postrer bélico clamor de aprobación a una vida perfecta de
apostolado y amor.
Hombre, de cualquier país que seas, que sientas correr por tus venas sangre
española o que a España debas la integridad de tu fe religiosa! ¡Español de la
Península, de América, de Filipinas o de cualquier otra región del mundo!: al
adentrarte en la lectura de este libro, amor de los amores del autor, concede a
cada frase y cada línea el valor y el sentir que a su verdad confiere la
autoridad suprema de estar confirmado con sangre de mártir. Con emoción recuerdo
la pasión y el amor que Maeztu puso en la obra que hoy se reimprime y que,
capítulo a capítulo, fue escribiendo y corrigiendo a nuestra vista. La DEFENSA
DE LA HISPANIDAD no es un mero producto de la erudición y del talento de su
autor; es algo. muy superior a todo eso; es una obra de amor ardiente,
apasionado, que consigue suplir y superar las frías abstracciones de la
inteligencia. Yo he visto llorar a Maeztu leyendo la "Salutación del Optimista",
de su amigo Rubén. Nunca olvidaré aquellas lágrimas que comenzaron a brotar de
los ojos de Maeztu al repetir las palabras proféticas:
"... la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos"
Lágrimas que habrían de trocarse en cataratas y sollozos, que le obligaron a
suspender la lectura al llegar a la invectiva:
"¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos y que al alma
española juzgase áptera y ciega y tullida?"
El amor, la pasión, la decisión, el ímpetu, fueron las cualidades más destacadas
en Maeztu. En su juventud amó y sostuvo algunos principios falsos, aunque nunca
sufrió extravío en su amor entrañable a España. Si durante algún tiempo fue frío
en alguna de sus condiciones, cuando recorrió su camino de Damasco, ese frío
circunstancial se trocó en una pasión y un fuego inextinguibles. En sus amores e
Ideales jamás fue de aquellos tibios, que el Señor, en frase del Apocalipsis,
vomitará de su boca. Un día del bienio republicano-moderado se presentó Maeztu
en la habitual tertulia de "Acción Española", visiblemente excitado,
refiriéndonos que, en el portal de su casa. se había encontrado con su antiguo
amigo Pérez de Ayala, el durante largo tiempo embajador de la República en
Londres, y al saludarle éste y decirle que a ver si se veían para recordar
tiempos pasados, él le había contestado: "Mire usted, Pérez de Ayala, mientras
usted crea que los que rezamos el Padrenuestro somos unos idiotas, yo no tengo
nada que decirle".
Quede para otros escritores la tarea ilustre de hacer una biografía de Maeztu
desde su nacimiento en Vitoria, de madre inglesa, hasta su asesinato, en octubre
de 1936, pasando por su ida a Cuba, como soldado; a impedir la pérdida del
último florón de nuestra corona imperial, sus quince años de estancia en
Inglaterra, Su matrimonio con inglesa, su regreso a la Patria para impedir el
horror de que su hijo pronunciara el español con acento inglés; su embajada en
Buenos Aires durante la Dictadura del general Primo de Rivera; su
encarcelamiento en Madrid con ocasión del 10 de agosto, como presidente de
"Acción Española", y su detención y prisión en julio de 1936, con la referencia
de las gestiones hechas inútilmente por las Embajadas inglesa y argentina para
arrancarle de las garras asesinas. Maeztu, como Calvo Sotelo, como Pradera, eran
demasiado buenas presas para que los enemigos de Dios y de España permitieran su
canje.
¡Uno de los últimos recuerdos que conservo de Maeztu es la felicitación calurosa
que me expresó con ocasión del prólogo que, en junio de 1936, puse a la novela,
de ambiente mejicano, titulada Héctor, prólogo en que hacía un llamamiento y
apología del sacrificio y del combate en defensa de los ideales supremos. "Juan
Manuel lo ha leído —me dijo don Ramiro— y se ha entusiasmado". Y este Juan
Manuel, que por primera y única vez sale citado como autoridad de labios de
Maeztu, era su propio hijo único, de dieciocho años. Y es que, en materias de
honor, de virilidad y de dignidad nacional tenían, muy acertadamente, a los ojos
de Maeztu, más autoridad los mozos que aún no contaban veinte años, que los
miembros de las Academias por él frecuentadas.
Un domingo de finales de junio de 1936 fuimos el marqués de las Marismas, Jorge
Vigón y yo, a acompañar al matrimonio Maeztu desde Madrid a la Granja, donde se
proponían alquilar una casa en que pasar el verano. Apenas llegados al Real
Sitio don Ramiro encomendó a su esposa la tarea de elegir casa y decidirse,
mientras que él se iba con nosotros a dar un paseo por el magnífico parque. Fue
el último día que paseé con éI y nunca podré olvidar la interpretación
revolucionaria que daba a fuentes y estatuas, así como a la ornamentación de los
jardines. "¡No está aquí el Escorial! —decía—; esto es el siglo XVIII francés.
Versalles. Ninfos. Pastores. Fratos. Naturalismo. Pero aquí nada habla de Dios.
Esta ornamentación revela la mentalidad que se refleja en Rousseau y concluye en
las matanzas de la Convención y el Terror. Desde la Granja seguimos al
secularizado monasterio cartujo de El Paular, y después regresamos a la capital.
Indecisiones providenciales de última hora, hicieron que la familia Maeztu no
tomase casa en la Granja y que el 19 de julio les sorprendiese en Madrid.
La última noticia que respecto a mí tengo de Maeztu consiste en una frase
proferida en la casa en que se encontraba oculto durante los primeros días del
Movimiento y en la que fue detenido, reprochándome el que yo no le hubiese
avisado pues su sitio no era estar escondido, sino en una trinchera, defendiendo
su Fe y su Patria, luchando por una España mejor. No temía las persecuciones ni
la muerte, pero soñaba con tomar parte personal y directa en la Cruzada, ni lo
suspiraba por puestos, mercedes o prebendas, sino por el honor máximo de estar
con un fusil en la trinchera. Maeztu daba al valor físico y personal un
elevadísimo puesto en la jerarquía de los valores. Su desprecio a los cobardes
rayaba en lo superlativo. En el discurso del Banquete de enero de 1934
dirigiéndose a las mujeres allí presentes, les dijo: Despreciad al hombre que no
sea valiente; despreciad al hombre que no esté dispuesto a arriesgar su Vida por
la Santa Causa; despreciadlo, y ya veréis cómo los corderos se convierten en
leones. Tengo la seguridad que, de haber estado don Ramiro en la zona nacional,
no hubiera sido empresa fácil convencerle de que con sus sesenta años cumplidos
no tenía puesto en el frente.
La visión de Maeztu, profeta y maestro de la Nueva España, no puede borrársenos
a los que cultivemos su intimidad. No hay ceremonia, desfile, victoria o sesión
conmemorativa a que asistimos o en la que tomemos parte, en que no echemos de
menos su presencia.
Fue en Salamanca, un día de marzo de 1937, en que la primavera, anticipada,
llenó de sol y aromas su Plaza Mayor maravillosa, cuando un poeta, compañero de
luchas y de sueños de Maeztu, a la vista de aquella perfecta geometría de la
representación de las fuerzas armadas que hicieron posible el milagro del
Alzamiento Nacional, Ejército, Requetés, falangistas, Acción Popular,
Renovación, tropas Moras; al oír con ecos resurrección y nostalgia los acordes
de un himno proscrito desde hacia años; al contemplar la llegada del primer
embajador extranjero que reconocía al nuevo Estado, nacido de la Cruzada, buscó
con insistencia vana, entre la masa que colmaba balcones y plaza, a Ramiro de
Maeztu. En aquella jornada de ilusión y de gloria, apenas oscurecida por algunos
jirones de nubes en los cielos y una larvada estridencia en el suelo, José María
Pemán sintió cantar su musa en versos sentidísimos, cuyo final transcribe como
áureo remate de estas páginas de evocación:
"Ramiro de Maeztu, Señor y Capitán de la Cruzada: ¿Dónde estabas ayer, mi dulce
amigo, que no pude encontrarte? ¿Dónde estabas?, ¡para haberte traído de la
mano, a las doce del día, bajo el cielo de viento y nubes altas, a ver, para
reposo de tu eterna inquietud, tu Verdad hecha ya Vida en la Plaza Mayor de
Salamanca!"
Eugenio Vegas Latapie
*
Preludio
Esta introducción
fue publicada el 15 de diciembre de 1931 como artículo-programa de la revista
Acción Española. Un jurado benévolo la escogió para el premio «Luca de Tena» de
aquel año. Al recogerla con el asenso de la revista donde vieron la luz primera
los más de los trabajos de este libro, la he llamado "Preludio", porque esta
palabra no significa meramente lo que da principio a una cosa, sino que sugiere
también, por su uso musical, que se trata de un comienzo especialísimo, en el
que se anuncian los temas que van a desarrollarse en el curso de la obra.
ESPAÑA es una encina media sofocada por la yedra. La yedra es tan frondosa, y se
ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España
está en la trepadora, y no en el árbol. Pero la yedra no se puede sostener sobre
sí misma. Desde que España dejó de creer en su misión histórica, no ha dado al
mundo de las ideas generales más pensamientos valederos que los que han tendido
a hacerla recuperar su propio ser. Ni su Salmerón. ni su Pi y Margall, ni su
Giner, ni su Pablo lglesias, han aportado a la filosofía del mundo un solo
pensamiento nuevo que el mundo estime válido. La tradición española puede
mostrar modestamente, pero como valores positivos y universales, un Balmes, un
Donoso, un Menéndez Pelayo, un González Arintero. No hay un liberal español que
haya enriquecido la literatura del liberalismo con una idea cuyo valor
reconozcan los liberales extranjeros, ni un socialista la del socialismo, ni un
anarquista la del anarquismo, ni un revolucionario la de la revolución.
Ello es porque en otros países han surgido el liberalismo y la revolución por
medio de sus faltas, o para castigo de sus pecados. En España eran innecesarios.
Lo que nos hacía falta era desarrollar, adaptar y aplicar los principios morales
de nuestros teólogos juristas a las mudanzas de los tiempos. La raíz de la
revolución en España, allá en los comienzos del siglo XVIII, ha de buscarse
únicamente en nuestra admiración del extranjero. No brotó de nuestro ser, sino
de nuestro no ser. Por eso, sin propósito de ofensa para nadie, la podemos
llamar la Antipatria, lo que explica su esterilidad, porque la Antipatria no
tiene su ser más que en la Patria, como el Anticristo lo tiene en el Cristo.
Ovidio hablaba de un ímpetu sagrado de que se nutren los poetas: Impetus
ille sacer, qui vatum pectora nutrit. El ímpetu sagrado de que se han de
nutrir los pueblos que ya tienen valor universal es su corriente histórica. Es
el camino que Dios les señala. Y fuera de la vía, no hay sino extravíos.
* * *
Durante veinte siglos, el camino de España no tiene pérdida posible. Aprende de
Roma el habla con que puedan entenderse sus tribus y la capacidad organizadora
para hacerlas convivir en el derecho. En la lengua del Lacio recibe el
Cristianismo, y con el Cristianismo el ideal. luego vienen las pruebas. Primero,
la del Norte, con el orgullo arriano que proclama no necesita Redentor, sino
Maestro, después la del Sur, donde la moral del hombre se abandona a un destino
inescrutable. También los españoles pudimos dejarnos llevar por el Kismet.
Seríamos ahora lo que Marruecos o, a lo sumo, Argelia. Nuestro honor fue
abrazarnos a la Cruz y a Europa, al Occidente, e identificar nuestro ser con
nuestro ideal. El mismo año en que llevamos la Cruz a la Alhambra descubrimos el
Nuevo Continente. Fue un 12 de octubre, el día en que la Virgen se apareció a
Santiago en el Pilar de Zaragoza. La corriente histórica nos hacía tender la
Cruz al mundo nuevo.
Ahí están los manuscritos del padre Vitoria. El tema que más le preocupó fue
conciliar la predestinación divina con los méritos del hombre. No podía creer
que los hombres. ni siquiera algunos hombres, fuesen malos porque la Providencia
los hubiera predestinado a la maldad. Sobre todos los mortales debería brillar
la esperanza. Sobre todos la hizo brillar el padre Vitoria con su doctrina de la
Gracia. Algunos discípulos y colegas suyos la llevaron al concilio de Trento
donde la hicieron prevalecer. Salvaron con ello la creencia del hombre en la
eficacia de su voluntad y de sus méritos. Y así empezó la Contrarreforma. Otros
discípulos la infundieron en Consejo de Indias, e inspiraron en ella la
legislación de las tierras de América, que trocó la conquista del Nuevo Mundo en
empresa evangélica y de incorporación a la Cristiandad de aquellas razas a las
que llamaban los Reyes de Castilla "nuestros amigos los indios". ¿Es que se
habrá agotado ese ideal? Todavía ayer moría en Salamanca el padre González
Arintero. Y suya es la sentencia: "No hay proposición teológica más segura que
ésta: a todos sin excepción se les da —"proxima" o "remota"— una gracia
suficiente para la salud.."
¿Han elaborado los siglos sucesivos ideal alguno que supere al nuestro? De la
imposibilidad de salvación se deduce la del progreso y perfeccionamiento. Decir
en lo teológico que todos los hombres pueden salvarse, es afirmar en lo ético
que deben mejorar, y en lo político, que pueden progresar. Es ya comprometerse a
no estorbar el mejoramiento de sus condiciones de vida y aun a favorecerlo en
todo lo posible. ¿Hay ideal superior a éste?. Jamás pretendimos los españoles
vincular la Divinidad a nuestros intereses nacionales; nunca dijimos como Juana
de Arco: "los que hacen la guerra al Santo Reino de Francia, hacen la guerra al
Rey Jesús", aunque estamos ciertos de haber peleado, en nuestros buenos tiempos,
las batallas de Dios. Nunca creímos, como los ingleses y norteamericanos, que la
Providencia nos había predestinado para ser mejores que los demás pueblos.
Orgullosos de nuestro credo, fuimos siempre humildes respecto a nosotros mismos.
No tan humildes, sin embargo, como esa desventurada Rusia de la revolución, que
proclama el carácter ilusorio de todos los valores del espíritu y cifra su ideal
en reducir el género humano a una economía puramente animal.
El ideal hispánico está en pie. Lejos de ser agua pasada, no se superará
mientras quede en el mundo un solo hombre que se sienta imperfecto. Y por mucho
que se haga para olvidarlo y enterrarlo, mientras lleven nombres españoles la
mitad de las tierras del planeta, la idea nuestra seguirá saltando de los libros
de mística y ascética a las páginas de la Historia Universal. ¡Si fuera posible
para un español culto vivir de espaldas a la Historia y perderse en los cines,
los cafés y las columnas de los diarios! Pero cada piedra nos habla de lo mismo.
¿Qué somos hoy, qué hacemos ahora cuando nos comparamos con aquellos españoles,
que no eran ni más listos ni más fuertes que nosotros, pero creaban la unidad
física del mundo, porque antes o al mismo tiempo constituían la unidad moral del
género humano, al emplazar una misma posibilidad de salvación ante todos los
hombres, con lo que hacían posible la Historia Universal, que hasta nuestro
siglo XVI no pudo ser sino una pluralidad de historias inconexas? ¿Podremos
consolarnos de estar ahora tan lejos de la Historia, pensando que a cada pueblo
le llega su caída y que hubo un tiempo en que fueron también Nínive y Babilonia?
Pero cuando volvemos los ojos a la actualidad, nos encontramos, en primer
término, con que todos los pueblos que fueron españoles están continuando la
obra de España, porque todos están tratando a las razas atrasadas que hay entre
ellos con la persuasión y en la esperanza de que podrán salvarlas; y también con
que la necesidad urgente del mundo entero, si ha de evitarse la colisión de
Oriente y Occidente, es que resucite y se extienda por toda la faz de la Tierra
aquel espíritu español, que consideraba a todos los hombres como hermanos,
aunque distinguía los hermanos mayores de los menores; porque el español no negó
nunca la evidencia de las desigualdades. Así la obra de España, lejos de ser
ruinas y polvo, es una fábrica a medio hacer, como la Sagrada Familia, de
Barcelona, o la Almudena, de Madrid; o, si se quiere, una flecha caída a mitad
del camino, que espera el brazo que la recoja y lance al blanco, o una sinfonía
interrumpida, que está pidiendo los músicos que sepan continuarla.
* * *
La sinfonía se interrumpió en 1700, al cerrarse para siempre los ojos del
Monarca hechizado. Cuentan los historiadores que, a fuerza de pasar por nuestras
tierras tropas alemanas, inglesas y francesas, aparte de las nuestras, durante
catorce años, al cabo de la guerra de Sucesión se habían esfumado todas las
antiguas instituciones españolas, excepto la corona de Castilla. España era una
pizarra en limpio, donde un Rey y una Corte extranjeros podían escribir lo que
quisieran. Mucho de lo que dijeron tenía que decirse, porque el país necesitaba
"academias y talleres, carreteras y canales"·. Embargados en cuidados superiores
nos habíamos olvidado anteriormente de que lo primero era vivir. Pero cuando se
dijo que: "Ya no hay Pirineos", lo que entendió la mayor parte de nuestra
aristocracia es que Versalles era el centro del mundo. Pudimos entonces
economizar las energías y esperar a que se restaurasen para seguir nuestra obra.
Preferimos poner nuestra ilusión en ser lo que no éramos. Y hace doscientos años
que el alma se nos va en querer ser lo que no somos, en vez de ser nosotros
mismos, pero con todo el Poder asequible.
Estos doscientos años son los de la Revolución. ¿Concibe nadie que Sancho Panza
quiera sublevarse contra Don Quijote. El hombre inferior admira y sigue al
superior, cuando no está maleado, para que le dirija y le proteja. El hidalgo de
nuestros siglos XVI y XVII recibía en su niñez, adolescencia y juventud una
educación tan dura, disciplinada y espinosa, que el pueblo reconocía de buena
gana su superioridad. Todavía en tiempos de Felipe IV y Carlos II sabía manejar
con igual elegancia las armas y el latín. Hubo una época en que parecía que
todos los hidalgos de España eran al mismo tiempo poetas y soldados. Pero cuando
la crianza de los ricos se hizo cómoda y suave, y al espíritu de servicio
sucedió el de privilegio, que convirtió la Monarquía Católica en territorial y
los caballeros cristianos en señores, primero, y en señoritos luego, no es
extraño que el pueblo perdiera a sus patricios el debido respeto. ¿Qué ácido
corroyó las virtudes antiguas? En el cambio de ideales había ya un abandono del
espíritu a la sensualidad y a la naturaleza; pero lo más grave era la
extranjerización, la voluntad de ser lo que no éramos, porque querer ser otros
es ya querer no ser, lo que explica, en medio de los anhelos económicos, el
íntimo abandono moral, que se expresa en ese nihilismo de tangos rijosos y
resignación animal, que es ahora la música popular española.
Siempre ha tenido España buenos eruditos, demasiado conocedores de su Historia
para poder creer lo que la envidia de sus enemigos propalaba. La mera prudencia
dice, por otra parte, que un pueblo no puede vivir con sus glorias desconocidas
y sus vergüenzas al desnudo, sin que propenda a huir de sí mismo y disolverse,
como lo viene haciendo hace ya más de un siglo. Tampoco nos ha faltado aquel
patriotismo instintivo que formuló desesperadamente Cánovas: "Con la Patria se
está con razón y sin razón, como se está con el padre y con la madre". La
historia, la prudencia y el patriotismo han dado vida al tradicionalismo
español, que ha batallado estos dos siglos como ha podido, casi siempre con
razón, a veces con heroísmo insuperable, pero generalmente con la convicción
intranquila de su aislamiento, porque sentía que el mundo le era hostil y
contrario al movimiento universal de las ideas.
Los hombres que escribimos en Acción Española sabemos lo que se ha ocultado
cuidadosamente en estos años al conocimiento de nuestro público lector, y es que
el mundo ha dada otra vuelta y ahora está con nosotros. Porque sus mejores
espíritus buscan en todas partes principios análogos o idénticos a los que
mantuvimos en nuestros grandes siglos. Queremos traer esta buena noticia a los
corazones angustiados. El mundo ha dado otra vuelta. Se puede trazar una raya en
1900. Hasta entonces eran adversos a España los más de los talentos extranjeros
que de ella se ocupaban. Desde entonces nos son favorables. Los amigos del arte
se maravillan de los esfuerzos que hace el mundo por entender y gozar mejor el
estilo barroco, que es España. Y es que han fracasado el humanismo pagano y el
naturalismo de los últimos tiempos. La cultura del mundo no puede fundarse en la
espontaneidad biológica del hombre, sino en la deliberación, el orden y el
esfuerzo, la elección no está en hacer lo que se quiere, sino lo que se debe. Y
la física y la metafísica, las ciencias morales y las naturales nos llevan de
nuevo a escuchar la palabra del Espíritu y a fundar el derecho y las
instituciones sociales y políticas, como; Santo Tomás y nuestros teólogos
juristas, en la objetividad del bien común. y no en la caprichosa voluntad del
que más puede. Venimos, pues, a desempeñar una función de enlace. Nos proponemos
mostrar a los españoles educados que el sentido de la cultura en los pueblos
modernos coincide con la corriente histórica de España; que los legajos de
Sevilla y Simancas y las piedras de Santiago, Burgos y Toledo no son tumbas de
una ,España muerta, sino fuentes de vida, que el mundo, que nos había condenado.
nos da ahora la razón, arrepentido, por supuesto, sin pensar en nosotros, sino
incidentalmente, porque hemos descuidado la defensa de nuestro propio ser, en
cuya defensa está la esencia misma del ser, según los mejores ontologistas de
hoy; porque también la filosofía contemporánea viene a decirnos que hay que
salir de esa suicida negación de nosotros mismos, con que hemos reducido a la
trivialidad a un pueblo que vivió durante más de dos siglos en la justificada
persuasión de ser la nueva Roma y el Israel cristiano.
Harto sabemos que nuestra labor tiene que ser modesta y pobre. Descuidos
seculares no pueden repararse sino con el esfuerzo continuado de generaciones
sucesivas. Pero lo que vamos a hacer no podemos Por menos de hacerlo. Ya no es
una mera pesadilla hablar de la posibilidad del fin de España, y España es parte
esencial de nuestras vidas. No somos animales que se resignen a la mera vida
fisiológica, ni ángeles que vivan la eternidad fuera del tiempo y del espacio.
En nuestras almas de hombres habla la voz de nuestros padres, que nos llama al
porvenir por que lucharon. Y aunque nos duele España, y nos ha de dotar aún más
en esta obra, todavía es mejor que nos duela ella que dolernos nosotros de no
ponernos a hacer lo que debemos. *
La Hispanidad y su Dispersión : La Separación de América y La Unidad de la Hispanidad
"El 12 de Octubre,
mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la
Hispanidad". Con estas palabras encabezaba su extraordinario del 12 de octubre
último un modesto semanario de Buenos Aires, El Eco de España. La palabra se
debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías
de Vizcarra. Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a
todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, como ésta
de Hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos
hispánicos?
Primera cuestión: ¿Se incluirán en ella Portugal y Brasil? A veces protestan los
portugueses. No creo que los más cultos. Cámoens los llama (Lusiadas, Canto I,
estrf. XXXI): "Huma gente fortissima de Espanha"
André de Resende, el humanista, decía lo mismo, con palabras que elogia doña
Carolina Micha‰lis de Vasconcelos: "Hispani omnes sumus". Almeida Garret lo
decía también: "Somos Hispanos, e devemos chamar Hispanos a quantos habitamos a
peninsula hispánica". Y don Ricardo Jorge ha dicho: "chamese Hispania à
peninsula, hispano ao seu habitante ondequer que demore, hispánico ao que lhez
diez respeito". Hispánicos son, pues, todos los pueblos que deben la
civilización o el ser a los pueblos hispanos de la península. Hispanidad es el
concepto que a todos los abarca.
Veamos hasta que punto los caracteriza. La Hispanidad, desde luego, no es una
raza. Tenía razón El Eco de España para decir que está mal puesto el nombre de
Día de la Raza al del 12 de octubre. Sólo podría aceptarse en el sentido de
evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al color de la
piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por aquellas
características que puedan transmitirse a través de las obscuridades
protoplásmicas, sino por aquellas otras que son luz del espíritu, como el habla
y el credo. La Hispanidad está compuesta de hombres de las razas blanca, negra,
india y malaya, y sus combinaciones, y sería absurdo buscar sus características
por los métodos de la etnografía.
También por los de la geografía. Sería perderse antes de echar a andar. La
Hispanidad no habita una tierra, sino muchas y muy diversas. La variedad del
territorio peninsular, con ser tan grande, es unidad si se compara con la del
que habitan los pueblos hispánicos. Magallanes, al Sur de Chile, hace pensar en
el Norte de la Escandinavia. Algo más al Norte, el Sur de la Patagonia
argentina, tiene clima siberiano. El hombre que en esas tierras se produce no
puede parecerse al de Guayaquil, Veracruz o las Antillas, ni éste al de las
altiplanicies andinas, ni éste al de las selvas paraguayas o brasileñas. Los
climas de la Hispanidad son los de todo el mundo. Y esta falta de
características geográficas y etnográficas, no deja de ser uno de los más
decisivos caracteres de la Hispanidad. Por lo menos es posible afirmar, desde
luego, que la Hispanidad no es ningún producto natural, y que su espíritu no es
el de una tierra, ni el de una raza determinada.
¿Es entonces la Historia quien lo ha ido definiendo? Todos los pueblos de la
Hispanidad fueron gobernados por los mismos Monarcas desde 1580, año de la
anexión de Portugal, hasta 1640, fecha de su separación, y antes y después por
las dos monarquías peninsulares, desde los años de los descubrimientos hasta la
separación de los pueblos de América. Todos ellos deben su civilización a España
y Portugal. La civilización no es una aventura. Quiero decir que la comunidad de
los pueblos hispánicos no puede ser la de los viajeros de un barco que, después
de haber convivido unos días, se despiden para no volver a verse. Y no lo es, en
efecto. Todos ellos conservan un sentimiento de unidad, que no consiste tan sólo
en hablar la misma lengua o en la comunidad del origen histórico, ni se expresa
adecuadamente diciendo que es de solidaridad, porque por solidaridad entiende el
diccionario de la Academia, una adhesión circunstancial a la causa de otros, y
aquí no se trata de una adhesión circunstancial, sino de una comunidad
permanente.
* * *
No exageremos, sin embargo, la medida de la unidad. Pero es un hecho que un
Embajador de España no se siente tan extraño en Buenos Aires como en Río
Janeiro, ni en Río Janeiro como en Londres, ni en Londres como en Tokio. Es
también un hecho que no podrá desembarcar un pelotón de infantería de marina
norteamericana en Nicaragua, sin que se lastime el patriotismo de la Argentina y
del Perú, de Méjico y de España, y aun también el de Brasil y Portugal. No sólo
esto. El mero deseo de un político norteamericano, Mr. William G. McAdoo, de que
la Gran Bretaña y Francia transfieran a los Estados Unidos, para pago de sus
deudas de guerra, sus posesiones en las Indias occidentales y las Guayanas
inglesa y francesa, basta para que dé la voz de alarma un periódico tan saturado
de patriotismo argentino como La Prensa, de Buenos Aires, que proclama (18 de
noviembre, 1931), "que todos los pueblos hispanoamericanos abogan por la
independencia de Puerto Rico, el retiro de tropas de Nicaragua y Haití, la
reforma de la enmienda Platt y el desconocimiento, como doctrina, del enunciado
de Monroe".
De otra parte, habría muchas razones para dudar de que sea muy sólida esta
unidad que llamamos hispánica. En primer término, porque carece de órgano
jurídico que la pueda afirmar con eficacia. Un ironista llamó a las Repúblicas
hispanoamericanas "los Estados desunidos del Sur", en contraposición a los
Estados Unidos del Norte. Pero más grave que la falta del órgano es la constante
crítica y negación de las dos fuentes históricas de la comunidad de los pueblos
hispánicos, a saber: la religión católica y el régimen de la Monarquía católica
española. Podrá decirse que esta doble negación es consubstancial con la
existencia misma de las repúblicas hispanoamericanas, que forjaron su
nacionalidad en lucha contra la dominación española. Pero esta interpretación es
demasiado simple. Las naciones no se forman de un modo negativo, sino
positivamente y por asociación del espíritu de sus habitantes a la tierra donde
viven y mueren. Es puro accidente que, al formarse las nacionalidades hispánicas
de América, prevalecieran en el mundo las ideas de la revolución francesa.
Ocurrió que prevalecían y que han prevalecido durante todo el siglo pasado. Los
mejores espíritus están ya saliendo de ellas, tan desengañados como Simón
Bolívar, cuando dijo: "Los que hemos trabajado por la revolución hemos arado en
el mar".
Ahora están perplejos. Ya han perdido los más perspicaces la confianza que
tenían en las doctrinas de la revolución. En su crisis actual, no quedarán
muchos talentos que puedan asegurar, como Carlos Pellegrini hace tres cuartos de
siglo, que "el progreso de la República Argentina es un hecho forzoso y fatal".
La fatalidad del progreso es una de las ilusiones que aventó la gran guerra.
Todos los ingenios hispanoamericanos no tienen la ruda franqueza con que el
chileno Edwards Bello proclamó que: "el arte iberoamericano, sin raíces en las
modalidades nacionales, carece de interés en Europa". Pero muchos sienten que
las cosas no marchan como debieran, ni mucho menos como en otro tiempo se
esperaba. En lo económico, esos países, que viven al día, dependen de las
grandes naciones prestamistas, antes, de Inglaterra, ahora, de los Estados
Unidos. No son pueblos de inventores, ni de grandes emprendedores. Sus
investigadores son también escasos. Padecen, agravados, los males de España. Lo
atribuye Edwards Bello, a que están divididos en tantas nacionalidades. Lo que
hizo grande, a juicio suyo, a Bolívar y a Rubén Darío, fue haber podido ser, en
un momento dado, el soldado y el poeta de todo un Continente. El hecho es que
los pueblos hispánicos viven al día, sin ideal, por lo menos sin un ideal que el
mundo entero tenga que agradecerles. ¿Y no de- penderá la insuficiente
solidaridad de los pueblos hispánicos de que han dejado apagarse y deslucirse
sus comunes valores históricos? ¿Y no será esa también la causa de la falta de
originalidad? Lo original, ¿no es lo originario?*
Las ideas del siglo XVIII
Ahora está el
espíritu de la Hispanidad medio disuelto, pero subsistente. Se manifiesta de
cuando en cuando como sentimiento de solidaridad y aun de comunidad, pero carece
de órganos con que expresarse en actos. De otra parte, hay signos de
intensificación. Empieza a hacer la crítica de la crítica que contra él se hizo
y a cultivar mejor la Historia. La Historia está llamada a transformar nuestros
panoramas espirituales y nunca ha carecido de buenos cultivadores en nuestros
países. Lo que no tuvimos, salvo el caso único e incierto de Oliveria Martins,
fueron hombres cuyas ideas supieran iluminar los hechos y darles su valor y
sentido. Hasta ahora, por ejemplo, no se sabía, a pesar de los miles de libros
que sobre ello se han escrito, cómo se había producido la separación de los
países americanos. Desde el punto de vista español parecía una catástrofe tan
inexplicable como las geológicas. Pero hace tiempo que entró en la geología la
tendencia a explicarse las transformaciones por causas permanentes, siempre
actuales. ¿Y por qué no han de haber separado de su historia a los países
americanos las mismas causas que han hecho lo mismo con una parte tan numerosa
del pueblo español? Si Castelar, en el más celebrado de sus discursos ha podido
decir: "No hay nada más espantoso, más abominable, que aquel gran imperio
español que era un sudario que se extendía sobre el planeta", y ello lo había
aprendido D. Emilio de otros españoles, ¿por qué no han de ser estos intrépidos
fiscales los maestros comunes de españoles e hispanoamericanos? Si todavía hay
conferenciantes españoles que propalan por América paparruchas semejantes a las
que creía Castelar, ¿por qué no hemos de suponer que, ya en el siglo XVIII,
nuestros propios funcionarios, tocados de las pasiones de la Enciclopedia,
empezaron a propagarlas? Pues bien, así fue. De España salió la separación de
América. La crisis de la Hispanidad se inició en España. Un libro todavía
reciente, Los Navíos de la Ilustración, de D. Ramón de Basterra, empezó a
transformar el panorama cultural. Basterra se encontró en Venezuela con los
papeles de la Compañía Guipuzcuana de Navegación, fundada en 1728, y vio que los
barcos del conde Peña Florida y del marqués de Valmediano, de cuya propiedad
fueron después partícipes las familias próceres de Venezuela, como los Bolívar,
los Toro, Ibarra, La Madrid y Ascanio, llevaban y traían en sus camarotes y
bodegas los libros de la Enciclopedia francesa y del siglo XVIII español. Por
eso atribuyó Basterra la independencia de América al hecho de haberse criado
Bolívar en las ideas de los Amigos del País de aquel tiempo. Su error fue
suponer que acaeció solamente en Venezuela lo que ocurría al mismo tiempo en
toda la América española y portuguesa, como consecuencia del cambio de ideas que
el siglo XVIII trajo a España. Al régimen patriarcal de la Casa de Austria,
abandonado en lo económico, escrupuloso en lo espiritual, sucedió bruscamente un
ideal nuevo de ilustración, de negocios, de compañías por acciones, de
carreteras, de explotación de los recursos naturales. Las Indias dejaron de ser
el escenario donde se realizaba un intento evangélico para convertirse en
codiciable patrimonio. Pero, ¿no se originó el cambio en España?
Un erudito inglés, Mr. Cecil Jane, ha desarrollado recientemente la tesis de que
la separación de América se debe a la extrañeza que a los criollos produjeron
las novedades introducidas en el gobierno de aquellos países por los virreyes y
gobernadores del siglo XVIII. El hecho de que los propios monarcas españoles
incitaran a Jorge Juan y a Ulloa a poner en berlina todas las instituciones, así
como los usos y costumbres, en sus "Noticias Secretas de América", destruyó, a
juicio de Mr. Jane, el fundamento mismo de la lealtad americana: "Desde ese
momento ganó terreno la idea de disolver la unión con España, no porque fuese
odiado el Gobierno español, sino porque parecía que el Gobierno había dejado de
ser español, en todo, salvo el nombre". Pero antes de Jorge Juan y Ulloa, antes
de la Compañía Guipuzcuana de Navegación, cuenta D. Carlos Bosque, el
historiador español (muerto hace poco en Lima para retardo de nuestras
reivindicaciones), que el marqués de Castelldosrius fue nombrado virrey del Perú
por recomendación del propio Luis XIV, por haber sido uno de los aristócratas
catalanes que abrazaron contra el Archiduque la causa de Felipe V.
Castelldosrius fue a Lima con la condición de permitir a los franceses un
tráfico clandestino contrario al tradicional régimen del virreinato. Al morir
Castelldosrius y verse sustituido por el Obispo de Quito, fue éste procesado por
haber suprimido el contrabando francés, que era perjudicial para el Perú y para
el Rey. El proceso culpa al obispo de haber prohibido pagar cuentas atrasadas
del virrey. Es un dato que revela el cambio acontecido. Los virreyes empiezan a
ir a América para poder pagar sus deudas antiguas. Así se pierde un mundo.
* * *
Todos los conocedores de la historia americana saben que el hecho central y
decisivo del siglo XVIII fue la expulsión de los jesuitas. Sin ella no habría
surgido, por lo menos entonces, el movimiento de la independencia. Lo reconoce,
con lealtad característica, D. Leopoldo Lugones, poco afecto a la retórica
hispanófila. La avaricia del marqués de Pombal, que quería explotar, en sociedad
con los ingleses, los territorios de las misiones jesuíticas de la orilla
izquierda del río Uruguay, y el amor propio de la marquesa de Pompadour, que no
podía perdonar a los jesuitas que se negasen a reconocerla en la Corte una
posición oficial, como querida de Luis XV, fueron los instrumentos que
utilizaron los jansenistas y los filósofos para atacar a la Compañía de Jesús.
El conde Aranda, enérgico, pero cerrado de mollera, les sirvió en España sin
darse cuenta clara de lo que estaba haciendo. "Hay que empezar por los jesuitas
como los más valientes", escribía D'Alembert a Chatolais. Y Voltaire a Helvecio,
en 1761: "Destruidos los jesuitas, venceremos a la infame". La "infame", para
Voltaire, era la Iglesia. El hecho es que la expulsión de los jesuitas produjo
en numerosas familias criollas un horror a España, que al cabo de seis
generaciones no se ha desvanecido todavía. Ello se complicó con el intento, en
el siglo XVIII, de substituir los fundamentos de la aristocracia en América. Por
una de las más antiguas Leyes de Indias, fechada en Segovia el 3 de julio de
1533, se establecía que: "Por honrar las personas, hijos y descendientes
legítimos de los que se obligaren a hacer población (entiéndase tener casa en
América)..., les hacemos hijosdalgos de solar conocido..." Por eso, las
informaciones americanas sobre noblezas prescindieron en los siglos XVI y XVII,
de los "abuelos de España", deteniéndose, en cambio, a referir con todo lujo de
detalles, como dice el genealogista Lafuente Machain, las aventuras pasadas en
América; y es que la aspiración durante aquellos siglos, era tener sangre de
Conquistador, y en ellas se basaba la aristocracia americana. El siglo XVIII
trajo la pretensión de que se fundara la nobleza en los señoríos peninsulares,
por medio de una distinción que estableció entre la hidalguía y la nobleza,
según la cual la hidalguía era un hecho natural e indeleble, obra de la sangre,
mientras la nobleza era de privilegio o nombramiento real. La aristocracia
criolla se sintió relegada a segundo término, hasta que con las luchas de la
independencia surgió la tercera nobleza de América, constituida por "los
próceres", que fueron los caudillos de la revolución.
Hubo también otros criollos que siguieron las lecciones de los españoles, y se
enamoraron de los ideales de la Enciclopedia, y su número fue creciendo tanto
durante el curso del siglo XIX, que un estadista uruguayo, D. Luis Alberto de
Herrera, podía escribir en 1910, que la América del Sur "vibra con las mismas
pasiones de París, recogiendo idénticos sus dolores, sus indagaciones y sus
estallidos neurasténicos. Ninguna otra experiencia se acepta; ningún otro
testimonio de sabiduría cívica o de desinterés humano se coloca a su altura
excelsa". Ha de reconocerse que Francia tiene su parte de razón cuando recaba
para sí la primacía, como cabeza de la latinidad y principal protagonista de la
revolución, diciendo a los hijos de la América hispánica: "Vous n'êtes pas les
fils de l'Espagne vous êtes les fils de la Révolution francaise". Bueno; ya no
hay franceses, por lo menos entre los intelectuales distinguidos, que se
entusiasmen con su revolución. Lo que hacen los de ahora es buscar en la música
de la Marsellesa, que es el único himno sin Dios, entre los grandes himnos
nacionales, la misma inspiración con que le hablaban a Juana de Arco las voces
de Domrémy. Y empieza a haber no sólo españoles, sino americanos, que vislumbran
que la herencia hispánica no es para desdeñada *
De la Monarquía Católica a la territorial y la guerra civil en América
En general, los
hispanoamericanos no se suelen hacer cargo de que lo mismo su afrancesamiento
espiritual, que su sentido secularista del gobierno y de la vida, que su afición
a las ideas de la Enciclopedia y de la Revolución son herencia española, hija de
aquella extraordinaria revisión de valores y de principios que se operó en
España en las primeras décadas del siglo XVIII y que inspiró a nuestro gobierno
desde 1750. Y es que los libros escolares de Historia no suelen mostrarles que
las ideas y los principios son antes que las formas de gobierno.
Los principios han de ser lo primero, porque el principio, según la Academia, es
el primer instante del ser de una cosa. No va con nosotros la fórmula de "politique
d'abord", a menos que se entienda que lo primero de la política ha de ser la
fijación de los principios. Aunque creyentes en la esencialidad de las formas de
gobierno, tampoco las preferimos a sus principios normativos. La prueba la
tenemos en aquel siglo XVIII, en que se nos perdió la Hispanidad. Las
instituciones trataron de parecerse a las de mil seiscientos. Hasta hubo aumento
en el poder de la Corona. Pero nos gobernaron en la segunda mitad del siglo
masones aristócratas, y los que se proponían los iniciados, lo que en buena
medida consiguieron, era dejar sin religión a España.
La impiedad, ciertamente, no entró en la Península blandiendo ostensiblemente
sus principios, sino bajo la yerba y por secretos conciliábulos. Durante muchas
décadas siguieron nuestros aristócratas rezando su rosario. Empezamos por
maravillarnos del fausto y la pujanza de las naciones progresivas: de la flota y
el comercio de Holanda e Inglaterra, de las plumas y colores de Versalles.
Después nos asomamos humildes y curiosos a los autores extranjeros, empezando
por aquel Montesquieu que tan mala voluntad nos tenía. Avergonzados de nuestra
pobreza, nos olvidamos de que habíamos realizado, y continuábamos actualizando,
un ideal de civilización muy superior a ningún empeño de las naciones que
admirábamos. Y como entonces no nos habíamos hecho cargo, ni ahora tampoco, de
que el primer deber del patriotismo es la defensa de los valores patrios
legítimos contra todo lo que tienda a despreciarlos, se nos entró por la
superstición de lo extranjero esa enajenación o enfermedad del que se sale de sí
mismo, que todavía padecemos.
Mucho bueno hizo el siglo XVIII. Nadie lo discute. Ahí están las Academias, los
caminos, los canales, las Sociedades económicas de los Amigos del País, la
renovación de los estudios. Embargados en otros menesteres, no cabe duda de que
nos habíamos quedado rezagados en el cultivo de las ciencias naturales, porque,
respecto de las otras, Maritan estima como la mayor desgracia para Europa haber
seguido a Descartes en el curso del siglo XVII, y no a su contemporáneo Juan de
Santo Tomás, el portugués eminentísimo, aunque desconocido de nuestros
intelectuales, que enseñaba a su santo en Alcalá. El hecho es que dejamos de
pelear por nuestro propio espíritu, aquel espíritu con que estábamos
incorporando a la sociedad occidental y cristiana a todas las razas de color con
las que nos habíamos puesto en contacto. Ahora bien, el espíritu de los pueblos
está constituido de tal modo, que, cuando se deja de defender, se desvanece para
ellos.
No vimos entonces que la pérdida de la tradición implicaba la disolución del
Imperio, y por ello la separación de los pueblos hispanoamericanos. El Imperio
español era una Monarquía misionera, que el mundo designaba propiamente con el
título de Monarquía católica. Desde el momento en que el régimen nuestro, aun
sin cambiar de nombre, se convirtió en ordenación territorial, militar,
pragmática, económica, racionalista, los fundamentos mismos de la lealtad y de
la obediencia quedaron quebrantados. La España que veían, a través de sus
virreyes y altos funcionarios, los americanos de la segunda mitad del siglo
XVIII, no era ya la que los predicadores habían exaltado, recordando sin cesar
en los púlpitos la cláusula del testamento de Isabel la Católica, en que se
decía: "El principal fin e intención suya, y del Rey su marido, de pacificar y
poblar las Indias, fue convertir a la Santa Fe Católica a los naturales", por lo
que encargaba a los príncipes herederos: "Que no consientan que los indios de
las tierras ganadas y por ganar reciban en sus personas y bienes agravios, sino
que sean bien tratados". No era tampoco la España de que, después de
recapacitarlo todo, escribió el ecuatoriano Juan Montalvo: "¡España, España!
Cuanto de puro hay en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en
nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos".
Esta no es la doctrina oficial. La doctrina oficial, premiada aún no hace muchos
años con la más alta recompensa por la Universidad de Madrid en una tesis
doctoral, la del doctor Carrancá y Trujillo, afirma solemnemente que: -"Por la
índole de su proceso histórico, la independencia iberoamericana significa la
abnegación del orden colonial, esto es, la derrota política del tradicionalismo
conservador, considerado como el enemigo de todo progreso". Pero que este
proyecto haya podido sancionarse, después de publicada en castellano la obra de
Mario André "El fin del Imperio español en América", no es sino evidencia de
que, con el espíritu de la Hispanidad, se ha apagado entre nosotros hasta el
deseo de la verdad histórica.
La guerra civil en América
La verdad, aunque no toda la verdad, la había dicho André: "La guerra
hispanoamericana es guerra civil entre americanos que quieren, los unos la
continuación del régimen español, los otros la independencia con Fernando VII o
uno de sus parientes por Rey, o bajo un régimen republicano". ¿Pruebas? La
revolución del Ecuador la hicieron en Quito, en 1809, los aristócratas y el
obispo al grito de ¡Viva el Rey! Y es que la aristocracia americana reclamaba el
poder, como descendientes de los conquistadores, y por sentirse más leal al
espíritu de los Reyes Católicos que los funcionarios del siglo XVIII y
principios del XIX. "No queremos que nos gobiernen los franceses", escribía
Cornelio Saavedra al virrey Cisneros en Buenos Aires, en 1810. Montevideo, en
cambio, se declaró casi unánimemente por España. Se exceptuaron los
franciscanos, cuyo convento hizo formar a los soldados el gobernador Elío. ¿Por
qué cruzó los Andes el argentino San Martín? Porque los partidarios de España
recibían refuerzos de Chile. Pero desde 1810 hasta 1814 España, ocupada por las
tropas francesas, no pudo enviar fuerzas a América. Y, sin embargo, la guerra
fue terrible en esos años en casi todo el continente. ¿Quienes peleaban en ella,
de una y otra parte, sino los propios americanos?
El 9 de julio de 1816 proclamó la independencia argentina el Congreso de
Tucumán. De 29 votantes eran 15 curas y frailes. El Congreso, se inclinaba
también a la Monarquía. Lo evitó el voto de un fraile. En cambio, los clérigos
de Caracas se pusieron al principio de la lucha al lado de España. Verdad que la
pugna por la independencia había sido iniciada en Venezuela por un club
jacobino. Los llaneros del Orinoco pelearon al principio con Boves por España,
después con Paéz por la independencia. Luego el gobierno de Caracas, como muchos
otros gobiernos americanos, juró solemnemente con el cargo "defender el misterio
de la Inmaculada concepción de la Virgen María Nuestra Señora". Ya en 1816, el
general Morillo, a pesar de estar persuadido de que: "La convicción y la
obediencia al Soberano son la obra de los eclesiásticos, gobernados por buenos
prelados", había aconsejado enviar a España a los dominicos de Venezuela. ¿Y en
Méjico? Si el movimiento de 1821 triunfó tan fácilmente fue porque se trató de
una reacción: "Contra el parlamentarismo liberal dueño de España, desde que,
tras las revoluciones militares iniciadas por Riego, Fernando VII fue obligado a
restablecer la Constitución de 1812". Los tres últimos virreyes y las cuatro
quintas partes de los oficiales españoles de guarnición en Méjico eran masones.
La situación está pintada por el hecho de que Morillo, el general de Fernando
VII, era volteriano, y Bolívar, en cambio, aunque iniciado en la masonería
cuando joven, proclamaba en Colombia el 28 de septiembre de 1827, que: "La unión
del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza". Y en
su mensaje de despedida dirigió al nuevo Congreso esta recomendación suprema:
"Me permitiréis que mi Ultimo acto sea el recomendaros que protejáis la Santa
Religión que profesamos, y que es el manantial abundante de las bendiciones del
cielo". Esta historia no se parece a la que los españoles e hispanoamericanos
hemos oído contar. Pero André la ha sacado del Archivo de Indias y de documentos
originales, y ello no muestra sino que la historia está por rehacer. Durante los
largos años de la revolución por la independencia, algunos políticos y
escritores hispanoamericanos, propagaron, como arma de guerra la leyenda de una
América martirizada por los obispos y virreyes de España. Como su partido
resultó vencedor, durante todo el siglo XIX se continuó propalando la misma
falsedad y haciendo contrastes pintorescos entre "Las tinieblas del pasado
teocrático y las luminosidades del presente laico". Lo más grave es que un
historiador tan serio como César Cantú, había escrito sobre la conquista de
Nueva Granada, no obstante existir, desde 1700, la curiosísima historia, ahora
reeditada del dominico Alonso de Zamora, que: "Los pocos indígenas que
sobrevivieron se refugiaron en las Cordilleras, donde no les podían alcanzar ni
los hombres, ni los perros, y allí se mantuvieron muchos siglos hasta el momento
-momento que la Providencia hace llegar más pronto o más tarde- en que los
oprimidos pudieron exigir cuentas de sus opresores". Verdad que en otro tomo de
su historia se olvida de su bonita frase y reconoce que en Nueva Granada había a
principios del siglo XIX unos 390.000 indios y 642.000 criollos, además de
1.250.000 mestizos, que no vivían seguramente fuera del alcance de los hombres y
de los perros. *
La defensa necesaria
Alguna vez ha
protestado España contra estas falsedades. Generalmente, las hemos dejado
circular, sin tomarnos la molestia de enterarnos. Pero esto de no enterarnos es
inconsciencia, y la inconsciencia es una forma de la muerte. Lo característico
de la conciencia es la inquietud, la vigilancia constante, la perenne
disposición a la defensa. Ser es defenderse. La inquietud no es un accidente del
ser, sino su esencia misma. Conocida es la antigua fábula latina: "Erase la
Inquietud, que cuando cruzaba un río y vio un terreno arcilloso, cogió un pedazo
de tierra y empezó a moldearlo. Mientras reflexionaba en lo que estaba haciendo,
se le apareció Júpiter. La Inquietud le pidió que infundiera el espíritu al
pedazo de tierra que había moldeado. Júpiter lo hizo así de buena gana. Pero
como ella pretendía ponerle a la criatura su propio nombre , Júpiter lo prohibió
y quiso que llevara el suyo. Mientras disputaban sobre el nombre se levantó la
tierra y pidió que se llamase como ella, ya que le había dado un trozo de su
cuerpo. Los disputantes llamaron a Saturno como juez. Y Saturno, que es el
tiempo, sentenció justamente: "Tú, Júpiter, porque le has dado el espíritu, te
llevarás su espíritu cuando se muera; tú, Tierra, como le diste el cuerpo, te
llevarás el cuerpo; tú, Inquietud, por haberlo moldeado, lo poseerás mientras
viva. Y como hay disputa sobre el nombre, se llamará "homo", el hombre, porque
de "humus" (tierra negra) está hecho".
Vivir es asombrarse de estar en el mundo, sentirse extraño, llenarse de angustia
ante la contingencia de dejar de ser, comprender la constante probabilidad de
extraviarse, la necesidad de hacer amigos entre nuestros conseres, la
contingencia de que sean enemigos, y estar alerta a lo genuino y a lo espúreo, a
la verdad y al error. La inquietud no es un accidente, que a unos les ocurre y a
otros no. Esta es la esencia misma de nuestro ser. Y por lo que hace a la
patria, en cuanto la patria es espíritu y no tierra, es el ser mismo. Nuestra
inquietud respecto de la patria es, en verdad, su quinta esencia. Somos
nosotros, y no ella, los que hemos de vivir en centinela; nos hemos de anticipar
a los peligros que la acechan, sentir por ella la angustia cósmica con que todos
los seres vivos se defienden de la muerte, velar por su honra y buena fama y
reparar, si fuese necesario, los descuidos de otras generaciones.
No fue meramente humildad nuestra, sino incuria, la razón de que se nos borrara
del espíritu el sentido ecuménico de España. Incuria nuestra y actividad de
nuestros enemigos. Mirabeau descubrió en la Asamblea Nacional que la fama da
Luis XIV se debía en buena parte a los 3.414.297 francos (calculados al tipo de
52 francos el marco de plata) que distribuyó entre escritores extranjeros para
que pregonasen sus méritos. Luis XIV fue seguramente el enemigo más obstinado y
cruel que jamás tuvo España. Al mismo tiempo que colocaba a su nieto en el trono
de Madrid decía secretamente a su heredero en sus "Instrucciones al Delfín": "El
estado de las dos coronas de Francia y España se halla de tal modo unido que no
puede que no puede elevarse la una sin que cause perjuicio a la otra". De otra
parte explicaba a su hijo la razón de haber auxiliado a Portugal, después de
haberse comprometido con España a no hacerlo, diciendo que: "Dispensándose de
cumplir a la letra los tratados, no se contraviene a ellos en sentido riguroso".
La tesis de Luis XIV es falsa. A España no le perjudica que Francia sea fuerte.
Lo que le dañaría es que fuera tan débil y atrasada como Marruecos. Ni Francia
ha perdido nada por la pujanza de Italia, ni tampoco se debilitaría con el poder
de España. Pero todavía Donoso Cortés tuvo que contestar a un publicista francés
que aseguraba que el interés de Francia consistía en que España no saliera de su
impotencia, para no tener que atender al Pirineo en caso de pelear con Alemania.
Ello es exagerado, y todo lo exagerado es insignificante, decía Talleyrand. Si
no hubiera más política internacional que debilitar al vecino, como afirmaba
Thiers, bien pronto desaparecería toda política, porque los vecinos se
confabularían contra la nación que la emprendiera, y el mundo se descompondría
en la guerra de todos contra todos. La defensa de la patria no excluye, sino que
requiere, el respeto de los derechos de las otras patrias. Pero la apologética
no es exagerada sino cuando se hace exageradamente. Es tan esencial a las
instituciones del Estado y a los valores de la nación como a la vida de la
Iglesia. Si no se sostiene, caen las instituciones y perecen los pueblos. Es más
importante que los mismos ejércitos, porque con las cabezas se manejan las
espadas, y no a la inversa. Esto que aquí inició la "Acción Española", que es la
defensa de valores de nuestra tradición, es lo que ha debido ser, en estos dos
siglos, el principal empeño del Estado, no sólo en España, sino en todos los
países hispánicos. Desgraciadamente no lo ha sido. No defendimos lo suficiente
nuestro ser. Y ahora estamos a merced de los vientos.*
Las Luchas de Hispanoamérica
Todos los países
de Hispanoamérica parecen tener ahora dos patrias ideales, aparte de la suya. La
una es Rusia, la Rusia soviética; la otra, los Estados Unidos. Hoy es Guatemala;
ayer, Uruguay; anteayer, el Salvador; mañana, Cuba; no pasa semana sin noticia
de disturbios comunistas en algún país hispanoamericano. En unos los fomenta la
representación soviética; en otros, no. Rusia no la necesita para influir
poderosamente sobre todos, como sobre España desde 1917. Es la promesa de la
revolución, la vuelta de la tortilla, los de arriba, abajo; los de abajo,
arriba; no hay que pensar si se estará mejor o peor. Sus partidarios dicen que
tenemos que pasar quince años mal para que más tarde mejoren las cosas. Sólo que
no hay ejemplo de que las cosas mejoren en país alguno por el progreso de la
revolución. Sólo mejoran donde se da máquina atrás. La revolución, por sí misma,
es un continuo empeoramiento. No hay en la historia universal un solo ejemplo
que indique lo contrario.
Los Estados Unidos son la fascinación de la riqueza, en general, y de los
empréstitos, particularmente. Algunos periódicos se quejan de que las
investigaciones realizadas en el Senado de Washington, sobre la contratación de
empréstitos para países de la América hispánica, hayan descubierto que algunos
bancos de Nueva York han impuestos reformas fiscales y administrativas, que
varias repúblicas aceptaron. Ningún escrúpulo se había alzado contra la
ingerencia de los banqueros norteamericanos en la vida local. Los banqueros se
han convertido en colegisladores. Y la conclusión que ha sacado el Senado de
Washington es que todavía hace falta apretar mucho más las clavijas de los
países contratantes, si han de evitarse suspensiones de pagos, y eso que las
últimas falencias hispanoamericanas más se deben al acaparamiento del oro por
los Estados Unidos y Francia, que a la falta de voluntad de los deudores.
He ahí, pues, dos grandes señuelos actuales. Para las masas populares, los
inmigrantes pobres y las gentes de color, la revolución rusa; para los políticos
y clases directoras, los empréstitos norteamericanos. De una parte, el culto de
la revolución; de la otra, la adoración del rascacielos. Y es verdad que los
Estados Unidos y Rusia son, por lo general, incompatibles y que su influencia se
cancela mutuamente. Rusia es la supresión de los valores espirituales, por la
reducción del alma individual al hombre colectivo; los Estados Unidos, su
monopolio, por una raza que se supone privilegiada y superior. Rusia es la
abolición de todos los imperios, salvo el de los revolucionarios; los Estados
Unidos, al contrario, son el imperio económico, a distancia. Dividida su alma
por estos ideales antagónicos, aunque ambos extranjeros, los pueblos hispánicos
no hallarán sosiego sino en su centro, que es la Hispanidad. No podrán
contentarse con que se les explote desde fuera y se les trate como a repúblicas
de "la banana". Tampoco con la revolución, que es un espanto, que sólo por la
fuerza se mantiene. El Fuero Juzgo decía magníficamente que la ley se establece
para que los buenos puedan vivir entre los malos. La revolución, en cambio, se
hace para que los malos puedan vivir entre los buenos.
De cuando en cuando se alzan en la América voces apartadas, señeras, que
advierten a sus compatriotas que no debían de ser tan malos los principios en
que se criaron y desarrollaron sus sociedades, en el curso de tres siglos de paz
y de progreso. A la palabra mejicana de Esquivel Obregón responde en Cuba la de
Aramburu, en Montevideo la de Herrera y la de Vallenilla Lanz en Venezuela. Son
voces aisladas y que aún no se hacen pleno cargo de que los principios morales
de la Hispanidad en el siglo XVI son superiores a cuantos han concebido los
hombres de otros países en siglos posteriores y demás por venir, ni tampoco de
que son perfectamente conciliables con el orgullo de su independencia, que han
de fomentar entre sus hijos todos los pueblos hispánicos capaces de mantenerla.
En página que siguen hemos de mostrar la fecundidad actual de esos principios.
Hay una razón, para que España preceda en este camino a sus pueblos hermanos.
Ningún otro ha recibido lección tan elocuente. Sin apenas soldados, y con sólo
su fe, creó un Imperio en cuyos dominios no se ponía el sol. Pero se le nubló la
fe, por su incauta admiración del extranjero, perdió el sentido de sus
tradiciones y cuando empezaba a tener barcos y ha enviar soldados a Ultramar se
disolvió su Imperio, y España se quedó como un anciano que hubiese perdido la
memoria. Recuperarla, ¿no
es recobrar la vida? *
Pasado y porvenir
Saturados de
lecturas extranjeras, volvemos a mirar con ojos nuevos la obra de la Hispanidad
y apenas conseguimos abarcar su grandeza. Al descubrir las rutas marítimas de
Oriente y Occidente hizo la unidad física del mundo; al hacer prevalecer en
Trento el dogma que asegura a todos los hombres la posibilidad de salvación, y
por tanto de progreso, constituyó la unidad de medida necesaria para que pueda
hablarse con fundamento de la unidad moral del género humano. Por consiguiente,
la Hispanidad creó la Historia Universal, y no hay obra en el mundo, fuera del
Cristianismo, comparable a la suya. A ratos nos parece que después de haber
servido nuestros pueblos un ideal absoluto, les será imposible contentarse con
los ideales relativos de riqueza, cultura, seguridad o placer con que otros se
satisfacen. Y, sin embargo, desechamos esta idea, porque un absolutismo que
excluya de sus miras lo relativo y cotidiano, será menos absoluto que el que
logre incluirlos. El ideal territorial que sustituyó en los pueblos hispánicos
al católico, tenía también, no sólo su necesidad, sino su justificación. Ahí que
hacer responsable de la prosperidad de cada región geográfica a los hombres que
la habitan. Mas, por encima de la faena territorial, se alza el espíritu de la
Hispanidad. A veces es un gran poeta, como Rubén, quien nos lo hace sentir. A
veces es un extranjero eminente quien nos dice, como Mr. Elihu Root, que : "Yo
he tenido que aplicar en territorios de antiguo dominio español leyes españolas
y angloamericanas y he advertido lo irreductible de los términos de orientación
de la mentalidad jurídica de uno y otro país". A veces es puramente la amenaza
de la independencia de un pueblo hispánico lo que suscita el dolor de los demás.
Entonces percibimos el espíritu de la Hispanidad como una luz de lo alto.
Desunidos, dispersos, nos damos cuenta de que la libertad no ha sido, ni puede
ser, lazo de unión. Los pueblos no se unen en la libertad, sino en la comunidad.
Nuestra comunidad no es racial, ni geográfica, sino espiritual. Es en el
espíritu donde hallamos al mismo tiempo la comunidad y el ideal. Y es la
Historia quien nos lo descubre. En cierto sentido está sobre la Historia porque
es el Catolicismo. Y es verdad que ahora hay muchos semicultos que no pueden
rezar el Padrenuestro o el Ave María, pero si los intelectuales de Francia están
volviendo a rezarlos, ¿que razón hay, fuera de los descuidos de las apologéticas
usuales, para que no los recen los de España? Hay otra parte puramente
histórica, que nos descubre las capacidades de los pueblos hispánicos cuando el
ideal los ilumina. Todo un sistema de doctrinas, de sentimientos, de leyes, de
moral, con el que fuimos grandes; todo un sistema que parecía sepultarse entre
las cenizas del pretérito y que ahora, en las ruinas del liberalismo, en el
desprestigio de Rousseau, en el probado utopismo de Marx, vuelve a alzarse ante
nuestras miradas y nos hace decir que nuestro siglo XVI, con todos sus descuidos
de reparación obligada, tenía razón y llevaba consigo el porvenir. Y aunque es
muy cierto que la Historia nos descubre dos Hispanidades diversas, que Heriot
recientemente ha querido distinguir, diciendo que era la una la del Greco, con
su misticismo, su ensoñación y su intelectualismo, y la otra de Goya, con su
realismo y su afición a la "canalla", y que pudieran llamarse también la España
de Don Quijote y la de Sancho, la del espíritu y la de la materia, la verdad es
que las dos no son sino una, y toda la cuestión se reduce a determinar quién
debe gobernarla, si los suspiros o los eruptos. Aquí ha triunfado por el
momento, Sancho; no me extrañará, sin embargo, que nuestros pueblos acaben por
seguir a Don Quijote. En todo caso, su esperanza está en la Historia: "Ex
proeterito spes in futurum".
*
Estoicismo y Trascendentalismo
Empieza Ganivet su
idearium Español sentando la tesis de que: "Cuando se examina la constitución
ideal de España, el elemento moral y, en cierto modo, religioso más profundo que
en ella se descubre, como sirviéndole de cimiento, es el estoicismo; no el
estoicismo vital y heroico de Catón, ni el estoicismo sereno y majestuoso de
Marco Aurelio, ni el estoicismo rígido y extremado de Epicteto, sino el
estoicismo natural y humano de Séneca. Séneca no es español, hijo de España por
azar: es español por esencia; y no andaluz, porque cuando nació aún no habían
venido a España los vándalos; que a nacer más tarde, en la Edad Media quizás, no
naciera en Andalucía, sino en Castilla. Toda la doctrina de Séneca se condensa
en esta enseñanza: "No te dejes vencer por nada extraño a tu espíritu; piensa en
medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre,
algo fuerte e indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran
los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueran
los sucesos que sobre ti caigan, sean de los que llamamos prósperos, o de los
que llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto,
mantente de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de ti
que eres un hombre."
Estas palabras son merecedoras de reflexión y análisis, y no lo serían si no
dijeran de nuestro espíritu algo importante, que la intuición de nosotros mismos
y los ejemplos de la Historia nos aseguran ser certísimo. Y lo que en ellas hay
de cierto e importante, es que, en efecto, cuando cae sobre los españoles un
suceso adverso, como perder una guerra, por ejemplo, no adoptamos aptitudes
exageradas, como la de supones que la justicia del Universo se ha violado,
porque la suerte de las batallas nos halla sido contraria o que toda la
civilización se encuentra en decadencia, porque se hallan frustrado nuestros
planes, sino que nos conducimos de tal modo que "siempre se puede decir de
nosotros que somos hombres", porque ni nos abate la desgracia, ni perdemos
nunca, como pueblo, el sentido de nuestro valor relativo en la totalidad de los
pueblos del mundo. Por esta condición o por este hábito, ha podido decir de
nosotros Gabriela Mistral, en memorable poesía, que somos buenos perdedores. Ni
juramos odio eterno al vencedor, ni nos humillamos ante su éxito, al punto de
considerarle como de madera superior a la nuestra. Argentina es la tesis de que:
"La victoria no concede derechos", pero su abolengo es netamente hispánico,
porque nosotros no creemos que los pueblos o los hombres sean mejores por haber
vencido. Y no es que menospreciemos el valor de la victoria y la equiparemos a
la derrota. La victoria nos parece buena, pero creemos que el vencedor no la
debe a intrínseca superioridad sobre el vencido, sino a estar mejor preparado o
a que las circunstancias le han sido favorables. Y en torno de esta distinción,
que me parece fundamental, ha de elaborarse el ideal hispánico.
Lo que no hacemos los españoles, y en esto se engañaba Ganivet, es suponer que
tenemos "dentro de nosotros una fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como
en eje diamantino". Esto lo creyeron los estoicos, pero el estoicismo o
sentimiento del propio respeto es persuasión aristocrática que abrigaron algunos
hombres superiores, pero tan convencidos de su propia excelencia que no lo
creían asequible al común de los mortales, y aunque en España se hallan
producido y se sigan produciendo hombres de este tipo, su sentimiento no se ha
podido difundir, ni la nación ha parafraseado a San Agustín, para decirse como
Ganivet: "Noli foras ire: in interiori Hispaniae habitat veritas". Esto no lo
hemos creído nunca los hispanos -y esta palabra la uso en su más amplio sentido-
y espero que jamás lo creeremos, porque nuestra tradición nos hace incapaces de
suponer que la verdad habite exclusivamente en el interior de España o en el de
ningún otro pueblo. Lo que hemos creído y creemos es que la verdad no puede
pertenecer a nadie, en clase de propiedad intransferible. Por la creencia de que
no es ningún monopolio geográfico o racial y de que todos los hombres pueden
alcanzarla, por ser trascendental, universal y eterna, hemos peleado los
españoles en los mejores momentos de nuestra historia. Lo que ha sentido siempre
nuestro pueblo, en las horas de fe y en las de escepticismo, es su igualdad
esencial con todos los otros pueblos de la tierra.
El estoico se ve a si mismo como la roca impávida en que se estrellan, olas del
mar, las circunstancias y las pasiones. Esta imagen es atractiva para los
españoles, porque la piedra es símbolo de perseverancia y de firmeza, y estas
son las virtudes que el pueblo español ha tenido que desplegar para las grandes
obras de su historia: la Reconquista, la Contrarreforma y la civilización de
América; y también porque los españoles deseamos para nuestras obras y para
nuestra vida la firmeza y perseverancia de la roca, pero cuando nos preguntamos:
¿qué es la vida? o, si me perdona el pleonasmo: ¿cuál es la esencia de la vida?,
lejos de hallar dentro de nosotros un eje diamantino, nos decimos, con Manrique:
"Nuestras vidas son los ríos -que van a dar en la mar", o con el autor de la
Epístola Moral: "¿qué más que el heno, -a la mañana verde, seco a la tarde?". No
hay en la lírica española pensamiento tan repetidamente expresado, ni con tanta
belleza, como éste de la insustancialidad de la vida y de sus triunfos.
Campoamor la dirá, con su humorismo: "Humo las glorias de la vida son".
Esproceda, con su ímpetu: "Pasad, pasad en óptica ilusoria...Nacaradas imágenes
de gloria, -Coronas de oro y de laurel, pasad". Y todos nuestros grandes líricos
verán en la vida, como Mira de Mescua: "Breve bien, fácil viento, leve espuma".*
El humanismo español
Y, sin embargo, no
se engañaba Ganivet al afirmar que la constitución ideal de España, tal como en
la historia se revela, hay una fuerza madre, un eje diamantino, algo poderoso,
si no indestructible, que imprime carácter a todo español. En vano nos diremos
que la vida es sueño. En labios españoles significa esta frase lo contrario de
lo que significaría en los de un oriental. Al decirla, cierra los ojos el
budista a la vida circundante, para sentarse en cuclillas y consolarse de la
opresión de los deseos con el sueño del Nirvana. El español, por el contrario
desearía que la vida tuviera la eternidad que en estos siglos se solía atribuir
a la materia. Y hasta cuando dice, con Calderón:
¿Que es la vida? Un frenesí.
¿Que es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
Que el mayor bien es pequeño
Y toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son...
no está haciendo teorías ni definiendo la esencia de la vida, sino condoliéndose
desesperadamente de que la vida y sus glorias no sean fuertes y perennes, lo
mismo que una roca. Y en este anhelo inagotable de eternidad y de poder, hemos
de encontrar una de las categorías de esa fuerza madre de que nos habla Ganivet,
pero no como un tesoro, que guardáramos avaramente dentro de nuestras arcas,
sino como un imán que desde fuera nos atrae.
Los españoles nos dolemos de que las cosas que más queremos: las amistades, los
amores, las honras y los placeres, sean pasajeras e insustanciales. Las rosas se
marchitan: la roca, en cambio, que es perenne, sólo nos ofrece su dureza e
insensibilidad. La vida se nos presenta en un dilema insoportable: lo que vale
no dura; lo que no vale se eterniza. Encerrados en esta alternativa, como
Segismundo en su prisión, buscamos una eternidad que nos sea propicia, una roca
amorosa, un "eje diamantino". En los grandes momentos de nuestra historia nos
lanzamos a realizar el bien en la tierra, buscando la realidad perenne en la
verdad y en la virtud. Otras veces, cuando a los períodos épicos siguen los de
cansancio, nos recogemos en nuestra fe, y, como Segismundo, nos decimos:
Acudamos a lo eterno
que es la fama vividora,
donde ni duermen las dichas
ni las grandezas reposan.
Pero no siempre logramos mantener nuestra creencia de que son eternos la verdad
y el bien, porque no somos ángeles. A veces, el ímpetu de nuestras pasiones o la
melancolía que nos inspira la transitoriedad de nuestros bienes, nos hace negar
que haya otra eternidad, si acaso, que la de la materia. Y entonces, como en un
último reducto, nos refugiamos en lo que podrá llamarse algún día, "el humanismo
español",y que sentimos igualmente cuando los sucesos nos son prósperos, que en
la adversidad.
Este humanismo es una fe profunda en la igualdad esencial de los hombres, en
medio de las diferencias de valor de las distintas posiciones que ocupan y de
las obras que hacen, y lo característico de los españoles es que afirmamos esa
igualdad esencial de los hombres en las circunstancias más adecuadas para
mantener su desigualdad y que ello lo hacemos sin negar el valor de su
diferencia, y aún al tiempo mismo de reconocerlo y ponderarlo. A los ojos del
español, todo hombre, sea cualquiera su posición social, su saber, su carácter,
su nación o su raza, es siempre un hombre; por bajo que se muestre el Rey de la
Creación; por alto que se halle una criatura pecadora y débil. No hay pecador
que no pueda redimirse, ni justo que no este al borde del abismo. Si hay en el
alma española un "eje diamantino" es por la capacidad que tiene, y de que nos
damos plena cuenta, de convertirse y dar la vuelta, como Raimundo Lulio o Don
Juan de Mañara. Pero el español se santigua espantado cuando otro hombre
proclama su superioridad o la de su nación, porque sabe instintivamente que los
pecados máximos son los que comete el engreído, que se cree incapaz de pecado y
de error.
Este humanismo español es de origen religioso. Es la doctrina del hombre que
enseña la Iglesia Católica. Pero ha penetrado tan profundamente en las
conciencias españolas que la aceptan, con ligeras variantes, hasta las menos
religiosas. No hay nación más reacia que la nuestra a admitir la superioridad de
unos pueblos sobre los otros o de unas clases sociales sobre otras. Todo español
cree que lo que hace otro hombre lo puede hacer él. Ramón y Cajal se sintió
molesto, de estudiante, al ver que no había nombres españoles en los textos de
medicina. Y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se agarró a un microscopio y
no lo soltó de la mano hasta que los textos tuvieron que contarle entre los
grandes investigadores. Y el caso de Cajal es representativo, porque en el
momento mismo de la humillación y la derrota, cuando los estadistas extranjeros
contaban a España entre las naciones moribundas, los españoles se proclamaron
unos a otros el Evangelio de la regeneración. En vez de parafrasear a San
Agustín y decirse que la verdad habita en el interior de España, se fueron por
los países extranjeros para averiguar en qué consiste su superioridad, y ya no
cabe duda, de que el convencimiento de que podemos hacer lo que otros pueblos,
no tendrá que regenerar, ya que la admiración incondicional, abyecta, de todo lo
extranjero no sobrevivirá al fracaso, ya casi evidente, de cuantos principios
religiosos, morales y políticos, contrarios ha nuestra tradición, ha tremolado
el mundo en estos siglos.
Esto lo venían haciendo los españoles, sin que les estimulara, por el momento,
gran exaltación de religiosidad, y al solo propósito de mostrarse a sí mismos
que pueden hacer lo que otros hombres. Pero al profundizar en la historia y
preguntarse por el secreto de la grandeza de otros pueblos, tienen que
interrogarse también acerca de las causas de su propia grandeza pasada, y como
en todos los países los tiempos de auge son los de fe, y de decadencia los de
escepticismo, ha de hacérseles evidente que la hora de su pujanza máxima fue
también la de su máxima religiosidad. Y lo curioso es que en aquella hora de la
suprema religiosidad y el poder máximo, los españoles no se halagaban a sí
mismos con la idea de estar más cerca de Dios que los demás hombres, sino que,
al contrario, se echaban sobre sí el encargo de llevar a otros pueblos el
mensaje de que Dios los llama y de que a todos los hombres se dirigen las
palabras solemnes: "Ecce sto ostium et pulso; si quis...aperuit mihi januam
intrabo at illum..." (Estoy en el umbral y llamo; si alguien me abriese la
puerta, entraré), por lo que, también, la religión nos vuelve al peculiarísimo
humanismo de los españoles.
*
El humanismo moderno
Este sentido
nuestro del hombre se parece muy poco a lo que se llama humanismo en la historia
moderna, y que se originó en los tiempos del Renacimiento, cuando, al
descubrirse los manuscritos griegos, encontraron los eruditos en las "Vidas
Paralelas", de Plutarco, unos tipos de hombre que les parecieron más dignos de
servir de modelo a los demás que los santos del "Año Cristiano". Como así se
humanizaba el ideal, el humanismo significó esencialmente la resurrección del
criterio de Protágoras, según el cual el hombre es la medida de todas las cosas.
Bueno es lo que al hombre le parece bueno; verdadero, lo que cree verdadero.
Bueno es lo que nos gusta; verdadero, lo que nos satisface plenamente. La verdad
y el bien abandonan su condición de esencias trascendentales para trocarse en
relatividades. Sólo existen con relación al hombre. Humanismo y relativismo son
palabras sinónimas.
Pero si lo bueno sólo es bueno porque nos gusta, si la verdad sólo es verdadera
porque nos satisface, ¿qué cosas son el bien y la verdad? Una de dos: reflejos y
expresiones de la verdad y el bien del hombre o sombras sin sustancia, palabras
y ruidos sin sentido, como decían los nominalistas que son los conceptos
universales. Ya en la Edad Media se discutía si lo bueno es bueno por que lo
manda Dios o si Dios lo manda porque es bueno. La idea de Protágoras, de terciar
en la disputa, sería probablemente que lo bueno es propiedad de ciertos hombres,
y no de otros. En estos siglos últimos, este género de humanismo sugiere a
algunas gentes, y hasta pueblos enteros, o por lo menos, a sus clases
directivas, la creencia en que lo que ellas hacen tiene que ser bueno, por
hacerlo ellas. El orgullo suele ser eso: lanzarse magníficamente a cometer lo
que las demás gentes creen que es malo, con la convicción sublime de que tiene
que ser bueno, porque se desea con sinceridad. Y como con todo ello no se
suprimen los malos instintos, ni las malas pasiones, el resultado inevitable de
olvidarnos de la debilidad y falibilidad humanas tiene que ser imaginarse que
son buenos los malos instintos y las malas pasiones, con los que no tan sólo nos
dejaremos llevar por ellos, sino que los presentaremos como buenos. El que crea
que lo bueno no es bueno, sino por que lo hace el hombre superior, no sólo
acabará por hacer lo malo creyéndolo bueno, sino que predicará lo malo. No sólo
hará la bestia, creyendo hacer el ángel, sino que tratará de persuadir a los
demás de que la bestia es el ángel.
La otra alternativa es concluir con lo bueno y con lo malo, suponiendo que no
son sino palabras con que sublimamos nuestras preferencias y nuestras
repugnancias. No hay verdad ni mentira, porque cada impresión es verdadera, y
más allá de la impresión no hay nada. No hay bien ni mal. La moral es sólo un
arma en la lucha de clases. Lo bueno para el burgués es malo para el obrero, y
viceversa. Nada es absoluto, todo es relativo. Esto es todavía humanismo, porque
el hombre sigue siendo la medida de todas las cosas. Pero no hay ya medidas
superiores, porque desaparecen los valores, y el hombre mismo, al reducir el
bien y la verdad a la categoría de apetitos, parece como que se degrada y cae en
la bestia, con lo que apenas es ya posible hablar de humanismo.
Ni este bajo humanismo materialista, ni el otro del orgullo y de las supuestas
superioridades "a priori", han penetrado nunca profundamente en el pueblo
español. Los españoles no han creído nunca que el hombre es la medida de las
cosas. Han creído siempre, y siguen creyendo, que el martirio por la justicia es
bueno, aun en el caso de sentirse incapaces de sufrirlo. Nunca han pensado que
la verdad se reduzca a la impresión. Al contemplar la fachada de una casa saben
que otras gentes pueden estar mirando el patio y les es fácil corregir su
perspectiva con un concepto, cuya verdad no depende de la coherencia de su
pensamiento consigo mismo, sino de su correspondencia con la realidad de la
casa. Lo bueno es bueno y lo verdadero, verdadero, con independencia del parecer
individual. El español cree en valores absolutos o deja de creer totalmente.
Para nosotros se ha hecho el dilema de Dostoievski: o el valor absoluto o la
nada absoluta. Cuando dejamos de creer en la verdad, tendemos la capa en el
suelo y nos hartamos de dormir. Pero aún entonces guardamos en el pecho la
convicción de que la verdad existe y de que los hombres son, en potencia,
iguales. Habremos dejado de creer en nosotros mismos, pero no en la verdad, ni
en los otros hombres. El relativismo de Sancho se refiere a una aristocracia. Es
posible que no haya habido nunca caballeros andantes, tal como se los imaginaba
su señor Don Quijote. Pero en el bien y en la verdad no ha dejado de creer nunca
el gobernador de Barataria.*
El Humanismo del Orgullo
Estos conceptos
del hombre no son puras ideas, sino descripciones de los grandes movimientos que
actúan en el mundo y se disputan en el día de hoy su señorío. De una parte se
nos aparecen grandes pueblos enteros, hasta enteras razas humanas, animadas por
la convicción de que son mejores que las otras razas y que los otros pueblos, y
que se confirman en esta idea de superioridad, con la de sus recursos y medios
de acción. Este credo de superioridad, de otra parte, puede contribuir a
producirla. Hasta los musulmanes, actualmente abatidos, tuvieron su momento de
esplendor, debido a esa misma persuasión. El día en que los árabes se creyeron
el pueblo de Dios, conquistaron en dos generaciones un imperio más grande que el
de Roma. No cabe duda de que la confianza en la propia excelencia es uno de los
secretos del éxito, por lo menos, en las primeras etapas del camino.
En algunos pueblos modernos encontramos esa misma fe, pero expresada en distinto
vocabulario. Recientemente definía Mr. Hoover el credo de su país como la
convicción de que siguiendo éste los dictados de su corazón y de su conciencia
avanzaría indefectiblemente por la senda del progreso. Es postulado del
liberalismo, que si cada hombre obedece solamente sus propios mandatos
desarrollará sus facultades hasta el máximo de sus posibilidades. Todos los
pueblos de Occidente han procurado, en estos siglos, ajustar sus instituciones
políticas a esta máxima que, por lo mucho que se ha difundido, parece universal.
Se funda en la confianza romántica del hombre en sí mismo y en la desconfianza
de todos los credos, salvo el propio. Supone que los credos van y vienen, que
las ideas se ponen y se quitan como las prendas de vestir, pero que el hombre
cuando se sale con la suya, progresa. ¿Todos los hombres? Aquí está el problema.
La Historia muestra también que esta libertad individualista no sienta a todos
los pueblos de la misma manera. Hay, por lo visto, pueblos libres, pueblos
semilibres y pueblos esclavos. Y así ha ocurrido que la bandera individualista,
universal en sus comienzos, ha acabado por convertirse en la divisa de los
pueblos que se creen superiores. Aun dentro del territorio de un mismo pueblo,
el individualismo no quiere para todos los hombres sino la igualdad de
oportunidades. Ya sabe por adelantado que unos las aprovechan y mejoran de
posición. Estos son los buenos, los selectos, los predestinados; otros, en
cambio, las desaprovechan y bajan de nivel; y éstos son los malos, los
rechazados, los condenados a la perdición. Es claro que no ha existido nunca una
sociedad estrictamente individualista, porque los padres de familia no han
podido creer en el postulado de que los hombres sólo progresan cuando se les
deja en libertad. No hay un padre de familia con sentido común que deje hacer a
sus hijos lo que les dé la gana. También los gobiernos y las sociedades hacen lo
que los padres, en mayor o menor grado. Pero en la medida en que permiten que
cada individuo siga sus inclinaciones, aparece en los pueblos el fondo
irredento, casi irredimible, de los degenerados e incapaces de trabajo. La
civilización individualista tiene que alzarse sobre un légamo de "boicoteados",
de caídos y de exhombres.
Pero tampoco puede tener carácter universalista en el sentido de internacional.
Como cree que los pueblos se dividen en libres, semilibres y esclavos, para que
los últimos no pongan en peligro las instituciones de los primeros, les cierran
la puerta con leyes de inmigración, que excluyen a sus hijos del territorio que
habitan los hombres superiores. De esa manera se "congelan" naciones enteras,
que no permiten que les entren las corrientes emigratorias de las razas y países
que juzgan inferiores. Y con esa congelación provocan el resentimiento de los
pueblos excluidos.
Menos mal si este humanismo garantizara el éxito de algunos países, aunque fuese
a expensas de los otros. Pero, tampoco. La creencia en la propia superioridad,
siempre peligrosa y esencialmente falsa, es útil en aquellos primeros estadios
de la vida de un pueblo, cuando esta superioridad se refiere a un bien
trascendental, de que el orgulloso se proclama mensajero u obrero. Pero en
cuanto se deja de ser "ministro" de un bien trascendental, para erigirse en
árbitro del bien y del mal, se cumple la sentencia pascalina de hacer la bestia
por que se quiere hacer el ángel, y viene la Némesis inexorable, la caída de
Satán, la derrota del orgulloso, en su conflicto con el Universo, que no puede
soportar su tiranía. Y entonces el desmoronamiento es rápido, porque cuando el
pueblo derrotado profesa el otro humanismo, el hispánico nuestro, la derrota no
significa sino la falta de preparación en algún aspecto. En cambio, el humanismo
del orgullo, el de la creencia en la propia superioridad, fundada en el éxito,
con el éxito lo pierde todo, porque el resorte de su fuerza consistía
precisamente en la confianza de que con sólo seguir la voz de su conciencia o de
su instinto se mantendría en el camino del progreso *
El humanismo materialista
Hay también un
humanismo que suprime todas las esencias que venían considerándose superiores al
hombre, como el bien y la verdad, por no ver en ellas sino palabras hueras,
aunque no inofensivas, porque son, según piensa, los pretextos que han servido
para justificar el ascendiente de unas clases sociales sobre otras. Frente a las
jerarquías tradicionales proclama este humanismo la divisa revolucionaria:
borrón y cuenta nueva. Se propone establecer la igualdad de los hombres en la
tierra, en lo que se parece al humanismo español, pero con una diferencia. Los
españoles quisiéramos, dentro de lo posible y conveniente, la igualdad de los
hombres, porque creemos en la igualdad esencial de las almas. Estos humanistas,
al contrario, postulan la igualdad esencial de los cuerpos. Puesto que rige una
misma fisiología para todos los hombres, puesto que todos se nutren, crecen, se
reproducen y mueren, ¿por qué no crear una sociedad en que las diferencias
sociales sean suprimidas inexorablemente, en que se trate a todos los hombres de
la misma manera, todo sea de todos, trabajen todos para todos y cada uno reciba
su ración de la comunidad?
Ahora sabemos, con el saber positivo de la experiencia histórica, que ese sueño
comunista no ha podido realizarse. La desigualdad es esencial en la vida del
hombre: no hay más rasero nivelador que el de la muerte. El hombre no es un
borrego, cuya alma pueda suprimirse para que viva contento con el rebaño. El
campesino no se contenta con poseer y trabajar la tierra en común con los otros
campesinos, sino que se aferra a su ideal antiguo de poseerla en una parcela que
le pertenezca. Tampoco el obrero de la ciudad se presta gustoso a trabajar con
interés en talleres nacionales, donde no se pague su labor en proporción a lo
que valga, ni aunque se declare el trabajo obligatorio y se introduzcan las
bayonetas en las fábricas para restablecer la disciplina. Al cabo de las
experiencias infructuosas el fundador del comunismo exclamó un día: " ¡Basta de
socialistas! ¡Vengan especialistas!", y entonces se produjo el espectáculo de
que un gobierno comunista, que abolió el capitalismo como enemigo del género
humano, ofreciese las riquezas de su patria a los capitalistas extranjeros, como
únicos capaces de explotarlas, y que estos capitalistas, salvo excepciones
vergonzosas, rechazaran la oferta, porque un gobierno que había abolido la
propiedad privada no podía brindar a otros propietarios las garantías
necesarias.
Y así ese gobierno tendrá que ser una sombra que viva de las riquezas creadas en
el pasado, bajo un régimen de propiedad individual, y de las que continúe
creando o conservando el espíritu de propiedad de los campesinos, que la
experiencia comunista no se habrá atrevido a desafiar, u organizando la
producción en un Estado servil, a base de capitalismo de Estado y de trabajo
obligatorio, que es un retorno al despotismo y a la esclavitud, como ya lo había
profetizado Hilario Belloc, en 1912, al publicar El Estado Servil bajo el
apotegma de que: "Si no restauramos la Institución de la Propiedad tendremos que
restaurar la Institución de la esclavitud: no hay un tercer camino". La razón
del fracaso comunista es obvia. La economía no es una actividad animal o
fisiológica, sino espiritual. El hombre no se dedica a hacer dinero para comer
cinco comidas diarias, porque sabe que no podría digerirlas, sino para alcanzar
el reconocimiento y la estimación de sus conciudadanos. La economía es un valor
espiritual, y en un régimen donde todas las actividades del espíritu están
menospreciadas, decae fatalmente, hasta extinguirse, el bienestar del pueblo.
Cuentan los viajeros veraces que en Rusia no se ríe. La razón de ello es clara.
En una sociedad donde se quiera suprimir el alma humana es imposible que se ría
mucho. Inevitablemente se rebelará el alma contra el régimen que quiera
suprimirla; el alma antes que el cuerpo, por mucha hambre y frío y ejecuciones
capitales que la carne padezca. Cuando no puedan sublevarse, las almas se
reunirán para rezar. El amor de los jóvenes no se dejará tampoco reducir a pura
fisiología, sino que pedirá versos y flores e ilusión. Lo que las bocas digan
primero a los oídos, lo proclamarán a grito herido en cuanto puedan. Y entonces
se considerará este intento de suprimir el alma como lo que es en realidad: una
segunda caída de Adán, una caída en la animalidad, y no es la ciencia del bien y
del mal. La humanidad entera, por lo menos, lo mejor de la humanidad, se
avergonzará del triste episodio, como reconociendo que todos habremos tenido
alguna culpa en su posibilidad. Lo peor es que no se trata meramente de agua
pasada que no mueve molino. Todavía hay muchas gentes que no quieren creer que
pueda fracasar una organización social estatuída sobre la base de una
negociación niveladora de las diferencias de valor. Durante más de un siglo se
ha soñado en el mundo que el socialismo mejoraría la condición de los
trabajadores. No la mejora, pero hay muchos cientos de miles de almas que no
querrán verlo, hasta que no hayan sustituido por algún otro su frustrado sueño.
De otra parte, aunque la condición de los desposeídos no haya mejorado, no todo
ha sido en vano, porque, los antiguos rencores se han saciado, la tortilla se ha
vuelto y los que estaban abajo están encima. Todos los hombres desean mejorar de
condición, ganar más dinero y disfrutar de más comodidades. Esta ambición es
síntoma de lo que hay en el hombre de divino, que sólo con el infinito se
contenta. Pero hay también muchos que se preocupan, sobre todo, de mejorar su
situación relativa. Más que estar bien o mal, lo que les importa es encontrarse
mejor que el vecino. Si éste se halla ciego, no tienen pesar en verse tuertos.
Este aspecto de la naturaleza humana es el que incita a las revoluciones
niveladoras. Pensad en el agitador que pasa de la cárcel o de la emigración a
ser dueño de vidas y haciendas. ¿Qué le importan las privaciones ocasionales y
la miseria del país, si su voluntad es ley y los antiguos burgueses y
aristócratas tienen que hacer lo que les mande?
*
Nuestro humanismo en las constumbres
Entre estos dos
sentidos del hombre: el exclusivista del orgullo y el fisiológico de la
nivelación, el español tiende su vía media. No iguala a los buenos y a los
malos, a los superiores y a los inferiores, porque le parecen indiscutibles las
diferencias de valor de sus actos, pero tampoco puede creer que Dios ha dividido
a los hombres de toda eternidad, desde antes de la creación, en electos y
réprobos. Esto es la herejía, la secta: la división o seccionamiento del género
humano.
El sentido español del humanismo lo formuló Don Quijote cuando dijo: "Repara,
hermano Sancho, que nadie es más que otro sino hace más que otro". Es un dicho
que viene del lenguaje popular. En gallego reza: "Un home non e mais que outro,
si non fai mais que outro". Los catalanes expresan lo mismo con su proverbio:
"Les obres fan els mestres". Estos dichos no son de borrón y cuenta nueva. Dan
por descontado que unos hombres hacen más que otros, que unos se encuentran en
posición de hacer más que otros y que hay obras maestras y otras que no lo son;
hay ríos caudales y chicos; hay Infantes de Aragón y pecheros; y así se acepta
la desigualdad en las posiciones sociales y en los actos, que es aceptar el
mundo y la civilización. Yo puedo ser duque, y tú, criado. Aquí hay una
diferencia de posición. Pero en lo que se dice "ser", en lo que afecta a la
esencia, nadie es más que otro sino hace más que otro más que otro, teniendo en
cuenta la diferencia de posibilidades, lo que quiere decir, en el fondo, que no
se es más que otro, porque son las obras las que son mejores o peores, y el que
hoy las hace buenas, mañana puede hacerlas malas, y nadie ha de erigirse en juez
del otro excepto Dios. Los hombres hemos de contentarnos con juzgar de las
obras. Yo seré duque, y tú, criado; pero yo puedo ser mal duque, y tú, buen
criado. En lo esencial somos iguales, y no sabemos cuál de los dos ha de ir al
cielo, pero sí, que por encima de las diferencias de las clases sociales, están
la caridad y la piedad, que todo lo nivelan.
Este espíritu de esencial igualdad, no quiere decir que la virtud característica
de los españoles sea la caridad, aunque tampoco creo que nos falte. Hay pueblos
más ricos que el nuestro y mejor organizados, en que el espíritu de servicio
social es más activo y que han hecho por los pobres mucho más que nosotros. Pero
hay algo anterior al amor al prójimo, y es que al prójimo se le reconozca como
tal, es decir, como próximo. Una caridad que le considere como un animal
doméstico mimado no será caridad, aunque le trate generosamente. Es preciso que
el pobre no se tenga por algo distinto e inferior a los demás hombres. Y esto es
lo que han hecho los españoles como ningún otro pueblo. Han sabido hacer sentir
al más humilde que entre hombre y hombre no hay diferencia esencial, y que entre
el hombre y el animal media un abismo que no salvarán nunca las leyes naturales.
Todos los viajeros perspicaces han observado en España la dignidad de las clases
menesterosas y la campechanía de la aristocracia. Es característico el aire
señoril del mendigo español. El hidalgo podrá no serlo en sus negocios. Es
seguro, en cambio, que en un presidio español no se apelará en vano a la
caballerosidad de sus inquilinos.
Cuando se preguntaba a los voluntarios ingleses de la gran guerra por qué se
habían alistado, respondían muchos de ellos: " We follow our betters".(Seguimos
a los que son mejores que nosotros.) Reconozco toda la magnífica disciplina que
hay en esta frase, pero labios españoles no podrían pronunciarla. Menéndez y
Pelayo dice que hemos sido una democracia frailuna. En los conventos, en efecto,
se reúnen en pie de igualdad hombres de distintas procedencias: uno ha sido
militar, otro paisano, uno rico, otro pobre, aquel ignorante, este letrado.
Todos han de seguir la misma regla. En la vida española las diferencias de clase
solían expresarse en los distintos trajes: la levita, la chaqueta, la blusa; el
sombrero, la mantilla, el pañuelo; pero la regla de igualdad está en las almas.
Por eso Don Quijote compara a los hombres con los actores de la comedia, en que
unos hacen de emperadores y otros de pontífices y otros de sirvientes, pero al
llegar al fin se igualan todos, mientras que Sancho nos asimila a las distintas
piezas del ajedrez, que todas van al mismo saco en acabando la partida.
Este humanismo explica la gran indulgencia que campea en todos los órdenes de la
vida española. En Inglaterra se castigaban con la pena de muerte, hasta 1830,
cerca de trescientas formas de hurto. En España no se penan delitos análogos
sino con unas cuantas semanas de prisión. Y es que no creemos que el alma de un
hombre esté perdida por haber pecado. Todos somos pecadores. Todos podemos
redimirnos. A ninguno deberán cerrársenos los caminos del mundo. Si tenemos
cárceles es por pura necesidad. Pero nuestras instituciones favoritas, pasada la
cólera primera, son el indulto y el perdón.
Se dirá que todo esto no es sino catolicismo. Pero lo curioso es que en España
es lo mismo la persuasión de los descreídos que la de los creyentes. Parece que
los descreídos debieran ser seleccionistas, es decir, partidarios de penas
rigurosas para la eliminación de las gentes nocivas. Aun lo son menos que los
creyentes. Están más lejos que la España católica y popular del aristocratismo
protestante. Y así como los pueblos que se creen de selección, se alzan sobre un
bajo fondo social de ex hombres, incapaces de redención, en España no hay ese
mundo de gentes caídas sin remedio. No se consentiría que lo hubiera, porque los
españoles les dirían: "¡Arriba, hermanos, que sois como nosotros!"*
Nuestro humanismo en la historia
Esto no es
solamente un supuesto. Cuando Alonso de Ojeda desembarcó en las Antillas, en
1509, pudo haber dicho a los indios que los hidalgos leonenses eran de una raza
superior. Lo que les dijo textualmente fue esto: "Dios Nuestro Señor, que es
único y eterno, creó el cielo y la tierra y un hombre y una mujer, de los cuales
vosotros, yo y todos los hombres que han sido y serán en el mundo, descendemos".
El ejemplo de Ojeda los siguen después los españoles diseminados por las tierras
de América: reúnen por la tarde a los indios, como una madre a sus hijuelos,
bajo la cruz del pueblo, les hacen juntar las manos y elevar el corazón a Dios.
Y es verdad que los abusos fueron muchos y grandes, pero ninguna legislación
colonial extranjera es comparable a nuestras leyes de Indias. Por ellas se
prohibió la esclavitud, se proclamó la libertad de los indios, se les prohibió
hacerse la guerra, se les brindó la amistad de los españoles, se reglamentó el
régimen de Encomienda para castigar los abusos de los encomenderos, se estatuyó
la instrucción y adoctrinamiento de los indios como principal fin e intento de
los Reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen
voluntariamente y se transformó la conquista de América en difusión del espíritu
cristiano.
Y tan arraigado está entre nosotros este sentido de universalidad, que hemos
instituido la fecha del 12 de octubre, que es la fecha del descubrimiento de
América, para celebrar el momento en que se inició la comunidad de todos los
pueblos: blancos, negros, indios, malayos o mestizos que hablan nuestra lengua y
profesan nuestra fe. Y la hemos llamado "Fiesta de la Raza", a pesar de la obvia
impropiedad de la palabra, nosotros que nunca sentimos el orgullo del color de
la piel, precisamente para proclamar ante el mundo que la raza, para nosotros,
está constituida por el habla y la fe, que son espíritu, y no por las
oscuridades protoplásmicas.
Los españoles no nos hemos creído nunca pueblo superior. Nuestro ideal ha sido
siempre trascendente a nosotros. Lo que hemos creído superior es nuestro credo
en la igualdad esencial de los hombres. Desconfiados de los hombres, seguros del
credo, por eso fuimos también siempre institucionistas. Hemos sido una nación de
fundadores. No sólo son de origen español las órdenes religiosas más poderosas
de la Iglesia, sino que el español no aspira sino a crear instituciones que
estimulen al hombre a realizar lo que cada uno lleva de bondad potencial. El
ideal supremo del español en América es fundar un poblado en el desierto e
inducir a las gentes a venir a habitarle. La misma Monarquía española, en sus
tiempos mejores, es ejemplo eminente de este espíritu institucional en que el
fundador no se propone meramente su bien propio, sino el de todos los hombres.
El gran Arias Montano, contemporáneo de Felipe II, define de esta suerte la
misión que su Soberano realiza:
"La persona principal, entre todos los Príncipes de la tierra que por
experiencia y confesión de todo el mundo tiene Dios puesta para sustentación y
defensa de la Iglesia Católica es el Rey Don Philipo, nuestro señor, porque él
solo, francamente, como se ve claro, defiende este partido, y todos los otros
príncipes que a él se allegan y lo defienden hoy, lo hacen o con sombra y arrimo
de S.M o con respeto que le tienen: y esto no sólo es parecer mío, sino cosa
manifiesta, por lo cual lo afirmo, y por haberlo así oído platicar y afirmar en
Italia, Francia, Irlanda, Inglaterra, Flandes y la parte de Alemania que he
andado..."
Ni por un momento se le ocurre a Arias Montano pedir a su Monarca que renuncie a
su política católica o universalista, para dedicarse exclusivamente a los
intereses de su reino, aunque esto es lo que hacen otras monarquías católicas de
su tiempo, al concertar alianzas con soberanos protestantes o mahometanos. El
poderío supremo que España poseía en aquella época se dedica a una causa
universal, sin que los españoles se crean por ello un pueblo superior y elegido,
como Israel o como el Islam, aunque sabían perfectamente que estaban peleando
las batallas de Dios. Es característica esta ausencia de nacionalismo religioso
en España. Nunca hemos tratado de separar la Iglesia española de la universal.
Al contrario, nuestra acción en el mundo religioso ha sido siempre luchar contra
los movimientos secesionistas y contra todas las pretensiones de gracias
especiales. Ese fue el pensamiento de nuestros teólogos en Trento y de nuestros
ejércitos en la Contrarreforma. Y este es también el sentimiento más constante
de los pueblos hispánicos, y no sólo en sus períodos de fe, sino también en los
de escepticismo. El llamamiento de la República Argentina a todos los hombres,
para que pueblen las soledades de la tierra de América, se inspira también en
este espíritu ecuménico. Lo que viene a decir es que el llamamiento lo hacen
hombres que no se creen de raza superior a la de los que vengan. A todos se
dirige la palabra de llamamiento: "Sto ad ostium, et pulso". (Estoy en el umbral
y llamo). Y también a todas las profesiones. No sólo hacen falta sacerdotes y
soldados, sino agricultores y letrados, industriales y comerciantes. Lo que
importa es que cada uno cumpla con su función en el convencimiento de que Dios
le mira.
Es posible que los padecimientos de España se deban, en buena parte, a haberse
ocupado demasiado de los demás pueblos y demasiado poco de sí misma. Ello
revelaría que ha cometido, por omisión, el error de olvidarse de que también
ella forma parte del todo y que lo absoluto no consiste en prescindir de la
tierra para ir al cielo, sino en juntar los dos, para reinar en la creación y
gozar del cielo. Sólo que esto lo ha sabido siempre el español, con su concepto
del hombre como algo colocado entre el cielo y la tierra e infinitamente
superior a todas las otras criaturas físicas. En los tiempos de escepticismo y
decaimiento, le queda al español la convicción consoladora de no ser inferior a
ningún otro hombre. Pero hay otros tiempos en que oye el llamamiento de lo alto
y entonces se levanta del suelo, no para mirar de arriba a abajo a los demás,
sino para mostrar a todos la luz sobrenatural que ilumina a cuantos hombres han
venido a este mundo. *
Resumen Final del asunto
Hay, en resumen,
tres posibles sentidos del hombre. El de los que dicen que ellos son los buenos,
por estarles vinculadas la bondad en alguna forma de la divina gracia; y es el
de los pueblos o individuos que se atribuyen misiones exclusivas y exclusivos
privilegios en el mundo. Esta es la posición aristocrática y particularista.
Hay, también, la actitud niveladora de los que dicen que no hay buenos ni malos,
porque no existe moral absoluta y lo bueno para el burgués es malo para el
obrero, por lo que han de suprimirse las diferencias de clases y fronteras para
que sean iguales los hombres. Es la posición igualitaria y universalista, pero
desvalorizadora. Y hay, por último, la posición ecuménica de los pueblos
hispánicos, que dice a la humanidad entera que todos los hombres pueden ser
buenos y no necesitan para ello sino creer en el bien y realizarlo. Esta fue la
idea española del siglo XVI. Al tiempo que la proclamábamos en Trento y que
peleábamos por ella en toda Europa, las naves españolas daban por primera vez la
vuelta al mundo para poder anunciar la buena nueva a los hombres del Asia, del
Africa y de América.
Y así puede decirse que la misión histórica de los pueblos hispánicos consiste
en enseñar a todos los hombres de la tierra que si quieren pueden salvarse, y
que su elevación no depende sino de su fe y su voluntad.
Ello explica también nuestros descuidos. El hombre que se dice que si quiere una
cosa, la realizará, cae también fácilmente en la debilidad de no quererla, en la
esperanza de que se le antoje cualquier día. Esta es la perenne tentación que
han de vencer los pueblos nuestros. No parecemos darnos cuenta de que el tiempo
perdido es irreparable, por lo menos en este mundo nuestro, en que la vida del
hombre ésta medida con tan estrecho compás. Solemos dejar pasar los años, como
si dispusiéramos de siglos para arrepentirnos y enmendarnos. Y a fuerza de
querer matar el tiempo nos quedamos atrás y el tiempo es quién nos mata.
Porque el mundo, entonces, se nos echa encima. Nadie nos cree cuando decimos que
podemos, pero que no queremos. El poder se demuestra en el hacer. La
potencialidad que no se actualiza no convence a nadie. La rechifla de los demás
se nos entra en el alma y los más sensitivos de entre nosotros mismos, que por
esencial convencimiento nunca nos creímos superiores, acabamos por creernos
inferiores al compartir las críticas de los demás respecto de nosotros. Esta es
nuestra historia de los dos siglos últimos. Si logramos salir de este período de
depresión del ánimo será, en primer término, porque nuestro pueblo no compartió
nunca el escepticismo de los intelectuales, y, además, porque la misma cultura
nos revela que nuestra labor en lo pasado no en inferior a la de ningún otro
pueblo de la tierra.
En estos años nos está descubriendo el estudio del siglo XVI un espíritu
ecuménico que no se sospechaba entre las gentes cultas. Nada es más revelador a
este respecto que el entusiasmo con que un hombre de cultura moderna, como el
profesor Barcia Trelles, encuentra en el Padre Vitoria y en Francisco Suárez las
verdaderas fuentes del Derecho Internacional contemporáneo. Estamos descubriendo
la quinta esencia de nuestro Siglo de Oro. Podemos ya definirla como nuestra
creencia en la posibilidad de salvación de todos los hombres de la tierra. De
ella nacía el impetuoso anhelo de ir a comunicársela. En esa creencia vemos
también ahora la piedra fundamental del progreso humano, porque los hombres no
alzarán los pies del polvo si no empiezan por creerlo posible.
Esta creencia es el tesoro que llevan al mundo los pueblos hispánicos. Sólo que
ella se funda en otra creencia antecedente y fundamental, sobre la cual ha de
entenderse previamente las inteligencias directoras de los pueblos hispánicos, y
de ella se deriva una consecuencia: la de que el mundo no creerá en el valor de
nuestro tesoro si no lo demostramos con nuestras obras. De la creencia
antecedente y de la consecuencia práctica hemos de tratar, pero estoy persuadido
de que el descubrimiento de la creencia nuestra en las posibilidades superiores
de todos los hombres, ha de empujarnos a realizarlas en nosotros mismos, para
ejemplo probatorio de la verdad de nuestra fe, y que la lección, que dimos ya en
nuestro gran siglo, volveremos a darla para gloria de Dios y satisfacción de
nuestros históricos anhelos.
*
Contraste de nuestro ideal
Contrastemos ahora
nuestro antiguo sentido del hombre con el ideal revolucionario de libertad,
igualdad, fraternidad. Ganivet nos dice que el "eje diamantino" de la vida
española es un principio senequista: "Mantente de tal modo firme y erguido, que
al menos se pueda decir siempre de ti que eres un hombre". He leído algunos
libros de Séneca, en busca del pasaje de donde pudo sacar esa enseñanza. No lo
he encontrado. Hasta se me figura que no podrá encontrarse, porque lo que viene
a decir Séneca es algo que se le parece a primera vista, pero que en el fondo es
muy distinto, y es que el sabio, el cuerdo, el prudente, el filósofo estoico se
conduce de tal suerte, sean cuales fueren las circunstancias, que se tiene que
decir de él que es todo un hombre. Se sobrentiende en Séneca, pero no en Ganivet,
que los demás hombres, los que no son sabios, se dejan, en cambio, llevar de sus
pasiones o de las circunstancias.
Para los estoicos, en efecto, había dos clases de hombres: los sabios y el
vulgo. Los sabios se conducen como deben; los otros, en rigor, no se conducen,
sino que son conducidos por los sucesos. Y esta distinción explica la
esterilidad del estoicismo. Los estoicos creían que todos los hombres son
hermanos, como hijos del mismo Dios, y se proclamaban ciudadanos del mundo, pero
esta ciudadanía y la conciencia de la paternidad de Dios era patrimonio
exclusivo de una aristocracia espiritual, aunque a ella perteneciera un esclavo,
como Epicteto, y esta fue la razón de que no se lanzaran a la predicación para
que el común de los hombres se alzase del polvo. Cleanthes pidió a Zeus, en su
himno, que salvase a los hombres de su desgraciado egoísmo. Y es que, a juicio
de los estoicos, sólo Zeus lo puede hacer, si esa es su voluntad. La idea de que
ellos mismos lo hagan no es estoica, sino católica. Ganivet no la saca de
Séneca, sino del catecismo. El autor del Idearium español ha atribuido a los
estoicos una idea que ha recibido, sin darse cuenta de ello, de su mundo
familiar y local, trabajando secularmente por las doctrinas de la Iglesia.
Es un hecho, sin embargo, que los pueblos hispánicos tienen un sentido del
hombre común a los espíritus creyentes y a los incrédulos. Más aún.
Anteriormente hemos reconocido que los incrédulos suelen ser más hostiles que
los católicos al espíritu racista de los países protestantes. Los expedientes de
limpieza de sangre, por cuya virtud no se habilitaba en pasados siglos, para
ciertas dignidades y cargos, sino a los que podían demostrar que no descendían
de moros o judíos, parecen indicar un sentido racista no muy diferente del que
tan fácilmente prevalece en los pueblos del Norte. Sólo teniendo en cuenta el
espíritu misionero de la Monarquía española y la relativa facilidad y frecuencia
con que los judíos conversos llegaban en España a ocupar sedes episcopales, se
advertirá que la exigencia de la limpieza de sangre no procedía del orgullo de
raza, sino del deseo de asegurar en lo posible la fidelidad del servicio
mediante la pureza de la fe, en vista del gran número de conversos insinceros
que había. Un pueblo que libraba, como la España de los siglos XVI y XVII, tan
general batalla contra la infidelidad y la herejía, necesitaba asegurarse la
sincera adhesión de sus agentes. Era natural, de otra parte, que los españoles
se envanecieran de su obra imperial y universal. De esta vanidad y de la
desconfianza respecto de la buena fe de los conversos surgió el lamentable por
ser injusto, en muchos casos, pero sobre todo, porque contradecía el propósito
misionero de nuestra historia, ya que no parece muy congruente que un pueblo se
consagre a convertir infieles, empujado por un convencimiento previo de igualdad
potencial de hombres y razas, si luego a de colocar a los conversos en situación
de inferioridad respecto de los "cristianos viejos ". Lo que puede decirse en
atenuación de este yerro es: Primero, que todas las aristocracias del mundo
obligan a hacer antesala a las clases sociales que desean alzarse a ellas;
segundo, que la España católica venía a construir una especie de gran
aristocracia respecto de los judíos y moriscos; tercero, que los hombres no
tienen el don de leer en los corazones para poder distinguir a los conversos
sinceros de los insinceros; cuarto, que había necesidad de distinguirlos;
quinto, que no hay ley concebida para provecho general que no resulte injusta en
algunos casos; y sexto, que el mero hecho de que los expedientes de limpieza de
sangre contradijeran, en cierto aspecto, el fundamental propósito misionero de
España, no ha de hacernos olvidar este propósito, ni la especial repugnancia que
los españoles han sentido siempre contra cualquier intento de vincular la Divina
gracia en estirpes o progenies determinadas.
* * *
Los españoles no creyentes, por lo menos desde la conversión de los godos
arrianos, se han manifestado siempre opuestos a la aceptación de supremacías
raciales. En algunos de ellos no tiene nada de extraño, porque son "resentidos",
hostiles a toda nuestra civilización, cuyos instintos les empujan a combatir a
sangre y fuego nuestras aristocracias naturales y de sangre, no por espíritu
igualitario y de justicia, sino sencillamente porque las jerarquías son el
baluarte de las sociedades. Pero hay otros incrédulos, y éstos son los
interesantes, que no han perdido con la fe la esperanza y el anhelo de que se
haga justicia a todos los hombres, de que se les infunda la confianza en sí
mismos, de que se les coloque en condiciones de poder desarrollar sus aptitudes,
de que se les proteja contra cualquier intento de explotación o de opresión. De
los espíritus que así sienten puede decirse que su concepto del hombre es
idéntico al de los creyentes y al tradicional de España. Ello es gran fortuna,
en medio de todo. Certeramente ha dicho el señor Sáinz Rodríguez que la división
de nuestras clases educadas es la razón permanente de nuestras desdichas. En los
Evangelios puede leerse que: "Todo reino dividido consigo mismo será asolado" (
Lucas, II, 17). Las desmembraciones e invasiones y guerras civiles que hemos
padecido, desde que surgió en el siglo XVIII la división de nuestras clases
educadas en creyentes y racionalistas, atestiguan el rigor de la sentencia. Pero
creo más fácil restablecer la unidad espiritual entre los creyentes españoles y
los descreídos que entre los católicos y los protestantes de otros pueblos. El
que siga creyendo en la capacidad de los demás hombres para enmendarse, mejorar
y perfeccionarse y en su propio deber de persuadirles a que lo hagan, de no
estorbarles en la realización de ese fin y de organizar la sociedad de tal
manera que les estimule a ello, conserva, a mi juicio, más esencias de la fe
verdadera que aquella pastora evangélica, Sharon Falconer, de la novela de
Sinclair Lewis, Elmer Gantry, que marchaba con la cruz en la mano por entre las
llamas de su tabernáculo incendiado, en la seguridad de que el fuego no podía
alcanzarla, porque ella, en su insano orgullo, símbolo del protestantismo y del
libre examen, se creía por encima del bien y del mal y de la muerte. A poco que
nuestros incrédulos de buena voluntad mediten sobre el origen de su espíritu de
justicia y de humanidad, advertirán que sus principios proceden de los nuestros.
A los descreídos, a los que no manejan los conceptos de libertad y de justicia
sino con fines subversivos, sería inocente tratar de convencerles, pero a los
que de buena fe se proponen con ellos dignificar y levantar al hombre, y se
imaginan que la religión es un estorbo para sus ideales, no es imposible
hacerles ver que su credo es de origen religioso, que sin la religión no puede
mantenerse, y que sólo por la inspiración religiosa podrá realizarse.
En el "eje diamantino", de Ganivet, en el sentido del hombre de los pueblos
hispánicos, podemos encontrar igualmente cuanto hay en los principios de
libertad, igualdad y fraternidad, que no se contradice mutuamente y puede
servirnos de norma y de ideal. Para que un hombre se conduzca de tal modo que
siempre se pueda decir de él que se ha portado como un hombre, será
indispensable que sea libre, lo que implica desde luego su libertad moral o
metafísica. Pero, además, será preciso que no se le estorbe la acción
exteriormente, lo que supone la libertad política, por lo menos la libertad de
hacer el bien. Para ello, habrá que construir la sociedad de tal manera que no
impida a los hombres la práctica del bien. El respeto a la libertad metafísica
nos llevará a un sistema político, en que la autoridad pueda (y acaso deba)
coartar la libertad del hombre para el mal, pero no deberá impedirle que haga el
bien, porque esto es lo que quiere Ganivet cuando prescribe que el hombre debe
portarse como un hombre, pues si portarse como un hombre no quisiera decir
portarse bien, no nos estaría diciendo cosa alguna, ya que es sabido que los
hombres se conducen como hombres y los burros como burros, etc. Pero en esta
capacidad metafísica de que el hombre haga el bien libremente y en este deber
político de respetarle esta capacidad, todos los hombres son iguales y deben ser
iguales; de lo que se deduce el principio de igualdad, en cuanto practicable y
efectivo, así como el de fraternidad se deriva del hecho de que todos los
hombres se hermanan en la capacidad de hacer el bien y en el ideal de una
sociedad en que la práctica del bien a todos los enlace y los hermane.
Estos principios de libertad, igualdad, fraternidad, son los que proclamó la
revolución francesa y aún sigue proclamando la revolución, en general. Francia
los ha esculpido en sus edificios públicos. Es extraño que la revolución
española no los haya reivindicado para sí. ¿Los habrá sentido incompatibles con
su propio espíritu? ¿Sospechará vagamente que, en cuanto realizables y
legítimos, son principios cristianos y católicos?
*
La capacidad de conversión
Mantenemos
nosotros la libertad, porque el hombre está constituido de tal modo que, por
grandes que sean sus pecados, le es siempre posible convertirse, enmendarse,
mejorar y salvarse. También puede seguir pecando hasta perderse, pero lo que se
dice con ello es que la libertad es intrínseca a su ser y a su bondad. No será
bueno sino cuando libremente obre o desee el bien. Y por esta libertad
metafísica, que le es inherente, le debemos respeto. Al extraviado podremos
indicarle el buen camino, pero sólo con sus propios ojos podrá cerciorarse de
que es el bueno; al hijo pródigo le abriremos las puertas de la casa paterna,
pero él será quien por su propio pie regrese a ella; al equivocado le
señalaremos el error, pero el anhelo de la verdad tendrá que surgir de su propia
alma. Esto por lo que atañe a la libertad moral. La libertad externa o política
procede del reconocimiento común de esta libertad íntima o moral. Como el hombre
no puede hacer el bien si no actúa libremente, debemos respetar su libertad en
todo lo posible. Si tuviéramos que confrontarnos con el hombre natural, tal como
salió de las manos del Creador, el gobernante no necesitaría más que explicarle
sus deberes. Pero como, según San Anselmo, la persona corrompió la naturaleza, y
después la naturaleza corrompida corrompió la persona, por lo que nosotros y
cuantos nos rodean somos hombres caídos y débiles, tenemos que organizar las
sociedades de tal modo que se precavan contra las pasiones y maldades de los
hombres, al mismo tiempo que los induzcan a obrar bien. El problema es, en
parte, insoluble, porque con hombres malos no podemos construir sociedades tan
excelentes que premien siempre la virtud y castiguen el vicio. Pero es un hecho,
que todas las sociedades, por instinto de conservación, tienen que estimular a
los individuos a que las sirvan y disuadirles de que las dañen y traicionen; y,
de otra parte, también es un hecho que nuestra religión infunde a los hombres y
a las colectividades un espíritu generoso de servicio universal, en el que
acaban de limpiarse los humanos del pecado de origen. Este es el sentido de la
libertad cristiana. Pero ¿hay alguna idea moderna de libertad que no se funde en
el espíritu cristiano?
Bertrand Russell pasa en Inglaterra por ser "el filósofo del liberalismo". A
principio de siglo escribió un ensayo: La adoración de un hombre libre, que
terminaba con un párrafo que causó sensación:
"Breve e impotente es la vida del hombre: el destino lento y seguro cae
despiadada y tenebrosamente sobre él y su raza. Ciega al bien y al mal,
implacablemente destructora, la materia todopoderosa rueda por su camino
inexorable. Al hombre, condenado hoy a perder los seres que más ama, mañana a
cruzar el portal de las sombras, no le queda sino acariciar, antes que el golpe
caiga, los pensamientos nobles que ennoblecen su efímero día; desdeñando los
cobardes terrores del esclavo del destino, adorar en el santuario que sus
propias manos han construido; sin asustarse del imperio del azar, conservar el
espíritu libre de la arbitraria tiranía que rige su vida externa; desafiando
orgulloso las fuerzas irresistibles que toleran por algún tiempo su saber y su
condenación, sostener por sí solo., Atlas cansado e inflexible, el mundo que sus
propios ideales han moldeado, a despecho de la marcha pisoteadora del poder
inconsciente."
Dos generaciones de intelectuales ingleses de la izquierda han aprendido de
memoria este párrafo. A despecho de ello me atreveré a decir que ningún espíritu
medianamente filosófico podrá ver en el más que retórica altisonante y
cuidadosa, pero huera y contradictoria. Porque es mucha verdad que el
pensamiento del hombre, como dice en otro párrafo, es libre, "para examinar,
criticar, saber y crear imaginariamente", mientras que sus actos extriores, una
vez ejecutados, entran en la rueda fatal de las causas y efectos. Que el hombre
pueda criticar el mundo sólo prueba que, en cierto modo, se halla fuera y encima
de él, lo que no significa, en buena lógica, sino que hay algo en el hombre que
procede de algún poder consciente superior al mundo. Pero decir que el mundo es
malo, porque es poder, y que hay que desecharlo con toda nuestra alma, y que el
hombre es bueno, porque lo rechaza, y que su deber es conducirse como Prometeo y
desafiar heroica y obstinadamente al mundo hostil, aunque por otra parte, tenga
uno que resignarse a su tiranía inexorable, y que este credo de rebelión
impotente haya parecido durante treinta años la base de una filosofía y una
política, es tan incomprensible como el aserto de que la libertad del hombre no
es sino el resultado de "la colocación accidental de los átomos". Es absurdo
decirnos que la libertad surge de la fatalidad y del azar, como es igualmente
contradictorio hacer salir nuestra conciencia de la inocencia de la naturaleza.
Hay gentes para todo. Por los años en que Mr. Bertrand Russell escribía su
parrafito se suicidó el poeta John Davison, persuadido de que, después de haber
producido la danza de los átomos la conciencia del hombre y de su propia poesía,
que era la conciencia de la conciencia, no le quedaba al universo más etapa que
la de volver a la inconsciencia. Por eso se mató. Sólo que así como los cielos
declaran la gracia de Dios, la faz de la tierra, transformada por la mano del
hombre en tan inmensas extensiones, proclama nuestro poder y es prueba cierta de
que ni siquiera para la acción externa necesita someterse el género humano a la
fatalidad, porque la subyuga y domestica con su chispa divina.
* * *
En esa chispa, y no en ninguna clase de determinismos, está el origen de la
libertad moral del hombre. Los incrédulos no aciertan a fundarla. Tampoco la
libertad política. Stuart Mill mantenía el liberalismo para que pudieran
producirse toda clase de caracteres en el mundo, y, sobre todo, para que la
verdad tenga siempre ocasión de prevalecer sobre la falsedad, y no meramente
contra la intolerancia de las autoridades, sino también contra la presión
social, porque en Inglaterra, decía: "aunque el yugo de la ley es más ligero, el
de la opinión es tal vez más pesado que en otros países de Europa".
Revolviéndose sobre toda clase de "boycots", escribió Stuart Mill su célebre
sentencia: "Si toda la humanidad menos uno fuese de la misma opinión, y sólo una
persona de la contraria, la humanidad no tendría más derecho a silenciar a esa
persona, que esa persona, si pudiera, a silenciar a la humanidad". Stuart Mill
pensaba todo el tiempo en los casos de Sócrates y Jesucristo, como si hubiera un
Cristo y un Sócrates a la vuelta de cada esquina, a quienes el obscurantismo de
los Gobiernos o de la sociedad no permiten difundir su idea salvadora, pero el
verdadero problema lo constituía, ya entonces, aquella fórmula que consignó poco
después Netchaieff en su "Catecismo del Revolucionario", cuando decía: "Contra
los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira". No es muy probable que
la intolerancia logre silenciar a un Cristo o a un Sócrates. El daño que han de
afrontar las sociedades modernas es la difusión de la mentira, de la calumnia,
de la difamación, de la pornografía, de la inmoralidad de toda índole, por
agitadores y fanáticos, pervertidos y ambiciosos que se escudan en Sócrates y en
Cristo y en Stuart Mill y en todos los mártires de la intolerancia y abogados de
la libertad para pregonar sus falsedades, como los malos artistas de estos años
se amparan en la incomprensión de que en su día fueron víctimas Eduardo Manet y
Ricardo Wagner para proclamar que sus esperpentos están por encima de las
entendederas de sus gentes. Vivimos bajo el régimen de la mentira. Las naciones
se calumnian impunemente las unas a las otras, lo que las hace vivir en
permanente guerra moral, pero no se creará, para remediarlo, un Tribunal
Internacional de la Verdad, mientras no se reconozca que, en materia de
información y crítica, hay cánones objetivos de la verdad y los engaños, de lo
lícito y de lo intolerable. En la vida interna se permite prosperar a una prensa
que, en el caso mejor, no hace justicia más que a los extraños o a los enemigos,
pero que se dedica a elevar a sus amigos o correligionarios, lo que por lo menos
supone la desfiguración de las escalas de valores. No cabe, de otra parte,
verdadera competencia entre las falsedades agradables, que halagan las pasiones
populares, y las verdades desagradables, que en vano tratarán de combatirlas.
Sobre este tema se pudieran escribir muchos capítulos, pero baste afirmar que la
libertad del pensamiento tiene que conducir al triunfo de la falsedad y de la
mentira*
El "principio del crecimiento"
También se
defiende la libertad política con el argumento de que fomenta la diversidad de
los caracteres y contribuye, por lo tanto, a su fortalecimiento. Era la tesis de
Stuart Mill, al final de su ensayo De la libertad. Es la de Bertrand Russell,
con su Principio del Crecimiento. Dice Russell que los impulsos y deseos de
hombres y mujeres, como tengan alguna importancia, proceden de un Principio
central de Crecimiento, que los guía en una cierta dirección, como los árboles
buscan la luz. Cada hombre tiende instintivamente a lo que le conviene mejor. Y
hay que dejarle en libertad para ello, porque, en general, los impulsos y deseos
dañinos proceden de haberse impedido el crecimiento normal de los hombres. De
ahí, por ejemplo, la proverbial malignidad de los jorobados y de los impedidos.
Los deseos no son sino impulsos contenidos. "Cuando no es satisfecho un impulso
en el momento mismo de surgir, nace el deseo de las consecuencias esperadas de
la satisfacción del impulso". La vida ha de regirse principalmente por impulsos.
Si se gobierna por deseos se agota y cansa al hombre, haciéndole indiferente a
los mismos propósitos que había trazado de realizar. Pero los impulsos que deben
fomentarse son los que tienden a dar vida y a producir arte y ciencia, es decir,
a la creatividad en general.
Esta es la teoría. Mr. Russell no añade que se deben restringir, en cambio, los
impulsos de envidia, destrucción, suicidio, etc., porque así refutaría su propia
doctrina. Mr. Russell se contenta con decir que estos impulsos no proceden del
Principio central de Crecimiento. No lo prueba. No puede probarlo. Un árbol
extiende sus raíces a la tierra de otro árbol y se apropia su savia. No puede
demostrarse que los impulsos dañinos sean menos "centrales" que los benéficos.
Tampoco que sea perjudicial la contención de los impulsos. Hay razas humanas
desvitalizadas precisamente porque se entregan sin reserva a la satisfacción de
sus impulsos sexuales. La doctrina de Russell no es sino tentativa de justificar
científicamente la afirmación romántica de que el hombre es naturalmente bueno y
está libre del pecado original. Pero el romanticismo tiene ya dos siglos de
experiencia histórica. Hasta se ha ensayado en países nuevos, donde no coartaban
su desarrollo los recuerdos y las tradiciones de la civilización cristiana,
fundada precisamente en el dogma del pecado original.
Las miradas del mundo, por ejemplo, están vueltas, en estos años, a los Estados
Unidos de América. Nueva York es la ciudad fascinadora. Es verdad que los
Estados Unidos fueron un tiempo puritanos y que sus costumbres, ya que no sus
leyes, obligaban a sus ciudadanos a pertenecer a una confesión religiosa
determinada. Pero el puritanismo ya pasó, por lo menos en las grandes ciudades;
los neoyorquinos no están obligados a profesar religión alguna. Muchos no
profesan ninguna. Son libres. La extensión del territorio les hace más libres de
lo que los europeos podemos serlo en nuestros estrechos hogares nacionales. Y el
resultado de todo ello es un índice de criminalidad el más alto del mundo, la
disolución de la vida de familia y tan tremenda crisis económica y política que
su militar de más prestigio, el general Pershing, ha podido proclamar
recientemente, en medio de la atónita atención de las gentes, que los Estados
Unidos no pueden encontrar su salvación más que en un régimen fascista y
dictatorial, que restablezca la disciplina social con mano dura.
Sólo que ya no es necesaria apelar a las autoridades extranjeras. Ello lo dijo
mejor que nadie en el Congreso, el 4 de enero de 1849, en plena revolución
europea, nuestro Donoso:
"Señores, no hay más que dos represiones posibles: una interior y otra exterior,
la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el
termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión está bajo, y
cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión
política, la tiranía, está alta. Esta es una ley de la humanidad, una ley de la
historia."
A la historia apeló Donoso Cortés para evidenciar la exactitud de su parábola.
No era, sin embargo, necesario. En el pecho de cada hombre está escrito que la
práctica del bien exige libertad, pero la del mal, cárceles y grilletes.*
La igualdad humana
Nuestro sentido
hispánico nos dice que cualquier hombre, por caído que se encuentre, puede
levantarse; pero también caer, por alto que parezca. En esta posibilidad de caer
o levantarse todos los hombres son iguales. Por ella es posible a Ganivet
imaginar su "eje diamantino" o imperativo categórico: "que siempre se pueda
decir de ti que eres un hombre". El hombre es un navío que puede siempre,
siempre, mientras se encuentra a flote, enderezar su ruta. Si la tripulación lo
ha descuidado, si su quilla, sus velas o arboladura se hallan en mal estado, le
será más difícil resistir las tormentas. Enderezar la ruta no será bastante para
llegar a puerto. El éxito es de Dios. Lo que podrá el navegante es cambiar el
rumbo. En esta libertad metafísica o libre albedrío todos los hombres son
iguales. Pero esta es la única igualdad que con la libertad es compatible. La
libertad política favorece el desarrollo de las desigualdades. Y en vano se
proclamará en algunas Constituciones, como la francesa de 1793, el pretendido
derecho a la igualdad, afirmando que: "Todos los hombres son iguales por
naturaleza y ante la ley". Decir que los hombres son iguales es tan absurdo como
proclamar que lo son las hojas de un árbol. No hay dos iguales. Y la igualdad
ante la ley no tiene, ni puede tener, otro sentido que el de que la ley debe
proteger a todos los ciudadanos de la misma manera.
Si tiene ese sentido es porque los hombres son iguales en punto a su libertad
metafísica o capacidad de conversión o de caída. Esto es lo que los hace sujetos
de la moral y del derecho. Si no fueran capaces de caída, la moral no
necesitaría decirles cosa alguna. Si no fueran capaces de conversión, sería
inútil que se lo dijera todo. La validez de la moral depende de que los hombres
puedan cambiar de rumbo. Esta condición de su naturaleza es lo que ha hecho
también posible y necesario el derecho. No habría leyes si los hombres no
pudieran cumplirlas. Son imperativas, porque pueden igualmente no cumplirlas. Y
tienen carácter universal, porque en esta capacidad de cumplirlas todos los
hombres son iguales. Al proclamar la capacidad de conversión de los hombres no
se dice que puedan ir muy lejos en la nueva ruta que decidan emprender. No
llegará muy lejos en el camino de la santidad el que sólo se arrepienta en la
hora de la muerte. Pero si su conversión es sincera y total recorrerá en alas de
los ángeles el camino que no pueda andar por su propio pie. Esta capacidad de
conversión es el fundamento de la dignidad humana. El más equivocado de los
hombres podrá algún día vislumbrar la verdad y cambiar de conducta. Por eso hay
que respetarle, incluso en sus errores, siempre que no constituya un peligro
social. Pero fuera de esta común capacidad de conversión, no hay ninguna
igualdad entre los hombres.
Unos, son fuertes; otros, débiles ; unos, talentudos ; otros, tontos ; unos,
gordos; otros, flacos ; unos blancos ; otros, color chocolate otros, amarillos.
Y donde no existe claramente la conciencia de esta capacidad común de
conversión, tampoco aparece por ninguna parte la noción de la igualdad humana.
El hombre totémico se cree de diferente especie que el de otro "totem". Si el "totem"
de un "clan" es el canguro, el hombre se cree canguro; si es un conejo, se
imagina conejo. Lo que el "totem" subraya es el "hecho diferencial". Israel es
el pueblo elegido; cuando aparece el Redentor del género humano, la mayor parte
de Israel persiste en creerse el pueblo elegido, incomparable con los otros. Aún
después de siglos de Cristianismo, los pueblos del Norte se inventan la doctrina
de la predestinación, para darse aires de superioridad frente a los pueblos
mediterránicos. Francia, algo menos nórdica, lucha durante siglos contra una
forma más atenuada de la persuasión calvinista, como es el jansenismo, pero
cuando acaba por vencerla, inventa la teoría de su consubstancialidad con la
civilización, para poder dividir a los hombres en las dos especies de franceses
y bárbaros, con la subespecie de los afrancesados.
El socialismo, en sus distintas escuelas, supone que son hechos naturales la
unidad y la fraternidad del género humano. No intenta demostrarlas, sino que las
da por supuestas, y sobre este cimiento trata de establecer un estado de cosas
en que la tierra y el capital sean comunes y se trabajen para beneficio de
todos. Pero como su materialismo destruye la creencia en la capacidad de
conversión, que es la única cosa en que los hombres son iguales, no le es
posible emprender la realización de su ideal de igualdad económica sin apelar a
medios terroristas. La inmensa cantidad de sangre derramada por la revolución
rusa, en aras de este deseo de igualdad, no pudo impedir que Lenin confesara el
fracaso del comunismo, al emprender su nueva política económica, y sólo resurgió
la vida en Rusia cuando reaparecieron las desigualdades de la escala social, con
ellas la esperanza de cada hombre de ascender todo lo más posible, y con la
esperanza, la energía y el trabajo. Al cabo de la revolución no ha ocurrido, en
esencia, sino que las antiguas clases gobernantes han sido depuestas de sus
posiciones de poder y reemplazadas por otras. Pero aún gobernantes y gobernados,
altos y bajos, gentes poderosas y gentes sin poder. Y como Rusia es, en el
fondo, país cristiano, ha reaparecido también allí algo parecido a la vieja
división entre las almas que se dan cuenta de lo que es el Cristianismo y las
que no; sólo que a las primeras se las llama trabajadores conscientes, manuales
o intelectuales, y son las que constituyen el partido comunista, de donde salen
los gobernantes del país. Me imagino que si los comunistas guardan algún respeto
a los que no lo son, ello se deberá a la posibilidad de que lo sean algún día,
lo que cierra y completa la analogía y corrobora nuestro razonamiento*
Fraternidad y hermandad
La fraternidad de
los hombres no puede tener más fundamento que la conciencia de la común
paternidad de Dios. Inesperadamente acaba de echar Bergson el peso de su
prestigio en favor de esta idea. En su libro sobre Las dos fuentes de la moral y
de la religión nos dice el filósofo de La Evolución creadora que la fraternidad
que los filósofos quieren basar en el hecho de que todos los hombres participan
de una misma esencia razonable, no puede ser muy apasionada, ni ir muy lejos. En
cambio, los místicos, que se acercan a Dios, dejan prenderse su alma del amor
hacia todos los hombres: "A través de Dios y por Dios, aman a toda la humanidad
con un amor divino". Añade que los místicos desearían: "Con ayuda de Dios,
completar la creación de la especie humana, y hacer de la humanidad lo que
habría sido desde el principio, de haber podido constituirse definitivamente sin
la ayuda del hombre mismo". De entusiasmo moral en entusiasmo, Bergson nos dice,
como los grandes místicos, que: "el hombre es la razón de ser de la vida sobre
nuestro planeta", y que: "Dios necesita de nosotros como nosotros de Dios". ¿Y
para qué necesita Dios de nosotros? Naturalmente, para poder amarnos. El Padre
Arintero hubiera dicho que para poder convertir en amor de complacencia el amor
de misericordia que nos tiene.
Mucho se habría complacido el Padre Arintero al hallar en Bergson el pensamiento
de que lo fundamental en la religión es el misticismo y de que la religión es al
misticismo lo que la vulgarización es a la ciencia. El origen histórico de la
hermandad humana es exclusivamente místico. Es Jeremías el primer hombre que
habla de la posibilidad de que los hijos de otros pueblos abandonen el culto de
los ídolos y adoren al Dios universal, con lo que viene a decirnos que cada
hombre ha nacido para ser hijo de Dios. Jeremías fue un profeta, pero los
profetas son, ante todo, místicos que, por tomar contacto con la fuente de la
vida, sacan de ella un amor que puede extenderse a todos los hombres. Frente a
los falsos profetas, descritos de una vez para siempre, al decir de ellos: "que
muerden con sus dientes y predican paz", Miqueas dice (3,8): "Más yo lleno estoy
de fortaleza del Espíritu del Señor, de juicio y de virtud, para anunciar a
Jacob su maldad, y a Israel su pecado". De la sucesión de los profetas surgen
los apóstoles y los misioneros. Y como la España de los grandes siglos es,
eminentemente, un pueblo misionero, su pueblo es el que más profundamente se
persuade de la capacidad de conversión de todos los hombres de la Tierra. Al
principio no es este sino el convencimiento de teólogos y de las almas
superiores. Pero ante el espectáculo que ofrece la conversión de todo el Nuevo
Mundo al Cristianismo, la creencia se hace, en España, universal. Todos los
hombres pueden salvarse; todos pueden perderse. Por eso son hermanos; hermanos
de incertidumbre respecto al destino, naúfragos en la misma lancha, sin saber si
serán recogidos y llegarán a puerto. No serían hermanos si algunos de ellos
pudieran estar ciertos de su salvación o de su pérdida. La certidumbre de una o
de otra les colocaría espiritualmente en un lugar aparte. Pero todos pueden
salvarse o perderse. Por eso son hermanos y deben de tratarse como hermanos.
* * *
El incrédulo que predica fraternidad humana no se da cuenta del origen
exclusivamente religioso de esta idea. Porque, si no viene de la religión, ¿de
dónde la saca? El príncipe Kropotkin se planteó la cuestión, en vista de que los
sabios de Inglaterra interpretaban el darvinismo como la doctrina de una lucha
general e inexorable por la vida, en la que no quedaba a las almas compasivas
más consuelo que el de apiadarse al resonar el ¡ay de los vencidos! Kropotkin
necesitaba que los hombres se quisieran como hermanos, para que fuera posible
constituir sociedades anárquicas, en que reinase la armonía sin que la
impusieran las autoridades. Esa necesidad le hizo buscar en la historia natural
y en la historia universal ejemplos de apoyo mutuo en las sociedades animales y
humanas. Pero no pudo persuadir a las personas de talento de que el apoyo mutuo
fuera la ley fundamental de la naturaleza. Los sabios ingleses le objetaban que
el apoyo mutuo no surge en las sociedades animales y humanas sino como defensa
contra algún enemigo común. Lejos de estar regida la naturaleza animal y vegetal
por una ley de simpatía, lo que parece dominar en ella es el principio de que el
pez grande se come al chico y por lo que hace a los hombres, entre las gentes de
raza diferentes, hay una antipatía habitual, muy semejante a la que reina entre
los perros y los gatos. La que divide a occidentales y orientales es tan honda
que, si los Estados Unidos llegan a conceder la independencia a Filipinas, antes
será para poder cerrar a los filipinos el acceso a California que por
reconocimiento de su derecho.
También los utilitarios quisieron, como Kropotkin, descubrir en la naturaleza el
principio de la moralidad. Jeremías Bentham fundamenta su sistema en el hecho de
que: "La naturaleza a colocado al hombre bajo el imperio de dos maestros
soberanos: la pena y el placer." Las acciones públicas o privadas han de ser
aprobadas o desaprobadas según que tienden a aumentar o disminuir la felicidad.
De ahí el principio de la mayor felicidad del mayor número, que a Bentham le
pareció tan evidente que no necesitaba prueba: "porque lo que se usa para probar
todo lo demás no puede ser ello mismo probado: una cadena de pruebas a de
empezar en alguna parte". Actualmente ya no se habla de los utilitarios sino por
la gran influencia que ejercieron en la política y costumbres de los pueblos del
Norte. Los filósofos de ahora despachan en pocas líneas su principio. A Mr. G.
E. Moore no le entusiasma el ideal de la felicidad. Una vida con algo menos de
felicidad y más saber y mayores oportunidades de hacer bien, le parece más
deseable que una vida dichosa, pero egoísta y estúpida. Hartmann recuerda que la
utilidad no es un fin, sino un medio. Lo útil no es lo bueno. Un hombre esclavo
de la utilidad tendrá que preguntarse ridículamente quién se aprovechará de sus
utilidades. En España no ha producido el utilitarismo pensadores de valía. No
habría podido producirlos. Nuestros espíritus cándidos habrían exclamado, como
el poeta: ("¡Cuán presto se va el placer; cómo después de acordado da dolor!")
Los cínicos habrían dicho que no les hacía gracia sacrificar su felicidad
personal a la de ese monstruo de las cien mil cabezas, que es el mayor número.
Hoy no quedan muchos más partidarios de la moral kantiana que de la utilitaria.
Se ha probado que, en la práctica, el Imperativo Categórico no nos sirve de guía
en un apuro. Al decirnos que debemos obrar de tal manera que la máxima de
nuestra acción pueda convertirse en ley universal de naturaleza, no nos decimos
realmente nada, como no sepamos lo que es el bien y que debemos hacerlo. El
voluptuoso quiere que se difundan sus placeres y vicios entre todos los hombres.
El borracho pasa fácilmente de ese deseo a la propaganda activa. Lo mismo el
morfinómano. No tiene sentido el Imperativo Categórico sino cuando se identifica
la ley universal con la voluntad de Dios. Si Dios desaparece, si se nos borra
una intuición previa del bien, somos niños perdidos en el bosque. Los filósofos
advirtieron, casi desde el principio, que si el Imperativo Categórico se
entiende como ley de nuestra naturaleza racional, es decir, como de origen
subjetivo, nos sería imposible conculcarlo. Y ahora Scheler y Hartmann han caído
en la cuenta de que no era necesario darle carácter subjetivo para que fuese
autónomo y universal: bastaba con que fuera apriorístico. Para poder hacerlo
apriorístico incurrió Kant en el error de hacerlo subjetivo, como si fuera una
ley o propiedad de la razón. Pero la geometría es apriorística, sin ser
subjetiva, sino objetiva. Y así es la ley moral. Precisamente porque no es
subjetiva podemos cumplirla o vulnerarla, salvarnos o perdernos, como podemos
equivocarnos, y nos equivocamos a menudo, al resolver un problema matemático.*
La fe y la esperanza
El kantismo ha
dejado de dominar las Universidades. La filosofía de los valores, que ahora
prevalece, viene a ser una forma eufemística de la teología, no sólo porque el
sentimiento apreciativo de los valores es la fe, según Lotze, sino porque Dios
es el valor genérico del que todos los valores particulares derivan su esencia
como tales valores, ya que todo valor debe inspirar amor y cuando se busca la
esencia de cada amor (phila) en otro amor, ha de llegarse necesariamente a un
amor primo (prooton philon), a il primo amore, como Dante lo llamaba, con
pasmosa literalidad. Benjamín Kidd pudiera jactarse de que el siglo no ha sabido
contestar a su cartel de desafío. Los intereses del individuo y los de la
sociedad no son idénticos, no pueden conciliarse. No hay forma de construir una
sociedad de tal manera que a las mujeres les convenga tener hijos y a los
soldados morir por la patria, y como las sociedades necesitan absolutamente de
mujeres que las den hijos y de soldados que, si es preciso, mueran por ellas,
hacer falta buscar una sanción ultra-racional, ultra-utilitaria, para el
necesario sacrificio de los individuos a las sociedades. Esta es una de las
funciones que la religión desempeña y que sólo la religión puede desempeñar:
proveer de sanciones ultra-racionales al necesario sacrificio de los individuos
para la conservación de las sociedades. Y no sólo a su conservación, sino a su
valor y enaltecimiento, porque toda acción generosa, toda obra algo perfecta
requieren la superación del egoísmo que nos estorba para hacerla.
De otra parte, los hombres son los hombres y cambian poco en el curso de los
siglos. Los de nuestro siglo XVI no eran muy distintos de los españoles de
ahora. ¿Cómo una España menos poblada, menos rica, en algún sentido menos culta
que la de ahora, pudo producir tantos sabios de universal renombre, tantos
poetas, tantos santos, tantos generales, tantos héroes y tantos misioneros? Los
hombres eran como los de ahora, pero la sociedad española estaba organizada en
un sistema de persuasiones y disuasiones, que estimulaban a los hombres a
ponerse en contacto con Dios, a dominar sus egoísmos y a dar de sí su
rendimiento máximo. Conspiraban al mismo intento la Iglesia y el Estado, la
Universidad y el teatro, las costumbres y las letras. Y el resultado último es
que los españoles se sentían más libres para desarrollar sus facultades
positivas a su extremo límite y menos libres para entregarse a los pecados
capitales; más iguales por la común historia y protección de las leyes, y más
hermanos por la conciencia de la paternidad de Dios, de la comunidad de la misma
misión y de la representación de un mismo drama para todos: la tremenda
posibilidad cotidiana de salvarse o perderse.
* * *
Ahora están desencantados los españoles que habían cifrado sus ilusiones en los
principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Se habían figurado que
florecerían con esplendidez al caer las instituciones históricas, que, a su
juicio o a su prejuicio, estorbaban su desenvolvimiento. Un desencanto de la
misma naturaleza se encuentra siempre que se estudia el curso de otras
revoluciones. El propio Camilo Desmoulins preguntaba en sus escritos últimos a
Jacques Bonhomme, personificación del pueblo francés: " ¿Sabes a dónde vas, lo
que estás haciendo, para quién trabajas? ¿Estás seguro de que tus gobernantes se
proponen realmente completar la obra de la libertad? " Los gobernantes de la
hora se llamaban Saint Just y Robespierre...
La comparación puede ser engañosa. Es posible que aquí no nos hallemos frente a
una revolución, sino ante el hecho de un Monarca que se alejó del poder y de una
clases conservadoras que les dejaron irse, porque no se dieron cuenta en un
principio de lo mucho que el viaje las afectaba. Esta no es del todo una
revolución, pero, ¿es que ha habido alguna vez una revolución que no fuera, en
esencia, la carencia o el cese de las instituciones precedentes? El hecho es que
el desencanto se produce lo mismo que si se tratara de una revolución
sangrienta.
"¡No es eso!", exclaman graves varones moviendo la cabeza de un lado para otro.
No es eso. Habían soñado con que la nación se pusiera en pie, con que se
hicieran presentes las energías supuestas y dormidas. No es eso. No habían
querido ver lo que enseña la experiencia de todos los pueblos: que la democracia
es un sistema que no se consolida sino a fuerza de repartir entre los electores
destinos y favores, hasta que produce la ruina del Estado, eso aparte de que no
llega a establecerse en parte alguna sino se les engaña previamente con
promesas, de imposible cumplimiento o con la calumnia sistemática de los
antiguos gobernantes. ¿Qué se hizo del sueño de libertad para todas las
doctrinas, para todas las asociaciones? Un privilegio para los amigos, una
concesión para los enemigos, a condición de que sean buenos chicos. De la
igualdad se dice sin rebozo, desde lo alto, que no se puede dar el mismo trato a
los amigos que a los enemigos. La fraternidad se ha convertido en rencor
insaciable y perpetuo contra todas o casi todas las clases gobernantes del
régimen antiguo. Y no es eso, se dicen los que habían esperado otra cosa. Unos
culpan de ello a la maldad de los gobernantes; otros, a la de los gobernados.
"¡Hablar a esta tropa de juricidad!" Pero los hombres son los hombres. Ni tan
buenos como antes se los figuraban,; ni tan malos como ahora se dice. Los de
nuestro siglo XVI no eran mejores. Ni tampoco de una naturaleza más religiosa
que los de ahora. Las condiciones eran otras. Se les inducía a vivir y a morir
para la mayor gloria de Dios. Había en lo alto un poder permanente de justicia
que premiaba y castigaba. Sonaban más aldabonazos en la conciencia de cada uno.
Se hacía más a menudo la " toma de contacto" con Dios. El problema no consiste
en mejorar a los hombres, sino en restablecer las condiciones sociales que los
inducían a mejorarse. Es decir, si me perdonan la paráfrasis Alfonso Lopes
Vieira, el dilecto poeta portugués:"En reespañolizar España, haciéndola europea
y, a través de la selva obscura, en salvar también las almas nuestras".*
Una obra incomparable
No hay en la
Historia universal obra comparable a la realizada por España, porque hemos
incorporado a la civilización cristiana a todas las razas que estuvieron bajo
nuestra influencia. Verdad que en estos dos siglos de enajenación hemos olvidado
la significación de nuestra Historia y el valor de lo que en ella hemos
realizado, para creernos una raza inferior y secundaria. En el siglo XVII, en
cambio, nos dábamos plena cuenta de la trascendencia de nuestra obra; no había
entonces español educado que no tuviera conciencia de ser España la nueva Roma y
el Israel cristiano. De ello dan testimonio estas palabras de Solórzano Pereira
en su Política indiana:
"Si, según sentencia de Aristóteles, sólo el hallar o descubrir algún arte, ya
liberal o mecánica, o alguna piedra, planta u otra cosa, que pueda ser de uso y
servicio a los hombres, les debe granjear alabanza, ¿de qué gloria no serán
dignos los que han descubierto un mundo en que se hallan y encierran tan
innumerable grandezas? Y no es menos estimable el beneficio de este mismo
descubrimiento habido respecto al propio mundo nuevo, sino de antes muchos
mayores quilates, pues además de la luz de la fe que dimos a sus habitantes, de
que luego diré, les hemos puesto en vida sociable y política, desterrando su
barbarismo, trocando en humanas sus costumbres ferinas y comunicándoles tantas
cosas tan provechosas y necesarias como se les han llevado de nuestro orbe, y,
enseñándoles la verdadera cultura de la tierra, edificar casas, juntarse en
pueblos, leer y escribir y otras muchas artes de que antes totalmente estaban
ajenos."
Pero todavía hicimos más y no tan sólo España (porque aquí debo decir que su
obra ha sido continuada por todos los pueblos hispánicos de América, por todos
los pueblos que constituyen la Hispanidad):no sólo hemos llevado la civilización
a otras razas sino algo que vale más que la misma civilización, y es la
conciencia de su unidad moral con nosotros; es decir, la conciencia de la unidad
moral del género humano, gracias a la cual ha sido posible que todos o casi
todos los pueblos hispánicos de América hayan tenido alguna vez por gobernantes,
por caudillos, por poetas, por directores, a hombres de raza de color o
mestizos. Y no es esto sólo. Un brasileño eminente, el Dr. Oliveira Lima, cree
que en los pueblos hispánicos se está formando una unidad de raza gracias a una
fusión, en que los elementos inferiores acabarán bien pronto por desaparecer,
absorbidos por el elemento superior, y así ha podido encararse con los Estados
Unidos de la América del Norte para decirles:
"Cuando entre nosotros ya no haya mestizos, cuando la sangre negra o india se
haya diluido en la sangre europea, que en tiempos pasados y no muy distantes,
fuerza es recordarlo, recibió contingentes bereberes, númidas, tártaros y de
otras procedencias, vosotros no dejaréis de conservar indefinidamente dentro de
vuestras fronteras grupos de población irreductible, de color diverso y hostiles
de sentimientos."
No garantizo el acierto de Oliveira Lima en esta profecía. Es posible que se
produzca la unidad de las razas que hay en América; es posible también que no se
produzca. Pero lo esencial y más importante es que ya se ha producido la unidad
del espíritu, y esta es la obra de España en general y de sus Ordenes Religiosas
particularmente; mejor dicho, la obra conjunta de España: de sus reyes, obispos,
legisladores, magistrados, soldados y encomenderos, sacerdotes y
seglares...;pero en la que el puesto de honor corresponde a las Ordenes
Religiosas, porque desde el primer día de la Conquista aparecen los frailes en
América.
Ya en 1510 nos encontramos en la Isla Española con P. Bernardo de Santo Domingo,
preocupados de la tarea de recordar, desde sus primeros sermones, que en el
testamento de Isabel la Católica se decía que el principal fin de la
pacificación de las Indias no consistía sino en la evangelización de sus
habitantes, para lo cual recomendaba ella, al Rey, su marido, D. Fernando, y a
sus descendientes, que se les diera el mejor trato. También aducían la bula de
Alejandro VI, en la cual, al concederse a España los dominios de las tierras de
Occidente y Mediodía, se especificaba que era con la condición de instruir a los
naturales en la fe y buenas costumbres. Y fue la acción constante de las Ordenes
Religiosas la que redujo a los límites de justicia la misma codicia de los
encomenderos y la prepotencia de los virreyes.
La piedad de estos primeros frailes dominicos fue la que suscitó la vocación en
Fr. Bartolomé de Las Casas y le hizo profesar en la Orden de Santo Domingo,
hasta convertirle después en el apóstol de los indios y en su defensor, con una
caridad tan arrebatada, que no paraba mientes en abultar, agrandar y exagerar
las crueldades inevitables a la conquista y en exagerar también las dulzuras y
bondades de los indios, con lo cual nos hizo un flaco servicio a los españoles,
pues fue el originador de la Leyenda Negra; pero, al mismo tiempo, el inspirador
de aquella reforma de las leyes de Indias, a la cual se debe la incorporación de
las razas indígenas a la civilización cristiana
La acción de los Reyes
Ahora bien, al
realizar esta función no hacían las Ordenes Religiosas sino cumplir las órdenes
expresas de los Reyes. En 1534, por ejemplo, al conceder Carlos V la
capitulación por las tierras del Río de la Plata a D. Pedro de Mendoza, estatuía
terminantemente que Mendoza había de llevar consigo a religiosos y personas
eclesiásticas, de los cuales se había de valer para todos sus avances; no había
de ejecutar acción ninguna que no mereciera previamente la aprobación de estos
eclesiásticos y religiosos, y cuatro o cinco veces insiste la capitulación en
que solamente en el caso de que se atuviera a estas instrucciones, le concedía
derecho sobre aquellas tierras; pero que, de no atenerse a ellas, no se lo
concedía.
Los términos de esta capitulación de 1534 son después mantenidos y repetidos por
todos los Monarcas de la Casa de Austria y los dos primeros Borbones. No
concedían tampoco tierras en América como no fuera con la condición expresa y
terminante de contribuir a la catequesis de los indios, tratándolos de la mejor
manera posible. Y así se logró que los mismos encomenderos, no obstante su
codicia de hombres expatriados y en busca de fortuna, se convirtieran realmente
en misioneros, puesto que a la caída de la tarde reunían a los indios bajo la
Cruz del pueblo y les adoctrinaban. Y ahí estaban las Ordenes Religiosas para
obligarles a atenerse a las condiciones de los Reyes y respetar el testamento de
Isabel la Católica y la Bula de Alejandro VI, que no se cansaron de recordar en
sus sermones, en cuantos siglos se mantuvo la dominación española en América.
La eficacia, naturalmente, de esta acción civilizadora, dependía de la perfecta
compenetración entre los dos poderes: el temporal y el espiritual;
compenetración que no tiene ejemplo en la Historia y que es la originalidad
característica de España ante el resto del mundo.
El militar español en América tenía conciencia de que su función esencial e
importante, era primera solamente en el orden del tiempo; pero que la acción
fundamental era la del misionero que catequizaba a los indios. De otra parte, el
misionero sabía que el soldado y el virrey y el oidor y el alto funcionario, no
perseguían otros fines que los que él mismo buscaba. Y, en su consecuencia,
había una perfecta compenetración entre las dos clases de autoridades, las
eclesiásticas y las civiles y las militares, como no se han dado en país alguno.
El P. Astrain, en su magnífica Historia de la Compañía de Jesús, describe en
pocas líneas esta compaginación de autoridades:
"Al lado de Hernán Cortés, de Pizarro, y de otros capitanes de cuentas, iba el
sacerdote católico, ordinariamente religioso, para convertir al Evangelio los
infieles, que el militar subyugaba a España, y cuando los bárbaros atentaban
contra la vida del misionero, allí estaba el capitán español para defenderle y
para escarmentar a los agresores."
Y de lo que era el fundamento de esta compenetración nos da idea un agustino, el
P. Vélez, cuando hablando de Fr. Luis de León nos dice, con relación a la
Inquisición:
"Para justificar y valorar adecuadamente la Inquisición española, hay que tener
en cuenta, ante todo, las propiedades de su carácter nacional, especialmente la
unión íntima de la Iglesia y del Estado en España durante los siglos XVI y XVII,
hasta el punto de ser un estado teocrático, siendo la ortodoxia deber y ley de
todo ciudadano, como cualquier prescripción civil."
Pues bien, este Estado teocrático -el más ignorante, el más supersticioso, el
más inhábil y torpe, según el juicio de la Prensa revolucionaria- acaba por
lograr lo que ningún otro pueblo civilizador ha conseguido, ni Inglaterra con
sus hindús, ni Francia con sus árabes, ni Holanda con sus malayos en las islas
de Malasia, ni los Estados Unidos con sus negros e indios aborígenes: asimilarse
a su propia civilización cuantas razas de color sometió. Y es que en ningún otro
país ha vuelto ha producirse una coordinación tan perfecta de los poderes
religioso y temporal, y no se ha producido por una falta de una unidad
religiosa, en que los Gobiernos tuvieran que inspirarse.
Estas cosas no son agua pasada, sino un ejemplo y la guía en que ha de
inspirarse el porvenir. Pueblos tan laboriosos y sutiles como los de Asia y tan
llenos de vida como los de Africa, no han de contentarse eternamente con su
inferioridad actual. Pronto habrá que elegir entre que sean nuestros hermanos o
nuestros amos, y si la Humanidad ha de llegar a constituir una sola familia,
como debemos querer y desear y éste es el fin hacia el cual pudieran converger
los movimientos sociales y históricos más pujantes y heterogéneos, será preciso
que los Estado lleguen a realizar dentro de sí, combinando el poder religioso
con el temporal, al influjo de este ideal universalista, una unidad parecida a
la que alcanzó entonces España, porque sólo con esta coordenación de los poderes
se podrá sacar de su miseria a los pueblos innumerables de Asia y corregir la
vanidad torpe y el aislamiento de las razas nórdicas, por lo que el ejemplo
clásico de España no ha de ser meramente un espectáculo de ruinas, como el de
Babilonia o Nínive, sino el guión y el modelo del cual han de aprender todos los
pueblos de la tierra.*
El Concilio de Trento
El 26 de octubre
de 1546 es, a mi juicio, el día más alto de la Historia de España en su aspecto
espiritual. Fue el día en que Diego Laínez, teólogo del Papa, futuro general de
los Jesuitas, -cuyos restos fueron destruidos en los incendios del 11 de mayo de
1931, como si fuéramos los españoles indignos de conservarlos- ...pronunció en
su Concilio de Trento su discurso sobre la "Justificación".Ahora podemos ver que
lo que realmente se debatía allí era nada menos que la unidad moral del género
humano. De haber prevalecido cualquier teoría contraria, se habría producido en
los países latinos una división de clases y de pueblos, análoga a la que
subsiste en los países nórdicos; donde las clases sociales que se consideran
superiores estiman como una especie inferior a las que están debajo y cuyos
pueblos consideran a los otros y también a los latinos con absoluto desprecio,
llamándonos, como nos llaman, "dagoes", palabra que vendrá tal vez de Diego,
pero que actualmente es un insulto.
Cuando se estaba debatiendo en Trento sobre la "Justificación", propuso un
santísimo, pero equivocado varón, Fray Jerónimo Seripando, si además de nuestra
justicia no sería necesario para ser absuelto en el Tribunal de Dios, que se nos
imputasen los méritos de la pasión y muerte de N. S. Jesucristo, al objeto de
suplir los defectos de la justicia humana, siempre deficiente. Se sabía que
Lutero había sostenido que los hombres se justifican por la fe sólo y que la fe
es un libre arreglo de Dios. La Iglesia Católica había sostenido siempre que los
hombres no se justifican sino por la fe y las obras. Esta es también la doctrina
que se puede encontrar explícitamente manifiesta en la Epístola de Santiago el
Menor, cuando dice: "¿No veis cómo por las obras es justificado el hombre y no
por la fe solamente?"
Ahora bien, la doctrina propuesta por Jerónimo Seripando no satisfacía a nadie
en el Concilio; pero, como se trataba de un varón excelso, de un santo y de un
hombre de gran sabiduría teológica, no era fácil deshacer todos sus argumentos y
razones. Esta gloria correspondió al P. Laínez, que acudió a la perplejidad del
Concilio con una alegoría maravillosa:
Se le ocurrió pensar en un Rey que ofrecía una joya a aquel guerrero que
venciese un torneo. Y sale el hijo del Rey y dice a uno de los que aspiran a la
joya: "Tú no necesitas sino creer en mí. Yo pelearé, y si tú crees en mí con
toda tu alma, yo ganaré la pelea". A otro de los concursantes el hijo del Rey le
dice: "Te daré unas armas y un caballo; tú luchas, acuérdate de mí, y al termino
de la pelea yo acudiré en tu auxilio". Pero al tercero de los aspirantes a la
joya le dice: "¿Quieres ganar? Te voy a dar unas armas y un caballo excelentes,
magníficos; pero tú tienes que pelear con toda tu alma".
La primera, naturalmente, es la doctrina del protestantismo: todo lo hacen los
méritos de Cristo. La tercera la del Catolicismo: las armas son excelentes, la
redención de Cristo es arma inmejorable, los Sacramentos de la Iglesia son
magníficos; pero, además, hay que pelear con toda el alma; esta es la doctrina
tradicional de nuestra Iglesia. La segunda: la del aspirante al premio a quien
se dice que tiene que pelear, pero que no necesitará esforzarse demasiado,
porque al fin vendrá un auxilio externo que le dará la victoria, al parecer
honra mucho los méritos de Nuestro Señor, pero en realidad deprime lo mismo el
valor de la Redención que el de la voluntad humana.
La alegoría produjo efecto tan fulminante en aquella corporación de teólogos,
que la doctrina de Laínez fue aceptada por unanimidad. Su discurso es el único,
¡el único!, que figura, palabra por palabra, en el acta del Concilio. En la
Iglesia de Santa María, de Trento, hay un cuadro en que aparecen los asistentes
al Concilio. En el púlpito está Diego Laínez dirigiéndoles la palabra. Y
después, cuando se dictó el decreto de la justificación, se celebró con gran
júbilo en todos los pueblos de la Cristiandad; se le llamaba el Santo Decreto de
la Justificación...
Pues bien, Laínez entonces no expresaba sino la persuasión general de los
españoles. Oliveira Martíns ha dicho, comentando este Concilio, que en él se
salvó el resorte fundamental de la voluntad humana, la creencia en el libre
albedrío. Lo que se salvó, sobre todo, fue la unidad de la Humanidad; de haber
prevalecido otra teoría de la Justificación, los hombres hubieran caído en una
forma de fatalismo, que los habría lanzado indiferentemente a la opresión de los
demás o al servilismo. Los no católicos se abandonaron al resorte del orgullo,
que les ha servido para prevalecer algún tiempo; pero que les ha llevado
últimamente (porque Dios ha querido que la experiencia se haga), a desprenderse
poco a poco de lo que había en ellos de cristiano, para caer en su actual
paganismo, sin saber qué destino les depara el porvenir, porque son tantas sus
perplejidades que, al lado de ellas, nuestras propias angustias son nubes de
verano.
Todo un pueblo en misión
Toda España es
misionera en el siglo XVI. Toda ella parece llena del espíritu que expresa
Santiago el Menor cuando dice al final de su epístola, que: "El que hiciera a un
pecador convertirse del error de su camino salvará su alma de la muerte y
cubrirá la muchedumbre de sus pecados". (V, 20.) Lo mismo los reyes, que los
prelados, que los soldados, todos los españoles del siglo XVI parecen
misioneros. En cambio, durante el siglo XVI y XVII no hay misioneros
protestantes. Y es que no podía haberlos. Si uno cree que la Justificación se
debe únicamente a los méritos de Nuestro Señor, ya poco o nada es lo que tiene
que hacer el misionero; su sacrificio carece de eficacia.
La España del siglo XVI, al contrario, concibe la religión como un combate, en
que la victoria depende de su esfuerzo. Santa Teresa habla como un soldado. Se
imagina la religión como una fortaleza en que los teólogos y los sacerdotes son
los capitanes, mientras que ella y sus monjitas de San José les ayudan con sus
oraciones; y escribe versos como estos:
"Todos los que militáis
debajo de esta bandera,
ya no durmáis, ya no durmáis,
que no hay paz sobre la tierra."
Parece como que un ímpetu militar sacude a nuestra monjita de la cabeza a los
pies.
La Compañía de Jesús, como las demás Ordenes, se había fundado para la mayor
gloria de Dios y también para el perfeccionamiento individual. Pues, sin
embargo, el paje de la Compañía, Rivadeneyra, se olvida al definir su objeto del
perfeccionamiento y de todo lo demás. De lo que no se olvida es de la obra
misionera, y así dice: "Supuesto que el fin de nuestra Compañía principal es
reducir a los herejes y convertir a los gentiles a nuestra santísima fe". El
discurso de Laínez fue pronunciado en 1546; pues ya hacía seis años, desde
primeros de 1540, que San Ignacio había enviado a San Francisco a las Indias,
cuando todavía no había recibido sino verbalmente la aprobación del Papa para su
Compañía.
Ha de advertirse que, como dice el P. Astrain, los miembros de la Compañía de
Jesús colocan a San Francisco Javier al mismo nivel que a San Ignacio, "como
ponemos a San Pablo junto a San Pedro al frente de la Iglesia universal". Quiere
decir con ello que lo que daba San Ignacio al enviar a San Francisco a Indias
era casi su propio yo; si no iba él era porque como general de la Compañía tenía
que quedar en Roma, en la sede central; pero al hombre que más quería y
respetaba, le mandaba a la misionera de las Indias. ¡Tan esencial era la obra
misionera para los españoles!
El propio P. Vitoria, dominico español, el maestro, directa o indirectamente, de
los teólogos españoles de Trento, enemigo de la guerra como era y tan amigo de
los indios, que de ninguna manera admitía que se les pudiese conquistar para
obligarles a acertar la fe, dice que en caso de permitir los indios a los
españoles predicar el Evangelio libremente, no había derecho a hacerles la
guerra bajo ningún concepto, "tanto si reciben como si no reciben la fe"; ahora
que, en caso de impedir los indios a los españoles la predicación del Evangelio,
"los españoles, después de razonarlo bien, para evitar el escándalo y la brega,
pueden predicarlo a pesar de los mismos, y ponerse a la obra de conversión de
dicha gente, y si para esta obra es indispensable comenzar a aceptar la guerra,
podrán hacerla, en lo que sea necesario, para oportunidad y seguridad en la
predicación del Evangelio". Es decir, el hombre más pacífico que ha producido el
mundo, el creador del derecho internacional, máximo iniciador, en último
término, de todas las reformas favorables a los aborígenes que honran nuestras
Leyes de Indias, legítima la misma guerra cuando no hay otro medio de abrir
camino a la verdad.
Por eso puede decirse que toda España es misionera en sus dos grandes siglos,
hasta con perjuicio del propio perfeccionamiento. Este descuido quizá fue
nocivo; acaso hubiera convenido dedicar una parte de la energía misionera a
armarnos espiritualmente, de tal suerte que pudiéramos resistir, en siglos
sucesivos, la fascinación que ejercieron sobre nosotros las civilizaciones
extranjeras. Pero cada día tiene su afán. Era la época en que se había
comprobado la unidad física del mundo, al descubrirse las rutas marítimas de
Oriente y Occidente; en Trento se había confirmado nuestra creencia en la unidad
moral del género humano; todos los hombres podían salvarse, esta era la íntima
convicción que nos llenaba el alma. No era la hora de pensar en nuestro propio
perfeccionamiento ni en nosotros mismos; había que llevar la buena nueva a todos
los rincones de la tierra.*
Las misiones guaraníes
Ejemplos de lo que
se puede emprender con este espíritu nos lo ofrece la Compañía de Jesús en las
misiones guaraníes. Empezaron en 1609, muriendo mártires algunos de los Padres.
Los guaraníes eran tribus guerreras, indómitas; avecindadas en las márgenes de
grandes ríos que suelen cambiar su cauce de año en año; vivían de la caza y de
la pesca, y si hacían algún sembrado, apenas se cuidaban de cosecharlos; cuando
una mujer guaraní necesitaba un poco de algodón, lo cogía de las plantas y
dejaba que el resto se pudriese en ellas; ignoraban la propiedad; ignoraban
también la familia monogámica; vivían en un estado de promiscuidad sexual;
practicaban el canibalismo, no solamente por cólera, cuando hacían prisioneros
en la guerra, sino también por gula; tenían sus cualidades: eran valientes, pero
su valor les llevaba a la crueldad; eran generosos, pero una generosidad sin
previsión; querían a sus hijos, pero este cariño les hacía permitirles toda
clase de excesos sin reprenderlos nunca... Allí entraron los jesuitas sin ayuda
militar, aunque en misión de los reyes, que habían ya trazado el cuadro jurídico
a que tenía que ajustarse la obra misionera.
Nunca hombres blancos habían cruzado anteriormente la inmensidad de la selva
paraguaya y cuenta el P. Hernández, que al navegar en canoa por aquellos ríos,
en aquellas enormes soledades, más de una vez tañían la flauta para encontrar
ánimos con que proseguir su tarea llena de tantos peligros y de tantas
privaciones. Y los indios les seguían, escuchándoles, desde las orillas. Pero
había algo en los guaraníes capaz de hacerles comprender que aquellos Padres
estaban sufriendo penalidades, se sacrificaban por ellos, habían abandonado su
patria y su familia y todas las esperanzas de la vida terrena, sencillamente
para realizar su obra de bondad, y poco a poco se fue trabando una relación de
cariño recíproco entre los doctrineros y los adoctrinados.
El caso es que a mediados del siglo XVIII aquellos pobres guaraníes habían
llegado a conocer y gozar la propiedad, vivían en casas tan limpias y espaciosas
como las de cualquier otro pueblo de América; tenían templos magníficos, amaban
a sus jesuitas tan profundamente, que no aceptaban un castigo de ellos sin
besarles la mano arrodillados, y darles las gracias; acudieron animosos a la
defensa del imperio español contra las invasiones e irrupciones paulistas, del
Brasil; contribuyeron con su trabajo y esfuerzo en la erección de los
principales monumentos de Buenos Aires, entre otros la misma Catedral actual...
Y solamente por la mentira, hija del odio, fue posible que abandonaran a los
Padres.
Ello fue cuando aquella Internacional Patricia, de que ha hablado mi llorado
amigo D. Ramón de Basterra, se apoderó de varias Cortes europeas y decidió la
extinción de la Compañía de Jesús, como primer paso para aplastar "la infame".
Esta Internacional Patricia envió a Buenos Aires a un gobernador llamado
Francisco Bucareli, totalmente identificado con sus principios. Bucareli temió
que los indios impidieran que los jesuitas se marcharan el día de aplicar la
orden de expulsión de la Compañía, que ya llevaba consigo, y para poder
ejecutarla sin tropiezo tuvo la ocurrencia de hacer que los mismos Padres
Jesuitas le enviaran inocentemente a Buenos Aires varios caciques y cacicas, y
lo primero que hizo con ellos fue vestirlos con los trajes de los hidalgos del
siglo XVIII, bastante historiados en aquel tiempo, lo mismo en España que en
París, y decirles que ellos eran tan grandes señores como él mismo, y los demás
gobernadores y los obispos, los sentó en su mesa, les hizo oír con él misa en la
Catedral, les convenció de que no debían dejarse gobernar por los jesuitas. Y de
esta manera consiguió que aquellos pobres incautos indios perdieran el respeto y
el cariño que habían tenido a los Padres. Por otra parte, las precauciones de
Bucareli eran inútiles, porque los jesuitas aceptaron la orden de salir de los
dominios españoles con la impavidez, con la resignación, con la fuerza de
voluntad que ha caracterizado a la Orden en todo tiempo. El lenguaje que empleó
Bucareli con los indios, era el mismo, en el fondo, con que la serpiente indujo
a Eva a comer de la fruta del árbol prohibido: "Eritis sicut dii" :Seréis como
dioses. Si abandonáis a los Padres Jesuitas, seréis iguales a ellos o más
grandes aún.
Durante algunos años, en efecto, como a los Jesuitas sucedieron los
Franciscanos, no menos heroicos que ellos, las Doctrinas continuaron, aunque,
naturalmente, no tan bien como antes, porque los nuevos Padres eran primerizos
en aquellos territorios y no conocían a sus indios; pero después faltó también a
los Franciscanos la protección de las autoridades nuestras, contaminadas de
furor masónico. El resultado es que al cabo de treinta años, las doctrinas
desaparecieron, los indios volvieron al bosque, los templos construidos se
cayeron, las casas de los indígenas se vinieron abajo y el número de aquellas
pobres gentes disminuyó rápidamente, porque se vieron obligadas a luchar inermes
contra la feroz Naturaleza, que acabó por consumirlos. Tal es el fruto de las
palabras del diablo para los que las creen.
Filipinas y el Oriente
Más suerte
tuvieron los misioneros españoles en las Filipinas. Allí fue posible que
continuara la obra de las Ordenes Religiosas todo el siglo XVII y hasta el
término del siglo XIX. Es penoso, en parte, recordarlo, porque nosotros, los
hombres de mi tiempo, llegamos a la mayoría de edad cuando acontecieron aquellas
malandanzas de las sublevaciones coloniales. Nos familiarizamos y simpatizamos
con aquella figura heroica del pobre Rizal que, arrepentido, decía pocas horas
antes de ser fusilado: "Es la soberbia, Padre, la que me ha conducido a este
trance". Rizal era un artista bastante completo: poeta, novelista, pintor,
escultor y, también, músico. Pensador no lo era. De haberlo sido se habría
preguntado de dónde había venido a su espíritu la justificación de su deseo y
pretensión de que su país, Filipinas, figuraba en el concierto de las naciones
libres y soberanas de la tierra, y de que su raza, la tagala, fuera también una
de las razas gobernantes.
Hace poco, Aguinaldo, que peleó por las ideas de Rizal, empezó a revelar el
secreto, cuando escribió al solemnizar en Manila el "Día de España", el 25 de
julio, festividad de Santiago Apóstol, de 1924 en el periódico "La Defensa", de
Manila, periódico de los españoles, que España había dado a los filipinos todas
sus propias esencias espirituales, y después de recordar que en su juventud
había peleado con el general Primo de Rivera, también joven, terminaba diciendo:
"¡España! ¡España! ¡Querida madre de Filipinas!..."
En realidad, si Diego Laínez no hubiera hecho triunfar en Trento la tesis que
afirma la capacidad de los hombres para obrar bien, y si no existiera un dogma
que nos dice que todo el género humano proviene de Adán y Eva, no habría el
menor derecho para creer que los tagalos pudiera ser un pueblo gobernante como
los demás pueblos de la tierra. Entre las gentes de Oriente y las gentes de
Occidente, entre los asiáticos y los europeos (si vamos al terreno puramente
natural y científico), hay una especie de antipatía habitual. El japonés es un
hombre que sierra al recoger la herramienta; nosotros, serramos cuando la
empujamos. El japonés pega su golpe al retirar el sable; nosotros cuando lo
adelantamos. Si nosotros herimos a un japonés en lo profundo de su amor propio,
sonríe como si le hubiéramos dicho un cumplimiento. Un cuento inglés de niños
dice que un gato sentenció gravemente su opinión sobre los perros con las
siguientes palabras: "Entre los perros y nosotros no cabe inteligencia. Cuando
un perro gruñe, es que está enfadado; cuando el perro mueve el rabo, es porque
está contento; pero nosotros, los gatos, cuando gruñimos es porque estamos
contentos, y cuando movemos el rabo, por el contrario, estamos enfadados".
¡Insuperable diferencia!
Y es que si se suprimen los dogmas de la Religión Católica, si se acaba con la
creencia de que todos descendemos de Adán y Eva, y si se borra la idea de la
posibilidad de que todos los hombres se salven, porque la Providencia ha
dispensado una gracia suficiente, de un modo próximo o remoto, para su salud, no
quedará razón alguna para que las distintas razas puedan creerse dotadas de los
mismos derechos, para que los tagalos no sean nuestros esclavos, para que los
hombres no nos odiemos como perros y gatos. La fraternidad de los hombres sólo
puede fundarse en la paternidad de Dios.
La civilización filipina es obra de nuestras Ordenes Religiosas, muy
especialmente de la de Santo Domingo, y de su magnífica Universidad de Santo
Tomás, de Manila, con sus 350 profesores, sus 3.500 alumnos, sus siete u ocho
Facultades, en las que ha puesto su mejor espíritu y sus mejores maestros.
Gracias a esta obra de cultura superior, ha sido imposible que los
norteamericanos pudieran tratar a los filipinos como los holandeses a los
malayos, o los ingleses a los hindús, o los franceses a los árabes o a los
moros. Los norteamericanos se han encontrado con un pueblo que, penetrado de la
idea católica, quiere su justicia y su derecho, y que del pensamiento de que un
hombre puede salvarse, deduce que le es posible el mejoramiento en esta vida,
por lo que también podrá equivocarse, rectificarse, progresar y convertirse en
una de las razas gobernantes de la tierra. Y como los norteamericanos se
resistirán a admitir esta idea, en tanto que domine entre ellos la de una gracia
o justificación especial, en que se basa la creencia de la superioridad de unas
razas sobre otras, y como mientras los filipinos se hayen protegidos por la
bandera de la Unión, no pueden cerrarles las puertas de California, ni evitar
que sus estudiantes se conviertan frecuentemente en los alumnos mejores de las
Universidades del Oeste -cosa que repugna a los norteamericanos, pero que nunca
nos repugnó a nosotros, los españoles católicos- parece que prefieren
concederles la independencia, para no verse obligados a codearse con ellos.
El fin de las misiones
Pensad, en cambio,
cuán diversa ha sido la suerte de la India. En la India predicó San Francisco
Javier e hizo muchos miles de católicos. El propio santo ha referido la forma
maravillosa en que aprendía los idiomas indígenas, hasta poder traducir a ellos
los Mandamientos y oraciones principales, y cómo, campanilla en mano, iba
convocando gentes en los pueblos y les hacía aprenderse de memoria los
Mandamientos y después rezar las oraciones, para que Dios les ayudase a
cumplirlos, y así efectuó por la India y la China y el Japón una obra
incomparable de catequesis. Pero en la India faltó a la obra misionera el apoyo
de un Gobierno como el español. La obra del Gobierno inglés tuvo un carácter
mercantil y liberal: carreteras, ferrocarriles, bancos, orden público, sanidad,
escuelas. El liberalismo prohibe a los ingleses mezclarse en la religión, ideas
y costumbres de los hindús. Ello parece cosa muy bonita y aun excelsa; pero es
en realidad muy cómoda y egoísta. El estado actual de la India, Gandhi lo ha
descrito con un episodio de su vida. Gandhi estaba casado cuando tenía once años
de edad y comenzaba sus estudios de segunda enseñanza. Gracias a estos estudios
y a que tenía que pasar muchas horas del día separado de su mujer, no envejeció
prematuramente, hasta inutilizarse, como le ocurrió a un hermano suyo, en
análogas circunstancias. Toda la India o la mayoría de su pueblo, está
envejecida y debilitada por abusos sexuales. Muchos niños se casan a la edad de
cinco, seis u ocho años, y por eso 20.000 ingleses pueden dominar a 350.000.000
de indios. Están depauperados por su salacidad y porque no se les dice, con
energía suficiente, que pueden corregirse y salvarse, como se les ha dicho a los
filipinos, que en buena medida han conseguido vencer las tentaciones de su clima
enervante.
Ese es el resultado del sistema británico. Comparad la India con las Filipinas y
ahí está, en elocuente contraste, la diferencia entre nuestro método, que
postula que los demás pueblos pueden y deben ser como nosotros; y el inglés de
libertad, que a primera vista parece generoso, pero que, en realidad, se funda
en el absoluto desprecio del pueblo dominador al dominado, ya que lo abandona a
su salacidad y propensiones naturales, suponiendo que de ninguna manera podrá
corregirse.
Ahora nos explicamos el orgullo con que Solórzano Pereira habla en el siglo XVII
de la acción misionera de España, así como la persuasión de sus compatriotas,
que veían en España la nueva Roma o el Israel moderno. Claro que Solórzano
sustentó una tesis que la Santa Sede hizo perfectamente en no aceptar. En vista
de que los españoles habíamos realizado esa magnífica obra misionera, Solórzano
proclamaba nuestro Vice-vicariato, y en aquellos momentos, en efecto, no cabe
duda de que España ejercía algo muy parecido al Vice-vicariato en el mundo. Lo
que no podía imaginarse Solórzano era que ciento cincuenta años después, España
estuviera gobernada, como lo estuvo en tiempos de Carlos III, por ministros
masones, que iban a deshacer nuestra obra misionera.
Entonces empezó también a propagarse una teoría que ha destruido el prestigio de
las misiones en los dos siglos últimos; la de que los hombres salvajes son
superiores a los civilizados. Todo el ideario rusoniano, que ha hecho prevalecer
la democracia y el sufragio universal, se funda precisamente en esta creencia de
que el salvaje es superior al civilizado, de que el hombre natural es superior
al que Rousseau creía deformado por las instituciones de la vida civilizada. De
ello se dedujo que no hace falta que pasen los hombres por las Universidades
para que sepan gobernar, que el juicio de cualquier analfabeto vale tanto como
el del mejor cameralista, y que para gobernar no son necesarias las disciplinas
que van formando el espíritu político y la capacidad administrativa de los
hombres. Naturalmente, si los salvajes son superiores a los civilizados, ya no
hacen falta nuestras misiones, sino las suyas, en todo caso, para que vengan a
hacernos salvajes a nosotros. De ahí vino el decaimiento del espíritu misionero,
que duró algún tiempo; pero al mostrarnos la realidad que numerosas tribus son
antropófagas, que no conocen ninguna clase de vida honesta, que son mentirosas y
ladronas, y que necesitan ser civilizadas para conducirse de un modo que podamos
calificar de humano, aunque estén, de otra parte, familiarizadas con todos los
vicios sexuales y con el uso de narcóticos, que solemos creer propios de pueblos
decadentes, se ha vuelto poco a poco, a reconocer la necesidad de resucitar el
espíritu misionero en el mundo.
En España, en parte, por la obra del P. Gil, en Oña, y por la del P.
Sagarminaga, al fundar en Vitoria la cátedra de métodos modernos misioneros,
indudablemente se ha rehecho la eficacia catequista y en estos cuarenta años han
vuelto a hacerse cosas grandes en tierras de Ultramar por nuestras Ordenes
Religiosas. Y hoy podemos enorgullecernos de que en alguna región española, como
Navarra, el número de vocaciones misioneras es tan grande como en el siglo XVI*
La vuelta de las misiones
No ha de olvidarse
la obra que se realiza por los misioneros españoles en el Extremo Oriente. Han
salvado la vida de millares de niñas, cuyo infanticidio es en China muy
frecuente. Las misiones recogen las criaturitas, evitando que sus padres las
maten, y las alimentan y educan. Lo que es la vida de los misioneros nos lo
pintará el hecho de que los Agustinos tienen en la provincia de Hunán, más
grande que España, a 24 Padres, cuya subsistencia y sostenimiento de casas,
escuelas, templos, etc., importa medio millón de pesetas anuales, que les
remiten sus compañeros españoles, de los que éstos ahorran de su trabajo docente
en sus Institutos y Centros de enseñanza. Estos misioneros viven en el corazón
de la China, en la mayor soledad, y actualmente con el temor de que una invasión
comunista o una agresión bolchevique les queme la Misión o la Iglesia, pero con
la esperanza puesta en que hay, en torno suyo, hombres que les quieren, a
quienes han adoctrinado, a cuyos espíritus han llevado la fe y la caridad. Esta
es también la vida de nuestros dominicos, franciscanos y jesuitas en aquellos
países. En las fuentes del Amazonas hay también misioneros españoles, soportando
temperaturas atroces y una atmósfera saturada de humedad, donde todas las cosas
se derriten si les es posible, víctimas de las fiebres, pero perseverantes en su
empeño, como la obra de los franciscanos en Africa, comenzada en los tiempos de
Raimundo Lulio, y que tantos cientos de vidas nos cuesta, por el fanatismo y
crueldad de los mahometanos. Pero la sangre de los mártires va quebrantando la
resistencia de los islamitas al Cristianismo, y hoy es más fácil la predicación
que hace cien años, y hace cien años menos peligrosa que hace doscientos...
Pero lo que necesitarían los misioneros, para la mayor fecundidad de sus
esfuerzos, es que se produjera, en los países donde laboran, algo parecido a la
conversión de Constantino, o mejor aún, la cristianización del Estado. Porque
les falta la ayuda que, en las tierras conquistadas por la Monarquía Católica de
España, recibían del poderío, el ejemplo y la enseñanza de las autoridades
seculares, siguen siendo infieles las grandes masas del Asia y del Africa.
Ahora está el mundo revuelto. Acabo de leer un libro de un autor japonés, el Dr.
Nitobe, que termina con la profecía de que al final de todas las guerras y
revoluciones del Extremo Oriente se alzará la Cruz sobre el horizonte. Pero hay
también quien cree que no será una Cruz lo que se alce, sino la hoz y el
martillo. Esta es, a mi modo de ver, la alternativa. Las soluciones intermedias
son cada vez menos probables. O la Cruz, de una parte, diciendo a los hombres
que deben mejorar y que pueden hacerlo, y situando delante de sus ojos un ideal
infinito, o la hoz y el martillo, asegurándonos que somos animales, que debemos
atenernos a una interpretación puramente material de la Historia, que tripas
llevan pies, que no hay espíritu, que el altar es una superstición y que debemos
contentarnos con comer, reproducirnos y morir. Los que me lean ya sé que habrán
tomado su partido. Lo grave es que queden tantas gentes en España que crean de
buena fe que los religiosos estaban pagados por los Gobiernos monárquicos, que
cada uno de ellos recibía un sueldo del Estado, que son los enemigos de la
cultura y de la sociedad. Esto, a mi juicio, quiere decir sólo una cosa, y es
que hay que dedicar buena parte de nuestra energía misionera a reconquistar
nuestro pueblo. De otra parte, no me cabe duda de que tan pronto como se efectué
esta labor de reconquista -y tiene que realizarse, porque hay muchos hombres que
comprendemos la necesidad de consagrar a ellas nuestras vidas- y a medida que se
vaya efectuando, el alma española volverá a soñar con descubrir nuevas Américas
y con llevar a todos los hombres la esperanza de que puedan salvarse, lo mismo
que nosotros, lo que significa en lo humano que pueden perfeccionarse y
progresar, persuadido de esta Catolicidad o universalidad es la quinta esencia
de nuestra Religión Católica, su parte más fuerte y más segura o, cuando menos,
la que ejerce mayor influencia sobre nuestras almas superiores.
El éxito de los aldeanos
Es curioso que la
revolución actual de Cuba haya anunciado la adopción de medidas contra los
comerciantes españoles. No será la primera vez que una revolución americana
persiga a nuestros compatriotas. Tampoco será la última. El comercio español en
América es una de las cosas más florecientes del nuevo mundo, y las revoluciones
suelen ser enemigas de las instituciones que prosperan. Tampoco son afectas a
las órdenes religiosas, que en América suelen estar constituidas por españoles,
y que también progresan lo bastante para afilar los dientes de la envidia. Si la
gobernación de los pueblos hispánicos estuviera dirigida por pensadores
políticos de altura, lo que se haría es estudiar con toda diligencia el secreto
de las instituciones prósperas y desentrañar sus principios, a fin de aplicarlos
y adoptarlos a las otras; al ejército y a la enseñanza pública, al régimen de la
propiedad territorial y al de la dirección del Estado. El lector puede estar
seguro de que no hay en América instituciones de estructura más sólida que el
pequeño comercio español y las congregaciones religiosas. El día en que el
espíritu de conservación de nuestra América se sobreponga al instinto
revolucionario, no cesarán las prensas de estampar libros que estudien uno y
otras.
Entre tanto estoy cierto de que la clase más indefensa de la tierra, en punto a
buena fama, la constituyen los comerciantes españoles de América. En España no
se acuerdan de ellos más que sus familiares, beneficiados por sus giros. Lo que
aquí suele preocuparnos, y no mucho, es el comercio español con América, que es
cosa bien distinta, y que no ofrece porvenir muy seguro, porque España nunca
pudo competir en los países americanos con los grandes países manufactureros, y
mucho menos podrá hacerlo cuando estos pueblos se ven derrotados por la
competencia japonesa, que es una de las razones de que todos tiendan actualmente
a la "autarquía" o economía cerrada. De otra parte, los vinos y las frutas que
España puede exportar en gran escala se producen cada día en América en mayores
cantidades. Tampoco los hispanoamericanos pueden simpatizar demasiado con el
patriotismo español de nuestros compatriotas establecidos en sus territorios
porque preferirían que se nacionalizaran en ellos y renunciaran para siempre al
sueño de acumular un pequeño capital, que les permita regresar a su patria. Y
los españoles educados que emigran a América tampoco suelen ser amigos de
nuestros comerciantes, porque no les perdonan que progresen más que ellos, a
pesar de su mayor cultura, y esta es una de las maravillas que nadie suele
explicarse satisfactoriamente, a pesar de que no hay cosa más fácil de entender.
Es hecho sorprendente que en América prosperen más, salvo excepciones, los
españoles procedentes de aldeas que los que van al nuevo mundo de nuestras
ciudades, y más los menos educados que los cultos.
En parte se acierta cuando ello se atribuye a que los campesinos están
acostumbrados a mayores privaciones y soportan mejor la vida de trabajo y de
ahorro, indispensable en los primeros años, como base de posible prosperidad
ulterior. Digo en parte, porque una buena educación debe enseñar, sobre todo, a
sufrir, como la enseñaba la de nuestros hidalgos del siglo XVI, con sus diez o
doce horas diarias de latín en los primeros años, a las que seguían otras tantas
de ejercicio con las armas, en los años de juventud. Entonces no era frecuente
que los palurdos prosperasen más que los hidalgos, ni que realizaran más proezas
que éstos. Al contrario, la epopeya española en América es obra casi exclusiva
de los hidalgos y de los misioneros, que eran también hombres educados. Sólo que
la educación de aquel tiempo era buena. Se inspiraba en los mismos principios,
por los cuales se alaba generalmente en Alemania la influencia del antiguo
servicio militar obligatorio para endurecimiento de los cuerpos y disciplina de
las almas, y como preparatorio para la lucha por la vida. La educación actual,
en cambio, es radicalmente mala, porque no enseña a sufrir, sino a gozar. La
ventaja que tienen nuestros emigrantes campesinos sobre los urbanos y educados,
consiste principalmente en no haberla recibido. El indiano Quirós, de la
"Sinfonía Pastoral", de Palacio Valdés, se encuentra con que su hija, criada en
medio de todos los lujos, es tan endeble, que puede enfermar de tisis cualquier
día. La medicina que necesita y que la cura es la pobreza y el trabajo. Tan
extraño remedio no se le había ocurrido jamás a su buen padre. Era, sin embargo,
el mismo sistema educativo que él había recibido en su aldea y al que debió en
América el éxito y la fortuna.
Pero además ocurre que aquellas provincias que dan el mayor contingente
emigratorio: Galicia, Asturias, la Montaña, las Vascongadas, León, Burgos y
Soria, no son países sin cultura. No lo serían aunque no se cuidaran, como lo
hacen, de la enseñanza popular, ni aunque fueran totalmente analfabetos, porque
la Iglesia, las costumbres y el refranero popular se bastarían para mantener un
tipo de civilización muy superior al que producen, por punto general, las
escuelas laicas y la prensa barata.
Es curioso, al efecto, que España no fue país de alta cultura sino cuando
carecía de Ministerio y de presupuesto de Instrucción Pública. Pero si los hijos
de las regiones y clases sociales menos afectadas por las nuevas ideas son los
que se desenvuelven con más éxito en América, la razón no es solamente la
negativa de ser las menos contaminadas de los falsos valores de la modernidad,
sino la positiva de conservar, por eso mismo, con mayor pureza, los principios
de vida de la España tradicional histórica. Mientras la educación moderna, con
su carácter enciclopédico en los grados primarios y secundario y especializado
en el superior, no parece proponerse otro objeto que desplegar ante los ojos
admirados del alumno los productos de la cultura, con lo que no forma sino almas
apocadas, que necesitarán la sopa boba del Estado para no morir de hambre, la
educación antigua se empeñaba en obtener de cada hombre el rendimiento máximo.
Parece que sus principios se conservaran vivos en nuestro pueblo campesino, y
que por ello han organizado de tal modo sus comercios los españoles de América,
que pueden esperar de cada dependiente el esfuerzo mayor y más perseverante de
que es capaz.
El sistema comanditario
La perfecta
compenetración de intereses y de espíritu entre el principal y sus empleados,
que caracteriza al sistema comanditario del comercio español en América, y que
es el secreto de su éxito, se obtiene mediante la confianza que tiene cada
dependiente de que, si muestra actividad e inteligencia en su trabajo, llegará
día en que se le interesará en el negocio, y otro en que su mismo principal le
ayudará a establecerse por su cuenta, con lo cual le será posible el ascenso a
una clase social superior a la suya. El que empieza barriendo una tienda a los
trece o catorce años de edad, puede concebir la esperanza de ser dependiente de
mostrador antes de los veinte, y habilitado antes de los treinta, y socio
industrial antes de los cuarenta, y patrono algo después. En el fondo no se
trata sino de la aplicación al comercio del antiguo sistema gremial, con su
jerarquía de aprendices, oficiales y maestros, en la que sólo llegaba a la
suprema dignidad de su arte quien hubiera producido una obra maestra, sin la
cual no se le permitía dar trabajo a otros hombres o desempeñar cargo alguno en
el gremio o cofradía de su oficio. Pero entonces se le abrían las dignidades de
la ciudad. Si el albañil o carpintero, podía encargarse de la construcción de
alguna abadía o catedral, y aún llegar a ser miembro de la real casa, en calidad
de maestro de obras del Rey, era porque la Edad Media, que fue una edad
cristiana, fundaba sus instituciones en la necesidad que tiene el hombre de que
no se le muera la esperanza, virtud que no subsiste tampoco sin la base de la fe
y sin el remate de la caridad, pero que se alimentaba con la persuasión de que
mejoraría la posición de cada operario, según las excelencias de sus obras, lo
que explica, de otra parte, que fueran tan maravillosos los edificios de aquella
época.
En el fondo, el principio que anima al comercio español en América es el mismo
que constituía la quinta esencia de nuestro Siglo de Oro: la firme creencia en
la posibilidad de salvación de todos los hombres de la tierra. Se trata de
proveer a cada uno de la coyuntura que le permitan alzar su posición en el
mundo. Con ello no se dice que habrán de aprovecharla todos, porque muchos son
los llamados y pocos los elegidos. Lo que se hace es aplicar a las cosas de
tejas abajo la parábola del padre Diego Laínez en el Concilio de Trento. Se
concede a cuantos aspiran a vencer el torneo un caballo magnífico y armas
excelentes, ya que la gracia de Dios es asequible a todos, pero después se
espera que cada candidato luchará desesperadamente por el triunfo. También ha de
poner toda su alma el dependiente que aspire a ganarse la confianza de su
principal. Ha de cifrar sus ilusiones en la prosperidad del negocio. Pero cuenta
con la esperanza firme de mejorar de posición, al cabo de su largo esfuerzo, y
el español de alma previsora prefiere optar a un premio que valga la pena,
aunque solo lo obtenga después de muchos años, con lo que sacrifica el día de
hoy al de mañana, que ocuparse en uno de esos grandes comercios extranjeros de
América, donde probablemente se le pagará mejor con menos trabajo, pero donde no
tiene la menor esperanza de que se le llegue a interesar en el negocio, por lo
que renuncia a sacrificar el porvenir al día de hoy.
Con el señuelo del ascenso futuro de cada empleado, logra el comercio español de
América la perfecta identificación del principal y los dependientes, que es lo
que le permite afrontar con buen ánimo la concurrencia de otros comerciantes y
los malos tiempos. Es un comercio que carece de capitales iniciales propios y
que trabaja a crédito y, sin embargo, prospera y se difunde, hasta en
competencia con el de los chinos, que viven con nada, y con el de los sirios,
descendientes de los fenicios de Sidón y Tiro y aptos como ellos para el
tráfico. En el Centro de Almaceneros, de Buenos Aires, hube de preguntar si
prosperaban los españoles en el comercio de comestibles al por menor, que es lo
que se llaman "almacenes" en la Argentina, y me encontré con la sorpresa de que
hace cincuenta años dominaban el ramo los italianos en la capital, pero que
habían tenido que ceder el puesto a los españoles. Y es que los italianos no han
podido lograr identificar los intereses de los principales con los de los
dependientes, porque no aciertan a desprenderse de sus comercios, en beneficio
de sus empleados, tan fácilmente como los españoles, sino que los suelen
conservar hasta última hora, y entonces son sus hijos los que los heredan.
En los pequeños comercios españoles vive el principal con sus dependientes en
una relación de intimidad que no es obstáculo para que se mantengan
escrupulosamente los respetos debidos a la jerarquía y a la edad. En los malos
tiempos se reducen y encogen los gastos. En el campo de Cuba el principal y sus
dependientes suelen tender el catre en el mostrador y vivir en la tienda, comen
juntos, trabajan todos dieciocho horas al día y ello todo el año, domingos
inclusive, porque la molienda no suele interrumpirse en los ingenios ni en los
días festivos, y apenas si tienen ocasión de visitar la villa una o dos veces al
año. Por eso cuando los americanos entraron en Cuba a raíz de la guerra de 1898
e intentaron abrir toda clase de establecimientos, no tardaron en batirse en
retirada ante la competencia del comercio español, que se contentaba con menores
beneficios y conocía mejor a sus clientes, para negarles o concederles crédito.
Y es que los norteamericanos se habían enfrentado con un principio espiritual
superior al suyo. Ellos lo fiaban todo al mayor capital y a la posibilidad de
pagar a la dependencia con mayores salarios. El comercio español, en cambio, se
basaba en principios de solidaridad y de justicia y en la virtud de la
esperanza.
La actual crisis
Es verdad que al
sistema comanditario del comercio español pueden oponérseles consideraciones de
orden familiar, que le han creado muchos enemigos en los países de América. El
español cree justo que la tienda pase al dependiente que más se ha interesado en
su prosperidad, con lo cual es posible que se perjudiquen los hijos del
principal. En muchos casos no hay tal perjuicio, porque esos hijos suelen
preferir las carreras liberales al comercio y son pocos los padres que se
deciden a hacer sufrir a sus hijos los trabajos y penalidades que implica la
profesión de tendero en sus grados inferiores. De otra parte, hay que considerar
que los dependientes no se hubieran sacrificado tantos años por la tienda,
pudiendo acaso ganar mejores sueldos en otra ocupación, sino con la mira de que
no se les defraude en su esperanza de llegar algún día a habilitados y socios
industriales. En todo caso, el orgullo de los comerciantes españoles de América
consiste en facilitar el avance de sus antiguos dependientes y entre las
colectividades españolas alcanza mayor fama el que ha dado medio de establecerse
por su cuenta al mayor número de dependientes. Hay casos de hombres que, por
haber pasado del comercio al detalle al comercio al por mayor y haber vivido
tiempos prósperos, han podido establecer a veinte y aun a treinta dependientes
antiguos, y estos próceres gozan en nuestras colectividades de una aureola que
envidiarían nuestros grandes de España.
En cierto modo es explicable que los Gobiernos criollos procuren evitar este
desarrollo del comercio español con toda clase de medidas, como el cierre
dominical de los comercios, la imposición de horas de descanso para la
dependencia y aún la obligación a los patronos de emplear a dependientes del
país, por lo menos en cierta proporción. Hay países de América donde la pobreza
ha resuelto el problema, porque los principales se ven obligados a emplear a sus
hijos en la tienda casi desde su infancia, con lo que los comercios pasan,
naturalmente, a manos suyas. El problema no surge sino donde la prosperidad es
suficiente para evitar a los hijos los trabajos más duros, y no sería justo
privar de su recompensa al dependiente que apechuga con ellos. Los antiguos
gremios solían resolverlo con los años de aprendizaje, en que el hijo del
maestro salía a correr tierras, y a aprender el oficio bajo la disciplina de
otros maestros; años de correrías y de amores, los "Wanderjahre", que cantan
todavía los poetas de Alemania. Es posible que toda la América española se
empobrezca a tal punto, que desaparezca la cuestión. Pero con ello no perderá su
validez el principio en que se inspiran nuestros comerciantes. Las almas bajas
rinden su mayor esfuerzo por un estímulo inmediato, pero las almas superiores
prefieren sacrificar el presente al porvenir. Todas las instituciones deberían
organizarse de tal modo, que las dignidades supremas correspondieran a los
sacrificios más perseverantes, para que todos los hombres puedan esperar que, si
se esfuerzan por lograrlo, les aguarde, como premio de sus trabajos, una vejez
honrosa y respetada. Y no es pequeña maravilla esta de que, en pleno siglo XX,
el principio central de la Hispanidad: la fe en el hombre, la confianza en que
pueda salvarse, si se esfuerza con energía y perseverancia en ello, actúe con el
mismo éxito entre la prosaica economía del comercio americano, que entre los
graves teólogos del Concilio de Trento.
Las dos Américas
André Siegfried,
en su obra sobre "Los Estados Unidos de hoy", ha pintado de un trazo los
esfuerzos de la gran República norteamericana durante la posguerra definiéndolos
como "la reacción activa del elemento viejo-americano contra la insidiosa
conquista del elemento de sangre extranjera". El pueblo norteamericano se siente
internamente en peligro y "procura su salud buscando su fortaleza en las fuentes
mismas de su vitalidad". Amenazado en lo físico -porque las estadísticas le
dicen que el antiguo elemento anglosajón no sólo disminuye relativamente a
otros, sino de un modo absoluto, por la gran proporción que no se casa, más un
13 por 100 de matrimonios estériles y un 18 que no tienen más que un hijo-,
hasta hace poco tiempo podía consolarse con la esperanza de asimilar a sus ideas
a las multitudes inmigrantes. Esa esperanza se ha desvanecido. Los
norteamericanos han llegado a la conclusión de que no pueden inculcar su manera
de ser sino entre los europeos nórdicos de religión protestante: ingleses,
escoceses, escandinavos, holandeses y alemanes. Y como los nórdicos católicos,
irlandeses o canadienses, los europeos mediterránicos, los españoles e
hispanoamericanos, los eslavos y los judíos se resisten a dejarse asimilar, los
norteamericanos, con las nuevas leyes de inmigración, les han cerrado el acceso
a su país, a pesar de que, ya en los comienzos del siglo XVI, el padre Vitoria
consideraba atentatorio al derecho de gentes prohibir a los extranjeros viajar
por un territorio o habitarlo permanentemente.
El viejo-americano está contento consigo mismo; lo estaba, cuando menos, antes
de la crisis que empezó en octubre de 1929. Se cree seguro del éxito, de la
victoria, de la libertad, de su sabiduría política, de su capacidad industrial.
Se halla convencido de que lo mejor que puede suceder a los pueblos inmigrantes
es dejarse dirigir por el antiguo elemento puritano de América. Por eso creyó
antes que con un régimen de libertad y de igualdad se los asimilaría sin
esfuerzo. Pero puesto que no es así, hay que mantener a toda costa "los derechos
casi ilimitados del cuerpo social, en su defensa contra los elementos
extranjeros o los fermentos de disolución que amenazan su integridad". El
norteamericano no quiere mestizajes. Gracias a su política de desdén y exclusión
respecto de los negros, se jacta de que su patria no llegará a ser en lo futuro
"un segundo Brasil". El ideal sería que prevaleciese eternamente "el puritano de
tradición inglesa, satisfecho y seguro de sus excelentes relaciones con Dios".
Con ello no dice M. Siegfried cosa nueva a los lectores informados, pero los
periódicos franceses, al ver en la guerra que el Ejército norteamericano
prefirió establecer sus bases en San Nazario y en Burdeos y no en los puertos
del Canal de la Mancha, donde tenían las suyas los ingleses, imaginaron que
ingleses y norteamericanos se detestaban. M. Siegfried hace bien en decirles que
en los Estados Unidos hay una tradición no escrita, por cuya virtud "la
ascendencia angloescocesa es casi necesaria para ocupar los altos cargos"; lo
aristocrático, en la América del Norte, es lo de origen angloescocés, y la razón
de que los Estados Unidos entraran en la guerra "fue el mantenimiento de la
hegemonía anglosajona, común a los ingleses y norteamericanos", aunque M.
Siegfried ha podido añadir que ingleses y norteamericanos se la disputan entre
sí desde hace más de un siglo.
Esta es la verdadera relación de los Estados Unidos e Inglaterra: rivalidad
recíproca y solidaridad profunda, en momentos de peligro, frente al resto del
mundo. ¿Y no es esta una relación admirable y que debiera servir de ejemplo a
los pueblos de Hispanoamérica y de España? Sólo que éste es obviamente un modelo
que no podemos imitar. Ni españoles ni hispanoamericanos nos creemos superiores
a los demás pueblos, ni nos lo creíamos jamás, ni siquiera cuando teníamos la
certidumbre de estar librando "las batallas de Dios", porque una cosa es creer
en la excelencia de nuestra causa y otra distinta envanecerse de la propia
excelencia. Nunca pensamos que Dios hubiera venido al mundo para nosotros solos,
sino que peleamos precisamente por la creencia, vieja como la Iglesia, pero
olvidada, desconocida o negada por las sectas, de que Dios quiso que todos los
hombres fuesen salvos. Y aunque también los españoles y todos los pueblos
hispánicos supimos enorgullecernos de ser campeones y defensores del
Catolicismo, no por ello nos imaginamos nunca que éramos, "por decirlo así",
como escribe Menéndez y Pelayo en su estudio sobre Calderón: "el pueblo elegido
por Dios, llamado por El para ser brazo y espada suya, como lo fue el pueblo de
los judíos", sino que preferimos pensar que éramos nosotros los que, de propia
iniciativa, habíamos elegido la defensa de la causa de Dios. En el primer caso,
de habernos sentido ser pueblo elegido, habría reinado entre los pueblos
hispánicos la misma rivalidad y solidaridad que entre los anglosajones:
rivalidad, por mostrar que era cada uno de nosotros el más elegido entre los
elegidos, y solidaridad, frente al tumulto de los demás pueblos no favorecidos.
Pero lo que nosotros sentimos no fue la superioridad de seres escogidos, sino la
de la causa que habíamos abrazado, y era lógico que al desengañarnos o
resfriarnos o fatigarnos de la común empresa, cada uno de nuestros pueblos se
fuera por su lado.
Es posible que a ello haya contribuido la dispersión geográfica de los pueblos
hispánicos y que hubieran conservado mayor unidad espiritual, tanto entre sí
como con la metrópoli, de haber formado un todo continuo, como el de los Estados
Unidos, pero si las condiciones geográficas pueden ser obstáculo para las
relaciones económicas, no lo son para la comunidad de la fe. Aquí hay que
afirmar en absoluto la primacía de lo espiritual. El Imperio hispánico se
sostuvo más de dos siglos después de haber perdido Felipe II, en 1588, el
dominio del mar, que en lo material lo aseguraba, y se hubiera sostenido
indefinidamente -aun después de llegadas a su mayoría de edad las naciones
americanas y afirmada su independencia como Estados, si se juzgaba conveniente-
de haber conservado el ideal común que las unía entre sí y con España. Porque es
muy probable que la solidaridad racial que une a los ingleses, a sus colonos y a
los norteamericanos no logre mantenerse sino en tiempos de bonanza, que parecen
justificar la creencia en la propia superioridad. La solidaridad en el ideal
resiste, en cambio, a la derrota, y por ello pudo soportar, sin quebrantarse, el
Imperio español las paces de Westphalia y de los Pirineos, de Lisboa y de
Aquisgrán, y todas las otras que fueron señalando el declive de España en
Europa. En la guerra de sucesión, durante los quince años primeros del siglo
XVIII, se halló España invadida por tropas extranjeras, sin que nadie, en
América o en Filipinas, pensara en sublevarse. Pero perdimos la unidad de la fe
en el curso del siglo enciclopédico. Los mismos funcionarios españoles lo
pregonaron en los países hispanoamericanos, con lo que se la hicieron perder a
ellos. Y entonces, a la primera crisis grave, cada uno de nuestros pueblos se
fue por su camino; unos a buscar inmigrantes que los europeizaran; otros, a
seguir a los caudillos que les salieron de entre las patas de los caballos,
según la frase de Vallenilla Lanz; otros, a soñar con la teocracia; otros, a
imaginarse la restauración de los incas o de los aztecas.
Y aún estamos en ello.
El desorientado siglo XIX
Lo peor no fue,
sin embargo, que los pueblos hispanoamericanos se fueran cada uno por su lado,
sino que, apenas se sintieron independientes, se dieran a pelear consigo mismos,
con tanta falta de sentido que, a las décadas de confusión y lucha, no se las
encontraba otra salida que otras décadas de dictadura y de silencio; y como esta
alternativa de tiranía y caos parece ser fatal a los pueblos hispánicos, los
escritores políticos de la América española no han cesado de preguntarse durante
un siglo si no tiene la culpa de todo ello la herencia española o la sangre
india.
Es evidente, en efecto, que los pueblos de Hispano América no han sabido ajustar
su vida a los patrones de Montesquieu o de Rousseau. Pero en vez de preguntarse
si hay algún pueblo que lo haya conseguido y si la misma Francia debe tanto su
estructura política a la revolución del siglo XVIII como a su Monarquía
milenaria, numerosos publicistas hispanoamericanos han preferido cortarse las
venas de su sangre española y olvidarse para la formación de su cultura hasta de
que ha existido España. Excusado es decir que el ejemplo de nuestras guerras
civiles del pasado siglo y la perplejidad e incertidumbre de nuestros Gobiernos
ante los grandes problemas del mundo, no hacían sino echar leña al fuego del
antiespañolismo. Y aunque en los últimos treinta años ha habido pensadores que,
como el uruguayo Herrera o el argentino Arrayagaray, han visto claro que el
culto de la revolución francesa ha sido funesto para sus compatriotas, todavía
se mantiene en América la tradición antiespañola -las Universidades suelen
alimentar este fuego profano- y se sigue pensando, aunque no ya por los mejores,
que civilizar es desespañolizar y que la culpa de que allí no se viva más a
menudo con arreglo a derecho, la tienen los españoles o los indios, o entrambos
combinados.
La Historia, en cambio, nos dice que en América se vivió, durante siglos, en paz
y en gracia de Dios; los mismos siglos que en España, con la diferencia de que
América progresaba todo el tiempo y tan deprisa, que sus pueblos se hacían
grandes y mayores, quizás antes de su hora, mientras que a la Metrópoli no la
dejaban levantar cabeza las vicisitudes de la política europea. La razón de
aquella prosperidad es que los pueblos hispánicos estaban unidos por un ideal
común universalmente acatado, como era la empresa de civilización católica que
estaban realizando con las razas indígenas, y que vivían bajo una autoridad
también común y por todos respetada, como era el Rey de España. Estas fueron las
dos condiciones de la prosperidad de los pueblos hispánicos: el ideal y la
autoridad comunes, y la más importante de las dos fue el ideal. Ello se pudo ver
en los quince años de la guerra de Sucesión. Faltó el Rey, pero los americanos y
los filipinos dejaron que los españoles decidieran si había de ser Carlos de
Austria o Felipe de Borbón, y siguieron obedeciendo a la idea platónica de un
Rey inexistente, en cuyo nombre gobernaban los virreyes y hacían justicia las
audiencias. En 1810, en cambio, no sólo faltó el Rey, sino la unidad del ideal,
y los pueblos de América creyeron llegada la hora de hacer cada uno lo que le
viniera en ganas. Los mismos llaneros venezolanos que primero pelearon con Boves
por el Rey de España y contra Bolívar, se batieron después con el mismo
ardimiento por la independencia americana a las órdenes de Páez.
Y es que la unidad del ideal se había roto. Los indios se echaron a dormir y los
criollos se dijeron: "Si no hay Dios, todo es en vano. ¿Qué queda entonces?
Caprichos de poder o caprichos de placer, y lo esencial no es tanto el objeto
del capricho como satisfacerlo en el instante." De ahí la preferencia de la
política sobre el trabajo, y de la revolución sobre la propaganda. Los varones
graves protestaban. Sarmiento y Alberdi hubieran querido que los argentinos
fuesen belgas o daneses. Alberdi pedía que se poblase artificialmente la
Argentina de europeos del Norte, porque la inmigración del Sur: españoles,
italianos, eslavos, etc., le parecía incapaz de educarse "en la libertad, en la
paz y en la industria". Pero flamencos y escandinavos son pacíficos mientras
viven en sus tierras estrechas, donde la subsistencia de sus poblaciones
excesivas tienen por base el orden. Los holandeses trasplantados al Africa del
Sur tienen muy poco de pacíficos, y los pueblos de Australia y Nueva Zelanda no
son, en conjunto, superiores a los de Chile y la Argentina. Los varones graves
de la América hispana se desesperaban al advertir que sus países no sentían los
ideales de riqueza, cultura e higiene con la misma reverencia que la religión en
otros tiempos. Pero sus pueblos, al oírles, se preguntaban: ¿Para qué?
Al morir Simón Bolívar, exclamó: "¡Los tres más grandes majaderos de la Historia
hemos sido Jesucristo, Don Quijote... y yo !". Y comenta finamente Teófilo
Ortega que ello demuestra que Bolívar había conseguido sus fines: "Nadie pensaba
que lo que perseguía era eso. Esto no era aquello. Y aquello no llegará jamás".
Bolívar se encontró con el desengaño inevitable a todo el que quiere lo relativo
con el amor que se debe a lo absoluto. Ya lo dijo un francés: "¡Era tan hermosa
la República en tiempos del Imperio!" Hace cuarenta años tropecé yo con un
cubano a quien se le subían de pura admiración las lágrimas a los ojos cuando
hablaba de los hoteles de Nueva York y de sus ascensores, y de cómo oprimiendo
un botón entraba en el cuarto una criada con un vaso de agua helada y cómo
tocando otro botón salía por un grifo el agua hirviendo. Y desde Madrid hemos
presenciado todo un cuarto de siglo el espectáculo de un hispanoamericano de
gran talento y que no creía en nada, como Gómez Carrillo, pero que diariamente
doblaba la rodilla ante los placeres, las perversidades y "El alma encantadora
de París". En todo el siglo XIX y en el comienzo del XX, menudearon en la
Hispanidad las almas escogidas que se enamoraban de minucias, con amor digno de
mejor causa, mientras pueblos enteros se echaban a dormir por falta de ideal y
los próceres se enfurecían con sus compatriotas y les lanzaban venablos y
centellas por no entusiasmarse con sus ideales de escuela y de despensa.
Sólo que su postrera exclamación demuestra que Bolívar, hombre de más corazón
que sabiduría, no se dio cuenta clara de que Don Quijote no es un personaje de
la Historia, ni de que Jesucristo no sintió, ni en la cruz, el desengaño de su
ideal. Ello lo explica San Pablo cuando decía de la caridad que es paciente y
benigna, no envidiosa, ni ligera, ni soberbia, ni ambiciosa, ni aprovechada, ni
mal pensada, ni iracunda: "Todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera,
todo lo soporta". El espíritu inflamado por genuinos ideales absolutos no se
desencanta por que los otros hombres no sean santos. Sabe que está en el mundo
para poner a los demás en el camino de su santificación, que es también el de su
deificación, y sabe igualmente que para esta empresa infinita tendrá que echar
mano de todos los instrumentos aprovechables: la escuela y la despensa, los
caminos, la higiene y la cultura. Todo lo relativo se ordenará en la dirección
de lo absoluto, todos los medios hallarán su justificación en función de los
fines. Pero si falta lo absoluto, lo relativo pierde su valor. Y para los
pueblos que han conocido los ideales supremos escribió Dostoievski su dilema: "O
el valor absoluto o la nada absoluta", que es la razón de que los próceres de
América no debieran avergonzarse de que sus indios hayan preferido la ociosidad
y la miseria a la tentación de los salarios elevados, desde el día funesto en
que dejaron de oír aquella voz del Evangelio que los estaba levantando, no sólo
en lo moral, sino también en lo económico.
Pero de estas incertidumbres hispanoamericanas del siglo XIX tiene la culpa el
escepticismo español del siglo XVIII.
La extranjerización
De los
sentimientos antiespañoles de los hispanoamericanos en el siglo pasado, España
misma es la originadora, cuando no la responsable. El agua de las fuentes suele
venir de lejos y las inepcias de los periodistas españoles que no hace mucho
tiempo califican de capciosos los gritos de ¡Viva España!, tienen también remoto
origen. No sé si ello servirá de consuelo a nuestros compatriotas de América
cuando se angustien por algún ataque antiespañol, pero yo lo sentí cuando me
enteró Basterra, en Los Navíos de la Ilustración, de que el ambiente espiritual
en que se formó Simón Bolívar fue el que habrían creado en Caracas los mismos
españoles y ello porque me dije que lo que nosotros habíamos destruido: el
prestigio de nuestra tradición, nosotros mismos podríamos rehacerlo, al menos si
la Divina Providencia nos quiere devolver el buen sentido.
En su libro sobre Libertad y Despotismo en Hispanoamérica, Mr. Cecil Jane ha
dicho que "Carlos III fue el verdadero autor de la Guerra de la Independencia",
y ello porque: "Al tratar de organizar sus dominios sobre base nueva destruyó en
su sistema de gobierno los caracteres mismos que habían permitido que el régimen
español durase tanto tiempo en el Nuevo Mundo". Es demasiada culpa para un
hombre solo. Alguna cabría a sus antecesores y a los virreyes, gobernantes,
magistrados y militares, muchos de ellos masones, que España enviaba a América
en el siglo XVIII, llenos de lo que se creía un espíritu nuevo. La
responsabilidad fue, en suma, de la España gobernante en general, que renegaba
de sí misma, en la esperanza de agradar a las naciones enemigas y sobre todo a
Francia, porque, como escribía Aranda a Floridablanca en 7 de junio de 1776:
"Rousseau me dice que, continuando España así, dará la ley a todas las naciones,
y aunque no es ningún doctor de la Iglesia, debe tenérsele por conocedor del
corazón humano, y yo estimo mucho su juicio"; cosa que no pudiéramos decir
nosotros de estas apreciaciones.
Aún no se ha escrito el libro de la historia que nos cuente el proceso de
nuestra extranjerización. No faltan los documentos para ello, sino el
historiador: la imaginación, el vuelo filosófico, el valor de pensar por cuenta
propia. Para todo ello fue Menéndez Pelayo nuestro libertador, pero aún espera
continuadores de su empuje. Quizás se entienda brevemente lo que aconteció a los
españoles con el ejemplo de lo que está ocurriendo en Francia. Desde que declinó
el Sacro Imperio Romano Alemán, apenas se han preocupado los franceses más que
de impedir que los pueblos germánicos constituyan un gran Estado nacional,
temerosos de que entonces sea suyo el poderío máximo de Europa. Aún no han
logrado los alemanes realizar totalmente su empeño. Aún es posible, aunque
improbable, que Francia lo evite. Ahora bien; si se observa que ya en la
actualidad, y desde hace bastante tiempo, Francia no respeta y admira a más
nación extranjera que a Alemania; que, en el pecho de sus grandes intelectuales
Francia está germanizada desde el tiempo de madame Stãel; y que sólo ahora,
desde la última guerra y pocos años antes, se esfuerzan algunos franceses por
desgermanizarse el alma, no sería disparatado suponer que si los alemanes
acabasen por realizar su aspiración, cosa que no podría acontecer sin que
Francia sufriera un gran desastre o una serie progresiva de fracasos, quedarían
tan persuadidos los franceses de la superioridad de Alemania que no pensarían ya
en lo sucesivo sino en imitarla y emularla.
También los españoles tuvimos a Francia bloqueada durante siglos: por el Norte,
con la posesión de Flandes y de Arras; por el Este, con la del Franco-Condado;
por el Sudeste, con la de Milán, y más al Sur los reyes de Aragón habían
arrebatado Nápoles y Sicilia a la Casa de Anjou. D. Gabriel Maura (Carlos II y
su Corte, vol.II, pág. 420) califica de "error casi secular" el de España al
empeñarse en mantener, aliada de Alemania, la hegemonía en Europa. M. Bertrand,
en su Historia de España, dice que aquélla fue una: "lucha por seguir siendo
gran potencia europea". Y en ello hay parte de verdad, pero no peleábamos tan
sólo por un ansia de hegemonía, sino por el empeño religioso de la
Contrarreforma y por el anhelo de ayudar al Sacro Imperio Romano Alemán, como la
espada temporal de la Iglesia. Más que el deseo de poder eran la fe y la honra
quienes nos detenían en la Europa central. Y lo importante para nuestro
razonamiento es que sentíamos todo el tiempo que la empresa era superior a
nuestras fuerzas y que Francia consolidaba su posición frente al Imperio y
frente a España, y a veces, como en los tiempos de Carlos II, frente a
Confederaciones poderosas, en que entraban también Holanda, Suecia e Inglaterra.
En las décadas últimas del siglo XVII Francia tuvo que aparecerse a los ojos de
nuestros gobernantes como la potencia irresistible. Nuestros ojos quedaban
fascinados mirándola crecer. Carlos II y sus consejeros llegaron al
convencimiento de que el Imperio español sólo podría conservarse asegurándose la
amistad de Francia, y la procuraron con el testamento que otorgaba a Felipe de
Anjou el cetro de las Españas. Las lises borbónicas, es decir, el sentido
terrestre y positivo, habían vencido a las bicéfalas águilas austriacas: por
águilas, emblema de la inmortalidad y por sus dos cabezas, Oriente y Occidente,
cíngulos del orbe. Y entonces surgió el ideal de convertir España en otra
Francia. Los franceses no eran contrarios. Luis XIV escribía en sus
instrucciones secretas al Delfín, cuando ya ocupaba Felipe V el trono de Madrid,
que no debía olvidarse nunca de que las Monarquías española y francesa se
condicionaban de tal modo que no podía prosperar la una sin detrimento de la
otra. Pero el auge de Francia nos hizo perder el equilibrio espiritual. Dejamos
de tener lo que para un país civilizado es tan importante como el ser, a saber,
la conciencia clara de nuestro ser y de su sentido. Generaciones sucesivas de
españoles se fueron educando en la persuasión de que la vida verdadera era la de
Francia o en todo caso la de algún otro pueblo y en la más completa ignorancia
del espíritu que anima nuestra historia. Donoso Cortés cuenta que: "En la
Exposición de Londres (1851) hubo días en que el número de los españoles fue
allí mayor que en Madrid". Y comenta, entristecido: "Tornáronse curiosos y sin
asiento los que nunca se movían sino para conquistar la tierra o visitar los
países conquistados".
Durante dos siglos los escritores españoles han vivido en su patria como
desterrados, leyendo todo el tiempo libros extranjeros. Y no es que busquen,
como escribía "Fígaro" en La polémica literaria: "un buen original francés de
donde poder robar aquellas ideas que buenamente no suelen ocurrírseme", pero sí
que los de más talento estaban persuadidos de que sus compatriotas no podían
decirles nada de interés. Con ello nos cerrábamos al entendimiento de lo
nuestro, con lo que cegábamos de paso nuestras propias fuentes creadoras, pero
es que hemos estado secularmente persuadidos no tan sólo de que "no fue por
estas tierras el bíblico jardín", sino de que nunca fuimos una potencia
civilizadora de primera categoría. El propio Donoso Cortés, cuando escribía su
libro sobre La diplomacia, en 1833, colocaba sin reparos a Francia al frente de
la civilización universal, y cuando un crítico le reprochaba los galicismos de
su estilo respondía desenfadadamente que: "Nadie se puede elevar a la altura de
la Metafísica con los auxilios de una lengua que no ha sido domada por ningún
filósofo". Entretanto Balmes, a quien no quiso el Cielo darle el menor talento
para la poesía, cincelaba la prosa admirable con que escribió la Filosofía
fundamental, y el mismo Donoso, unos años después, cuando se le cayeron las
vendas de los ojos, escribía su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el
socialismo, no ya con don de lenguas, sino con lo que vale mucho más, según San
Pablo, con espíritu de profecía: "Porque mayor es el que profetiza que el que
habla lenguas" (Nam major est qui prophetat, quam qui loquitur linguis, I Cor.
XIV, 5).
La nación entera ha estado pendiente de lo que disponía el extranjero para saber
lo que tenía que vestir, que comer, que beber, que leer, que pensar. Patriotas
tan insignes como Cánovas dejaban caer la terrible sentencia: "Son españoles...
los que no pueden ser otra cosa". Magníficos temperamentos nacionales como el de
la Emperatriz Eugenia se educaban sin tener en la cabeza la menor idea de que
España era algo más que un país de vinos, flores y cantares. Todavía ahora mismo
se oye decir a gentes que llevan en los apellidos media historia de España que
es una desgracia ser español y no sueñan sino en huir a la realidad
desagradable, en vez de concertar los ánimos contra las calamidades y
"destruirlas combatiéndolas", como hubiera hecho Hamlet, de no haber sido
Hamlet.
Parece como que nos poseyera algún espíritu que nos excitara todo el tiempo a
ser otros, a no ser quienes somos. Y menos mal aún, porque con ese empeño de
imitar y emular al extranjero aún conseguiríamos hacer algunas cosas de
provecho, si nos tomáramos el trabajo necesario para adquirir las virtudes en
que descuellan otros pueblos: Francia, en el ahorro; Inglaterra, en la
iniciativa; Alemania, en la organización. Claro que así no se producen los
genios, que han de vivir, nos dice Weininger, "en correspondencia consciente con
el universo", lo que quiere decir, en primer término, que los genios han de ser
genios de su raza, pero tipos como el de Jovellanos, que al anhelo de emular al
extranjero, juntasen fuerte patriotismo territorial y popular, hombría de bien y
positiva religión, los hemos producido y aún los seguiríamos produciendo, según
todas las probabilidades, en número bastante, si al escepticismo respecto de sí
misma, que es la extranjerización de España, no se hubiera unido el escepticismo
respecto de toda la civilización, que es en lo que consiste esencialmente el
espíritu revolucionario
El naturalismo
Es muy curioso que
Menéndez Pelayo no dedique apenas la menor atención en sus Heterodoxos a lo que
vamos a llamar "naturalismo", aunque reproduce las fieras palabras con que
Jovellanos lo combatió en su Tratado teórico-práctico de la enseñanza: "Una
secta feroz y tenebrosa ha pretendido en nuestros días restituir los hombres a
su barbarie primitiva, disolver como ilegítimos los vínculos de toda sociedad...
y envolver en un caos de absurdos y blasfemias todos los principios de la moral
natural, civil y religiosa"... Mi explicación, a falta de otra, es que, hombre
de fe y doctrina, de cultura y de libros, la curiosidad de Menéndez y Pelayo se
extendía a todas las deformaciones de la cultura y de la fe, a condición de que
los libros y su estilo se las presentaran con alguna decencia intelectual, pero
que no podía interesarle en la misma medida la negación radical de toda cultura,
que es la quinta esencia del "naturalismo", con lo que dicho queda que el
concepto de naturaleza tiene aquí muy poco que ver con el de los juristas
clásicos, que postulaban un derecho natural o normativo, como correspondiente a
la naturaleza racional del hombre.
El naturalismo defiende y justifica al hombre tal cual es en la actualidad, con
sus pecados y pasiones, frente a las instituciones históricas, que pretenden
disuadirle del mal y estimularle al bien. Una formulación científica de este
naturalismo es afirmar, con Bertrand Russell, que el impulso tiene más
importancia que el deseo en las vidas humanas. La más conocida es la de Rousseau
y su predecesor Lahontan al mantener la superioridad del hombre en el estado de
naturaleza sobre el civilizado. Y si se acepta la definición que mi amigo Hulme
daba del romántico como el que niega el pecado original, naturalismo y
romanticismo son lo mismo. En ninguna de sus formas podrá elaborar el
naturalismo una doctrina de gran aparato intelectual, pero si como doctrina es
deleznable, como tendencia, en cambio, es casi irresistible y en ello está su
gran pujanza. Constituye el elemento "demasiado humano" que hay en cada uno de
nosotros, se encuentra en el aristócrata más linajudo y en el artista más
exquisito, es el eterno Adán que quiere salirse con la suya porque le da la
gana, y luego inventa las razones con que justificarse, que nunca son tan
esenciales como el anhelo de hacer lo que quería. No es tanto una heterodoxia
determinada, como el fondo permanente -el de Lutero, el de Enrique VIII- de
donde salen todas las herejías.
En lo religioso podrá adoptar la fórmula, en apariencia inofensiva, de que sólo
nos salva la fe, pero ya se niega con ello el poder de la razón, el de la
voluntad, el de las prácticas religiosas, el de la disciplina social. El
universo se hace arbitrario. Perdida la sustancia de las buenas obras, la vida
es una procesión de sombras que vienen y van. Ya no falta sino leer a Omar
Kayyam y decirse: "Yo mismo soy el cielo y el infierno". Bebamos, que mañana
moriremos. Una cosa es verdad, mentira todo el resto: "La flor que ha florecido
se muere para siempre". El naturalismo intelectual es todavía más sencillo. No
hay verdad, ni falsedad objetivas: "Fuera de nuestra sensaciones, ni hay otra
verdad, ni puede darse". Así resume Deborim, su gran comentarista, la filosofía
de Lenin, que viene a ser la misma del conocido aristócrata que dice: "A mí que
no me vengan con verdades: lo que yo quiero es que se me adule". En punto a
moral, que cada uno haga lo que quiera y pueda, y esta es la doctrina que
proporciona los mayores éxitos de librería a los novelistas que procuran librar
a sus lectores del temor al infierno y a los remordimientos. Y en cuanto a
política y derecho no ha de haber más criterio que la voluntad del mayor número.
Si estas doctrinas prevalecieran en un país compuesto exclusivamente de
espíritus trabajados por toda clase de disciplinas no pasarían de ser el
capricho de una generación. Hasta pudieran ser temporalmente beneficiosas, en
cuanto estimularan la espontaneidad y originalidad de los talentos. Pero no hay
pueblos constituidos por filósofos. La cultura de los pueblos no puede pasar del
grado elemental. Tampoco pudiera hacer grandes estragos la idea naturalista en
países que no padecieran un proceso de extranjerización espiritual. A los veinte
años de revolución restableció Francia su antigua Monarquía. En cualquier país
de evolución normal, las piedras de los viejos monumentos se bastan para refutar
el espejismo de la superioridad de los salvajes. Pero cuando el naturalismo
empezó a propagarse en los pueblos hispánicos, España estaba en plena fiebre de
extranjerización y el resultado del entrelazamiento de estas dos tendencias: la
extranjerización y el naturalismo, fue la confusión de principios que todavía
estamos padeciendo. La extranjerización pudo inducirnos a imitar lenta y
fatigosamente las virtudes y los éxitos de otros países, pero el naturalismo nos
hizo presumir que no era necesario tomarse gran trabajo para ello, sino
meramente dejar obrar a la naturaleza, con lo que pudimos imaginar que Oxford y
Cambridge y la industria de Inglaterra eran productos naturales de la libertad y
que la Soborna y la riqueza de la tierra francesa eran obra de la revolución y
no de la disciplina y del esfuerzo de mil años.
El naturalismo y el espíritu revolucionario tenían que ser doblemente
desastrosos en países como los nuestros, empeñados en el larguísimo proceso de
asimilarse y evangelizar razas extrañas, y aún hostiles, en algún caso, a las
esencias de nuestra civilización, como eran, en España, los numerosos
descendientes de judíos y moriscos y en América las razas de color. España no es
meramente el país de Don Quijote, sino el pueblo de Sancho. Gabriela Mistral ha
escrito hace poco que los pueblos de Hispanoamérica se componen de dos partes de
indios, una de español y una de cosmopolitas, y si a razas atrasadas se las dice
desde arriba y por los hombres de cultura que no necesitan esforzarse y que lo
que más les conviene es que se entreguen a su espontaneidad, lo probable es que
abandonen toda disciplina. Desde el momento, 1767, en que Bucareli, gobernador
de Buenos Aires, dijo a los caciques guaraníes que los indios eran tan
ciudadanos como los padres jesuitas que los adoctrinaban y que se les iba a
enseñar el castellano, para enviarlos a Madrid y darles título de caballeros e
hijosdalgo, los infelices gobernadores y caciques, perdida ya la convicción de
la necesidad de seguir esforzándose para mejorar de estado, no tenían ya más
horizonte que volver a la selva primitiva, y a la selva volvieron pocos años
después.
Sacudir las cadenas; abatir los obstáculos tradicionales; la piqueta demoledora;
la tea incendiaria. ¿Es posible que haya habido en el mundo espíritus cultivados
que proclamaran que éstos son los modos y las herramientas del progreso? Es
verdad que entre estos espíritus cultivados han abundado los especialistas en
medicina o en ingeniería, que dogmatizan sobre filosofía de la historia, aunque
ignoren lo mismo la historia que la filosofía, pero Rousseau y Russell son dos
hijos de la civilización cristiana. Ningún pueblo salvaje ha producido nunca un
Russell o un Rousseau. Recuerdo que Russell vino un día en Londres a una
sociedad gremialista, de la que yo era miembro, a hablarnos de los horrores de
la autoridad y de las excelencias de la libertad en materias de cultura, y como
Russell era profesor en Cambridge, le interrogué en la hora de las preguntas:
"¿Cree usted que los discursos de los energúmenos de Marble Arch, que son
libres, superan en excelencia intelectual a las lecturas de Cambridge, más o
menos controladas por el Gobierno?" La respuesta fue terminante: "No señor";
pero supongo que no entendería, por razón de mi acento extranjero, mi siguiente
pregunta: "¿En qué funda usted, entonces, la superioridad de la libertad sobre
la autoridad en la cultura?", porque se quedó sin responder, y nadie podrá
contestarla en país alguno satisfactoriamente para el liberalismo.
Imagínese ahora el lector los efectos de las doctrinas naturalistas en una
familia española de clases gobernantes. Recuerde que los hidalgos de Felipe IV y
de Carlos II dominaban el latín, que su educación en las letras y en las armas
era severísima y, sobre todo, que Sancho no sigue a Don Quijote meramente porque
es un caballero, sino porque ejecuta con la palabra y con el brazo maravillas
que le pasman de asombro. Y ahora póngase en el pellejo de un aristócrata
español del año 1780, por ejemplo. Empieza por estar persuadido de que en otros
países, y especialmente en Francia, se hacen mejor las cosas que en España.
¿Cómo ha de prepararse mejor para la vida? ¿Cómo ha de educar a sus hijos? La
tradición y el buen sentido le aconsejan la más estricta disciplina, hasta
enseñarles a andar el camino que la Humanidad lleva ya recorrido. Rousseau les
dirá, en cambio (Profesión de fe del vicario saboyano): "Reduzcámonos a los
primeros sentimientos que encontramos en nosotros mismos, porque a ellos nos
devuelve el estudio, cuando no nos ha extraviado de ellos". Al principio de
disciplina se opone el de la libre espontaneidad. Nuestro hidalgo se queda
perplejo. Y el Dr. Simarro describía de esta manera los efectos de la
perplejidad que producen las discusiones en los auditorios del Ateneo de Madrid:
"Unos dicen que dos y dos son cuatro; otros, que dos y dos son cinco: quedemos,
pues, en que son cuatro y medio". El efecto de esa perplejidad fue la relajación
progresiva de la antigua disciplina educativa, a la que siguió, consecuencia
fatal, el continuo descenso del nivel de nuestras clases gobernantes, hasta caer
en la chunga que "la masa encefálica" inspira actualmente a los caudillos de la
revolución.
Y ahora imagínese también el efecto que había de producir en América la crítica
naturalista de nuestras instituciones tradicionales, crítica, de otra parte, más
justificada de año en año por el continuo descenso de nuestras clases
gobernantes. Nada es respetable; todo ha de ser destruido: lo mismo la dinastía
que la nobleza, la Iglesia que la Historia, la Universidad que las Academias, el
Ejército que la que se llamaba hacia 1890 "la justicia histórica", cuando aquel
crimen de la calle de Fuencarral (nuestro asunto Dreyfus). Lo que tuvo que
engendrar esa crítica fue un desvío y un desprecio hacia España y hacia sí
mismos, en el que todos los pueblos hispánicos tenían que amenguarse, porque el
ser mismo de las naciones depende, esencialmente, de su valoración y en que sólo
por un milagro podían volver los ojos con afecto hacia la madre patria.
Ese milagro se llamó Rubén.
Rubén Darío y los talentos
Siempre ha habido
en la América española personas inteligentes afectas a España, sólo que eran
generalmente escritores puristas, caballeros de otra época, espíritus reputados
de arcaicos, apartados de la corriente general de las ideas, que nos era hostil
casi siempre, quizás por oposición a la secreta, pero profunda simpatía popular.
Es curioso que el cambio empezara a operarse precisamente en el año 98 de
nuestros pecados, y que lo iniciase Rubén Darío, precisamente el más antiespañol
de los escritores de América. Y esto no lo digo yo, sino el propio Rubén al
describir en su Autobiografía su acción en Buenos Aires, durante los años
anteriores a su venida a España: "Yo hacía todo el daño que me era posible al
dogmatismo hispano, al anquilosamiento académico, a la tradición hermosillesca,
a lo pseudoclásico, a lo pseudoromántico, a lo pseudorealista y naturalista, y
ponía mis "Raros" de Francia, de Italia, de Inglaterra, de Rusia, de
Escandinavia, de Bélgica, y aún de Holanda y de Portugal, sobre mi cabeza". Y en
prueba de que este antihispanismo de Rubén alcanzaba éxito, el poeta recuerda la
necrología que le hizo en Panamá cierto sacerdote, con motivo de haber circulado
la falsa noticia de su muerte: "Gracias a Dios que ya desapareció esta plaga de
la literatura española... Con esta muerte no se pierde absolutamente nada."
El prestigio de que gozaba Rubén en América hacia el año 1898 no se debía
únicamente al valor de sus poesías, sino al hecho de marchar a la cabeza del
movimiento extranjerizante y naturalista, pero antiespañol, en ambos casos, de
la literatura hispanoamericana. ¿Y cómo podía ser de otro modo? Lo que le
acontecía a Rubén en América era análogo a lo que le sucedía a Galdós en España,
salvo que en Galdós se compensaban el fondo extranjero y naturalista de los
ideales con el españolismo del lenguaje y de los personajes de sus obras,
mientras que Rubén estaba afrancesado hasta la médula. Ya nos lo dice en su
Autobiografía: "París era para mí como un paraíso en donde se respirase la
esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y
de la Gloria; y, sobre todo, era la capital del Amor, el reino del Ensueño".
Rubén vino a España, sin embargo, por una de esas razones del corazón que la
razón ignora. La Nación, de Buenos Aires, buscaba una persona que pudiera
informarla sobre la situación de "la madre patria" al término de la guerra con
los Estados Unidos, y se ofreció Rubén. Lo natural es que hubiera ido a Cuba,
para saludar en nombre de la América del Sur a la nueva nación independiente y
dar testimonio de sus primeros pasos por la historia; o a los Estados Unidos,
para aprender de la poderosa nación "libertadora" la magistratura política y
económica. Prefirió venir a España y poner en guardia a los pueblos de la
América española contra el peligro norteamericano.
Rubén no se dio cuenta clara del impulso que le trajo a España al terminar el
98. Tampoco intenta explicárnoslo en su Autobiografía. Pero su obra posterior
nos dice que sintió confusamente, desde el primer momento, lo que los españoles
solo vimos muchos años después. Y es, que la guerra de España y los Estados
Unidos fue un episodio del secular conflicto entre la Hispanidad y los pueblos
anglosajones, y aunque los españoles nos defendimos, en punto a propaganda
periodística, tan desdichadamente, que parecía que no peleábamos en las Antillas
y Filipinas, sino por el proteccionismo arancelario y el derecho a seguir
nombrando los empleados públicos, cosas en las que acaso no tuviéramos razón, la
verdad es que estábamos librando la batalla de todos los pueblos hispánicos, y
que el día en que arriamos la bandera del Morro de la Habana, empezó a cernerse
sobre todos los pueblos españoles de América la sombra de las rayas y estrellas
de los Estados de la Unión.
En la emoción de la España vencida se inspiró Rubén para sus Cantos de Vida y
Esperanza. ¡Qué título, para puesto al contraste de las prosas regeneracionistas
que la catástrofe suscitó en España! El primero de esos Cantos es la "Salutación
del optimista", único himno hispanoamericano que tenemos. Si un instinto de
salvación nos quisiera mover a preparar el espíritu de las nuevas generaciones
para la defensa de las tierras hispánicas, no habría ceremonial en que no se
recitaran las mágicas estrofas:
¡Inclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, salve!
El tema de la defensa de la Hispanidad llena el alma del poeta aquellos años. Lo
mismo aparece en las poesías menores que en las máximas, en Cyrano en España,
que en sus Retratos: Don Gil, don Juan, don Lope..., en la Letanía de Nuestro
Señor Don Quijote, que en el Saludo al rey Oscar, donde se encuentran aquellas
frases: "Mientras el mundo aliente..., mientras haya... una América oculta que
hallar, vivirá España". Allí está el cartel de desafío a Roosevelt, el otro
Roosevelt:
Tened cuidado. ¡Vive la América española!...
Y pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!
Los mismos cisnes, que pueden simbolizar cuanto hay de extranjero y de
naturalista en la poesía de Rubén, le hacen preguntarse:
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
Aquí acaba Rubén como poeta de la Hispanidad. Aún tiene que escribir algunos de
sus mejores poemas. Ya había compuesto la obra maestra de su extranjerismo, el
Responso a Verlaine, absurdo como concepto, porque, ¿qué tiene que ver todo ese
esplendor fantasmagórico con el desgraciado poeta de Sagesse?, pero arrebatador
como belleza de dicción. Después escribió el poema supremo de su naturalismo, el
Poema del Otoño, que termina: "Vamos al reino de la Muerte -por el camino del
Amor", porque su naturalismo, en efecto, es la muerte de las almas y de los
pueblos en donde prevalece. La verdad, por supuesto, es lo contrario: "Vamos al
reino del Amor -por el camino de la Muerte". Un momento parece arrepentirse de
sus osadías anteriores y aconsejar a los pueblos hispanoamericanos la aceptación
de la tutela norteamericana, ya que en el Canto errante se encuentra la
"Salutación al águila":
Bien vengas, mágica Aguila de las alas enormes y fuertes,
a extender sobre el Sur tu gran sombra continental...
Pero su semilla había germinado. Si no el poeta de la Hispanidad, Rubén es, por
lo menos, su San Juan Bautista. A partir de sus Cantos de Vida y Esperanza, es
ya posible que los talentos de la América española dediquen a España sus obras
mejores, y Enrique Larreta escribe La Gloria de Don Ramiro; Reyes, El embrujo de
Sevilla; Manuel Gálvez, El solar de la raza; Joaquín Edwards Bello, El chileno
en Madrid. No tardan en corearles los ensayos de carácter hispanófilo, como el
Cesarismo democrático, de Vallenilla Lanz, o el Babel y castellano, de Arturo
Capdevila, acompañados de las grandes reivindicaciones históricas, como La
Magistratura indiana, de Ruiz Guiñazú, o Influencia de España y los Estados
Unidos sobre Méjico, por Esquivel Obregón, o la Legislación sobre indios del Río
de la Plata en el siglo XVI, por García Santillán, o los estudios de Ricardo
Levene; y no continúo porque no es mi propósito hacer la bibliografía del
asunto. Lo importante es que ya no se trata de escritores con pretensiones
casticistas, sino de espíritus que viven la vida de su hora. Los arcaicos son ya
más bien los otros, los extranjerizados, los afrancesados, los que siguen
pensando, con Sarmiento y su generación, que España es incapaz de asimilarse la
civilización moderna "por su fanatismo y su carencia de aptitudes intelectuales
y administrativas". Y la razón última de esta reacción hispánica es la amenaza
norteamericana, y la necesidad de defenderse de ella con la apología de una
razón de ser que justifique la existencia. La misma que movió a Enrique Rodó a
escribir su Ariel para decir a los americanos del Norte que los del Sur tienen:
"una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo
sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro
honor su continuación en lo futuro". Sólo que Rodó no dice los hispanos, sino
los americanos latinos, porque, saturado de cultura francesa, no había aún
encontrado el sentido de España.
Rubén fue el hombre que forzó la puerta, para que lo hallaran los americanos, a
través de la cultura universal. Hizo las dos cosas prohibidas: elogiar a España
y confesar su sangre indiana. Para Sarmiento, en cambio, los araucanos cantados
por Ercilla no eran sino: "Indios asquerosos, a quienes habríamos hecho colgar y
mandaríamos colgar ahora", porque así era de tierno aquel europeizador que
aconsejaba al general Mitre: "No trate de economizar sangre de gauchos. Este es
un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de
seres humanos". Las nuevas generaciones americanas han abierto los ojos al hecho
de que no podían renegar de los españoles, de los indios y de los mestizos, como
son los gauchos, sin suicidarse ante la humanidad, y sus hombres más eminentes
han empezado a vislumbrar que es imposible orientar a sus pueblos sin volver
antes los ojos hacia España. De haber hallado en España un sentido claro de la
vida, la unión hispanoamericana sería ya un hecho, por lo menos en el plano
espiritual, que es el que importa. Pero, desgraciadamente para los americanos,
estas décadas han sido las de nuestra máxima extranjerización. Lo que en ellas
decíamos los españoles era precisamente lo que estaban cansados de escuchar los
americanos. Y así tuvieron que confrontarse, solitarios, con sus perplejidades.*
Entre los yanquis y el soviet
Ya antes de la
guerra, desde que la inminencia del conflicto obligaba a los pueblos de Europa a
concentrar sus energías en prepararse para la prueba, toda América quedaba más o
menos comprendida en la zona de influencia de los Estados Unidos. Los Bancos de
Nueva York empezaban a disputar a los de Londres y París la colocación de
capitales. La América española ofrecía al capitalismo universal inagotables
riquezas que explotar. Durante la guerra no hubo más prestamistas asequibles
para Hispanoamérica que los de Nueva York, sólo que entonces podía pensarse que
las cosas cambiarían al hacerse la paz, pero cuando cesaron los combates y los
Estados Unidos se convirtieron en acreedores universales, muchos
hispanoamericanos creyeron que había que resignarse, como en el poema de Rubén,
a que fuesen los norteamericanos los que llevasen a la América del Sur "los
secretos de las labores del Norte", para que sus hijos dejaran "de ser los
retores latinos y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter".
La América española no había acumulado capitales propios. En parte, a causa de
la idolatría de París, "la capital del Amor, el reino del Ensueño", que había
devorado las fortunas de los Nababes sudamericanos y donde 15.000 familias
argentinas, antes de la guerra, se gastaban sus rentas. También, porque las
riquezas naturales de la América tropical parecen hacer superfluo el ahorro. Los
sistemas educativos, de otra parte, y sobre todo el bachillerato enciclopédico,
no forman hombres de trabajo, sino almas apocadas que necesitarán el amparo de
alguna oficina del Estado para asegurarse el pan de cada día. Así han crecido
los presupuestos nacionales, a costa de la paralización del desarrollo
capitalista, y en algunos países han creído los políticos que convenía al
progreso de sus pueblos la importación de capitales extranjeros, y en otros se
ha estimulado este convencimiento con las comisiones que recibían de los
capitalistas. Lo que se ha llamado "la diplomacia del dólar" ha tenido que
prevalecer en estos años. Ni la libra, ni el franco, podían disputarle la
hegemonía en Sudamérica.
Sólo que al mismo tiempo que "la diplomacia del dólar" ha surgido en Sudamérica
la influencia de Moscú. Ya en 1918 aparecen en varios países las Federaciones
Universitarias de Estudiantes, de tipo análogo a la nuestra, enarbolando
primeramente un programa de reforma docente, con la intervención de los
estudiantes en el gobierno de los claustros, pero animadas en un espíritu
político de carácter revolucionario. Al mismo tiempo se transforma el carácter
del movimiento socialista obrero, porque la idea comunista deja de ser una
utopía, sólo realizable en el transcurso de los siglos, para trocarse en plan de
acción inmediata, "en nuestro tiempo", como dicen los camaradas de Inglaterra.
Méjico, revolucionado desde la caída de D. Porfirio Díaz, en 1911, se convierte
en uno de los centros de la nueva agitación. El otro se establece en Montevideo,
al amparo del jacobinismo del señor Battle y Ordóñez. Se inicia la propaganda
entre las razas de color. El éxito es grande. El comunismo, al fin y al cabo, no
es sino la última consecuencia del espíritu revolucionario que desde hace dos
siglos está difundiéndose por los países hispánicos. Ya estaba implícito en el
naturalismo de Rousseau y en la admiración a los pueblos salvajes. Cuando se
celebra en febrero de 1927 la Conferencia de Bruselas, que puso en contacto,
bajo la organización de Moscú, a los negros de los Estados Unidos, los indios de
Méjico y Perú y las Federaciones Universitarias de la América española, con los
revolucionarios hindús, chinos, árabes y malayos y se constituyó la "Liga contra
el imperialismo y para la defensa de los pueblos oprimidos", ya estaba actuando
el espíritu bolchevique en casi todos los países hispanoamericanos, avivando el
resentimiento de las razas de color y de los braceros inmigrantes.
De entonces acá, la agitación no cesa. Ha habido levantamientos comunistas de
indios en la altiplanicie de Bolivia y en las montañas de Colombia, verdaderas
batallas en la República del Salvador y en Trujillo (Perú) e intervención de los
comunistas en las revoluciones y motines de Méjico, Cuba, Centroamérica,
Ecuador, Paraguay, Chile, Uruguay, Brasil y la Argentina. La América española ha
vivido estos años entre los Estados Unidos y el Soviet. Las intervenciones
norteamericanas en Haití, Santo Domingo y Nicaragua, hacían temer a los
hispanoamericanos que detrás de los capitales estadounidenses vinieran las
escuadras y la infantería de marina, y éste era el tema que aprovechaban para
sus propagandas los agitadores de las Federaciones Universitarias y de las
sociedades obreras. Donde quiera que los norteamericanos han acaparado
monopolios o industrias para cobro de sus préstamos, han surgido las huelgas y
las revoluciones contra los Gobiernos que han entregado al extranjero las
fuentes de la riqueza nacional. Así han podido advertir los norteamericanos la
dificultad de realizar los sueños de imperialismo económico a distancia, que tan
hacederos parecían. El capitalismo extranjero es necesariamente débil, porque no
acierta a crear intereses afines que por solidaridad lo sostengan. Su colusión
con los políticos venales tampoco lo refuerza, porque en los países hispánicos
nunca son populares los políticos de negocios. Lo que hizo viable en Rusia la
revolución bolchevique fue el hecho de que el capital era extranjero en su mayor
parte. Cuando ello ocurre es ya más fácil alzarse en contra suya y presentarlo
como un factor monstruoso, enemigo del proletariado y de la patria. Y no siempre
es posible, como en el caso de Santo Domingo, Haití o Nicaragua, sostener los
intereses imperiales con un par de compañías de infantería de marina. En el caso
de países más pujantes sería necesario defender "la diplomacia del dólar" con
grandes ejércitos, cuyo entretenimiento costaría bastante más dinero que el
valor de los intereses que se han de proteger.
De otra parte, muchas de esas inversiones de dinero no han sido juiciosas.
Durante la guerra se colocaron en Cuba inmensos capitales deseosos de explotar
la industria azucarera. La baja del azúcar ha causado la ruina de empresas
norteamericanas por valor de varios centenares de millones de dólares. La crisis
actual ha hecho caer en la bancarrota a numerosos países hispanoamericanos,
porque se les había prestado grandes sumas en tiempos de carestía, cuyo
reembolso ha hecho imposible la baja de los precios. Y no hay manera de recobrar
por vía compulsiva lo prestado. No es que los Estados Unidos hayan aceptado
nunca la doctrina del Dr. Drago, sino que serían necesarios demasiados soldados
para guarnecer el Continente. Después de pasar estos años entre la amenaza de
los Estados Unidos y la de los Soviets, movimientos igualmente enemigos del
espíritu de la Hispanidad, pero contrapuestos entre sí, los pueblos de la
América española van a encontrarse ahora ante las mayores perplejidades de su
historia, porque si ellos, de una parte, están arruinados, a causa de la baja de
los precios de sus productos y del aumento de sus obligaciones públicas y
privadas, sus acreedores se hallan tan en bancarrota como ellos, y más pobres,
porque los Estados Unidos no cobran sus créditos, ni venden sus productos, y han
de mantener de una manera u otra a sus doce o catorce millones de obreros sin
trabajo, además de arbitrar los inmensos recursos que necesitan para cubrir los
deficits de su Gobierno federal, de sus Estados federados y de los Ayuntamientos
de sus grandes ciudades, por lo que ya se anuncia que el nuevo Presidente, Mr.
Roosevelt, tendrá que hacer de síndico en la inminente quiebra.
Los dioses se van
Esta es la hora
dramática y sin precedentes para todos los pueblos hispánicos, de perder los
maestros, de que se nos deshagan los modelos. Llegar a la mayoría de edad y
recibir las borlas doctorales en la Universidad de la vida es también dramático,
pero acaece en el curso natural de las cosas. Lo que no tiene ejemplo es
quedarse sin maestros en el momento de seguir sus lecciones con más aplicación.
Y esto es precisamente lo que en estos años nos ocurre. Los pueblos que hemos
tenido por modelos se hallan en la hora actual en situación tan crítica y penosa
que ya no pueden mostrar a ningún otro los caminos de la prosperidad.
Cuando Simón Bolívar proclamaba en su discurso de Angostura (1819) que Francia e
Inglaterra aleccionaban a las demás naciones en "toda especie en materia de
gobierno" y que su revolución, "como un radiante meteoro", inundaba al mundo
"con tal profusión de luces políticas, que ya todos los hombres conocían cuáles
son sus deberes, en qué consiste la excelencia de los Gobiernos y en qué
consisten sus vicios", las palabras del libertador no expresaban sino el mismo
sentimiento de admiración al extranjero que, de la propia España, habían llevado
a Venezuela, con sus libros, los pilotos y negociantes de la Compañía del Cacao.
Virreyes borbónicos y clérigos jansenistas lo siguieron difundiendo por los
pueblos de América en el siglo XVIII. Las maravillas de la historia en otros
países lo arraigaron con tal fuerza en el siglo XIX que sobrevivió en 1918 a los
horrores de la gran guerra, y aun en medio de las perplejidades de la
post-guerra ha querido prolongarse en los descaminados panegíricos de la Rusia
soviética o en los encomios, más justificados, que de los Estados Unidos se
hacían hasta hace tres años, porque los mismos hispanoamericanos o españoles
que, como Rodó, se atrevían a burlarse del norteamericano Marden, por considerar
el éxito material como la finalidad suprema de la vida, admiraban y aun
envidiaban a los compatriotas de Washington y Lincoln por haberlo alcanzado.
¿A qué pueblo extranjero volveremos ahora los ojos donde no hallemos la estampa
del fracaso? Lo grave no es que inviernen estos años los norteamericanos
preguntándose lo que van a hacer con sus doce millones de obreros sin trabajo.
Lo grave es que no se hayan propuesto otra cosa que ahorrar brazos con sus
inventos y sus máquinas y sistematizaciones el esfuerzo humano, porque ahora
vemos, claro como la luz, que el ahorro de trabajo tiene que llegar a dejar sin
comer a los trabajadores, a menos que las máquinas que los sustituyen les
aseguren la pitanza. Tampoco Alemania puede servirnos de modelo, después de una
guerra en la que supo atraerse la enemiga de veintidós naciones y de haber
imitado tan servilmente el sistema norteamericano de la producción en masa que
ha obtenido el mismo resultado de dejar a sus obreros sin trabajo. Tampoco es
envidiable la situación de Francia con su déficit de más de doce mil millones de
francos, sus tributos asfixiantes, que alejan de sus tierras a las multitudes de
viajeros que antes la enriquecían, y su capacidad de entenderse con sus vecinos
descontentos, que la amenazan con la guerra. Tampoco la de Inglaterra, con su
Imperio resquebrajado y sus tres millones de obreros sin trabajo. De otra parte,
el sueño socialista, que había servido de ideal a tres generaciones sucesivas de
europeos, se desvanece ante el ejemplo de miseria que la Rusia de los Soviets
ofrece al mundo; y toda la inspiración que nos inspiran los esfuerzos de Italia
y el Japón por alimentar poblaciones excesivas para sus angostos territorios, no
consigue acallar nuestra pena por la gran estrechez en que sus hijos viven.
Se nos dirá que el mundo ha librado una gran guerra y tiene que padecer sus
consecuencias. Pero la guerra, a su vez, ¿no fue el resultado de algún error
fatal, inherente a los principios básicos de las modernas nacionalidades? Que
cada uno siga su genio y vocación parece cosa deseable, pero si de ello se
deduce la incapacidad de que se entiendan unas con otras, la consecuencia
indeclinable de esta exageración de sus peculiaridades será que no puedan
solventar sus disputas por otro camino que el del conflicto armado. Pero, de
otra parte, no es sólo el costo de las guerras lo que causa su ruina. El aumento
constante de los gastos públicos se ha convertido, para todos los pueblos, en
una ley histórica. Y así los Estados no son ya escudos, sino cánceres que la
devoran.
Lo peor, sin embargo, no es el aumento de los gastos públicos, sino que lo
fomente el mismo régimen representativo instituido para refrenarlo. En los más
de los países son miembros de las Cámaras numerosos funcionarios, identificados
con el Poder público que, lejos de regatear recursos al Erario, no tienen más
anhelo que el de repartirse presupuestos opíparos. Tampoco los partidos
políticos están interesados, sino de un modo genérico, en las economías, porque
cuanto mayores los gastos de un Estado, más empleados sostiene, es decir, más
electores, más amigos, más agentes, más secuaces de los partidos gobernantes.
Así los presupuestos se convierten en la lista civil de los partidos, y Francia
cierra su año económico con un deficit que es el tonel de las Danaides, los
Estados Unidos con otro de tres mil millones de dólares en 1932, que en 1933
excede, con mucho, de los siete mil; Inglaterra tiene que saltar del patrón oro
cuando pasa el suyo de los cien millones de libras, y Alemania se queja de que
35.000 millones de marcos de oro, de los 55.000 que constituyen los ingresos
anuales de su pueblo, los absorben el Reich, los Estados, los Ayuntamientos y
los Seguros sociales.
Ahora bien, a medida que aumentan los presupuestos de los Estados disminuyen los
beneficios del comercio, de la industria, de la agricultura y del ahorro
transformado en capital, lo que quiere decir que se va estrechando la posición
de los industriales, de los agricultores, de los comerciantes y de los
capitalistas, con lo que se hacen inseguras y poco codiciables las profesiones
productoras de riqueza y se acrece el ansia de buscar asilo en las carreras y
oficinas del Estado, cuyo anhelo mueve a diputados y gobernantes a volver a
aumentar el presupuesto de gastos, con lo que se forma el círculo vicioso, que
empieza por absorber las energías de la sociedad, pero que acaba
indefectiblemente con la soberanía del Estado, que es el fin de los cánceres:
matarse cuando matan.
No hay quien custodie a los custodios; no hay quien nos proteja contra el Estado
que debe protegernos. Y es el ideal mismo que inspiró la creación de los Estados
modernos lo que está en entredicho. La Edad Media se fundaba en una armonía de
sociedades (communitas communitatum), que era también un equilibrio de
principios, en el que se contrapesaban la autoridad y la libertad, el poder
espiritual y el temporal, el campo y las ciudades, los reinos y el Imperio. Se
rompió la armonía. Cada principio quiere hacerse absoluto; cada voluntad,
soberana. Así han tratado de reinar como déspotas, por medio de un Estado
omnipotente, la libertad ilimitada y la autoridad arbitraria, la nación y las
jerarquías, el progreso y la tradición, el capital y el trabajo, y todavía
sueñan los hombres con que el triunfo total de su doctrina favorita hará
expandirse al infinito el poderío de su voluntad, que identifican con la de su
nación o su Liga de Naciones, la del proletariado o sus correligionarios. Sólo
que las mentes reflexivas desconfían. Ya no es hora de utopías. Se está
hundiendo el terreno donde se alzaban. Y por primera vez desde hace dos siglos
se encuentran los pueblos hispánicos con que no pueden ya venerar a esos grandes
países extranjeros que, como ha dicho Alfredo Weber, "sólo piensan en sí mismos,
en su expansión y en su seguridad", como los reverenciaban cuando pensaban o
parecía que pensaban por todas las naciones de la tierra. Alemania, que no paga
a nadie; Francia, que no paga a los Estados Unidos; Inglaterra, que sólo paga a
los Estados Unidos, en dinero señal, porque no cobra de Alemania y no sabe si
cobrará de Francia; los Estados Unidos, que quieren cobrar de todo el mundo...
Pero, ¿son estas las "luces políticas" que "inundan el mundo como radiante
meteoro" y que cegaban a Simón Bolívar? Y si resucitara Sarmiento, el enemigo
más encarnizado que han tenido los ideales hispánicos, ¿qué pensaría de estos
países, que fueron sus dioses?
Escribo la palabra "dioses" deliberadamente. Era ayer todavía, el 2 de
septiembre de 1888, cuando moría Faustino Domingo Sarmiento en la Asunción del
Paraguay, y se envolvía su cadáver en las banderas de los cuatro pueblos a que
había servido: la Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Sobre su tumba fue
grabado el epitafio por él elegido: "Una América libre, asilo de los dioses
todos, con lengua, tierra y ríos libres para todos." ¿Qué dioses eran esos:
Confucio, Budha, Odin, Mahoma, Zeus, Afrodita, el Padre Sol? Sarmiento creyó
toda la vida que el mal de los pueblos hispánicos de América, aparte de sus
indios y mestizos, dependía de su formación española. A principios de 1841
escribía en El Nacional estas palabras: "Treinta años han transcurrido desde que
se inicio la revolución americana; y, no obstante haberse terminado
gloriosamente la guerra de la independencia, vese tanta inconsciencia en las
instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad
individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual,
material o moral de los pueblos, que los europeos... miran a la raza española
condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse de todo género de
delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto, como fácil presa de una nueva
colonización europea." De estos juicios deducía remedios adecuados, a cuyo
empleo dedicó la vida: inmigración europea y educación popular, cuya suma e
integración realizaba su ideal antiespañol, porque la inmigración la quería en
grandes cantidades, hasta que la sangre extranjera sustituyera a la española y a
la indígena, y la educación venía a desempeñar el mismo oficio en el plano
moral, porque lo que le parecía fundamental era infundir a los pueblos de
América ideales extranjeros, sobre todo mediante la difusión de la Vida de
Franklin por todas las escuelas, en calidad de texto obligatorio, aunque jamás
se haya producido entre nosotros un tipo de hombre que se parezca a Franklin, y
eso que se han escrito veinte o treinta Vidas de su admirador Sarmiento, que
producirán nuevos Sarmientos en todos nuestros pueblos, porque Sarmiento, con su
soberbia, su ingenio, su energía, su autodidactismo y hasta su antiespañolismo,
es un ejemplar neto y castizo de la raza; así como también las personas de su
intimidad a quienes trata Sarmiento en sus Recuerdos de Provincia, con mayor
afecto y respeto, y hasta reverencia, son su santa madre, guardadora celosa de
las imágenes de los dos grandes predicadores españoles: Santo Domingo de Guzmán
y San Vicente Ferrer, y el sacerdote sanjuanino D. José Castro, que murió
durante la guerra de la Independencia besando alternativamente el Crucifijo y la
imagen de Fernando VII el Deseado; que no se habían educado en la vida de
Franklin, ni la conocían, sino que se habían hecho, como dice el propio
Sarmiento, al influjo de "una partícula del espíritu de Jesucristo", que por "la
enseñanza y la predicación se introdujera en cada uno de nosotros para mejorar
la naturaleza moral", lo cual ha de tenerse en cuenta para cuando se escriban
nuevas Vidas de Sarmiento, en la esperanza de que los Sarmientos que produzcan
no tengan por dioses a los Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Alemania,
vuelvan a venerar a la Virgen y a Santo Domingo, y a San Vicente y a San Ignacio
y a San Francisco Javier, y sean enterrados bajo la Cruz, después de restaurar
la religión de sus antepasados, lo que no impedirá que de ellos diga Júpiter a
Juno, como del Piadoso Eneas -piadoso por la fidelidad con que guardaba el culto
de sus padres- que subirán al Olimpo y encontrarán su asiento por encima de las
estrellas.
La vuelta del pasado
Ante el fracaso de
los países extranjeros, que nos venían sirviendo de orientación y guía, los
pueblos hispánicos no tendrán más remedio que preguntarse lo que son, lo que
anhelaban, lo que querían ser. A esta interrogación no puede contestar más que
la Historia. Pregúntese el lector lo que es como individuo, no lo que él tenga
de genérico, y no tendrá más remedio que decirse: "Soy mi vida, mi historia, lo
que recuerdo de ella." El mismo anhelo de futuro que nos empuja todo el tiempo
no podemos decir si es nuestro, personal o colectivo o cósmico. ¿Cuál no será
entonces la sorpresa de los pueblos hispánicos al encontrar lo que más
necesitan, que es una norma para el porvenir, en su propio pasado, no el de
España precisamente, sino el de la Hispanidad en sus dos siglos creadores, el
XVI y el XVII? Así es, sin embargo. En estos dos siglos -también en los
siguientes, pero no ya con la plena conciencia y deliberada voluntad que en
ellos-, los pueblos de la Hispanidad, lo mismo españoles que criollos, lo mismo
los virreyes y clérigos de España, que la feudal aristocracia criolla,
constituida en las tierras de América por los descendientes de conquistadores y
encomenderos, realizaron la obra incomparable de ir incorporando las razas
aborígenes a la civilización cristiana; y sólo se salvará la Hispanidad en la
medida en que sus pueblos se den cuenta de que esa es su misión y la obra más
grande y ejemplar que pueden realizar los hombres de la Tierra.
Son conceptos que parecen exagerados, sobre todo cuando se piensa que existe en
todos los países un patriotismo territorial que no necesita fundarse en valores
de Historia Universal. El teatro popular suele expresarlo en esas obras de
carácter nacionalista -no necesita éste ser muy acentuado- en que uno diría que
la tierra nativa se hace espíritu al ser evocada por la voz de una actriz y
todos los espectadores sienten al escucharla el estremecimiento de una emoción
patriótica, que parece bastarse para asegurar la eternidad a las naciones. Pero
también suele haber en los pueblos minorías cultivadas, que se dan cuenta de que
ese patriotismo territorial es común a todos los países y sienten por ello la
necesidad de reforzar y justificar su lealtad con razones de Historia Universal
precisamente, es decir, con el convencimiento de que su patria significa, para
las otras patrias, un valor universal por ella mantenido y que sólo ella siente
la vocación de seguir manteniendo. Y en este punto se convierte en sencilla
verdad la paradoja de que el porvenir de los pueblos depende de su fidelidad a
su pasado. Digo la paradoja, porque también hay verdad en los proverbios que
dicen: "lo pasado, pasado" y "agua pasada no muele molino", aparte de la
experiencia universal y dolorosa que a todos nos persuade de que no volveremos a
ser jóvenes. Pero ello es decir que hay dos clases de pasado: uno que no vuelve
y otro que no pasa o que no debe pasar y puede no pasar. La vida fluye y no
volveremos a ser jóvenes, pero cuando decimos, con el poeta: "Juventud,
primavera de la vida", ya hemos traspuesto la dimensión del tiempo, ya estamos
en la orilla, viendo correr las aguas, ya somos espíritu. ¿En qué consiste,
entonces, aquel pasado que no pasa?
Por lo que hace a los individuos, Otto Weininger mostró en su genial "Sexo y
Carácter" que cuanto más profundamente se siente un hombre a sí mismo en el
pasado, tanto más fuerte es su deseo de seguir sintiéndose en el porvenir; que
la memoria es lo que da eternidad a lo sucedido; que, en general, no se recuerda
sino lo que vale; lo que quiere decir que es el valor lo que crea el pasado, que
lo que vale está por encima del tiempo, que las obras del genio son inmortales y
que no es el temor a la muerte, como groseramente se ha pensado en la España
contemporánea, lo que crea el ansia de inmortalidad, sino el ansia de
inmortalidad, surgida de la conciencia del valor, lo que produce el temor a la
muerte y el propósito de luchar contra ella. La vida de los pueblos, lo hemos de
ver más adelante, es más espiritual que la de los individuos. En rigor, no viven
sino como conciencia de valores comunes. Y por lo que hace a un grupo de
naciones independientes, como la Hispanidad, su historia y tradición no son
meramente esa conciencia de sus valores, sino la esencia de su ser. Jactarse de
la muerte de la tradición es no saber lo que se está diciendo o continuar la
gran locura de la Hispanidad en el siglo XVIII y aun en el XIX: la de Bolívar,
la de Sarmiento, la de todos o casi todos nuestros reformadores... La gran
locura de la Hispanidad en el siglo XVIII consistió en querer ser más fuertes
que hasta entonces, pero distinta de lo que era. Una de sus expresiones póstumas
ha de encontrarse en el opúsculo que yo compuse en mi juventud, y que se
titulaba "Hacia otra España". Yo también quería entonces que España fuera, y que
fuese más fuerte, pero pretendía que fuese otra. No caí en la cuenta, hasta más
tarde, de que el ser y la fuerza del ser son una misma cosa, y que querer ser
otro es lo mismo que querer dejar de ser. Para aumentar la fuerza no hay que
cambiar, sino que reforzar el propio ser. Para ello ha de eliminarse o atenuarse
todo lo que hay de no ser en nosotros, es decir, todos los vicios, todo lo que
cada ser tiene de negativo. Y ya no es preciso añadir que lo que hay de positivo
en el ser de un pueblo se va expresando en los valores de su historia.
El valor histórico de España consiste en la defensa del espíritu universal
contra el de secta. Eso fue la lucha por la Cristiandad contra el Islam y sus
amigos de Israel. Eso también el mantenimiento de la unidad de la Cristiandad
contra el sentido secesionista de la Reforma. Y también la civilización de
América, en cuya obra fue acompañada y sucedida por los demás pueblos de la
Hispanidad. Si miramos a la Historia, nuestra misión es la de propugnar los
fines generales de la humanidad, frente a los cismas y monopolios de bondad y
excelencia. Y si volvemos los ojos a la Geografía, la misión de los pueblos
hispánicos es la de ser guardianes de los inmensos territorios que constituyen
la reserva del género humano. Ello significa que nuestro destino en el porvenir
es el mismo que en el pasado: atraer a las razas distintas a nuestros
territorios y moldearlas en el crisol de nuestro espíritu universalista. ¿Y
dónde, si no en la historia, en nuestra historia, encontraremos las normas
adecuadas para efectuarlo?
¿Que es principalmente lo que necesitan los pueblos hispánicos para cumplir con
su misión? Lo primero de todo es la confianza en la posibilidad de realizarla.
Ahí está su religión para infundírsela, pero ha de entenderse, como el padre
Arintero, que: "No hay proposición teológica más segura que esta: A todos, sin
excepción, se les da -próxime o remote- una gracia suficiente para la salud...",
porque, como lo más envuelve lo menos, la gracia para la salud implica la
capacidad de civilización y de progreso. De esta potencialidad de todos los
hombres para el bien se deriva la posibilidad de un derecho objetivo que no sea
la arbitrariedad de una voluntad soberana -Príncipe, Parlamento o pueblo- sino
una "ordenación racional enderezada al bien común", según las palabras de Santo
Tomás, en que fundaban su concepto del derecho los jurista clásicos de la
Hispanidad, como Vitoria o Suárez. Y ya no hará falta sino emplazar la
administración de justicia por encima de las luchas de clases y partidos, como
se hizo en los siglos XVI y XVII y se deshizo en el XVIII, para encontrar en el
pasado hispánico la orientación del porvenir, como la Edad Media la halló en el
Imperio Romano y el Renacimiento en la Antigüedad clásica.
Este universalismo del espíritu español era, por supuesto, el de todo el
Occidente, el de toda la Cristiandad en la Edad Media, si bien en España lo
exacerbaron las luchas seculares contra moros y judíos. Por la necesidad de ese
universalismo no se habla ahora en los libros de mayor importancia, sino de la
vuelta a la Edad Media, a "una nueva Edad Media", como diría Berdiaeff. No es
solamente Massis quien lo propone al término de su "Defensa de Occidente", sino
que los hechos nos muestran la necesidad de que vuelva a rehacerse la unidad de
la Cristiandad, si queremos salvar la civilización frente a las muchedumbres del
Oriente, que viven realmente una vida animal de hambre continua e insaciada, que
necesitan de la levadura de espiritualidad del Occidente para poder levantar los
ojos de la tierra, pero que producen aspavientos de poeta, como Rabindranath
Tagore, y fantasmas de profeta, como Gandhi, para ponerse a creer que se
remediará su situación el día en que se lancen contra los pueblos decadentes de
América y Europa.
De entre todos los pueblos de Occidente no hay ninguno más cercano a la Edad
Media que el nuestro. En España vivimos la Edad Media hasta muy entrado el siglo
XVIII. Esta es la explicación de que nuestros reformadores hayan renegado
radicalmente de todo lo español, vuelto las miradas al resto del mundo
occidental, como a un Cielo del que estaban excluidos, y tratado de hacernos
brincar sobre nuestra sombra, en la esperanza de que un salto mortal nos haría
caer en las riberas de la modernidad... Pero el ansia de modernidad se ha
desvanecido en el resto del mundo. Y los mejores ojos se vuelven hacia España.
La historia de España en el extranjero
Don Julían
Juderías publicó la primera edición de "La Leyenda Negra" a principios de 1914,
inspirado en un sentimiento puramente patriótico. Había llegado a la conclusión
de que los prejuicios protestantes, primero, y revolucionarios, después, crearon
y mantuvieron la leyenda de una "España inquisitorial, ignorante, fanática,
incapaz de figurar entre los pueblos cultos, lo mismo ahora que antes, dispuesta
siempre a las represiones violentas y enemiga del progreso y de las
innovaciones"; y como este concepto ofendía su patriotismo, el Sr. Juderías
escribió su obra con el modestísimo propósito de mostrar que sólo habíamos sido
intolerantes y fanáticos cuando los demás pueblos de Europa también "habían sido
intolerantes y fanáticos", y que, merecedores de "la consideración y el respeto
de los demás", teníamos derecho a que, cuando se nos estudiara, se hiciera
seriamente "sin necios entusiasmos y sin injustas prevenciones", como había
pedido Morel-Fatio. El Sr. Juderías no podía sospechar entonces que empezaba
para los grandes pueblos extranjeros: Francia, Alemania, Inglaterra y los
Estados Unidos -que la mayoría de los españoles cultos veneraban como a dioses
potentes y sabios- un proceso de crisis, de angustia, de inseguridad, de crítica
profunda, de completa revisión de valores, en que tenía que rehacerse también su
concepto de la España histórica, porque del mismo modo que nuestro fracaso había
sido su éxito, sus perplejidades implicaban el comienzo de nuestra
reivindicación.
La segunda edición de "La Leyenda Negra" se publicó en el año 1917. El prólogo
está fechado precisamente en marzo de 1917. Tampoco entonces sospechaba Juderías
que había empezado a liquidarse la Revolución, con mayúsculas, que sacude al
mundo desde el siglo XVIII. No puede ser otro el significado de la revolución
rusa, porque si al cabo de más de tres millones de fusilamientos y de dieciséis
años de esclavitud y de miseria el pueblo de Dostoievski no tiene en la
actualidad más perspectiva que la de las grandes hambres que se anuncian, lo que
ello revela es que la Revolución ha fracasado y que cuanto España hizo en sus
buenos siglos por alejar de sí los fermentos revolucionarios del Renacimiento y
la Reforma no puede ya merecer otro juicio que el obra previsora y benéfica.
Tanto han cambiado los panoramas en estos tres lustros que ahora es posible que
los extranjeros elogien de España lo que antes más habían combatido, que
entiendan, mejor que nosotros mismos, nuestro arte barroco, que publiquen en
Alemania libros numerosos para hacerlo entender a los cultos, que defiendan, en
suma, nuestra historia más decididamente que nosotros.
Tengo sobre la mesa de trabajo la "Historia de España", del académico francés M.
Bertrand; la "Isabel la Católica", del inglés Mr. W. T. Walsh; el "Felipe II",
del inglés David Loth; "Libertad y Despotismo en la América española", del
inglés Cecil Jane, que viene a ser una paráfrasis de aquel opúsculo maravilloso
sobre: "El fin del Imperio español en América", del cónsul francés Marius André.
¿Qué valor puede tener esta reivindicación de los valores históricos de España
que se hace en el extranjero, y especialmente en Francia e Inglaterra, que tanto
han hecho por obscurecerlos y denigrarlos? ¿Es que no somos ya por un peligro
para nuestros seculares enemigos? Así es, en efecto; no lo somos, pero ello
realza el valor científico de estas obras. Si fuéramos una gran potencia actual
no se hablaría de nosotros con la palabra ecuánime en que se escriben estos
libros. Un elogio de Alemania por un francés o de Francia por un alemán ha de
ser inevitablemente polémico, lo que hará, en la mayoría de los casos, menos
veraz que estas historias.
La de Bertrand pinta a España esencialmente como la campeona de la Cristiandad
frente al Islam. En estos años nos habíamos acostumbrados a leer en libros y
periódicos desaforados elogios de los árabes. Los españoles cristianos, según
ellos, fueron unos bárbaros, cuya intransigencia les había impedido fundirse con
sus compatriotas moros, compatriotas tan españoles como los cristianos, según
estos arabizantes, pero infinitamente más tolerantes y civilizados. La historia
de M. Bertrand, que ha pasado buena parte de su vida entre los moros y españoles
de Argelia, vuelve a poner las cosas en su punto. Los árabes, a pesar de sus
grandes poetas y místicos, fueron unos salvajes que nunca tuvieron más
civilización que la de los pueblos dominados por ellos: sirios, egipcios, persas
y españoles. Su crueldad fue siempre tan notoria como la relajación de sus
costumbres. Y en el siglo XV, cuando los echamos de Granada, nos eran tan
extraños e incompatibles con nuestros sentimientos europeos como ocho siglos
antes, al entrar en España. Con lo que M. Bertrand viene a reforzar el concepto
tradicional que los españoles tenemos de los moros, pero que los extranjeros -y
algunos compatriotas- querían desvirtuar.
Los españoles no nos atrevíamos a defender el establecimiento de la Inquisición.
En su libro sobre Isabel, Mr. Walsh esclarece los hechos. Había en 1492 unos
200.000 judíos practicantes y unos tres millones de judíos conversos, algunos
sinceros, la mayoría no, dirigidos por hombres poderosos que acariciaban el
pensamiento de alzarse con España por Israel y muy capaces, por sus talentos y
sus medios de acción, de llevarlo a la práctica, aprovechando, en lo
internacional, el creciente poderío de sus enemigos los turcos. El pueblo se
revolvía contra ellos, contra su usura y su soberbia, y cuando se encolerizaba
caía lo mismo sobre los practicantes que sobre los conversos, sinceros e
insinceros. ¿Qué hacer para frustrar el propósito de los israelitas y evitar que
las iras populares pesaran igualmente sobre los inocentes que sobre los
culpables? Isabel lo pensó mucho. Sabido es lo que hizo. Expulsó a los judíos
practicantes y, para distinguir a los conversos sinceros de los insinceros,
encomendó las averiguaciones necesarias a un Tribunal constituido por los
hombres de más saber y de moralidad más depurada que había en Castilla, que eran
entonces los frailes dominicos.
A Felipe II se le trató en su tiempo como el "demonio del Mediodía" y la "araña
del Escorial". El libro de David Loth es incompleto. Merece el reproche que hace
el autor a nuestro Monarca. Le falta vuelo imaginativo para entender el ideal de
la Contrarreforma, a que Felipe dedicó la vida, y para sentir el espíritu
español, que estaba creando un Imperio en el continente americano. Loth nos
muestra a un soberano excepcionalmente bondadoso para todos los suyos, incluso
para el príncipe Don Carlos, dado al trabajo con absoluta abnegación, demasiado
lento en adoptar resoluciones, pero hábil, sagaz, patriota y extremadamente
religioso ¿No es ésta una figura de que debemos enorgullecernos? ¿Que sacrificó
el interés egoísta de España a la Contrarreforma? Perfectamente; la gloria de
los pueblos está en sus sacrificios. Gracias al nuestro pudo impedirse que el
protestantismo venciera en toda Europa, aunque no se logró evitar que
prevaleciera en algunos países, porque, como ha dicho recientemente un escritor
joven, Dios quiso que se hiciera la experiencia, quizás para que pudiera verse
con toda claridad que el protestantismo conduce al paganismo.
Y en cuanto a las guerras de la independencia de América, que hasta ahora se nos
definían como un episodio en la lucha de la revolución contra la reacción y del
progreso contra la barbarie, los libros de André y de Jane demuestran que en
ellas combatieron principalmente los hispanoamericanos por los principios
españoles de los siglos XVI y XVII y contra las ideas de superioridad peninsular
y de explotación económica que llevaron a América los virreyes y funcionarios de
Fernando VI y Carlos III.
Ahora bien: estas cosas no ocurren sin motivo. Que en Francia e Inglaterra se
reivindiquen los principios de la Hispanidad, cuando España misma parece
avergonzarse de ellos, sería inexplicable si no fuera porque la razón de ser de
la Historia es la perenne necesidad de realzar valores que se habían negado o
relegado a segundo término y de rebajar otros injustamente ponderados.
Si ahora vuelven algunos espíritus alertas los ojos hacia la España del siglo
XVI es porque creyó en la verdad objetiva y en la verdad moral. Creyó que lo
bueno debe ser bueno para todos, y que hay un derecho común a todo el mundo,
porque el favorito de sus dogmas era la unidad del género humano y la igualdad
esencial de los hombres, fundada en su posibilidad de salvación. En los siglos
XVIII y XIX han prevalecido las creencias opuestas. Por negación de la verdad
objetiva se ha sostenido que los hombres no podían entenderse. En este supuesto
de una Babel universal se han fundamentado la libertad para todas las doctrinas
y, así postulada la incomprensión de todos, ha sido necesario concebir el
derecho como el mandato de la voluntad más fuerte o de la mayoría de las
voluntades, y no como el dictado de la razón ordenada al bien común.
Ello ha conducido al mundo adonde tenía que llevarle: a la guerra de todos
contra todos. En lo interno, a la guerra de clases; en lo exterior, a la guerra
universal, seguida de la rivalidad de los armamentos, que es la continuación de
la guerra pasada y la preparación de la venidera. Y como la España del siglo
XVI, frente a este caos, representaba, con su Monarquía católica, el principio
de unidad -la unidad de la Cristiandad, la unidad del género humano, la unidad
de los principios fundamentales del derecho natural y del derecho de gentes y
aun la unidad física del mundo y la de la civilización frente a la barbarie-,
los ojos angustiados por la actual enciérrense de los pueblos tienen que
volverse a la epopeya hispánica y a los principios de la Hispanidad, por razones
análogas a las que movieron a la Iglesia durante la Edad Media, a resucitar, en
lo posible, el Imperio romano, con lo que fue creado el Sacro Romano Imperio, en
la esperanza de que se sobrepasará a las arbitrariedades de pueblos y de
príncipes.
No se rehizo la Roma antigua, sino que se elaboró un mundo nuevo, porque así
procede la civilización; para crear el porvenir se inspira en el pasado. Y es
que la Historia es el faro de la Humanidad. De cuando en cuando los ojos de un
profeta rasgan el velo del futuro para revelarnos algún aviso de la Providencia.
A los hombres normales el porvenir es un misterio impenetrable. Por eso nos
orientamos en la Historia. Y es que no nos movemos meramente por impulsos
ciegos, sino por deseos, que llamamos ideales, porque para desear hay que tener
idea de lo deseado y aun de lo deseable. Como el porvenir no nos la da, habremos
de buscarla en los ejemplos del pasado.
La "política indiana"
A la obra de los
extraños ha de irse añadiendo, como es natural, la de los propios. El esfuerzo
gigantesco de Menéndez Pelayo, aunque solitario, no ha de ser estéril. La
traducción de las Relecciones del padre Vitoria ha revelado a muchos
compatriotas que hubo un tiempo en que los españoles éramos originales y
señalábamos direcciones nuevas al pensamiento universal. Lo extraordinario es
que hayan pasado siglos enteros en que estuvo olvidado en España el nombre de
Francisco de Vitoria, porque el creador del derecho internacional no era tan
solo un pensamiento alado y rápido, certero y genial, sino que por tal fue
reputado y por maestro inimitable le tenían los letrados de los siglos XVI y
XVII. Olvidarnos los españoles de Vitoria es como si los ingleses prescindieran
de Bacon o los franceses de Descartes o los alemanes de Leibnitz.
La Compañía Iberoamericana de Publicaciones reimprimió no hace mucho un libro
que por sí mismo se bastaría, no ya a justificar la existencia de la Compañía
Iberoamericana de Publicaciones como casa editora, sino la de España como
nación: la "Política Indiana", de Solórzano Pereira. Ningún hombre culto pasará
un par de días en hojearlo sin que se le esclarezca el sentido histórico de
España. Es toda una enciclopedia de nuestro sistema colonial, escrita por un
hombre de saber más que enciclopédico, porque lo orientan e iluminan la fe y el
patriotismo. "La conservación y el aumento de la fe es el fundamento de la
Monarquía", dice sencillamente al comenzar la parte que dedica a las cosas
eclesiásticas y Patronato Real de las Indias. El libro está hecho por una cabeza
nacida expresamente para el trabajo intelectual. Diríase que el autor ha tenido
tres o cuatro vidas y que ha dedicado todas ellas, por partes iguales, al
estudio de los libros y a la observación de la realidad. Buena parte de la fama
de sabio de Montaigne se debe a las dos mil citas de clásicos que hay en sus
"Ensayos". Las que hace Solórzano en los cinco volúmenes de su obra no bajaran
de veinte mil. Y estas citas no son alarde vano de personal erudición, sino el
método mismo de la obra. Se trata de un libro de Derecho, como lo dice su título
en la lengua latina en que primeramente se escribió: "De indiarum jure". Según
la concepción predominante en los tiempos modernos, el Derecho no es sino la
expresión de la voluntad soberana, sea del rey, del Parlamento o de quien fuere,
por lo que la misión del jurista se reduce a buscar el lugar en donde esa
voluntad se hace explícita y mostrar su vigencia. En cambio, para el antiguo
espíritu español, el Derecho no era hijo de la voluntad, sino de la
inteligencia. No era una voluntad quien lo declaraba en primer término, sino la
inteligencia la que descubría la "ordenación racional enderezada al bien común",
que es la definición que Santo Tomás había dado del Derecho. Y para hacer ver
que su entendimiento no se equivocaba, el jurista debía compulsar su propio
juicio con el de los expertos, y mostrar el acuerdo de su criterio, con las
respuestas de los prudentes ("responsa prudentium") del Derecho romano, cuya
prudencia, a se vez, se contrastaba con la de los grandes escritores y
moralistas de las lenguas clásicas, los Padres de la Iglesia y las Sagradas
Escrituras.
Hay, además, en este libro la defensa de la obra de su patria. Lo escribe un
hombre que sabía muy bien que en el extranjero se propagaba ya que España "va de
caída" y que no podía cerrar los ojos al espectáculo de despoblación y pobreza
que en tiempos de Felipe IV ofrecía la Península, pero que hallaba su consuelo
en el progreso y prosperidad de las razas de América, obra de España, por lo que
escribía con patriótico y legítimo orgullo hablando de su libro:
"Donde justamente encarezco el cuidado y vigilancia en procurar la salud y
defensa corporal de los indios, y en despachar y promulgar casi todos los días
leyes y penas gravísimas contra los transgresores obrando en esta parte cuanto
pudo y puede alcanzar la prudencia y providencia humana, y apresurando e
igualando los castigos con los excesos, que es solo el modo que se halla para
enmendarlos."
Y para demostrar que en este punto no sufría variantes la política de los reyes
de España, se refirió a la Real Cédula del 3 de julio de 1627, en la que, no
contento don Felipe IV con las penas y apercibimientos de su Real Supremo
Consejo de las Indias, para que se quitasen y castigasen las injurias y
opresiones a los indios, "puso de su real mano y letra las palabras siguientes:
Quiero me deís satisfacción a Mí y al mundo del modo de tratar ese mis vasallos,
y de no hacerlo (con que en repuesta de esta carta vea Yo executados exemplares
castigos en los que hubieren excedido en esta parte) me daré por de servido. Y
aseguraos que, aunque no lo remediéis, lo tengo de remediar, y mandaros hacer
gran cargo de las más leves omisiones de ésto, por ser contra Dios y contra Mí,
y en total destruición de esos Reynos, cuyos naturales estimo, y quiero sean
tratados como lo merecen vasallos que tanto sirven a la Monarquía y tanto la han
engrandecido e ilustrado."
La "Política Indiana" no puede compendiarse, porque es tan esencial en ella la
meticulosidad en los detalles como la grandeza de las líneas generales. Frente a
los que dicen que fuimos a América por codicia del oro y de la plata y no por el
celo de la predicación, ahí están nuestras cartas de nobleza. La primera de
todas, las instrucciones que los Reyes Católicos dieron a Colón, en la primera
de sus expediciones, encomendándole la conversión a la fe de los moradores de
las tierras que encontrare, para lo cual le encargan que se trate "muy bien y
amorosamente a los dichos indios". Lo mismo dice la Bula de Alejandro VI,
expedida el 4 de mayo de 1493. Al conceder el señorío de las nuevas tierras a
los Reyes de Castilla y León, el Papa les manda enviar hombres buenos y sabios,
que instruyan a los naturales en la fe y les enseñen buenas costumbres. Confirma
este propósito el testamento de Isabel la Católica. "Nuestra principal
intención" fue convertir los pueblos de las nuevas islas y tierra firme a
"Nuestra Santa Fe Católica". Y lo mismo repiten, en infinitas cédulas y
ordenanzas, todos los reyes españoles, encareciéndolo a sus virreyes con toda
clase de amenazas para los desobedientes.
No puede darse cordura mayor que la de Solórzano al tratar el problema de los
indios. Lejos de compartir las ilusiones del padre Las Casas, se da cuenta de
que se trata de "criaturas miserables" dignas, por ello, de nuestra compasión,
lo que no le impide afirmar, sin ambages que: "pues las fieras se amansan, los
indios se harán políticos", porque: "la educación excede a la naturaleza". No
puede darse tampoco fe más plena en la capacidad de los indios para el progreso.
Lo mismo opina de los mestizos, mulatos y zambos. Solórzano se da cuenta de sus
vicios, de sus debilidades, de la inmoralidad que se sigue a la ilegitimidad del
nacimiento de muchos de ellos. Señala prudentemente el matrimonio como el camino
más seguro para su dignificación como raza, aunque también reconoce a los hijos
naturales la posibilidad de la virtud. Y en cuanto a los criollos, cuya
capacidad pretendían negar algunos españoles, no puede darse defensa más
cumplida que la que hace Solórzano de los muchos que en el Perú había conocido,
tan significados por sus virtudes y talentos como los mejores europeos.
Su tratado de las Encomiendas destruye la leyenda que ha querido contraponer la
bondad y abnegación de los misioneros a la codicia y crueldad de los
encomenderos. Las encomiendas fueron nuestro feudalismo, es decir, una escuela
de lealtad y de honor, al mismo tiempo que el brazo secular para el
adoctrinamiento de los indios. En el libro que dedica al régimen de la Iglesia
en América se ha podido ver como un intento de convertir el Patronato de los
reyes españoles -con el derecho anejo de nombrar Arzobispos, Obispos,
Prebendados y Beneficiados, que les había conferido la Bula de Julio II el 5 de
agosto de 1508-, en un Vicevicariato, que, naturalmente, no podía reconocer el
Vaticano, porque a los reyes piadosos y celosos de la fe podían suceder otros
que entregaran el gobierno de sus reinos a hombres como el conde de Aranda y
Roda, más amigos de Voltaire y de Rousseau que del Cristianismo. Pero el hecho
de que el más voluminoso de los Tratados de Solórzano se dedique al régimen
eclesiástico da por sí solo carácter a nuestra dominación en América.
El Tratado de la gobernación secular muestra la escrupulosidad con que se
atendía a la Administración de justicia. La institución de los visitadores y de
los juicios de residencia a virreyes y oidores, al cesar en su cargo, corrobora
ese celo. El propio Solórzano es en sí mismo ejemplo del cuidado con que se
atendía a la formación y preparación de hombres públicos que, después de haber
descollado en los estudios universitarios y de pasar sus buenos años en América,
pudieran dar al Consejo de Indias la plena sazón de sus experiencias y talentos.
Lo que no hay en la obra de Solórzano es un tratado militar de la defensa de las
Indias, y sí solamente un capítulo en que se dice: "Que si se considera las
historias, más lugares y provincias se hallará haber perdido Gobernadores de
capa y espada que letrados". Y es que la dominación española en América vino a
ser un Imperio romano sin legiones, porque la defensa del país estaba
principalmente comisionada a los encomenderos, y los militares no aparecen sino
en pequeño número en los años de la conquista y en número mayor cuando el Nuevo
Mundo se separó de la Metrópoli.
Es imposible leer "La Política Indiana" sin estremecerse ante la fuerza
intelectual y la energía moral que revela, no sólo en el autor, sino en el
pueblo y en el régimen de que es intérprete oficial. Se me ha escapado ya la
comparación con el Imperio de Roma. Ante la obra de Solórzano se comprende mejor
a Maine, cuando termina sus ensayos de derechos romanos afirmando que las dos
materias de pensamiento que hay capaces de emplear todas las facultades y
potencias del espíritu humano son las investigaciones metafísicas, que no tienen
límite, y las del Derecho, que son tan extensas como los negocios del género
humano. Muchos críticos han dicho que las energías mentales del mundo civilizado
quedaron paralizadas desde que terminó la era de Augusto hasta que surgieron las
polémicas del Cristianismo. Maine protesta del aserto y dice que lo que sucedió
fue que las provincias orientales del Imperio se dedicaron a la metafísica,
mientras que las occidentales encontraron en el estudio y práctica del Derecho
"una ocupación capaz de compensarlas de la ausencia de cualquier otro ejercicio
mental y puedo añadir que los resultados obtenidos no fueron indignos del
trabajo continuo y exclusivo que se empleó en producirlos".
Lo mismo podemos decir los españoles e hispanoamericanos al leer a Solórzano. Su
"Política Indiana", antes de que la Compañía Iberoamericana de Publicaciones la
editara, era una obra agotada y conocida solamente por los especialistas de
estudios americanos, a pesar de lo que dice Ricardo Levene sobre la influencia
que ejerció entre los próceres de la Independencia. En regla general puede
decirse que nuestros hombres cultos no han oído ni el nombre de don Juan de
Solórzano Pereira. No importa. En su obra se cuenta que al advertir los indios
mensajeros que los españoles distantes y ausentes se entendían por lo que iba
escrito en las cartas, creyeron eran éstas alguna cosa vivas. Tenían razón, en
cierto modo. Y hay papeles que no sólo son vida, sino algo superior. La
"Política Indiana" es vida y algo más. Al tropezarse con Solórzano han de sentir
los hombres cultos que también por los pueblos hispánicos ha soplado el
espíritu, y no sólo en las cabezas privilegiadas, sino en su régimen, en sus
instituciones, en su obra colectiva.
Y entonces se evidencia que...
Contra moros y judíos
Si nos creemos
inferiores a otros pueblos, es por ignorancia de nuestra Historia. Cuando ésta
nos muestre la perspicacia de nuestros genios, el magnífico sentido de justicia
de nuestra instituciones tradicionales, el espíritu moral de nuestra
civilización, las mentes escogidas pensarán, con Menéndez y Pelayo, que la
extranjerización de nuestras almas es la razón de nuestra decadencia. Al revés
de los norteamericanos de vieja cepa, enteramente dedicados en estos años, según
nos los pinta André Siegfried, a defenderse de los gérmenes heterogéneos:
católicos, judíos y aun orientales, que sienten crecer en su seno y contradicen
su tradición, los españoles e hispanoamericanos se dieron sin reservas, a partir
del siglo XVIII, a la admiración de lo extranjero y, a pesar de las protestas de
Menéndez y Pelayo y de los tradicionalistas, no habrían cejado en este
enajenamiento, si no fuera porque los países que quieren imitar han caído en
situación tan deplorable, que ya no pueden servir de modelo ni suscitar
envidias.
De otra parte, esa extranjerización nuestra ha sido puramente accidental. No
pudo evitar la Casa de Austria que Francia se constituyera como gran Estado
nacional, y consecuencia de su fracaso fue el cambio de dinastía, el
afrancesamiento de la corte y de la aristocracia y, más tarde, el de nuestros
intelectuales. Pero la merecida quiebra de la política antifrancesa de los
Austria no quiere decir que los franceses nos fueran superiores, como tampoco el
hecho de que los indios de América se dejasen matar por el "vaho" de los
españoles significa que sean incapaces de civilización, sino que sus cuerpos no
estaban habituados a los microbios de las enfermedades que resistían nuestros
hombres. Ya se han habituado, y ahora hay probablemente más indios en América
que cuando la conquista; algunos españoles hemos aprendido a defendernos de las
tendencias extranjerizadoras; lo que fue, en un momento dado, razón de
inferioridad, no necesita serlo siempre. Si nuestro espíritu universalista, nos
permitió creer en la superioridad de otros países, ese mismo espíritu nos hará
volver en nosotros mismos, cuando esos pueblos se nos muestren incapaces de
salir de los egoísmos que originan su parálisis económica y su descrédito
progresivo.
El carácter español se ha formado en lucha multisecular contra los moros y
contra los judíos. Frente al fatalismo musulmán se ha ido cristalizando la
persuasión hispánica de la libertad del hombre, de su capacidad de conversión.
No digo con ello que entre los musulmanes doctos predominen ideas muy distintas
de las nuestras sobre el libre albedrío. En la práctica, no cabe duda de que los
musulmanes atribuyen menos valor a la voluntad humana que nosotros, y esto es lo
que se entiende popularmente cuando se habla del fatalismo musulmán. "Islam",
según Spengler, "significa precisamente la imposibilidad de un yo como poder
libre que se enfrente al divino". Y yo no soy entendido, pero Margoliouth, el
arabista de Oxford, me dice que "islam" es el infinitivo, y "muslim", el
participio de un verbo que quiere decir entregar o encomendar algo o alguien a
otro, es decir, volverse completamente a Dios en la oración o en el culto, con
exclusión de todo otro objeto, lo que confirma lo que dice Spengler, si ya no lo
corroborasen a diario el abandono de los mahometanos y la práctica de sus
instituciones fundamentales, como la administración de justicia.
Es sabido, en efecto, que en los países mahometanos no se persigue el robo o el
homicidio, sino a instancias de parte, y si el perjudicado perdona el delito,
perdonado queda. En general se perdona mucho, setenta veces siete, porque Alah
es esencialmente el Compasivo, el Misericordioso. Nuestras leyes exigen a los
hombres cierta medida de perfección. Por lo menos, no han de ser ladrones; no
han de ser homicidas. Esta exigencia es la expresión de nuestra creencia en la
capacidad de bondad de los hombres, en su libertad fundamental. Por eso castigan
los Tribunales a los culpables, aunque los directamente perjudicados los hayan
perdonados. Apreciamos las circunstancias atenuantes, pero suponemos que los
hombres pueden siempre sobreponerse a ellas para dejar de cometer un crimen. El
Islam concede más importancia que nosotros a las circunstancias y menos a la
libertad del hombre. En su perdón va envuelta la creencia de que el acusado no
ha podido proceder de otro modo. Nosotros en cambio, frente al imperio de las
circunstancias, que es el de Dios, afirmamos la libertad del hombre, porque la
libertad del español es la capacidad de hacer el bien, la que el Señor nos
prometió cuando nos dijo que la verdad nos hará libres, explicándonos
inmediatamente después que ello significa libertarse de la servidumbre del
pecado.
Frente a los judíos, que son el pueblo más exclusivista de la tierra, se forjó
nuestro sentimiento de catolicidad, de universalidad. El principal cuidado de la
religión de Israel es mantener la pureza de la raza. No es verdad que los judíos
constituyan, en primer término, una comunidad religiosa. Son una raza. Creen en
su propia sangre y no en ninguna otra. Son la raza más pura del mundo, porque ha
evitado cuidadosamente mezclarse con las otras desde los tiempos de Esdras, a
quien llamaban los hebreos "príncipe de los doctores de la ley", y en cuyo libro
de la Biblia puede verle el lector rasgándose las vestiduras de indignación al
oír que los judíos se habían casado con gentiles, por lo que les dice que las
otras tierras son inmundas: "Y, por tanto, no deís vuestras hijas a sus hijos,
ni recibáis sus hijas para vuestros hijos, ni procuréis jamás su paz ni su
prosperidad" (IX, 12), y, finalmente les exhorta a que: "Hagamos un pacto con el
Señor nuestro Dios, que echaremos todas las mujeres (extranjeras) y los que de
ellas hayan nacido" (X, 3).
La prueba de no ser una comunidad religiosa, en primer término, es que no
quieren prosélitos. Cuenta Israel Friedlander que, cuando se admitieron, fue
siempre: "Bajo la condición expresa de que con ello abandonaban el derecho a ser
judíos de raza". Por esta causa fueron rechazados los samaritanos, que
profesaban su religión, pero que no procedían de su sangre. Y, de otra parte, un
judío sigue siendo judío cuando abjura de su fe. Por ello precisamente nos
obligaron a establecer la Inquisición. No podíamos confiarnos en su conversión
supuesta, porque la Historia enseña que los judíos pseudocristianos,
pseudopaganos o pseudomusulmanes, que adoptaron cuando así les convino una
religión extraña, vuelven a la suya propia en cuanto se les presenta ocasión
favorable, y aunque tengan que esperarla varias generaciones. Cuenta el
historiador Walsh, que en 1284 pagaron a Castilla 853.951 judíos varones y
adultos el impuesto de tres maravedises por cabeza, lo que indica que el número
total de judíos era de cuatro a cinco millones, en una población total que se
calcula en 25 millones de habitantes, y que la peste negra redujo a la mitad.
Si hubo un momento, hacia el siglo XII, en que la raza judía se mezcló con los
españoles, no tardó su ortodoxia en volver, como Esdras, por la pureza de la
sangre y la absoluta separación de razas. Son el ejemplo que ofrecen los mejores
antropólogos para demostrar que el influjo de la herencia es más poderoso que la
adaptación al medio en el destino de una raza. Cuando abri-
gaban el intento de alzarse con España, no era para convertirnos a su religión o
igualarnos a ellos, sino para poder cumplir mejor con los preceptos del
"Deuteronomio", que establece, de una vez para siempre, la duplicidad de su
moral: "Prestarás a las demás naciones y no recibirás prestado de ninguna". "Al
extraño cobrarás intereses; al hermano no se los cobrarás". Y fue por la
repulsión que produjo esta doble moral entre los españoles, a medida que se
fueron dando cuenta de ella, por lo que no prevaleció su intentó de alzarse por
Israel con la Península. San Pablo lo había dicho ya: "et omnibus hominibus
adversantur" (y son enemigos de todos los hombres) (I. Tes. 2, 15).
Los rasgos fundamentales del carácter español son, por lo tanto, los que debe a
la lucha contra moros y judíos y a su contacto secular con ellos. El fatalismo
musulmán, el abandono de los moros, apenas interrumpido de cuando en cuando por
rápidos y efímeros arranques de poder, ha determinado por reacción la firme
convicción que el español abriga de que cualquier hombre puede convertirse y
disponer de su destino, según el concepto de Cervantes. El exclusivismo
israelita es, en cambio, lo que ha arraigado en su alma la convicción de que no
hay razas privilegiadas, de que una cualquiera puede realizar lo que cualquiera
otra. Estos dos principios son grandes y ciertos, y por serlo hemos podido
propagarlos por todos los pueblos que han estado bajo nuestro dominio. Pero
acaso no sean suficientes para el éxito, porque no han evitado que cayéramos en
la superstición de valorar exageradamente las cosas extranjeras, en detrimento
de las nuestras. Todos los pueblos hispánicos hemos padecido y seguimos
padeciendo eso que ahora se llama "complejo de inferioridad", que ha constituido
positiva amenaza para nuestra independencia. En vista de lo mucho que
admirábamos a Francia, creyó Napoleón que era fácil empresa conquistarnos. Y no
me cabe duda que durante muchos años se ha cometido en Washington el mismo error
respecto de los países hispanoamericanos que Napoleón acerca de España.
Espero que para estas fechas se estará disipando, y que a ello obedece la
retirada de tropas norteamericanas de Nicaragua y Santo Domingo y, en parte, la
concesión de la independencia a Filipinas. Y es que, en tanto que se nos respete
nuestro derecho, podemos llegar hasta a arrodillarnos ante un rascacielo, pero
en cuanto otro pueblo nos quiere atropellar, en nombre de una pretendida
superioridad, se nos sale de lo más profundo del espíritu ese concepto de libre
albedrío y de igualdad esencial, que hemos ido elaborando en el curso de siglos
de lucha, advertimos que nuestros principios son superiores a los de los
extraños, y oponemos al atropello una resistencia que hace vana, por demasiado
costosa, cualquier tentativa de sojuzgarnos, incluso, como se está viendo en
esta temporada, la del imperialismo económico y la explotación a distancia,
porque por mucho que valgan los intereses de la casa Guggenheim en Chile,
costaría mucho más a los Estados Unidos invadir Chile y lograr por la fuerza de
las armas que Guggenheim hiciera todo el negocio que pensaba.
Por eso no es ya tanto de temer que a los países hispánicos se los conquiste con
ejércitos y escuadras, como que ellos se dejen caer en el naturalismo, que es el
letargo del espíritu.
La conquista del Estado
Todo lo que hemos
dicho, en efecto, induce a pensar que se está alejando el peligro de una
extranjerización definitiva de los pueblos hispánicos. Ese peligro no se
desvanecerá nunca del todo, porque sus tierras son tentadoras, por lo grandes y
ricas, pero no hay duda de que disminuye con las crisis de las grandes naciones
de Occidente, que no es transitoria, sino definitiva, por haber fracasado los
principios ideales que las guiaban, con su consiguiente desprestigio, que las ha
hecho perder el poder de fascinación que ejercían sobre el resto del mundo, y,
en particular, sobre nuestros países, y, en el caso de los Estados Unidos, con
la necesidad de dedicar buena parte de sus energías a defender su tradición
puritana frente a los pueblos extranjeros que habitan su territorio, al mismo
tiempo que el crecimiento de población de nuestras naciones aumenta su capacidad
de resistencia contra cualquier propósito invasor. También se fortalece la
posición de los países hispánicos con la rehabilitación de nuestros valores
históricos, que de consuno efectúan en estas décadas la curiosidad extranjera y
nuestras propias investigaciones. Pero la Hispanidad no habrá salido
definitivamente de su crisis, sino cuando afronte triunfalmente el mayor de los
peligros que la acechan, que es el naturalismo, la negación radical de los
valores del espíritu. Nuestra rehabilitación histórica no puede influir
directamente sino en la gente culta, en la aristocracia, en la "élite". Al
pueblo se le ha dicho demasiado que los obreros carecen de patria, para que sea
empresa fácil que vuelva a emocionarse con las glorias de la Hispanidad, aparte
de que en España hay vastas zonas populares que nunca compartieron las ilusiones
y esperanzas de nuestras clases educadas, y en América ha de descontarse la
tentación, que en las razas de color es tradición milenaria, apenas interrumpida
por el período de evangelización, de dejarse vivir a la buena de Dios, en la
inmensidad abrumadora de la tierra. Para salvar a nuestros pueblos de la caída
en el naturalismo, habría que reconstruir el orden social, colocando a su cabeza
una jerarquía secular, saturada de principios hispánicos, encendida en nuestros
viejos ideales, resuelta a dedicar la vida al progreso y educación del pueblo,
hasta hacer que prenda entre los más humildes la fe en la libertad espiritual y
el ansia infinita de perfeccionamiento.
En los pueblos hispánicos hay de todo: minoría cultas, aristocracias de la
sangre y de las maneras, masas manejables y perfectibles, ansias populares de
progreso interior y un inmenso abandono, no sólo entre las masas populares, sino
entre las clases que debieran velar por el mantenimiento y depuración de su
sentido aristocrático. Hay pueblos que tratan de constituirse democráticamente;
otros que han renunciado a ese empeño en vista de no haberlo podido realizar;
algunos que han hallado en el caudillismo y en el mando único la posibilidad de
la paz y del progreso; otros en que luchan la idea democrática con la
aristocrática, a falta de un mando único y justo que otorguen a cada clase su
derecho. Este es un momento de crisis, porque ya ha desaparecido entre las
clases educadas la fe que alimentaban en poder constituirse en regímenes como
los de Francia y los Estados Unidos, ahora también en crisis, que conciliasen la
democracia y los respetos sociales, el sentido jurídico y la cultura general.
Las democracias de ahora no se contentan ya con esta clase de regímenes: quieren
ser niveladoras en lo económico, y naturalistas, es decir, negadoras de todos
los valores del espíritu, en el orden moral.
Partamos del principio de que un buen régimen ha de ser mixto. Ha de haber en él
unidad y continuidad en el mando, aristocracia directora, y el pueblo ha de
participar en el Gobierno. También me parece indiscutible que ni la unidad de
mando ni la aristocracia serán duraderas, como no prevalezca en su conciencia y
en la de la nación la idea de que los cargos directores son servicios penosos y
no privilegios de fácil disfrute. Lo que se pleitea es si ha de prevalecer en
las sociedades un espíritu de servicio y de emulación, o si han de dejarse
llevar por la ley de menor resistencia, para no hacer sino lo que menos trabajo
les cueste, en un sentido general de abandono, lo que dependerá, sobre todo, de
que se considere el Estado como un servicio o como el botín del vencedor.
Nada ha sido más funesto a los pueblos de la Hispanidad que su concepto del
Estado como un derecho a recaudar contribuciones y a repartir destinos. Desde
luego, puede decirse que se debe a ese concepto la división de la Hispanidad en
una veintena de Estados. De esa manera se dispone de otras tantas Presidencias,
Ministerios, Cuerpos Legisladores y "funcionarios de toda clase", que es la
definición que ha dado el humorismo de la nueva República española. Cuando Cuba
era colonia nuestra, su presupuesto total era de unos veintitrés millones de
pesos, diez de los cuales se los llevaban los intereses de su especial deuda, y
otros diez el ejército y marina, quedando apenas tres para los servicios civiles
de la isla. Al hacerse independiente, cargó la Metrópoli con el servicio de la
Deuda y con los gastos militares. El presupuesto de tres millones no tardó en
rebasar la centena. Después ha bajado, a causa de la crisis, pero hubo momento
en que todos los cubanos parecían nacer con su credencial debajo del sobaco. Las
dictaduras surgen en América por la necesidad de poner coto al incremento de los
gastos públicos. Las democracias, en cambio, nacen del ansia, no menos
imperiosa, de dar a todo el mundo empleos del Gobierno.
Don Antonio Maura dijo de los presupuestos del Estado, que eran la lista civil
de las clases medias. En su tiempo, apenas se conocían las reformas sociales, y
aún no se soñaba con dar pensiones a los trabajadores sin empleo. El Estado
contemporáneo es la lista civil del sufragio universal, lo que quiere decir que
su bancarrota es infalible, hipótesis que la realidad confirma con la
desvalorización de libras y liras, marcos y francos, que no ha impedido que el
ulterior incremento de los gastos públicos vuelva a poner a los Estados en
trance de nueva bancarrota. Es posible que este tipo de Estado esté destinado a
prevalecer temporalmente en el mundo. Ello querría decir que todos los países
habrían de pasar por una experiencia parecida a la de Rusia, y por tristezas
análogas a la de su pueblo esclavizado y a la de su burocracia comunista, que le
hace trabajar. De lo que no cabe duda es de que ese tipo de Estado absorbente
tiene que conducir en todas partes a la miseria general.
Lo probable es que los pueblos de Occidente se sacudan esta tiranía del Estado
antes de dejar que los aplaste. No sé cómo lo harán. En tanto que la posesión
del Poder público permita a los gobernantes repartir destinos a capricho entre
sus amigos y electores, y acribillar a impuestos y gabelas a los enemigos y
neutrales, no es muy probable que los pueblos hispánicos disfruten de interior
tranquilidad, ni mucho menos que la Hispanidad llegue a dotarse de su órgano
jurídico, porque cada uno de sus pueblos defenderá los privilegios de la
soberanía con uñas y con dientes. Es seguro que mientras no se encuentre la
manera de cambiar de un modo radical la situación, se irá acentuando la tiranía
y el coste del Estado, y a medida que disminuyen los estímulos que retienen a
parte de las clases directoras en el comercio o en la industria, llegará momento
en que no habrá más aspiración que la de ser empleado público. Pero este tipo de
Estado ha de quebrar, lo mismo en América que en Europa, no sólo porque los
pueblos no pueden soportarlo, sino porque carece de justificación ideal. Es un
Estado explotador, más que rector. Antes de sucumbir a su imperio, preferirán
los pueblos salvarse como Italia, o mejor que Italia, por algún golpe de
autoridad que arrebate a los electores influyentes su botín de empleos públicos.
Entonces será posible que prevalezca en nuestros pueblos un sentido del Estado
como servicio, como honor, como vocación, en que ninguno de los empleos públicos
valga la pena de ser desempeñado por su sueldo, porque todos los hombres capaces
hallarán fuera del Estado ocupaciones más remuneradoras, y en que, sin embargo,
sea tan excelso el honor del servicio público, que los talentos se disputarán su
desempeño y la sociedad los premiará con su admiración y rendimiento. Ese día se
resolverán automáticamente los problemas que ahora parecen más espinosos. Los
pequeños nacionalismos habrán dejado al descubierto la urdimbre de pequeños
egoísmos burocráticos sobre los cuales bordan sus banderas. Tan pronto como el
Estado-botín haya cedido el puesto al Estado-servicio, habrá desaparecido todo
lo que hay de egoísta y miserable en el celo de la soberanía, para que no quede
sino el espíritu de emulación, que no será ya obstáculo para que se entienda y
reconozca la profunda unidad de los pueblos hispánicos, ni para que esa unidad
encuentre la fórmula jurídica con que se exprese ante los demás pueblos, porque
ya se habrá desvanecido el temor a que el Gobierno de otro pueblo hispánico nos
imponga tributos, y la misma soberanía habrá dejado de ser un privilegio, para
convertirse en una obligación. Pero, por supuesto, el Estado-botín no es sino la
expresión política de un sentido naturalista de la vida, como el Estado-servicio
la de un sentido espiritual o religioso.
En la hora actual, no parece que exista poder alguno capaz de sobreponerse al
del Estado. La demagogia y el sufragio universal conducen a la absorción
creciente de las fuerzas sociales por el Poder público. Pero no es muy probable
que pueblos cristianos se dejen aplastar por sus Estados, ni parece posible que
éstos sobrevivan a su excesivo crecimiento, porque se desharán por sí mismos,
cuando no puedan los pueblos continuar sosteniendo sus ejércitos de
funcionarios. Desde ahora mismo debieran prepararse las minorías educadas para
aprovechar la primera ocasión favorable, a fin de sujetar al monstruo y reducir
las funciones del Estado a lo que debe ser: la justicia que armonice los
intereses de las distintas clases, la defensa nacional, la paz, el buen ejemplo
y la inspección de la cultura superior. Porque ese Estado de las democracias,
pagador de electores y proveedor de empleos, no es sino barbarie, y hay que
buscarle sucesor desde ahora.
Resumen
La crisis de la
Hispanidad es la de sus principios religiosos. Hubo un día en que una parte
influyente de los españoles cultos dejó de creer en la necesidad de que los
principios en que debía inspirarse su Gobierno fuesen al mismo tiempo los de su
religión. El primer momento de la crisis se manifiesta en el intento de
secularización del Estado español, realizado por los ministros de Fernando VI y
Carlos III. Ya en ese intento pueden distinguirse, hasta contra la voluntad de
sus iniciadores, tres fases diversas: la de admiración al extranjero, sobre todo
a Francia o a Inglaterra y desconfianza de nosotros mismos, la de pérdida de la
fe religiosa, y la puramente revolucionaria.
Al trasplantarse a América estos modos espirituales, destruían necesariamente
los fundamentos ideales del Imperio español. No hemos de extrañarnos de que la
guerra de la independencia fuera en el Nuevo Mundo una guerra civil. De una
parte se alzaron contra los fermentos revolucionarios de la España europea los
criollos aristócratas y reaccionarios; de otra parte, pelearon contra España,
por temor a su posible reacción, los americanos de ideas revolucionarias.
Estos movimientos antiespañoles han buscado apoyo, de una parte, en el auge
industrial y político de las naciones más hostiles a España, que ha hecho creer
a numerosos intelectuales hispanoamericanos que eran modelos más dignos de
imitación que la "atrasada" madre patria, y de otra parte, en el interés de
fomentar a toda costa la independencia de Estados nacionales, proveedores de
empleos para todos y, especialmente, para las clases educadas.
Pero todos estos aspectos de la crisis de los pueblos hispánicos pueden
considerarse como históricos y pasados, aunque continúen influyendo en la
realidad presente:
Primero, porque el valor de España y de su civilización está siendo reivindicado
por todos los historiadores imparciales de alguna perspicacia.
Segundo, porque en todo el Occidente está volviendo a recobrar la fe católica la
parte más excelsa de la grey intelectual. Una confesión que satisface a un
Maritain, a un Papini, a un Chesterton o a un Max Scheler, no puede ya parecer
estrecha a ninguna inteligencia honrada.
Tercero, porque los pueblos que fueron hostiles a la tradición de España están
pasando por una crisis profunda, de la que no sabemos si podrán salir, como no
se guíen por principios de autoridad y universalidad, análogos a los de nuestra
tradición.
Y cuarto, porque los Estados democráticos nacionales son, en todas partes,
demasiado costosos, y han de ser sustituidos por nuevas concepciones del Estado,
en que éste deje de ser visto como usufructo nacional, para ser considerado como
un servicio y un honor, ya que entonces surgirá espontáneamente la federación o
confederación de todos los Estados hispánicos, aunque fuera preciso reconocer
alguna norma y designar alguna autoridad, para evitar que exploten a sus
pueblos...
El dilema de ser o valer
Sería mucha
pretensión imaginarse que al tratar de definir la Hispanidad nos estemos
aventurando "por mares nunca de antes navegados". El tema de la patria, de la
nación o de la "ciudad" es tan antiguo como la cultura. El intento de definirlo,
sin embargo, tropieza con dificultades que aún no han sido vencidas. Aquí los
mapas nos sirven de poco. Hasta hace pocos años figuraba en ellos Polonia como
parte de Rusia, Alemania y Austria, lo que no la impedía seguir siendo Polonia.
La India es una de las colonias de Inglaterra, lo que no quita para que ningún
inglés admita a un indio entre sus compatriotas. Y la Hispanidad aparece
dividida en veinte Estados, lo que no logra destruir lo que hay en ellos de
común y constituye lo que pudiera denominarse la hispanidad de la Hispanidad. Si
este espíritu de las naciones o de los grupos nacionales fuera tan visible y
evidente como el Ministerio de la Gobernación o la Dirección de Seguridad, no
habría problema. Pero algo eludible y fugitivo debe de haber en su constitución
cuando tantos españoles e hispanoamericanos de aguda inteligencia pueden vivir
como si no existiera. Esa mariposa volandera es lo que quisiéramos apresar entre
los dedos, para mirarla con detenimiento.
Este es un tema de tal naturaleza, que en cuanto se nos quiere simplificar se
nos escapa. Cuando un joven francés de talento, como M. Daniel Rops, nos dice en
su libro último Les années tournantes, que: "La patria no es un Moloch...Es un
ser de carne y de sangre, de nuestra carne y nuestra sangre", no se sabe si M.
Rops ha meditado bien las consecuencias de su aserto, porque si la Patria es un
ser de carne y sangre, como sólo metafóricamente se puede hablar de la carne y
la sangre de Francia, mientras que la carne y la sangre de los franceses son de
una realidad indiscuti ble, resultará que Francia no es más que un nombre y que
no hay más realidad que la de los franceses, con lo que se suprime la cuestión,
que consiste precisamente en esclarecer en qué consiste la esencia de las
naciones, la esencia de Francia. De las palabras de M. Rops se deduciría que no
existe y que el patriotismo de los franceses no les obliga más que a ayudarse
unos a otros, lo que es insuficiente, porque esta ayuda mutua puede ser muy
cómoda para los que la reciben, pero muy incómoda para los que la dan, lo que
hará probablemente preguntarse a éstos por la razón de que se hayan de
sacrificar por sus hermanos, y a esta pregunta ya no hay respuesta, porque la
razón de los deberes de solidaridad de los compatriotas ha de buscarse en la
autoridad superior de la Patria, de la misma manera que las obligaciones de
hermandad de los hombres dependen de la paternidad de Dios.
Esta autoridad superior de la Patria sobre los individuos es lo mismo que quiso
expresar nuestro Cánovas con su magnífica sentencia: "Con la Patria se está con
razón y sin razón, como se está con el padre y con la madre." Sólo que estas
palabras no se deben entender literalmente, sino en su sentido polémico. Lo que
quería decir Cánovas es que se debe estar con la Patria, porque de hecho su
discurso se dirigía también a algunas gentes que no estaban conformes con su
política ni con su sentido de la Patria. Quizás penetrara mejor en el espíritu
de las naciones Mauricio Barrés al definirlas como "la tierra y los muertos",
aunque tampoco se le ha de entender al pie de la letra, porque en ese caso
describirían sus palabras más la esencia de un cementerio que la de una nación.
Los muertos de Barrés no son los cadáveres, sino las obras, las hazañas, los
ideales de las generaciones pasadas, en cuanto marcan orientaciones y valores
para la presente y las que han de sucederla.
Pero lo mismo estos conceptos que el de D. Antonio Maura, cuando decía que "la
Patria no se elige", envolvían cierta confusión entre la región de los valores y
la de los seres, que conviene desvanecer de una vez para siempre, precisamente
para que no se frustren los propósitos patriotas que animaban a tan excelsas
personalidades, ya que lo mismo Cánovas que Maura que Barrés concibieron su
patriotismo en disputa con los antipatriotas o los tibios, que no querían se
sacrificaran intereses particulares en aras de una patria demasiado exigente.
Así también se escriben estas páginas pensando en los muchísimos españoles e
hispano-americanos de talento que han perdido el sentido de las tradiciones
hispánicas, pero de ningún modo hemos de decirles, como Cánovas, Maura o Barrés,
que tienen que estar de todos modos con la tierra y los muertos, sea su voluntad
la que fuere, y que este es un hecho que está por encima del albedrío
individual, aunque haya en este argumento su parte de verdad, porque es
evidente, de otra parte, que el hecho de que aquellas gentes talentudas se
coloquen frente a las tradiciones de su madre Patria o continúen ignorándolas,
es por sí mismo prueba plena de que se pierde el tiempo diciéndoles que tienen
que estar donde no están, como lo perdería el que dijese a ciegos, cojos o
sordos que los hombres no pueden ser ciegos, ni cojos, ni sordos, y lo único que
probaría es que estaba confundiendo el ideal con la realidad. Ahora bien: mentes
esclarecidas no caerían en esta confusión si no fuera porque se trata de una
materia en la que se entrelazan íntimamente el mundo del ser y el de los
valores. Por eso es posible que un espíritu tan fino como el de M. Charles
Maurras, en su Diccionario Político y Crítico, siga a nuestro Cánovas al
considerar la Patria como un ser de la misma naturaleza que nuestro padre y
nuestra madre. He aquí sus palabras:
"Es verdad; hace falta que la Patria se conduzca justamente. Pero no es el
problema de su conducta, de su movimiento, de su acción el que se plantea cuando
se trata de considerar o de practicar el patriotismo, sino la cuestión de su ser
mismo, el problema de su vida o de su muerte. Para ser justa (o injusta) es
preciso primero que sea. Es sofístico introducir el caso de la justicia, de la
injusticia o de cualquier otro atributo de la Patria en el capítulo que trata
solamente de su ser. Hay que agradecer y honrar al padre y a la madre,
independientemente de su título personal a nuestra simpatía. Hay que respetar y
honrar a la Patria, porque es ella, y nosotros somos nosotros,
independientemente de las satisfacciones que pueda ofrecer a nuestro espíritu de
justicia o a nuestro amor de gloria. Nuestro padre puede ir a presidio; hay que
honrarle. Nuestra patria puede cometer grandes faltas; hay que empezar por
defenderla, para que esté segura y libre. La justicia no perderá nada con ello,
porque la primera condición de una patria justa, como de toda patria, es la de
existir, y la segunda, la de poseer la independencia de movimiento y la libertad
de acción, sin las cuales la justicia no es más que un sueño."
Con los sentimientos que inspira a M. Maurras podemos simpatizar de todo
corazón, sin asentir a sus palabras, ni mucho menos compartir sus conceptos.
Francia es un país central, que ha estado en todo tiempo rodeado de pueblos
poderosos, a veces rivales y enemigos suyos. Los franceses han tenido que vivir
desde hace bastantes siglos en constante centinela. Para resistir el ímpetu de
estos vecinos han necesitados unirse íntimamente. Y por ese puede decir M.
Maurras, en otra cláusula de su artículo, que: "El amor de la Patria pone de
acuerdo a los franceses: católicos, librepensadores o protestantes; monárquicos
o republicanos. La Patria es lo que une, por encima de todo lo que divide." Pero
hasta en Francia hace falta predicar constantemente el patriotismo, y por eso
pide M. Maurras que se conjure al Estado "a enseñar la Patria, la Patria real,
concreta, el suelo sagrado en donde duermen los huesos de los padres y la
semilla de los nietos, los siglos encadenados de la historia de Francia y las
perspectivas de nuestra civilización venidera"; y añade que " la enseñanza de la
Patria es la enseñanza y la defensa del nombre, de la sangre, del honor y del
territorio francés." También tiene Francia sus antipatriotas. Contra ellos se
yergue vigoroso, legítimo, inexpugnable, el ideal nacionalista.
Para defender la patria francesa contra sus enemigos externos e internos, M.
Maurras cree conveniente alzar la categoría suprema de su pensamiento, que
probablemente, en su filosofía positivista, es la de la realidad, la de la
sustancia tangible y ponderable. Por eso dice que antes de la justicia o de la
injusticia está el ser, lo que en los términos de nuestro modo de pensar
equivale a afirmar la primacia o superioridad del ser sobre el valer. Ahora
bien: al decir que la Patria es un ser positivo, que ha de defenderse a toda
costa, M. Maurras está diciendo algo que coincide con el pensar común de los
hombres, sobre todo en países como Francia, que han sufrido diversas invasiones
en estas generaciones y donde la defensa nacional constituye una de las mayores
preocupaciones de los hombres públicos y buen número de ciudadanos. Todo parece
comprobar la idea de que la Patria es un ser: ahí están el territorio, la
población, con sus características corpóreas, el lenguaje propio, los recuerdos
personales de la última guerra, las memoria verbales y escritas de las guerras
anteriores. De otra parte, esta filosofía, que hace preceder el ser a los
valores, se acopla sin esfuerzo al sentir ordinario que supone que también en
los hombres es anterior el ser a las obras de mérito o desmérito de que se hagan
responsables en su vida. Este modo corriente de pensar halla su confirmación en
las teorías evolucionistas, que hacen creer en la existencia de hombres y acaso
de sociedades humanas anteriores a toda cultura, a toda obra del espíritu.
Innecesario añadir que en la actualidad hay muchos millones de hombres que son
evolucionistas, y aun darvinianos, sin tener una idea precisa de lo que se
significa con esas palabras. Se trata de ideas que están en el aire, como la
interpretación marxista o económica de la historia, lo que no quiere decir que
sean verdaderas.
Porque también hay otra filosofía que supone que el espíritu es anterior a todo,
y que en la ontología de la nación o de la Patria, el valor es anterior al ser.
En Francia, por ejemplo, es también posible suponer que nació la patria francesa
el día en que Clodoveo, rey de los francos, hizo de París su capital y adoptó la
religión cristiana, porque entonces se efectuó la infusión de la ley sálica
sobre sucesión de tierras en el derecho romano y el canónico, la del espíritu
militar germánico en la civilización latina, la de un acento nórdico en una
lengua romana y la de la religión católica en el espíritu racista y
aristocrático de los pueblos septentrionales. Antes de Clodoveo no veo en el
país vecino sino tierras y razas, elementos que contribuyen a formar la patria
francesa, pero que no son todavía Francia. Francia surge con la amalgama
físico-espiritual, que hace el rey Clodoveo, de elementos nórdicos, meridionales
y universales, amalgama que tiene que ser de gran valor humano, porque su
armonía y resistencia se han probado en el curso de mil cuatrocientos años de
historia, al cabo de los cuales sigue siendo Francia la misma esencialmente, y
aún parece dispuesta a resistir otros catorce siglos el oleaje del tiempo.
Al decir esto no se pretende resolver desde luego el problema de si el ser de
las naciones es anterior a su valor o si es su valor, por el contrario, lo que
crea y conserva su existencia. Lo que se afirma es que hay en ello una cuestión
genérica, es decir, relativa a todas las naciones, que ha de esclarecerse antes
que la específica de la Hispanidad. Y para precisarla mejor se ha de empezar por
dejar establecido que en todas las naciones el patriotismo es complejo y se
refiere al mismo tiempo al territorio, a la raza y a los valores culturales,
tales como las letras y las artes, las tradiciones, las hazañas históricas, la
religión, las costumbres, etc. El patriotismo del hombre normal se dirige al
complejo de todo ello: territorio, raza y valores culturales. Ama el territorio
natal porque es el que le ha nutrido, y su propio cuerpo viene a ser un pedazo
de la tierra nativa. Quiere a las gentes de su raza porque son también pedazos
de su tierra y se le parecen más que las de otros países, por lo cual las
entiende mejor. Aprecia más que otros los valores culturales patrios porque su
alma se ha criado en ellos y los encuentra más compenetrados con su tierra, su
gente y el alma de su gente que los de otras naciones. Pero en este afecto hacia
la territorio, la raza y los valores hay sus más y sus menos. Los pueblos
quieren más el territorio y la raza; las gentes cultivadas, los valores. Entre
los pueblos, el patriotismo de los nórdicos -ingleses, alemanes, escandinavos-
es más racial que territorial; el de los latinos, más territorial. Entre los
mismos españoles, el sentimiento de los catalanistas es más territorial que
racial, mientras que el de los bizcaitarras, más racial que territorial. El
hombre medio considera como su Patria el complejo de territorio, raza y valores
culturales a los que pertenece, y no se pone a discurrir que lo constituyen
elementos heterogéneos, de los cuales unos son "ónticos": el territorio y la
raza, mientras que los culturales son espirituales o valorativos. Pero de esta
heterogeneidad surge el problema.
El pensador -y a veces también el político, el escritor y todo el que intente
ejercitar alguna influencia sobre sus compatriotas- tiene que preguntarse si en
este complejo de la patria es lo primero y más fundamental el territorio, la
raza o los valores culturales. ¿Cómo vamos a poner en tela de juicio el ser del
Quijote o el de la batalla del Salado? No se trata de eso, sino de
comprenderlos, para fijar su orden genético, para lo cual hay que dilucidar si
el ser de la Patria, mezcla de elementos ónticos o de los valorativos, surge de
sus elementos ónticos o de los valorativos. La consecuencia práctica de adoptar
una u otra solución será de inmensa trascendencia, como hemos de ver más
adelante. Se trata de uno de los máximos dilemas que pueden presentársenos en la
bifurcación de los caminos: el de la primacía del valor o la del ser. En último
término, hay que elegir entre pensar que en el principio era el Verbo, como dice
San Juan, y que "el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas", como describe el
Génesis, o suponer que nuestro verbo y conciencia y presunciones morales emergen
inexplicablemente de la "tierra desnuda y vacía y de las tinieblas sobre el haz
del abismo"... Pero la cuestión de la Patria no es tan complicada y será
resuelta sin gran dificultad.
La Patria es espíritu
Digamos, desde
luego, que antes de ser un ser, la patria es un valor, y, por lo tanto,
espíritu. Si fuera un ser del que nosotros formáramos parte, no podríamos
discutirla, como no discutimos sus elementos ónticos. Cada uno ha nacido donde
ha nacido y es hijo de sus padres. Por lo que hace a los elementos ónticos, el
Sr. Maura tenía razón: "la patria no se elige". Pero la patria es, ante todo,
espíritu. Y ante el espíritu es libre el alma humana. Así la hizo su Creador.
España empieza a ser al convertirse Recaredo a la religión católica el año 586.
Entonces hace San Isidoro el elogio de España que hay en el prólogo a la
Historia de los godos, vándalos y suevos: "¡Oh España! Eres la más hermosa de
todas las tierras... De ti reciben luz el Oriente y el Occidente..." Pero a los
pocos años llama a los sarracenos el Obispo don Opas y les abre la puerta de la
Península el Conde D. Julián. La Hispanidad comienza su existencia el 12 de
octubre de 1492. Al poco tiempo surge entre nuestros escritores la conciencia de
que algo nuevo y grande ha aparecido en la historia del mundo. Pero muchos de
los marinos de Colón hubieran deseado que las tres carabelas se volvieran a
Palos de Moguer, sin descubrir tierras ignotas. Con ello se dice que la patria
es un valor desde el origen, y por lo tanto, problemática para sus mismos hijos,
como el alma, según los teólogos, es espiritual desde el principio, ab initio.
Antes de la hazaña creadora de la patria hay ciertamente hombres y tierra, con
los que la hazaña crea la patria, pero todavía no hay patria. Hasta que Recaredo
no deparó el vínculo espiritual en que habían de juntarse el Gobierno y el
pueblo de España, aquí no había más que pueblos más o menos romanizados y
sujetos a un Gobierno godo, al que tenían que considerar como extranjero y
enemigo. Gobernantes y gobernados habitaban la misma tierra, comunidad
insuficiente para constituir la patria. Pero desde el momento en que los
gobernantes aceptaron la fe, que era también la ley, de los gobernados, surgió
entre unos y otros el lazo espiritual que unió a todos sobre la misma tierra y
en la misma esperanza. Los hombres, la tierra, los sucesos anteriores, la
conquista y colonización romanas, la misma propaganda del Cristianismo en la
Península no fueron sino las condiciones que posibilitaron la creación de
España. Tampoco sin ellas hubiera habido patria, porque el hombre no crea sus
obras de la nada. Pero la patria es espíritu; España es espíritu; la Hispanidad
es espíritu: aquella parte del espíritu universal que nos es más asimilable, por
haber sido creación de nuestros padres en nuestra tierra, ahora llena de signos,
que no cesan de evocarlo ante nuestras miradas.
La patria es espíritu como lo es la proposición de que dos y dos son cuatro, y
esta es la razón de que nos equivoquemos tan a menudo en las cuentas. También es
espíritu el principio que dice que, de dos proposiciones contradictorias, una,
por lo menos, es falsa, lo que no impide que frecuentemente, sin darnos cuenta
de ello, sigamos sobre un mismo asunto dos corrientes contradictorias de
pensamiento. Toda la ciencia no es sino uno de los modos universales del
espíritu. Pero ocurre, además, que el alma, "nuestra alma intelectiva es por sí
y esencialmente la forma del cuerpo humano", como enseña Santo Tomás, y es
artículo de fe desde los tiempos del Concilio de Viena de 1312, por lo que su
formación y educación y salvación están ligadas también a las condiciones
tempo-espaciales de su cuerpo, que es la razón de que desde el principio de los
tiempos la Historia Universal sea la historia de los distintos pueblos y cada
uno de ellos aprenda mejor la lección del holocausto en la vida de los propios
héroes, que se sacrificaron por defender sus gentes y su tierra, que en la de
los héroes de otros pueblos.
Como las obras de nuestros mayores han formado o transformado el medio físico y
espiritual en que nos criamos, nos son también más fácilmente comprensibles que
las de otros países. La patria es un patrimonio espiritual en parte visible,
porque también el espíritu del hombre encarna en la materia, y ahí están para
atestiguarlo las obras de arte plástico: iglesias, monumentos, esculturas,
pinturas, mobiliario, jardines, y las utilitarias, como caminos, ciudades,
viviendas, plantaciones; pero en parte invisible, como el idioma, la música, la
literatura, la tradición, las hazañas históricas, y en parte visible e
invisible, alternativamente, como las costumbres y los gustos. Todo ello junto
hace de cada patria un tesoro de valor universal, cuya custodia corresponde a un
pueblo. Puede compararse, si se quiere, al original de un libro antes de haberse
impreso y cuando su autor trabaja en él. Ella, naturalmente, mientras: "No es
Babilonia, ni Nínive, enterrada en olvido y en polvo". Mejor fuera decir que
cada patria es un melodía inacabada, que cada hombre conoce y siente más o
menos, en proporción de su memoria y su afición. Hay almas que recuerdan muchos
más compases que las otras y las que mejor se saben la música ya oída suelen ser
las que más intensamente anhelan la que les falta oír y las más capaces de
componerla.
Al decir que la patria es una sinfonía o sistema de hazañas y valores culturales
queda rechazada la pretensión que desearía fundar las naciones exclusivamente en
la voluntad de los habitantes de una región cualquiera, ya constituidos en
Estado independiente o deseoso de hacerlo. Al término de la guerra europea se
intentó modificar con arreglo a este principio, la geografía política de la
nueva Europa. Fue el Presidente de los Estados Unidos, Mr. Wilson, quién dedicó
a esta finalidad cinco de los Catorce Puntos que propuso a los beligerantes,
olvidándose quizás, de que su país libró la más sanguinarias de sus guerras al
sólo efecto de impedir que se salieran con la suya los Estados del Sur, que
quisieron vivir de propia cuenta. Así han surgido las repúblicas de Estonia y de
Livonia y caído en la miseria las poblaciones del antiguo Imperio
austro-húngaro. Y es que si las naciones no se basan más que en la voluntad,
pueden triunfar los cantonalismos más absurdos. Vitigudino proclamará su
independencia y hasta es posible que los pueblos vecinos la reconozcan, si están
poseídos de la doctrina de que los derechos a la soberanía sólo se basan en la
voluntad de quién los alega. Solo que los pueblos mudan de parecer y luego
ocurre que sólo se mantienen las nacionalidades que pueden defenderse contra la
ambición de sus vecinos, que también suelen ser las que encarnan algún valor de
Historia Universal, cuya conservación interesa al conjunto de la humanidad.
En Francia tiene muchos adeptos la explicación voluntarista de las
nacionalidades. La frase de Renan que considera las naciones como "plebiscitos
permanentes", le incluye entre los voluntaristas. M. Boutroux ha tratado de
sistematizar este pensamiento diciendo que la unidad de la nación está
constituida "por la voluntad común, consciente y libre de los ciudadanos de
vivir juntos y formar una comunidad política". Peor a este intento de definición
ha podido objetar triunfalmente el alemán Max Scheler que no tiene sentido decir
que la unidad de una persona espiritual colectiva consiste en la voluntad
consciente y libre de sus partes, porque así no se constituye persona alguna. Si
las partes de la nación, los individuos, son personas es precisamente porque su
unidad no depende de "la voluntad consciente y libre" de las células que las
constituyen. Sólo que al dar su solución frente a la doctrina de Bountroux, cae
Max Scheler en un misticismo colectivista de aceptación difícil para una mente
clara. Porque en su opúsculo:"Nation und Weltanschauung", escribe:
"La nación es una persona colectiva espiritual que convive originariamente en
todos sus miembros (es decir, en sus familiares, linajes, y pueblos, porque los
individuos no son nunca miembros) y ello de tal manera que lo que forma la
esencia moral de la nación no es la responsabilidad de las voluntades
individuales que pertenecen a ella, sin la solidaria responsabilidad original de
cada miembro en la existencia, el sentido y el valor del conjunto."
En esta definición se salva el escollo de reducir la nación a un acto de
voluntad coincidente de los individuos, pero se crea, en cambio, una
responsabilidad colectiva de los linajes y los pueblos, que sólo puede tener
carácter metafórico, como la sangre y el cuerpo de Francia, de que nos ha
hablado M. Daniel Rops, porque la verdad es que no conocemos más responsabilidad
que la de los individuos. Tal vez fuera deseable que todas las familias se
sintieran responsables de los destinos de un pueblo, pero son muy contadas
aquellas cuyos miembros sienten todos la patria de la misma manera. Lo que haca
Max Scheler es imaginar un alma colectiva, a la que Renan hubiera querido
enriquecer dotándola de conciencia propia. El pasaje de Renán se encuentra en el
capítulo de "Sueños", de sus "Diálogos filosóficos":
"Las naciones, como Francia, Alemania, Inglaterra, las ciudades, como Atenas,
Venecia, Florencia, París, actúan como personas que tienen carácter, espíritu,
intereses determinados; se puede razonar acerca de ellas como de una persona;
tienen, como los seres vivos, un instinto secreto, un sentimiento de su esencia
y de su conservación, al punto que, independientemente de la reflexión de los
políticos, una nación, una ciudad, pueden compararse a los animales, tan
ingeniosos y profundos cuando se trata de salvar su ser y de asegurar la
perpetuidad de su especie... La célula es ya una pequeña concentración personal:
al consonarse juntas varias células, forman una conciencia de segundo grado
(hombre o animal). Al agruparse las conciencias de segundo grado forman las
conciencias de tercer grado: conciencias de ciudades, conciencias de Iglesias,
conciencias de naciones, producidas por millones de individuos que viven la
misma idea y tienen comunes sentimientos."
Es un razonamiento que cae por su base cuando uno se pregunta si es verdad que
la conciencia que Renan llama de segundo grado, la del hombre, se crea por la
consonancia de las células y cuando se reflexiona que tampoco es cierto que se
formen conciencias de ciudades o de naciones al agruparse los individuos. No hay
almas colectivas. No hay conciencias colectivas. Lo que hay es valores
colectivos cuya conservación interesa a los individuos y a las familias y a los
pueblos. Maeterlinck ha escrito que: "Los hombres, como las montañas, sólo se
unen por la parte más baja. Lo más elevado que poseen se eleva solitario al
infinito". Este dicho no es del todo cierto. Cuando rezan juntos unos cuantos
hombres se están uniendo por la parte más alta. Pero, entendámonos, lo que se
une de ellos son las finalidades de sus almas y no las almas mismas. Las almas
no se unen entre sí; se unen en Dios o se unen en la patria. Mientras peregrinan
por el mundo no pueden unirse en almas superiores, porque no hay en la tierra
almas superiores a la humana. En el acto de la oración nuestra alma se eleva
solitaria: "sola cum solo". Sólo de Dios espera la salud. De los santos no
pedimos más que la intercesión. Y tampoco hace falta considerar a la patria como
una diosa, para vivir y morir por ella. Nadie reza a su patria, pero todos
estamos obligados a rezar por ella y de hecho rezamos, aunque sin darnos cuenta
de ello, cuando pedimos el pan de cada día, porque de la patria lo recibimos
casi siempre, lo mismo el del cuerpo que el del alma.
Por eso es insuficiente el patriotismo que sólo se refiere a la tierra o a
nuestros compatriotas, aunque sea muy provechoso estimularlo todo lo posible. Es
cosa excelente que los hombres se enternezcan el recuerdo del pasaje natal, que
crean que las mujeres de su tierra son las más hermosas del mundo, que cifren su
confianza en la honradez y virtudes de sus compatriotas y que estén seguros de
que no hay alimento comparable a los de su región. También son valores los
biológicos, aparte de que contribuyen a la felicidad de cada pueblo. Hasta
pudiera decirse que con la conciencia de estos valores biológicos se forma el
patriotismo de la patria chica, de la región nativa. Pero lo que forma la patria
única es un nexo, una comunidad espiritual, que es al mismo tiempo un valor de
Historia Universal. Imaginémonos un territorio habitado por gentes heterogéneas,
sin unidad de lenguaje ni de ideales. Pues no constituirán una patria. Pensemos
que están unidas por un espíritu de mutua defensa y por lazos de consanguinidad,
pero no por la conciencia de valor universal alguno. Pues serán una tribu, pero
no una patria, porque un día vendrán gentes que tengan verdaderamente patria y
hablarán a la parte superior del alma de estos cabileños y los incorporarán a su
nación. La patria se hace -perdóneseme si lo repito- con gentes y con tierra,
pero la hace el espíritu y con elementos también espirituales. España la crea
Recaredo al adoptar la religión del pueblo. La Hispanidad es el Imperio que se
funda en la esperanza de que se puedan salvar como nosotros los habitantes de
las tierras desconocidas. Los elementos ónticos, tierra y raza, no son sino
prehistoria, condiciones sine qua non. El ser empieza con la asociación de un
valor universal o de un complejo de valores a los elementos ónticos. Toda
patria, en suma, es una encarnación.
El valor de la patria es anterior al ser. Aquí también han de entenderse las
cosas a derechas. Desde un punto de vista cronológico es evidente que nada del
ser es anterior al ser. Pero el nacimiento de la patria se debe a una idea que
se expresa en un acto y el mantenimiento de la patria es un sistema de ideas,
expresadas también en actos, que se acumulan en apoyo de la idea originaria o de
lo que haya de esencial en ella. En sus "Diálogos filosóficos" dice Renán: "Yo
creo, en efecto, que hay una resultante del mundo, una capitalización de los
bienes de la humanidad y del universo, que se forma por acumulaciones lentas y
sucesivas, con enormes desperdicios, pero con un acrecentamiento incesante, como
en la nutrición del adolescente". Añade que sólo dura lo que se hace por el
ideal y que anula el resto: "Como los egoísmos rivales se hacen en el mundo un
contrapeso exacto, no queda para crear un efecto útil más que la suma
imperceptible de la acción desinteresada". La patria es también una acumulación
de todas las actividades que la crean, sostienen engrandecen. Lo que no puede
sostenerse es que sea una acumulación incesante o fatal. Renan supone con
plácido optimismo que los actos egoístas se contrapesan con exactitud. Lo
supone, pero no lo demuestra, ni la experiencia lo confirma. Lo que la Historia
Universal nos dice es que las naciones se engrandecen por acumulaciones
sucesivas de acciones valiosas, que aumentan su valor original, pero que
disminuyen y se disipan con las ruindades colectivas y los vicios individuales.
El ser de las patrias se funda en el bien y en el bien se sostiene, no en
ninguna clase de "sagrado egoísmo nacional". Los actos generosos, la
contribución de cada pueblo al universal crecimiento del espíritu, es lo que le
vale el fervor de sus hijos y aun el de los amigos que le sostendrán en la hora
de la necesidad. Y si es cierto que la justicia internacional no prevalece
siempre de momento, tampoco las injusticias pueden durar perpetuamente. Al cabo
de tres siglos y medio de difamaciones, vemos rehabilitarse la memoria de Felipe
II y con ella el buen nombre de España. No durará tanto la popularidad de las
naciones que se dejan guiar por el egoísmo en sus relaciones con el resto del
mundo y procuran después cubrir su desamor con la propaganda de mentiras o de
lemas sonoros, pero sin ningún significado.
El deber del patriotismo
La patria es
espíritu. Ello dice que el ser de la patria se funda en un valor o en una
acumulación de valores, con los que se enlaza a los hijos de un territorio en el
suelo que habitan. Y añadimos que con esta definición se aseguran, en la esfera
teórica, mejor que con ninguna otra, los deberes patrióticos, por lo mismo que
se los limita en su órbita normal, al mismo tiempo que se resuelven
satisfactoriamente numerosos problemas, que quedan insolubles en el aire, lo
mismo cuando sólo se atiende a los elementos ónticos de la nación: la tierra o
la raza, que cuando se funda la patria en una tradición indefinida, es decir, en
una tradición que no ha discriminado lo bueno de lo malo.
La patria la crea un valor; en el caso de España, la conversión de Recaredo y de
la monarquía visigoda a la religión del pueblo dominado. La patria se funda en
el espíritu, es decir, en el bien. En el bien se funda y en el bien se sostiene,
así como en el mal se deshace; y por eso no creo que pueda aseverarse que la
defensa de su ser sea anterior a su justicia o injusticia. Cualquier acto de
justicia, la fortalece, cualquier injusticia la debilita. La gloria la
glorifica, la vergüenza, la avergüenza. En el mundo de la vida individual
permite Dios que prevalezca en algunos casos la injusticia. También en la
historia de los pueblos, pero sólo por corto tiempo y ello con un propósito que
luego se vislumbra. El padre Vitoria tenía razón al afirmar que: "Cuando se sabe
que una guerra es injusta, no es lícito a sus súbditos seguir a su Rey, aun
cuando sean por él requeridos, porque el mal no se debe hacer, y conviene más
obedecer a Dios que al Rey."
¿Negaremos con ello que tienen razón los que dicen que se ha de estar con la
patria como con el padre y con la madre? Todo lo contrario. Se ha de estar con
la patria como con el padre y con la madre, pero los mandamientos de la Ley no
han de considerarse aislados, sino en su conjunto, en el compendio que los
reduce a dos: el de amar a Dios y el de amar al prójimo. Se ha de estar con el
padre, la que no quita para que sea heroica la fuga del hijo del ladrón, que
huye de la tutela paterna porque no quiere que su padre le enseñe a robar. El
mandamiento que nos pide honrar padre y madre supone que el padre y la madre se
conducen como corresponde a la dignidad espiritual que la paternidad y
maternidad implican. No se nos pide cumplir un mandamiento para conculcar todos
los demás, sino que cada uno de los mandamientos, salvo el primero, que nos
exige amar a Dios, está condicionado por los otros nueve. En el caso del padre
Vitoria ha de tenerse en cuenta que se trataba del primer maestro en teología
moral de su tiempo y que de entre sus discípulos salían los confesores de los
Reyes de España, que se contaban entonces entre los poquísimos súbditos que
conocían lo bastante los motivos de cada guerra, para poder resolver en
conciencia sobre su justicia o injusticia. De hecho hay dos clases de hombres:
los gobernantes y los gobernados. Los gobernantes están en la obligación de que
su patria esté siempre al lado de la razón, de la humanidad, de la cultura, del
mayor bien posible. Los gobernados no tienen normalmente razones para poder
juzgar a conciencia de la justicia o injusticia de una guerra. Salvo evidencia
de su in- justicia, su deber es obedecer las órdenes de su Gobierno. Y aunque
tengan algunas razones para creer sus órdenes injustas, si no son suficientes
para producir la certidumbre, en caso de duda deben ir con los suyos. ¡En la
duda, Señor, con los nuestros!
A primera vista podrá parecer que a la patria le conviene siempre, con razón o
sin ella, el sacrificio de sus hijos. Pero no es así. Y ello por dos razones. A
la patria injusta se le pierde el respeto y se acaba por perderle el cariño. Si
una nación mata y roba a otras, al solo objeto de engrandecerse, es inferior a
sus hijos, porque éstos deben estar seguros de que su ser no mengua, sino que se
agranda, cuando someten su albedrío a su moralidad. Hombres educados en una
religión que nos enseña que Dios es amor, no puede rendir homenaje a una patria
que todo lo exige sin dar nada. La patria-Moloch no merece nuestro sacrificio,
ni alcanza nuestro afecto. Pero es que, además, si no velan con todo cuidado los
encargados de ello por ligar escrupulosamente la causa de la patria a la del
bien universal, no solamente perderán para ella el afecto de sus hijos, sino que
suscitarán en contra suya enemistades que, tarde o temprano, le serán
perjudiciales y acaso funestas. Cuanto más noble sea la conducta de la patria
nuestra, siempre que no sacrifiquen con ello sus intereses vitales, lo que sería
al mismo tiempo abandonar la causa de la justicia, cuanto más generosamente
proceda, cuanto más rica sea en contenidos espirituales, tanto más la amaremos
sus hijos, tanto más numerosos serán fuera de ella sus admiradores y amigos,
tanto mayor su gloria, tanto más fundados sus títulos al respeto y al aprecio
universales.
Este concepto de las patrias como tesoros espirituales hace justicia a su
patente e indiscutible desigualdad. En las teorías ónticas, cuando se ve la
esencia de la nación en la tierra o en la raza o en la tradición indefinida, es
decir, sea la que fuere, todas las patrias son iguales. Todos los hombres han de
querer o pueden querer con el mismo cariño su tierra o su raza o su tradición.
Lo mismo ocurre cuando se funda en la "voluntad consciente y libre de los
ciudadanos". Tan respetable es la del bosquimano como la del francés o el
alemán. Pero todos sabemos que las naciones son desiguales, no solo en poder,
riqueza y población, sino en su mismo ser. El patriotismo del cabileño o del
turquestánico no es el mismo que el del inglés o el italiano. El ser nacional
del salvaje o del bárbaro es mucho más indefinido que el del hombre civilizado.
A medida que la cultura va multiplicando los vínculos nacionales se intensifica
el patriotismo de los hijos de las distintas nacionalidades. La aparente
intensidad del patriotismo en las naciones nuevas encubre malamente el temor de
que, por tratarse precisamente de un patriotismo poco hecho, puedan perderlo
fácilmente sus hijos o, tal vez, no llegar a adquirirlo, si se trata de
inmigrantes o de hijos de inmigrantes. Lo que se dice con ello es que la patria,
como el patriotismo, es un concepto gradual, y no absoluto, que unas patrias son
más patrias que las otras, y sus hijos más o menos patriotas, según su cultura y
la dirección de su cultura, y que los miembros de las nacionalidades son más o
menos activos o pasivos, más o menos sujetos u objetos de la historia, con lo
cual la teoría no hace sino confirmarnos lo que nos dice la evidencia.
Nuestra teoría hace también justicia a las diversas formas que puede adoptar el
sentimiento nacional y a su diversa graduación jerárquica. Hay gentes que no
llegan a sentir en la patria más que el afecto de la tierra o de las gentes o el
acomodo a sus alimentos o costumbres. Sobre todo en estos siglos de
extranjerización, ha habido españoles ilustres que, enamorados como estaban del
cielo y del suelo patrios, de las canciones populares, de los caballos, de los
vinos, de los cantares, de los bailes, no tenían, sin embargo, la menor noticia
de que la epopeya hispánica ha sido tan importante para el mundo que, sin ella,
no se explica la Historia Universal, como lo demuestra el completo fracaso del
"Esquema de la Historia" de Mr. H. G. Wells, debido a su ignorancia de la fe y
de las obras de España. El hombre es un complejo de cuerpo y alma. El
patriotismo integral ha de responder a esta complejidad. Es, pues, necesario que
gustemos y apreciemos la tierra, la gente, los productos, las costumbres de la
patria nuestra. Pero si el patriotismo se refiere solamente a los elementos
ónticos de la nacionalidad, podría degenerar en una pasión, a la que Lord Hugh
Cecil negaba positivo valor espiritual. Es claro que Lord Cecil se refería
puramente a este patriotismo del territorio y de la raza. Cuando se ama en la
patria preferentemente su acción y significación espiritual, el patriotismo no
es sólo una pasión, sino un deber, un mandamiento de los más elevados, porque en
el amor al espíritu nacional amamos al Espíritu, que es Dios.
Pudiera decirse que el patriotismo de la tierra es el natural, y que suele ser
la ausencia y la nostalgia quienes nos lo descubren. En los países de América se
da frecuentemente el caso del joven inmigrante español que, al cabo de algunos
años de residencia, siente que no puede seguir viviendo sin tomar contacto con
la tierra nativa. Será inútil que se le diga que en el Continente americano hay
muchas tierras y diversos climas, que convendrán mejor a su salud que el terruño
nativo. Nuestro compatriota estará convencido de que lo que necesita es el aire
y el sol de su provincia y de su pueblo, el trato de sus gentes, el pan de su
infancia, aunque sea más negro. Y ese patriotismo irracional tendrá también
razón. Pero hay también otro patriotismo, que conoce el hombre que ha vivido, no
sólo con el cuerpo, sino con el espíritu, en países extranjeros, y estudiando
sus idiomas, y aprendido a manejarlos, y que tal vez se ha labrado en ellos una
posición y un nombre, y que también un día siente que la vida del país
extranjero en donde habita fluye como al margen de su propia vida. En realidad,
probablemente no le importa tanto lo que en él ocurre como los sucesos de su
propia patria, lo que le hace, tal vez, un poco distraído e impide que se entere
de cosas que en su país le hubieran apasionado, por lo que un día llega a la
conclusión de que el pan espiritual de otras naciones no le aprovecha tanto como
el de la propia, y no es final deseable para un hombre de espíritu morirse fuera
de la patria, después de haber vivido algunos años en calidad de extranjero
distinguido, por lo que, aunque su patria sea áspera y pobre y le regatee el
salario y la fama, decide volver a ella en busca del aguijón de los problemas
nacionales, sólo por que son los suyos propios y las raíces de su patria.
Este es el patriotismo espiritual, más poderoso que el de la tierra y el de la
raza. Alemania es tal vez el país cuyos hijos se desnacionalizan más fácilmente
cuando viven en el extranjero. Lo demuestra el inmenso número de ellos que se
hicieron ciudadanos norteamericanos o ingleses o belgas en tiempos de mayor
migración que los actuales. Pero estos alemanes eran generalmente los que no
habían pasado por las Universidades y otras escuelas superiores, y su
desnacionalización se debía, probablemente, a que encontraban más fácilmente la
cultura de otros países que la de el suyo propio, donde hasta los periódicos de
gran circulación están escritos por universitarios, al parecer, con el propósito
de que sean también universitarios sus lectores. En cambio, los doctores
germánicos no se acomodan a país alguno que no sea germánico también. No
soportan el destierro sino obligados por la necesidad. Y ello es otra prueba de
que cuanto más intensa es la cultura, más desarrollado está el espíritu
nacional. La aparente excepción de los misioneros que dedican la vida a la
propaganda de la religión en países salvajes o poco civilizados se explica por
el hecho de que no haya apenas misioneros que se contenten con propagar la
religión. Todos procuran difundir y enaltecer el espíritu de la nación en que
han nacido, y a su obra misionera deben los países que los envían buena parte de
su influencia en el resto del mundo. Los intelectuales alemanes han solido ser
hasta ahora los menos tocados de nacionalismo. Como escribe Federico Sieburg, en
su "Defensa del nacionalismo alemán", lo normal entre ellos, aunque amaban los
clásicos de su país, sus paisajes, sus cantos, etc., es que no pensaban que
tuvieran que ocuparse especialmente de Alemania. Pero cuando han visto que les
faltaban los medios materiales, la necesaria amplitud del territorio para
mantener y acrecentar el patrio espíritu, a surgido entre ellos un patriotismo
tan ardoroso y exaltado, que el mundo tendrán que hacer justicia a sus legítimas
reivindicaciones, si ha de evitar gravísimos conflictos.
Con ello se dice que en el patriotismo espiritual incluye también el
territorial, porque en la tierra se hallan las condiciones materiales de la
posibilidad de que el espíritu realice su misión, aparte de los signos y
estímulos que la obra de las generaciones anteriores ha puesto en ella. Pero no
sería exacto decir que el patriotismo territorial, en cambio, es independiente
del espiritual, porque el espíritu está presente en todo, aunque dormido a
veces. La filosofía de Witehead nos dice que toda experiencia es bipolar. En lo
físico se apunta lo espiritual; en lo espiritual, la tendencia a encarnar en lo
físico. En todas las cosas se da también y al mismo tiempo lo universal y lo
particular. Sustento de los hombres y a la vez materia moldeada, embellecida y
formado por su espíritu, la tierra en que las patrias se asientan no es tampoco
extraña al espíritu. Físicos contemporáneos, como sir James Jeans. nos dicen que
también son espíritu los átomos. Lo esencial e importante para nosotros,
hombres, complejos de alma y cuerpo, es que la obra espiritual realizada en
nuestra tierra por gentes de nuestra raza, cuya sangre corre por nuestras venas,
cuyo lenguaje expresa nuestras ideas, marca una ruta ideal que también es la
nuestra, no sólo porque dimos en ella los primeros pasos en la vida y porque
todo en torno suyo nos anima a la marcha, sino porque fuera de ella somos niños
perdidos en el bosque.
Días pasados leía en el Paraninfo de la antigua Universidad de Alcalá los
apellidos de sus profesores más ilustres; unos me eran conocidos; otros, no;
todos ellos hombres que con sus escritos y palabras habían tratado de abrir paso
al espíritu por las cabezas de sus discípulos. La mera lectura de sus nombres me
hacía estremecer de emoción. ¿Puede creer nadie que la obra de esos maestros se
ha desvanecido por completo? ¿O que no significa para nosotros nada distinto de
las de sus contemporáneos de Oxford o Nápoles? ¿Que no hay en nosotros modos y
esencias que tienen su origen en las tareas de los profesores de Alcalá? No se
diga que el signo del espíritu es la universalidad. La maldad es tan universal
como la bondad. Nadie sabe dónde ni cuándo nació Satanás, ni tampoco se fijó su
imagen en el paño de ninguna Verónica. La bondad deja sus signos
individualizados en el espacio y en el tiempo. La maldad, en cambio, es
destructora, y no deja más señal que la nada. Por donde pasa el caballo de Atila
no vuelve a nacer hierba.
El mejor maestro del patriotismo es San Agustín: " Ama siempre a tus prójimos, y
más que a tus prójimos, a tus padres, y más que a tus padres, a tu patria, y más
que a tu patria, a Dios", escribe en "De libero arbitrio". "La patria es la que
nos engendra, nos nutre y nos educa... Es más preciosa, venerable y santa que
nuestra madre, nuestro padre y nuestros abuelos", dice otro texto del mismo
libro. "Vivir para la patria y engrendar hijos para ella es un deber de virtud",
se lee en "La ciudad de Dios". "Pues que sabéis cuán grande es el amor de la
patria, no os diré nada de él. Es el único amor que merece ser más fuerte que el
de los padres. Si para los hombres de bien hubiese término o medida en los
servicios que pueden rendir a su patria, yo merecería ser excusado de no poder
servirla dignamente. Pero la adhesión a la ciudad crece de día en día, y a
medida que más se nos aproxima la muerte, más deseamos dejar a nuestra patria
feliz y próspera", escribe en una de sus cartas.
He aquí un sentido completo de la patria. La que engendra es la raza; la que
nutre, la tierra; la que educa, la patria como espíritu, a la que se quiere
tanto más cuanto más tiempo pasa, es decir, cuanto más la conocemos. No es
meramente la tierra, como decía un anarquista que llevaba a su hijo a una
frontera, para hacerle ver que no hay apenas diferencia entre una nación y otra.
No es tampoco meramente un ser moral, puesto que ha encarnado en los habitantes
de un territorio. Pero no es tampoco una conciencia colectiva, como quisiera
Renan. No es una superalma. Es más que el Estado, porque éste puede sernos
opresivo y explotador, y no pasa de ser el órgano jurídico y administrativo de
la patria. En cierto modo, es inferior al hombre; porque el hombre tiene
conciencia y voluntad, y la patria no las tiene. Pero le es superior, porque
puede durar sobre la tierra, porque debe durar, si lo merece, hasta el fin de
los tiempos, engendrando, nutriendo y educando a las generaciones sucesivas, y
el hombre es efímero. No podría decirse, sin embargo, que el hombre ha sido
hecho para la patria; porque la verdad es que las patrias han sido hechas para
los hombres, para que los hombres puedan espiritualizarse en esta tierra y no lo
conseguirán del todo si no dedican la existencia a procurar que merezca su
patria perdurar hasta el fin de los tiempos, cosa que no se logrará si no la
hacemos servir a la justicia y a la humanidad.
El Estado no es Dios; la patria, tampoco. Debemos amarla, como San Agustín nos
dice, más que a todas las cosas, después de Dios; pero, por su bien mismo, por
su grandeza misma, no debemos amarla por si misma, sino en Dios, y sólo así, si
nos sacrificamos individualmente por ella, y al mismo tiempo empleamos nuestra
influencia en hacer que sirva a su vez los principios de la justicia universal y
los intereses generales de la humanidad, perdurará y prosperará la nación
nuestra. Pero si la convertimos en ley absoluta, y si nos persuadimos o se
persuaden sus gobernantes de que los intereses del Estado tienen que ser justos
por ser del Estado, haremos con la patria lo que con la mujer o con los hijos a
quienes se lo consintamos todo por exceso de amor, y es que los echaremos a
perder. Vivamos, pues, para la gloria e inmortalidad de la patria. No será
inmortal si no la hacemos justa y Buena.
La tradición como escuela
"Donde no se
conserve piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña,
no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora." A
propósito de esta sentencia, acaso la más conocida de Menéndez y Pelayo, me
escribía hace años D. Miguel Artigas, que hay que fijarse que en ella se asocian
las palabras "original" y "dominadora". Una idea original se puede producir en
cualquier ambiente, conserve o no la herencia de lo pasado, pero sólo será
dominadora si encuentra ya el camino abierto para ella por una sucesión de ideas
que la sirvan de ante-
cedente, y ello por una razón: la de que en un pueblo se conservan como en
depósito de sentimiento los pensamientos del pasado y que una idea no puede ser
dominadora si no logra el apoyo popular.
El Sr. Artigas me daba un ejemplo de esta tesis. Leyendo a Quevedo se encontró
con la idea de que la cualidad dominante del "valido", es decir, del político,
ha de ser el "desinterés". No era una opinión particular, porque así han pensado
los españoles desde los tiempos más remotos, desde los de Viriato el pastor y el
rey Witiza, y en la actualidad no alcanzan popularidad plena sino aquellos
hombres públicos cuyo desinterés es notorio y salen de las posiciones más altas
tan pobres como han entrado en ellas. Es natural que no todos los españoles
compartan este sentimiento. Hay algunos que califican de "santonismo" esta
preferencia del desinterés sobre el talento, que tan arraigada se halla en
nuestro pueblo, pero a pesar suyo es un hecho que el hombre público no es
popular entre nosotros si no sacrifica sus intereses privados al común. Como
sepa vivir dignamente su pobreza, después de ocupar la Presidencia del Consejo
de Ministros, se le perdonan muchas faltas, incluso la de una verdadera
capacidad política, incluso la falta de visión, que, según el Libro de los
Proverbios, hace morir al pueblo. (Prov. 29, 18.)
Otras naciones no comparten esta exigencia nuestra. Mirabeau recibía dinero de
Luis XVI por sus informes, y ello no quebrantaba su reputación entre los
revolucionarios. Danton lo recibió no tan sólo de Luis XVI, sino del Duque de
Orleans y del Gobierno de Inglaterra, y durante muchos años se le consideró como
"la encarnación del patriotismo revolucionario y hasta del patriotismo a secas",
como dice M. Gaxotte, en su historia de la Revolución francesa. Durante la gran
guerra hemos visto formar parte del Gobierno de diversas naciones a hombres
interesados en los contratos de aprovisionamiento, sin que se produjera
escándalo. Y, sin embargo, el pueblo español tiene razón. El hombre público ha
de ocuparse de los intereses generales, y no de los particulares suyos. No es
sólo la tradición nuestra la que ha sentido que había oposición entre unos y
otros. Horacio ensalza aquellos tiempos viejos, en que eran pequeñas las rentas
de los particulares, pero grandes las de la comunidad:
Privatus illis census erat brevis,
Commune magnus.
Y, de otra parte, es imposible atender al mismo tiempo los cuidados particulares
y los públicos. La política es absorbente. Al hombre dado a ella no le debe
quedar tiempo para pensar en sí.
He aquí, pues, un sentimiento tradicional que nos sirve de guía orientadora en
la elección del caudillo político. Tal vez nos prive, en algún caso excepcional,
de un buen estadista, aunque cuidadoso de sus bienes privados. En la generalidad
de los casos el índice del egoísmo se nos revelará contrario al del valor
político. Y de todos modos sabremos siempre que la virtud del desinterés servirá
de pedestal al caudillo y que, en caso de que le falte, habrá que vencer cierta
resistencia para hacerle popular. Pero si el caudillo se amolda a esta antigua
predilección popular, podrá emplear en su obra de estadista la energía que en
otro caso hubiera necesitado para adquirir la indispensable popularidad. Con lo
cual queda evidenciado que el carácter original y dominador de su obra
dependerá, en buena parte, de su adecuación a las condiciones exigidas por "la
herencia de lo pasado".
* * *
Otro ejemplo de la utilidad inmensa que puede derivarse de la tradición, cuando
se la acepta como escuela, lo encontramos en la justicia y en su administración.
No cabe duda de que ambas fueron excelentes en España durante siglos. El
paradigma de Isabel la Católica recorriendo a caballo las vastedades de su
reino, para presidir los juicios de la Santa Hermandad, hizo que nuestra
Monarquía concediera durante siglos esencial importancia a la justicia. Y hoy
reconocen los historiadores que no fue en vano. El inglés David Loth, en su
biografía de Felipe II, confiesa sin reparos que en España se gozaba de más
seguridad de vida y hacienda que en ningún otro país europeo. Lo mismo dice el
crítico Cervantes en su "Persiles". El jurisconsulto argentino D. Enrique Ruiz
Guiñazú ha dedicado una obra capital, "La Magistratura indiana", a demostrar que
las Audiencias americanas fueron organismo principal de la obra civilizadora de
España y de que sus grandes privilegios se debían a que todos los reyes de
Castilla tenían especial cuidado en recordar a virreyes y arzobispos que los
oidores de sus Audiencias representaban inmediatamente a la persona real y
encarnaban su autoridad primera. En caso de vacar los virreinatos, eran las
Audiencias las que gobernaban el territorio y este privilegio de la justicia no
fue abolido hasta 1806, en vísperas ya de la separación. A partir de esta fecha,
ninguno de los pueblos hispánicos se ha distinguido por la excelencia de su
administración de justicia. ¿Qué es lo que ha cambiado desde entonces?
En su estudio sobre el padre Vitoria, escribe el padre Menéndez Raigada, obispo
de Tenerife: "Trasponiendo la materialidad de las normas jurídicas, efímeras e
imperfectas como obra humana que son, es como Vitoria ha podido desentrañar la
médula de la verdadera juridicidad; remontándose a las cumbres de la Moral, es
como ha podido dominar el panorama jurídico y descender luego con pie seguro
para abrir al Derecho sus legítimos cauces; buceando en la naturaleza humana y
arrancando sus bloques de la cantera del Derecho natural, es como ha podido
construir su ciclópeo castillo del Derecho de gentes." Pero no era sólo el padre
Vitoria el que trasponía los límites del Derecho para buscar en la moral su
fundamento. Esto se venía haciendo desde hacía siglos y no sólo para la creación
del derecho de gentes. En su libro sobre el doctor Palacios Rubios, cuenta D.
Eloy Bullón que "en las alegaciones jurídicas, y aun en las sentencias de los
tribunales", se habían extendido "la moda y el abuso de estudiar con excesiva
preferencia el Derecho romano y canónico y de citar constantemente autores
extranjeros", que no eran siempre juristas, puesto que éstos se fundaban, a su
vez, en las opiniones de moralistas y filósofos. Añade que la Corona misma
autorizó por decreto de 1499: "que adquiriesen valor legal en nuestros
tribunales, aunque solamente a título supletorio, las opiniones de los doctores
Bartolo de Sasoferrato, Baldo de Ubaldis, Juan de Andreas y Nicolás de
Tudeschis, llamado el Abad Panormitano". Y muchos años después, Solórzano
Pereira no se contenta con citar autores y providencias españolas en su obra
sobre la "Política indiana", sino que no hay jurista, ni clásico antiguo,
medieval o de su tiempo al que no se haga contribuir al esclarecimiento y
justificación de las leyes de Indias.
Y ello explica, a mi juicio, la excelencia de nuestra justicia en aquellos
tiempos. Estaba administrada por hombres cuya misión no se reducía a aplicar
determinado artículo de cierta ley a cierto caso, sino que en cada sentencia y
en cada alegación se remontaban a las fuentes mismas de la moral y del derecho,
no dejando que la letra de la ley les matase el espíritu, sino buscando en éste
la vida del derecho y su efectividad. Cada administrador de la justicia podía
sentirse revestido de la dignidad del legislador, porque en cada dictamen se
apelaba de la letra de la ley al espíritu y al propósito que la inspiraron. Y
por esta elevada conciencia de su misión encontraban los jurisconsultos plena
satisfacción de sus funciones, como se muestra en el empaque y circunstancias de
las obras de nuestros tratadistas. Hombres que a diario tenían que remontarse a
las fuentes mismas del Derecho y al panorama de la jurisprudencia universal eran
felices en su oficio, porque ejercitaban las más nobles actividades del
espíritu.
Las cosas cambiaron desde que en el siglo XVIII empezó a difundirse en España la
tesis de que la ley no era sino la expresión de la voluntad general o el mandato
del Soberano, individual o colectivo, a las personas sometidas a sus órdenes,
porque así se prescindía nada menos que del carácter moral de las leyes, con lo
que, poco a poco, se fueron olvidando nuestros juristas de que, como habían
aprendido en Santo Tomás, en Soto y en nuestra escuela clásica, la ley debe ser
justa, y la ley que no es justa no es ley, sino iniquidad. En otros países no
fue así, y ello por la razón sencilla de que los conceptos de Rousseau y de
Austin tuvieron que adaptarse a los tradicionales, pues, como escribe Alfredo
Weber en sus "Cuadernos de Política" : "La antigua vida de la comunidad europea,
resonando en el pensamiento común europeo, se había mostrado bastante fuerte
para encerrar en el paréntesis de un derecho natural naciente al nuevo Estado
soberano de una comunidad europea". En España, en cambio, se tomaron al pie de
la letra, y desprendidas de sus raíces las nuevas ideas, se rompió ese
paréntesis del derecho natural, y de mal en peor recientemente se ha llegado a
la monstruosidad de que preguntado un periódico de izquierdas si sería justa una
ley en que votasen las Cortes Constituyentes la decapitación de todos los
hombres de derecha, contestó llanamente: "Pues si la votasen, sería lo justo".
Divorciada la ley de los principios orales del derecho y de la jurisprudencia
universal, nuestros abogados no tienen ya que ocuparse sino de encontrar en el
Alcubilla una aplicación al caso concreto que se les presenta. Y esta es la
razón de que los más eminentes se tengan que dedicar a la política. Nadie puede
sentir satisfacción interna en aplicar disposiciones formuladas por una
colectividad que no se cuida sino de satisfacer pasiones e intereses de partido.
Podremos llamar derecho a esas disposiciones, pero, en el fondo, estamos
persuadidos de que no son derechos. Aquí también nos ha sido funesta la ruptura
de la tradición. Para que en el orden jurídico se pueda producir una idea
original y dominadora ha de amoldarse a aquel propósito general de establecer el
bien en la tierra que, desde los tiempos más remotos, ha inspirado toda
legislación digna de este hombre. Y para ello habría que empezar por resucitar
el concepto que de la ley tenían nuestros clásicos, cuando veían en ella, como
Santo Tomás, una ordenación racional enderezada al bien común.
* * *
Todavía citaré otro ejemplo. España ha producido tres de los cinco grandes mitos
literarios del mundo moderno: Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Los otros
dos son Hamlet y Fausto. Hay quien añadiría a esta lista el Raskolnikoff de
Dostoyevsky, en "Crimen y Castigo". Tengo entendido que Raskolnikoff significa
en ruso: "partido en dos", y si fuera, en efecto, necesario que se rompa el
hombre de la ética social para que surja de sus pedazos el hombre espiritual
sería otra de las grandes figuras literarias, porque implicaría un problema
moral permanente. Pero no lo he estudiado lo bastante. El hecho es que habiendo
producido los españoles la mayoría de los grandes mitos literarios modernos,
deberíamos saber mejor en qué consisten y cómo se producen. De no haber vivido
pendientes de los últimos libros extranjeros, habríamos advertido que estas
grandes creaciones del espíritu humano se parecen todas ellas en una cosa: en
que no son tipos de la realidad, aunque infinitamente más claros y transparentes
que los reales, como lo prueba el hecho de que conocemos mucho mejor a Don
Quijote que a nuestros familiares y a nosotros mismos. No son seres reales, pero
sí las ideas platónicas, si vale la palabra, de los seres reales. Don Quijote es
el amor, Don Juan el poder, la Celestina, el saber, pero, aparte de mostrársenos
como la personificación de estas ideas, se supone que por lo demás, son
personajes humanos, que se mueven y viven y mueren en el mundo de la realidad,
porque sólo la realidad cotidiana del mundo puede dar el necesario realce a la
idealidad de estos grandes fantasmas literarios. Pues bien, si hubiéramos visto
con claridad que estas figuras supremas son proyecciones del deseo o del temor o
de ambos en la linterna de la imaginación y que su grandeza se deriva de los
problemas morales que personifican, España hubiera podido convertirse en estos
siglos en una fábrica gloriosa de mitos literarios, porque Don Quijote, Don Juan
y la Celestina no representan sino aspectos parciales del amor, del poder y del
saber, y si la duda y el ansia de experiencias han servido para crear tan
grandes figuras como Hamlet y Fausto, es de creer que lo mismo pueda hacerse con
la conciencia y la vigilancia, y aun con cada uno de los vicios y de las
virtudes y con todos los distintos aspectos del saber, del poder y del amor que
sugieran a la fantasía los cambios de los tiempos.
Es probable que ni Cervantes, ni Tirso, ni Fernando de Rojas necesitaran saber
bien lo que hacían para crear sus personajes. Pero es sabido que en la historia
del arte los períodos reflexivos suceden a los espontáneos. Esta reflexión puede
hacerse lo mismo sobre los autores extranjeros que sobre nuestros clásicos. En
general, es conveniente que los escritores estén al tanto de la literatura
universal, para que aprendan en todas las escuelas las categorías y las técnicas
de su arte. Pero la propia tradición no es sólo el mejor maestro, sino un camino
medio andado y la indicación del que ha de andarse. La tradición, como corriente
histórica, no sólo nos sitúa con justicia en nuestra actualidad, sino que nos
orienta hacia lo porvenir. Hasta sus mismas lagunas parece que nos están
señalando la región a donde debieran aplicarse nuestras facultades creadoras. Y
es que nuestra obra de arte, a diferencia de la extranjera, no es para nosotros
meramente una obra, sino la culminación de un proceso y el manantial de nuevas
aguas. Don Quijote es el término de la epopeya nacional del siglo XVI, el
desencanto que sigue al sobresfuerzo y al exceso de ideal, pero también la
iniciación de un mandamiento nuevo: "¡No seas Quijote!", a veces prudente, a
veces matador de entusiasmos, como losa de plomo que nos colgáramos al cuello.
Con lo que indico que también el "Quijote" está por rehacer. En la Argentina se
ha rehecho dos veces, y ambas con éxito. La primera en el Martín Fierro, de
Hernández, hace ya más de medio siglo. La última, y aún reciente, en Don Segundo
Sombra, de Güiraldes. Se trata en ambos casos de un Don Quijote gaucho y de las
figuras literarias de más envergadura que han navegado por aguas de América.
Aunque sea literariamente la Argentina el más afrancesado de los pueblos
hispánicos, ha tenido que inspirarse en la tradición española, que es la suya,
para crear sus tipos máximos. Y lo mismo ciertamente ocurrió a España, porque en
pleno romanticismo tuvo Zorrilla el pensamiento de renovar la figura de Don
Juan, que ya llevaba más de dos siglos en la escena, y nadie negará que su
Tenorio constituye el fantasma de más luz que en el curso del siglo XIX han
producido las letras de España.
"Nihil innovatur, nisi quod traditum est", dice un viejo apotegma, que viene a
expresar la misma idea que Menéndez Pelayo. Sólo se renueva lo que de la
tradición hemos recibido. Se consumen en vano los talentos cuando buscan por los
espacios vacíos la originalidad. El hombre no crea de la nada. Es necesario, ya
lo he dicho, que volvamos los ojos a la obra del mundo para depurar las
categorías y perfeccionar las técnicas de nuestro arte. Pero ello ha de ser para
emplazarnos de nuevo en la corriente de nuestra tradición, porque en ella nos
esperan, como en una caja de resonancia, las voces de los muertos y la mejor
inteligencia de lo que dicen nuestros contemporáneos, para animarnos a la obra.
Y en la tradición es todo escuela, lo mismo el acierto que el error, el éxito
que el fracaso, porque ella ha creado en torno nuestro lo mismo lo que tenemos y
gozamos, que lo que no tenemos y habemos menester.
La busca del no ser
Sobre el ser de
los pueblos se han escrito los mayores absurdos. Acaso ninguno tan pintoresco
como el que afirma que Francia es el ser, mientras que Alemania es el devenir.
Fue Henri Massis, en su Defensa de Occidente, quien dijo a los franceses que el
hombre occidental "había querido ser y no había consentido perderse en las
cosas", mientras que los asiáticos confundían la propia personalidad "en el
inmenso equívoco de una ilusión de las formas vivientes". También fue Massis
quien acusó a los alemanes de la posguerra de haberse dejado ganar el espíritu
asiático de un Dostoievski o de un Tagore (salvemos las distancias). Después
vino el alemán Federico Sieburg, gran escritor, y dijo: "La juventud alemana ha
preferido siempre tender al infinito que contentarse con lo hecho. Quiere
devenir, no vivir; crear, no gozar; resolver, no ver pasar. Francia está ya
hecha". Y por influencia de ambos polemistas, los periódicos de Francia y de
Alemania han creado en mutua oposición, pero, en el fondo, con acuerdo mutuo,
dos nuevos tópicos: Francia, es el ser; Alemania, el devenir.
La verdad que hay en todo ello es muy modesta y poco metafísica. No es que el
espíritu de Francia sea todo o principalmente ser, ni el de Alemania todo o en
su mayor parte devenir, sino que Francia está contenta con los territorios que
le conceden los Tratados, y Alemania, no. Para conservar estos territorios el
espíritu de Francia no sólo es, sino que deviene todo lo que juzga necesario; y
para poder adquirir los que juzga indispensables a su vida, el de Alemania no
sólo deviene, sino que es. Ni Francia se dedica a clavetear el Universo, para
que no se mueva, ni Alemania a fundirlo en un gran horno, para que todo él
fluya. Ya Aristóteles vio que el ser y el devenir se daban juntos y ni el
Occidente, ni el Oriente lograrán separarlos. Los españoles no tuvimos nunca el
menor inconveniente en ver estas cosas como Aristóteles y el padre González
Arintero tituló su obra fundamental: Desenvolvimiento y vitalidad de la Iglesia,
para evitar lo mismo: "los excesos del estancamiento, o sea, la petrificación
del antiquísimo", que para no dar: "en el extremo opuesto, aun más peligroso del
modernismo, que nos induce a suicidarnos con pretexto de vivificarnos". Cuando
se oye al que ha dicho: "Soy el Camino, la Verdad y la Vida", no es lícito
hipostasiar las debidas distinciones para convertirlas en ilegítimas
separaciones, porque en la Verdad están la Vida y el Camino; en el Camino, la
Verdad y la Vida, y en la Vida, la Verdad y el Camino.
Cuando se dice que Alemania es el devenir y Francia, el ser, lo que se hace es
tomar por esencias genéricas las diferencias específicas y acaso momentáneas,
como si se dijera de un músico que es todo oído o de un pintor que no es más que
visión. Excusado es decir que si el aserto tuviera fundamento harían bien el
músico y el pintor en consultar a un médico. Hay quien tiene un concepto
especializado de las naciones, parecido al de los antiguos librecambistas, que
deseaban que España se limitara a producir aceitunas, naranjas y vino e
Inglaterra carbón y hierro. Hay también, por el contrario, partidarios de la
"autarquía", para que ninguna nación dependa de otra para su subsistencia. Ha
habido españoles eminentes que afirmaban que nosotros no valemos para la
ciencia, ni para labores que exijan objetividad y disciplina. Pero no creo que
nación alguna se contente con dedicarse a alguna especialidad en las actividades
del espíritu, para abandonar o dejar de cultivar todas las otras. Al contrario,
todos los pueblos quieren serlo todo: artistas e inventores, guerreros y
místicos, comerciantes y financieros. Diríase que a todos ellos les parece
axiomático el pensamiento que Herder expresa en sus Ideas de la Filosofía de la
Historia de la Humanidad cuando afirma que: "La salud y duración de un Estado no
depende del punto de su más elevada cultura, sino de un equilibrio prudente o
feliz de sus operantes fuerzas vivas. Cuanto más profundo se halle su centro de
gravedad en estos esfuerzos vitales, tanto más firme y duradero será". Y así
ocurre que naciones que nunca descollaron en ninguna actividad especializada,
que nunca tuvieron un guerrero de genio, ni un científico de primer orden, ni un
artista supremo, como no pueden vivir sin soldados, ni sin ciencia, ni sin arte,
suplen las faltas de hombres superiores con personalidades poco brillantes, pero
competentes y adecuadas a la función que desempeñan y se hacen envidiables por
la proporción y armonía con que se dedican a todas las actividades necesarias,
al punto de que nada esencial se echa en ellas de menos.
Otras veces ocurre que los pueblos se distinguen por ciertas aptitudes y
descuidan las otras. España fue durante los siglos XVI y XVII un pueblo de
soldados, misioneros y juristas. Con sólo las Leyes de Indias habría bastante
para justificar nuestra existencia ante la Historia Universal. Maine ha mostrado
que en el cultivo del derecho puso Roma tanto espíritu como Grecia en el de la
metafísica y las letras y que los resultados obtenidos valieron el trabajo
puesto en la faena. Pero no fue solo en el derecho, sino en la teología donde
los discípulos del padre Vitoria ejercitaron sus talentos. Actualmente no
sabemos apenas los españoles lo que es el don de las ideas generales, ni el
acierto de la inteligencia. Si un hombre tiene entre nosotros talentos para la
novela, para el teatro, para la poesía o para la estilística, hallará fácilmente
quien lo reconozca y señale su puesto. Si lo tiene, en cambio, para las ideas
generales, no encontrará quien se lo diga, y aunque se reconozca su fuerza
espiritual se considerará su empleo desconcertante y paradójico, porque, desde
que desaparecieron los discípulos del padre Vitoria, falta una tradición donde
emplazarlo y valorarlo. Hasta pudiera decirse que ellos se llevaron para dos
siglos largos el secreto del talento específicamente intelectual. El hecho es
que mientras los máximos ingenios españoles se ejercitaban en la jurisprudencia
y en la teología, en el resto de Europa se creaba una ciencia que iba a cambiar
la faz del mundo, porque, como dice Maritain en Los grados del saber:
"El gran descubrimiento de los tiempos modernos, preparado por los doctores
parisienses del siglo XIV y por Vinci, realizado por Descartes y Galileo, es el
de la posibilidad de una ciencia univer-
sal de la naturaleza sensible, informada no por la filosofía, sino por las
matemáticas; digamos de una ciencia físico-matemática. Esta invención
prodigiosa, que no podía cambiar el orden esencial de las cosas del espíritu, ha
cambiado la faz del mundo y dado lugar a la terrible incomprensión que ha
enemistado para tres siglos la ciencia moderna y la philosophia perennis. Ha
suscitado graves errores metafísicos, en la medida en que se ha creído que nos
traía una verdadera filosofía de la naturaleza. En sí misma, desde el punto de
vista epistemológico, era un descubrimiento admirable, al que podemos asignar
fácilmente su lugar en el sistema de las ciencias. Es una scientia media, cuyos
ejemplos típicos eran entre los antiguos la óptica geométrica y la astronomía:
una ciencia intermediaria, a caballo sobre la matemática y sobre la ciencia
empírica de la naturaleza, una ciencia en que lo real físico nos proporciona la
materia por las medidas que nos permite recoger, pero cuyo objetivo formal y
cuyo procedimiento de conceptualización siguen siendo matemáticos; digamos una
ciencia materialmente física y formalmente matemática."
En otro libro escribe Maritain que para allanar el conflicto entre la filosofía
de Aristóteles y la física nueva, hubiera hecho falta un genio excepcional que
hubiera descubierto, por encima de los errores de detalle, la esencial
compatibilidad de las dos disciplinas. A los españoles nos hubieran bastado con
que en Alcalá o en Salamanca se hubiera conocido la nueva física o con que los
nuevos físicos de Europa hubieran podido discernir las esencias de la filosofía
que en España se enseñaban, pero esta endósmosis no se verificó, y aunque ahora
vemos claramente que era España la que poseía el saber más valioso, el de más
rendimientos positivos era el de los extranjeros y cuando España se sintió débil
y menesterosa de más fuerza, fue a buscarlo a los países de ultra montes,
empezando por cambiar de dinastía y sometiéndose todo el siglo XVIII a los
ideales y modos de Francia. Es natural que tratáramos de cubrir nuestros
defectos, porque los pueblos buscan su integridad espiritual, como si algún
instinto superior inspirase a las naciones el pensamiento de Herder sobre la
necesidad del equilibrio. Si no teníamos una buena física era oportuno ir a
buscarla donde la hubiese, porque la física es una ciencia esencialmente
poderosa y el poder sobre la naturaleza no debe descuidarse. Lo que no tiene
perdón de Dios es que, en la busca de lo que nos faltaba, descuidáramos lo que
teníamos. Durante más de dos siglos hemos ignorado la existencia del padre
Vitoria, como si no fuera el hombre más inteligente de su tiempo. Hemos
desconocido igualmente el espíritu de las Leyes de Indias. Hemos desfilado ante
las maravillas de nuestro arte barroco sin admirarlas ni entenderlas y ha sido
necesario que la gran guerra pusiera en peligro la civilización europea, al modo
que el Renacimiento y la Reforma hicieron peligrar la fe cristiana, para que
entendieran los alemanes la significación del voluntarismo inherente al barroco
-la voluntad de creer y de hacer creer- y la hicieron comprender a los demás.
Durante más de dos siglos hemos creído que nuestras imágenes policromadas no
eran sino objetos de culto y no las hemos mirado con ojos de artista, por el
mero hecho de ser esculturas de color, como si las estatuas griegas fueran
también policromadas cuando destinadas a estar bajo cubierta. De nuestra
teología no hemos sabido nada, ni saben ahora sino algunos religiosos. Dejamos
que nuestros máximos valores espirituales se convirtieran en polvo y olvido,
como si fuéramos un pueblo extinguido. Al Greco se le descubrió apenas hace
treinta años y no hace mucho que Maier Graeffe dijo de su obra lo mejor que se
ha dicho, pero todavía no se ha fijado la relación que existe entre su pintura y
su cultura. A Velázquez no hace muchos más años que comenzamos a apreciarle por
su realismo, pero todavía no se le ha dedicado el libro que realce su dignidad y
valor constructivo. Lo más grave de todo fue la substitución de nuestro antiguo
sentido de justicia por la soberanía popular, como si la voluntad de los más
tuviera que ser justa.
El hecho es que a mediados del siglo XVIII echamos de menos algo esencial en el
espíritu nuestro. Pongamos que ello acaeció en el año 1750, porque todos los
autores están contextos en que en el siglo XVIII no se diferenció
substancialmente de su antecesor, sino en la segunda mitad. También porque fue
en 1750 cuando Torres Villaroel pidió que se le jubilase de la cátedra de
matemáticas que desempeñaba en Salamanca, para dedicarse a abogar por la
fundación de una Academia que se dedicara a investigar y a enseñar su ciencia.
También fue en 1750 cuando el padre Feijó, a quien prohibió atacar el rey
Fernando, se hizo cargo en sus "Cartas Eruditas" del sistema de Newton y empezó
a defenderlo. Todavía tengo tres razones para fijar esta fecha. Fue cuando el
padre Burriel escribió sus "Apuntamientos de algunas ideas para fomentar las
artes", en que se proponía reanudar el hilo de la vieja cultura española. Fue en
1750 cuando se terminó la fachada del "obradoiro" de la Catedral de Santiago,
que puede considerarse como la última obra en gran escala de la España
tradicional. Pero lo fundamental es que en 1750 vivíamos en plena actuación del
marqués de la Ensenada en el Gobierno. Ensenada fue el inventor de las pensiones
al extranjero. Envió a expensas del Erario a jóvenes de nuestras clases media y
alta para estudiar en las capitales extranjeras y traer a España ideas nuevas
sobre las ciencias, las artes y las letras. Al mismo tiempo trajo de Francia y
de Inglaterra ingenieros navales, mecánicos e hidráulicos, para resucitar las
industrias y a científicos extranjeros, como Bowle y Ker, que se encargaron de
explotar las riquezas naturales de España. Ensenada había presentado un informe
a Fernando VI quejándose de falta de profesores de derecho, político, de física
experimental, de anatomía y de botánica, así como de la carencia de mapas
exactos, que le parecía deshonrosa.
Y con ello se confirma que hacia 1750 nos persuadimos los españoles de que algo
muy importante nos faltaba, pero no estábamos seguros de lo que era. Si
hubiéramos tenido entonces un genio o si un genio extranjero se hubiera dedicado
a estudiarnos, habría visto que lo que necesitábamos entonces era precisamente
la disciplina físico-matemática, destinada a transformar el mundo. Tal vez si
hubiéramos podido darnos cuenta en 1720 de lo que advertimos treinta años
después, hubiéramos caído en la cuenta de que lo esencial que ocurría en el
mundo era la creación de una nueva ciencia por la obra confluyente de Copérnico,
Galileo, Descartes, Pascal, Newton y Leibniz. En diez años habríamos reparado la
falta y no se hubiera vuelto a hablar del atraso de España. Pero en 1750 era ya
adulta la generación que pudiera llamarse de los grandes separatistas. Lessing
había nacido en 1729. Era el hombre que iba a separar el pensamiento de la
verdad, al decir en su "Nathan el sabio" que si le dieran a elegir entre la
verdad y el camino de la verdad, preferiría el último. El camino de la verdad es
el pensamiento. Sin la verdad como estación de término, la preferencia por el
camino equivale a contentarse con el pensamiento por el pensamiento. Rousseau
había nacido en 1712. Su "Contrato Social" desliga la vida política de las
instituciones de la cultura y de la experiencia de la historia. Baumgarten nació
en 1714. Su "Estética", que separó el conocimiento estético sensible del
intelectivo, fue el primer paso de todo movimiento que cristaliza en la fórmula
del arte por el arte y que ha querido separar la actividad artística de la
religiosa y la moral. Adam Smith había nacido en 1723. Su "Riqueza de las
Naciones" separó la economía de la moral y la política, al partir del supuesto
de que no esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero, el panadero
y el lechero, sino de su egoísmo. Ya el abate Prévost había separado en su
"Manon Lescaut" el amor ideal de toda clase de consideraciones morales y
sociales. También Kant, nacido en 1725, era ya adulto, aunque fuera mucho
después cuando escindió la ética de sus raíces religiosas y científicas. Y
Montesquieu acababa de publicar "El espíritu de las leyes" (1748), que, al
dividir el poder legislativo del judicial, rompía la unidad esencial que debe
haber entre la legislación y la jurisprudencia y desataba la Revolución al
investir al Soberano, que bien podía ser el vulgo ignaro, con la toga del
legislador.
A esa Europa, que empezaba a perderse en el caos, fue la España de 1750 en busca
de una estrella orientadora. Honremos la buena fe de nuestros abuelos.
Cumplieron su deber lanzándose por esos mundos en busca de lo que su patria no
tenía y necesitaba. No podemos calificar sus viajes de infructuosos, porque ahí
están nuestras escuelas de ingenieros y de artillería, que han sido en estos
tiempos nuestro orgullo durante muchos años. No nos lamentemos demasiado porque
muchas de las cosas que nos trajeron nuestros pensionados del siglo XVIII han
resultado luego de escaso provecho nacional. También hay un valor en el no ser,
un valor de experiencia. Hay que hacer muchos ensayos estériles para lograr
alguno de éxito. Agradezcamos a nuestros mayores, no sólo los aciertos sino los
errores de buena fe. Los pueblos aspiran a la integridad espiritual y no es
siempre cosa fácil dar con ella. Muchos de aquellos hombres arrastraron la
impopularidad para meter a su país por los cauces de la cultura nueva, y si
además de la física matemática, que nos hacía falta, nos lanzaron por el camino
de una revolución, que no nos hacía falta alguna, no todos ellos fueron
culpables de malevolencia. Algunos de ellos se preguntarían por las causas de la
prosperidad de Francia. ¿Cómo era posible que triunfara un pueblo que se había
aliado a los protestantes y a los turcos, mientras España, siempre fiel a su
ideal religioso, se encontraba decaída? De entre las cosas que los hombres
buscan, para la mayor gloria de su patria, hay algunas que se incorporan a su
ser y no tardan en formar tradición; otras hay, en cambio, que no suscitan sino
odios y disputas, porque repugnan a su vida. ¿Cómo distinguirlas por adelantado?
¿Cómo ahorrar el coste de las experiencias fracasadas? Parece que no hay modo y
que tenemos que resignarnos a juzgar del árbol por sus frutos.
Si las ideas antitradicionalistas valieran más que nuestra tradición, ésta se
hubiera convertido en una especie de prehistoria, sólo que algo mejor conocida.
Esto es lo que se ha querido hacer en estos años al llamar "cavernícolas" a los
españoles amantes de las glorias del pasado. Sólo que cuando se pregunta por los
títulos de las ideas que se juzgan nuevas, los enemigos han de guardar silencio,
si no prefieren envolverse en retórica inane. Porque el árbol se conoce por los
frutos y los suyos no aparecen. Ni una filosofía que se sostenga, ni un sistema
de derecho satisfactorio, ni el bienestar del pueblo, ni un gran arte, ni
historia, ni poesía. Un trágala perpetuo, una amenaza incesante, un permanente
insulto. ¿Son estos los títulos de las nuevas ideas? ¿El arte por el arte? No ha
producido una gran obra en país alguno. ¿La economía individualista? Es la madre
de la cuestión social. ¿El socialismo? Arruina a los pueblos. ¿La democracia? Es
la incapacidad para el gobierno. ¿El liberalismo espiritual? Es el triunfo de la
difamación. ¿El bachillerato enciclopédico? Como casi todo el presupuesto de
Instrucción pública, no sirve sino para infiltrar en los espíritus el horror al
trabajo. Repitámonos para consolarnos, que la más de estas cosas nos las han
traído gente de buena fe, que se echaron a buscar por el mundo lo que
necesitábamos. Pero no olvidemos que las acompañaban y empujaban los resentidos,
los negadores, los anormales, que no se movían sino por impulsos destructores,
que, por lo visto, no se han satisfecho con hacer astillas lo que fue el más
generoso y humano de los Imperios que ha habido en el mundo.
Cuerpo, alma y espíritu
¡Pobres pueblos
hispánicos! En lo material parece que el destino de todos ellos, los de América
como los de Europa, era conocer un momento la riqueza para volver a caer después
en la penuria. Dinero extranjero ha afluído a casi todos ellos en pago de sus
productos o para explotación de sus riquezas, y cuando se habían acostumbrado a
cierta abundancia, el extranjero se ha marchado a otros países para proveerse a
menos precio de análogos artículos. Ello ha ocurrido con los azúcares de Cuba y
con el mineral de hierro de Vizcaya, con los nitratos de Chile y con las
naranjas de Valencia, con el petróleo de Méjico y con el cobre de Río Tinto.
Ahora parece que empieza a acontecer con las carnes, el trigo y el maíz de la
República Argentina. Por lo visto, no somos ni lo bastante hábiles para
enriquecernos de un modo permanente en nuestros tratos con el extranjero, ni lo
bastante humildes para resignarnos a ser por mucho tiempo su colonia económica.
Pero el desengaño material es poca cosa junto al espiritual. La Inglaterra
librecambista, que iba a enseñar economía a todas las naciones, ha tenido que
cerrar sus fronteras y no sabe si en lo futuro dispondrá de recursos suficientes
para seguir nutriendo a su pueblo con alimentos importados. Francia, promesa
universal de placeres, guarda en los sótanos de su Banco central, en la Rue de
la Vrilliére, el dinero amonedado y los lingotes de oro con que debieron
"financiar" su crecimiento los países hispanoamericanos, pero nadie sabe si
podrá costear los presupuestos de su democracia. Los rascacielos de Nueva York
serán herrumbre y ruinas antes de encontrar inquilinos que puedan pagar a sus
propietarios la renta calculada. Lo peor no es que estemos mal nosotros, sino
que, salvo la posibilidad de que los nuevos regímenes de Italia y Alemania
señalen un camino de progreso, no haya en el mundo nada que envidiar y tengamos
que decir con Quevedo:
Y no hallé cosa en que poner los ojos
Que no fuese recuerdo de la muerte.
Ello no importaría grandemente si los pueblos hispánicos nos aprendiéramos la
debida lección, y es que todo o casi todo lo que padecemos es resultado de haber
abandonado nuestro sistema tradicional de legislación, fundado en el saber
especializado y en la inspiración cristiana, por otro en que la ley no es ya
sino la voluntad de un soberano, individual o colectivo. Dejamos al padre
Vitoria por el barón de Montesquieu, que separó, con su célebre división de
poderes, la legislación de la jurisprudencia, y desde entonces nos condenamos a
no vivir sino bajo el albedrío caprichoso de un tirano o de una mayoría
parlamentaria, no menos irresponsable e ignorante. Los pueblos hispánicos se
hicieron en torno de una creencia religiosa: la de que la Providencia ha
dispensado a todos los hombres una gracia suficiente para la salud. Sobre esta
idea hemos fundado nuestras instituciones políticas. Si todos los hombres pueden
salvarse, todos deben poder mejorar de condición, entiéndase bien que se dice
"poder mejorar", no mejorar a secas. Que mejoren o no de condición deberá
depender de sus merecimientos. Las instituciones no han de estorbar, sino que
han de favorecer, el ascenso social de los que lo merezcan. En ese espíritu se
inspiraban las leyes de Indias. Y hubo un tiempo en que el negro, el indio, el
zambo, el cholo y el mulato estaban persuadidos de que había un rey de Castilla
que defendería su justicia si fuera necesario. El catolicismo español llevaba
implícito el ideal de cristianizar al mundo entero y de elevar, en lo posible, a
todos los caídos. Ahora nos hemos olvidado de todo eso. De cada veinte hombres
cultos no habrá apenas uno que se dé cuenta de que América no fue descubierta
por el progreso de las artes de la navegación, ni por codicia, sino por el
convencimiento de que los habitantes de sus tierras ignotas podían salvarse lo
mismo que nosotros, ni de que lo maravilloso de esta gloria, con la que de un
solo golpe creamos la unidad física del globo, la unidad moral del género humano
y la posibilidad de la Historia Universal, no está en el pasado, sino en el
porvenir, en cuanto marca, lo mismo en lo social que en lo internacional, el
derrotero que hemos de seguir en lo futuro para hacer de la Humanidad una sola
familia.
Es probable que a la pérdida de nuestra tradición ecuménica haya contribuido no
poco la misma índole universal de nuestro espíritu. Por ella estábamos más
dispuestos que cualquier otro pueblo a creer en la bondad de las ideas
extranjeras. Un fuerte patriotismo territorial nos hubiera impulsado a defender
con más tenacidad nuestros propios valores. Pero tal vez era preciso, para que
este patriotismo se vigorizase entre nosotros, que se fragmentara nuestro
imperio, porque mientras se sostenía eran tan grandes nuestras tierras que no
podíamos quererlas, ya que ojos que no ven, corazón que no siente. No sé si
ahora mismo habrá brotado, en alguna de las patrias formadas en lo que fue el
Imperio nuestro, uno de esos nacionalismos exagerados, que se olvidan de que la
vida de los pueblos debe también ajustarse a los principios generales del
derecho y de la moral. Lo que sé es que un nacionalismo que se funde en la
tradición -y apenas es concebible un nacionalismo que no busque sus raíces en la
Historia-, tiene que ser en España universalista, porque ese es el sentido de
toda nuestra Historia. Entre nosotros no podría tener otro sentido hacer
distingos entre patriotismo y nacionalismo, que no sea el de considerar el
nacionalismo como un patriotismo militante frente a un peligro de disolución.
Para España no hay más nacionalismo que "el nacionalismo justo", que definía
recientemente el Comité archiepiscopal de la Acción Católica Francesa como:
"aquel que quiere para su país la prosperidad, el respeto de sus derechos y su
verdadero lugar en el concierto mundial". Los grandes hombres que el espíritu
territorial produce en nuestra patria, como Jovellanos y Pignatelli, no son
"jingoes", ni "chauvinistas", sino espíritus ponderados que no renuncian a su
universalismo y en que se armonizan sin violencia el espíritu de las águilas
austriacas con la economía de las lises borbónicas, al revés de lo que ocurre
con fanáticos del tipo de Aranda y Floridablanca, que no creían en la
posibilidad de construir carreteras sin combatir la religión y que, en último
término, antes renunciarían a las carreteras que a la persecución de los
creyentes.
No es probable que el espíritu territorial llegue jamás entre nosotros a
monopolizar el patriotismo. Queramos o no queramos, los pueblos hispánicos
tenemos una patria dual: territorial y privativa, en un aspecto; espiritual,
histórica y común a todos, en el otro. ¿Qué sabe de España el español que no ha
salido nunca de ella, siquiera sea con el alma? ¿Y qué sabe de su propia patria
el americano que se figura que no comenzó su historia sino en las guerras de la
independencia? El español que no lleve en el alma la catedral de Méjico, no es
totalmente hispánico. Y el mejicano que no perciba el carácter hispánico de su
grandioso templo, es porque no lo entiende. Pasamos todos por un período de
falta de fe en nosotros mismos. Parecemos los "heitmatloss", los despatriados de
la cultura. A lo sumo se dicen los más piadosos de nosotros, que Dios no puede
abandonar a España, lo que sería admirable si implicase el propósito de
consagrar la existencia a su defensa, pero que, sin este propósito y la acción
consiguiente, viene a ser casi como la fe sin obras del luteranismo. La
diversidad misma de nuestros territorios y de nuestras razas y su profunda
unidad espiritual, en la que no es posible que surja un gran poeta, como Rubén
Darío, sin que se erija en vate hispánico, nos está diciendo que así como en el
hombre hay, según San Pablo (I, "Tesalonicenses", V, 23) " espíritu, alma y
cuerpo ", también los hay en la patria, sólo que en ella es posible que la
pluralidad de los cuerpos, que son los diversos territorios, y la mayor
pluralidad de las almas, que son las de los hombres, se den al mismo tiempo que
la unidad del espíritu. El drama se opera, por supuesto, en la región medianera,
que es la de las almas. A ellas corresponde nutrirse del espíritu, para
espiritualizar con él la tierra y conservar y acrecentar el tesoro espiritual,
para que las nuevas generaciones se alimenten con él. Ellas son las que han de
conservar izada la bandera. El espíritu no puede morir, pero la patria, sí, por
abandonarlo o traicionarlo o cambiar sus valores por desvalores que envenenen
las almas. También en este plano del espíritu ser es defenderse. Ser es defender
la Hispanidad de nuestras almas. La Hispanidad, como toda patria, es una
permanente posibilidad. Así como sobre el individuo se alza la guadaña de la
muerte, como una fatalidad inevitable, la patria, en cambio, como la rueda de la
Fortuna, es permanente posibilidad. Puede morir, puede ser inmortal, por lo
menos mientras no venga el fin del mundo: todo depende de nosotros, que, a
nuestra vez, no realizaremos nuestros destinos personales como abandonemos el
que nos señala, como corriente histórica que apunta al porvenir, la tradición de
nuestra patria.
Pero son pocos los españoles e hispanoamericanos que nos damos cuenta de que
vivimos espiritualmente de la Historia. Cuando era yo joven, en el atropello del
98, que fue nuestro "Sturm-und-Drang", llamé a Menéndez y Pelayo "triste
coleccionador de naderías muertas" porque, en mi ignorancia, no me daba cuenta
de la supervivencia de lo histórico. Pocos años después me horroricé, todavía me
estremezco al recordarlo, cuando en un discurso de la Biblioteca Nacional,
exclamó don Marcelino, con voz tonante y retadora: "Entre los muertos vivo". Me
pareció oír decirle que vivía entre cadáveres, y aunque recuerdo, y todavía me
parece estar oyendo sus palabras precisas: "Entre los muertos vivo", yo sentí
como si proclamase que se estaba muriendo entre los fallecidos. La idea de que
se pudiera vivir entre los muertos y la de que sólo entre ellos pueda vivirse
con plenitud la vida del espíritu, me eran entonces completamente extrañas y
hasta repugnantes y supongo que lo seguirán siendo a inmenso número de
compatriotas educados. Pero recientemente recibía la Academia Francesa a M. Abel
Bonnard, sucesor de M. Le Goffic, y en su discurso de contestación recordaba
Monseñor Baudrillart que el último libro de Le Goffic: "Broceliande", termina
con un capítulo que se titula "Espíritu, ¿estás ahí?"
"Cae la noche o más bien, sube, y los pensamientos con ella. El bosque no es ya
más que una masa coagulada y negra: en el centro de la cabaña hay dos espejos
que se devuelven todavía reflejos de luz; un pedazo de cielo, un estanque. Es la
hora de las apariciones: "Espíritu que espero, cualquiera que sea el mensaje que
me traigas, ¿estás ahí?" El espíritu aparece: es el encantador Merlin, que, como
el Proteo de la fábula, ha recibido el doble don de profetizar y de cambiar de
forma. Y he aquí que sucesivamente reviste la de todos los personajes, humildes
o grandes, que han encarnado y traducido al exterior el alma de Bretaña.
Espíritu, ¿estás ahí? La cuestión sube a nuestros labios, con la noche de
nuestras vidas, mientras miramos Francia, tal como ahora se deshace y se rehace.
Espíritu de Francia y de su tradición, ¿estás ahí? ¿Estás ahí, en ese caos de
sistemas y de ideas, en esta invasión tumultosa de doctrinas extrañas a tu genio
que maestros extraviados pretender imponerte? Señores, nuestra misión es
guardar, en el curso de las evoluciones legítimas, el espíritu sin el cual,
aunque subsistiera un pueblo francés, Francia dejaría de existir."
Para evocar el espíritu de la Hispanidad o el de Francia no nos parece el mejor
medio apelar a los servicios de Merlin cuando tenemos el camino de Menéndez y
Pelayo: el de la Historia. Sólo que no ha de pensarse que la Historia es sólo
útil, a los que la enseñan o a los historiadores. La historia es útil sobre todo
a los hombres de acción. Hasta pudiera definirse como el método universal de
toda acción. El político no tiene otra guía que las analogías que le ofrece la
Historia. Tampoco hay ciencia especial de los negocios que la experiencia del
negociante, que viene a ser su Historia. Y cuando los negocios que la ocupan
trascienden su experiencia personal, a la Historia ha de acudir para informarse.
Al pincel que pinta una sonrisa deben acudir las mil sonrisas de los recuerdos
del artista y de los cuadros de los museos. El general empeñado en un combate no
tiene tampoco más estrella del Norte que la que le ofrezcan en su mente la
semejanza de análogas batallas. Todo lo que podemos vislumbrar del porvenir es
lo que nos indican las corrientes históricas. Hasta los físicos y matemáticos
más notables suelen distinguirse por el conocimiento de la Historia de sus
ciencias y en ella encuentran, por analogía, la única guía que puede orientarles
en sus perplejidades, que son la noche oscura que precede a sus descubrimientos.
Y sin llegar a la identificación que hace Croce entre la Lógica y la Historia,
porque en los seres hay también lo general, que no es histórico, no cabe duda de
que el modo individual de cada ser sólo en su historia se revela.
Al morir Menéndez y Pelayo, el 19 de mayo de 1912, puede decirse que la
innegable derrota de su propósito fundamental coincidía con el comienzo de su
victoria definitiva. Estaba derrotado, porque había dedicado la vida a arrancar
a España de las garras de la revolución, y ésta se propagaba en torno suyo, por
todos los departamentos del Estado, para minar y corroer lo que aún quedase del
espíritu tradicional. Don Marcelino había vivido entre sus muertos, sin poderse
dedicar al cuidado de formar generaciones de discípulos que continuasen su
labor. De cuando en cuando se escuchaba la protesta del polígrafo, que volvía a
sumirse en sus infolios después de formularla. Sus compatriotas estaban
divididos, desde hacía más de un siglo, en dos grupos: los que seguían la
tradición patria en la línea del tiempo, pero vueltos de espaldas a lo que en el
mundo acontecía y como temerosos de que les fuera en el porvenir tan enemigos
como en el pasado; y los que vivían con las miradas fijas en el mundo exterior,
dispuestos en cualquier momento a aceptar sus ideas y a dar a la novedad el
valor de la verdad, pero ignorantes y despreciadores de su propio pasado, con lo
que ya se dice que en el fondo se despreciaban a sí mismos, porque no somos sino
lo que el tiempo nos ha hecho. Y aunque se llamaban y se creían innovadores, su
labor era puramente destructiva, porque sólo se renueva lo que de la tradición
recibimos: " Nihil innovatur, nisi quod traditum est ". Al morir el polígrafo,
ese mundo, que tantos españoles venían venerando con culto idolátrico, estaba a
punto de arrojarse por el despeñadero en que se ha hundido. Los españoles no
hemos sabido evitar que la catástrofe universal nos alcanzase. Desde hace tres
años puede decirse que estamos en la guerra.
Pero a medida que la crisis del mundo se ha ido acentuando, han comenzado a
menudear los libros maravillosos extranjeros en que se reconoce la razón de
España: la de Isabel la Católica, la de Carlos V, la de Felipe II, la de la
Contrarreforma, la de las Leyes de Indias, la del arte barroco. Y de otra parte,
los mismos españoles hemos empezado a aprender, estupefactos, lo que fue nuestra
acción en el Concilio de Trento, lo que enseñaba Francisco de Vitoria, lo que
fueron nuestras controversias religiosas en los siglos XVI y XVII, y cómo no
hubo en el mundo pensadores más sabios y profundos que Molina y Suárez, Alvarez
y Bañez. La vida de Menéndez y Pelayo entre los muertos y la de sus
continuadores nos han valido el conocimiento de una España inmortal, creadora y
maestra de una Hispanidad, que puede, si quiere enraizarse en su pasado,
defender su futuro contra todas las sacudidas de los demás pueblos. La crisis
del mundo no se debe, en último término, sino al esfuerzo insano realizado por
los pueblos y las clases sociales para colocarse en situación de privilegio
respecto de los demás. Es fundamentalmente extraña al espíritu hispánico. Los
españoles y los hispanoamericanos podíamos, debíamos haber previsto que esos
esfuerzos tenían que frustrarse, porque nuestra fe fundamental nos dice que la
Providencia ha dispensado a todos los hombres una gracia suficiente para la
salud, de cuya fe teológica se deriva un credo político. Las sociedades han de
constituirse de tal modo que no estorben, sino que ayuden al mejoramiento de sus
miembros y de los demás hombres, pero con el convencimiento de que no se
conseguirá que todos mejoren, porque no todos sabrán o querrán aprovecharse de
las condiciones que se les propongan para estímulo. Ello significa que los
hispanos no creemos en países privilegiados. En vano tratará Israel de vivir
sobre los gentiles, imaginándose que le son inferiores. En vano fingirán una
superioridad de raza los anglosajones o alemanes. Tampoco se conseguirá que
Francia llegue a ser permanentemente la sal de la tierra. Será absurdo querer
que los albañiles de Nueva York puedan ganar siempre, como ganaban hace cuatro
años, más dinero que los miembros del gobierno español. Ni es posible que los
pueblos que componen el Islam se persuadan de que siempre han de tener que
servir a los otros, sólo porque la palabra Islam signifique abandono a la
voluntad de Dios, porque antes abandonarán el Islam que resignarse a
inferioridad perenne, a que tampoco se someterán los pueblos de Asia, ni los de
Africa.
Todos pueden caer y todos pueden levantarse, lo mismo los pueblos que los
hombres. Esto es lo que nos dice nuestra fe y lo que la Historia corrobora.
Nuestra caída, la de todos los pueblos hispánicos, porque todos juntos no
pesamos lo que en el siglo XVI, consistió solamente en haber inferido de cierta
superioridad temporal de otros pueblos, una superioridad inherente, contraria a
nuestra fe; dicho más claro, en haber creído en la superioridad intrínseca de
Francia e Inglaterra y, después, de los Estados Unidos y Alemania. De esta
traición a nuestra fe fundamental se ha derivado la deficiencia de nuestra labor
creadora, con cuya deficiencia hemos pretendido corroborarnos en este credo de
abyección. Pero la verdad, y nuestra verdad, es la que defendía Diego Lainez, en
Trento, cuando decía que las armas y el caballo que Dios ha puesto en nuestras
manos son insuperables para la pelea, por lo que no hemos de culpar de nuestro
atraso a nuestra tierra, ni a nuestra raza, sino que hemos de poner en la
batalla de toda la mente, todo el corazón, toda la vida.
Las piedras labradas
Creo en la virtud
de las piedras labradas y en que el espíritu que las talló vuelve a infundirles
en el país de sus canteros, escultores y maestros de obras, si no ha perdido
totalmente la facultad de merecerlo. Un general inglés describía hace un siglo
la impresión que Italia le había producido: "Ruinas pobladas por imbéciles".
Cuando Marinetti predicaba el incendio de los Museos es que se daba cuenta de lo
que opinaba el general inglés. Pero el general se equivocaba. Y por eso las
piedras de la Roma antigua pudieron inspirar el Renacimiento; y las del
Renacimiento han hecho surgir la tercera Italia. La Roma de Mussolini está
volviendo a ser uno de los centros nodales del mundo. ¿No han de hacer algo
parecido por nosotros las viejas piedras de la Hispanidad?
Un día vendrá, y acaso sea pronto, en que un indio azteca, después de haber
recorrido medio mundo, se ponga a contemplar la catedral de Méjico y por primera
vez se encuentre sobrecogido ante un espectáculo que le fue toda la vida
familiar y que, por serlo, no le decía nada. Sentirá súbitamente que las piedras
de la Hispanidad son más gloriosas que las del Imperio romano y tienen un
significado más profundo, porque mientras Roma no fue más que la conquista y la
calzada y el derecho, la Hispanidad, desde el principio, implicó una promesa de
hermandad y de elevación para todos los hombres. Por eso se juntaron en las
piedras de la Catedral de Méjico el espíritu español y el indígena y el estilo
colonial fue desde los comienzos tan americano como español, y la Catedral misma
se distingue por la grandeza de sus proporciones, la claridad y la serenidad,
para que en ella desaparezcan, como nimias, las diferencias del color de la piel
y se confundan las oraciones de blancos, indios y mestizos, en un ansia común de
mejoramiento y perfección, mientras que no se alzó en Roma un sólo monumento en
que los esclavos del Africa o del Asia pudieran sentirse iguales al senador o al
magistrado.
En varios pueblos de América, en el Brasil especialmente, pero también en alguno
de nuestra aula, ha surgido un movimiento llamado "nativista", que se propone
devolver a las razas aborígenes el pleno imperio sobre el suelo de América. Los
"nativistas" no saben lo que quieren. Su ideal no puede consistir en el retorno
a los dioses atroces que pedían sacrificios humanos y en el aislamiento respecto
de Europa de las diversas razas de indios, sino en la elevación de los
aborígenes de América a la altura que hayan alcanzado en el resto del mundo los
hombres más civilizados, y esto fue precisamente lo que España quiso y procuro
en los siglos de su dominación. Por eso estamos ciertos de que no ha habido en
el mundo un propósito tan generoso como el que animó a la Hispanidad. No cabe ni
comparación siquiera entre el sueño imperial de España y el de cualquier otro
país. Por eso parece haberse escrito para nosotros el dilema que nos obliga a
escoger entre el valor absoluto y la nada absoluta. El hombre que haya llegado a
compartir nuestro ideal no puede querer otro.
Ahora bien; cuando ese supuesto azteca culto compare un día la gran promesa que
significa la Catedral de Méjico con la realidad actual, es decir, con la miseria
y la crueldad, la ignorancia y las supersticiones de la casi totalidad de los
indios del país, es muy posible que se le ocurra renegar de la promesa y
declarar la guerra a la Iglesia Católica, y esto es lo que han hecho los
revolucionarios mejicanos, bajo el influjo de la masonería; pero también es muy
posible que vislumbre que la obra de la Hispanidad no está sino iniciada, porque
consiste precisamente en sacar a los indios y a todos los pueblos de la miseria
y la crueldad, de la ignorancia y las supersticiones. Y acaso entonces se le
entre por el alma un relámpago de luz que le haga ver que su destino personal
consiste en continuar esa obra, en la medida de sus fuerzas. Al reflejo de esa
chispa de luz habrá surgido un caballero de la Hispanidad, que también podrá ser
un duque castellano o un estudiante de Salamanca o un cura de nuestras aldeas, o
un hacendado brasileño, un estanciero argentino, un negro de Cuba, un indio de
Méjico o Perú, un tagalo de Luzón o un mestizo de cualquier país de América, así
como una monja o una mujer intrépida, porque si un ideal produce caballeros
también han de nacerle damas que lo sirvan.
La falta de ideal
Lo esencial es que
aquel relámpago sea, a la vez, la chispa mística en que el alma se siente
liberada del mundo, es decir, de la sensualidad y de sus halagos y unida al
Espíritu. Bergson ha escrito que la religión es a la mística lo que la
vulgarización es a la ciencia. ¿Qué pensaría de este concepto nuestro padre
Arintero, que dedicó la vida a pregonarlo? En su "Evolución doctrinal" está
dicho: "Hay una luz (sobrenatural) de Dios que ilumina a todo hombre que viene a
este mundo (Joan,I,9); y a todos se dirige la palabra de llamamiento: Sto ad
ostium, et pulso (Apoc, 3, 20). Así, no hay proposición teológica más segura que
esta: "A todos, sin excepción, se les da -proxime o remote- una gracia
suficiente para la salud..." El versículo del Apocalipsis dice: "He aquí que
estoy a la puerta, y llamo: si alguno oyere mi voz, y me abriere la puerta
entraré a él, y cenaré con él y él conmigo". Esa Voz no se oye, si acaso, sino
en raros momentos de aflicción profunda o de completa abnegación, cuando por una
u otra causa nos despegamos de todos los bienes y goces de la vida y sentimos
que el alma nuestra queda libertada de sus prisiones, y al encontrarse libre se
identifica con la Cruz. Ello ocurre cuando no se es santo, en instantes tan
efímeros como un abrir y cerrar de ojos, pero que nos iluminan largos trechos de
vida. Y me parece muy difícil que pueda sentir con plenitud la Hispanidad el que
no sepa, de experiencia propia, que sólo la Verdad nos hace libres. Otros
patriotismos podrán desligarse de la fe. En muchos casos viene a ser el
patriotismo el sustituto de la religión perdida. El de la Hispanidad no puede
serlo. La Hispanidad no es en la historia sino el Imperio de la fe.
Lo que sí se puede separar es la fe del patriotismo. La apostasía de parte de la
aristocracia de España en los reinados de Fernando VI y Carlos III tuvo que
sembrar en los espíritus piadosos el germen de una desconfianza invencible
respecto de los poderes temporales. Por lo mismo que había puesto la Iglesia en
la Monarquía Católica de España, su desilusión debió de ser proporcionada al ver
que sus gobernantes no se cuidaban sino de entrar a saco en los bienes
eclesiásticos y de apartar a España de la tutela espiritual de Roma, porque
pensaban, como gráficamente dijo en 1753 el embajador Figueroa, desde el
Vaticano, en carta dirigida al marqués de la Ensenada: "Que es más conquista
apartar a los romanos de España que la expulsión de los moros", y respecto al
concordato de aquel año, que: "En dos siglos nadie tuvo espíritu para emprender
esta redención del Reino. V. E.lo pensó y consiguió en dos años y medio". Al
Concordato de 1753 fueron siguiendo el comienzo de la desamortización, los
cambios en la orientación de la enseñanza, la infiltración y propaganda de las
ideas revolucionarias, la expulsión de los jesuitas, etc.. No es extraño que
tantas almas escogidas, que son precisamente las que han sentido la
independencia de su yo interior respecto de los bienes del mundo, hayan vuelto
la espalda a los vaivenes de los Gobiernos temporales, para fijar sus miradas en
lo alto. Pero con ello se olvidan de que el alma consiste en haberse abandonado
el gobierno de los pueblos a las ideas de la revolución y de que debe de haber
alguna razón de orden superior, para que esta alma nuestra, independiente como
es de todo el resto de la creación, no nos haya sido dada para vivir fuera del
mundo, sino para actuar en el mundo y reformarlo, por lo que es deber suyo
ejercitar su libertad, independencia y soberanía en disputar el régimen de los
Estados a la revolución y restablecer la norma de los principios que hicieron
grande a España y a los que tendrán que acogerse cuantos pueblos aspiren a
salvarse.
Es evidente que todos nuestros males se reducen a uno sólo: la pérdida de
nuestra idea nacional. Nuestro ideal se cifraba en la fe y en su difusión por el
haz de la tierra. Al quebranto de la fe siguió la indiferencia. No hemos nacido
para ser kantianos. Ningún pueblo inteligente puede serlo. Si la chispa de
nuestra alma no se identifica con la Cruz, mucho menos con ese vago Imperativo
Categórico que sólo nos obligaría a desear la felicidad del mayor número, aunque
el mayor número se compusiera de cínicos e hijos del placer. A falta de ideal
colectivo, nos contentamos con vivir como podemos. Y así se nos encoge la
existencia, al punto de que han dejado de influir nuestros pueblos en la marcha
del mundo.¿Qué podemos esperar de gentes que contemplan impávidas la quema de
conventos, como si no les fuera nada en ella? Lo mismo que de las aristocracias
que se gastan sus rentas en el extranjero o de los intelectuales que viven de
prestado, sin preguntarse nunca si tienen algo propio que decir. Esta España no
es excusable, aunque sí explicable. Su flojera es hija de la falta de ideal, o
cuando menos, de su relajamiento. "No está en forma",como dicen los deportistas,
y es que para estar en forma tendría que proponerse algún objeto. Y no se lo
propone, porque se siente desnacionalizada.
Se ama lo que se estima
La historia es ya
antigua. El 30 de marzo de 1751 escribía el marqués de la Ensenada al embajador
Figueroa: "Ha siglos que no ha habido ministros que mirasen por el bien de esta
Monarquía, que no ha sido arruinada mil veces porque Dios no lo ha permitido...
Nunca supimos expender a tiempo diez escudos, ni los teníamos tampoco, porque
hemos sido unos piojosos llenos de vanidad y de ignorancia". Esta desprecio de
lo propio e infatuación de lo postizo y extranjero es lo que nos indujo a la
pérdida de la fe y a la revolución. Como escribe el padre Miguélez es su
Historia del jansenismo y regalismo en España: "El Rey se puso la tiara y los
Ministros oficiaban de Obispos in partibus infidelium". Y es que muchos de
nuestros abuelos no tardaron en hacerse infieles. Era la moda entre los
extranjeros y los españoles teníamos que seguirla. En la Península sobrevino el
cambio antes que en América, pero fue más tenaz en ella la resistencia de la
tradición. Probablemente acabará por salvarnos, quizás cuando aún no sepan los
pueblos criollos lo que hacerse para defender su independencia contra las
ambiciones extranjeras. Pero el problema es el mismo en ambos Continentes.
Pueblos que no son fieles a su origen son pueblos perdidos, y el origen no ha de
buscarse en las nebulosidades de la prehistoria, sino en el acceso a la luz del
Espíritu. El ser de los pueblos es la defensa de sí mismos, en cuanto tienen de
valioso.
No hay muchos medios de defensa, por desgracia. Por todas partes parecen que se
cierran los caminos de la Hispanidad. Todos los pueblos hispánicos de América
fueron ricos en algún momento y todos ellos, unos tras otros, parecen estar
cayendo en la pobreza. Es que también para ser ricos hay que tener conciencia de
un ideal y de una misión. Esaú vendió por un plato de lentejas sus derechos de
primogenitura, y esta es una de las parábolas de más extensa aplicación que se
han escrito. ¿Cuantas veces no habrán hecho otro tanto los politicastros de la
América hispánica y hasta los de la misma España!¿No hemos visto a los hombres
de las mejores familias disputarse las representaciones de las firmas
extranjeras, sin dárseles una higa de que estaban enajenando la economía
nacional al poner en manos extrañas lo que debiera hacerse con las propias? La
razón última de todo ello es siempre la misma: la desnacionalización que
padecemos desde que Ensenada nos consideraba como piojosos llenos de vanidad y
de ignorancia. Ensenada, que era un gran patriota, quería con ello suscitar
nuestro amor propio, para lanzarnos a conquistar las técnicas y medios de
riqueza que engrandecían a otros pueblos. Pero no se daba cuenta de que, al
cabo, sólo se ama lo que se estima y lo que no vale tampoco se quiere. De cuando
en cuando se producen grandes pesimistas, como Cánovas y Ramón y Cajal, que son
también grandes patriotas y saben ser al mismo tiempo, según la divisa de
Chesterton: "místicos en el credo y cínicos en la crítica". En la obra de
Cánovas se nota, sin embargo, el pesimismo. Un optimista hubiera fundado la
Restauración en la verdad, que era la necesidad de convivir republicanos y
carlistas bajo el amparo de una Monarquía militar. Un pesimista prefirió
fundarla en el falseamiento de las elecciones, a base de caciquismo. Pero los
más de los hombres necesitan atribuir valor a sus afectos, para no perderlos. No
es improbable que el juicio de Ensenada sobre los españoles, compartido como lo
sería por los virreyes y gobernadores del Nuevo Continente, fuera una de las
causas fundamentales de la separación de América. Tampoco de que haya producido
el tipo del político de carrera carente de ideales; el del rentista que se gasta
sus bienes en el extranjero; el del escritor que nunca lee a sus compatriotas,
por suponer que no le pueden decir nada interesante. En el pecado suele llevar
la penitencia, porque, por talento que tenga, acaba también por no decir nada
que interese a su pueblo, ya que éste no es sino la tradición misma, convertida
en receptáculo emotivo, que sólo se asimila lo que le es afín.
Vuelta a nuestra fe
Siempre volvemos a lo mismo: la desorientación nacional. No es verdad que seamos inmorales. Nuestro pueblo sigue siendo uno de los mejores de la tierra. Entre nosotros marchan satisfactoriamente todos los modos de vida: relaciones de familia, de amistad, de negocio en la pequeña industria y el pequeño comercio, que sigue rigiéndose por principios de nuestro Siglo de Oro. Lo que no marcha bien es la política, el Estado, la enseñanza, cuantos otros aspectos de la actuación social se han dejado malear por ideas revolucionarias y extranjeras. La tragedia en los países nuestros es la de aquellas almas superiores, que se han dejado ganar por el escepticismo, que las condena a vivir sin ideales. Así la vida misma acaba por hacerse intolerable. El alma del hombre necesita de perspectivas infinitas, hasta para resignarse a limitaciones cotidianas. Lo que echamos de menos lo tuvimos, hasta que en el siglo XVIII lo perdimos: un gran fin nacional. Esto es lo que hemos de buscar, lo que ya buscan en los autores de otros países los lectores de libros extranjeros. Y lo que han de ir descubriendo en nuestra historia y arte y religión y en la profundidad de nuestros sentimientos más auténticos, los caballeros de la Hispanidad. Esta España de ahora, que vive como si estuviera de más en el mundo, no es sino la sombra de aquella otra que fue el brazo de Dios en la tierra. ¿Cómo resurgirá la verdadera? Por nuestras ansias, y aun por el mismo espíritu de aventura que nos extranjerizó hace dos siglos. Porque todas las otras pruebas están hechas, y andados todos los caminos. No nos queda más que uno sólo por probar: el nuestro. Tómense las esencias de los siglos XVI y XVII; su mística, su religión, su moral, su derecho, su política, su arte, su función civilizadora. Nos mostrarán una obra a medio hacer, una misión inacabada. En cambio, al volver los ojos a los senderos que en estos dos siglos hemos recorrido nos encontraremos siempre con que no llevan a ninguna parte. Nietzsche dijo de España que había querido demasiado. La verdad es que España no quiso sino lo que todas las grandes ideas, como el liberalismo o el socialismo, han deseado y prometido: la redención del género humano. España no sólo quiso, sino que hizo mucho. Compárense, principios por principios, los que cumplen sus promesas con lo que las dejan incumplidas. Y el liberalismo no cumple las suyas. En el orden del espíritu, su escepticismo respecto de la verdad no hace sino propagar la peste del indiferentismo, como dice la proposición LXXIX del Syllabus, que lo condena justamente por conducir "más fácilmente a los pueblos a la corrupción de las costumbres y del espíritu y propagar la peste del indiferentismo". ¿Nos compensará de estos males con los bienes que fomenta en la vida económica? Hoy se ha desvanecido la ilusión que había puesto el mundo en el ideal librecambista. Los países principales vuelven la mirada a regímenes de autarquía. Así se desvanecen todas las críticas que se habían hecho contra el sistema cerrado de la economía española en América. Ningún país puede consentir que sus riquezas sean explotadas para exclusivo o principal beneficio de extranjeros. ¿Quién podrá creer hoy en la democracia? Las naciones más ricas se arruinan para sacar a los electores de su natural retraimiento, ofreciéndoles, a expensas del Erario, ventajas particulares. Tampoco creeremos en la ciencia, porque es neutral y mata como cura. Y el progreso no lo afirmaremos sino como un deber. La idea del progreso no lo afirmaremos sino como un deber. La idea del progreso, fatal e irremediable, es un absurdo. El tiempo, que todo lo devora, no puede por sí solo mejorarnos. Era más cierta la mitología de Saturno, en que se pinta al tiempo comiéndose a sus hijos. Tampoco se sostendrá nuestra beocia admiración por los países extranjeros. Todos los pueblos que siguieron caminos distintos de la común tradición cristiana se hallan en una crisis tan profunda que no se sabe si podrán salir de ella.
La misión interrumpida
Para los españoles
no hay otro camino que el de la Monarquía Católica, instituida para servicio de
Dios y del prójimo. No podría fijar el de los pueblos de América, porque son
muchos y diversos. Cada uno de ellos está condicionado por sus realidades
geográficas y raciales. A mí no me gusta la palabra Imperio, que se ha echado a
volar en estos años. No tengo el menor interés en que empleados de Madrid
vuelvan a recaudar tributos en América. Lo que digo es que los pueblos criollos
están empeñados en una lucha de vida o muerte con el bolchevismo, de una parte,
y con el imperialismo económico extranjero, de la otra, y que si han de salir
victoriosos han de volver por los principios comunes de la Hispanidad, para
vivir bajo autoridades que tengan conciencia de haber recibido de Dios sus
poderes, sin lo cual serán tiránicas, y de que esos poderes han de emplearse en
organizar la sociedad de un modo corporativo, de tal suerte que las leyes y la
economía se sometan al mismo principio espiritual que su propia autoridad, a fin
de que todos los órganos y corporaciones del Estado reanuden la obra católica de
la España tradicional, la depuren de sus imperfecciones y la continúen hasta el
fin de los tiempos. Ello han de hacerlo nacionalizándose aún más de lo que
están. Los argentinos han de ser más argentinos; los chilenos, más chilenos; los
cubanos, más cubanos. Y no lo conseguirán sino son al mismo tiempo más
hispánicos, por la Argentina y Chile y Cuba son sus tierra, pero la Hispanidad
es su común espíritu, al mismo tiempo que la condición de su éxito en el mundo.
El ansia universalista que les animaba cuando se ofrecían a la emigración de
todos los pueblos de la tierra sólo es realizable por el Catolicismo. Las otras
religiones son exclusivistas y celosas y la experiencia ya ha sido hecha. Los
argentinos creían poder asimilar a los judíos, a los españoles o a los
italianos. No lo han logrado. Los judíos se casan entre sí, y este cuidado de la
pureza de su raza no es sino la expresión de su voluntad firme de no dejarse
absorber por ningún otro pueblo.
El éxito se logra de otro modo. Don Eusebio Zuloaga me contaba que no hace
muchos años le guió un cacique indio por las montañas de Bolivia. El indio se
apoyaba en un bambú que tenía en el puño una vieja onza española. "¿Quién es
ese?" -le preguntó Zuloaga, señalando con el dedo la efigie de la onza-. "El Rey
de Castilla, mi rey" -repuso el indio-. "¿ Cómo tu rey? Aquí en Bolivia tenéis
un presidente" -observó Zuloaga-. Pero el indio se lo explicó todo: "Ese
presidente lo nombra el rey de Castilla. Si no fuera por eso, ¿crees tú que yo
me dejaría mandar por un mestizo?". Sin duda ha habido gobernantes en Bolivia
que, hasta hace pocos años, han querido fortalecer su prestigio haciendo creer a
los indios que los designaba el rey de España. Ello no muestra sino que la obra
protectora de los indios, a que se dedicó durante tres siglos la Monarquía
Católica española, por medio de toda organización gubernativa y eclesiástica, ha
echado raíces tan profundas en los pueblos de América, que no pueden concebir
otra autoridad legítima que la que ella designa. Y lo que aquí se significa
(porque los Gobiernos se legitiman mucho más por su bondad que por su origen) es
que la misión de todo Estado hispánico ha de consistir en fortalecer a los
débiles, en levantar a los caídos, en facilitar a todos los hombres los medios
de progresar y mejorarse, que es confirmar con obras la fe católica y
universalista.
Para esta faena, la de seguir la misión interrumpida, han de esperar los pueblos
hispánicos las simpatías y el apoyo de todos los países católicos. Si la
Hispanidad se hizo con la idea católica, la Iglesia, en cambio, no ha producido
en el curso de los siglos otro Imperio que se dedicara casi exclusivamente a su
defensa, más que el nuestro. Esa misión hay que continuarla. En ella está la
orientación que echábamos y echamos de menos. El mundo no ha concebido ideal más
elevado que el de la Hispanidad. La vida del individuo no se eleva y ensancha
sino por el ideal. Pero si una mujer abnegada dijo en la hora de su muerte que
el patriotismo no es bastante, también puede decirse que la religión no es
tampoco suficiente para llenar la vida, sino que necesita del patriotismo para
encarnarse en esta tierra. En este ideal religioso y patriótico sería ya posible
hasta recoger las almas extraviadas que de su patria regeneraron por no
encontrar en ella los bienes de otros pueblos. Las diríamos que busquen donde
quieran las ciencias y las artes que nos falten, para traerlas al "dulce y
patrio nido", como pájaros menesterosos de pajuelas. No necesitan renegar de
nuestro pasado, que también fue una busca por el mundo de cuanto precisábamos.
Lo esencial es que defendamos nuestro ser. La vida del hombre se rige por la
causa final. Su finalidad se encuentra en sus principios. Los pueblos señalan su
porvenir en sus mismos orígenes, apenas se va plasmando en ellos la vocación de
su destino.
Presumo que los caballeros de la Hispanidad están surgiendo en tierras muy
diversas y lejos unos de otros, lo que no les impedirá reconocerse. ¿No se
conocen entre sí los místicos, los amigos del arte, los grandes aficionados al
mismo deporte? ¿No hay en el lenguaje de los buenos hispanos un diapasón, a la
vez religioso y patriótico, que los distingue a todos? Esperemos entonces: "Don
Gil, don Juan, don Lope, don Carlos, don Rodrigo" -porque su ideal personal será
el de sus países, y el de sus países el de la Hispanidad, y éste el del género
humano-, que los caballeros de la Hispanidad, con la ayuda de Dios, estén
llamados a moldear el destino de sus pueblos.
Un lema de caballeros
Nuestro pasado nos
aguarda para crear el porvenir. El porvenir perdido lo volveremos a hallar en el
pasado. La historia señala el porvenir. En el pasado está la huella de los
ideales que íbamos a realizar dentro de diez mil años. El pasado español es una
procesión que abandonamos, los más de nosotros, para seguir con los ojos las de
países extranjeros o para soñar con un orden natural de formaciones
revolucionarias, en que los analfabetos y los desconocidos se pusieran a guiar a
los hombres de rango y de cultura. Pero la antigua procesión no ha cesado del
todo. Aún nos aguarda. Por su camino avanzan los muertos y los vivos. Llevan por
estandarte las glorias nacionales. Y nuestra vida verdadera, en cuanto posible
en este mundo, consiste en volver a entrar en fila. "¿Decíamos ayer?..."
Precisamente. De lo que se trata es de recordar con precisión lo que decíamos
ayer, cuando teníamos algo que decir. Esta precisión, en general, sólo la
alcanzan los poetas. Si tenemos razón los españoles historicistas, han de venir
en auxilio nuestro los poetas. Si la plenitud de la vida de los españoles y de
los hispánicos está en la Hispanidad y de la Hispanidad en el recobro de su
conciencia histórica, tendrán que surgir los poetas que nos orienten con sus
palabras mágicas.
¿Acaso no fue un poeta el que asoció por vez primera las tres palabras de Dios,
Patria y Rey? La divisa fue, sin embargo, insuperable, aunque tampoco lo era
inferior la que decía: Dios, Patria, Fueros, Rey. Nuestros guerreros de la Edad
Media crearon otra que fue talismán de la victoria: "¡Santiago y cierra,
España!". En el siglo XVI pudo crearse, como lema del esfuerzo hispánico, la de:
"La fe y las obras". Era la puerta al reino de los Cielos. ¿No podría fundarse
en ella el acceso a la ciudadanía, el día en que deje de creerse en los derechos
políticos del hombre natural? Los caballeros de la Hispanidad tendrían que
forjarse su propia divisa. Para ello pido el auxilio de los poetas. Las palabras
mágicas están todavía por decir. Los conceptos, en cambio, pueden darse ya por
conocidos: servicio, jerarquía y hermandad, el lema antagónico al revolucionario
del libertad, igualdad, fraternidad. Hemos de proponernos una obra de servicio.
Para hacerla efectiva nos hemos de insertar en alguna organización jerárquica. Y
la finalidad del servicio y de la jerarquía no ha de consistir únicamente en
acrecentar el valer de algunos hombres, sino que ha de aumentar la caridad, la
hermandad entre los humanos.
El servicio es la virtud aristocrática por excelencia. Ich dien, yo sirvo, dice
en tudesco el escudo de los reyes de Inglaterra. El de los Papas dice más:
Servus servorum, siervo de los siervos. Es el lema de toda alma distinguida. Si
se le contrapone al de libertad se observará que el de servicio incluye la
libertad, porque libremente se adopta como lema, pero el de libertad no incluye
el de servicio: "Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo", dice el
Satán de Milton. La jerarquía es la condición de la eficacia, lo específico de
la civilización, lo genérico de la vida, que parece aborrecer toda igualdad.
Toda obra social implica división del trabajo: gobernantes y gobernados,
caudillos y secuaces. Disciplina y jerarquía son palabras sinónimas. La
jerarquía legítima es la que se funda en el servicio. Jerarquía y servicio son
los lemas de toda aristocracia. Una aristocracia hispánica ha de añadir a su
lema el de hermandad. Los grandes españoles fueron los paladines de la hermandad
humana. Frente a los judíos, que se consideraban el pueblo elegido, frente a los
pueblos nórdicos de Europa, que se juzgaban los predestinados para la salvación,
San Francisco Javier estaba cierto de que podían ir al Cielo los hijos de la
India, y no sólo los brahmanes orgullosos, sino también, y sobre todo, los
patrias intocables.
Esta es una idea que ningún otro pueblo ha sentido con tanta fuerza como el
nuestro. Y como creo en la Humanidad, como abrigo la fe de que todo el género
humano debe acabar por constituir una sola familia, estimo necesario que la
Hispanidad crezca y florezca y persevere en su ser y en sus caracteres
esenciales, porque sólo ella ha demostrado vocación para servir este ideal.