Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1552)

Bernal Díaz del Castillo

Prólogo

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Notando (he) estado como los muy afamados cronistas antes de que comiencen a escribir sus historias hacen primero su prólogi y preámbulo, con razones y retórica muy subida, para dar luz y crédito a sus razones porque los curiosos lectores que las leyeren tomen melodía y sabor de ellas; y yo, como no soy latino, no me atrevo a hacer preámbulo ni prólogo de ello, porque ha menester para subliar los heróicos hechos y hazañas que hicimos cuando ganamos la Nueva España y sus provincias en compañía del valeroso y esforzado Capitán Don Hernando Cortés, que, después, el tiempo andando, por sus heróicos hechos fue Marques del Valle, y para poderlo escribir tan sublimadamente como es digno, fuera menester otra elocuencia y retórica mejor que no la mía; más de lo que yo ví y me hallé en ello peleando, como buen testigo de vista yo lo escribiré, con la ayuda de Dios, muy llanamente sin torcer a una parte ni a otra, y porque soy viejo de más de ochenta y cuatro años y he perdido la vista y el oir, y por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y descendientes, salvo esta mi verdadera y notable relación, como adelante en ella verán. No tocaré por ahora en más decir y dar razón de mi patria y de dónde soy natural, y en qué año salí de Castilla, y e compañía de qué Capitanes anduve militando y donde ahora tengo mi asiento y vivienda.

Bernal Díaz del Castillo

Capítulo I

COMIENZA LA RELACIÓN DE LA HISTORIA

Bernal Díaz del Castillo, vecino y regidor de la muy leal ciudad de Santiago de Guatemala, uno de los primeros descubridores y conquistadores de la Nueva España y sus provincias, y Cabo de Honduras e Higueras, que en esta tierra así se nombra; natural de la muy noble e insigne villa de Medina del Campo, hijo de Francisco Díaz del Castillo, regidor que fue de ella, que por otro nombre le llamaban el Galán, y de María Díez Rejón, su legítima mujer. que hayan santa gloria. Por lo que a mí toca y a todos los verdaderos conquistadores, mis compañeros, que hemos servido a su majestad así en descubrir v conquistar y pacificar y poblar todas las provincias de la Nueva España, que es una de las buenas partes descubiertas del Nuevo Mundo, lo cual descubrimos a nuestra costa, sin ser sabidor de ello Su Majestad, y hablando aquí en respuesta de lo que han dicho y escrito personas que no lo alcanzaron a saber, ni lo vieron, ni tener noticia verdadera de lo que sobre esta materia propusieron, salvo hablar a sabor de su paladar, por oscurecer si pudiesen nuestros muchos y notables servicios, porque no haya fama de ellos ni sean tenidos en tanta estima como son dignos de tener; y aun como la malicia humana es de tal calidad, no querrían los malos detractores que fuésemos antepuestos y recompensados como Su Majestad lo ha mandado a sus virreyes, presidentes y gobernadores; y dejando estas razones aparte, y porque cosas tan heroicas como adelante diré no se olviden, ni más las aniquilen, y claramente se conozcan ser verdaderas, y porque se reprueben y den por ninguno los libros que sobre esta materia han escrito, porque van muy viciosos y oscuros de la verdad; y porque haya fama memorable de nuestras conquistas, pues hay historias de hechos hazañosos que ha habido en el mundo, justa cosa es que estas nuestras tan ilustres se pongan entre las muy nombradas que han acaecido. Pues a tan excesivos riesgos de muerte y heridas, y mil cuentos de miseria, pusimos y aventuramos nuestras vidas, así por la mar descubriendo tierras que jamás se había tenido noticia de ellas, y de día y de noche batallando con multitud de belicosos guerreros; y tan apartados de Castilla, sin tener socorro ni ayuda ninguna, salvo la gran misericordia de Dios nuestro Señor, que es el socorro verdadero, que fue servído que ganásemos la Nueva España y la muy nombrada y gran ciudad de Tenuztitlán México, que así se nombra, y otras muchas ciudades y provincias, que por ser tantas aquí no declaro sus nombres; y después que las tuvimos pacificadas y pobladas de españoles, como muy buenos y leales vasallos (y) servidores de Su Majestad somos obligados a nuestro rey y señor natural, con mucho acato se las enviamos a dar y entregar con nuestros embajadores a Castilla, y desde allí a Flandes, donde Su Majestad</I< Su Majestad, y han ido y van cotidianamente, así de los quintos reales y lo que llevan otras muchas personas de todas suertes; digo que haré esta relación, quién fue el primero descubridor de la provincia de Yucatán y cómo fuimos descubriendo la Nueva España, y quiénes fueron los capitanes y soldados Que lo conquistamos y poblamos, y otras muchas cosas que sobre las tales conquistas pasamos, que son dignas de saber y no poner en olvido, lo cual diré lo más breve que pueda y sobre todo con muy cierta verdad, como testigo de vista.

Y si hubiese de decir y traer a la memoria, parte por parte. los heroicos hechos que en las conquistas hicimos cada uno de los valerosos capitanes y fuertes soldados que desde el principio en ellas nos hallamos, fuera menester hacer un gran libro para declararlo como conviene, y un muy afamado coronista que tuviera otra más clara elocuencia y retórica en el decir, que estas mis palabras tan mal propuestas para poderlo intimar tan altamente como merece, según adelante verán en lo que está escrito; mas en lo que yo me hallé y vi Y entendí y me acordare, puesto que no vaya con aquel ornato tan encumbrado y estilo delicado que se requiere, yo lo escribiré con ayuda de Dios con recta verdad, allegándome al parecer de los sabios varones, que dicen que la buena retórica y pulidez en lo que escribieren es decir verdad, y no sublimar y decir lisonjas a unos capitanes y abajar a otros, en especial en una relación como ésta que siempre ha de haber memoria de ella. Y porque yo no soy latino, ni sé del arte de marear ni de sus grados y alturas, no trataré de ello; porque como digo, no lo sé, salvo en las guerras y batallas y pacificaciones como en ellas me hallé, porque yo soy el que vine desde la isla de Cuba de los primeros, en compañía de un capitán que se decía Francisco Hernández de Córdoba; trajimos de aquel viaje ciento y diez soldados; descubrimos lo de Yucatán y nos mataron, en la primera tierra que saltamos, que se dice la Punta de Cotoche, y en un pueblo más adelante que se llamaba Champotón, más de la mitad de nuestros compañeros; y el capitán salió con diez flechazos y todos los más soldados a dos y a tres heridas. Y viéndonos de aquel arte, hubimos de volver con mucho trabajo a la isla de Cuba, a donde habíamos salido con el armada. Y el capitán murió luego en llegando a tierra, por manera que de los ciento y diez soldados que veníamos quedaron muertos los cincuenta y siete.

Después de estas guerras volví segunda vez, desde la misma isla de Cuba, con otro capitán que se decía Juan de Grijalva; y tuvimos otros grandes rencuentros de guerra con los mismos indios del pueblo de Champotón, y en estas segundas batallas nos mataron muchos soldados; y desde aquel pueblo fuimos descubriendo la costa adelante hasta llegar a la Nueva España, y pasamos hasta la provincia de Pánuco. Y otra vez hubimos de volver a la isla de Cuba muy destrozados y trabajosos, así de hambre como de sed, y por otras causas que adelante diré en el capítulo que de ello se tratare. Y volviendo a mi cuento, vine la tercera vez con el venturoso y esforzado capitán don Hernando Cortés, que después, el tiempo andando, fue marqués del Valle y tuvo otros dictados. Digo que ningún capitán ni soldado pasó a esta Nueva España tres veces arreo, una tras otra, como yo; por manera que soy el más antiguo descubridor y conquistador que ha habido ni hay en la Nueva España, puesto que muchos soldados pasaron dos veces a descubrir, la una con Juan de Grijalva, ya por mí memorado, y otra con el valeroso Hernando Cortés; mas no todas tres veces arreo, porque si vino al principio con Francisco Hernández de Córdoba, no vino la segunda con Grijalva, ni la tercera con el esforzado Cortés.

Y Dios ha sido servido de guardarme de muchos peligros de muerte, así en este trabajoso descubrimiento como en las muy sangrientas guerras mexicanas; y doy a Dios muchas gracias y loores por ello, para que diga y declare lo acaecido en las mismas guerras; y, demás de esto, ponderen y piénsenlo bien los curiosos lectores, que siendo yo en aquel tiempo de obra de veinte y cuatro años, y en la isla de Cuba el gobernador de ella, que se decía Diego Velázquez, deudo mío, me prometió que me daría indios de los primeros que vacasen, y no quise aguardar a que me los diesen; siempre tuve celo de buen soldado, que era obligado a tener, así para servir a Dios y a nuestro rey y señor, y procurar de ganar honra, como los nobles varones deben buscar la vida, e ir de bien en mejor. No se me puso por delante la muerte de los compañeros que en aquellos tiempos nos mataron, ni las heridas que me dieron, ni fatigas ni trabajos que pasé y pasan los que van a descubrir tierras nuevas, como nosotros nos aventuramos, siendo tan pocos compañeros, entrar en tan grandes poblaciones llenas de multitud de belicosos guerreros. Siempre fui adelante y no me quedé rezagado en los muchos vicios que había en la isla de Cuba, según más claro verán en esta relación, desde el año de quinientos catorce que vine de Castilla y comencé a militar en lo de Tierra Firme y a descubrir lo de Yucatán y Nueva España. Y como mis antepasados y mi padre y un mi hermano siempre fueron servidores de la Corona Real y de los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, de muy gloriosa memoria, quise parecer en algo a ellos: y en aquel tiempo, que fue año de mil quinientos catorce, como declarado tengo, vino por gobernador de Tierra Firme un caballero que se decía Pedrarias Dávila, acordé de venirme con él a su gobernación y conquista. Y por acortar palabras no diré lo acaecido en el viaje, sino que unas veces con buen tiempo y otras con contrario, llegamos a el Nombre de Dios, porque así se llama.

Desde a tres o cuatro meses que estábamos poblados, dió pestilencia, de la cual se murieron muchos soldados, y demás de esto todos los más adolecíamos y se nos hacían unas malas llagas en las piernas. Y también había diferencias entre el mismo gobernador con un hidalgo que en aquella sazón estaba por capitán y había conquistado aquella provincia, el cual se decia Vasco Núñez de Balboa, hombre rico. con quien Pedrarias Dávila casó una su hija, que se decía dona fulana Arias de Peñalosa, y después que la hubo desposado, según pareció y sobre sospechas que tuvo del yerno se le quería alzar con copia de soldados, para irse por la Mar del Sur, y por sentencia le mandó degollar, y hacer justicia de ciertos soldados. Y desde que vimos lo que dicho tengo y otras revueltas entre sus capitanes, y alcanzamos a saber que era nuevamente poblada y ganada la isla de Cuba, y que estaba en ella por gobernador un hidalgo que se decía Diego Velázquez, natural de Cuéllar, ya otra vez por mí memorado, acordamos ciertos caballeros y personas de calidad, de los que habíamos venido con Pedrarias Dávila, de demandarle licencia para irnos a la isla' de Cuba, y él nos la dió de buena voluntad, porque no tenía necesidad de tantos soldados como los que trajo de Castilla, para hacer guerra, porque no había qué conquistar, que todo estaba de paz, que Vasco Núñez de Balboa, su yerno de Pedrarias, lo había conquistado y la tierra de suyo es muy corta. Pues desde que tuvimos la licencia nos embarcamos en un buen navío y con buen tiempo llegamos a la isla de Cuba, y fuimos a hacer acato al gobernador, y él se holgó con nosotros y nos prometió que nos daría indios, en vacando.

Y como se habían ya pasado tres años así, en lo que estuvimos en Tierra Firme e isla de Cuba, y no habíamos hecho cosa ninguna que de contar sea, acordamos de juntarnos ciento y diez compañeros de los que habíamos venido a Tierra Firme y de los que en la isla de Cuba no tenían indios, y concertamos con un hidalgo que se decía Francisco Hernández de Córdoba, que ya le he nombrado otra vez y era hombre rico y tenía pueblo de indios en aquella isla, para que fuese nuestro capitán porque era suficiente para ello, para ir a nuestra ventura a buscar y descubrir tierras nuevas para en ellas emplear nuestras personas. Y para aquel efecto compramos tres navíos, los dos de buen porte y el otro era un barco que hubimos del mismo gobernador Diego Velázquez, fiado, con condición que primero que nos lo diese nos habíamos de obligar que habíamos de ir con aquellos tres navíos a unas isletas que estaban entre la isla de Cuba y Honduras, que ahora se llaman las islas de los Guanaxes, y que habíamos de ir de guerra y cargar los navíos de indios de aquellas islas, para pagar con indios el barco, para servirse de ellos por esclavos. Y desde que vimos los soldados que aquello que nos pedía el Diego Velázquez no era justo, le respondimos que lo que decía no lo manda Dios ni el rey, que hiciésemos a los libres esclavos. Y desde que supo nuestro intento, dijo que era mejor que no el suyo, en ir a descubrir tierras nuevas, que no lo que él decía, y entonces nos ayudó con cosas para la armada. Hanme preguntado ciertos caballeros curiosos que para qué escribo estas palabras que dijo Diego Velázquez sobre vendernos su navío, porque parecen feas y no habían de ir en esta historia. Digo que las pongo porque así conviene por los pleitos que nos puso Diego Velázquez y el obispo de Burgos, arzobispo de Rosario, que se decía don Juan Rodríguez de Fonseca.

Y volviendo a nuestra materia, y desde que nos vimos con tres navíos y matalotaje de pan cazabe, que se hace de unas raíces, y compramos puercos, que costaban a tres pesos, porque en aquella sazón no había en la isla de Cuba vacas ni carneros, porque entonces se comenzaba a poblar, y con otros mantenimientos de aceite, y compramos cuentas y cosas de rescate de poca valía, y buscamos tres pilotos, que el más principal y el que regía nuestra armada se decía Antón de Alaminos, natural de Palos, y el otro se decía Camacho de Triana, y el otro piloto se llamaba Juan Alvarez el Manquillo, natural de Huelva; y asimismo recogimos los marineros que habíamos menester y el mejor aparejo que pudimos haber, así de cables y maromas y guindalezas y andas, y pipas para llevar agua, y todas otras maneras de cosas convenientes para seguir nuestro viaje, y esto todo a nuestra costa y mención. Y después que nos hubimos recogido todos nuestros soldados, fuimos a un puerto que se dice y nombra en lengua de indios Axaruco, en la banda del norte, y estaba ocho leguas de una villa que entonces tenían poblada que se decía San Cristóbal, que desde ha dos años la pasaron adonde ahora está poblada la Habana.

Y para que con buen fundamento fuese encaminada nuestra armada, hubimos de haber un clérigo que estaba en la misma villa de San Cristóbal, que se decía Alonso González, el cual se fue con nosotros: y además de esto, elegimos proveedor a un soldado que se decía Bernardino Iñiguez, natural de Santo Domingo de la Calzada, para que si Dios nos encaminase a tierras ricas y gente que tuviese oro o plata, o perlas, u otras cualesquier riquezas, hubiese entre nosotros persona que guardase el real quinto. Y después de todo esto concertado y oído misa, encomendándonos a Dios Nuestro Señor y a la Virgen Santa María Nuestra Señora, su bendita Madre, comenzamos nuestro viaje de la manera que diré.

Capítulo II

CÓMO DESCUBRIMOS LA PROVINCIA DE YUCATÁN

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En ocho días del mes de febrero del año de mil quinientos diez y siete salimos de la Habana, del puerto de Axaruco, que es en la banda del norte, y en doce días doblamos la punta de Santo Antón, que por otro nombre en la isla de Cuba se llama Tierra de los Guanahataveyes, que son unos indios como salvajes. Y doblada aquella punta y puestos en alta mar, navegamos a nuestra ventura hacia donde se pone el sol, sin saber bajos ni corrientes ni qué vientos suelen señorear en aquella altura, con gran riesgo de nuestras personas, porque en aquella sazón nos vino una tormenta que duró dos días con sus noches, y fue tal que estuvimos para perdernos; y desde que abonanzó, siguiendo nuestra navegación, pasados veintiún días que habíamos salido del puerto, vimos tierra, de que nos alegramos y dimos muchas gracias a Dios por ello. La cual tierra jamás se había descubierto, ni se había tenido noticia de ella hasta entonces, y desde los navíos vimos un gran pueblo que, al parecer, estaría de la costa dos leguas, y viendo que era gran poblazón y no habíamos visto en la isla de Cuba ni en la Española pueblo tan grande, le pusimos por nombre el Gran Cairo, y acordamos que con los dos navíos de menos porte se acercasen lo más que pudiesen a la costa, para ver si habría fondo para que pudiésemos anclar junto a tierra; y una mañana, que fueron cuatro de marzo, vimos venir diez canoas muy grandes, que se dicen piraguas, llenas de indios naturales de aquella poblazón, y venían a remo y vela. Son canoas hechas a manera de artesas, y son grandes y de maderos gruesos y cavados de arte que están huecos; y todas son de un madero, y hay muchas de ellas en que caben cuarenta indios.

Quiero volver a mi materia. Llegados los indios con las diez canoas cerca de nuestros navíos, con señas de paz que les hicimos, y llamándoles con las manos y capeando para que nos viniesen a hablar, porque entonces no teníamos lenguas que entendiesen la de Yucatán y mexicana, sin temor ninguno vinieron, y entraron en la nao capitana sobre treinta de ellos, y les dimos a cada uno un sartalejo de cuentas verdes, y estuvieron mirando por un buen rato los navíos. Y el más principal de ellos, que era cacique, dijo por señas que se quería tornar en sus canoas e irse a su pueblo; que para otro día volverían y traerían más canoas en que saltásemos en tierra. Y venían estos indios vestidos con camisetas de algodón como jaquetas, y cubiertas sus vergüenzas con unas mantas angostas, que entre ellos llaman masteles; y tuvímoslos por hombres de más razón que a los indios de Cuba, porque andaban los de Cuba con las vergüenzas de fuera, excepto las mujeres, que traían hasta los muslos unas ropas de algodón que llamaban naguas.

Volvamos a nuestro cuento. Otro día por la mañana volvió el mismo cacique a nuestro navío y trajo doce canoas grandes, ya he dicho que se dicen piraguas, con indios remeros, y dijo por señas, con muy alegre cara y muestras de paz, que fuésemos a su pueblo y que nos darían comida y lo que hubiésemos menester, y que en aquellas sus canoas podíamos saltar en tierra; y entonces estaba diciendo en su lengua: Cones cotoche, cones cotoche, que quiere decir: Andad acá, a mis casas, y por esta causa pusimos por nombre a aquella tierra Punta de Cotoche, y así está en las cartas de marear. Pues viendo nuestro capitán y todos los demás soldados los muchos halagos que nos hacía aquel cacique, fue acordado que sacásemos nuestros bateles de los navíos y en el uno de los pequeños y en las doce canoas saltásemos en tierra, todos de una vez porque vimos la costa toda llena de indios que se habían juntado, de aquella población; y así salimos todos de la primera barcada. Y cuando el cacique nos vió en tierra y que no íbamos a su pueblo, dijo otra vez por señas al capitán que fuésemos con él a sus casas, y tantas muestras de paz hacía que, tomando el capitán consejo para ello, acordóse por todos los demás soldados que con el mejor recaudo de armas que pudiésemos llevar fuésemos. Y llevamos quince ballestas y diez escopetas, y comenzamos a caminar por donde el cacique iba con otros muchos indios que le acompañaban. Y yendo de esta manera, cerca de unos montes breñosos comenzó a dar voces el cacique para que saliesen a nosotros unos escuadrones de indios de guerra que tenía en celada para matarnos; y a las voces que dio, los escuadrones vinieron con gran furia y presteza y nos comenzaron a flechar, de arte que de la primera rociada de flechas nos hirieron quince soldados; y traían armas de algodón que les daba a las rodillas, y lanzas y rodelas, y arcos y flechas, y hondas y mucha piedra, y con sus penachos; y luego, tras las flechas, se vinieron a juntar con nosotros pie con pie, y con las lanzas a manteniente nos hacían mucho mal. Mas quiso Dios que luego les hicimos huir, como conocieron el buen cortar de nuestras espadas y de las ballestas y escopetas; por manera que quedaron muertos quince de ellos.

Y un poco más adelante donde nos dieron aquella refriega estaba una placeta y tres casas de cal y canto, que eran cues y adoratorios donde tenían muchos ídolos de barro, unos como caras de demonios, y otros como de mujeres, y otros de otras malas figuras, de manera que al parecer estaban haciendo sodomías los unos indios con los otros; y dentro, en las casas, tenían unas patenillas de medio oro y lo más cobre, y unos pinjantes y tres diademas y otras piecezuelas de pescadillos y ánades de la tierra; y todo de oro bajo. Y después que lo hubimos visto, así el oro como las casas de cal y canto, estábamos muy contentos porque habíamos descubierto tal tierra; porque en aquel tiempo no era descubierto el Perú ni aun se descubrió de ahí a veinte años. Y cuando estábamos batallando con los indios, el clérigo González, que iba con nosotros, se cargó de las arquillas e ídolos y oro, y lo llevó al navío. Y en aquellas escaramuzas prendimos dos indios, que después que se bautizaron se llamó el uno Julián y el otro Melchor, y entrambos eran trastabados de los ojos. Y acabando aquel rebato nos volvimos a los navíos y seguimos la costa adelante descubriendo hacia donde se pone el sol, y después de curados los heridos dimos velas. Y lo que más pasó, adelante lo diré.

Capítulo III

COMO SEGUIMOS LA COSTA ADELANTE HACIA EL PONIENTE, DESCUBRIENDO PUNTAS Y BAJOS Y ANCONES Y ARRECIFES

Creyendo que era isla, como nos lo certificaba el piloto Antón de Alaminos. íbamos con muy gran tiento, de día navegando y de noche al reparo, y en quince días que fuimos de esta manera vimos desde los navíos un pueblo, y al parecer algo grande: y había cerca de él gran ensenada y bahía. Creímos que habría río o arroyo donde pudiésemos tomar agua. porque teníamos gran falta de ella, a causa de las pipas y vasijas que traíamos, que no venían estancas; porque como nuestra armada era de hombres pobres, y no teníamos oro cuanto convenía para comprar buenas vasijas y cables, faltó el agua y hubimos de saltar en tierra junto al pueblo, y fue un domingo de Lázaro, y a esta causa pusimos a aquel pueblo por nombre Lázaro. y así está en las cartas de marear: y el nombre propio de indios se dice Campeche. Pues para salir todos de una barcada acordamos de ir en el navío más chico y en los tres bateles con nuestras armas, no nos acaeciese como en la Punta de Cotoche, y porque en aquellos ancones y bahias mengua mucho la mar, y por esta causa dejamos los navíos anclados más de una legua de tierra y fuimos a desembarcar cerca del pueblo. Y estaba allí un buen pozo de agua, donde los naturales de aquella población bebían, porque en aquellas tierras, según hemos visto, no hay ríos, y sacamos las pipas para henchirlas de aqua y volvemos a los navíos. Y ya que estaban llenas y nos queríamos embarcar, vinieron del pueblo obra de cincuenta indios. con buenas mantas de algodón y de paz, y a lo que parecía debían de ser caciques, y nos dicen por señas que qué buscábamos, y les dimos a entender que tomar agua e irnos luego a los navíos, y nos señalaron con las manos que si veníamos de donde sale el sol. y decían: Castilan, castilan, y no miramos en lo de la plática del castilan.

Y después de estas pláticas nos dijeron por señas que fuésemos con ellos a su pueblo, y estuvimos tomando consejo si iríamos o no, y acordamos con buen concierto de ir muy sobre aviso. Y lleváronnos a unas casas muy grandes que eran adoratorios de sus ídolos y bien labradas de cal y canto, y tenían figurado en unas paredes muchos bultos de serpientes y culebras grandes, y otras pinturas de ídolos de malas figuras, y alrededór de uno como altar, lleno de gotas de sangre. En otra parte de los ídolos tenían unos como a manera de señales de cruces, y todo pintado. de lo cual nos admiramos como cosa nunca vista ni oída. Y según pareció en aquella sazón habían sacrificado a sus ídolos ciertos indios, para que les diesen victoria contra nosotros, y andaban muchas indias riéndose y holgándose, y al parecer muy de paz; y como se juntaban tantos indios, temimos no hubiese alguna zalagarda como ]a pasada de Cotoche. Y estando de esta manera vinieron otros muchos indios, que traían muy ruines mantas, cargados de carrizos secos y los pusieron en un llano, y luego, tras éstos, vinieron dos escuadrones de indios flecheros, con lanzas y rodelas, y hondas y piedras, y con sus armas de algodón, y puestos en concierto y en cada escuadrón su capitán, los cuales se apartaron poco trecho de nosotros; y luego en aquel instante salieron de otra casa, que era su adoratorio de ídolos, diez indios que traían las ropas de mantas de algodón largas, que les daban hasta los pies, y eran blancas, y los cabellos muy grandes, llenos de sangre revuelta con ellos, que no se pueden desparcir ni aun peinar si no se cortan; los cuales indios eran sacerdotes de ídolos, que en la Nueva España comúnmente se llaman papas, y así los nombraré de aquí adelante. Y aquellos papas nos trajeron sahumerios, como a manera de resina, que entre ellos llaman copal. y con braseros de barro llenOS de ascuas nos comenzaron a sahumar y por señas nos dicen que nos vamos de sus tierras antes que aquella leña que allí tienen junta se ponga fuego y se acabe de arder; si no, que nos darán guerra y matarán. Y luego mandaron pegar fuego a los carrizos y se fueron los papas, sin más nos hablar. Y los que estaban apercibidos en los escuadrones para darnos guerra comenzaron a silbar y a tañer sus bocinas y atabalejos. Y desde que los vimos de aquel arte y muy bravos, y de lo de la Punta de Cotoche aún no teníamos sanas las heridas, y aun se nos habían muerto dos soldados, que echamos a la mar, y vimos grandes escuadrones de indios sobre nosotros, tuvimos temor y acordamos con buen concierto de irnos a la costa, y comenzamos a caminar por la playa adelante, hasta llegar cerca de un peñol que está en la mar. Y los bateles y el navío chico fueron la costa tierra a tierra con las pipas y vasijas de agua, y no nos osamos embarcar junto al pueblo donde habíamos desembarcado, por el gran número de indios que allí estaban aguardándonos, porque tuvimos por cierto que al embarcar nos darían guerra.

Pues ya metida nuestra agua en los navíos y embarcados, comenzamos a navegar seis días con sus noches con buen tiempo, y volvió un norte, que es travesía en aquella costa, que duró cuatro días con sus noches, que estuvimos para dar al través: que tan recio temporal había que nos hizo anclar, y se nos quebraron dos cables, que iba ya garrando el un navío. ¡Oh en qué trabajo nos vimos, en ventura de que si se quebraba el cable íbamos a la costa perdidos y quiso Dios que se ayudaron con otras maromas y guindalezas! Pues ya reposado el tiempo, seguimos nuestra costa adelante, llegándonos a tierra cuanto podíamos para tornar a tomar agua, que, como ya he dicho, las pipas que traíamos no venían estancas, sino muy abiertas, y no había regla en ello, y como íbamos costeando creíamos que doquiera que saltásemos en tierra la tomaríamos de jagueyes o pozos que cavaríamos. Pues yendo nuestra derrota adelante, vimos desde los navíos un pueblo, y antes de él, obra de una legua hacia una ensenada, que parecía río o arroyo, y acordamos de surgir; y como en aquella costa mengua mucho la mar y quedan muy en seco los navíos, por temor de ello surgimos.

Tomando nuestra agua, vinieron por la costa muchos escuadrones de indios del pueblo de Potochan, que así se dice, con sus armas de algodón que les daba a la rodilla, y arcos y flechas, y lanzas y rodelas, y espadas que parecen de a dos manos, y hondas y piedras, y con sus penachos, de los que ellos suelen usar: las caras pintadas de blanco y prieto y enalmagrado; y venían callando. Y se vienen derechos a nosotros, como que nos venían a ver de paz, y por señas nos dijeron que si veníamos de donde sale el sol, y respondimos por señas que de donde sale el sol veníamos. Y paramos entonces en las mientes y pensar qué podía ser aquella plática que nos dijeron ahora y habían dicho los de Lázaro; mas nunca entendimos al fin lo que decían. Sería cuando esto pasó, y se juntaron, a la hora de las avemarías; y como en tales casos suele acaecer, unos dicen uno y otros dicen otro, hubo parecer de todos los más compañeros que si nos íbamos a embarcar, como eran muchos indios, darían en nosotros y habría riesgo en nuestras vidas, y otros éramos de acuerdo que diésemos esa noche en ellos, que, como dice el refrán, que quien acomete, vence; y también nos pareció que para cada uno de nosotros había sobre doscientos indios.

Y estando en estos conciertos amaneció, y dijimos unos soldados a otros que estuviésemos con corazones muy fuertes para pelear y encomendándolo a Dios y procurar de salvar nuestras vidas. Ya de día claro vimos venir por la costa muchos más indios guerreros, con sus banderas tendidas, y penachos y atambores, y se juntaron con los primeros que habían venido la noche antes; y luego hicieron sus escuadrones y nos cercaron por todas partes, y nos dan tales rociadas de flechas y varas, y piedras tiradas con hondas, que hirieron sobre ochenta de nuestros soldados, y se juntaron con nosotros pie con pie, unos con lanzas y otros flechando, y con espadas de navajas, que parece que son de hechura de dos manos, de arte que nos traían a mal andar, puesto que les dábamos muy buena prisa de estocadas y cuchilladas, y las escopetas y ballestas que no paraban, unas tirando y otras armando. Ya que se apartaron algo de nosotros, desde que sentían las grandes cuchilladas y estocadas que les dábamos, no era lejos, y esto fue por flecharnos y tirar a terreno a su salvo. Y cuando estábamos en esta batalla y los indios se apellidaban, decían: Al calachuni, calachuni, que en su lengua quiere decir que arremetiesen al capitán y le matasen: y le dieron diez flechazos, y a mí me dieron tres, y uno de ell0s fue bien peligroso, en el costado izquierdo, que me pasó lo hueco, y a todos nuestros soldados dieron grandes lanzadas, y a dos llevaron vivos, que se decía el uno Alonso Boto y otro era un portugués viejo. Y viendo nuestro capitán que no bastaba nuestro buen pelear, y que nos cercaban tantos escuadrones, y que venían muchos más de refresco del pueblo y les traían de comer y beber y mucha flecha, y nosotros todos heridos a dos y a tres flechazos, y tres soldados atravesados los gaznates de lanzadas, y el capitán corriendo sangre de muchas partes, ya nos habían muerto sobre cincuenta soldados, y viendo que no teníamos fuerzas para sustentarnos ni pelear contra ellos, acordamos con corazones muy fuertes romper por medio sus batallones y acogernos a los bateles que teníamos en la costa, que estaban muy a mano, el cual fue buen socorro. Y hechos todos nosotros un escuadrón, rompimos por ellos; pues oír la grita y silbos y vocería y prisa que nos daban de flechazos y a manteniente con sus lanzas, hiriendo siempre en nosotros.

Pues otro daño tuvimos: que como nos acogimos de golpe a los bateles y éramos muchos, no nos podíamos sustentar e íbamos a fondo, y como mejor pudimos, asidos a los bordes y entre dos aguas, medio nadando, llegamos al navío de menos porte, que ya venía con gran prisa a socorrernos; y al embarcar hirieron muchos de nuestros soldados, en especial a los que iban asidos a las popas de los bateles, y les tiraban al terreno, y aun entraban en la mar con las lanzas y daban a manteniente, y con mucho trabajo quiso Dios que escapamos con las vidas de poder de aquellas gentes. Pues ya embarcados en los navíos, hallamos que faltaban sobre cincuenta soldados. con los dos que llevaron vivos, y cinco echamos en la mar de ahí a pocos días que se murieron de las heridas y de gran sed que pasábamos. Y estuvimos peleando en aquellas batallas obras de una hora. Llámase este pueblo Potonchan, y en las cartas de marear le pusieron por nombre los pilotos y marineros Costa de Mala Pelea. Y después que nos vimos en salvo de aquellas refriegas. dimos muchas gracias a Dios. Pues cuando nos curábamos los soldados las heridas se quejaban algunos de ellos del dolor que sentían, que como se habían resfriado y con el agua salada, estaban muy hinchados, y ciertos soldados maldecían al piloto Antón de Alaminos y a su viaje y descubrimiento de la isla, porque siempre porfiaba que no era tierra firme. Donde lo dejaré y diré cómo acordamos de volvernos a la isla de Cuba y tuvimos grandes trabajos hasta llegar al puerto de la Habana, que en otro tiempo Puerto de Carenas se solía llamar. Y cuando nos vimos en tierra dimos muchas gracias a Dios.

Volvamos a decir de nuestra llegada a la Habana. que luego tomó el agua de la capitana un buzo portugués que estaba en aquel puerto. Y escribimos a Diego Velázquez, gobernador, muy en posta, haciéndole saber que habíamos descubierto tierras de grandes poblaciones y casas de cal y canto, y las gentes naturales de ellas traían vestidos de ropa de algodón y cubiertas sus vergüenzas y tenían oro y labranzas de maizales, y otras cosas que no me acuerdo. Y nuestro capitán, Francisco Hernández, se fue desde allí por tierra a una villa que se decía Santispiritus, donde era vecino y donde tenía sus indios, y como iba mal herido, murió de allí a diez días. Y todos los más soldados nos fuimos cada uno por su parte, por la isla adelante. Y en la Habana se murieron tres soldados de las heridas, y nuestros navíos fueron al puerto de Santiago, donde estaba el gobernador, y después que hubieron desembarcado los dos indios que hubimos en la Punta de Cotoche, que se decían Melchorejo y Julianillo, y sacaron el arquilla con las diademas y anadejos y pescadillos y otras pecezuelas de oro, y también muchos ídolos, sublimábanlo de arte, que en todas las islas, así de Santo Domingo y en Jamaica y aun en Castilla hubo gran fama de ello, y decían que otras tierras en el mundo no se habían descubierto mejores, y como vieron los ídolos de barro y de tantas maneras de figuras, decían que eran de los gentiles. Otros decían que eran de los judíos que desterró Tito y Vespasiano de Jerusalén, y que los echó por la mar adelante en ciertos navíos que habían aportado en aquella tierra. Y como en aquel tiempo no era descubierto el Perú ni se descubrió de ahí a veinte años, tenía (se) en mucho. Pues otra cosa preguntaba Diego Velázquez a aquellos indios: que si había minas de oro en su tierra, y por señas a todo le dan a entender que sí. Y les mostraron oro en polvo, y decían que había mucho en su tierra, y no le dijeron verdad, porque claro está que en la Punta de Cotoche, ni en todo Yucatán, no hay minas de oro ni de plata. Y asimismo les mostraban los montones donde ponen las plantas de cuyas raíces se hace el pan cazabe, llámase en la isla de Cuba yuca, y los indios decían tlati por la tierra en que las plantaban; por manera que yuca con tlati quiere decir Yucatán, y para decir esto decíanles los españoles que estaban con Velázquez, hablando juntamente con los indios: Señor, dicen estos indios que su tierra se dice Yucatlán, y así se quedó con este nombre, que en su lengua no se dice así.

Dejemos esta plática y diré que todos los soldados que fuimos en aquel viaje a descubrir gastamos la pobreza de hacienda que teníamos, y heridos y empeñados volvimos a Cuba; y cada soldado se fue por su parte, y el capitán luego murió. Estuvimos muchos días curando las heridas, y por nuestra cuenta hallamos que murieron cincuenta y siete; y esta ganancia trajimos de aquella entrada y descubrimiento. Y Diego Velázquez escribió a Castilla, a los señores oidores que mandaban en el Real Consejo de Indias, que él lo había descubierto y gastado en descubrirlo mucha cantidad de pesos de oro, y así lo decía y publicaba don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosario, porque así se nombraba, porque era presidente del Consejo de Indias, y lo escribió a Su Majestad a Flandes, dando mucho favor en sus cartas a Diego Velázquez, y no hizo memoria de nosotros que lo descubrimos. Y quedarse ha aquí.

Capítulo IV

CÓMO DIEGO VELÁZQUEZ, GOBERNADOR DE LA ISLA DE CUBA, ORDENÓ DE ENVIAR UNA ARMADA A LAS TIERRAS QUE DESCUBRIMOS, Y FUE CAPITÁN GENERAL DE ELLA UN HIDALGO QUE SE DECIA JUAN DE GRIJALVA, PARIENTE DEL DICHO GOBERNADOR VELÁZQUEZ, Y OTROS TRES CAPITANES QUE MAS ADELANTE DIRE SUS NOMBRES

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En el año de mil quinientos diez y ocho. viendo el gobernador de Cuba la buena relación de las tierras que descubrimos, que se dice Yucatán, acordó de enviar una armada, y para ella se buscaron cuatro navíos: los dos fueron de los tres que llevamos con Francisco Hernández, y los otros dos navíos compró Diego Velázquez nuevamente de sus dineros. Y en aquella sazón que ordenaba la armada, halláronse presentes en Santiago de Cuba, donde residía Velázquez, un JUan de Grijalva y un Alonso Dávila, y Francisco de Montejo y Pedro de Alvarado, que habían ido a ciertos negocios con el gobernador, porque todos tenían encomiendas de indios en la misma isla y eran hombres principales. Concertóse que Juan de Grijalva, que era deudo de Diego Velázquez, viniese por capitán general, y que Alonso Dávila viniese por capitán de un navío, y Pedro de Alvarado de otro, y Montejo de otro; por manera que cada uno de estos capitanes puso bastimentos y matalotaje de pan cazabe y tocinos, y Diego Velázquez puso los cuatro navíos y cierto rescate de cuentas y cosas de poca valía y otras menudencias de legumbres.

Y entonces me mandó Diego Velázquez que viniese con aquellos capitanes por alférez. y como había fama de las tierras que eran ricas y había en ellas casas de cal y canto, y el indio Julianillo que llevamos de la Punta de Cotoche decía que había oro, tomaron mucha voluntad y codicia los vecinos y soldados que no tenían indios en la isla de venir a estas tierras, por manera que de presto nos juntamos doscientos y cuarenta compañeros, y pusimos cada uno de la hacienda que teníamos para matalotaje y armas y cosas que convenían.

Ya que estábamos recogidos todos nuestros soldados, y dadas las instrucciones que los pilotos habían de llevar y las señas de los faroles para de noche, y después de haber oído misa, en ocho días del mes de abril del año de quinientos diez y ocho dimos vela, y en diez días doblamos la Punta de Guaniguanico, que por otro nombre se llama de San Antón, y dentro de diez días que navegamos vimos la isla de Cozumel, que entonces la descubrimos, porque descayeron los navíos con las corrientes más bajo que cuando vinimos con Francisco Hernández de Córdoba. Yendo que íbamos bojando la isla por la banda del sur, vimos un pueblo de pocas casas, y allí cerca, buen surgidero y limpio de arrecifes, saltamos en tierra con el capitán buena copia de soldados. Y los naturales de aquel pueblo se habían ido huyendo desde que vieron venir el navío a la vela, porque jamás habían visto tal, y los soldados que saltamos a tierra hallamos en unos maizales dos viejos que no podían andar, y los trajimos al capitán; y con los indios Julianill0 y Melchorejo, que trajimos cuando lo de Francisco Hernández, que entendían muy bien aquella lenqua, les habló, porque su tierra de ellos y aquel1a isla de Cozumel no hay de travesía de lo uno a lo otro sino obra de cuatro leguas, y todo es una lengua. Y el capitán halagó a los dos viejos que les dió unas contezuelas, y les envió a llamar a los caciques de aquel pueblo: y fueron y nunca volvieron.

Pues estándoles aguardando, vino una india moza, de buen parecer, y comenzó a hablar en la lengua de la isla de Jamaica, y diJo que todos los indios e indias de aquel pueblo se habían ido huyendo a los montes, de miedo. Y como muchos de nuestros soldados y yo entendimos muy bien aquella lengua, que es como la propia de Cuba, nos admiramos de verla y le preguntamos que cómo estaba allí, y dijo que habría dos años que dió al través con una canoa grande en que iban a pescar desde la isla de Jamaica a unas isletas diez indios jamaicanos, y que las corrientes les echó en aquella tierra, y mataron a su marido y a todos los más indios jamaicanos, sus compañeros, y que luego los sacrificaron a los ídolos. Y el capitán, como vió que la india sería buena mensajera. envió con ella a llamar a los indios y caciques de aquel pueblo y dióla de plazo dos días para que volviese; porque los indios Julianillo y Melchorejo tuvimos temor que si se apartaban de nosotros que se irían (a su tierra) que está cerca; y a esta causa no osábamos enviarlos a llamar con ellos. Pues volvamos a la india de Jamaica; que la respuesta que trajo, que no quería venir ningún indio por más palabras que les decía. Pusimos nombre a este pueblo Santa Cruz, porque fue día de Santa Cruz cuando en él entramos. Había en él muy buenos colmenares de miel y buenas batatas y muchos puercos de la tierra, que tienen sobre el espinazo el ombligo. Había en él tres pueblos; este donde desembarcamos era el mayor, y los otros pueblezuelos más chicos estaban en cada punta de la isla el suyo. Y esto yo la vi y anduve cuando volví por tercera vez con Cortés; y tendrá de bojo esta isla obra de dos leguas. Y volvamos a decir que como el capitán Juan de Grijalva vió que era perder tiempo estar allí esperando, mandó que nos embarcásemos, y la india de Jamaica se fue con nosotros, y seguimos nuestro viaje, por las derrotas pasadas cuando lo de Francisco Hernández.

Capítulo V

DE CÓMO LLEGAMOS AL RÍO DE TABASCO, QUE LE LLAMAN RIO DE GRIJALVA, Y DE LO QUE ALLÍ NOS AVINO

Navegando costa a costa la vía del poniente, y nuestra navegación era de día, porque de noche no osábamos por temor de bajos y arrecifes, a cabo de tres días vimos una boca de río muy ancha y llegamos cerca de tierra con los navíos; parecía un buen puerto, y como nos fuimos acercando de la boca vimos reventar los bajos antes de entrar en el río, y allí sacamos los bateles y con la sonda en la mano hallamos que no podían entrar en el puerto los dos navíos de mayor porte. Fue acordado que anclasen fuera, en la mar, y con los otros dos navíos, que demandaban menos agua, que con ellos y con los bateles fuésemos todos los soldados el río arriba, por causa que vimos muchos indios estar en canoas en las riberas, y tenían arcos y flechas y todas sus armas, según y de la manera de Champotón, por donde entendimos que había por allí algún pueblo grande; y también porque viniendo como veníamos navegando costa a costa, habíamos visto echadas nasas con que pescaban en la mar, y aun a dos de ellos se les tomó el pescado con un batel que traíamos a jarro de la capitana. Este río se llama de Tabasco porque el cacique de aquel pueblo se decía Tabasco, y como lo descubrimos en este viaje y Juan de Grijalva fue el descubridor, se le nombra río de Grijalva, y así está en las cartas de marear.

Tornemos a nuestra relación; que ya que llegábamos obra de media legua del pueblo, bien oímos el gran rumor de cortar madera de que hacían grandes mamparos y fuerzas y palizadas y adererezarse para darnos guerra, por muy cierta; y desde que aquello sentimos, desembarcamos en una punta de aquella tierra, adonde había unas palmeras, que será del pueblo media legua, y desde que nos vieron entrar vinieron obra de cincuenta canoas con gente de guerra. y traían arcos, flechas y armas de algodón, rodelas y lanzas, y sus tambores y penachos. Y estaban entre los esteros otras muchas canoas llenas de guerreros, y estuvieron algo apartados de nosotros, que no osaron llegar como los primeros. Y desde que los vimos de aquel arte, estábamos para tirarles con los tiros y con las escopetas y ballestas, y quiso Nuestro Señor que acordamos de llamarlos; con Julianillo y Melchorejo, que sabían muy bien de aquella lengua, se les dijo que no hubiesen miedo, que les queríamos hablar cosas que desde que las entendiesen habrían por buena nuestra llegada allí y a sus casas; y que les queríamos dar de las cosas que traíamos. Y como entendieron la plática, vinieron cerca de nosotros cuatro canoas, y en ellas obra de treinta indios, y luego se les mostró sartalejos de cuentas verdes y espejuelos y diamantes azules. Y desde que lo vieron parecía que estaban de mejor semblante, creyendo que era chalchiuites, que ellos tienen en mucho.

Entonces el capitán les dijo, con las lenguas Julianillo y Melchorejo, que veníamos de lejas tierras y éramos vasallos de un emperador que se dice don Carlos, el cual tiene por vasallos a muchos grandes señores y caciques, y que ellos le deben tener por señor, y que les iría muy bien en ello, y que a trueque de aquellas cuentas nos den comida y gallinas. Y respondieron dos de ellos, que el uno era principal y el otro papa, que son como sacerdotes que tienen cargo de los ídolos, que ya he dicho otras veces que papas los llaman en Nueva España, y dijeron que darían el bastimento que decíamos y trocarían de sus cosas a las nuestras, y en lo demás, que señor tienen, y que ahora veníamos y sin conocerlos ya les queríamos dar señor, y que mirásemos no les diésemos guerra como en Potonchán, porque tenían aparejados sobre tres xiquiples de gente de guerra, de todas aquellas provincias, contra nosotros; son cada xiquipil ocho mil hombres. Y dijeron que bien sabían que pocos días había que habíamos muerto y herido más de doscientos hombres en Potonchan, y que ellos no son de tan pocas fuerzas como fueron los otros, y por esta causa habían venido a hablar para saber nuestra voluntad, y aquellas palabras que les decíamos que se las irían a decir a los caciques de muchos pueblos que están juntos para tratar guerra o paces. Y luego el capitán les abrazó en señal de paz y les dió unos sartalejos de cuentas y les mandó que volviesen con la respuesta con brevedad, y que si no venían, que por fuerza habíamos de ir a su pueblo, y no para enojarlos.

Y aquellos mensajeros que enviamos hablaron con los caciques y papas, que también tienen voto entre ellos, y dijeron que eran buenas las paces y traer comida; y que entre todos ellos y los más pueblos comarcanos se buscaría luego un presente de oro para darnos y hacer amistades, no les acaezca como a los de Potonchan. Y lo que yo vi y entendí después el tiempo andando, en aquellas provincias y otras tierras de la Nueva España se usaba enviar presentes cuando se tratan paces, como adelante verán. Y en aquella punta de los palmares donde estábamos vinieron otro día sobre treinta indios, y entre ellos el cacique, y trajeron pescado asado y gallinas, y frutas de zapote y pan de maíz, y unos braseros con ascuas y con sahumerios y nos sahumaron a todos: y luego pusieron en el suelo unas esteras, que en esta tiérra llaman petate, y encima una manta, y presentaron ciertas joyas de oro, que fueron unas como diademas y ciertas joyas como hechura de ánades, como las de Castilla, y otras joyas como lagartijas, y tres collares de cuentas vaciadizas, y otras cosas de oro de poco valor, que no valían doscientos pesos, y más trajeron unas mantas, y camisetas de las que ellos usan, y dijeron que recibamos aquello de buena voluntad, y que no tienen más oro que nos dar; que adelante, hacia donde se pone el sol, hay mucho; y decían: Colúa, colúa, y México, México, y nosotros no sabíamos qué cosa era colúa ni aun México. Y puesto que no valía mucho aquel presente que trajeron, tuvímoslo por bueno por saber cierto que tenían oro. Y desde que lo hubieron presentado, dijeron que nos fuésemos luego adelante. Y el capitán Juan de Grijalva les dió gracias por ello, y cuentas verdes, y fue acordado de irnos luego a embarcar, porque estaban a mucho peligro los dos navíos, por temor del norte. que es travesía, y también por acercarnos a donde decían que había oro.

Capítulo VI

CÓMO SEGUIMOS LA COSTA ADELANTE, HACIA DONDE SE PONE EL SOL, Y LLEGAMOS AL RIO QUE LLAMAN DE BANDERAS, Y LO QUE EN EL PASO QUE DIRÉ ADELANTE

Vueltos a embarcar, siguiendo la costa ade1ante, de allí a dos días vimos un pueblo junto a tierra que se dice el Ayagualulco. Y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa, con unas rodelas hechas con concha de tortuga, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo. Y los indios que las traían iban haciendo pernetas, como burlando de los navíos, como ellos estaban en salvo, por los arenales y costa adelante. Y pusimos por nombre a este pueblo La Rambla, y así está en las cartas de marear. Y yendo más adelante, costeando, vimos una ensenada, donde qUedó el río de Tonalá, que a la vuelta que volvimos entramos en él, y le pusimos nombre de río de Santo Antón, y así está en las cartas de marear. Y yendo más adelante, navegando, vimos adónde quedaba el paraje del gran río de GUázacalco, y quisiéramos entrar en la ensenada, por saber qué cosa era, si no por ser el tiempo contrario. Y luego se parecieron las grandes sierras nevadas que en todo el año están cargadas de nieve, y también vimos otras sierras que están más junto a la mar, que se llaman de San Martín. Y pusímosle este nombre porque el primero que las vió desde los navíos fue un soldado que se decía San Martín y era vecino de la Habana, que iba con nosotros.

Y navegando nuestra costa delante, el capitán Pedro de Alvarado se adelantó con su navío y entró en un río que en nombre de indios se dice Papaloaba, y entonces le pusimos nombre río de Alvarado, porque entró en él el mismo Alvarado. Allí le dieron pescado unos indios pescadores, que eran naturales de un pueblo que se dice Tacotalpa. Estuvímosle aguardando en el paraje del río donde entró con todos tres navíos hasta que salió de él; y a causa de haber entrado en el río sin licencia del general, se enojó mucho con él, y le mandó que otra vez no se adelantase de la armada porque no le viniese algún contraste en parte donde no le pudiésemos ayudar. Y luego navegamos con todos cuatro navíos en conserva hasta que llegamos en paraje de otro río, que le pusimos por nombre río de Banderas, porque estaban en él muchos indios con lanzas grandes y en cada lanza una bandera de manta grande revolándola y llamándonos, como que parecía era señal de paz, que fuésemos adonde estaban. Y desde que vimos desde los navíos cosas tan nuevas, nos admiramos, y para saber qué podían ser fue acordado por el general con todos los más capitanes que echásemos dos bateles en el agua y que saltasen en ellos todos los ballesteros y escopeteros y veinte soldados de los más sueltos y prestos, y que Francisco de Montejo fuese con nosotros, y que si viésemos que era gente de guerra los que estaban con las banderas, que de presto se lo hiciésemos saber, o otra cualquiera cosa que fuese. Y en aquella sazón quiso Dios que hacía bonanza en aquella costa, lo cual pocas veces suele acaecer, y como llegamos en tierra hallamos tres caciques, que el uno de ellos era gobernador de Montezuma, y con muchos indios de su servicio. Y tenían allí gallinas de la tierra y pan de maíz, de lo que ellos suelen comer, y frutas que eran piñas y zapotes, que en otras partes llaman a los zapotes mameyes. Y estaban debajo de una sombra de árboles y puestas esteras en el suelo, y allí, por señas, nos mandaron sentar, porque Julianillo, el de la punta de Cotoche, no entendía aquella lengua, que es mexicana, y luego trajeron braseros de barro con ascuas y nos sahuman con una como resina.

El capitán Montejo lo hizo saber todo lo aquí memorado al general, y como lo supo acordó de surgir con todos los navíos. Y saltó en tierra con los capitanes y soldados. Y desde que aquellos caciques Y gobernadores le vieron en tierra y entendieron que era el capitán general de todos, a su usanza le hicieron gran acato, y él les hizo muchas quericias y les mandó dar diamantes azules y cuentas verdes, y por señas les dijo que trajesen oro a trocar a nuestros rescates. Lo cual luego el indio gobernador mandó a sus indios que de todos los pueblos comarcanos trajesen de las joyas de oro que tenían a rescatar, y en seis días que allí estuvimos trajeron más de diez y seis mil pesos en joyezuelas de oro bajo y de mucha diversidad de hechuras.

Dejemos esto y pasemos adelante. Y es que tomamos posesión en aquella tierra por Su Majestad, y después de esto hecho habló el general a los indios diciendo que se querían embarcar, y les dió camisas de Castilla, y de allí tomamos un indio, que llevamos en los navíos, el cual después que entendió nuestra lengua, se volvió y se llamó Francisco, y después le vi casado con una india.

Volvamos a nuestra plática. Pues como vió el general que no traían más oro que rescatar y había seis días que estábamos allí y los navíos corrían riesgo, por ser travesía el norte y nordeste, nos mandó embarcar. Y corriendo la costa adelante, vimos una isleta que bañaba el mar Y tenía la arena blanca y estaba, al parecer, obra de tres leguas de tierra; y pusímosle nombre isla Blanca, y así esta en las cartas de marear. Y no muy lejos de esta isleta balnca vimos otra isla que tenía muchos árboles verdes y estaba de la costa cuatro leguas, y pusímosle por nombre isla Verde. Y yendo más adelante vimos otra isla algo mayor que las demás, y estaría de tierra obra de legua y media, y allí enfrente de ella había buen surgidero. Y mandó el general que surgiésemos. Y echados los bateles en el agua, fue Juan de Grijalva, con muchos de nosotros los soldados, a ver la isleta, porque había humos en ella, y hallamos dos casas hechas de cal y canto, bien labradas, y en cada casa unas gradas, por donde subían a unos como altares, y en aquellos altares tenían unos ídolos de malas figuras, que eran sus dioses. Y allí hallamos sacrificados de aquella noche cinco indios, y estaban abiertos por los pechos y cortados los brazos y los muslos, y las paredes de las casas llenas de sangre. De todo lo cual nos admiramos en gran manera, y pusimos nombre a esta isleta de Sacrificios, y así está en las cartas de marear. Y allí enfrente de aquella isla saltamos todos en tierra y en unos arenales grandes que allí hay, adonde hicimos ranchos y chozas con rama y con las velas de los navíos, habían venido y allegádose en aquella costa muchos indios que traían a rescatar oro hecho piecezuelas, como en el río de Banderas. Y según después supimos, lo mandó el gran Montezuma que viniesen con ello, y los indios que lo traían estaban temerosos, y era muy poco; por manera que luego el capitán mandó que los navíos alzasen anclas y diesen velas y fuésemos a surgir enfrente de otra isleta que estaba obra de media legua de tierra. Y esta isleta es donde ahora es el puerto de la Veracruz. obra de media legua de tierra. Y diré también lo que allí nos avino.

Capítulo VII

CÓMO LLEGAMOS (A) AQUELLA ISLETA QUE AHORA SE LLAMA SAN JUAN DE ULÚA. Y A QUÉ CAUSA SE LE PUSO AQUEL NOMBRE. Y DE LO QUE ALLÍ NOS ACONTECIÓ

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Desembarcamos en unos arenales, hicimos chozas encima de los más altos médanos de arena, que los hay por allí grandes, por causa de los mosquitos, que había muchos. Y con los bateles sondaron muy bien el puerto y hallaron que con el abrigo de aquella isleta estarían seguros los navíos del norte y había buen fondo. Y hecho esto fuimos a la isleta con el general treinta soldados bien apercibidos en dos bateles, y hallamos una casa de adoratorios, donde estaba un ídolo muy grande y feo, el cual le llamaban Tezcatepuca, y, acompañándole, indios con mantas prietas muy largas, con capillas que quieren parecer a las que traen los dominicos o los canónigos. Y aquellos eran sacerdotes de aquel ídolo, que comúnmente en la Nueva España llamaban papas, como ya lo he memorado otra vez. Y tenían sacrificados de aquel día dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos (a) aquel maldito ídolo. Y aquellos sacerdotes nos venían a sahumar con lo que sahumaron aquel su Texcatepuca, porque en aquella sazón que llegamos lo estaban sahumando con uno que huele a incienso, y no consentimos que tal sahumerio nos diesen: antes tuvimos muy gran lástima de ver mUertos aquellos dos muchachos, y ver tan grandísima crueldad. Y el general preguntó al indio Francisco, por mí memorado y que trajimos del río Banderas, que parecía algo entendido, por qué hacían aquello; y esto se lo decía medio por señas, porque entonces no teníamos lengua ninguna, como ya otra vez he dicho, porque JUlianillo y Melchorejo no entendían la mexicana. Y respondió el indio Francisco que los de Cuba los mandaban sacrificar: y como era torpe de lengua, decía: Ulúa, Ulúa, y como nuestro capitán estaba presente y se llamaba Juan, y era por San Juan de junio, pusimos por nombre a aquella isleta San Juan de Ulúa; y este puerto es ahora muy nombrado y están hechos en él grandes mamparos para que estén seguros los navíos para mar del norte, y allí vienen a desembarcar las mercaderías de Castilla, para México y Nueva España.

Volvamos a nuestro cuento. Que como estábamos en aquellos arenales vinieron indios de pueblos comarcanos a trocar su oro de joyas a nuestros rescates; mas era tan poco lo que traían y de poca valía, que no hacíamos cuenta de ello. Y estuvimos siete días de la manera que he dicho, y con los muchos mosquitos que había no nos podíamos valer, y viendo que el tiempo se nos pasaba en balde, y teniendo ya por cierto que aquellas tierras no eran islas, sino tierra firme, y que había grandes pueblos y mucha multitud de indios, y el pan cazabe que traíamos muy mohoso, y sucio de fátulas, y amargaba, y los soldados que allí veníamos no éramos bastantes para poblar, cuanto más que faltaban ya trece soldados que se habían muerto de las heridas, y estaban otros cuatro dolientes, y viendo todo esto por mí ya dicho, fue acordado que lo enviásemos a hacer saber a Diego Velázquez, para que nos enviase socorro, porque Juan de Grijalva muy gran voluntad tenía de poblar con aquellos pocos soldados que con él estábamos. y siempre mostró ánimo de muy valeroso y esforzado capitán, y no como lo escribe el cronista Gómara. Pues para hacer aquella embajada acordamos que fuese el capitán Pedro de Alvarado en un navío muy bueno que se decía San Sebastián, y fue así acordado por dos cosas: lo uno porque Juan de Grijalva ni los demás capitanes no estaban bien con él, por la entrada que hizo con su navío en el río de Papalote, que entonces le pusimos por nombre río de Alvarado, y lo otro porque había venido a aquel viaje de mala gana y medio doliente. Y también se concertó que llevase todo el oro que se había rescatado, y ropa de mantas, y los dolientes; y los capitanes escribieron a Diego V Velázquez cada uno lo que les pareció. Y luego se hizo a la vela, y fue la vuelta de la isla de Cuba, adonde lo dejaré ahora, así a Pedro de Alvarado y a su viaje, y diré cómo Diego Velázquez envió en nuestra busca a un Cristóbal de Olid, persona de valía y muy esforzado, y éste es el que fue maestre de campo cuando lo de Cortés. Y mandó Diego Velázquez que siguiese la derrota de Francisco Hernández de Córdoba, hasta topar con nosotros. Y Cristóba1 de Olid, yendo su viaje en nuestra busca y estando surto cerca de tierra, en lo de Yucatán, le dió un recio temporal, y por no anegarse sobre las amarras, el piloto que traía mandó cortar los cables y perdió las amarras, y se volvió a Santiago de Cuba, donde estaba Diego Velázquez. Y desde que vió que no tenía nuevas de nosotros, si pensativo estaba antes que enviase a Cristóbal de Olido muy mal lo estuvo después que lo vió volver sin recaudo. Y en esta sazón llegó el capitán Pedro de Alvarado a Cuba con el oro y ropa y dolientes y con entera relación de lo que habíamos descubierto. Y desde que el gobernador vió el oro que llevaba el capitán Pedro de Alvarado, que (como) estaba en joyas parecía mucho más de lo que era, y estaban con Diego Velázquez acompañándole muchos vecinos de la villa y de otras partes, que venían a negocios, y después que los oficiales del rey tomaron el real quinto, de lo que venía a Su Majestad, estaban todos espantados de cuán ricas tierras habíamos descubierto, porque el Perú no se descubrió de ahí a veinte años, y como Pedro de Alvarado se lo sabía muy bien platicar, dizque no hacía Diego Ve]ázquez sino abrazarle, y en ocho días tener gran regocijo y jugar cañas. Y si mucha fama tenían antes de ricas tierras, ahora, con este oro, se sublimó mucho más en todas las islas y en Castilla, como adelante diré. Y dejaré a Diego Velázquez haciendo fiestas y volveré a nuestros navíos, que estábamos en San Juan de Ulúa, y allí acordamos que fuésemos más la costa adelante hasta la provincia de Pánuco.

Y luego se tomó consejo sobre lo que se había de hacer, y fue acordadp que diésemos la vuelta a la isla de Cuba.

También decir cómo quedaron los indios de aquella provincia muy contentos y luego nos embarcamos y vamos la vuelta a Cuba, y en cuarenta y cinco días, unas veces con buen tiempo y otras en contrario, llegamos a Santiago de Cuba. donde estaba Diego Velázquez, y él nos hizo buen recibimiento: y desde que vió el oro que traíamos, que serían cuatro mil pesos, y lo que trajo primero Pedro de Alvarado, sería por todo veinte mil; otros decían que era más. Y los oficiales de Su Majestad sacaron el real quinto. Y también trajeron las seiscientas hachas que creímos que eran de oro bajo, y cuando las vieron estaban tan mohosas y, en fin, como cobre que era. Y ahí hubo bien que reír y decir de la burla y el rescate. Y el gobernador estaba muy alegre, puesto que pareció que no estaba bien con el pariente Grijalva, y no tenía razón, sino que Francisco de Montejo y Pedro de Alvarado, que no estaban bien con Grijalva, y también Alonso Dávila ayudó de mala. Y cuando esto pasó ya había otras pláticas para enviar otra armada y sobre quién elegirían por capitán. Y dejemos esto aparte, y diré cómo Diego Velázquez envió a España para que Su Majestad le diese licencia para rescatar y conquistar y poblar y repartir las tierras que hubiese descubierto, y a esta causa envió un su capellán que se decía Benito Martín, hombre de negocios, a Castilla, con probanzas y cartas para don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, que así se nombraba, y para el licenciado Luis Zapata, y para el secretario Lope de Conchillos, que en aquella sazón entendían en las cosas de Indias, y Diego Velázquez les era gran servidor, en especial del mismo obispo. y les dió pueblos de indios en la misma isla de Cuba, que les sacaban oro de las minas; y hacían mucho por las cosas de Diego Velázquez, y en aquella sazón estaba Su Majestad en Flandes.

Capítulo VIII

CÓMO VINIMOS CON OTRA ARMADA A LAS TIERRAS NUEVAS DESCUBIERTAS, Y POR CAPITÁN DE LA ARMADA EL VALEROSO Y ESFORZADO HERNANDO CORTÉS, QUE DESPUÉS DEL TIEMPO ANDANDO FUE MARQUES DEL VALLE Y DE LAS CONTRARIEDADES QUE TUVO PARA ESTORBARLE QUE NO FUESE CAPITÁN EL DICHO DON HERNANDO

Después que llegó a Cuba el capitán Juan de Grijalva, ya por mí memorado, y visto el gobernador Diego Velázquez que eran las tierras ricas, ordenó de enviar una buena armada, muy mayor que las de antes; y para ello tenía ya a punto diez navíos en el puerto de Santiago de donde Diego Velázquez residía; los cuatro de ellos eran en los que volvimos con Juan de Grijalva, porque luego les hizo dar carena, y los otros seis recogieron de toda la isla y los hizo proveer de bastimento, que era pan cazabe y tocinos, porque en aquella sazón no había en la isla de Cuba ganado vacuno ni carneros, porque era nuevamente poblada. Y este bastimento no era más que para hasta llegar a la Habana, porque allí habíamos de hacer todo el matolotaje como lo hlcimos. Y dejemos de hablar en esto y diré las diferencias que hubo para elegir capitán.

Para ir aquel viaje hubo muchos debates y contrariedades, porque ciertos hidalgos decían que viniese por capitán un Vasco Porcallo, pariente del conde de Feria, y temióse Diego Velázquez que de le alzaría con la armada porque era atrevido; otros decían que viniese un Agustín Bermudes o un Antonio Velázquez Borrego, o un Bernardino Velázquez, parientes del gobernador, y todos los más soldados que allí nos hallábamos decíamos que volviese Juan de Grijalva, pues era buen capitán y no había falta en su persona y en saber mandar. Andando las cosas y conciertos de esta manera que aquí he dicho, dos grandes privados de Diego Velázquez, que se decían Andrés de Duero, secretario del mismo gobernador, y un Amador de Lares, contador de Su Majestad, hicieron secretamente compañía con un hidalgo que se decía Hernando Cortés, natural de Medellín, que tenía indios de encomiénda en aquella isla, y poco tiempo hacía que se había casado con una señora que se decía doña Catalina Suárez, la Marcaida. Esta señora fue hermana de un Juan Suárez, que después que se ganó la Nueva España fue vecino de México, y a lo que yo entendí y otras personas decían, se casó con ella por amores, y esto de este casamiento muy largo lo decían otras personas que lo vieron, y por esta causa no tocaré más en esta tecla, y volveré a decir acerca de la compañía.

Y fue de esta manera: que concertasen estos privados de Diego Velázquez que le hiciesen dar a Hernando Cortés la capitanía general de toda la armada, y que partirían entre todos tres la ganancia del oro y plata y joyas de la parte que le cupiese a Cortés, porque secretamente Diego Velázquez enviaba a rescatar y no a poblar, según después pareció por las instrucciones que de ello dió, y aunque publicaba y pregonó que enviaba a poblar. Pues hecho este concierto, tienen tales modos Duero y el contador con Diego Velázquez y le dicen tan buenas y melosas palabras, loando mucho a Cortés, que es persona en quien cabe el cargo para ser capitán, porque además de ser muy esforzado, sabrá mandar y ser temido, y que le sería muy fiel en todo lo que le encomendase, así en lo de la armada como en lo demás, y además de esto era su ahijado. Y fue su padrino cuando Cortés se veló con la doña Catalina Suárez; por manera que le persuadieron y convocaron a ello, y luego se eligió por capitán general, y el secretario Andrés de Duero hizo las provisiones, como suele decir el refrán, de muy buena tinta, y como Cortés las quiso, muy bastantes. Ya publicada su elección. a unas personas les placía y a otras les pesabá. Y un domingo, yendo a misa Diego Velázquez, como era gobernador íbanle acompañando los más nobles vecinos que había en aquella villa, y llevaba a Hernando Cortés a su lado derecho por honrarle. E iba delante de Diego Velázquez un truhán que se decía Cervantes el Loco, haciendo gestos y chocarrerías, y decía: A la gala a la gala de mi amo Diego. ¡Oh. Diego; oh. Diego! ¡Qué capitán has elegido que es de Medellín de Extremadura. capitán de gran ventura, mas temo, Diego, no se te alce con la armada, porque todos le juzgan por muy varón en sus cosas! Y decía otras locuras que todas iban inclinadas a malicia, y porque lo iba diciendo de aquella manera le dió de pescozazos Andrés de Duero, que iba allí junto a Diego Velázquez, y le dijo: Calla, borracho loco, no seas más bellaco, que bien entendido tenemos que esas malicias, so color de gracias, no salen de ti. Y todavía el loco iba diciendo, por más pescozazos que le dieron: ¡Viva, viva la gala de mi amo Diego y del su venturoso capitán, y juro a tal mi amo Diego que por no verte llorar el mal recaudo que ahora has hecho, yo me quiero ir con él a aquellas ricas tierras! Túvose por cierto que le dieron los Velázquez, parientes del gobernador, ciertos pesos de oro a aquel chocarrero porque dijese aquellas malicias, so color de gracias, y todo salió verdad como lo dijo. Dicen que los locos algunas veces aciertan en lo que dicen.

Y verdaderamente fue elegido Hernando Cortés para ensalzar nuestra santa fe y servir a Su Majestad, como adelante diré. Antes que más pase adelante quiero decir cómo el valeroso y esforzado Hernando Cortés era hijodalgo conocido por cuatro abolengos: id primero, de los Corteses, que así se llamaba su padre Martín Cortés: el segundo, por los Pizarros: el tercero por los Monroys: el cuarto, por los Altamiranos. Y puesto que fue tan valeroso y esforzado y venturoso capitán, no le nombraré de aquí delante ninguno de estos sobrenombres de valeroso, ni esforzado, ni marqués del Valle, sino solamente Hernando Cortés: porque tan tenido y acatado fue en tanta estima el nombre de solamente Cortés, así en todas las Indias como en España, como fue nombrado el nombre de Alejandro en Macedonia, y entre los romanos Julio César y Pompeyo y Escipión, y entre los cartagineses Anibal, y en nuestra Castilla a Gonzalo Hernández, el Gran Capitán, y el mismo valeroso Cortés se holgaba que no le pusiesen aquellos sublimados dictados, sino solamente su nombre, y asi lo nombraré de aqui adelante. Y dejaré de hablar en esto y diré las cosas que hizo y entendió para proseguir su armada.

Y como Cortés andaba muy solícito en aviar su armada y en todo se daba mucha prisa, como la malicia y envidia reinaban en los deudos de Velázquez, que estaban afrentados, cómo no se fíaba ei pariente ni hacía cuenta de ellos y dió aquel cargo de capitán a Cortés, sabiendo que había sido su gran enemigo, pocos días había, sobre el casamiento de Cortés ya por mí declarado: y a esta causa andaban murmurando del pariente Diego Velázquez y aun de Cortés, y por todas las vías que podían le revolvían con Diego Velázquez para que en todas maneras le revocasen el poder, de lo cual tenía aviso Cortés, y no se quitaba de estar siempre en compañía del gobernador, y mostrándose muy gran su servidor, y le decía que le había de hacer, mediante Dios, muy ilustre señor y rico en poco tiempo, y demás de esto, Andrés de Duero avisaba siempre a Cortés que se diese prisa en embarcarse él y sus soldados, porque ya le tenían trastocado a Dieqo Velázquez con importunidades de aquellos sus parientes los Velázquez. Y desde que aquello vió Cortés, mandó a su mujer que todo lo que hubiese de llevar de bastimentos y regalos que (las mujeres) suelen hacer para tan largo viaje para sus maridos, se los enviase luego a embarcar a los navíos. Y ya tenía mandado pregonar y apercibido a los maestres y pilotos y a todos los soldados que entre aquel día y la noche se fuesen a embarcar, que no quedase ninguno en tierra, y desde que los vió todos embarcados, se fue a despedir del Diego Velázquez, acompañado de aquellos sus grandes amigos y de otros muchos hidalgos, y todos los más nobles vecinos de aquella villa. Y después de muchos ofrecimientos y abrazos de Cortés al gobernador y del gobernador a él, se despidió, y otro día muy de mañana, después de haber oído misa, nos fuimos a los navíos, y el mismo Diego Velázquez fue allí con nosotros; y se tornaron (a) abrazar, y con muchos cumplimientos de uno al otro; y nos hicimos a la vela, y con próspero tiempo llegamos al puerto de la Trinidad. Y tomando puerto y saltados en tierra, nos salieron a recibir todos los vecinos de aquella villa, y nos festejaron mucho.

Y estando de la manera que he dicho, envió Diego Velázquez cartas Y mandamientos, para que le detengan la armada a Cortés y le envíen preso, lo cual verán adelante lo que pasó.

Cortés lo supo, habló a Ordaz y a Francisco Verdu, y a todos los soldados y vecinos de la Trinidad que le pareció que le serían contrarios y en favorecer las provisiones, y tales palabras y ofrecimientos les dijo, que les trajo a su servicio, y aun el mismo Diego de Ordaz convocó luego a Francisco Verdugo, que era alcalde mayor, que no se hablase más en el negocio, sino que lo disimulase; y púsole por delante que hasta allí no habían visto ninguna novedad en Cortés, antes se mostraba muy servidor del gobernador, y ya que en algo se quisiesen poner para quitarle la armada, que Cortés tenía muchos caballeros por amigos y estaban mal con Diego Velázquez, porque no les dió buenos indios, y demás de esto tiene gran copia de soldados y estaba muy pujante, y que sería meter cizaña en la villa, o que, por ventura, los soldados les darían sacomano, y la robarían y harían otros peores desconciertos; y así se quedó sin hacer bullicio. Y un mozo de espuelas de los que traían las cartas se fue con nosotros, que se decía Pedro Laso de la Vega; y con el otro mensajero escribió Cortés muy amorosamente a Diego Velázquez que se maravillaba de su merced de haber tomado aquel acuerdo, y que su deseo es servir a Dios y a Su Majestad y a él en su real nombre, y que le suplica que no oyese más (a) aquellos señores sus deudos, ni por un viejo loco como era Juan Millán se hiciese mudanza. Y también escribió a todos sus amigos, y a Duero, y al contador, sus compañeros. Y luego mandó entender a todos los soldados en aderezar armas y a los herreros que estaban en aquella villa que hiciesen casquillos, y a los ballesteros que desbastasen almacén e hiciesen saetas, y atrajo y convocó a los dos herreros que se fuesen con nosotros, y así lo hiceron. Y estuvimos en aquella villa diez días, donde lo dejaré y diré cómo nos embarcamos para ir a la Habana.

Y de allí, de la Habana, vino un hidalgo que se decía Francisco de Montejo, y éste es el por mí muchas veces nombrado, que después de ganado México fue adelantado y gobernador de Yucatán; y vino Diego de Soto, el de Toro, que fue mayordomo de Cortés en lo de México, y vino un Angulo, y Garcicaro, y Sebastián Rodriguez, y un Pacheco, y un fulano Gutiérrez, y un Rojas (no digo Rojas el rico), y un mancebo que se decía Santa Clara, y dos hermanos que se decían los Martínez de Fregenal, y un Juan de Nájera (no lo digo por el Sordo, el del juego de la pelota de México), y todos personajes de calidad, sin otros soldados que no me acuerdo sus nombres. Y cuando Cortés los vió, todos aquellos hidalgos juntos, se holgó de gran manera, y luego envió un navío a la punta de Guaniguanico, a un pueblo que alli estaba, de indios, adonde hacían cazabe y tenían muchos puercos, para que cargase el navío de tocinos, porque aquella estancia era del gobernador Diego Velázquez. Y envió por capitán del navío a Diego de Ordaz, como mayordomo de las haciendas de Velázquez, y envióle por tenerle apartado de sí.

Volvamos a decir de Francisco de Montejo y de todos aquellos vecinos de la Habana, que metieron mucho matalotaje de cazabe y tocinos, que otra cosa no había; y luego Cortés mandó sacar toda la artillería de los navíos, que eran diez tiros de bronce y ciertos falconetes, y dió cargo de ello a un artillero que se decía Mesa, y a un levantisco que se decía Arbenga, y a un Juan Catalán, para que lo limpiasen y probasen, y que las pelotas y pólvora que todo lo tuviésen muy a punto, y dióles vino y vinagre con que lo refinasen, y dióles por compañero a uno que se decía Bartolomé de Usagre. Asimismo mandó aderezar las ballestas, y cuerdas, y nueces, y almacen, y que tirasen a terreno, y que mirasen a cuántos pasos llegaba la fuga de cada una de ellas. Y como en aquella tierra de la Habana habia mucho algodón, hicimos armas muy bien colchadas, porque son buenas para entre indios, porque es mucha la vara y flecha y lanzadas que daban. pues piedra era como granizo.

Y todo esto ordenado, nos mandó apercibir para embarcar, y que los caballos fuesen repartidos en todos los navíos; hicieron una pesebrera y metieron mucho maíz y hierba seca.

Y dejarlo he aquí, y diré de lo que allí nos avino, ya que estábamos a punto para embarcarnos.

Capítulo IX

CÓMO DIEGO VELÁZQUEZ ENVIÓ A UN SU CRIADO, QUE SE DECÍA GASPAR DE GARNICA, CON MANDAMIENTOS Y PROVISIONES PARA QUE EN TODO CASO SE PRENDIESE A DON HERNANDO CORTÉS Y SE LE TOMASE LA ARMADA

Pues como a Ordaz le había enviado Cortés a lo de los bastimentos, con el navío, como dicho tengo, no tenía Cortés en él contradictor, sino en Juan Velázquez de León; luego que le habló le atrajo a su mandado, y especialmente que Juan Velázquez no estaba bien con el pariente, porque no le había dado buenos indios. Por manera que si en la villa de la Trinidad se disimularon los mandamientos, muy mejor se callaron entonces, y con el mismo Garnica escribió el teniente Pedro Barba a Diego Velázquez que no osó prender a Cortés porque estaba muy pujante de soldados, y que hubo temor no metiesen a sacomano la villa y la robasen, y embarcase todos los vecinos y se los llevase consigo, y que, a lo que ha entendido, que Cortés era su servidor, y que no se atrevió a hacer otra cosa. Y Cortés le escribió a Velázquez con palabras tan buenas y de ofrecimientos, que lo sabía muy bien decir, y que otro día se haría a la vela y que le seria servidor.

Capítulo X

CÓMO CORTÉS SE HIZO A LA VELA CON TODA SU COMPAÑIA DE CABALLEROS Y SOLDADOS PARA LA ISLA DE COZUMEL, Y DE LO QUE ALLÍ NOS AVINO LUEGO DIRÉ

No hicimos alaarde hasta la isla de Cozumel, más de mandar Cortés que los caballos se embarcasen, y mandó a Pedro de Alvarado que fuese por la banda del norte en un buen navío que se decía San Sebastián, y mandó al piloto que llevaba en el navío que le aguardase en la punta de San Antón, para que allí se juntase con todos los navíos para ir en conserva hasta Cozumel; y envió mensajero a Diego de Ordaz, que había ido por el bastimento, que aguardase, que hiciese lo mismo, porque estaba en la banda del norte. Y en diez días del mes de febrero año de mi, quinientos diez y nueve años, después de haber oído misa, hicímonos a la vela con nueve navíos por la banda del sur. Y llegamos dos días primero que Cortés a Cozumel, y surgimos en el puerto ya por mí otras veces dicho cuando lo de Grijalva. Y Cortés aún no había llegado con su flota.

Y estando en esto llega Cortés con todos los navíos, y después de aposentado, la primera cosa que hizo fue mandar echar preso en grillos al piloto Camacho, porque no aguardó en la mar como le fue mandado. Y después que vió el pueblo sin gente y supo cómo Pedro de Alvarado había ido al otro pueblo, y que les había tomado gallinas, y paramentos y otras cosillas de poco valor de los ídolos, y el oro medio cobre, mostró tener mucho enojo de ello, y de cómo no aguardo el piloto. Y reprendióle gravemente a Pedro de Alvarado, y le dijo que no se habían de apaciguar las tierras de aquella manera, tomando a los naturales su hacienda. Y luego mandó traer los dos indios y la india que habíamos tomado, y con el indio Melchorejo, que llevamos de la punta de Catoche, que entendía bien aquella lengua, les habló, porque Julianillo, su compañero, ya por mí memorado, ya se había muerto; que fuesen a llamar los caciques e indios de aquel pueblo, y que no hubiesen miedo. Y les mandó volver el oro, y paramentos y todo lo demás, y por las gallinas, que ya se habían comido, les mandó dar cuentas y cascabeles. Aquí en esta isla comenzó Cortés a mandar muy de hecho, y Nuestro Señor le daba gracia, que doquiera que ponía la mano se le hacía bien, especial en pacificar los pueblos y naturales de aquellas partes, como adelante verán.

Y de ahí a tres días que estábamos en Cozumel, mandó hacer alarde para saber qué tantos soldados llevaba, y halló por su cuenta que éramos quinientos ocho, sin maestres y pilotos y marineros, que serían ciento; y diez y seis caballos y yeguas: las yeguas todas eran de juego y de carrera; y once navíos grandes y pequeños, con uno que era como bergantín, que traía a cargo un Ginés Nortes; eran treinta y dos ballesteros, y trece escopeteros, que así se llamaban en aquel tiempo, y tiros de bronce, y cuatro falconetes, y mucha pólvora y pelotas; y esto de esta cuenta de los ballesteros no se me acuerda muy bien, no hace el caso de la relación.

No gasto ahora tanta tinta en meter la mano en cosas de apercibimiento de armas, y de lo demás, porque Cortés verdaderamente tenía gran vigilancia en todo.

Capítulo XI

CÓMO CORTÉS SUPO DE DOS ESPAÑOLES QUE ESTABAN EN PODER DE INDIOS EN LA PUNTA DE COTOCHE, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO. Y DE OTRAS COSAS MÁS

Cómo Cortés en todo ponía gran diligencia, me mandó llamar a mí yt a un viscaino que se decía Martín Ramos, y nos preguntó qué sentíamos de aquellas palabras que nos hubieron dicho los indios de Campeche, cuando vinimos con Francisco Hernández de Córdoba, que decían: Castilan, castilan, según lo he dicho en el capítulo que de ello trata; y nosotros se lo tornamos a contar según y de la manera que lo habíamos visto y oído. Y dijo que ha pensado muchas veces en ello y que por ventura estarían algunos españoles en aquella tierra, y dijo: Paréceme que será bien preguntar a estos caciques de Cozumel si saben alguna nueva de ellos; y con Melchorejo, el de la punta de Cotoche, que entendía ya poca cosa de la lengua de Castilla y sabía muy bien la de Cozumel, se lo preguntó a todos los principales, y todos a una dijeron que habían conocido ciertos españoles, y daban señas de ellos, y que en la tierra adentro, andadura de dos soles, estaban y los tenían por esclavos unos caciques, y que allí en Cozumel había indios mercaderes que les hablaron pocos días había. De lo cual todos nos alegramos con aquellas nuevas. Y díjoles Cortés que luego los fuesen a llamar con cartas, que en su lengua llaman amales; y dió a los caciques y a los indios que fueron con las cartas, camisas, y los halagó, y les dijo que cuando volviesen les daría más cuentas. Y el cacique dijo a Cortés que enviase rescate para los amos con quien estaban, que los tenían por esclavos, porque los dejasen venir, y así se hizo, que se les dió a los mensajeros de todo género de cuentas. Y luego mandó apercibir dos navíos, los de menos porte, que el uno era poco mayor que bergantín, y con veinte ballesteros y escopeteros, y por capitán de ellos a Diego de Ordaz, y mandó que estuviese en la costa de la punta de Catiche aguardando ocho días con el navío mayor. y entretanto que iban y venían con la respuesta de las cartas, con el navío pequeño volviesen a dar la respuesta a Cortés de lo que hacían, porque está aquella tierra de la punta de Cotoche obra de cuatro leguas, y se parece la una tierra desde la otra. Y escrita la carta, decía en ella: Señores y hermanos: Aquí, en Cozumel, he sabido que estáis en poder de un cacique detenidos. y os pido por merced que luego os vengáis aquí, a Cozumel, que para ello envío un navío con soldados, si los hubiésedes menester, y rescate para dar a esos indios con quien estáis; y lleva el navío de plazo ocho días para os aguardar; veníos con toda brevedad; de mí quinientos soldados y once navíos; en ellos voy, mediante Dios, la seríes bien mirados y aprovechados. Yo quedo en esta isla con que se dice Tabasco o Potonchan.

Y luego se embarcaron en los navíos con las cartas y los dos indios mercaderes de Cozumel que las llevaban, y en tres horas atravesaron el golfete y echaron en tierra los mensajeros con las cartas y rescates: y en dos días las dieron a un español que se decía Jerónimo de Aguilar, que entonces supimos que así se llamaba, y de aquí adelante así le nombraré, y después que las hubo leído y recibido el rescate de las cuentas que le enviamos, él se holgó con ello y lo llevó a su amo el cacique para que le diese licencia, la cual luego se la dió (para) que se fuese adonde quisiese. Y caminó Aguilar adonde estaba su compañero, que se decía Gonzalo Guerrero, en otro pueblo, cinco leguas de allí, y como le leyó las cartas, Gonzalo Guerrero le respondió: Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras: idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra. Y asimismo la india mujer del Gonzalo habló a Aguilar en su lengua, muy enojada y le dijo: Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido: idos vos y no curéis de más pláticas. Y Aguilar tornó a hablar a Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar. Y por más que le dijo y amonestó, no quiso venir: y parece ser aquel Gonzalo Guerrero era hombre de mar, natural de Palos. Y de que Jerónimo de Aguilar vió que no quería venir se vino luego con los dos indios mensajeros adonde había estado el navío aguardándole, y después que llegó no le halló, que ya era ido, porque ya se habían pasado los ocho días y aun uno más, que llevó de plazo el Ordaz para que aguardase; porque desde que Aguilar no venía, se volvió a Cozumel sin llevar recaudo a lo que había venido. Y desde que Aguilar vió que no estaba allí el navío, quedó muy triste y se volvió a su amo, al pueblo donde antes solía vivir. Y dejaré esto y diré (que) cuando Cortés vió volver a Ordaz sin recaudo ni nueva de los españoles ni de los indios mensajeros, estaba tan enojado y dijo con palabras soberbias a Ordaz que había creído que otro mejor recaudo trajera que no viniese así, sin los españoles ni nuevas de ellos, porque ciertamente estaban en aquella tierra. Pues en aquel instante aconteció que unos marineros que se decían los Peñates, naturales de Gibraleón, habían hurtado a un soldado que se decía Berrio ciertos tocinos y no se los querían dar, y quejose Berrio a Cortés, y tomando juramento a los marineros, se perjuraron, y en la pesquisa pareció el hurto; de los cuales tocinos estaban repartidos en los siete marineros, y a cuatro de ellos losmandó luego azotar, que no aprovecharon ruegos de ningún capitán. Donde lo dejaré, así de los marineros como esto de Aguilar, y nos íbamos sin él nuestro viaje, hasta su tiempo y sazón.

Y diré cómo venían muchos indios en romería (a) aquella isla de Cozumel, los cuales eran naturales de los pueblos comarcanos de la punta de Cotoche y de otras partes de tierra de Yucatán, porque según pareció había allí en Cozumel unos ídolos de muy disformes figuras, y estaban en un adoratorio en que ellos tenían por costumbre en aquella tierra, por aquel tiempo, de sacrificar. Y una mañana estaba lleno un patio, donde estaban los ídolos, de muchos indios e indias quemando resina, que es como nuestro incienso, y como era cosa nueva para nosotros, paramos a mirar en ello con atención. Y luego se subió encima de un adoratorio un indio viejo, con mantas largas, el cual era sacerdote de aquellos ídolos, que ya he dicho otras veces que papas los llaman en la Nueva España, y comenzó a predicarles un rato; y Cortés y todos nosotros mirándolo en qué paraba aquel negro sermón. Y Cortés preguntó a Melchorejo, que entendía muy bien aquella lengua, que qué era aquello que decía aquel indio viejo, y supo que les predicaba cosas malas. Y luego mandó llamar al cacique y a al mismo papa, y como mejor se pudo dárselo a entender con aquella nuestra lengua, les dijo que si habían de ser nuestros hermanos que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos, que eran muy malos y les hacían errar, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas. Y se les dió a entender otras cosas santas y buenas; y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dió, y una cruz, y que siempre serían ayudados y tendrían buenas sementeras, y se salvarían sus ánimas. Y se les dijo otras cosas acerca de nuestra santa fe, bien dichas. Y el papa con los caciques respondieron que sus antepasados adoraban en aquellos dioses porque eran buenos, y que no se atrevían ellos a hacer otra cosa, y que se los quitásemos nosotros, y veríamos cuánto mal nos iba de ello, porque nos iríamos a perder en la mar. Y luego Cortés mandó que los despedazásemos y echásemos a rodar unas gradas abajo, y así se hizo. Y luego mandó traer mucha cal, que había harto en aquel pueblo, e indios albañiles; y se hizo un altar muy limpio donde pusimos la imagen de Nuestra Señora; y mandó a dos de nuestros carpinteros de lo blanco, que se decían Alonso Yáñez y Alvaro López, que hiciesen una cruz de unos maderos nuevos que allí estaban, la cual se puso en uno como humilladero que estaba hecho cerca del altar; y dijo misa el Padre que se decía Juan Díaz, y el papa y cacique y todos los indios estaban mirando con atención. Llaman en esta isla de Cozumel a los caciques calachiones, como otra vez he dicho en lo de Potonchan. Y dejarlo he aquí, y pasaré adelante y diré cómo nos embarcamos.

Capítulo XII

CÓMO CORTÉS REPARTlÓ LOS NAVIOS Y SEÑALÓ CAPITANES PARA IR EN ELLOS. Y ASIMISMO SE DIÓ LA INSTRUCCIÓN DE LO QUE HABÍAN DE HACER LOS PILOTOS, Y LAS SEÑALES DE LOS FAROLES DE NOCHE Y OTRAS COSAS MÁS QUE EN AQUELLOS LUGARES ACONTECIERON

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Cortés llevaba La Capitana.

Pedro de Alvarado y sus hermanos, un buen navío, que se decía San Sebastián.

Alonso Hernández Puerto Carrero, otro.

Francisco de Montejo, otro buen navío.

Cristóbal de Olid, otro.

Diego de Ordaz, otro.

Juan Velázquez de León, otro.

Juan de Escalante, otro.

Francisco de Morla, otro.

Otro, Escobar, el Paje.

Y el más chico, como bergantín, Ginés Nortes.

Y en cada navío su piloto, y por piloto mayor Antón de Alaminos, y las instrucciones por donde se habían de regir, y lo que habían de hacer, y de noche las señas de los faroles. Y Cortés se despidió de los caciques y papas y les encomendó aquella imagen de Nuestra Señora y a la cruz, que la reverenciasen y tuviesen limpia y enramada, y verían cuánto provecho de ello les venía, y dijeron que así lo harían; y trajéronle cuatro gallinas y dos jarros de miel, y se abrazaron. Y embarcados que fuimos, en ciertos días del mes de marzo de mil quinientos diez y nueve años dimos velas, y con muy buen tiempo íbamos nuestra derrota; y aquel mismo día a hora de las diez, dan desde una nao grandes voces, y capean y tiraron un tiro, para que todos los navíos que veníamos en conserva lo oyesen. Y como Cortés lo vió y oyó, se paró luego en el bordo de La capitana, y vido ir arribando el navío en que venía Juan de Escalante, que se volvía hacia Cozumel, y dijo Cortés a otras naos que venían allí cerca: ¿Qué es aquello, qué es aquello? Y un soldado que se decía Luis de Zaragoza le respondió que se anegaba el navío de Escalante, que era donde iba el cazabe; y Cortés dijo: Plega a Dios no tengamos alqún desmán. Y mandó al piloto Alaminos que hiciese señas a todos los navíos que arribasen a Cozumel. Ese mismo día volvimos al puerto donde salimos y descargamos el cabaze, y hallamos la imagen de Nuestra Señora y la cruz muy limpia y puesto incienso, y de ello nos alegramos. Y luego que vino el cacique y papas a hablar a Cortés y le preguntaron que a qué volvíamos y dijo que porque hacía agua un navío y le quería adobar, y que les rogaba que con todas sus canoas ayudasen a los bateles a sacar el pan cazabe, y así lo hicieron. Y estuvimos en adobar el navío cuatro días. Y dejemos de hablar en ello. y diré cómo lo supo el español que estaba en poder de indios, que se decía Aguilar, y lo que más hicimos.

Capítulo XIII

CÓMO EL ESPAÑOL QUE ESTABA EN PODER DE INDIOS (QUE) SE LLAMABA JERÓNIMO DE AGUILAR, SUPO CÓMO HABÍAMOS ARRIBADO A COZUMEL, Y QUE LUEGO SE VINO A NUESTRO REAL. Y LO QUE DESPUÉS ACONTECIÓ

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Cuando tuvo noticia cierta el español que estaba en poder de indios que habíamos vuelto a Cozumel con los navíos, se alegró en gran manera y dió gracias a Dios, y mucha prisa en venirse él y los dos indios que le llevaron las cartas y rescate, a embarcarse en una canoa; y como la pagó bien, en cuentas verdes del rescate que le enviamos, luego la halló alquilada con seis indios remeros con ella; y dan tal prisa en remar, que en espacio de poco tiempo pasaron el golfete que hay de una tierra a otra, que serían cuatro leguas, sin tener contraste de la mar. Y llegados a la costa de Cozumel, ya que estaban desembarcando, dijeron a Cortés unos soldados que iban a cazar, porque había en aquella isla puercos de la tierra, que había venido una canoa grande allí, junto del pueblo, y que venía de la punta de Cotoche. Y mandó Cortés a Andrés de Tapia y a otros dos soldados que fuesen a ver qué cosa nueva era venir allí junto a nosotros indios sin temor ninguno, con canoas grandes. Y luego fueron; y desde que los indios que venían en la canoa que traían a Aguilar vieron los españoles, tuvieron temor y queríanse tornar a embarcar y hacer a lo largo con la canoa; y Aguilar les dijo en su lengua que no tuviesen miedo, que eran sus hermanos. Y Andrés de Tapia, como los vió que eran indios, porque Aguilar ni más ni menos era que indio, luego envió a decir a Cortés con un español que siete indios de Cozumel son los que allí llegaron en la canoa. Y después que hubieron saltado en tierra, en español, mal mascado y peor pronunciado, dijo: Dios y Santamaría y Sevilla. Y luego le fue (a) abrazar Tapia: y otro soldado, de los que habían ido con Tapia a ver qué cosa era, fue a mucha prisa a demandar albricias a Cortés cómo era español el que venía en la canoa, de que todos nos alegramos. Y luego se vino Tapia con el español adonde estaba Cortés, y antes que llegasen ciertos soldados preguntaban a Tapia: ¿Qué es del español? y aunque iba junto con él, porque le tenían por indio propio, porque de suyo era moreno y tresquilado a manera de indio esclavo, y traía un remo al hombro, una cotara vieja calzada y la otra atada en la cintura, y una manta vieja y muy ruin, y un braguero peor, con que cubría sus vergüenzas, y traía atada en la manta un bulto que eran Horas muy viejas. Pues desde que Cortés los vió de aqueIla manera también picó, como los demás soldados, que preguntó a Tapia que qué era del español, y el español, como le entendió, se puso en cuclillas, como hacen los indios, y dijo: Yo soy. Y luego le mandó dar de vestir, camisa y jubón y zaragüelles, y caperuza y alpargates, que otros vestidos no había, y le preguntó de su vida, y cómo se llamaba. y cuándo vino (a) aquella tierra. Y él dijo, aúnque no bien pronunciado, que se decía Jerónimo de Aguilar, y que era natural de Ecija, y que tenía órdenes de Evangelio; que había ocho años que se habían perdido él y otros quince hombres y dos mujeres que iban desde el Darién a la isla de Santo Domingo.

Y le dijo Cortés que de él sería bien mirado y gratificado, y le preguntó por la tierra y pueblos. Y Aguilar dijo que, como le tenían por esclavo, que no sabía sino servir de traer leña y agua y en cavar los maizales. que no había salido sino hasta cuatro leguas, que le llevaron con una carga, y que no la pudo llevar y cayó malo de ello; y que ha entendido que hay muchos pueblos. Y luego le preguntó por Gonzalo Guerrero, y dijo que estaba casado y tenía tres hijos, y que tenía labrada la cara y horadadas las orejas y el bezo de abajo, y que era hombre de la mar, de Palos, y que los indios le tienen por esforzado; y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche un capitán con tres navíos. (parece ser fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba) que él fue inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí juntamente con un cacique de un gran pueblo, según he ya dicho en lo de Francisco Hernández de Córdoba. Y después que Cortés lo oyó, dijo: En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno. Y dejarlo he, y diré cómo los caciques de Cozumel, desde que vieron a Aguilar que hablaba su lengua, le daban muy bien de comer, y Aguilar les aconsejaba que siempre tuviesen acato y reverencia a la santa imagen de Nuestra Señora y a la cruz, y que conocerían que por ello les venía mucho bien. Y los caciques, por consejo de Aguilar, demandaron una carta de favor a Cortés para que si viniesen (a) aquel puerto otros españoles, que fuesen bien tratados y no les hiciesen agravios; la cual carta luego se la dió. Y después de despedidos, con muchos halagos y ofrecimientos, nos hicimos a la vela para el río de Grijalva.

Capítulo XIV

CÓMO LLEGAMOS AL RÍO DE GRIJALVA, QUE EN LENGUA DE INDIOS LLAMAN TABASCO, Y DE LA GUERRA QUE NOS DIERON Y DE LO QUE MÁS CON ELLOS NOS ACONTECIO

En doce días del mes de marzo de mil quinientos diez y nueve años, llegamos con toda la armada al río de Grijalva, que se dice Tabasco, y como sabíamos ya, de cuando lo de Grijalva, que en aquel puerto y río no podían entrar navíos de mucho porte, surgieron en la mar los mayores y con los pequeños y los bateles fuimos todos los soldados a desemharcar a la punta de los Palmares, como cuando con Grijalva, que estaba del pueblo de Tabasco obra de media legua. Y andaban por el río y en la ribera entre unos mamblares, todo lleno de indios guerreros, de lo cual nos maravillamos los que habíamos venido con Grijalva, y demás de esto, estaban juntos en el pueblo más de doce mil guerreros aparejados para darnos guerra; porque en aquella sazón aquel pueblo era de mucho trato, y estaban sujetos a él otros grandes pueblos, y todos los tenían apercibidos con todo género de armas, según las usaban. Y la causa de ello fue porque los de Potonchan y los de Lázaro y otros pueblos comarcanos los tuvieron por cobardes, y se lo daban en el rostro, por causa que dieron a Grijalva las joyas de oro que antes he dicho en el capítulo que de ello habla; y que de medrosos no nos osaron dar guerra, pues eran más pueblos y tenían más guerreros que no ellos; y esto les decían por afrentarlos, y que en sus pueblos nos habían dado guerra y muerto cincuenta y seis hombres. Por manera que con aquellas palabras que les habían dicho se determinaron a tomar las armas.

Y desde que Cortés los vió puestos en aquella manera, dijo a Aguilar, la lengua, que entendía bien la de Tabasco, que dijese a unos indios que parecían principales, que pasaban en una gran canoa cerca de nosotros, que para qué andaban tan alborotados, que no les veníamos a hacer ningún mal, sino decirles que les queremos dar de lo que traemos como a hermanos, y que les rogaba que mirasen no comenzasen la guerra, porque les pesaría de ello; y les dijo otras muchas cosas acerca de la paz. Y mientras más lo decía Aguilar, más bravos se mostraban, y decían que nos matarían a todos si entrábamos en su pueblo, porque le tenían muy fortalecido todo a la redonda de árboles muy gruesos, de cercas y albarradas. Y volvió Aguilar a hablar con la paz, y que nos dejasen tomar agua, y comprar de comer, a trueco de nuestro rescate; y también a decir a los calachonis cosas que sean de su provecho y servicio de Dios Nuestro Señor. Y todavía ellos a porfiar que no pasásemos de aquellos palmares adelante, si no que nos matarían. Y de que aquello vió Cortés, mandó apercibir los bateles y navíos menores, y mandó poner en cada batel tres tiros, y repartió en ellos los ballesteros y escopeteros. Y teníamos memoria de cuando lo de Grijalva que iba un camino angosto desde los palmares al pueblo, por unos arroyos y ciénagas. Mandó Cortés a tres soldados que aquella noche mirasen bien si iba a las casas, y que no se detuviesen mucho en traer la respuesta. Y los que fueron vieron que sí iba. Y visto todo esto, y después de bien mirado, se nos pasó aquel día dando orden de cómo y de qué manera habíamos de ir en los bateles, y otro día por la mañana, después de haber oído misa y todas nuestras armas muy a punto, mandó Cortés a Alonso de Avila, que era capitán, que con cien soldados, y entre ellos diez ballesteros, fuese por el caminillo, el que he dicho que iba al pueblo; y que desde que oyese los tiros, él por una parte y nosotros por otra, diésemos en el pueblo. Y Cortés y todos los más soldados y capitanes fuimos en los bateles y navíos de menor porte por el río arriba. Y desde que los indios guerreros que estaban en la costa y entre los mamblares vieron que de hecho íbamos, vienen sobre nosotros con tantas canoas al puerto adonde habíamos de desembarcar, para defendernos que no saltásemos en tierra, que toda la costa no había sino indios de guerra, con todo género de armas que entre ellos se usan, tañendo trompetillas y caracoles y atabalejos.

Y desde que así vió la cosa, mandó Cortés que nos detuviésemos un poco y que no soltasen ballesta ni escopeta ni tiros; y como todas las cosas quería llevar muy justificadas, les hizo otro requerimiento delante de un escribano del rey que se decía Diego de Godoy, y por la lengua de Aguilar, para que nos dejasen saltar en tierra y tomar agua y hablarles cosas de Dios y de Su Majestad; y que si guerra nos daban, que si por defendernos algunas muertes hubiese, u otros cualquier daños, fuesen a su culpa y cargo y no a la nuestra. Y ellos todavía haciendo muchos fieros, y que no saltásemos en tierra, si no que nos matarían. Y luego comenzaron muy valientemente a flechar y hacer sus señas con sus tambores, y como esforzados se vienen todos contra nosotros y nos cercan con las canoas, con tan gran rociada de flechas, que nos hicieron detener en el agua hasta la cinta, y otras partes no tanto; y como había allí mucha lama y ciénega no podíamos tan presto salir de ella. Y cargan sobre nosotros tantos indios, que con las lanzas a manteniente y otros a flecharnos, hacían que no tomásemos tierra tan presto como quisiéramos, y también porque en aquella lama estaba Cortés peleando, y se le quedó un alpargate en el cieno, que no le pudo sacar, y descalzo de un pie salió a tierra; y luego le sacaron el alpargate y se calzó. Y entretanto que Cortés estaba en esto, todos nosotros, así capitanes como soldados, fuimos sobre ellos nombrando a señor Santiago, y les hicimos retraer, y aunque no muy lejos, por amor de las albarradas y cercas que tenían hechas de maderas gruesas, adonde se mamparaban, hasta que las deshicimos y tuvimos lugar, por un portillo, de entrarles y pelear con ellos; y les llevamos por una calle adelante, adonde tenían hechas otras fuerzas, y allí tornaron a reparar y hacer cara, y peleaban muy valientemente y con gran esfuerzo, y dando voces y silbos, y decían: Al calacheoni, al calacheoni, que en su lengua mandaban que matasen o prendiesen nuestro capitán.

Estando de esta manera envueltos con ellos, vino Alonso de Avila con sus soldados. que había ido por tierra desde los palmares, como dicho tengo, y parece ser no acertó a venir más presto por amor de unas ciénegas y esteros; y su tardanza fue bien menester, segun habíamos estado detenidos en los requerimientos y deshacer portillos en las albarradas para pelear; así que todos juntos les tornamos a echar de las fuerzas donde estaban, y les llevamos retrayendo, y ciertamente que como buenos guerreros nos iban tirando grandes rociadas de flechas y varas tostadas. Y nunca volvieron de hecho las espaldas, hasta un gran patio donde estaban unos aposentos y salas grandes, y tenían tres casas de ídolos, y ya habían llevado todo cuanto hato había. En los cúes de aquel patio mandó Cortés que reparásemos, y que no fuésemos más en seguimiento del alcance, pues iban huyendo; y allí tomó Cortés posesión de aquella tierra por Su Majestad, y él en su real nombre, y fue de esta manera: Que desenvainada su espada, dió tres cuchilladas en señal de posesión en un árbol grande que se dice ceiba, que estaba en la plaza de aquel gran patio, y dijo que si había alguna persona que se lo contradijese, que él lo defendería con su espada y una rodela que tenía embrazada. Y todos los soldados que presentes nos hallamos cuando aquello pasó, respondimos que era bien tomar aquella real posesión en nombre de Su Majestad, y que nosotros seríamos en ayudarle si alguna persona otra cosa contradijere. Y por ante un escribano del rey, se hizo aquel auto.

Otro día de mañana mandó Cortés a Pedro de Alvarado que saliese por capitán de cien soldados, y entre ellos quince ballesteros y escopeteros, y que fuese a ver la tierra adentro hasta la andadura de dos leguas, y que llevase en su compañía a Melchorejo, la lengua de la punta de Cotoche, y cuando le fueron a llamar a Melchorejo no le hallaron, que se había ya huído con los de aquel pueblo de Tabasco; porque, según parecía, el día antes, en la punta de los Palmares, dejó colgados sus vestidos que tenía de Castilla y se fue de noche en una canoa. Que asimismo mandó Cortés que fuese otro capitán, que se decía Francisco de Lugo, por otra parte, con otros cien soldados y doce ballesteros y escopeteros; y que no pase de otras dos leguas, y que volviese a la noche a dormir en el real. Y yendo que iba Francisco de Lugo con su compañía, obra de una legua de nuestro real, se encontró con grandes capitanías y escuadrones de indios, todos flecheros, y con lanzas, y rodelas, y atambores, y penachos: y se vienen derechos a la capitanía de nuestros soldados, y les cercan por todas partes y les comenzaron a flechar, de arte que no se les podia suscentar con tanta multitud de indios, y les tiraban muchas varas tostadas y piedras. Y Aguilar, la lengua, les preguntaba que por qué eran locos y que por qué salían a dar guerra, que mirasen que les mataríamos si otra vez volviesen. Y luego se envió un indio de ellos con cuentas para dar a los caciques que viniesen de paz. Y aquel mensajero que enviamos dijo que el indio Melchorejo que traíamos con nosotros, que era de la punta de Cotoche, que fue la noche antes a ellos y les aconsejó que diesen guerra de día y de noche, y que nos vencerían, y que éramos muy pocos, de manera que traíamos con nosotros muy mala ayuda y nuestro contrario. Aquel indio que enviamos por mensajero fue y nunca volvió, y de los otros dos supo Aguilar por muy cierto que para otro día estaban juntos todos cuantos caciques había en todos aquellos pueblos comarcanos de aquella provincia, con sus armas, aparejados para darnos guerra; y nos habían de venir otro día a cercar en el real, y que Melchorejo, la lengua, se lo aconsejó.

Después que Cortés supo que muy ciertamente nos venían a dar guerra mandó que con brevedad sacasen todos los caballos de los navíos, a tierra, que escopeteros y ballesteros y todos los soldados estuviésemos muy a punto con nuestras armas, y aunque estuviésemos heridos, y apercibió a los caballeros que habían de ir los mejores jinetes y caballos, y que fuesen con pretales de cascabeles; y les mandó que no se parasen a lancear hasta haberles desbaratado, sino que las lanzas se las pasasen por los rostros, y señaló trece de caballo, y Cortés por capitán de ellos; y fueron estos que aquí nombraré: Cortés, Cristóbal de Olid, y Pedro de Alvarado, y Alonso Hernández Puerto Carrero, y Juan de Escalante, y Francisco de Montejo, y Alonso de Avila (le dieron un caballo que era de Ortiz el Músico, y de un Bartolomé García, que ninguno de ellos era buen jinete), y Juan Velázquez de León, y Francisco de Morla, y Lares, el buen jinete (nómbrolo así porque había otro Lares); y Gonzalo Domínguez, extremado hombre de a caballo; Morón el de Bayamo y Pedro González de Trujillo. Todos estos caballeros señaló Cortés, y él por capitán, y mandó a Mesa el artillero que tuviese muy a punto su artillería, y mandó a Diego de Ordaz que fuese por capitán de todos nosotros los soldados y aun de los ballesteros y escopeteros, porque no era hombre de a caballo.

Y otro día muy de mañana, que fue día de Nuestra Señora de marzo, después de oída misa, que nos dijo Fray Bartolomé de Olmedo, puestos todos en ordenanza con nuestro alférez, que entonces era Antonio de Villarroel (marido que fue de Isabel de Ojeda, que después se mudó el nombre de Villarroel y se llamó Antonio Serrano de Cardona), fuimos por unas sabanas grandes adonde habían dado guerra a Francisco de Lugo y a Pedro de Alvarado, y llamábase aquella sabana y pueblo Zintla. sujeto al mismo Tabasco, una legua del aposento donde salimos. Y nuestro Cortés se apartó un poco espacio de trecho de nosotros, por amor de unas ciénegas que no podían pasar los caballos. Y yendo de la manera que he dicho, dimos con todo el poder de escuadrones de indios guerreros, que venían ya a buscarnos a los aposentos, y fue junto al mismo pueblo de Zintla, en un buen llano.

Y así como llegaron a nosotros, como eran grandes escuadrones, que todas las sabanas cubrían, y se vienen como rabiosos y nos cercan por todas partes, y tiran tanta flecha, y vara, y piedra, que de la primera arremetida hirieron más de setenta de los nuestros, y con las lanzas pie con pie nos hacían mucho daño; y un soldado murió luego de un flechazo que le dieron por el oído; y no hacían sino flechar y herir en los nuestros, y nosotros, con los tiros y escopetas y ballestas y a grandes estocadas no perdíamos punto de buen pelear; y poco a poco, desde que conocieron las estocadas, se apartaban de nosotros; mas era para flechar más a su salvo, puesto que Mesa, el artillero, con los tiros les mató muchos de ellos, porque como eran grandes escuadrones y no se apartaban, daba en ellos a su placer, y con todos los males y heridos que les hacíamos no los pudimos apartar. Yo dije: Diego de Ordaz, paréceme que podemos apechugar con ellos, porque verdaderamente sienten bien el cortar de las espadas y estocadas, y por esto se desvían algo de nosotros, por temor de ellas y por mejor tirarnos sus flechas y varas tostadas y tantas piedras como granizos. Y respondió que no era buen acuerdo, porque había para cada uno de nosotros trescientos indios; y que no nos podríamos sostener con tanta multitud; y así estábamos con ellos sosteniéndonos. Y acordamos de allegarnos cuanto pudiésemos a ellos, como se lo había dicho al Ordaz, por darles mal año de estocadas, y bien lo sintieron, que se pasaron de la parte de una ciénaga. Y en todo este tiempo, Cortés, con los de a caballo, no venía, y aunque le deseábamos temíamos que por ventura no le hubiese acaecido algún desastre.

Acuérdome, que cuando soltábamos los tiros que daban los indios grandes silbos y gritos y echaban pajas y tierra en alto, porque no viésemos el daño que les hacíamos, y tañían atambores y trompetillas y silbos, y voces, y decían: Alala, Alala. Estando en esto, vimos asomar los de a caballo, y como aquellos grandes escuadrones estaban embebecidos dándonos guerra. no miraron tan de presto en ellos como venían por las espaldas, y como el campo era llano y los caballeros buenos, y los caballos algunos de ellos muy revueltos y corredores, dan les tan buena mano y alancean a su placer. Pues los que estábamos peleando, desde que los vimos, nos dimos tanta prisa, que los de a caballo por una parte y nosotros por otra, de presto volvieron las espaldas. Y aquí creyeron los indios que el caballo y el caballero eran todo uno, como jamás habían visto caballos. Iban aquellas sabanas y campos llenos de ellos, y acogiéronse a unos espesos montes que allí había.

Y desde que los hubimos desbaratado, Cortés nos contó cómo no habían podido venir más presto, por amor de una ciénega y cómo estuvo peleando con otros escuadrones de guerreros antes que a nosotros llegasen. Y venían tres de los caballeros de a caballo heridos, y cinco caballos. Y después de apeados debajo de unos árboles y casas que allí estaban, dimos muchas gracias a Dios por habernos dado aquella victoria tan cumplida; y como era día de Nuestra Señora de marzo llamóse una villa que se pobló, el tiempo andando, Santa María de la Victoria, así por ser día de Nuestra Señora como por la gran victoria que tuvimos. Esta fue la primera guerra que tuvimos en compañía de Cortés en la Nueva España. Y esto pasado, apretamos las heridas a los heridos con paños, que otra cosa no había, y se curaron los caballos con quemarles las heridas con unto de un indio de los muertos, que abrimos para sacarle el unto; y fuimos a ver los muertos que había por el campo y eran más de ochocientos, y todos los más de estocadas, y otros de los tiros y escopetas y ballestas, y muchos estaban medio muertos y tendidos, pues donde anduvieron los de a caballo había buen recaudo de ellos muertos, y otros quejándose de las heridas. Estuvimos en esta batalla sobre una hora, que no les pudimos hacer perder punto de buenos guerreros hasta que vinieron los de a caballo. Y prendimos cinco indios y los dos de ellos capitanes, y como era tarde y hartos de pelear, y no habíamos comido, nos volvimos al real, y luego enterramos dos soldados que iban heridos por la garganta y otro por el oído, y quemamos las heridas a los demás y a los caballos, con el unto del indio, y pusimos buenas velas y escuchas, y cenamos y reposamos.

Capítulo XV

CÓMO VINIERON A HABLAR CON HERNANDO CORTÉS TODOS LOS CACIQUES Y CALACHONIS DEL RIO GRIJALVA, Y TRAJERON UN PRESENTE. Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ

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Otro día de mañana, que fueron a quince días del mes de marzo de mil quinientos diez y nueve años, vinieron muchos caciques y principales de aquel pueblo de Tabasco, y de otros comarcanos, haciendo mucho acato a todos nosotros, y trajeron un presente de oro, que fueron cuatro diademas y unas lagartijas, y dos como perrillos y orejeras, y cinco ánades, y dos figuras de caras de indios, y dos suelas de oro como de sus cotaras, y otras casillas de poco valor, que ya no me acuerdo qué tanto valían. Y trajeron mantas de las que ellos hacían, que son muy bastas, porque ya habrán oído decir los que tienen noticias de aquella provincia que no las hay en aquella tierra sino de poca valía. Y no fue nada todo este presente en comparación de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente mujer que se dijo doña Marina, que así se llamó después de vuelta cristiana. Y dejaré esta plática y de hablar de ella y de las demás mujeres que trajeron, y diré que Cortés recibió aquel presente con alegría y se apartó con todos los caciques y con Aguilar, el intérprete, a hablar; y les dijo que por aquello que traían se lo tenía en gracia, mas que una cosa les rogaba; luego mandasen poblar aquel pueblo con toda su gente y mujeres e hijos, y que dentro de dos días le quiere ver poblado, y que en esto conocerá tener verdadera paz. Y luego los caciques mandaron llamar todos los vecinos, y con sus hijos y mujeres en dos días se pobló; y lo otro que les mandó, que dejasen sus ídolos y sacrificios, y respondieron que así lo harían; y les declaramos con Aguilar, lo mejor que Cortés pudo, las cosas tocantes a nuestra santa fe, y cómo éramos cristianos y adorábamos en un solo Dios verdadero, y se les mostró una imagen muy devota de Nuestra Señora con su Hijo precioso en los brazos, y se les declaró que en aquella santa imagen reverenciamos, porque así está en el cielo y es Madre de Nuestro Señor Dios. Y los caciques dijeron que les parecía muy bien aquella gran tececiguata, y que se la diesen para tener en su pueblo, porque a las grandes señoras en aquellas tierras, en su lengua, llaman tececiguatas. Y dijo Cortés que sí daría, y les mandó hacer un buen altar, bien labrado, el cual luego hicieron. Y otro día de mañana mandó Cortés a dos de nuestros carpinteros de lo blanco, que se decían Alonso Yáñez y Alvaro López, que luego labrasen una cruz muy alta, y después de haber mandado todo esto, les dijo qué fue la causa que nos dieron guerra, tres veces requiriéndoles con la paz. Y respondieron que ya habían demandado perdón de ello y estaban perdonados, y que el cacique de Champotón, su hermano, se lo aconsejó, y porque no le tuviesen por cobarde, y porque se lo reñían y deshonraban, y porque no nos dió guerra cuando la otra vez vino otro capitán con cuatro navíos, y, según parece, decíalo por Juan de Grijalva, y también que el indio que traíamos por lengua, que se huyó una noche, se lo aconsejó, y que de día y de noche nos diesen guerra. Y luego Cortés les mandó que en todo caso se lo trajesen, y dijeron que como les vió que en la batalla no les fue bien, que se les fue huyendo, y que no sabían de él, y aunque le han buscado: y supimos que le sacrificaron, pues tan caro les costó sus consejos. Y más les preguntó de qué parte traían oro y aquellas joyezuelas: respondieron que hacia donde se pone el sol, y decían Culúa y México, y como no sabíamos qué cosa era México ni Culúa, dejábamoslo pasar por alto. Y allí traíamos otra lengua que se decía Francisco, que hubimos cuando lo de Grijalva, ya otra vez por mí memorado, mas no entendía poco ni mucho la de Tabasco, sino la de Culúa, que es la mexicana, y medio por señas dijo a Cortés que Culúa era muy adelante, y nombraba México y no lo entendimos.

Y en esto cesó la plática hasta otro día, que se puso en el altar la santa imagen de Nuestra Señora y la cruz, la cual todos adoramos, y dijo misa el padre fray Bartolomé de Olmedo: y estaban todos los caciques y principales delante, y púsose nombre a aquel pueblo Santa María de la Victoria, y así se llama ahora a la villa de Tabasco. Y el mismo fraile, con nuestra lengua, Aguilar, predicó a las veinte indias que se nos presentaron, muchas buenas cosas de nuestra santa fe, y que no creyesen en los ídolos que de antes creían, que eran malos y no eran dioses. ni más les sacrificasen, que las traían engañadas, y adorasen en Nuestro Señor Jesucristo. Y luego se bautizaron, y se puso por nombre doña Marina (a) aquella india y señora que allí nos dieron, y verdaderamente era gran cacica e hija de grandes caciques y señora de vasallos, y bien se le parecía en su persona; lo cual diré adelante cómo y de qué manera fue allí traída. Y las otras mujeres no me acuerdo bien de todos sus nombres, y no hace al caso nombrar algunas; mas éstas fueron las primeras cristianas que hubo en la Nueva España, y Cortés las repartió a cada capitán la suya, y a doña Marina, como era de buen parecer y entremetida y desenvuelta, dió a Alonso Hernández Puerto Carrero, que ya he dicho otra que era muy buen caballero, primo del conde de Medellín y después que fue a Castilla Puerto Carrero estuvo la doña Marina con Cortés, y hubo en ella un hijo que se dijo don Martín Cortés.

En aquel pueblo estuvimos cinco días, así porque se curaran las heridas como por los que estaban con dolor de lomos, que allí se les quitó, y demás de esto, porque Cortés siempre atraía con buenas palabras a todos los caciques, y les dijo cómo el emperador nuestro señor, cuyos vasallos somos, tiene a su mandar muchos grandes señores, y que es bien que ellos le den la obediencia, y que en lo que hubieren menester, así favor de nosotros o cualquiera cosa, que se lo hagan saber dondequiera que estuviésemos, que él les vendrá a ayudar. Y todos los caciques le dieron muchas gracias por ello, y allí se otorgaron por vasallos de nuestro gran emperador; y éstos fueron los primeros vasallos que en la Nueva España dieron la obediencia a Su Majestad.

Y luego Cortés les mandó que para otro día, que era Domingo de Ramos, muy de mañana, viniesen al altar con sus hijos y mujeres para que adorasen la santa imagen de Nuestra Señora y la cruz, y asimismo les mandó que viniesen luego seis indios carpinteros y que fuesen con nuestros carpinteros y que en el pueblo de Zintla, adonde nuestro Señor Dios fue servido damos aquella victoria de la batalla pasada, por mí memorada, que hiciesen una cruz en un árbol grande que allí estaba, que entre ellos llamaban ceiba, e hiciéronla en aquel árbol a efecto que durase mucho, que con la corteza que suele reverdecer está siempre la cruz señalada. Hecho esto mandó que aparejasen todas las canoas que tenían para ayudarnos a embarcar, porque luego aquel santo dia nos quedamos hacer a la vela, porque en aquella sazón vinieron dos pilotos a decir a Cortés que estaban en gran riesgo los navios por la mar del norte, que es travesía. Y otro día, muy de mañana, vinieron todos los caciques y principales con todas las canoas y sus mujeres e hijos, y estaban ya en el patio donde teníamos la iglesia y cruz y muchos ramos cortados para andar en procesión. Y desde que los caciques vimos juntos, asi Cortés y capitanes y todos a una con gran devoción anduvimos una muy devota procesión, y el padre de la Merced y Juan Diaz, el clérigo, revestidos, y se dijo misa, y adoramos y besamos la santa cruz, y los caciques e indios mirándonos. Y hecha nuestra solemne fiesta, según el tiempo, vinieron los principales y trajeron a Cortés hasta diez gallinas y pescado y otras legumbres, y nos despedimos de ellos y siempre Cortés encomendándoles la santa imagen y santas cruces, y que las tuviesen muy limpias y barridas, y enramado y que las reverenciasen y hallarian salud y buenas sementeras. Y después de que era ya tarde nos embarcamos, y otro día por la mañana nos hicimos a la vela, y con buen viaje naveos y fuimos la vía de San Juan de Ulúa, y siempre muy juntos a tierra.

Y yendo navegando con buen tiempo, decíamos a Cortés los que sabíamos aquella derrota: Señor, allí queda la Rambla, que en lengua de indios se dice Ayagualulco. Y luego que llegamos en el paraje de Tonalá, que se dice San Antón, se lo señalábamos; más adelante le mostrábamos el gran río de Guazaqualco; y vió, las muy altas sierras nevadas; y luego las sierras de San Martín, y más adelante le mostramos la roca partida, que es unos grandes peñascos que entran en la mar y tienen una señal arriba como a manera de silla; y más adelante le mostramos el río de Alvarado, que es adonde entró Pedro de Alvarado cuando lo de Grijalva; y luego vimos el río de Banderas, que fue donde rescatamos los diez y seis mil pesos, y luego le mostramos la isla Blanca, y también le dijimos adónde quedaba la isla Verde; y junto a tierra vió la isla de Sacrificios, donde hallamos los altares, cuando lo de Grijalva y los indios sacrificados; y luego en buena hora llegamos a San Juan de Ulúa, jueves de la Cena, después de mediodía. Y acuérdome que se llegó un caballero, que se decía Alonso Hernández Puerto Carrero, y dijo a Cortés: Paréceme, señor, que os han venido diciendo estos caballeros que han venido otras dos veces a estas tierras:

Cata Francia, Montesinos;
cata París, la ciudad;
cata las aguas del Duero
do van a dar en la mar.

Yo digo que mire las tierras ricas, y sabeos bien gobernar. Luego Cortés bien entendió a qué fin fueron aquellas palabras dichas, y respondió: Dénos Dios ventura en armas, como al paladín Roldán, que en lo demás, teniendo a vuestra merced, y a otros caballeros por señores, bien me sabré entender. Y dejémoslo, y no pasemos de aquí. Y esto es lo que pasó, y Cortés no entró en el río de Alvarado, como lo dice Gómara.

Capítulo XVI

CÓMO DOÑA MARINA ERA CACICA E HIJA DE GRANDES SEÑ0RES DE PUEBLOS Y VASALLOS, Y DE LA MANERA QUE LA DICHA DOÑA MARINA FUE TRAIDA A TABASCO

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Antes que más meta la mano en lo del gran Montezuma y su gran México y mexicanos, quiero decir lo de doña Marina, cómo desde su niñez fue gran señora y cacica de pueblos y vasallos; y es de esta manera: Que su padre y madre eran señores y caciques de un pueblo que se dice Painala, y tenía otros pueblos sujetos a él, obra de ocho leguas de la villa de Guazacualco; y murió el padre, quedando muy niña, y la madre se casó con otro cacique mancebo, y hubieron un hijo, y según pareció, queríanlo bien al hijo que habían habido; acordaron entre el padre y la madre de darle el cacicazgo después de sus días, y porque en ello no hubiese estorbo, dieron de noche a la niña doña Marina a unos indios de Xicalango, porque no fuese vista, y echaron fama que se había muerto. Y en aquella sazón murió una hija de una india esclava suya y publicaron que era la heredera; por manera que los de Xicalango la dieron a los de Tabasco, y los de Tabasco a Cortés. Y conocí a su madre y a su hermano de madre, hijo de la vieja, que era ya hombre y mandaba juntamente con la madre a su pueblo, porque el marido postrero de la vieja ya era fallecido. Y después de vueltos cristianos se llamó la vieja Marta y el hijo Lázaro, y esto sélo muy bien, porque en el año de mil quinientos veinte y tres años, después de conquistado México y otras provincias, y se había alzado Cristóbal de Olid en las Hibueras, fue Cortés allí y pasó por Guazacualco. Fuimos con él aquel viaje toda la mayor parte de los vecinos de aquella villa, como diré en su tiempo y lugar; y como doña Marina en todas las guerras de la Nueva España y Tlaxcala y México fue tan excelente mujer y buena lengua, como adelante diré, a esta causa la traía siempre Cortés consi(g)o. Y en aquella sazón y viaje se casó con ella un hidalgo que se decía Juan Jaramillo, en un pueblo que se decía Orizaba, delante ciertos testigos, e uno de ellos se decía Aranda, vecino que fue de Tabasco; y aquél contaba el casamiento, y no como lo dice el coronista Gómara. Y la doña Marina tenía mucho ser y mandaba absolutamente entre los indios en toda la Nueva España.

Y estando Cortés en la villa de Guazacualco, envió a llamar a todos los caciques de aquella provincia para hacerles un parlamento acerca de la santa doctrina, y sobre su buen tratamiento, y entonces vino la madre de doña Marina y su hermano de madre, Lázaro, con otros caciques. Días había que me había dicho la doña Marina que era de aquella provincia y señora de vasallos, y bien lo sabía el capitán Cortés y Aguilar, la lengua. Por manera que vino la madre y su hijo, el hermano, y se conocieron, que claramente era su hija, porque se le parecía mucho. Tuvieron miedo de ella, que creyeron que los enviaba (a) hallar para matarlos, y lloraban. Y como así los vió llorar la doña Marina, les consoló y dijo que no hubiesen miedo, que cuando la traspusieron con los de Xicalango que no supieron lo que hacían, y se los perdonaba, y les dió muchas joyas de oro y ropa, y que se volviesen a su pueblo; y que Dios la había hecho mucha merced en quitada de adorar ídolos ahora y ser cristiana, y tener un hijo de su amo y señor Cortés, y ser casada con un caballero como era su marido Juan Jaramillo; que aunque la hicieran cacica de todas cuantas provincias había en la Nueva España, no lo sería, que en más tenía servir a su marido y a Cortés que cuanto en el mundo hay. Y todo esto que digo sé lo yo muy certificadamente, y esto me parece que quiere remedar lo que le acaeció con sus hermanos en Egipto a Josef, que vinieron en su poder cuando lo del trigo. Esto es lo que pasó, y no la relación que dieron a Gómara, y también dice otras cosas que dejo por alto. Y volviendo a nuestra materia, doña Marina sabía la lengua de Guazacualco, que es la propia de México, y sabía la de Tabasco, como Jerónimo Aguilar sabía la de Yucatán y Tabasco, que es toda una; entendíanse bien, y Aguilar lo declaraba en castellano a Cortés; fue gran principio para nuestra conquista, y así se nos hacían todas las cosas, loado sea Dios, muy prósperamente. He querido declarar esto porque sin ir doña Marina no podíamos entender la lengua de la Nueva España y México. Donde lo dejaré y volveré a decir cómo nos desembarcamos en el puerto de San Juan de Ulúa.

Capítulo XVII

CÓMO LLEGAMOS CON TODOS LOS NAVIOS A SAN JUAN DE ULUA. Y DE LO QUE ALLI NOS ACONTECIO LUEGO

En jueves santo de la cena de mil quinientos diez y nueve años llegamos con toda la armada al puerto de San Juan de Ulúa, y como el piloto Alaminos lo sabía muy bien desde cuando vinimos con Juan de Grijalva, luego mandó surgir en parte que los navíos estuviesen seguros del norte, y pusieron en la nao capitana sus estandartes reales y veletas. Y después, obra de media hora que hubimos surgido, vinieron dos canoas muy grandes, que en aquellas partes a las canoas grandes llaman piraguas, y en ellas vinieron muchos indios mexicanos, y como vieron los estandartes y el navío grande, conocieron que allí habían de ir a hablar al capitán. Y fuéronse derechos al navío, y entran dentro y preguntan cuál era el tatuan, que en su lengua dicen el señor, y doña Marina, que bien lo entendió, porque sabía muy bien la lengua, se le mostró a Cortés, y los indios hicieron mucho acato a Cortés a su usanza, y le dijeron que fuese bien venido, y que un criado del gran Montezuma, su señor, les enviaca a saber qué hombres éramos y qué buscábamos, y que si algo hubiésemos menester para nosotros y los navíos, que se lo dijésemos, que traerán recaudo para ello. Y Cortés respondió con las dos lenguas. Aguilar y doña Marina, que se lo tenía en merced, y luego les mandó dar de comer y beber vino, y unas cuentas azules; y desde que hubieron bebido les dijo que veníamos para verlos y contratar, y que no se les haría enojo ninguno, y que hubiesen por buena nuestra llegada (a) aquella tierra. Y los mensajeros se volvieron muy contentos. Y otro día, que fue Viernes Santo de la Cruz, desembarcamos así caballos como artillería en unos montones y médanos de arena que allí hay, altos, que no había tierra llana, sino todos arenales y asestaron los tiros como mejor le pareció al artillero, que se decía Mesa, e hicimos un altar, adonde se dijo luego misa; e hicieron chozas y ramadas para Cortés y para los capitanes, y entre trescientos soldados acarreábamos madera, e hicimos nuestras chozas, y los caballos se pusieron adonde estuviesen seguros, y en esto se pasó aquel Viernes Santo. Y otro día, sábado, víspera de Pascua de la Santa Resurección, vinieron muchos indios que envió un principal que era gobernador de Montezuma, que se decía Pitalpitoque, que después le llamamos Obandillo, y trajeron hachas y adobaron las chozas del capitán Cortés y los ranchos que más cerca hallaron, y les pusieron mantas grandes encima por amor del sol, que era Cuaresma y hacía muy gran calor, y trajeron gallinas y pan de maíz, y ciruelas, que era tiempo de ellas, y paréceme que entonces trajeron unas joyas de oro, y todo lo presentaron a Cortés y dijeron que otro día había de venir un gobernador a traer más bastimento. Cortés se lo agradeció mucho, y les mandó dar ciertas cosas de rescate, con que fueron muy contentos.

Y otro día, Pascua Santa de Resurrección, vino el gobernador que habían dicho, que se decía Tendile, hombre de negocios, y trajo con él a Pitalpitoque, que también era persona entre ellos principal, y traían detrás de sí muchos indios con presentes y gallinas y otras legumbres; y a éstos que lo traían mandó Tendile que se apartasen un poco a un cabo, y con mucha humildad hizo tres reverencias a Cortés a su usanza, y después a todos los soldados que más cerca nos hallamos. Y Cortés les dijo con las lenguas que fuesen bien venidos, y les abrazó y les dijo que esperasen, y que luego les hablaría. Y entre tanto mandó hacer un altar, lo mejor que en aquel tiempo se pudo hacer, y dijo misa cantada fray Bartolomé de Olmedo, que era gran cantor, y la beneficiaba el padre Juan Oíaz, y estuvieron a la misa los dos gobernadores y otros principales de los que traian en su compañía, y oído misa comió Cortés y ciertos capitantes y los dos indios criados del gran Montezuma, y alzadas las mesas, se apartaron Cortés con las dos lenguas y con aquellos caciques, y les dijo cómo éramos cristianos y vasallos del mayor señor que hay en el mundo, que se dice el emperador don Carlos, y que tiene por vasallos y criados a muchos grandes señores, y que por su mandado venimos a estas tierras, porque ha muchos años que tiene noticia de ellos y del gran señor que les manda y que le quiere tener por amigo y decirle muchas cosas en su real nombre; y después que las sepa y haya entendido, se holgará; y también para contratar con él y sus indios y vasallos de buena amistad; y que quería saber dónde manda su merced que se vean. Y el Tendile respondió algo soberbio. y dijo, Aún ahora has llegado y ya le quieres hablar; recibe ahora este presente que te damos en nombre de nuestro señor, y después me dirás lo que te cumpliere. Y luego sacó de una petaca, que es como caja. muchas piezas de oro y de buenas labores y ricas, y mandó traer diez cargas de ropa blanca de algodón y de pluma, cosas muy de ver, y otras cosas que ya no me acuerdo, y mucha comida, que eran gallinas, fruta y pescado asado. Cortés lo recibió riendo y con buena gracia, y les dió cuentas torcidas y otras cuentezuelas de las de Castilla, y les rogó que mandasen en sus pueblos que viniesen a contratar con nosotros, porque él traía muchas cuentas a trocar por oro; y dijeron que así lo mandarían. Y según después supimos, estos Tendile y Pitalpitoque eran gobernadores de unas provincias que se dicen Cotustan y Tustepeque y Guazpaltepeque y Tatalteco y de otros pueblos que nuevamente tenían sojuzgados. Y luego Cortés mandó traer una silla de caderas con entalladuras de tarélcea y unas piedras margaritas, que tienen dentro de sí muchas labores, y envueltas en unos algodones que tenían almizcle porque oliesen bien, y un sartal de diamantes torcidos, y una gorra de carmesí con una medalla de oro de San Jorge como que estaba a caballo con su lanza, que mata un dragón, dijo a Tendile que luego enviase aquella silla en que se asiente el señor Montezuma, que ya sabíamos que así se llamaba, para cuando le vaya a ver y hablar, y que aquella gorra que la ponga en la cabeza, y que aquella piedra y todo lo demás le manda dar el rey nuestro señor en señal de amistad, porque sabe que es gran señor, y que mande señalar para qué día y en qué parte quiere que le vaya a ver. Y el Tendile lo recibió y dijo que su señor Montezuma es tan gran señor que holgara de conocer a nuestro gran rey, y que le llevará presto aquel presente y traerá respuesta.

Y parece ser Tendile traía consigo grandes pintores, que los hay tales en México, y mandó pintar al natural la cara y rostro y cuerpo y facciones de Cortés y de todos los capitanes y soldados, y navíos y velas, y caballos, y a doña Marina y Aguilar, y hasta dos lebreles, y tiros y pelotas, y todo el ejército que traíamos, y lo llevó a su señor. Y luego mandó Cortés a los artilleros que tuviesen muy bien cebadas las lombardas, con buen golpe de pólvora, para que hiciese gran trueno cuando lo soltasen. Y mandó a Pedro de Alvarado que él y todos los de a caballo se aparejasen para que aquellos criados de Montezuma los viesen correr, y que llevasen pretales de cascabeles, y también Cortés cabalgó y dijo: Si en estos médanos de arena pudiéramos correr bueno fuera; mas ya verán que a pie atollamos en el arena; salgamos a la playa después que sea menguante y correremos de dos en dos. Y al Pedro de Alvarado, que era su yegua alazana de gran carrera y revuelta, le dió el cargo de todos los de a caballo; todo lo cual se hizo delante de aquellos dos embajadores, y para que viesen salir los tiros hizo Cortés que los quería tornar a hablar con otros muchos principales, y ponen fuego a las lombardas. Y en aquella sazón hacía calma, y van las piedras por los montes retumbando con gran ruido, y los gobernadores y todos los indios se espantaron de cosas tan nuevas para ellos, y todo lo mandaron pintar a sus pintores para que su señor Montezuma lo viese.

Y parece ser que un soldado tenía un casco medio dorado, y aunque mohoso; y vió el Tendile que era más entremetido indio que el otro, y dijo que le quería ver, que parecía a uno que ellos tenían que les habían dejado sus antepasados y linaje de donde venían, lo cual tenían puesto a sus dioses Huychilobos, y que su señor Montezuma se holgaría de verlo. Y luego se lo dieron, y les dijo Cortés que porque querían saber si el oro de esta tierra es como lo que sacan en la nuestra de los ríos, que le envíen aquel casco lleno de granos de oro para enviarlo a nuestro gran emperador. Y después de todo esto el Tendile se despidió de Cortés y de todos nosotros, y después de muchos ofrecimientos que le hizo Cortés se despidió de él y dijo que él volvería con la respuesta con toda brevedad. Y ya ido Tendile, alcanzamos a saber que, después de ser indio de grandes negocios, fue el más suelto peón que su amo Montezuma tenía. El cual fue en posta y dió relación de todo a su señor, y le mostró todo el dibujo que llevó pintado y el presente que le envió Cortés; y dizque el gran Montezuma, desde que lo vió, quedó admirado y recibió por otra parte mucho contento, y desde que vió el casco y el que tenía su Huichilobos tuvo por cierto que éramos de los que le habían dicho sus antepasados que vendrían a señorear aquella tierra.

Aquí es donde dice el coronista Gómara muchas cosas que no le dieron buena relación. Y dejado he y diré lo que más acaeció.

Capítulo XVIII

CÓMO FUE TENDlLE A HABLAR CON MONTEZUMA Y A LLEVAR PRESENTES, Y LO QUE SE HIZO EN NUESTRO REAL

Desde que fue Tendile con el presente que el capitán Cortés le dió para su señor Montezuma, y había quedado en nuestro real el otro gobernador, que se decía Pitalpitoque, quedó en unas chozas apartadas de nosotros, y allí trajeron indias para que hiciesen pan de su maíz, y gallinas y fruta y pescado, y de aquello proveían a Cortés y a los Capitanes que comían con él, que a nosotros los soldados, si no lo mariscábamos o íbamos a pescar, no lo teníamos. Y en aquella sazón vinieron muchos indios de los pueblos por mí nombrados, donde eran gobernadores aquellos criados del gran Montezuma, y traían algunos de ellos oro y joyas de poco valor y gallinas a trocar por nuestros rescates, que eran cuentas verdes y diamantes y otras joyas, y con aquello nos sustentábamos, porque comúnmente todos los soldados traíamos rescate, como teníamos aviso cuando lo de Grijalva que era bueno traer cuentas. Y en esto se pasaron seis o siete días. Y estando en esto vino Tendile una mañana con más de cien indios cargados; y venían con ellos un gran cacique mexicano, y en el rostro y facciones y cuerpos se parecía al capitán Cortés, y adrede le envió el gran Montezuma, porque según dijeron, que cuando a Cortés lo llevó Tendile dibujado su misma figura, todos los principales que estaban con Montezuma dijeron que un principal que se decía Quintalbor se le parecía a lo propio a Cortés, que así se llamaba aquel gran cacique que venía con Tendile, y como parecía a Cortés, así le llamábamos en el real, Cortés acá, Cortés acullá. Volvamos a su venida, y lo que hicieron. Que en llegando donde nuestro capitán estaba, besó la tierra, y con braseros que traían de barro, y en ellos su incienso, le sahumaron, y a todos los demás soldados que cerca nos hallamos. Y Cortés les mostró mucho amor, y asentolos cabe sí.

Y aquel principal que venía con aquel presente traía cargo de hablar juntamente con el Tendile; ya he dicho que se decía Quintalbor. Y después de haber dado el parabién venido a aquella tierra y otras muchas pláticas que pasaron, mandó sacar el presente que traían, y encima de unas esteras que llaman petates, y tendidas otras mantas de algodón encima de ellas, y lo primero que dió fue una rueda de hechura de sol de oro muy fino, que sería tamaña como una rueda de carreta, con muchas maneras de pinturas, gran obra de mirar, que valía, a lo que después dijeron, que la habían pesado, sobre diez mil pesos, y otra mayor rueda de plata, figurada la luna, y con muchos resplandores y otras figuras en ella, y ésta era de gran peso, que valía mucho; y trajo el casco lleno de oro en granos chicos, como le sacan de las minas, que valía tres mil pesos. Aquel oro del casco tuvimos en más por saber cierto que había buenas minas, que si trajeran veinte mil pesos. Más trajo veinte ánades de oro, muy prima labor y muy al natural, y unos como perros de los que entre ellos tienen, y muchas piezas de oro de tigres y leones y monos; y diez collares hechos de una hechura muy prima, y otros pinjantes; y doce flechas y un arco con su cuerda, y dos varas como de justicia, de largor de cinco palmos; y todo esto que he dicho de oro muy fino y de obra vaciadizo. Y luego mandó traer penachos de oro y de ricas plumas verdes y otros de plata, y aventadores de lo mismo; pues venados de oro, sacados de vaciadizo, y fueron tantas cosas que como ya ha tantos años que pasó no me acuerdo de todo. Y luego mandó traer allí sobre treinta cargas de ropa de algodón, tan prima y de muchos géneros de labores, y de pluma de muchos colores, que por ser tantas no quiero en ello meter más la pluma porque no lo sabré escribir. Y después que lo hubo dado, dijo aquel gran cacique Quintalbor, y el Tendile, a Cortés, que reciba aquello con la gran voluntad que su señor se la envía, y que la reparta con los teules y hombres que consigo trae. Y Cortés con alegría lo recibió, y dijeron a Cortés aquellos embajadores que le querían hablar lo que su señor le envía a decir, y lo primero que le dijeron que se ha holgado que hombres tan esforzados vengan a su tierra, como le han dicho que somos, porque sabía lo de Tabasco, y que deseará mucho ver a nuestro gran emperador, pues tan gran señor es, pues de tan lejanas tierras como venimos tiene noticia de él, y que le enviará un presente de piedras ricas, y que entretanto que allí en aquel puerto estuviéremos, si en algo nos puede servir que lo hará de buena voluntad; y cuanto a las vistas, que no curasen de ellas, que no había para qué, poniendo muchos inconvenientes.

Cortés les tornó a dar las gracias con buen semblante por ello, y con muchos halagos y ofrecimientos dió a cada gobernador dos camisas de Holanda, y diamantes azules y otras casillas, y les rogó que volviesen por su embajador a México a decir a su señor, el gran Montezuma, que pues habíamos pasado tantas mares y veníamos de tan lejanas tierras solamente por verle y hablar de su persona a la suya, que si así se volviese que no le recibirá de buena manera nuestro gran rey y señor, y que adonde quiera que estuviere le quiere ir a ver y hacer lo que mandare. Y los gobernadores dijeron que ellos irían y se lo dirían, mas que las vistas que dice, que entienden que son por demás. Y envió Cortés con aquellos mensajeros a Montezuma de la pobreza que traíamos, que era una copa de vidrio de Florencia, labrada y dorada con muchas arboledas y monterías que estaban en la copa, y tres camisas de Holanda, y otras cosas, y les encomendó la respuesta. Y fuéronse estos dos gobernadores, y quedó en el real Pitalpitoque, que parece ser le dieron cargo los demás criados de Montezuma para que trajese la comida de los pueblos más cercanos.

Luego Cortés mandó ir dos navíos a descubrir la costa adelante, y por capitán de ellos a Francisco de Montejo, y le mandó que siguiese el viaje que habíamos llevado con Juan de Grijalva, porque el mismo Montejo había venido en nuestra compañía, como otra vez he dicho; y que procurase de buscar puerto seguro y mirase por tierras en que pudiésemos estar, porque ya bien veía que en aquellos arenales no nos podíamos valer de mosquitos, y estar tan lejos de poblazones. Y mandó al piloto Alaminos y a Juan Alvarez, el Manquillo, fuesen por pilotos, porque como ya sabían aquella derrota, y que diez días navegasen costa a costa todo lo que pudiesen. Y fueron de la manera que les fue mandado, y llegaron en el paraje del río grande. que es cerca de Pánuco; y desde allí adelante no pudieron pasar por las grandes corrientes; que fue el río donde la otra vez llegamos, cuando lo del capitán Juan de Grijalva.

Y dejarlo he ahora, y pasemos adelante y digamos que en aquellos arenales donde estábamos había siempre muchos mosquitos, así de los zancudos como de los chicos, que llaman xexenes, que son peores que los grandes, y no podíamos dormir de ellos, y no había bastimentos, y el cazabe se apocaba, y muy mohoso y sucio de las fátulas, y algunos soldados de los que solían tener indios en la isla de Cuba, suspirando por volverse a sus casas, en especial de los criados y amigos de Diego Velázquez; y como Cortés así vido la cosa y voluntades, mandó que nos fuésemos al pueblo que había visto Montejo y el piloto Alaminos, que estaba en fortaleza, que se dice Quiauiztlan, y que los navíos estarían al abrigo del peñol por mí nombrado. Y como se ponía por la obra para nos ir, todos los amigos y deudos y criados de Diego Velázquez dijeron a Cortés que para qué quería hacer aquel viaje sin bastimentos, y que no tenía posibilidad para pasar más adelante, porque ya se habían muerto en nuestro real de heridas de lo de Tabasco y de dolencias y hambre, sobre treinta y cinco soldados, y que la tierra era grande y las poblazones de mucha gente, y que nos darían guerra un día que otro, y que sería mejor que nos volviésemos a Cuba y dar cuenta a Diego Velázquez del oro rescatado, pues era cantidad, y de los grandes presentes de Montezuma, que era el sol y luna de plata y el casquete de oro menudo de minas, y de todas las joyas y ropa por mí memoradas. Y Cortés les respondió que no es buen consejo volver sin ver por qué, y que hasta ahora que no nos podíamos quejar de la fortuna, y que diésemos gracias a Dios que en todo nos ayudaba, y que en cuanto a los que se han muerto, que en las guerras y trabajos suele acontecer, y que será bien saber lo que hay en la tierra, y que entretanto del maíz y bastimentos que tienen los indios y pueblos cercanos comeríamos o mal nos andarían las manos. Y con esta respuesta se sosegó algo la parcialidad de Diego Velázquez, aunque no mucho, que ya había corrillos de ellos y plática en el real sobre la vuelta a Cuba. Y dejarlo he aquí, y diré lo que más avino.

Capítulo XIX

CÓMO ALZAMOS A HERNANDO CORTÉS POR CAPITÁN GENERAL Y JUSTICIA MAYOR DE ESTAS TIERRAS HASTA QUE SU MAJESTAD MANDASE LO QUE HUBIERE MENESTER Y CONVINIERA. Y DE LO QUE EN ELLO SE HIZO

Ya he dicho que en el real andaban los parientes y amigos de Diego Velázquez perturbando que no pasásemos adelante, y que desde allí, de San Juan de Ulúa, nos volviésemos a la isla de Cuba. Parece ser que ya Cortés tenía puesto en pláticas con Alonso Hernández Puertocarrero y con Pedro de Alvarado y sus cuatro hermanos, Jorge y Gonzalo y Gómez y Juan, todos Alvarados: y con Cristóbal de Olid, y Alonso de Avila, y Juan de Escalante, y Francisco de Lugo, y conmigo y otros caballeros y capitanes, que le pidiésemos por capitán, Francisco de Montejo bien lo entendió, y estábase a la mira, y una noche, a más de medianoche, vinieron a mi choza Alonso Hernández Puerto Carrero y Juan de Escalante y Francisco de Luqo, que éramos algo deudos yo y Lugo, y de una tierra, y me dijeron: ¡Ah, señor Bernal Díaz del Castillo, salid acá con vuestras armas a rondar, acompañaremos a Cortés, que anda rondando! Y desde que estuve apartado de la choza me dijeron: Mirad, señor, tened secreto de un poco que os queremos decir, que pesa mucho, y no lo entiendan los compañeros que están en vuestro rancho, que son de la parte de Dieqo Velázquez. Y lo que me platicaron fue: ¡Paréceos, señor, bien que Hernando Cortés así nos haya traído engañados a todos, y dió pregones en Cuba que venía a poblar, y ahora hemos sabido que no trae poder para ello, sino para rescatar, y quieren que nos volvamos a Santiaqo de Cuba con todo el oro que se ha habido, y quedaremos todos perdidos, y tomarse ha el oro Diego Velázquez, como la otra vez. Mirad, señor, que habéis venido ya tres veces con esta postrera, gastando vuestros haberes, y habéis quedado empeñado, aventurando tantas veces la vida con tantas heridas; hacémoslo, señor, saber porque no pase esto más adelante, y estamos muchos caballeros que sabemos que son amigos de vuestra merced para que esta tierra se pueble en nombre de Su Majestad, y Hernando Cortés en su real nombre, y en teniendo que tengamos posibilidad, hacerlo saber en Castilla a nuestro rey y señor, y tenga, señor, cuidado de dar el voto para que todos le elijamos por capitán, de unánime voluntad, porque es servicio de Dios y de nuestro rey y señor. Yo respondí que la ida de Cuba no era buen acuerdo, y que sería bien que la tierra se poblase y que eligiésemos a Cortés por general y justicia mayor, hasta que Su Majestad otra cosa mandase. Y andando de soldado en soldado este concierto, alcánzanlo a saber los deudos y amigos de Diego Velázquez, que eran muchos más que nosotros; y con palabras algo sobradas dijeron a Cortés que para qué andaban con mañas para quedarse en esta tierra, sin ir a dar cuenta a quien le envió para ser capitán, porque Diego Velázquez no se lo tendría a bien; y que luego nos fuésemos a embarcar, y que no curase de más rodeos y andar en secretos con los soldados, pues no tenía bastimentos, ni gente, ni posibilidad para que pudiese poblar.

Y Cortés respondió sin mostrar enojo, y dijo que le placia, que no iría contra las instrucciones y memorias que traía de Diego Velázquez, y mandó luego pregonar que para otro día todos nos embarcásemos, cada uno en el navío que había venido. Y los que habíamos sido en el concierto le respondimos que no era bien traernos así engañados; que en Cuba pregonó que venía a poblar, y que viene a rescatar, y que le requerimos de parte de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad que luego poblase y no hiciese otra cosa, porque era muy gran bien y servicio de Dios y de Su Majestad. Y se le dijo muchas cosas bien dichas sobre el caso, diciendo que los naturales no nos dejarían desembarcar otra vez como ahora, y que en estar poblada esta tierra siempre acudirían de todas las islas soldados para ayudarnos, y que Dieqo Velázquez nos ha echado a perder con publicar que tenía provisiones de Su Maiestad para poblar, siendo al contrario, y que nosotros queríamos poblar y que se fuese quien quisiese a Cuba. Por manera que Cortés aceptó, y aunque se hacia mucho de rogar, y como dice el refrán, tú me lo ruegas y yo me lo quiero; y fue con condición que le hiciésemos justicia mayor y capitán general, y lo peor de todo que le otorgamos que le diésemos el quinto del oro de lo que se hubiese, después de sacado el real quinto. Y luego le dimos poderes muy vastísimos, delante de un escribano del rey que se decía Diego de Godoy, para todo lo por mí aquí dicho. Y luego ordenamos de hacer y fundar y poblar una villa que se nombró la Villa Rica de la Vera Cruz, porque llegamos jueves de la Cena y desembarcamos en Viernes Santo de la Cruz, y rica por aquel caballero que se llegó a Cortés y le dijo que mirase las tierras ricas y que se supiese bien gobernar, y quiso decir que se quedase por capitán general, el cual era D. Alonso Hernández de Puertocarrero.

Y volvamos a nuestra relación. Y fundada la villa, hicimos alcaldes y regidores, y fueron los primeros alcaldes Alonso Hernández Puertocarrero y Francisco de Montejo, y a este Montejo, porque no estaba muy bien con Cortés, por meterle en los primeros y principal, le mandó nombrar por alcalde: y los regidores dejarlos he de escribir, porque no hace al caso que nombre algunos; y diré cómo se puso una picota en la plaza y fuera de la villa una horca, y señalamos por capitán para las entradas a Pedro de Alvarado, y maestre de campo a Cristóbal de Olid, y alguacil mayor a Juan de Escalante, y tesorero Gonzalo Mejía, y contador Alonso de Avila, y alférez a fulano Corral, porque el Villarroel, que había sido alférez, no sé qué enojo había hecho a Cortés, sobre una india de Cuba, y se le quitó el cargo: y alguacil del real a Ochoa, vizcaíno, y a un Alonso Romero.

Después que (los de) la parcialidad de Diego Velázquez vieron que de hecho habíamos elegido a Cortés por capitán general y justicia mayor, nombrada la villa y alcaldes y regidores, y nombrado capitán a Pedro de Alvarado, y alguacil mayor y maestre de campo, y todo lo por mí dicho, estaban tan enojados y rabiosos que comenzaron a armar bandos y chirinolas, y aun palabras muy mal dichas contra Cortés y contra los que le elegimos: y que no era bien hecho sin ser sabedores de ello todos los capitanes y soldados que allí venían, y que no le dió tales poderes Diego Velázquez sino para rescatar, y harto teníamos los del bando de Cortés de mirar que no se desvergonzasen más y viniésemos a las armas. Entonces avisó Cortés secretamente a Juan de Escalante que le hiciésemos parecer las instrucciones que traía de Diego Velázquez, lo cual luego Cortés las sacó del seno y las dió a un escribano del rey que las leyese, y desde que decía en ellas: Desque hubiéredes rescatado lo más que pudiéredes, os volveréis, y venían firmadas de Diego Velázquez y refrendadas de su secretario Andrés de Duero, pedimos a Cortés que las mandase incorporar juntamente con el poder que le dimos, y asimismo el pregón que se dió en la isla de Cuba, y esto fue a causa que Su Majestad supiese en España cómo todo que hacíamos era en su real servicio, y no nos levantasen alguna cosa contraria de la verdad: y fue harto buen acuerdo, según en Castilla nos trataba don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, que así se llamaba, lo cual supimos por muy cierto que andaba por destruirnos, como adelante diré.

Hecho esto, volvieron otra vez los mismos amigos y criados de Diego Velázquez a decir que no estaba bien hecho haberle elegido sin ellos, y que no querían estar bajo de su mando, sino volverse luego a la isla de Cuba. Y Cortés les respondía que él no detendría a ninguno por fuerza, y cualquiera que le viniese a pedir licencia se la daría de buena voluntad, aunque se quedase solo; y con esto los asosegó a algunos de ellos, excepto a Juan Velázquez de León, que era pariente de Diego Velázquez, y a Diego de Ordaz, y a Escobar, que llamábamos el Paje, porque había sido criado de Diego Velázquez, y a Pedro Escudero y a otros amigos de Diego Velázquez. Y a tanto vino la cosa, que poco ni mucho le querían obedecer, y Cortés, con nuestro favor, determinó de prender a Juan Velázquez de León, y a Diego de Ordaz, y a Escobar el Paje, y a Pedro Escudero, y a otros que ya no recuerdo; y por los demás mirábamos no hubiese algún ruido, y estuvieron presos con cadenas y velas que les mandaban poner ciertos días. Y pasaré adelante, y diré cómo fue Pedro de Alvarado a entrar en un pueblo cerca de allí, que se decía Cotastan, que eran de lengua de Culúa, y este nombre de Culúa es en aquella tierra como si dijesen los romanos o sus aliados; así es toda la lengua de la parcialidad de México y de Montezuma, y a este fin en toda esta tierra. cuando dijese Culúa, son vasallos y sujetos a México, y así se han de entender.

Y allí dormimos aquella noche, y no hubo qué cenar, y otro día caminamos la tierra adentro hacia el poniente, y dejamos la costa, y no sabíamos el camino, y topamos unos buenos prados, que llaman sabanas, y estaban paciendo unos venados, y corrió Pedro de Alvarado con su yegua alazana tras un venado, y le dió una lanzada, y herido se metió por un monte, que no se pudo haber. Y estando en esto vimos venir doce indios que eran vecinos de aquellas estancias donde habíamos dormido, y venían de hablar a su cacique, y traían gallinas y pan de maíz, y dijeron a Cortés, con nuestras lenguas, que su señor envía aquellas gallinas que comiésemos, y nos rogaba fuésemos a su pueblo, que estaba de allí, a lo que señalaron, andadura de un día, porque es un sol. Y Cortés les dió las gracias y les halagó, y caminamos adelante y dormimos en otró pueblo chico, que también tenía hechos muchos sacrificios. Y porque estarán hartos de oír de tantos indios e indias que hallábamos sacrificados en todos los pueblos y caminos que topábamos, pasaré delante sin decir de qué manera y qué cosas tenían, y diré cómo nos dieron en aquel poblezuelo de cenar, y supimos que era por Cempoal el camino para ir Quiauiztlan, que ya he dicho que estaba en una fuerza. Y pasaré adelante, y diré cómo entramos en Cempoal.

Y estando en él vinieron luego a decir a Cortés que venía el cacique gordo de Cempoal en andas y a cuestas de muchos indios principales. Y desde que llegó el cacique estuvo hablando con Cortés, juntamente con el cacique y otros principales de aquel pueblo, dando tantas quejas de Montezuma; y contaba de sus grandes poderes, y decíalo con lágrimas y suspiros, que Cortés y los que estábamos presentes tuvimos mancilla. Y demás de contar por qué vía les había sujetado, que cada año les demandaba muchos hijos e hijas para sacrificar, y otros para servir en sus casas y sementeras; y otras muchas quejas, que fueron tantas, que ya no se me acuerda; y que los recaudadores de Montezuma les tomaban sus mujeres e hijas si eran hermosas, y las forzaban; y que otro tanto hacían en toda aquella tierra de la lengua totonaque, que eran más de treinta pueblos. Y Cortés les consolaba con nuestras lenguas cuanto podía. y que les favorecería en todo lo que pudiese, y quitaría aquellos robos y agravios, y que para eso le envió a estas partes el emperador nuestro señor; y que no tuviesen pena ninguna, y que presto lo verían, lo que sobre ello hacíamos, y con estas palabras recibieron algún contento; mas no se les aseguraba el corazón, con el gran temor que tenían a los mexicanos.

Y estando en estas pláticas vinieron unos indios del mismo pueblo muy de prisa a decir a todos los caciques que allí estaban hablando con Cortés cómo venían cinco mexicanos, que eran los recaudadores de Montezuma, y desde que lo oyeron se les perdió la color y temblaban de miedo; y dejan solo a Cortés y los salen a recibir; y de presto les enraman una sala y les guisan de comer y les hacen mucho cacao, que es la mejor cosa que entre ellos beben. Y cuando entraron por el pueblo los cinco indios vinieron por donde estábamos, porque allí estaban las casas del cacique y nuestros aposentos, y pasaron con tanta continencia y presunción que sin hablar a Cortés ni a ninguno de nosotros se fueron delante. Y traían ricas mantas labradas, y los bragueros de la misma manera (que entonces bragueros se ponían), y el cabello lucio y alzado, como atado en la cabeza, y cada uno con unas rosas, oliéndolas, y mosqueadores que les traían otros indios como criados; y cada uno un bordón como garabato en la mano, y muy acompañados de principales de otros pueblos de la lengua totonaque, y hasta que los llevaron (a) aposentar y les dieron de comer muy altamente, no los dejaron de acompañar. Y después que hubieron comido, mandaron llamar al cacique gordo y a todos los más principales y les riñeron que por qué nos habían hospedado en sus pueblos, y qué tenían ahora que hablar y ver con nosotros, y que su señor Montézuma no será servido de aquello, porque sin su licencia y mandado no nos habían de recoger, ni dar joyas de oro. Y sobre ello al cacique gordo y a los demás principales les dijeron muchas amenazas, y que luego les diesen veinte indios e indias para aplacar a sus dioses por el maleficio que habían hecho. Y estando en esto, Cortés preguntó a doña Marina y a Jerónimo de Aguilar, nuestras (lenguas), que de qué estaban alborotados los caciques desde que vinieron aquellos indios, y quién eran. Y la doña Marina, que muy bien lo entendió, le contó lo que pasaba. Y luego Cortés mandó llamar al cacique gordo y a todos los más principales, y les dijo que quién eran aquellos indios que les hacían tanta fiesta; y dijeron que los recaudadores del gran Montezuma, y que vienen a ver por qué causa nos habían recibido sin licencia de su señor, y que les demandan ahora veinte indios e indias para sacrificar a su dios Huichilobos, porque les dé victoria contra nosotros, porque han dicho que dice Montezuma que los quiere tomar para que sean sus esclavos.

Como Cortés entendió lo que los caciques le decían, les dijo que ya les había dicho otras veces que el rey nuestro señor le mandó que viniese a castigar los malhechores, y que no consintiese sacrificios ni robos, y pues aquellos recaudadores venían con aquella demanda, les mandó que luego les aprisionasen y los tuviesen presos hasta que su señor Montezuma sepa la causa cómo vienen a robar y a llevar por esclavos sus hijos y mujeres y (a) hacer otras fuerzas.

Dejémoslo así, que luego que esto fue hecho todos los caciques de Cempoal y de aquel pueblo y de otros que se habían allí juntado de la lengua totonaque, dijeron a Cortés que qué harían, que ciertamente vendrían sobre ellos los poderes de México, del gran Montezuma, y que no podrían escapar de ser muertos y destruidos. Y dijo Cortés con semblante muy alegre que él y sus hermanos que allí estábamos, les defenderíamos y mataríamos a quien enojarlos quisiese. Entonces prometieron todos aquellos pueblos y caciques a una que serían con nosotros en todo lo que les quisiésemos mandar, y juntarían sus poderes contra Montezuma y todos sus aliados. Y aquí dieron la obediencia a Su Majestad, por ante un Diego de Godoy, el escribano, y todo lo que pasó lo enviaron a decir a los más pueblos de aquella provincia. Como ya no daban tributo ninguno y los recogedores no parecían, no cabían de gozo haber quitado aquel dominio. Y dejemos esto y diré cómo acordamos de nos bajar a lo llano, a unos prados, donde comenzamos a (a) hacer una fortaleza. Esto es lo que pasó, y no la relación que sobre ello dieron al coronista Gómara.

Capítulo XX

CÓMO ACORDAMOS DE POBLAR LA VILLA RICA DE LA VERA CRUZ Y DE HACER UNA FORTALEZA EN UNOS PRADOS, JUNTO A UNAS SALINAS Y CERCA DEL PUERTO DEL NOMBRE FEO, DONDE ESTABAN ANCLADOS NUESTROS NAVIOS, Y DE OTRAS COSAS MAS QUE ALLI SE HICIERON

Después que hubimos hecho liga y amistad con más de treinta pueblos de las sierras, que se decían los totonaques, que entonces se rebelaron al gran Montezuma y dieron la obediencia a Su Majestad, y se profirieron de nos servir, con aquella ayuda tan presta acordamos de fundar la Villa Rica de la Vera Cruz, en unos llanos, media legua del pueblo, que estaba como en fortaleza que se dice Quiauiztlan, y trazada iglesia y plaza y atarazanas, y todas las cosas que convenían para ser villa, e hicimos una fortaleza y desde en los cimientos, y en acabada de tener alta para enmaderar y hechas troneras y cubos y barbacanas, dimos tanta prisa, que desde Cortés, que comenzó el primero a sacar tierra a cuestas y piedras y ahondar los cimientos, como todos los capitanes y soldados, a la continua entendíamos en ello, y trabajábamos por acabarla de presto, los unos en los cimientos, y otros en hacer las tapias, y otros en acarrear agua, y en las caleras, en hacer ladrillos y tejas, y en buscar comida; otros en la madera, los herreros en la clavazón, porque teníamos dos herreros, y de esta manera trabajamos en ello a la continua desde el mayor hasta el menor.

Dejemos de hablar en esto y diré que como aquellos pueblos de la sierra, nuestros amigos, y el pueblo de Cempoal solían estar de antes muy temerosos de los mexicanos, creyendo que el gran Montezuma los había de enviar a destruir con sus grandes ejércitos de guerreros, y desde que vieron a aquellos parientes del gran Montezuma que venían con el presente, y a darse por servidores de Cortés y de todos nosotros, estaban espantados y decían unos caciques a otros que ciertamente éramos teules, pues que Montezuma nos había miedo, pues enviaba oro en presentes. Y si de antes teníamos mucha reputación de esforzados, de allí adelante nos tuvieron en mucho más.

Volvamos a nuestra relación. Que como salimos de aquellos pueblos que dejamos en paz, yendo para Cempoal, estaban el cacique gordo con otros principales aguardándonos en unas chozas, con comida; que, aunque son indios, vieron y entendieron que la justicia es santa y buena, y que las palabras que Cortés les había dicho que veníamos a desagraviar y quitar tiranías conformaba con lo que pasó, y tuviéronnos en mucho más que antes. Y allí dormimos en aquellas chozas, y todos los caciques nos llevaron acómpañando hasta los aposentos de su pueblo; y verdaderamente quisieran que no saliéramos de su tierra, porque se temían de Montezuma no enviase su gente de guerra contra ellos. Y dijeron a Cortés que pues éramos ya sus amigos, que nos quieren tener por hermanos, que será bien que tomásemos de sus hijas y parientes para hacer generación; y que para que más fijas sean las amistades trajeron ocho indias, todas hijas de caciques, y dieron a Cortés una de aquellas cacicas, y era sobrina del mismo cacique gordo; y otra dieron a Alonso Hernández Puerto Carrero, y era hija de otro gran cacique que se decía Cuesco en su lengua; y traíanlas vestidas a todas ocho con ricas camisas de la tierra y bien ataviadas a su usanza, y cada una de ellas un collar de oro al cuello, y en las orejas zarcillos de oro; y venían acompañadas de otras indias para servirse de ellas. Y cuando el cacique gordo las presentó, dijo a Cortés: Tecle (que quiere decir en su lengua señor), estas siete mujeres son para los capitanes que tienes, y esta, que es mi sobrina, es para ti, que es señora de pueblos y vasallos. Cortés la (s) recibió con alegre semblante, y les dijo que se lo tenía en merced, mas para tomarlas como dice y que seamos hermanos que hay necesidad que no tengan aquellos ídolos en que creen y adoran, que los traen engañados, y que no les sacrifiquen más ánimas, y que como él vea aquellas cosas malísimas en el suelo y que no sacrifican, que luego tendrán con nosotros muy más fija la hermandad, y que aquellas mujeres que se volverán cristianas primero que las recibamos, y que también habían de ser limpios de sodomías, porque tenían muchachos vestidos en hábitos de mujeres que andaban a ganar en aquel maldito oficio, y cada día sacrificaban delante de nosotros tres o cuatro o cinco indios, y los corazones ofrecían a sus ídolos, y la sangre pegaban por las paredes, y cortábanles las piernas y los brazos y muslos, y lo comían como vaca que se trae de las carnicerías en nuestra tierra, y aun tengo creído que lo vendían por menudo en los tianguez, que son mercados: y que como estas maldades se quiten y que no lo usen, que no solamente les seremos amigos, mas que les hará que sean señores de otras provincias. Y todos los caciques, papas y principales respondieron que no les estaba bien dejar su ídolos y sacrificios, y que aquellos sus dioses les daban salud y buenas sementeras y todo lo que habían menester; y que en cuanto a lo de las sodomías, que pondrán resistencia en ello para que no se use más.

Y como Cortés y todos nosotros vimos aquella respuesta tan desacatada, y habíamos visto tantas crueldades y torpedades, ya por mí otra vez dichas, no las pudimos sufrir. Entonces nos habló Cortés sobre ella y nos trajo a la memoria unas buenas y muy santas doctrinas, y que cómo podíamos hacer ninguna cosa buena si no volvíamos por la honra de Dios y en quitar los sacrificios que hacían a los ídolos, y que estuviésemos muy apercibidos para pelear si nos viniesen a defender que no se los derrocásemos, y que aunque nos costase las vidas, en aquel día habían de venir al suelo. Y puesto que estamos todos muy a punto con nuestras armas, como lo teníamos de costumbre, para pelear, les dijo Cortés a los caciques que los habían de derrocar. Y desde que aquello vieron, luego mandó el cacique gordo a otros sus capitanes que se apercibiesen muchos guerreros en defensa de sus ídolos: y desque queríamos subir en un alto cu, que es su adoratorio, que estaba alto y había muchas gradas, que ya no se me acuerda qué tantas eran, vino el cacique gordo con otros principales, muy alborotados y sañudos, y dijeron a Cortés que por qué les queríamos destruir, y que si les hacíamos deshonor a sus dioses o se los quitábamos, que todos ellos perecerían, y aun nosotros con ellos. Y Cortés les respondió muy enojado que otras veces les ha dicho que no sacrifiquen a aquellas malas figuras, porque no les traigan más engañados, y que a esta causa los veníamos a quitar de allí, y que luego a la hora los quitasen ellos, si no que los echaríamos a rodar por las gradas abajo; y les dijo que no los tendríamos por amigos, sino por enemigos mortales, pues que les da buen consejo y no lo quieren creer; y porque ha visto que han venido sus capitanías puestas en armas de guerreros, que está enojado de ellos y que se lo pagarán con quitarles las vidas. Y desde que vieron a Cortés que les decía aquellas amenazas, y nuestra lengua doña Marina que se los sabía muy bien dar a entender, y aun les amenazaba con los poderes de Montezuma, que cada día los aguardaban, por temor de esto dijeron que ellos no eran dignos de llegar a sus dioses, y que si nosotros los queríamos derrocar, que no era con su consentimiento; que se los derrocásemos o hiciésemos lo que quisiésemos. Y no lo hubo bien dicho cuando subimos sobre cincuenta soldados y los derrocamos, y vienen rodando aquellos sus ídolos hechos pedazos, y eran de manera de dragones espantables, tan grandes como becerros, y otras figuras de manera de medio hombre, y de perros grandes, y de malas semejanzas. Y cuando así los vieron hechos pedazos, los caciques y papas que con ellos estaban lloraban y taparon los ojos, y en su lengua totonaque les decían que los perdonasen, y que no era más en su mano, ni tenían culpa, sino esos teules, que os derrocan, y que por temor de los mexicanos no nos daban guerra. Y cuando aquello pasó comenzaban las capitanías de los indios guerreros que he dicho que venían a darnos guerra a querer flechar, y desde que aquello vimos echamos mano al cacique gordo y a seis papas y a otros principales, y les dijo Cortés que si hacían algún descomedimiento de guerra, que habían de morir todos ellos. Y luego el cacique gordo mandó a sus gentes que se fuesen de delante de nosotros y que no hiciesen guerra. Y después que Cortés los vió sosegados les hizo un parlamento, lo cual diré adelante, y así se apaciguó todo.

Y esto de Cingapacinga fue la primera entrada que hizo Cortés en la Nueva España, y fue harto provecho, y no como dice el coronista Gómara, que matamos y prendimos y asolamos tantos millares de hombres en lo de Cingapacinga, y miren los curiosos que esto leyeren cuánto va de lo uno a lo otro, por muy buen estilo que lo dice en su crónica, pues en todo lo que escribe no pasa como dice.

Capítulo XXI

CÓMO CORTES MANDO HACER UN ALTAR Y SE PUSO UNA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA Y UNA CRUZ, Y SE DIJO LA SANTA MISA Y SE BAUTIZARON LAS OCHO INDIAS

Como ya callaban los caciques y papas y todos los más principales, mandó Cortés que a los ídolos que derrocamos, hechos pedazos, que los llevasen adonde no pareciesen más y los quemasen; y luego salieron de un aposento ocho papas, que tenían cargos de ellos, y toman sus ídolos y los llevan a la misma casa donde salieron, y los quemaron. El hábito que traían aquellos papas eran unas mantas prietas a manera de sotanas y lobas, largas hasta los pies, y unos como capillos que querían parecer a los que traen los canónigos, y otros capillos traían más chicos, como los que traen los dominicos; y traían el cabello muy largo hasta la cinta, y aun algunos hasta los pies, llenos de sangre pegada y muy enretrados, que no se podían esparcir; y las orejas hechas pedazos, sacrificados de ellas, y hedían como azufre, y tenían otro muy mal olor, como de carne muerta; y según decían y alcanzamos a saber, aquellos papas eran hijos de principales y no tenían mujeres, mas tenían el maldito oficio de sodomías, y ayunaban ciertos días; y lo que yo les veía comer eran unos meollos o pepitas del algodón cuando lo desmontan, salvo si ellos no comían otras cosas que yo no se las pudiese ver.

Dejemos a los papas y volvamos a Cortés, que les hizo un muy buen razonamiento con nuestras lenguas doña Marina y Jerónimo de Aguilar, y les dijo que ahora les tendríamos como a hermanos, y que les favorecería en todo lo que pudiese contra Montezuma y sus mexicanos, porque ya envió a mandar que no les diesen guerra ni les llevasen tributo. Y que pues en aquellos sus altos cúes no habían de tener más ídolos, que él les quiere dejar una gran señora, que es madre de Nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos y adoramos, para que ellos también la tengan por señora y abogada, y sobre ello y otras cosas de pláticas que pasaron se les hizo un muy buen razonamiento, y tan bien propuesto para según el tiempo que no había más que decir, y se les declaró muchas cosas tocantes a nuestra santa fe, tan bien dichas como ahora los religiosos se lo dan a entender, de manera que lo oían de buena voluntad. Y luego les mandó llamar todos los indios albañiles que había en aquel pueblo y traer mucha cal para que lo aderezasen, y mandó que quitasen las costras de sangre que estaban en aquellos cúes, y que lo aderezasen muy bien. Y luego otro día se encaló y se hizo un altar con buenas mantas; y mandó traer muchas rosas, de las naturales que había en la tierra, que eran bien olorosas, y muchos ramos, y lo mandó enramar y que lo tuviesen limpio y barrido a la continua. Y para que tuviesen cargo de ello, apercibió a cuatro papas que se trasquilasen el cabello, que los traían largos, como otra vez he dicho, y que vistiesen mantas blancas y se quitasen las que traían, y que siempre anduviesen limpios y que sirviesen aquella santa imagen de Nuestra Señora, en barrer y enramar, y para que tuviesen más cargo de ello puso a un nuestro soldado cojo y viejo, que se decía Juan de Torres, de Córdoba, que estuviese allí por ermitaño y que mirase que se hiciese cada día así como lo mandaba a los papas. Y mandó a nuestros carpinteros, otras veces por mí nombrados, que hiciesen una cruz y la pusiesen en un pilar que teníamos ya nuevamente hecho y muy bien encalado; y otro día de mañana se dijo misa en el altar, la cual dijo el padre fray Bartolomé de Olmedo, y entonces a la misa se dió orden cómo con el incienso de la tierra se incensasen la santa imagen de Nuestra Señora y a la santa cruz, y también se les mostró a hacer candelas de la cera de la tierra, y se les mandó qué con aquellas candelas siempre tuviesen ardiendo delante del altar, porque hasta entonces no sabían aprovecharse de la cera.

Y a la misa estuvieron los más principales caciques de aquel pueblo y de otros que se habían juntado, y asimismo se trajeron las ocho indias para volver cristianas, que todavía estaban en poder de sus padres y tíos; y se les dió a entender que no habían más de sacrificar ni adorar ídolos, salvo que habían de creer en Nuestro Señor Dios; y se les amonestó muchas cosas tocantes a nuestra santa fe; y se bautizaron, y se llamó a la sobrina del cacique gordo doña Catalina, y era muy fea; aquélla dieron a Cortés por la mano, y él la recibió con buen semblante. A la hija de Cuesco, que era un gran cacique, se puso nombre doña Francisca; éstá era muy hermosa para ser india, y la dió Cortés (a) Alonso Hernández Puerto Carrero; las otras seis ya no se me acuerdo el nombre de todas, mas sé que Cortés las repartió entre soldados. Y después de hecho esto, nos despedimos de todos los caciques y principales, y de allí en adelante siempre nos tuvieron muy buena voluntad, especialmente desde que vieron que recibió Cortés sus hijas y las llevamos con nosotros, y con grandes ofrecimientos que Cortés les hizo que les ayudaría, nos fuimos a nuestra Villa Rica. Y lo que allí se hizo lo diré adelante.

Esto es lo que pasó en este pueblo de Cempoal, y no otra cosa que sobre ello hayan escrito Gómara ni los demás coronistas, que todo es burla y trampas.

Capítulo XXII

CÓMO VOLVIMOS A NUESTRA VILLA RICA DE LA VERA CRUZ, Y DE OTRAS COSAS MAS QUE ALLI SUCEDIERON

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Estando en aquella villa sin tener en qué entender más de acabar de hacer la fortaleza, que todavía se entendía en ella, dijimos a Cortés todos los más soldados que se quedase aquello que estaba hecho en ella para memoria, pues estaba ya para enmaderar, y que hacia ya más de tres meses que estábamos en aquella tierra; que sería bueno ir a ver qué cosa era el gran Montezuma, y buscar la vida y nuestra ventura; y que antes que nos metiésemos en camino, enviásemos a besar los pies a Su Majestad y a darle cuenta y relación de todo lo acaecido después que salimos desde la isla de Cuba; y también se puso en plática que enviásemos a Su Majestad todo el oro que se había habido, así rescatando como los presentes que nos envió Montezuma. Y respondió Cortés que era muy bien acordado, y que ya lo había él puesto en plática con ciertos caballeros, y porque en lo del oro por ventura habría algunos soldados que querrán sus partes, y si se partiese que sería poco lo que se podría enviar; por esta causa dió cargo a Diego de Ordaz y a Francisco de Montejo, que eran personas de negocios, que fuesen de soldado en soldado, de los que se tuviese sospecha que demandarían las partes del oro, y les decían estas palabras: Señores, ya veis que queremos hacer un presente a Su Majestad del oro que aquí hemos habido, y para ser el primero que enviamos de estas tierras había de ser mucho más; parécenos que todos le sirvamos con las partes que nos caben; los caballeros y soldados que aquí estamos escritos tenemos firmados cómo no queremos parte ninguna de ello, sino que servimos a Su Majestad con ello porque nos haga mercedes. El que quisiere su parte, no se le negará; el que no la quisiera, haga lo que todos hemos hecho. fírmelo aquí. Y de esta manera todos a una lo firmaron. Y esto hecho. luego se nombraron para procuradores que fuesen a Castilla (a) Alonso Hernández Puerto Carrero y a Francisco de Montejo, porque ya Cortés le había dado sobre dos mil pesos por tenerle de su parte; y se mandó apercibir el mejor navío de toda la flota y con dos pilotos, que fue uno Antón de Alaminos, que sabía como habían de desemhocar por el canal de Bahama, porque él fue el primero que navegó por aquel canal. Y también apercibimos quince marineros, y se les dió todo recaudo de matalotaje. Y esto apercibido, acordamos de escribir y hacer saber a Su Majestad todo lo acaecido. Y Cortés escribió por sí, segín él nos dijo, con recta relación, más no vimos su carta; y el Cabildo escribió, juntamente con diez soldados de los que fuimos en que se poblase la tierra y le alzamos a Cortés por general, y con toda verdad, que no faltó cosa ninguna en la carta; iba yo firmado en ella; y demás de estas cartas y relaciones, todos los capitanes y soldados juntamente escribimos otra carta y relación.

Y después de hecha esta relación y otras cosas, dimos cuenta y relación cómo quedamos en estos sus reinos cuatrocientos y cincuenta soldados a muy gran peligro, entre tanta multitud de pueblos y gentes belicosas y grandes guerreros, por servir a Dios y a su real Corona, y le suplicamos que en todo lo que se nos ofreciese nos haga mercedes: y que no hiciese merced de la gobernación de estas tierras, ni de ningunos oficios reales a persona ninguna, porque son tales y ricas y de grandes pueblos y ciudades que convienen para un infante o gran señor; y tenemos pensamiento que como don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y arzobispo de Rosano, es su presidente y manda a todas las Indias, que lo dará (a) algún su deudo o amigo, especialmente a un Diego Velázquez, que está por gobernador en la isla de Cuba; y la causa por que se le dará, la gobernación u otro cualquier cargo, que siempre le sirve con presentes de oro y le ha dejado en la misma isla pueblos de indios, que le sacan oro de las minas; de lo cual había primeramente de dar los mejores pueblos para su real Corona, y no le dejó ningunos, que solamente por esto es digno de que no se le hagan mercedes. Y que como en todo somos muy leales servidores y hasta fenecer nuestras vidas le hemos de servir, se lo hacemos saber para que tenga noticia de todo.

Pues ya puesto todo a punto para irse a embarcar, dijo misa el Padre de la Merced, y encomendándoles al Espíritu Santo que les guiase, y en veinte y seis días del mes de julio de mil quinientos y diez y nueve años, partieron de San Juan de Ulúa y con buen tiempo llegaron a la Habana. Y Francisco de Montejo, con grandes importunaciones, convocó y atrajo al piloto Alaminos, guiase a su estancia, diciendo que iba a tomar bastimento de puercos y cazabe, hasta que le hizo hacer lo que quiso y fue a surgir a su estancia, porque Puerto Carrero iba muy malo y no hizo cuenta de él. Y la noche que allí llegaron desde la nao echaron un marinero en tierra con cartas y avisos para Diego Velázquez, y supimos que Montejo le mandó que fuese con las cartas; y en posta fue el marinero por la isla de Cuba, de pueblo en pueblo, publicando todo lo por mí aquí dicho, y como Diego Velázquez, gobernador de Cuba, supo las nuevas, y entendió del gran presente de oro que enviábamos a Su Majestad, y supo quién eran los embajadores y procuradores, tomábale trasudores de muerte, y decía palabras muy lastimosas y maldiciones contra Cortés y su secretario Duero y el contador Amador de Lares, que le aconsejaron en hacer general a Cortés. Y tanta diligencia puso, que él mismo en persona andaba de villa en villa y en unas estancias y en otras, y escribía a todas las partes de la isla donde él no podía ir, a rogar a sus amigos fuesen (a) aquella jornada. Por manera que en obra de once meses o un año allegó diez y ocho velas grandes y chicas, y sobre mil trescientos soldados, entre capitanes y marineros, porque como le veían tan apasionado y corrido, todos los más, principales vecinos de Cuba, así sus parientes como los que tenían indios, se aparejaron para servirle; y también envió por capitán general de toda la armada a un hidalgo que se decía Pánfilo de Narváez, hombre alto de cuerpo y membrudo, y hablaba algo entonado, como medio de bóveda; y era natural de Valladolid, y casado en la isla de Cuba con una dueña ya viuda que se llamaba María de Valenzuela, y tenía buenos pueblos de indios y era muy rico. Donde lo dejaré ahora haciendo y aderezando su armada, y volveré a decir de nuestros procuradores y su buen viaje; y porque en una sazón acontecían tres y cuatro cosas, no puedo seguir la relación y materia de lo que voy hablando, por dejar de decir lo que más viene al propósito, y a esta causa no me culpen porque algo salgo y me aparto de la orden por decir lo que más adelante pasa.

Capítulo XXIII

CÓMO NUESTROS PROCURADORES, CON BUEN TIEMPO, DESEMBOCARON EL CANAL DE BAHAMA Y EN POCOS DIAS LLEGARON A CASTILLA Y LO QUE EN LA CORTE LES PASO

En póco tiempo llegaron a las islas de la Tercera, y desde allí a Sevilla, y fueron en posta a la Corte, que estaba en Valladolid, y por presidente del Real Consejo de Indias don Juan Rodríguez de Fonseca, que era Obispo de Burgos y se nombraba arzobispo de Rosano, y mandaba toda la Corte, porque el emperador nuestro señor estaba en Flandes; y como nuestros procuradores le fueron a besar las manos al presidente muy ufanos, creyendo que les hiciera mercedes, y a darle nuestras cartas y relaciones, y a presentar todo el oro y joyas. y le suplicaron que luego hiciese mensajero a Su Majestad y le enviasen aquel presente y cartas, y que ellos mismos irían con ello a besar los reales pies; y porque se lo dijeron les mostró tan mala cara y peor voluntad, y aun les dijo palabras mal miradas, que nuestros embajadores estuvieron para responderle de manera que se reportaron.

Y el obispo escribió a Su Majestad a Flandes, en favor de su privado y amigo Diego Velázquez y muy malas palabras contra Cortés y contra todos nosotros, y no hizo relación de las cartas que le enviábamos, salvo que se había alzado Hernando Cortés a Diego Velázquez, y otras cosas que dijo.

Volvamos a decir de Alonso Hernández Puerto Carrero y de Francisco de Montejo, y aun de Martín Cortés, padre del mismo Cortés, y de un licenciado Núñez, relator del Real Consejo de Su Majestad y cercano pariente de Cortés, que hacían por él, acordaron de enviar mensajero a Flandes con otras cartas como las que dieron al obispo, porque venían duplicadas las que enviamos con los procuradores, y escribieron a Su Majestad todo lo que pasaba, y la memoria de las joyas de oro del presente, y dando quejas del obispo y descubriendo sus tratos que tenía con Diego Velázquez, y aun otros caballeros les favorecieron, que no estaban muy bien con don Juan Rodríguez de Fonseca, porque, según decían, era malquisto por muchas demasías y soberbias que mostraba con los grandes cargos que tenía. Y como nuestros grandes servicios son por Dios Nuestro Señor y por Su Majestad, y siempre poníamos nuestras fuerzas en ello, quiso Dios que Su Majestad lo alcanzó a saber muy claramente, y desde que lo vió y entendió fue tanto el contentamiento que mostró, y los duques y marqueses y condes y otros caballeros que estaban en su real Corte, que en otra cosa no hablaban por algunos días sino de Cortés y de todos nosotros los que le ayudamos en las conquistas, y las riquezas que de estas partes le enviamos. Y así por las cartas glosadas que sobre ello le escribió el obispo de Burgos, después que vió Su Majestad que todo era al contrario de la verdad, desde alli adelante le tuvo mala voluntad al obispo, en especialmente que no envió todas las piezas de oro, y se quedó con gran parte de ellas. Todo lo cual alcanzó a saber el mismo obispo, que se lo escribieron desde Flandes, de lo cual recibió muy grande enojo; y si de antes que fuesen nuestras cartas ante Su Majestad el obispo decía muchos males de Cortés y de todos nosotros, desde allí adelante a boca llena nos llamaba traidores; mas quiso Dios que perdió la furia y braveza, que desde ahí a dos años fue recusado y aun quedó corrido y afrentado, y nosotros quedamos por muy leales servidores, como adelante diré, que venga a coyuntura. Y escribió Su Majestad que presto vendría a Castilla, y entendería en lo que nos conviniese y nos haría mercedes.

Capítulo XXIV

CÓMO DESPUES QUE PARTIERON NUESTROS EMBAJADORES PARA SU MAJESTAD CON TODO EL ORO Y CARTAS Y RELACIONES, LO QUE EN EL REAL SE HIZO Y LA JUSTICIA QUE NUESTRO CAPITÁN CORTÉS MANDO QUE SE HICIERA

Después de cuatro días que partieron nuestros procuradores para ir ante el emperador nuestro señor, como dicho habemos, y los corazones de los hombres son de muchas calidades y pensamientos, parece ser que unos amigos y criados de Diego Velázquez, que se decían Pedro Escudero, y un Juan Cermeño, y un Gonzalo de Umbría, piloto, y un Bernardino de Coria, vecino que fue después de Chiapa, padre de un fulano Centeno, y un clérigo que se decía Juan Díaz, y ciertos hombres de la mar que se decían Peñates, naturales de Gibraleón, estaban mal con Cortés, los unos porque no les dió licencia para volverse a Cuba cuando se la había prometido, y otros porque no les dió parte del oro que enviamos a Castilla: los Peñates porque les azotó en Cozumel, cuando hurtaron los tocinos a un Barrio; acordaron todos de tomar un navío de poco porte e irse con él a Cuba a dar mandado a Diego Velázquez para avisarle cómo en la Habana podían tomar en la estancia de Francisco de Montejo a nuestros procuradores con el oro y recaudos, que según pareció que de otras personas que estaban en nuestro real fueron aconsejados que fuesen a aquella estancia, y aun escribieron para que Diego Velázquez tuviese tiempo de haberlos a las manos: por manera que las personas que he dícho ya tenían metido matalotaje, que era pan cazabe y aceite y pescado y agua y otras pobrezas de lo que podían haber. Y ya que se iban a embarcar y era más de medianoche, el uno de ellos, que era el Bernardino de Coria, parece ser que se arrepintió volverse a Cuba, lo que fue a hacer saber a Cortés.

Y cómo lo supo, y de qué manera y cuántos y por qué causa se querían ir, y quién fueron en los consejos y tramas para ello, les mandó luego sacar las velas y aguja y timón del navío, y los mandó echar presos, y les tomó sus confesiones; y confesaron la verdad y condenaron a otros que estaban con nosotros que se disimuló por el tiempo, que no permitía otra cosa, y por sentencia que dió mandó ahorcar a Pedro Escudero y a Juan Cermeño, y cortar los pies al piloto Gonzalo de Umbría, y azotar a los marineros Peñates, a cada doscientos azotes, y al padre Juan Díaz si no fuera de misa también le castigaran, mas metióle harto temor. Acuérdome que cuando Cortés firmó aquella sentencia dijo con grandes suspiros y sentimientos: ¡Oh, quién no supiera escribir, por no firmar muertes de hombres! Y paréceme que este dicho es muy común entre jueces que sentencian algunas personas a muerte, que tomaron de aquel cruel Nerón, en el tiempo que dió muestras de buen emperador.

Y así como se hubo ejecutado la sentencia, se fue Cortés luego a matacaballo a Cempoal, que son cinco leguas de la villa, y nos mandó que luego fuésemos tras él doscientos soldados y todos los de caballo.

Estando en Cempoal, como dicho tengo, platicando con Cortés en las cosas de la guerra y camino que teníamos por delante, de plática en plática le aconsejamos los que éramos sus amigos, y otros hubo contrarios, que no dejase navío ninguno en el puerto, sino que luego diese al través con todos y no quedasen embarazos, porque entretanto que estábamos en la tierra adentro no se alzasen otras personas, como los pasados; y de más de esto, que tendríamos mucha ayuda de los maestres y pilotos y marineros, que serían al pie de cien personas, y que mejor nos ayudarían a velar y a guerrear que no estar en el puerto. Y según entendí, esta plática de dar con los navíos al través, que allí le propusimos, el mismo Cortés lo tenía ya concertado, sino quiso que saliese de nosotros, porque si algo le demandasen que pagase los navíos, que era por nuestro consejo y todos fuésemos en los pagar. Y luego mandó a un Juan de Escalante que era alguacil mayor y persona de mucho valor y gran amigo de Cortés y enemigo de Diego Velázquez, porque en la isla de Cuba no le dió buenos indios, que luego fuese a la villa y que de todos los navíos se sacasen todas las anclas y cables y velas y lo que dentro tenían de que se pudiesen aprovechar, y que diese con todos ellos al través, que no quedasen más de los bateles, y que los pilotos y maestres viejos y marineros que no eran para ir a la guerra, que se quedasen en la villa, y con dos chinchorros que tuviesen cargo de pescar, que en aquel puerto siempre había pescado y aunque no mucho. Y Juan de Escalante lo hizo según y de la manera que le fue mandado, y luego se vino a Cempoal con una capitanía de hombres de la mar, que fueron los que sacó de los navíos, y salieron algunos de ellos muy buenos soldados.

Capítulo XXV

DE UN RAZONAMIENTO QUE CORTÉS NOS HIZO DESPUES DE HABER DADO CON LOS NAVIOS DE TRAVES, Y (CÓMO) APRESTÁBAMOS NUESTRA IDA PARA MÉXICO

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Después de haber dado con los navíos al través a ojos vistas, y no como lo dice el coronista Gómara, una mañana, después de haber oído misa, estando que estábamos todos los capitanes y soldados juntos hablando con Cortés en cosas de lo militar, dijo que nos pedía por merced que le oyésemos, y propuso un razonamiento de esta manera: Que ya habíamos entendido la jornada que íbamos y que, mediante Nuestro Señor Jesucristo, habíamos de vencer todos las batallas y reencuentros; y que habíamos de estar tan prestos para ello como convenía, porque en cualquier parte donde fuésemos desbaratados, lo cual Dios no permitiese, no podríamos alzar cabeza, por ser muy pocos, y que no teníamos otro socorro ni ayuda sino el de Dios, porque ya no teníamos navíos para ir a Cuba, salvo nuestro buen pelear y corazones fuertes; y sobre ello dijo otras muchas comparaciones y hechos heroicos de los romanos. Y todos a una le respondimos que haríamos lo que ordenase, que echada estaba la suerte de la buena ventura, como dijo Julio César sobre el Rubicón, pues eran todos nuestros servicios para servir a Dios y a Su Majestad. Y después de este razonamiento, que fue muy bueno (cierto con otras palabras más melosas y elocuencia que yo aquí no las digo), y luego mandó llamar al cacique gordo y él tornó a traer a la memoria que tuviesen muy reverenciada y limpia la iglesia y cruz, y demás de esto le dijo que se quería partir luego para México a mandar a Montezuma que no robe ni sacrifique; y que ha menester doscientos indios tamemes para llevar la artillería, que ya he dicho otra vez que llevan dos arrobas a cuestas y andan con ellas cinco leguas; y también le demandó cincuenta principales, hombres de guerra, que fuesen con nosotros.

Estando de esta manera para partir vino de la Villa Rica un soldado con una carta de Juan de Escalante, que ya le había mandado Cortés que fuese a la Villa para que le enviase otros soldados, y lo que en la carta decía Escalante era que andaba un navío por la costa, y que le había hecho ahumadas y otras grandes señas, y había puesto unas mantas blancas por banderas, y que cabalgó a caballo con una capa de grana colorada porque le viesen los del navío, y que le pareció a él que bien vieron las señas y banderas y caballo y capa y no quisieron venir al puerto; y que luego envió españoles a ver en qué paraje iba el navío, y que le trajeron respuestas que tres leguas de allí estaba surto, cerca de un río, y que se lo hace saber para ver lo que manda. Y como Cortés vió la carta, mandó a Pedro de Alvarado que tuviese cargo de todo el ejército que estaba allí en Cempoal, y juntamente con Gonzalo de Sandoval, que ya daba muestras de varón muy esforzado, como siempre lo fue; y este fue el primer cargo que tuvo Sandoval, y aun por haberle dado aquel cargo y se le dejó de dar a Alonso de Avila tuvieron ciertas cosquillas Alonso de Avila y Sandoval, y luego Cortés cabalgó con cuatro de caballo que le acompañaron, y mandó que le siguiésemos cincuenta soldados de los más sueltos. Y Cortés allí nos nombró los que habíamos de ir con él, aquella noche, soldados muy esforzados, que se decían Andrés de Tapia y Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja; no lo digo por el maestre de campo que se decía Cristóbal de Olid, y un Juan de Serna. Bernal Díaz del Castillo. Pongo el postrero de estos esforzados soldados que uno y otros eran hombres para ser capitanes y buenos guerreros, y por sus muchas virtudes les dió el cargo de capitanes de que dejaron todos muy buena fama. Volvamos a nuestra relación.

Así como llegamos a la Villa Rica, como dicho tengo, vino Juan de Escalante a hablar a Cortés y le dijo que sería bien ir luego aquella noche al navío por ventura no alzase velas y se fuese; y que reposase Cortés, que él iría con veinte soldados. Y Cortés dijo que no podía reposar, que cabra coja no tenga siesta; que él quería ir en persona con los soldados que consigo traía; y antes que bocado comiésemos comenzamos a caminar la costa adelante, y topamos en el camino a cuatro españoles que venían a tomar posesión en aquella tierra por Francisco de Garay, gobernador de Jamaica, los cuales enviaba un capitán que estaba poblado en el río Pánuco. que se llamaba Alonso Alvarez Pineda o Pinedo, y los cuatro españoles que tomamos se decían Guillén de la Loa, éste venía por escribano, y los testigos que traía para tomar la posesión se decían Andrés Núñez, y era carpintero de ribera, y el otro se decía maestre Pedro el de la Arpa, y era valenciano; el otro no me acuerdo el nombre. Por manera que se hubieron de aquel navío seis soldados; los cuatro que hubimos primero y dos marineros saltaron en tierra; y así nos volvimos a la Villa Rica; y todo sin comer cosa ninguna. Y esto es lo que se hizo, y no como lo escribe el coronista Gómara, porque dice que vino Garay en aquel tiempo, y no fue así, que primero que viniese envió tres capitanes con navíos, lo cual diré adelante en qué tiempo vinieron y qué se hizo de ellos, y también en el tiempo que vino Garay. Y pasemos adelate, y diré cómo acordamos de ir a México.

Capítulo XXVI

CÓMO ORDENAMOS DE IR A LA CIUDAD DE MEXICO, Y POR CONSEJO DEL CACIQUE FUIMOS POR TLAXCALA, Y DE LO QUE NOS ACAECIO, ASI DE REENCUENTROS DE GUERRA COMO OTRAS COSAS QUE NOS AVINIERON.

Después de bien considerada la partida para México, tomamos consejo sobre el camino que habíamos de llevar, y fue acordado por los principales de Cempoal que el mejor y más conveniente camino era por la provincia de Tlaxcala, porque eran sus amigos y mortales enemigos de mexicanos. Y ya tenían aparejados cuarenta principales, y todos hombres de guerra, que fueron con nosotros y nos ayudaron mucho en aquella jornada, y más nos dieron doscientos tamemes para llevar la artillería, que para nosotros, los pobres soldados, no habíamos menester ninguno, porque en aquel tiempo no teníamos qué llevar, porque nuestras armas, así lanzas como escopetas y ballestas y rodelas y todo otro género de ellas, con ellas dormíamos y caminábamos, y calzados nuestros alpargates, que era nuestro calzado, y, como he dicho, siempre muy apercibidos para pelear. Y partimos de Cempoal mediado el mes de agosto de mil quinientos diez y nueve años, y siempre con muy buena orden, y los corredores del campo y ciertos soldados muy sueltos delante. Y la primera jornada fuimos a un pueblo que se dice Xalapa, y desde allí a Socochima; y estaba bien fuerte y mala entrada, y en él había muchas parras de uva de la tierra. Y en estos pueblos se les dijo con doña Marina y Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, todas las cosas tocantes a nuestra santa fe. y cómo éramos vasallos del emperador don Carlos, y que nos envió para quitar que no haya más sacrificios de hombres, ni se robasen unos a otros, y se les declaró muchas cosas que convenían decir. Y como eran amigos de los de Cempoal y no tributaban a Montezuma, hallábamos en ellos buena voluntad y nos daban de comer. Y se puso en cada pueblo una cruz, y se les declaró lo que significaba, y que la tuviesen en mucha reverencia. Y desde Socochima pasamos unas altas sierras y puerto y llegamos a otro pueblo que se dice Tejutla; y también hallamos en ellos buena voluntad, porque tampoco daban tributo a México, como los demás. Y desde aquel pueblo acabamos de subir todas las sierras y entramos en el despoblado, donde hacía muy gran frío, y granizó y llovió. Aquella noche tuvimos falta de comida, y venía un viento de la sierra nevada, que estaba a un lado, que nos hacía temblar de frío, porque como habíamos venido de la isla de Cuba y de la Villa Rica, y toda aquella costa era muy calurosa, y entramos en tierra fría, y no teníamos con qué nos abrigar sino con nuestras armas, sentíamos las heladas, como éramos acostumbados a diferente temple. Y desde allí pasamos a otro puerto, donde hallamos unas caserías y grandes adoratorios de ídolos, que ya he dicho que se dicen cúes, y tenían grandes rimeros de leña para el servicío de los ídolos que estaban en aquellos adoratorios. Y tampoco tuvimos qué comer, y hacía recio frío. Y desde allí entramos en tierra de un pueblo que se dice Zocotlan, y enviamos dos indios de Cempoal a decirle al cacique cómo íbamos; que tuviesen por bien nuestra llegada a sus casas; y era sujeto de México. Y siempre caminábamos muy apercibidos y con gran concierto porque veíamos que ya era otra manera de tierra.

Y desde que vimos blanquear azoteas y las casas del cacique y los cúes y adoratorios, que eran muy altos y encalados, parecían muy bien, como algunos pueblos de nuestra España; y pusímosle nombre Castil-blanco, porque dijeron unos soldados portugueses que parecía a la villa de Castil-blanco, de Portuga], y así se llama ahora. Y como supieron en aquel pueblo, por los mensajeros que enviamos, cómo íbamos, salió el cacique a recibirnos con otros principales, junto a sus casas; el cual cacique se llamaba Olintecle. Y nos llevaron a unos aposentos, y nos dieron de comer, poca cosa y de mala voluntad. Y después que hubimos comido, Cortés les preguntó con nuestras lenguas de las cosas de su señor Montezuma, y dijo de sus grandes poderes de guerreros que tenía en todas las provincias sus sujetas, sin otros muchos ejércitos que tenía en las fronteras y provincias comarcanas; y luego dijo de la gran fortaleza de México, y cómo estaban fundadas las casas sobre agua, y que de una casa a otra no se podía pasar sino por puentes que tenían hechos, y en canoas, y las casas todas de azoteas, y en cada azotea, si querían poner mamparos eran fortalezas; y que para entrar dentro en su ciudad había tres calzadas. y en cada calzada cuatro o cinco aberturas por donde pasaba el agua de una parte a otra; en cada una de aquella abertura había un puente, y con alzar cualquiera de ellos, que son hechos de madera, no pueden entrar en México. Y luego dijo del mucho oro y plata, y piedras chalchihuis y riquezas que tenía Montezuma, que nunca acababa de decir otras muchas cosas de cuán gran señor era, que Cortés y todos nosotros estábamos admirados de lo oír. Y con todo cuanto contaban de su gran fortaleza y puentes, como somos de tal calidad los soldados españoles, quisiéramos ya estar probando ventura; y aunque nos parecía cosa imposible, según lo señalaba y decía el Olintecle, y verdaderamente era México muy más fuerte, y tenía mayores pertrechos de albarradas que todo lo que decía, porque una cosa es haberlo visto la manera y fuerzas que tenía que no como lo escribo. Y dijo que era tan gran señor Montezuma, que todo lo que quería señoreaba, y que no sabía si sería contento cuando supiese nuestra estada allí, en aquel pueblo, por habernos aposentado y dado de comer sin su licencia.

Y Cortés le dijo con nuestras lenguas: Pues hágoos saber que nosotros venimos de lejanas tierras por mandado de nuestro rey y señor, que es el emperador don Carlos, de quien son vasallos muchos grandes señores, y envía a mandar a ese vuestro gran Montezuma que no sacrifique ni mate ningunos indios, ni robe sus vasallos, ni tome ningunas tierras, y para que dé la obediencia a nuestro rey y señor; y ahora lo digo asimismo a vos, Olintecle, y a todos los más caciques que aquí estáis, que dejéis vuestros sacrificios y no comáis carnes de vuestros prójimos, ni hagáis sodomías, ni las cosas feas que soléis hacer, porque así lo manda Nuestro Señor Dios, que es el que adoramos y creemos, y nos da la vida y la muerte, y nos ha de llevar a los cielos. Y se les declaró otras muchas cosas tocantes a nuestra santa fe; y ellos a todo callaban. Y dijo Cortés a los soldados que allí nos hallamos: Paréceme, señores, que ya no podemos hacer otra cosa, sino que se ponga una cruz. Y respondió el padre fray Bartolomé de 0lmedo: Paréceme, señor, que en estos pueblos no es tiempo para dejarles cruz en su poder, porque son desvergonzados y sin temor, y como son vasallos de Montezuma no la quemen o hagan alguna cosa mala. Y esto que se les ha dicho basta, hasta que tengan más conocimientos de nuestra santa fe. Y así se quedó sin poner la cruz.

Dejemos esto y de las santas amonestaciones, y digamos que cómo llevábamos un lebrel de gran cuerpo, que era de Francisco de Lugo, y ladraba mucho de noche, parece ser preguntaban aquellos caciques del pueblo a los amigos que traíamos de Cempoal, que si era tigre o león o cosa con que matábamos los indios. Y respondieron: Tráenlo para cuando alguno los enoja, los mate. Y también les preguntaron que aquellas lombardas que traíamos que qué bacían con ellas. Y respondieron que con unas piedras que metíamos dentro de ellas matábamos a quien queríamos, y que los caballos, que corrían como venados, y que alcanzábamos con ellos a quien les mandábamos. Y dijo el Olintecle, y los demás principales: Luego de esa manera, teules deben de ser. Ya he dicho otras veces; que a los ídolos, o sus dioses, o cosas malas, llamaban teules. Y respondieron nuestros amigos: Pues como ahora los veis, por eso mirad no hagáis cosa con que les deis enojo, que luego lo sabrán, que saben lo que tenéis en el pensamiemo, porque estos teules son los que prendieron a los recaudadores de vuestro gran Montezuma y mandaron que no le diesen más tributos en todas las sierras, ni en nuestro pueblo de Cempoal, y estos son los que nos derrocaron de nuestros cúes nuestros teules y pusieron los suyos, y han vencido los de Tabasco y Champotón, y son tan buenos, que hicieron amistades entre nosotros y los de Cingapacinga; y, demás de esto. ya habréis visto cómo el gran Montezuma, aunque tiene tantos poderes, les envía oro y mantas; y ahora han venido a este vuestro pueblo, y veo que no les dais nada; andad presto v traedles algún presente. Por manera que traíamos con nosotros buenos echacuervos, porque luego trajeron cuatro pinjantes y tres collares, y unas lagartijas, y todo de oro, y aunque era muy bajo; y más trajeron cuatro indias, que fueron buenas para moler pan, y una carga de mantas. Cortés los recibió con alegre voluntad y con grandes ofrecimientos.

Acuérdome que tenía en una plaza, adonde estaban unos adoratorios, puestos tantos rimeros de calaveras de muertos, que se podían contar, según el concierto como estaban puestas, que al parecer que serían más de cien mil, y digo otra vez sobre cien mil; y en otra parte de la plaza estaban otros tantos rimeros de zancarrones, huesos de muerto, que no se podían contar, y tenían en unas vigas muchas cabezas colgadas de una parte a otra, y estaban guardando aquellos huesos y calaveras tres papas, que, según entendimos, tenían cargo de ello; de lo cual tuvimos que mirar más después que entramos bien la tierra adentro, en todos los pueblos estaban de aquella manera, y también en lo de Tlaxcala. Pasado todo esto que aquí he dicho, acordamos de ir nuestro camino por Tlaxcala, porque decían nuestros amigos estaba muy cerca, y que los términos estaban allí juntos, donde tenían puestos por señales unos mojones. Y sobre ello se preguntó al cacique Olintede que cuál era mejor camino y más llano para ir a México: y dijo que por un pueblo muy grande que se decía Cholula; y los de Cempoal dijeron a Cortés: Señor, no vayas por Cholula, que son muy traidores y tiene allí siempre Montezuma sus guarniciones de guerra, y que fuésemos por Tlaxcala, que eran sus amigos y enemigos de mexicanos. Y así acordamos de tomar el consejo de los de Cempoal, que Dios lo encaminaba todo. Y Cortés demandó luego al Olintede veinte hombres principales, guerreros, que fuesen con nosotros, y luego nos los dieron. Y otro día de mañana fuimos camino de Tlaxcala y llegamos a un poblezuelo que era de los de Xalacingo; y de allí enviamos por mensajeros dos indios de los principales de Cempoal, de los que solían decir muchos bienes y loas de los tlaxcaltecas, y que eran sus amigos, y les enviamos una carta, puesto que sabíamos que no la entenderían, y también un chapeo de los vedejudos colorados de Flandes que entonces se usaban. Y lo que se hizo diremos adelante.

Capítulo XXVII

DE LAS GUERRAS Y BATALLAS MUY PELIGROSAS QUE TUVIMOS CON LOS TLAXCALTECAS Y OTRAS COSAS MÁS

Otro día, después de encomendamos a Dios, partimos de allí, muy concertados nuestros escuadrones y los de caballo muy avisados cómo habían de entrar rompiendo, y salir; y en todo caso procurar que no nos rompiesen ni nos apartásemos unos de otros. Y yendo así viénense a encontrar con nosotros dos escuadrones de guerreros, que habría seis mil, con grandes gritas, y atambores y trompetillas, y flechando y tirando varas, y haciendo como fuertes guerreros. Cortés mandó que estuviésemos quedos, y con tres prisioneros que les habíamos tomado el día antes les enviamos a decir y a requerir no diesen guerra, que les queremos tener por hermanos. Y dijo a uno de nuestros soldados que se decía Diego de Godoy, que era escribano de Su Majestad, que mirase lo que pasaba y diese testimonio de ello, si se hubiese menester, porque en algún tiempo no nos demandasen las muertes y daños que se recreciesen, pues los requeríamos con la paz. Y como les hablaron los tres prisioneros que les enviamos, mostráronse muy más recios, y nos daban tanta guerra que no les podíamos sufrir. Entonces dijo Cortés: Santiago, y a ellos. Y de hecho arremetimos de manera que les matamos y herimos muchas de sus gentes con los tiros; y entre ellos tres capitanes; y vanse retrayendo hacia unos arcabucos, donde estaban en celada sobre más de cuarenta mil guerreros con su capitán general, que se decía Xicotenga, y con sus divisas de blanco y colorado, porque aquella divisa y librea era la de aquel Xicotenga. Y como había allí unas quebradas, no nos podíamos aprovechar de los caballos, y con mucho concierto las pasamos, y al pasar tuvimos muy gran peligro, porque se aprovechaban de su buen flechar, y con sus lanzas y montantes nos hacían mala obra, y aun las hondas y piedras como granizos eran harto malas. Y después que nos vimos en lo llano con los caballos y artillería, nos lo pagaban; mas no osamos deshacer nuestro escuadrón, porque el soldado que en algo se desmandaba para seguir a algunos de los montantes o capitanes, luego era herido y corría gran peligro. Y andando en esas batallas, nos cercan por todas partes, que no nos podíamos valer poco ni mucho, que no osábamos arremeter a ellos, sino era todos juntos porque no nos desconcertasen y rompiesen; y si arremetíamos, hallábamos sobre veinte escuadrones sobre nosotros, que nos resistían; y estaban nuestras vidas en mucho peligro, porque eran tantos guerreros que a puñadas de tierra nos cegaran, sino que la gran misericordia de Dios socorría y nos guardaba.

Y andando en estas prisas, entre aquellos grandes guerreros y sus temerosos montantes, parece ser acordaron de juntarse muchos de ellos, de mayores fuerzas, para tomar a manos algún caballo. Y lo pusieron por obra arremetiendo, y echan mano a una muy buena yegua y bien revuelta de juego y de carrera, y el caballero que en ella iba, buen jinete, que se decía Pedro de Marón, y como entró rompiendo con otros tres de a caballo entre los escuadrones de los contrarios, porque así les era mandado, porque se ayudasen unos a otros, échanle mano de la lanza, que no la pudo sacar, y otros le dan de cuchilladas con los montantes, y le hirieron malamente; y entonces dieron una cuchillada a la yegua que le cortaron el pescuezo redondo y colgado del pellejo: y allí quedó muerta. Y si de presto no socorrieran sus compañeros de a caballo a Pedro de Morón, tambien le acabaran de matar; pues quizás podíamos con todo nuestro escuadrón ayudarle. Digo otra vez que por temor que no nos acabasen de desbaratar, no podíamos ir a una parte ni a otra, que harto teníamos que sustentar no nos llevásen de vencida, que estábamos muy en peligro; y todavía acudimos a la prisa de la yegua y tuvimos lugar a salvar a Morón y quitárseles de poder, que ya le llevaban medio muerto, y cortamos la cincha de la yegua porque no se quedase allí la silla; y allí, en aquel socorro hirieron diez de los nuestros. Y tengo para mi que matamos entonces cuatro capitanes, porque andábamos juntos, pie con pie, y con las espadas les hacíamos mucho daño; porque como aquello pasó se comenzaron a retirar y llevaron la yegua, la cual hicieron pedazos para mostrar en todos los pueblos de Tlaxcala. Y después supimos que habían ofrecido a sus ídolos las herraduras y el chapeo de Flandes, y las dos cartas que les enviamos para que viniesen de paz. La yegua que mataron era de Juan Sedeño, y porque en aquella sazón estaba herido Sedeño de tres heridas del día antes, por esta causa se la dió a Morón, que era muy buen jinete. Y murió Morón entonces, o de allí a dos días, de las heridas, porque no me acuerdo verle más.

Y volvamos a nuestra batalla, que, como había una hora que estábamos en las rencillas peleando, y los tiros les debieron hacer mucho mal, porque como eran muchos andaban tan juntos, y por fuerza les habían de llevar copia de ellos; pues los de caballo y escopetas y ballestas y espadas y rodelas y lanzas, todos a una peleábamos como varones, por salvar nuestras vidas y hacer lo que éramos obligados, porque ciertamente las teníamos en gran peligro cual nunca estuvieron. Y a lo que después nos dijeron, en aquella batalla les matamos muchos indios, y entre ellos ocho capitanes muy principales e hijos de los viejos caciques, que estaban en el pueblo cabecera mayor, y a esta causa se retrajeron con muy buen concierto, y a nosotros que no nos pesó de ello, y no los seguimos porque no nos podíamos tener en los pies de cansados; allí nos quedamos en aquel poblezuelo, que todos aquellos campos estaban muy poblados, y aún tenían hechas otras casas debajo de tierra, como cuevas, en que vivían muchos indios. Y llamábase donde pasó esta batalla Tehuacingo o Tehuacacingo, y fue dada en dos días de septiembre de mil quinientos diez y nueve años. Y de que nos vimos con victoria dimos muchas gracias a Dios, que nos libró de tan grandes peligros; y desde allí nos retrajimos luego con todo nuestro real a unos cúes que estaban buenos y altos, como en fortaleza. Y con el unto de indios, que ya he dicho otras veces se curaron nuestros soldados, que fueron quince, y murió uno de ellos de las heridas, y también se curaron cuatro caballos que estaban heridos. Y reposamos y cenamos muy bien aquella noche porque teníamos muchas gallinas y perrillos que hubimos en aquellas casas, y con muy buen recaudo de escuchas y rondas y los corredores del campo, descansamos hasta otro día por la mañana. Una cosa tenían los tlaxcaltecas en esta batalla y en todas las demás: que en hiriéndoles cualquier indio luego los llevaban y no podíamos ver los muertos. Y tuvimos nuestro real asentado en unos pueblos y caserias que se dicen Teoacingo o Teuacongo.

Entonces se informó Cortés muy por extenso cómo y de qué manera estaba el capitán Xicotenga, y qué poderes tenía consigo; y le dijeron que tenía muy más gente que la otra vez cuando nos dió guerra, porque traía cinco capitanes consigo, y que cada capitanía traía diez mil guerreros. Y fue de esta manera que lo contaba, que de la parcialidad de Xicotenga, que ya no veía de viejo, padre del mismo capitán, venían diez mil, y de la parte de otro gran cacique que se decía Maseescaci, otros diez mil, y de otro gran principal, que se decía Chichimecatecle, otros tantos, y de la parte de otro cacique, señor de Topeyanco, que se decía Tecapaneca, otros diez mil, y de otro cacique, que se decía Guaxobcin, otros diez mil: por manera que eran a la cuenta cincuenta mil, y que habían de sacar su bandera y seña, que era una ave blanca, tendidas las alas como que quería volar, que parece como avestruz: y cada capitanía con su divisa y librea, porque cada cacique así las tenían diferenciadas, como en nuestra Castilla tienen los duques y condes. Y todo esto que aquí he dicho tuvímoslo por muy cierto, porque ciertos indios de los que tuvimos presos, que soltamos aquel día, lo decían muy claramente, y aunque no eran creídos por entonces. Y desde que aquello vimos, como somos hombres y temíamos la muerte, muchos de nosotros, y aun todos los demás, nos confesamos con el Padre de la Merced y con el clérigo Juan Díaz, que toda la noche estuvieron en oír de penitencia, y encomendámonos a Dios que nos librase no fuésemos vencidos; y de esta manera pasamos hasta otro día. Y la batalla que nos dieron, aquí lo diré.

Capítulo XXVIII

DE LA GRAN BATALLA QUE HUBIMOS CON EL PODER DE LOS TLAXCALTECAS, Y QUISO DIOS NUESTRO SEÑOR QUE EN ELLA HUBIÉSEMOS VICTORIA, Y LO QUE MÁS PASO

Otro día de mañana, que fueron cinco de septiembre de mil quinientos diez y nueve años, pusimos los caballos en concierto, que no quedó ninguno de los heridos que allí no saliesen para hacer cuerpo y ayudasen lo que pudiesen; y percibidos los ballesteros que con gran concierto gastasen el almacén, unos armando, otros soltando, y los escopeteros por el consiguiente, y los de espada y rodela que la estocada o cuchillada que diésemos que pasasen las entrañas porque no se osasen juntar tanto como la otra vez. La artillería bien apercibida iba; y como ya tenían aviso los de caballo que se ayudasen unos a otros, y las lanzas terciadas, sin pararse a lancear, sino por las caras y ojos, entrando y saliendo a media rienda, y que ningún soldado saliese del escuadrón; y con nuestra bandera tendida y cuatro compañeros aguardando al alférez Corral. Así salimos de nuestro real, y no habíamos andado medio cuarto de legua cuando vimos asomar los campos llenos de guerreros con grandes penachos y sus divisas, y mucho ruido de trompetillas y bocinas. Aquí había bien que escribir y ponerlo en relación lo que en esta peligrosa y dudosa batalla pasamos, porque nos cercaron por todas partes tantos guerreros que se podría comparar como si hubiese unos grandes prados de dos leguas de ancho y otras tantas de largo (y) en medio de ellos cuatrocientos hombres; así era(n) todos los campos llenos de ellos, y nosotros obra de cuatrocientos, muchos heridos y dolientes. Y supimos cierto que esta vez que venían con pensamiento que no habían de dejar ninguno de nosotros con vida, que no habían de ser sacrificados a sus ídolos.

Volvamos a nuestra batalla. Pues como comenzaron a romper con nosotros, ¡qué granizo de piedra de los honderos! Pues flecheros, todo el suelo hecho parva de varas tostadas de a dos gajos que pasan cualquier arma y las entrañas adonde no hay defensa; y los de espada y rodela y de otras mayores que espadas, comO montantes y lanzas, ¡qué prisa nos daban y con qué braveza se juntaban con nosotros y con qué grandísimos gritos y alaridos! Puesto que nos ayudábamos con tan gran concierto con nuestra artillería y escopetas y ballestas, que les hacíamos harto daño; a los que se nos llegaban con sus espadas y montantes, les dábamos buenas estocadas, que les hacíamos apartar, y no se juntaban tanto como la otra vez pasada; los de a caballo estaban tan diestros y hacíanlo tan varonilmente que, después de Dios, que es el que nos guardaba, ellos fueron fortaleza.

Yo vi entonces medio desbaratado nuestro escuadrón, que no aprovechaban voces de Cortés ni de otros capitanes, para que tornásemos a cerrar; tanto número de indios cargó entonces sobre nosotros, que milagrosamente, a puras estocadas, les hicimos que nos diesen lugar, con que volvimos a ponernos en concierto. Una cosa nos daba la vida, y era que, como eran muchos y estaban amontonados, los tiros les hacían mucho mal; y demás de esto no se sabían capitanear, porque no podían llegar todos los capitanes con sus gentes, y, a lo que supimos, desde la otra batalla pasada habían tenido pendencias y rencillas entre el capitán Xicotenga con otro capitán hijo de Chichimecatecle, sobre que decía el un capitán al otro que no había hecho bien en la batalla pasada, y el hijo de Chichimecatecle respondió que muy mejor que él, y se lo haría conocer de su persona a la de Xicotenga. Por manera que en está batalla no quiso ayudar con su gente el Chichimecatecle al Xicotenga; antes supimos muy ciertamente que convocó a la capitanía de Guaxolzingo que no pelease. Y demás de esto, desde la batalla pasada temían los caballos y tiros y espadas y ballestas, y nuestro buen pelear, y sobre todo la gran misericordia de Dios, que nos daba esfuerzo para sustentarnos.

Y como el Xicotenga no era obedecido de dos capitanes, y nosotros les hacíamos gran daño, que les matábamos muchas de sus gentes, las cuales encubrían, porque como eran muchos, en hiriéndolos a cualquiera de los suyos luego lo apañaban y lo llevaban a cuestas, así en esta batalla como en la pasada no podíamos ver ningún muerto. Y como ya peleaban de mala gana y sintieron que las capitanías de los dos capitanes por mí memorados no les acudían, comenzaron (a) aflojar; y porque, según pareció, en aquella batalla matamos un capitán muy principal, que de los otros no los cuento, comenzaron a retraerse con buen concierto, y los de caballo, a media rienda, siguiéndoles poco trecho, porque no se podían ya tener de cansados. Y desde que nos vimos libres de aquella multitud de guerreros dimos muchas gracias a Dios.

Allí nos mataron un soldado e hirieron más de sesenta y también hirieron a todos los caballos. A mí me dieron dos heridas, la la cabeza, de pedrada, y otra en el muslo, de un flechazo, mas no eran para dejar de pelear y velar, y ayudar a nuestros soldados; y asimismo lo hacían todos los soldados que estaban heridos, que si no eran muy peligrosas las heridas habíamos de pelear y velar con ellas, porque de otra manera pocos quedaran que estuviesen sin heridas. Y luego nos fuimos a nuestro real muy contentos y dando muchas gracias a Dios, y enterramos el muerto en una de aquellas casas que tenían hechas en los soterraños. porque no lo viesen los indios que éramos mortales, sino que creyesen que éramos teules, como ellos decían; y derrocamos mucha tierra encima de la casa porque no oliesen los cuerpos; y se curaron todos los heridos con el unto del indio que otras veces he dicho. ¡Oh qué mal refrigerio teníamos, que aun aceite para curar, ni sal, había!

Capítulo XXIX

CÓMO OTRO DÍA ENVIAMOS MENSAJEROS A LOS CACIQUES DE TLAXCALA, ROGÁNDOLSES CON LA PAZ, Y LO QUE SOBRE ESTAS COSAS Y DE OTRAS ELLOS HICIERON

Después de pasada la batalla por mí memorada y prendido en ella los tres indios principales, enviólos luego nuestro capitán Cortés juntamente con los dos que estaban en nuestro real, que habían ido otras veces por mensajeros, y les mandó que dijesen a los caciques de Tlaxcala que les rogábamos que luego vengan de paz y que nos den pasada por su tierra para ir a México, como otras veces les hemos enviado a decir, y que si ahora no vienen, que les mataremos todas sus gentes, y porque les queremos mucho y tener por hermanos no les quisiéramos enojar si ellos no hubiesen dado causa a ello; y se les dijo muchos halagos para traerlos a nuestra amistad. Y aquellos mensajeron fueron luego de buena gana a la cabecera de Tlaxcala y dijeron su embajada a todos los caciques por mí ya nombrados, los cuales hallaron juntos, con otros muchos viejos y papas, y estaban muy tristes, así del mal suceso de la guerra como de la muerte de los capitanes parientes o hijos suyos, que en las batallas murieron, y dizque no los quisieron escuchar de buena gana; y lo que sobre ello acordaron fue que luego mandaron llamar todos los adivinos y papas y otros que echaban suertes, que llaman tacalnaguas, que son como hechiceros, y dijeron que mirasen por sus adivinanzas y hechizos y suertes qué gente éramos y si podríamos ser vencidos dándonos guerra de día y de noche a la cantina, y también para saber si éramos teules, así como les decían los de Cempoal (que ya he dicho otras veces que son cosas malas como demonios), y qué cosas comíamos, y que mirasen todo esto con mucha diligencia. Y después que se juntaron los adivinos y hechiceros y muchos papas, y hechas sus adivinanzas y echadas sus suertes, y todo lo que solían hacer, parece ser dijeron que en las suertes hallaron que éramos hombres de hueso y carne, y que comíamos gallinas y perros y pan y fruta, cuando lo teníamos; y que no comíamos carnes de indios ni corazones de los que matábamos, porque, según pareció, los indios amigos que traíamos de Cempoal les hicieron creer que éramos teules y que comíamos corazones de los indios, y que las lombardas echaban rayos como caen del cielo, y que el lebrel que era tigre o león, y que los caballos eran para alcanzar a los indios cuando los queríamos matar; y les dijeron otras muchas niñerías. Y lo peor de todo que les dijeron sus papas y adivinos fue que de día no podíamos ser vencidos, sino de noche, porque como anochecía se nos quitaban las fuerzas; y más les dijeron los hechiceros, que éramos esforzados, y que todas estas virtudes teníamos de día hasta que se ponía el sol, y después que anochecía no teníamos fuerza ninguna. Y desde que aquello entendieron los caciques y lo tuvieron por muy cierto, se lo enviaron a decir a su capitán general Xicotenga, para que luego con brevedad venga una noche con grandes poderes a darnos guerra. El cual, desde que lo supo, juntó obra de diez mil indios, los más esforzados que tenían, y vino a nuestro real y por tres partes nos comenzó a dar una mano de flecha y tirar varas con sus tiraderas de un gajo, y los de espadas y macanas y montantes por otra parte, por manera que de repente tuvieron por cierto que llevarían algunos de nosotros para sacrificar.

Y mejor lo hizo Nuestro Señor Dios, que por muy secretamente que ellos venían nos hallaron muy apercibidos, porque como sintieron su gran ruido que traían a matacaballo vinieron nuestros corredores del campo y las espías a dar alarma, y como estábamos tan acostumbrados a dormir calzados y las armas vestidas, y los caballos ensillados y en frenados, y todo género de armas muy a punto, les resistimos con las escopetas y ballestas y a estocadas; de presto vuelven las espaldas. Y como era el campo llano y hacía luna, los de a caballo los siguieron un poco, donde por la mañana hallamos tendidos, muertos y heridos, hasta veinte de ellos; por manera que se vuelven con gran pérdida y muy arrepentidos de la venida de noche. Y aun oí decir que como no les sucedió bien lo que los papas y las suertes y hechiceros les dijeron, que sacrificaron a dos de ellos.

Dejemos esto y digamos cómo doña Marina, con ser mujer de la tierra, qué esfuerzo tan varonil tenía, que con oír cada día que nos habían de matar y comer nuestras carnes con ají, y habemos visto cercados en las batallas pasadas, y que ahora todos estábamos heridos y dolientes, jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer. Y a los mensajeros que ahora enviábamos les habló doña Marina y Jerónimo de Aguilar que vengan luego de paz, que si no vienen dentro de dos días les iremos a matar y destruir sus tierras, e iremos a buscarlos a su ciudad. Y con estas bravosas palabras fueron a la cabecera donde estaba Xicotenga el Viejo y Maseescaci.

Y porque en un instante acaecen dos y tres cosas, así en nuestro real como en este tratar de paces, y por fuerza tengo de tomar entre manos lo que más viene al propósito, dejaré de hablar en los cuatro indios principales que envían a tratar las paces, que aún no han venido por temor de Xicotenga. En este tiempo fuimos con Cortés a un pueblo junto a nuestro real, y dícese este pueblo Zumpancingo, y era cabecera de muchos pueblos chicos, y era su sujeto el pueblo donde estábamos, allí donde teníamos nuestro real, que se dice Tecoadzumpancingo, que todo alrededor estaba muy poblado.

Y Cortés les dijo con nuestras lenguas, doña Marina y Aguilar, que siempre iban con nosotros a cualquiera entrada que íbamos, y aunque fuese de noche, que no hubiesen miedo, y que luego fuesen a decir a sus caciques a la cabecera que vengan de paz, porque la guerra es mala para ellos. Y envió a estos papas porque de los otros mensajeros que habíamos enviado aún no teníamos respuesta ninguna de lo por mí memorado sobre que enviábamos a tratar de paces a los caciques de Tlaxcala con los cuatro principales, que no habían venido en aquella sazón. Y aquellos papas de aquel pueblo buscaron de presto sobre cuarenta gallinas y gallos y dos indias para moler tortillas, y las trajeron. Y Cortés se lo agradeció y mandó que luego le llevasen veinte indios de aquel pueblo a nuestro real, y sin temor ninguno fueron con el bastimento y se estuvieron en el real hasta la tarde, y se les dió contezuelas, con que volvieron muy contentos a su casa, y a todas aquellas caserías, nuestros vecinos decían que éramos buenos, que no les enojábamos.

Capítulo XXX

CÓMO DESPUÉS QUE VOLVIMOS CON CORTÉS DE ZUMPANCINGO CON BASTIMENTOS, HALLAMOS EN NUESTRO REAL CIERTAS PLATICAS, Y LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ

Vueltos de Zunmpancingo, que así se dice, con los bastimentos y muy contentos en dejarlos de paz, hallamos en el real corrillos y pláticas sobre los grandísimos peligros en que cada día estábamos en aquella guerra. Y desde que hubimos llegado avivaron más la plática, y los que más en ello hablaban y asistían eran los que en la isla de Cuba dejaban sus casas y repartimientos de indios. Y juntáronse hasta siete de ellos, que aquí no quiero nombrar por su honor, y fueron al rancho y aposento de Cortés; y uno de ellos, que habló por todos, que tenía buena expresiva, y aun tenía bien en la memoria lo que había de proponer, dijo, como a manera de aconsejarle a Cortés, que mirase cuál andábamos, malamente heridos y flacos, y corridos, y los grandes trabajos que teníamos, así de noche, con velas y con espías y rondas y corredores de campo, como de día y de noche peleando, y que por la cuenta que han echado, que desde que salimos de Cuba faltaban ya sobre cincuenta y cinco compañeros, y que no sabemos de los de la Villa Rica que dejamos poblados; y que, pues Dios nos había dado victoria en las batallas y reencuentras desde que venimos de Cuba y en aquella provincia habíamos habido, y con su gran misericordia nos sostenía, y que no le debíamos tentar tantas veces, y que no quiera ser peor que Pedro Carbonero.

Y más le dijeron: que mirase en todas las historias, así de romanos como las de Alejandro, ni de otros capitanes de los muy nombrados que en el mundo ha habido, no se atrevió a dar con los navíos al través, y con tan poca gente meterse en tan grandes poblazones y de muchos guerreros, como él ha hecho, y que parece que es homicidio de su muerte y de todos nosotros, y que quiera conservar su vida y las nuestras; y que luego nos volviésemos a la Villa Rica, pues estaba de paz la tierra; y que no se lo habían dicho hasta entonces porque no han visto tiempo para ello por los muchos guerreros que teníamos cada día por delante y en los lados, y pues ya no tornaban de nuevo, lo cual creían que sí volverían, pues Xicotenga, con su gran poder, no nos ha venido a buscar aquellos tres días pasados, que debe estar allegando gente, y que no deberíamos aguardar otra como las pasadas; y le dijeron otras cosas sobre el caso.

Y viendo Cortés que se lo decían algo como soberbios, puesto que iban a manera de consejo, les respondió muy mansamente, y dijo que bien conocido tenía muchas cosas de las que habían dicho, y que a lo que ha visto y tiene creído, que en el universo hubiese otros españoles más fuertes ni con tanto ánimo hayan peleado y pasado tan excesivos trabajos como éramos nosotros, y que andar con las armas a la contina a cuestas, y velas y rondas, y fríos, que si así no lo hubiéramos hecho, ya fuéramos perdidos, y por salvar nuestras vidas que aquellos trabajos y otros mayores habíamos de tomar. Y dijo: ¿Para qué es, señores, contar en esto cosas de valentías, que verdaderamente Nuestro Señor es servido ayudarnos? Que cuando se me acuerda vernos cercados de tantas capitanías de contrarios, y verles esgrimir sus montantes y andar tan junto de nosotros, ahora me pone grima, especial cuando nos mataron la yegua de una cuchillada, cuán perdidos y desbaratados estábamos, y entonces conocí vuestro muy grandísimo ánimo más que nunca. Y pues Dios nos libró de tan gran peligro, que esperanza tenía que así había de ser de allí adelante. Y más dijo: Pues en todos estos peligros no me conoceríais tener pereza, que en ellos me hallaba con vosotros. Y tuvo razón de decirlo, porque ciertamente en todas las batallas se hallaba de los primeros. He querido, señores, traeros esto a la memoria, que pues Nuestro Señor fue servido guardarnos, tuviésemos esperanza que así había de ser adelante; pues desde que entramos en la tierra en todos los pueblos les predicamos la santa doctrina lo mejor que podemos, y les procuramos de deshacer sus ídolos, y pues que ya veíamos que el capitán Xicotenga ni sus capitanías no parecen, y que de miedo no debe de osar verle, porque les debiéramos de hacer mala obra en las batallas pasadas, y que no podría ya juntar sus gentes, habiendo ya sido desbaratado tres veces, y por esta causa tenía confianza en Dios y en su abogado, señor San Pedro, que ruega por nosotros, que era fenecida la guerra de aquella provincia, y ahora, como habéis visto, traen de comer los de Cinpancingo y quedan de paz, y estos nuestros vecinos que están por aquí poblados en sus casas; y que en cuanto dar con los navíos al través, fue muy bien aconsejado, y que si no llamó alguno de ellos al consejo como a otros caballeros (fue) por lo que sintió en el Arenal, que no lo quisiera traer ahora a la memoria: y que el acuerdo y consejo que ahora le dan es todo de una manera que el que le podrían dar entonces, y que mIren que hay otros muchos caballeros en el real que serán muy contrarios de lo que ahora piden y aconsejan, y que encaminemos siempre todas las cosas a Dios y seguidas en su santo servicio será mejor. Y a lo que, señores, decís que jamás capitán romano de los muy nombrados han acometido tan grandes hechos como nosotros, dicen verdad, y ahora y adelante, mediante Dios, dirán en las historias que de esto harán memoria mucho más que de los antepasados; pues, como he dicho, todas nuestras cosas son en servicio de Dios y de nuestro gran emperador don Carlos. Y aun debajo de su recta justicia y cristiandad somos ayudados de la misericordia de Dios Nuestro Señor, y nos sostendrá, que vamos de bien en mejor. Así que, señores, no es cosa bien acertada volver un paso atrás, que si nos viesen volver estas gentes y los que dejamos de paz, las piedras se levantarían contra nosotros, y como ahora nos tienen por dioes o ídolos, que así nos llaman, nos juzgarían por muy cobardes y de pocas fuerzas. Y a lo que decís de estar entre los amigos totonaques, nuestros aliados, si nos viesen que damos vuelta sin ir a México, se levantarían contra nosotros, y la causa de ello sería que como les quitamos que no diesen tributo a Montezuma, enviaría sus poderes mexicanos contra ellos para que le tornasen a tributar, y sobre ello darles guerra, y aun les mandara que nos la den a nosotros, y ellos por no ser destruídos, porque les temen en gran manera, lo pondrían por la obra. Así que donde pensábamos tener amigos serían enemigos. Pues desde que lo supiese el gran Montezuma que nos habíamos vuelto, ¡qué diría!, ¡en qué tendría nuestras palabras ni lo que le enviamos a decir! ¡Que todo era cosa de burla o juego de niños! Así que, señores, mal allá y peor acullá, más vale que estemos aquí donde estamos, que es bien llano y todo bien poblado, y este nuestro real bien abastecido; unas veces gallinas y otras perros, gracias a Dios no nos falta de comer, si tuviésemos sal, que es la mayor falta que al presente tenemos, y ropa para guarecernos del frío. Y a lo que decís, señores, que se han muerto desde que salimos de la isla de Cuba cincuenta y cinco soldados de heridas y hambres y fríos y dolencias y trabajos, que somos pocos y todos los más heridos y dolientes, Dios nos dé esfuerzo por muchos, porque vista cosa es que en las guerras (se) gastan hombres y caballos, y que unas veces comemos bien, y no venimos al presente para descansar, sino para pelear cuando se ofreciere; por tanto, os pido, señores, por merced, que pues sois caballeros y personas que antes habíais de esforzar a quien viéseis mostrar flaqueza, que de aquí adelante se os quite del pensamiento la isla de Cuba y lo que allá dejáis, y procuremos hacer lo que siempre habéis hecho como buenos soldados, que después de Dios, que es nuestro socorro y ayuda, han de ser nuestros valerosos brazos.

Y como Cortés hubo dado esta respuesta, volvieron aquellos Roldados a repetir en la misma plática.

Y Cortés les respondió medio enojado que valía más morir por buenos, como dicen los cantares, que vivir deshonrados; y además de esto que Cortés les dijo, todos los más soldados que le fuimos en alzar por capitán y dimos consejo sobre el dar al través con los navíos, dijimos en alta voz que no curase de corrillos ni de oír semejantes pláticas, sino que, con la ayuda de Dios, con buen concierto estemos apercibidos para hacer lo que convenga; y así cesaron todas las pláticas. Verdad es que murmuraban de Cortés, y le maldecían, y aun de nosotros, que le aconsejábamos, y de los de Cempoal, que por tal camino nos trajeron, y decían otras cosas no bien dichas; mas en tales tiempos se disimulaban. En fin, todos obedecieron muy bien.

Como Nuestro Señor Dios, por su gran misericordia, fue servido darnos victoria de aquellas batallas de Tlaxcala, voló nuestra fama por todas aquellas comarcas, y fue a oídos del gran Montezuma, a la gran ciudad de México, y si de antes nos tenían por teules, que son como sus ídolos, de ahí adelante nos tenían en muy mayor reputación y por fuertes guerreros; y puso espanto en toda la tierra cómo siendo nosotros tan pocos y los tlaxcaltecas de muy grandes poderes y los vencimos, y ahora enviarnos a demandar paz. Por manera que Montezuma, gran señor de MéxIco, de muy hueno que era temió nuestra ida a su ciudad y despachó cinco principales hombres de mucha cuenta a Tlaxcala y a nuestro real, para darnos el bien venidos y a decir que se había holgado mucho de la gran victoria que hubimos contra tantos escuadrones de contrarios, y envió en presente obra de mil pesos de oro en joyas muy ricas y de muchas maneras labradas, y veinte cargas de ropa fina de algodón.

Capítulo XXXI

CÓMO VINO XICOTENGA, CAPITÁN GENERAL DE TLAXCALA, A ENTENDER EN LAS PACES CON DON HERNANDO

Estando platicando Cortés con los embajadores de Montezuma, como dicho habemos, y (que) quería reposar porque estaba malo de calenturas y purgado de otro día antes, viénenle a decir que venía el capitán Xicotenga con muchos caciques y capitanes, y que traen cubiertas mantas blancas y coloradas, digo la mitad de las mantas blancas y la otra mitad coloradas, que era su divisa y librea; y muy de paz, y traía consigo hasta cincuenta hombres principales que le acompañaban. Y llegado al aposento de Cortés le hizo muy gran acato en sus reverencias, y mandó quemar mucho copal; y Cortés, con gran amor, le mandó sentar cabe sí. Y dijo el Xicotenga que él venía de parte de su padre y de Maseescaci y de todos los caciques y República de Tlaxcala a rogarle que les admitiese a nuestra amistad, y que venia a dar la obediencia a nuestro rey y señor, y a demandar perdón por haber tomado armas y habernos dado guerras: y que si lo hicieron que fue por no saber quién éramos, porque tuvieron por cierto que veníamos de la parte de su enemigo Montezuma que como muchas veces suelen tener astucias y mañas para entrar en sus tierras y robarles y saquearles, que así creyeron que les quería hacer ahora, y que por esta causa procuraban defender sus personas y patria, y fue forzado pelear; y que ellos eran muy pobres, que no alcanzan oro, ni plata, ni piedras ricas, ni ropa de algodón y aun sal para comer, porque Montezuma no les da lugar a ello para salirlo a buscar, y que si sus antepasados tenían algún oro y piedras de valor, que (a) Montezuma se lo habían dado cuando algunas veces hacían paces y treguas, porque no les destruyesen, y esto en los tiempos muy atrás pasados; y porque al presente no tienen que dar, que les perdonen, que su pobreza da causa a ello, y no la buena voluntad.

Y dió muchas quejas de Montezuma y de sus aliados, que todos eran contra ellos y les daban guerra, puesto que se habían defendido muy bien, y que ahora quisiera hacer lo mismo contra nosotros, y no pudieron, y aun que se había juntado tres veces con todos sus guerreros, y que éramos invencibles, y que como conocieron esto de nuestras personas que quieren ser nuestros amigos y vasallos del gran señor emperador don Carlos, porque tenían por cierto que con nuestra compañía serán guardados y amparados sus personas y mujeres e hijos y no estarán siempre con sobresalto de los traidores mexicanos. Y dijo otras muchas palabras de ofrecimientos de sus personas y ciudad.

Era este Xicotenga alto de cuerpo y de grande espalda y bien hecho, y la cara tenía larga y como hoyosa y robusta; y era de hasta treinta y cinco años y en el parecer mostraba en su persona gravedad. Y Cortés le dió las gracias muy cumplidas, con halagos que le mostró, y dijo que los recibía por tales vasallos de nuestro rey y señor y amigos nuestros.

Y tornó Cortés a decir, algo más áspero y con gravedad, de las guerras que nos habían dado de día y de noche, y que pues ya no puede haber enmienda en ello, que se lo perdona, y que miren que las paces que ahora les damos que sean firmes y no haya mudamiento, porque si otra cosa hacen los matará y destruirá su ciudad, y que no aguardasen otras palabras de paces, sino de guerra. Y como aquello oyó el Xicotenga y todos los principales que con él venían, respondieron a una que serían firmes y verdaderas, y que para ello quedarían todos en rehenes. Y pasaron otras pláticas de Cortés a Xicotenga, y de todos los más principales, y se les dieron unas cuentas verdes y azules para su padre y para él y para los demás caciques; y les mandó que dijesen que Cortés iría pronto a su ciudad.

Y a todas estas pláticas y ofrecimientos estaban presentes los embajadores mexicanos, de lo cual les pesó en gran manera de las paces, porque bien entendieron que por ellas no les había de venir bien ninguno. Y viendo aquellos embajadores su determinación, rogáronle que aguardásemos allí en nuestro real seis días, porque querían enviar dos de sus compañeros a su señor Montezuma, y que vendrían dentro de los seis días con respuesta. Y Cortés se lo prometió, porque, como he dicho, estaba con calenturas.

Y como en aquella sazón vió que habían venido de paz, y en todo el camino por donde venimos de nuestra Villa Rica de la Vera Cruz eran los pueblos nuestros amigos y confederados, escribió Cortés a Juan de Escalante, que ya he dicho que quedó en la villa para acabar de hacer la fortaleza y por capitán de obra de sesenta soldados viejos y dolientes, que allí quedaron, en las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hubimos en las batallas y reencuentros desde que entramos en la provincia de Tlaxcala, donde ahora han venido de paz; y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciesen a los pueblos totonaques, nuestros amigos, y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado enterradas en cierta parte señalada de su aposento, y asimismo trajesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba, porque las que trajimos de aquella entrada ya se habían acabado. Con las cuales cartas dizque hubieron mucho placer, y Escalante escribió lo que allá había sucedido, y todo vino muy presto. Y en aquellos días en nuestro real pusimos una cruz muy suntuosa y alta: y mandó Cortés a los indios de Cinpancingo, y a los de las casas que estaban juntos de nuestro real, que lo encalasen y estuviese bien aderezado.

Y cumplido el plazo que habían dicho, vinieron de México seis principales, hombres de mucha estima, y trajeron un rico presente que envió el gran Montezuma, que fueron más de tres mil pesos de oro en ricas joyas de diversas maneras, y doscientas piezas de ropa de mantas muy ricas, de plumas y de otras labores; y dijeron a Cortés, cuando lo presentaron, que su señor Montezuma se huelga de nuestra buena andanza, y que le ruega muy ahincadamente que en bueno ni malo no fuese con los de Tlaxcala a su pueblo, ni se confiase de ellos, que le querían llevar allá para robarle oro y ropa, porque son muy pobres.

Y estando en estas razones vienen otros muchos mensajeros de Tlaxcala a decir a Cortés cómo vienen cerca de allí todos los caciques viejos de la cabecera de toda la provincia a nuestros ranchos y chozas, a ver a Cortés y a todos nosotros, para llevarnos a su ciudad. Y como Cortés lo supo, rogó a los embajadores mexicanos que aguardasen tres días por los despachos para su señor, porque tenía al presente que hablar y despachar sobre la guerra pasada o paces que ahora tratan; y ellos dijeron que aguardarían. Y lo que los caciques viejos dijeron a Cortés, diré adelante.

Capítulo XXXII

CÓMO VINIERON A NUESTRO REAL LOS CACIQUES VIEJOS DE TLAXCALA A ROGAR A CORTÉS Y A TODOS NOSOTROS QUE LUEGO NOS FUÉSEMOS CON ELLOS A SU CIUDAD PARA NOS A TENDER, Y LO QUE MÁS PASO

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Desde que los caciques viejos de toda Tlaxcala vieron que no íbamos a su ciudad, acordaron de venir en andas, y otros en hamacas y a cuestas, y otros a pie; los cuales eran los que por mí ya nombrados que se decían Maseescaci, Xicotenga el Viejo y Guaxolocingo, Chichimeca Teczle, Tepacneca de Topeyanco, los cuales llegaron a nuestro real con otra gran compañía de principales, y con gran acato hicieron a Cortés y a todos nosotros tres reverencias, y quemaron copal y tocaron las manos en el suelo y besaron la tierra. Y el Xicotenga el Viejo comenzó a hablar a Cortés de esta manera, y dijo: Malinchi, Malinchi: muchas veces te hemos enviado a rogar que nos perdones porque salimos de guerra, y ya te enviamos a dar nuestro descargo, que fue por defendernos del malo de Montezuma y sus grandes poderes, porque creíamos que erais de su bando y confederados, y si supiéramos lo que ahora sabemos, no digo yo saliros a recibir a los caminos con muchos bastimentos, sino tenéroslos barridos, y aun fuéramos por vosotros a la mar adonde teníais vuestros acales (que son navíos), y pues ya nos habéis perdonado, lo que ahora os venimos a rogar yo y todos estos caciques es que vayáis luego con nosotros a nuestra ciudad, y allí os daremos de lo que tuviéremos, y os serviremos con nuestras personas y haciendas. Y mira, Malinche, no hagas otra cosa, sino luego nos vamos, y porque tememos que por ventura te habrán dicho esos mexicanos alguna cosa de falsedades y mentiras de las que suelen decir de nosotros, no los creas ni los oigas, que en todo son falsos; y tenemos entendido que por causa de ellos no has querido ir a nuestra ciudad.

Y Cortés respondió con alegre semblante y dijo que bien sabía desde muchos años antes pasados, y primero que a esas sus tierras vinésemos, cómo eran buenos, y que de eso se maravilló cuando nos salieron de guerra, y que los mexicanos que allí estaban aguardaban respuesta para su señor Montezuma; y a lo que decían que fuésemos luego a su ciudad, y por el bastimento que siempre traían y otros cumplimientos, que se lo agradecía mucho y lo pagará en buenas obras, y que ya se hubiera ido si tuviera quien nos llevase los tepuzques, que son las lombardas. Y luego que oyeron aquella palabra sintieron tanto placer, que en los rostros se conoció, y dijeron: Pues ¿cómo por eso has estado y no lo has dicho? Y en menos de media hora traín sobre quinientos indios de carga, y otro día muy de mañana comenzamos a marchar camino de la cabecera de Tlaxcala, con mucho concierto, así arti11ería como de caballo y escopetas y ballestas y todos los demás, según lo teníamos de costumbre. Ya había rogado Cortés a los mensajeros de Montezuma que se fuesen con nosotros para ver en qué paraba lo de Tlaxcala, y desde allí los despacharía, y que en su aposento estarían porque no recibiesen ningún deshonor, porque según dijeron temíanse de los tlaxcaltecas.

Antes que más pase adelante quiero decir cómo en todos los pueblos por donde pasamos y en otros en donde tenían noticia de nosotros, llamaban a Cortés Malinche, y así lo nombraré de aquí adelante, Malinche, en todas las pláticas que tuviéramos con cualesquier indios, así de esta provincia como de la ciudad de México, y no le nombraré Cortés sino en parte que convenga. Y la causa de haberle puesto este nombre es que como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía, especial cuando venían embajadores o pláticas de caciques, y ella lo declaraba en la lengua mexicana, por esta causa le llamaban a Cortés el capitán de Marina, y para más breve le llamaron Malinche; y también se le quedó este nombre a un Juan Pérez de Artiaga, vecino de la Puebla, por causa que siempre andaba con doña Marina y con Jerónimo de Aguilar aprendiendo la lengua, y a esta causa le llamaban Juan Pérez Malinche, que es renombre de Artiaga de obra de dos años a esta parte lo sabemos. He querido traer algo de esto a la memoria, aunque no había para qué, porque se entienda el nombre de Cortés de aquí adelante, que se dice Malinche, y también quiero decir que desde que entramos en tierra de Tlaxcala hasta que fuimos a su ciudad se pasaron veinticuatro días; y entramos en ella a veinte y tres de septiembre de mil quinientos diez y nueve años. Y vamos a otro capítulo, y diré lo que allí nos avino.

Capítulo XXXIII

CÓMO FUIMOS A LA CIUDAD DE TLAXCALA, Y LO QUE LOS CACIQUES VIEJOS HICIERON, DE UN PRESENTE QUE NOS DIERON, Y CÓMO TRAJERON SUS HIJOS Y SOBRINOS

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Como los caciques vieron que comenzaba a ir nuestro fardaje camino de su ciudad, luego se fueron adelante para mandar que todo estuviese muy aparejado para recibimos y para tener los aposentos muy enramados. Y ya que llegábamos a un cuarto de legua de la ciudad, sálennos a recibir los mismos caciques que se habían adelantado, y traen consigo sus hijos y sobrinos y muchos principales, cada parentela y bando y parcialidad por sí, porque en Tlaxcala había cuatro parcialidades, sin la de Tecapaneca, señor de Topeyanco, que eran cinco; y también vinieron de todos los lugares sus sujetos, y traían sus libreas diferenciadas que, aunque eran de henequén, eran muy primas y de buenas labores y pinturas, porque algodón no lo alcanzaban. Y luego vinieron los papas de toda la provincia, que había muchos por los grandes adoratorios que tenían, que ya he dicho que entre ellos se dicen cúe, que son donde tienen sus ídolos y sacrifican. Y traían aquellos papas braseros con ascuas de brasas, y con sus inciensos, sahumando a todos nosotros; y traían vestidos algunos de ellos ropas muy largas, a manera de sobrepellices, y eran blancas y traían capillas en ellos, querían parecer como a las de las que traen los canónigos, como ya lo tengo dicho, y los cabellos muy largos y engreñados, que no se pueden desparcir si no se cortan, y llenos de sangre, que les salía de las orejas, que en aquel día se habían sacrificado, y abajaban las cabezas, como a manera de humildad, cuando nos vieron, y traían las uñas de los dedos de las manos muy largas; y oímos decir que (a) aquellos papas tenían por religiosos y de buena vida.

Y junto a Cortés se allegaron muchos principales, acompañándole, y desde que entramos en lo poblado no cabían por las calles y azoteas de tantos indios e indias que nos salían a ver con rostros muy alegres, y trajeron obra de veinte piñas, hechas de muchas rosas de la tierra, diferenciados los colores y de buenos olores, y los dan a Cortés y a los demás soldados que les parecían capitanes, especial a los de caballo; y desde que llegamos a unos buenos patios, adonde estaban los aposentos, tomaron luego por la mano a Cortés y Xicotenga el Viejo y Maseescaci y les meten en los aposentos, y allí tenían aparejados para cada uno de nosotros, a su usanza, unas camillas de esteras y mantas de henequén, y también se aposentaron los amigos que traíamos de Cempoal y de Zocotlán cerca de nosotros. Mandó Cortés que los mensajeros del gran Montezuma se aposentasen junto con su aposento.

Y puesto que estábamos en tierra que veíamos cláramente que estaban de buenas voluntades, y muy de paz, no nos descuidábamos de estar muy apercibidos, según lo teníamos de costumbre. Y parece ser que un capitán a quien cabía el cuarto de poner corredores del campo y espías y velas, dijo a Cortés: Parece, señor, que están muy de paz; no habemos menester tanta guarda, ni estar tan recatados como solemos. Y Cortés dijo: Mirad, señores, bien veo lo que decís; mas por la buena costumbre hemos de estar apercibidos, que aunque sean muy buenos, no habemos de creer en su paz, sino como si nos quisiesen dar guerra y los viésemos venir a encontrar con nosotros, que muchos capitanes por confiarse y descuido fueron desbaratados; especialmente nosotros, como somos tan pocos, y habiéndonos enviado avisar el gran Montezuma, puesto que sea fingido y no verdad, hemos de estar muy alerta. Dejemos de hablar de tantos cumplimientós y orden como teníamos en nuestras velas y guardas, y volvamos a decir cómo Xicotenga el Viejo y Maseescaci, que eran grandes caciques, se enojaron mucho con Cortés y le dijeron con nuestras lenguas: Malinche: o tu nos tienes por enemigos, o no muestras obras en lo que te vemos hacer, que no tienes confianza de nuestras personas y en las paces que nos has dado y nosotros a ti, y esto te decimos porque vemos que así os veláis y venís por los caminos apercibidos como cuando veníais a encontrar con nuestros escuadrones; y esto, Malinche, creemos que lo haces por las traiciones y maldades que los mexicanos te han dicho en secreto, para que estés mal con nosotros; mira, no los creas, que ya aquí estás y te daremos todo lo que quisieres, hasta nuestras personas e hijos, y moriremos por vosotros; por eso demanda en rehenes lo que fuere tu voluntad. Y Cortes y todos nosotros estábamos espantados de la gracia y amor con que lo decían; y Cortés les respondió que así lo tiene creído, y que no ha menester rehenes, sino ver sus muy buenas voluntades; y que en cuanto a venir apercibidos, que siempre lo teníamos de costumbre, y que no lo tuviese a mal, y por todos los ofrecimientos se lo tenía en merced y lo pagaría el tiempo andando. Y pasadas estas pláticas, vienen otros principales con muy gran aparato de gallinas y pan de maíz y tunas, y otras cosas de legumbres que había en la tierra, y abastecen el real muy cumplidamente, que en veinte días que allí estuvimos siempre lo hubo muy sobrado; y entramos en esta ciudad, como dicho es, en veinte y tres días del mes de septiembre de mil quinientos diez y nueve años.

Otro día de mañana mandó Cortés que se pusiese un altar para que se dijese misa, porque ya teníamos vino y hostias, la cual misa dijo el clérigo Juan Díaz, porque el Padre de la Merced estaba con calenturas y muy flaco, y estando presente Maseescaci y el viejo Xicotenga y otros caciques; y acabada la misa, Cortés se entró en su aposento y con él parte de los soldados que le solíamos acompañar, y también los dos caciques viejos, y díjole el Xicotenga que le querían traer un presente, y Cortés les mostraba mucho amor, y les dijo que cuando quisiesen. Y luego tendieron unas esteras y una manta encima, y trajeron seis o siete piecezuelas de oro y piedras de poco valor, y ciertas cargas de ropa de henequén, que todo era muy pobre, que no valía veinte pesos.

Y entonces también trajeron apartadamente mucho bastimento. Cortés lo recibió con alegría y les dijo que más tenía aquello, por ser de su mano y con la voluntad que se lo daban, que si le trajeran otros una casa llena de oro en granos, y que así lo recibe, y les mostró mucho amor.

Otro día vinieron los mismos caciques viejos y trajeron cinco indias, hermosas doncellas y mozas, y para ser indias eran de buen parecer y bien ataviadas, y traían para cada india otra india moza para su servicio, y todas eran hijas de caciques. Y dijo Xicotenga a Cortés: Malinche: esta es mi hija, y no ha sido casada, que es doncella, y tomadla para vos. La cual le dió por la mano, y las demás que las diese a los capitanes. Y Cortés se lo agradeció, y con buen semblante que mostró dijo que él las recibía y tomaba por suyas, y que ahora al presente que las tuviesen en poder sus padres. Y preguntaron los mismos caciques que por qué causa no las tomábamos ahora; y Cortés respondió porque quiero hacer primero lo que manda Dios Nuestro Señor, que es en el que creemos y adoramos, y a lo que le envió el rey nuestro señor, que es quiten sus ídolos y que no sacrifiquen ni maten más hombres, ni hagan otras torpedades malas que suelen hacer, y crean en lo que nosotros creemos, que es un solo Dios verdadero. Y se les dijo otras muchas cosas tocantes a nuestra santa fe, y verdaderamente fueron muy bien declaradas, porque doña Marina y Aguilar, nuestras lenguas, estaban ya tan expertos en ello que se lo daban a entender muy bien.

Y lo que respondieron a todo es que dijeron: Malinche: ya te hemos entendido antes de ahora y bien creemos que ese vuestro Dios y esa gran señora, que son muy buenos; mas mira, ahora viniste a estas nuestras casas; el tiempo andando entenderemos muy más claramente vuestras cosas, y veremos cómo son y haremos lo que es bueno. ¿Cómo quieres que dejemos nuestros teules, que desde muchos años nuestros antepasados tienen por dioses, y les han adorado y sacrificado? Ya que nosotros, que somos viejos, por complacerte, lo quisiésemos hacer, ¿qué dirán todos nuestros papas y todos los vecinos y mozos y niños de esta provincia, sino levantarse contra nosotros? Especialmente, que los papas han ya hablado con nuestro teul el mayor, y les respondieron que no los olvidásemos en sacrificios de hombres y en todo lo que de antes solíamos hacer; si no, que toda esta provincia destruirían con hambres, pestilencia y guerras. Así que dijeron y dieron por respuesta que no curásemos más de hablarles en aquella cosa, porque no los habían de dejar de sacrificar aunque les matasen. Y desde que vimos aquella respuesta que la daban tan de veras y sin temor, dijo el Padre de la Merced, que era hombre entendido y teólogo: Señor, no cure vuestra merced de más les importunar sobre esto, que no es justo que por fuerza les hagamos ser cristianos, y aun lo que hicimos en Cempoal de derrocarles sus ídolos no quisiera yo que se hiciera hasta que tengan conocimiento de nuestra santa fe. ¿Qué aprovecha quitarles ahora sus ídolos de un cu y adoratorio si los pasan luego a otros? Bien es que vayan sintiendo nuestras amonestaciones, que son santas y buenas, para que conozcan adelante los buenos consejos que les damos. Y también le hablaron a Cortés tres caballeros, que fueron Juan Velázquez de León y Francisco de Lugo, y dijeron a Cortés: Muy bien dice el Padre, y vuestra merced con lo que ha hecho cumple y no se toque más a estos caciques sobre el caso. Y así se hizo.

Lo que les mandamos con ruegos fue que luego desembarazasen un cu que estaba allí cerca, y era nuevamente hecho, y quitasen unos ídolos, y lo encalasen y limpiasen, para poner en ellos una cruz y la imagen de Nuestra Señora; lo cual luego hicieron, y en él se dijo misa, se bautizaron aquellas cacicas, y se puso nombre a la hija de Xicotenga el ciego, doña Luisa; y Cortés la tomó por la mano y se la dió a Pedro de Alvarado; y dijo al Xicotenga que aquel a quien la daba era su hermano y su capitán, y que lo hubiese por bien, porque sería de él muy bien tratada; y Xicotenga recibió contentamiento de ello. Y la hija o sobrina de Maseescaci se puso nombre doña Elvira, y era muy hermosa, y paréceme que la dió a Juan Velázquez de León; y las demás se pusieron sus nombres de pila y todas con dones, y Cortés las dió a Gonzalo de Sandoval y a Cristóbal de Olid y Alonso de Avila; y después de esto hecho, se les declaró a qué fin se pusieron dos cruces, y que eran porque tienen temor de ellas sus ídolos, y que adoquiera que estamos de asiento o dormimos se ponen en los caminos; y a todo estaban muy contentos.

Antes que más pase adelante quiero decir cómo de aquella cacica, hija de Xicotenga, que se llamó doña Luisa, que se dió a Pedro de Alvarado, que así como se la dieron toda la mayor parte de Tlaxcala la acataban y le daban presentes y la tenían por su señora, y de ella hubo Pedro de Alvarado, siendo soltero, un hijo, que se dijo don Pedro, y una hija que se dice doña Leonor, mujer que ahora es de don Francisco de la Cueva, buen caballero, primo del duque de Alburquerque, y ha habido en ella cuatro o cinco hijos, muy buenos caballeros; y esta señora doña Leonor es tan excelente señora, en fin, como hija de tal padre, que fue comendador de Santiago, adelantado y gobernador de Guatemala, y es el que fue al Perú con grande armada; y por la parte de Xicotenga, gran señor de Tlaxcala. Y dejemos estas relaciones y volvamos a Cortés, que se informó de estos caciques y les preguntó muy por entero de las cosas de México.

También dijeron aquellos mismos caciques que sabían de sus antecesores que les había dicho un su ídolo, en quien ellos tenían mucha devoción, que vendrían hombres de las partes de donde sale el sol y de lejanas tierras a los sojuzgar y señorear; que si somos nosotros, que holgarán de ello, que pues tan esforzados y buenos somos. Y cuando trataron las paces se les acordó de esto que les habían dicho sus ídolos, y que por aquella causa nos dan sus hijas para tener parientes que les defiendan de los mexicanos. Y después que acabaron su razonamiento, todos quedamos espantados y decíamos si por ventura decían verdad. Y luego nuestro capitán Cortés les replicó y dijo que ciertamente veníamos de hacia donde sale el sol, y que por esta causa nos envió el rey nuestro señor a tenerles por hermanos, porque tiene noticia de ellos, y que plega a Dios que nos dé gracia para que por nuestras manos e intercesión se salven. Y dijimos todos amén.

Hartos estarán ya los caballeros que esto leyeren de oír razonamientos y pláticas de nosotros a los tlaxcaltecas y ellos a nosotros; querría acabar ya, y por fuerza me he de detener en otras cosas que con ellos pasamos, y es aquel el volcán que está cabe Guaxocingo, echaba en aquella sazón que estábamos en Tlaxcala mucho fuego, más que otras veces solía echar, de lo cual nuestro capitán Cortés y todos nosotros, como no habíamos visto tal, nos admiramos de ello; y un capitán de los nuestros que se decía Diego de Ordaz tomóle codicia de ir a ver qué cosa era, y demandó licencia a nuestro general para subir en él, la cual licencia le dió, y aun de hecho se lo mandó. Y llevó consigo dos de nuestros soldados y ciertos indios principales de Guaxocingo; y los principales que consigo llevaba poníanle temor con decirle que luego que estuviese a medio camino de Popocatepeque, que así llaman aquel volcán, no podría sufrir el temblor de la tierra y llamas y piedras y ceniza que de él sale, y que ellos no se atreverían a subir más de donde tienen unos cúes de ídolos que llaman los teules de Popocatepeque. Y todavía Diego de Ordaz con sus dos compañeros fue su camino hasta llegar arriba, y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo, que no se atrevieron a subir, y parece ser, según dijo después Ordaz y los dos soldados, que al subir que comenzó el volcán a echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas, y mucha ceniza, y que temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán, y que estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de ahí a una hora que sintieron que había pasado aquella llamarada y no echaba tanta ceniza ni humo, y que subieron hasta la boca, que era muy redonda y ancha, y que habría en el anchor un cuarto de legua, y que desde allí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados.

Y está este volcán de México obra de doce o trece leguas. Y después de bien visto, muy gozoso Ordaz y admirado de haber visto a México y sus ciudades, volvió a Tlaxcala con sus compañeros, y los indios de Guaxocingo y los de Tlaxcala se lo tuvieron a mucho atrevimiento. Dejemos de contar del volcán, y diré cómo hallamos en este pueblo de Tlaxcala casas de madera hechas de redes y llenas de indios e indias que tenían dentro encarcelados y a cebo, hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar; las cuales cárceles les quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban ír a cabo ninguno, sino estarse allí con nosotros, y así escaparon las vidas; y de allí en adelante en todos los pueblos que entrábamos lo primero que mandaba nuestro capitán era quebrarles las tales cárceles y echar fuera los prisioneros, y comúnmente en todas estas tierras los tenían. Y como Cortés y todos nosotros vimos aquella gran crueldad, mostró tener mucho enojo de los caciques de Tlaxcala, y se lo riñó bien enojado, y prometieron que desde allí adelante que no matarían ni comerían de aquella manera más indios. Digo yo que, qué aprovechaban todos aquellos prometimientos, que en volviendo la cabeza hacían las mismas crueldades. Y dejémoslo así y digamos cómo ordenamos de ir a México.

Viendo nuestro capitán que había ya diez y siete días que estábamos holgando en Tlaxcala y oíamos decir de las grandes riquezas de Montezuma y su próspera ciudad, acordó tomar consejo con todos nuestros capitanes y soldados, en quien sentía que le tenían buena voluntad, para ir adelante, y fue acordado que con brevedad fuese nuestra partida. Y sobre este camino hubo en el real muchas pláticas de desconformidad, porque decían unos soldados que era cosa muy temerosa irnos a meter en tan fuerte ciudad siendo nosotros tan pocos, y decían de los grandes poderes de Montezuma. Y el capitán Cortés respondía que ya no podíamos hacer otra cosa, porque siempre nuestra demanda y apellido fue ver a Montezuma, y que por demás eran ya otros consejos. Y viendo que tan determinadamente lo decía y sintieron los del contrario parecer que muchos de los soldados le ayudamos a Cortés de buena voluntad con decir ¡adelante en buena hora!, no hubo más contradicción. Y los que andaban en estas pláticas contrarias eran de los que tenían en Cuba haciendas, que yo y otros pobres soldados ofrecido teníamos siempre nuestras ánimas a Dios, que las crió, y los cuerpos a heridas y trabajos hasta morir en servicio de Nuestro Señor Dios y de Su Majestad.

Y estando diciendo esto y otras cosas que convenía decir sobre este caso, vinieron a hacer saber a Cortés cómo el gran Montezuma enviaba cuatro embajadores con presentes de oro, y de muchos géneros de hechuras, que valía bien dos mil pesos, y diez cargas de mantas de muy buenas labores de pluma. Cortés los recibió con buen semblante. Y luego dijeron aquellos embajadores, por parte de su señor Montezuma, que nos rogaba que fuésemos luego a su ciudad y que nos daría de lo que tuviese, y aunque no tan cumplido como nosotros merecíamos y él deseaba, y puesto que todas las vituallas le entran en su ciudad de acarreto, que mandaría proveernos lo mejor que pudiese.

Y estando platicando sobre el camino que habíamos de llevar para México, porque los embajadores de Montezuma que estaban con nosotros, que iban por guías, decían que el mejor camino y más llano era por la ciudad de Cholula, por ser vasallos del gran Montezuma, donde recibiríamos servicio, y a todos nosotros nos pareció bien que fuésemos a aquella ciudad; y como los caciques de Tlaxcala entendieron que nos queríamos ir por donde nos encaminaban los mexicanos, se entristecieron y tornaron a decir que, en todo caso, fuésemos por Guaxocingo, que eran sus parientes y nuestros amigos, y no por Cholula, porque en Cholula siempre tiene Montezuma sus tratos dobles encubiertos.

Y después de muchas pláticas y acuerdos, nuestro camino fue por Cholula. Y luego Cortés mandó que fuesen mensajeros a decirles que cómo estando tan cerca de nosotros no nos envían a visitar y hacer aquel acato que son obligados a mensajeros como somos de tan gran rey y señor como es el que nos envió a notificar su salvación, y que les ruega que luego viniesen todos los caciques y papas de aquella ciudad a vernos y dar la obediencia a nuestro rey y señor; si no, que los tendría por de malas intenciones.

Capítulo XXXIV

CÓMO FUIMOS A LA CIUDAD DE CHOLULA EN DOCE DE OCTUBRE DE 1519 AÑOS. Y DEL GRAN RECIBIMIENTO QUE NOS HICIERON LOS NATURALES DE AQUELLAS TIERRAS

Una mañana comenzamos a marchar por nuestro camino para la ciudad de Cholula, e íbamos con el mayor concierto que podíamos, porque, como otras veces he dicho, adonde esperábamos haber revueltas o guerras nos apercibíamos muy mejor, y aquel día fuimos a dormir a un río que pasa obra de una legua chica de Cholula, adonde está ahora hecho un puente de piedra, y ahí nos hicieron unas chozas y ranchos. Y esta misma noche enviaron los caciques de Cholula mensajeros, hombres principales, a darnos el parabién venidos a su tierra, y trajeron bastimentos de gallinas y pan de maíz, y dijeron que en la mañana vendrían todos los caciques y papas a recibirnos, y que les perdonemos porque no habían salido luego. Y Cortés les dijo con nuestras lenguas doña Marina y Jerónimo de Aguilar que se los agradecía, así por el bastimento que traían como por la buena voluntad que mostraban. Y allí dormimos aquella noche con buenas velas y escuchas y corredores del campo, y desde que amaneció comenzamos a caminar hacia la ciudad. Y yendo por nuestro camino ya cerca de la población nos salieron a recibir los caciques y papas y otros muchos indios. Y todos los más traían vestidas unas ropas de algodón de hechuras de marlotas, como las traen los indios zapotecas, y esto digo a quien las ha visto y ha estado en aquella provincia, porque en aquella ciudad así se usaban; y venían muy de paz y de buena voluntad, y los papas traían braseros con incienso con que sahumaron a nuestro capitán y a los soldados que cerca de él nos hallamos. Y parecer aquellos papas y principales, como vieron los indios tlaxcaltecas que con nosotros venían, dijéronselo a doña Marina, que se lo dijese al general, que no era bien que de aquella manera entrasen sus enemigos con armas en su ciudad. Y como nuestro capitán lo entendió, mandó a los capitanes y soldados y el fardaje que parásemos, y desde que nos vió juntos y que no caminaba ninguno, dijo: Paréceme, señores, que antes que entremos en Cholula que demos un tiento con buenas palabras a estos caciques y papas y veamos que es su voluntad, porque vienen murmurando de estos nuestros amigos tlaxcaltecas, y tienen mucha razón en lo que dicen, y con buenas palabras les quiero dar a entender la causa por qué venimos a su ciudad; y porque ya, señores, habéis entendido lo que nos han dicho los tlaxcaltecas, que son bulliciosos, y será bien que por bien den la obediencia a Su Majestad. Y esto me parece que conviene.

Y luego mandó a doña Marina que llamase a los caciques y papas allí donde estaba a caballo y todos nosotros juntos con Cortés. Y luego vinieron tres principales y dos papas, y dijeron: Malinche: perdónanos porque no fuimos a Tlaxcala a verte y llevar comida, no por falta de voluntad, sino porque son nuestros enemigos Maseescaci y Xicotenga y toda Tlaxcala, y que han dicho muchos males de nosotros y del gran Montezuma, nuestro señor, y que no basta lo que han dicho, sino que ahora tengan atrevimiento, con vuestro favor, de venir con armas a nuestra ciudad; y que le piden por merced que les mande volver a sus tierras, o al menos que se queden en el campo y que no entren de aquella manera en su ciudad, y que nosotros que vamos mucho en buena hora, y como el capitán vió la razón que tenían, mandó luego a Pedro de Alvarado y al maestre de campo, que era Cristóbal de Olid, que rogasen a los tlaxcaltecas que allí en el campo hiciesen sus ranchos y chozas y que no entrasen con nosotros sino los que llevaban la artillería y nuestros amigos los de Cempoal, y les dijesen que la causa por que se les mandaba era porque todos aquellos caciques y papas se temen de ellos, y que cuando hubiésemos de pasar de Cholula para México que los enviará a llamar, y que no lo hayan por enojo. Y después que los de Cholula vieron lo que Cortés mandó, parecían que estaban más sosegados, y les comenzó Cortés a hacer un parlamento, diciendo que nuestro rey y señor, cuyos vasallos somos, tiene tan grandes poderes y tiene debajo de su mando a muchos grandes príncipes y caciques, y que nos envió a estas tierras a notificarles y mandar que no adoren ídolos, ni sacrifiquen hombres, ni coman de sus carnes, ni hagan sodomías ni otras torpedades, y que por ser el camino por allí para México, adonde vamos a hablar al gran Montezuma, y por no haber otro más cercano, venimos por su ciudad, y también para tenerles por hermanos, y que pues otros grandes caciques han dado la obediencia a Su Majestad, que será bien que ellos la den como los demás. Y respondieron que aún no habemos entrado en su tierra y ya les mandábamos dejar sus teules, que así llamaban a sus ídolos, que no lo pueden hacer, y que dar la obediencia a ese vuestro rey que decís, les place, y así la dieron de palabra y no ante escribano. Y esto hecho, luego comenzamos a marchar para la ciudad. Y era tanta la gente que nos salía a ver, que las calles y azoteas estaban llenas, y no me maravillo de ello, porque no habían visto hombres como nosotros, ni caballos. Y nos llevaron (a) aposentar a unas grandes salas, en que estuvimos todos, y nuestros amigos los de Cempoal y los tlaxcaltecas que llevaron el fardaje. Y nos dieron de comer aquel día y otro muy bien y abastadamente. Y puesto que los veíamos que estaban muy de paz, no dejábamos siempre de estar muy apercibidos, por la buena costumbre que en ello teníamos; y al tercero día ni nos daban de comer ni parecía cacique ni papa; y si algunos indios nos venían a ver, estaban apartados, que no se llegaban a nosotros, y riéndose, como cosa de burla. Y desde que aquello vió nuestro capitán dijo a doña Marina y Aguilar, nuestras lenguas, que dijesen a los embajadores del gran Montezuma, que allí estaban, que mandasen a los caciques traer de comer, y lo que traían era agua y leña; y unos viejos que lo traían decían que no tenían maíz. Y en aquel mismo día vinieron otros embajadores de Montezuma y se juntaron con los que estaban con nosotros, y dijeron a Cortés muy desvergonzadamente que su señor les enviaba a decir que no fuésemos a su ciudad porque no tenía qué nos dar de comer, y que luego se querían volver a México con la respuesta. Y después que aquello vió Cortés, y le pareció mal su plática, con palabras blandas dijo a los embajadores que se maravillaba de tan gran señor como es Montezuma de tener tantos acuerdos, y que les rogaba que no se fuesen a México, porque otro día se quería partir para verle y hacer lo que mandase, y aun me parece que les dió unos sartalejos de cuentas. Y los embajadores dijeron que sí aguardarían.

Hecho esto, nuestro capitán nos mandó juntar, y nos dijo: Muy desconcertada veo esta gente; estemos muy alerta, que alguna maldad hay entre ellos. Y luego envió a llamar al cacique principal, que ya no se me acuerda cómo se llamaba, o que enviase algunos principales; y respondió que estaba malo y que no podía venir. Y desde que aquello vió nuestro capitán mandó que de un gran cúe que estaba junto a nuestros aposentos le trajésemos dos papas con buenas razones, porque había muchos en él. Trajimos dos de ellos sin hacerles deshonor, y Cortés les mandó dar a cada uno un chalchuique son muy estimados entre ellos, como esmeraldas, y les dijo con palabras amorosas que por qué causa el cacique y principales y todos los más papas están amedrentados, que los ha enviado a llamar y no han querido venir. Y parece ser que el uno de aquellos papas era hombre muy principal entre ellos y tenía cargo o mando en todos los demás cúes de aquella ciudad, que debía ser a manera de obispo entre eIlos y le tenían gran acato, y dijo que ellos, que son papas, que no tenían temor de nosotros: que si el cacique y principales no han querido venir, que él irá a llamarlos, y que como él les hable que tiene creído que no harán otra cosa y que vendran. Y luego Cortés dijo que fuese y quedase su compañero allí, aguardando hasta que viniese. Y fue aquel papa y llamó al cacique y principales, y luego vinieron juntos con él al aposento de Cortés. Y les preguntó con nuestras leguas que por qué habían miedo y que por qué causa no nos daban de comer, y que si reciben pena de nuestra estada en su ciudad, que otro día por la mañana nos queríamos partir para México a ver y hablar al señor Montezuma; y que le tengan aparejados tamemes para llevar el fardaje y tepuzques, que son las lombardas, y también que luego traigan comida. Y el cacique estaba tan cortado, que no acertaba a hablar, y dijo que la comida que la buscarían; mas que su señor Montezuma les ha enviado a mandar que no la diesen, ni quería que pasásemos de allí adelante.

Y estando en estas pláticas vinieron tres indios de los de Cempoal, nuestros amigos, y secretamente dijeron a Cortés que han hallado, junto adonde estábamos aposentados, hechos hoyos en las calles, encubiertos con madera y tierra encima, que si no miran mucho en ello no se podría ver, y que quitaron la tierra de encima de un hoyo y estaba lleno de estacas muy agudas, para matar los caballos si corriesen, y que las azoteas que las tienen llenas de piedras y mamparos de adobes, y que ciertamente no estaban de buena arte, porque también hallaron albarradas de maderos gruesos en otra calle. Y en aquel instante vinieron ocho indios tlaxcaltecas, de los que dejamos en el campo, que no entraron en Cholula, y dijeron a Cortés: Mira, Malinche, que esta ciudad está de mala manera, porque sabemos que esta noche han sacrificado a su ídolo, que es el de la guerra, siete personas, y los cinco de ellos son niños, porque les dé victoria contra vosotros, y también habemos visto que sacan todo el fardaje y mujeres y niños. Desde que aquello oyó Cortés luego les despachó para que fuesen a sus capitanes los tlaxcaltecas y que estuviesen muy aparejados si les enviásemos a llamar; y tornó a hablar al cacique y papas y principales de Cholula que no tuviesen miedo ni anduviesen alterados, y que mirasen la obediencia que dieron que no la quebrantasen, que les castigaría por ello, que ya les ha dicho que nos queremos ir por la mañana, que ha menester dos mil hombres de guerra de aquella ciudad que vayan con nosotros, como nos han dado los de Tlaxcala, porque en los caminos los habrá menester. Y dijéronle que sí darían, y demandaron licencia para irse luego a apercibirlos, y muy contentos se fueron, porque creyeron que con los guerreros que nos habían de dar y con las capitanías de Montezuma que estaban en los arcabuesos y barrancas, que allí de muertos o presos no podríamos escapar por causa que no podrían correr los caballos, y por ciertos mamparos y albarradas, que dieron luego por aviso a los que estaban en guarnición que hiciesen, a manera de callejón, que no pudiésemos pasar, y les avisaron que otro día habíamos de partir y que estuviesen muy a punto todos, porque ellos nos darían dos mil hombres de guerra, y como fuésemos descuidados, que allí harían su presa los unos y los otros y nos podían atar; y que esto que lo tuviesen por cierto, porque ya habían hecho sacrificios a sus ídolos de la guerra y les han prometido la victoria.

Y dejemos de hablar en ello, que pensaban que sería cierto, y volvamos a nuestro capitán, que quiso saber muy por extenso todo el concierto y lo que pasaba, y dijo a doña Marina que llevase más chalchiuis a los dos papas que había hablado primero, pues no tenían miedo, y con palabras amorosas les dijese que los quería tomar a hablar Malinche, y que los trajese consigo. Y la doña Marina fue y les habló de tal manera, que lo sabía muy bien hacer, y con dádivas vinieron luego con ella. Y Cortés les dijo que dijesen la verdad de lo que supiesen, pues eran sacerdotes de ídolos y principales que no habían de mentir, y que lo que dijesen que no sería descubierto por vía ninguna, pues que otro día nos habíamos de partir, y que les daría mucha ropa. Y dijeron que la verdad es que su señor Montezuma supo que íbamos (a) aquella ciudad, y que cada día estaba en muchos acuerdos, y que no determinaba bien la cosa, y que unas veces les enviaba a mandar que si allá fuésemos que nos hiciesen mucha honra y nos encaminasen a su ciudad, y otras veces les enviaba a decir que ya no era su voluntad que fuésemos a México; que ahora nuevamente le han aconsejado su Tezcatepuca y su Ichilobos, en quien ellos tienen gran devoción, que allí en Cholula nos matasen o llevasen atados a México, y que habían enviado el día antes veinte mil hombres de guerra, y que la mitad están ya aquí dentro de esta ciudad y la otra mitad están cerca de aquí entre unas quebradas, y que ya tienen aviso cómo habéis de ir mañana, y de las albarradas que les mandaron hacer, y de los dos mil guerreros que os habemos de dar: y cómo tenían ya hecho conciertos que habían de quedar veinte de nosotros para sacrificar a los ídolos de Cholula. Cortés les mandó dar mantas muy labradas y les rogó que no lo dijesen, porque si lo descubrían que a la vuelta que volviésemos de México los matarían; y que se quería ir muy de mañana, y que hiciesen venir a todos los caciques para hablarles, como dicho les tiene.

Y luego aquella noche tomó consejo Cortés de lo que habíamos de hacer. Y fue de esta manera: que ya que les había dicho Cortés que nos habíamos de partir para otro día, que hiciésemos que liábamos nuestro hato, que era harto poco, y que en unos grandes patios que había donde posábamos, que estaban con altas cercas, que diésemos en los indios de guerra, pues aquello era su merecido; y que con los embajadores de Montezuma disimulásemos y les dijésemos que los malos cholultecas han querido hacer una traición y echar la culpa de ella a su señor Montezuma, y a ellos mismos, como sus embajadores, lo cual no creímos que tal mandase hacer, y que les rogábamos que se estuviesen en el aposento y no tuviesen más plática con los de aquella ciudad, porque no nos den que pensar que andan juntamente con ellos en las traiciones, y para que se vayan con nosotros a México por guías. Y respondieron que ellos y su señor Montezuma no saben cosa ninguna de lo que les dicen, y aunque no quisieron les pusimos guardas porque no se fuesen sin licencia, y porque no supiese Montezuma que nosotros sabíamos que él era quien lo había mandado hacer.

Y aquella noche estuvimos muy apercibidos y armados, y los caballos ensillados enfrenados con grandes velas y rondas, que esto siempre lo teníamos de costumbres, porque tuvimos por cierto que todas las capitanías, así de mexicanos como de cholultecas, aquella noche habían de dar sobre nosotros.

Y una india vieja, mujer de un cacique, como sabía el concierto y trama que tenían ordenado, vino secretamente a doña Marina, nuestra lengua; como la vió moza y de buen parecer y rica, le dijo y aconsejó que se fuese con ella (a) su casa si quería escapar la vida, porque ciertamente aquella noche y otro día nos habían de matar a todos, porque ya estaba así mandado y concertado por el gran Montezuma, para que entre los de aquella ciudad y los mexicanos se juntasen y no quedase ninguno de nosotros a vida, y nos llevasen atados a México, y que porque sabe esto y por mancilla que tenía de la doña Marina, se lo venía a decir, y que tomase todo su hato y se fuese con ella a su casa, y que allí la casaría con su hijo, hermano de otro mozo que traía la vieja, que la acompañaba. Y como lo entendió la doña Marina y en todo era muy avisada. la dijo: ¡Oh, madre, qué mucho tengo que agradeceros eso que me decís! Yo me fuera ahora con vos, sino que no tengo aquí de quién me fiar para llevar mis mantas y joyas de oro, que es mucho; por vuestra vida, madre, que aguardéis un poco vos y vuestro hijo, y esta noche nos iremos, que ahora ya veis que estos teules están velando y sentirnos han. Y la vieja creyó lo que le decía y quedóse con ella platicando; y le preguntó que de qué manera nos habían de matar y cómo y cuándo y adónde se hizo el concierto. Y la vieja se lo dijo ni más ni menos que lo habían dicho los dos papas. Y respondió la doña Marina: ¿Pues cómo siendo tan secreto ese negocio lo alcanzastes vos a saber? Dijo que su marido se lo había dicho, que es capitán de una parcialidad de aquella ciudad y, como tal capitán, está ahora con la gente de guerra que tiene a cargo dando orden para que se junten en las barrancas con los escuadrones del gran Montezuma, y que cree que estarán juntos esperando para cuando fuésemos, y que allí nos matarían; y que esto del concierto que lo sabe tres días había, porque de México enviaron a su marido un atambor dorado y a otros tres capitanes también les envió ricas mantas y joyas de oro, porque nos llevasen atados a su señor Montezuma. Y la doña Marina, como lo oyó, disimuló con la vieja y dijo: ¡Oh, cuánto me huelgo en saber que vuestro hijo, con quien me queréis casar, es persona principal; mucho hemos estado hablando; no querría que nos sintiesen; por eso, madre, aguardad aquí; comenzaré a traer mi hacienda, porque no la podré sacar todo junto, y vos y vuestro hijo, mi hermano, lo guardaréis, y luego nos podremos ir! Y la vieja todo se lo creía. Y sentóse de reposo la vieja y su hijo. Y la doña Marina entra de presto donde estaba el capitán y le dice todo lo que pasó con la india, la cual luego la mandó traer ante él; y la tomó a preguntar sobre las traiciones y conciertos; y le dijo ni más ni menos que los papas. Y la pusieron guardas porque no se fuese.

Y desde que amaneció, ¡qué cosa era de ver la prisa que traían los caciques y papas con los indios de guerra, con muchas risadas y muy contentos, ¡como si ya nos tuvieran metidos en el garlito y redes! Y trajeron más indios de guerra que les demandamos, que no cupieron en los patios, por muy grandes que son, que aún todavía están sin deshacer por memoria de lo pasado. Y por bien de mañana que vinieron los cholultecas con la gente de guerra, ya todos nosotros estábamos muy a punto para lo que se habia de hacer, y los soldados de espada y rodela puestos a la puerta del gran patio, para no dejar salir ningún indio de los que estaban con armas, y nuestro capitán también estaba a caballo, acompañado de muchos soldados para su guarda. Y desde que vió que tan de mañana habían venido los caciques y papas y gente de guerra. dijo: ¡Qué voluntad tienen estos traidores de vernos entre las barrancas para hartarse de nuestras carnes; mejor lo hará Nuestro Señor! Y preguntó por los dos papas que habían descubierto el secreto, y le dijeron que estaban a la puerta del patio con otros caciques que querían entrar. Y mandó Cortés (a) Aguilar, nuestra lengua, que les dijese que se fuesen a sus casas y que ahora no tenían necesidad de ellos; y esto fue por causa que pues nos hicieron buena obra no recibiesen mal por ella, porque no los matásemos. Y como estaba a caballo y doña Marina junto a él, comenzó a decir a los caciques que, sin hacerles enojo ninguno, a qué causa nos querían matar la noche pasada, y que si les hemos hecho o dicho cosa para que nos tratasen aquellas traiciones.

Y que bien se ha parecido su mala voluntad y las traiciones, que no las pudieron encubrir, que aun de comer no nos daban, que por burlar traían agua y leña y decían que no había maíz, y que bien sabe que tienen cerca de allí, en unas barrancas, muchas capitanías de guerreros esperándonos, creyendo que habíamos de ir por aquel camino a México, para hacer la traición que tienen acordada con otra mucha gente de guerra que esta noche se han juntado con ellos. Que pues como en pago de que venimos a tenerlos por hermanos y decirles lo que Dios Nuestro Señor y el rey manda, nos querían matar y comer nuestras carnes que ya tenían aparejadas las ollas, con sal y ají y tomates, que si esto querían hacer, que fuera mejor que nos dieran guerra como esforzados y buenos guerreros, en los campos, como hicieron sus vecinos los tlaxcaltecas, y que sabe por muy cierto que tenían concertado que en aquella cíudad, y aun prometido a su ídolo, abogado de la guerra, que le habían de sacrificar veinte de nosotros delante del ídolo, y tres noches antes, ya pasadas, que le sacrificaron siete indios porque les diese victoria, lo cual les prometió, y como es malo y falso no tiene ni tuvo poder contra nosotros, y que todas estas maldades y traiciones que han tratado y puesto por la obra han de caer sobre ellos.

Y esta razón se lo decía doña Marina, y se lo daba muy bien a entender. Y desde que lo oyeron los papas y caciques y capitanes, dijeron que así es verdad lo que les dice, y que de ello no tienen culpa, porque los embajadores de Montezuma lo ordenaron por mandado de su señor. Entonces les dijo Cortés que tales traiciones como aquellas, que mandan las leyes reales que no queden sin castigo, y que por su delito que han de morir. Y luego mandó soltar una escopeta, que era la señal que teníamos apercibida para aquel efecto, y se les dió una mano que se les acordará para siempre, porque matamos muchos de ellos, que no les aprovechó las promesas de sus falsos ídolos. Y no tardaron dos horas cuando llegaron allí nuestros amigos los tlaxcaltecas que dejamos en el campo, como ya he dicho otra vez, y pelean muy fuertemente en las calles, donde los cholultecas tenían otras capitanías, defendiéndolas, porque no les entrásemos, y de presto fueron desbaratadas. Iban por la ciudad robando y cautivando, que no les podíamos detener. Y otro día vinieron otras capitanías de las poblazones de Tlaxcala y les hacen grandes daños, porque estaban muy mal con los de Cholula, y desde que aquello vimos, así Cortés y los demás capitanes y soldados, por mancilla que hubimos de ellos, detuvimos a los tlaxcaltecas que no hiciesen más mal. Y Cortés mandó a Cristóbal de Olid que le trajese todos los capitanes de Tlaxcala para hablarles, y no tardaron de venir, y les mandó que recogiesen toda su gente y que se estuviesen en el campo, y así lo hicieron, que no quedaron con nosotros sino los de Cempoal.

Y en este instante vinieron ciertos caciques y papas cholultecas, que eran de otros barrios que no se hallaron en las traiciones, según ellos decían, que, como es gran ciudad, era bando y parcialidad por sí, y rogaron a Cortés y a todos nosotros que perdonásemos el enojo de las traiciones que nos tenían ordenado, pues los traidores habían pagado con las vidas. Y luego vinieron los dos papas amigos nuestros que nos descubrieron el secreto, y la vieja mujer del capitán que quería ser suegra de doña Marina, como ya he dicho otra vez, y todos rogaron a Cortés fuesen perdonados. Y más les mandó a todos los papas y caciques cholultecas que poblasen su ciudad y que hiciesen tianguis y mercados, y que no hubiesen temor, que no les haría enojo ninguno. Respondieron que dentro en cinco días harían poblar toda la ciudad, porque en aquella sazón todos los más vecinos estaban remontados, y dijeron que tenían necesidad que Cortés les nombrase cacique, porque el que solía mandar fue uno de los que murieron en el patio. Y luego preguntó que a quién le venía el cacicazgo. Y dijeron que a un su hermano, el cual luego les señaló por gobernador hasta que otra cosa les fuese mandado.

Y además de esto, después que vió la ciudad poblada y estaban seguros en sus mercados, mandó que se juntasen los papas y capitanes, con los más principales de aquella ciudad, y se les dió a entender muy claramente todas las cosas tocantes a nuestra santa fe.

Dejaré de hablar de esto y diré cómo aquella ciudad está asentada en un llano y en parte y sitio donde están muchas poblazones cercanas que son Tepeaca, Tlaxcala, Chalco, Tecamachalco, Guaxocingo y otros muchos pueblos que, por ser tantos, aquí no los nombro. Y es tierra de mucho maíz y otras legumbres y de mucho ají, y toda llena de magueyales, que es donde hacen el vino. Hacen en ella muy buena loza de barro, colorado y prieto y blanco, de diversas pinturas, y se abastece de ella México y todas las provincias comarcanas, digamos ahora como en CastilIa lo de Talavera o Plasencia.

Tenía aquella ciudad en aquel tiempo tantas torres muy altas, que eran cúes y adoratorios donde estaban sus ídolos, especial el cu mayor, era de más altor que el de México, puesto que era muy suntuoso y alto el cu mexicano, y tenía otros patios para servicio de los cúes. Según entendimos, había allí un ídolo muy grande, el nombre de él no me acuerdo; mas entre ellos se tenía gran devoción y venían de muchas partes a sacrificarle y a tener como a manera de novenas, y le presentaban de las haciendas que tenían. Acuérdome, cuando en aquella ciudad entramos, que desde que vimos tan altas torres y blanquear, nos pareció al propio Valladolid.

Como habían ya pasado catorce días que estábamos en Cholula y no teníamos más en qué entender, y vimos que quedaba aquella ciudad muy poblada y hacían mercados, y habíamos hecho amistades entre ellos y los de Tlaxcala, salimos de Cholula con gran concierto, como lo teníamos de costumbre, los corredores de campo a caballo descubriendo la tierra, y peones muy sueltos juntamente con ellos para si algún mal paso o embarazo hubiese ayudasen los unos a los otros, y nuestros tiros muy a punto, y escopeteros y ballesteros y los de a caballo de tres en tres, para que se ayudasen, y todos los más soldados en gran concierto. No sé yo para qué lo traigo tanto a la memoria, sino que en las cosas de la guerra por fuerza hemos de hacer relación de ello, para que se vea cuál andábamos, la barba siempre sobre el hombro. Y así caminando llegamos aquel día a unos ranchos que están en una como serrezuela, que es poblazón de Guaxocingo, que me parece que se dicen los ranchos de Iscalpán, cuatro leguas de Cholula, y allí vinieron luego los caciques y papas de los pueblos de Guaxocingo, que estaba cerca, y eran amigos y confederados de los tlaxcaltecas, y también vinieron otros poblezuelos que están poblados a las faldas del volcán que confina con ellos, y trajeron bastimento y un presente de joyas de oro de poca valía, y dijeron a Cortés que recibiese aquello y no mirase a lo poco que era, sino a la voluntad con que se lo daban, y le aconsejaron que no Fuese a México.

Y otro día comenzamos a caminar, y a hora de misas mayores llegamos a un pueblo que ya he dicho que se dice Tamanalco, y nos recibieron bien, y de comer no faltó, y como supieron de otros pueblos de nuestra llegada, luego vinieron los de Chalco y se juntaron con los de Tamanalco y Chimaloacán y Mecameca y Acacingo, donde están las canoas, que es puerto de ellos, y otros poblezuelos que ya no se me acuerda el nombre de ellos. Y todos juntos trajeron un presente de oro y dos cargas de mantas y ocho indias, que valdría el oro sobre ciento cincuenta pesos, y dijeron: Malinche: recibe estos presentes que te damos y tennos de aquí adelante por tus amigos. Y Cortés lo recibió con grande amor, y se les ofreció que en todo lo que hubiesen menester les ayudaría; y desde que los vió juntos dijo al Padre de la Merced que les amonestase las cosas tocantes a nuestra santa fe.

Capítulo XXXV

CÓMO EL GRAN MONTEZUMA NOS ENVIO OTROS EMBAJADORES CON UN PRESENTE DE ORO Y MANTAS, Y LO QUE DIJERON A CORTÉS Y LO QUE ÉL LES RESPONDIÓ

Ya estábamos de partida, para ir nuestro camino a México, vinieron ante Cortés cuatro principales mexicanos que envió Montezuma y trajeron un presente de oro y mantas, y después de hecho su acato, como lo tenían de costumbre, dijeron: Malinche: este presente te envía nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le pesa mucho por el trabajo que habéis pasado en venir de tan lejas tierras a verle, y que ya te ha enviado decir otra vez que te dará mucho oro y plata y chalchiuis en tributo para vuestro emperador y para vos y los demás teules que traéis, y que no vengas a México, y ahora nuevamente te pide por merced que no pases de aquí adelante, sino que te vuelvas por donde viniste, que él te promete de te enviar al puerto mucha cantidad de oro y plata y ricas piedras para ese vuestro rey, y para ti te dará cuatro cargas de oro, y para cada uno de tus hermanos una carga, porque ir a México es excusada tu entrada dentro, que todos sus vasallos están puestos en armas para no os dejar entrar, y demás de esto, que no tenía camino, sino muy angosto, ni bastimentos que comiésemos. Y dijo otras muchas razones de inconvenientes para que no pasásemos de allí. Y Cortés, con mucho amor, abrazó a los mensajeros, puesto que le pesó de la embajada, y recibió el presente, y les respondió que se maravillaba del señor Montezuma, habiéndose dado por nuestro amigo y siendo tan gran señor, tener tantas mudanzas, que unas veces dice uno y otras envía a mandar al contrario, y que en cuanto a lo que dice que dará el oro para nuestro señor el emperador y para nosotros, que se lo tiene en merced, y por aquello que ahora le envía que en buenas obras se lo pagará el tiempo andando, y que si le parecerá bien que estando tan cerca de su ciudad, será bueno volvernos del camino sin hacer aquello que nuestro señor nos manda; y después que lo haya entendido, si no le estuviere bien nuestra estada en su ciudad, que nos volveremos por donde vinimos, y cuanto a lo que dice que no tiene comida sino muy poco y que no nos podremos sustentar, que somos hombres que con poca cosa que comemos nos pasamos, y que ya vamos camino de su ciudad, que haya por bien nuestra ida.

Y luego en despachando los mensajeros comenzamos a caminar para México, y como nos habían dicho y avisado los de Guaxocingo y los de Chalco que Montezuma había tenido pláticas con sus ídolos y papas que si nos dejaría entrar en México o si nos daría guerra, y todos sus papas le respondieron que decía su Uichilobos que nos dejase entrar, que allí nos podrá matar, según dicho tengo otras veces en el capítulo que de ello habla; y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello, y como aquella tierra es muy poblada, íbamos siempre caminando muy chicas jornadas y encomendándonos a Dios y su bendita madre.

Y fuimos a dormir a un pueblo que se dice Iztapalatengo, que está la mitad de las casas en el agua y la mitad en tierra firme, donde está una serrezuela y ahora está una venta, y allí tuvimos bien de cenar. Dejemos esto y volvamos al gran Montezuma, que como llegaron sus mensajeros y oyó la respuesta que Cortés le envió, luego acordó de enviar a un su sobrino, que se decía Cacamatzin, señor de Texcuco, con muy gran fausto, a dar el bienvenido a Cortés y a todos nosotros. Y como siempre teníamos de costumbre de tener velas y corredores del campo, vino uno de nuestros corredores (a) avisar que venían por el camino muy gran copia de mexicanos de paz, y que al parecer venían de ricas mantas vestidos; y entonces cuando esto pasó era muy de mañana y queríamos caminar, y Cortés nos dijo que reparásemos en nuestras posadas hasta ver qué cosa era. Y en aquel instante vinieron cuatro principales y hacen a Cortés gran reverencia y le dicen que allí cerca viene Cacamatzin, gran señor de Tezcuco, sobrino del gran Montezuma, y que nos pide por merced que aguardemos hasta que venga, y no tardó mucho, porque luego llegó con el mayor fausto y grandeza que ningún señor de los mexicanos habíamos visto traer, porque venía en andas muy ricas, labradas de plumas verdes y mucha argentería y otras ricas pedrerías engastadas en arboledas de oro que en ellas traía hechas de oro muy fino, y traían las andas a cuestas ocho principales, y todos, según decían, eran señores de pueblos. Ya que llegaron cerca del aposento donde estaba Cortés le ayudaron a salir de las andas y le barrieron el suelo, y le quitaban las pajas por donde había de pasar, y desde que llegaron ante nuestro capitán le hicieron grande acato, y el Cacamatzin le dijo: Malinche: aquí venimos yo y estos señores a servirte y hacerte dar todo lo que hubieres menester para ti y tus compañeros, y meteros en vuestras casas, que es nuestra ciudad, por que así nos es mandado por nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le perdones porque él mismo no viene a lo que nosotros venimos, y porque está mal dispuesto lo deja, y no por falta de muy buena voluntad que os tiene.

Y cuando nuestro capitán y todos nosotros vimos tanto aparato y majestad como traían aquellos caciques, especialmente el sobrino de Montezuma, lo tuvimos por gran cosa y platicamos entre nosotros que cuando aquel cacique traía tanto triunfo, qué haría el gran Montezuma. Y como el Cacamatzin hubo dicho su razonamiento, Cortés le abrazó y le hizo muchas quiricias a él y a todos los más principales, y le dió tres piedras que se llaman margaritas, que tienen dentro de si muchas pinturas de diversos colores; y a los demás principales se les dió diamantes azules; y les dijo que se lo tenía en merced, y que cuándo pagaría al señor Montezuma las mercedes que cada día nos hace. Y acabada la plática, luego nos partimos, y como habían venido aquellos caciques que dicho tengo, traían mucha gente consigo y de otros muchos pueblos que están en aquella comarca, que salían a vernos, todos los caminos estaban llenos de ellos, que no podíamos andar, y los mismos caciques decían a sus vasallos que hiciesen lugar, e que mirasen que éramos teules, que si no hacían lugar nos enojaríamos con ellos. Y por estas palabras que les decían nos desembarazaron el camino e fuimos a dormir a otro pueblo que está poblado en la laguna, que me parece que se dice Mezquique, que después se puso nombre Venezuela, y tenía tantas torres y grandes cúes que blanqueaban, y el cacique de él y principales nos hicieron mucha honra, y dieron a Cortés un presente de oro y mantas ricas, que valdría el oro cuatrocientos pesos; y nuestro Cortés les dió muchas gracias por ello. Allí se les declaró las cosas tocante a nuestra santa fe, como hacíamos en todos los pueblos por donde veníamos, y, según paresció, aquellos de aquel pueblo estaban muy mal con Montezuma, de muchos agravios que les había hecho, y se quejaron de él. Y Cortés les dijo que presto se remediaría, y que ahora llegaríamos a México, si Dios fuese servido, y entendería en ello.

Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veian si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé como lo cuente; ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos. Pues desde que llegamos cerca de Estapalapa, ver la grandeza de otros caciques que nos salieron a recibir, que fue el señor de aquel pueblo, que se decía Coadlabaca, y el señor de Culuacán, que entrambos eran deudos muy cercanos de Montezuma. Y después que entramos en aquella ciudad de Estapalapa, de la manera de los palacios donde nos aposentaron, de cuán grandes y bien labrados eran, de cantería muy prima, y la madera de cedros y de otros buenos árboles olorosos, con grandes patios y cuartos, cosas muy de ver, y entoldados con paramentos de algodón. Después de bien visto todo aquello, fuimos a la huerta y jardín, que fue cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce, y otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, y todo muy encalado y lucido, de muchas maneras de piedras y pinturas en ellas que había harto que ponderar, y de las aves de muchas diversidades y raleas que entraban en el estanque. Digo otra vez lo que estuve mirando, que creí que en el mundo hubiese otras tierras descubiertas como éstas, porque en aquel tiempo no había Perú ni memoria de él. Ahora todo está por el suelo, perdido que no hay cosa.

Pasemos adelante, y diré cómo trajeron un presente de oro los caciques de aquella ciudad y los de Cuyuacán que valía sobre dos mil pesos, y Cortés les dió muchas gracias por ello y les mostró grande amor, y se les dijo con nuestras lenguas las cosas tocantes a nuestra santa fe.

Capítulo XXXVI

DEL GRANDE Y SOLEMNE RECIBIMIENTO QUE NOS HIZO EL GRAN MONTEZUMA A CORTÉS Y A TODOS NOSOTROS EN LA ENTRADA DE LA GRAN CIUDAD DE TENUSTITLÁN

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Luego otro día de mañana partimos de Estapalapa, muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho; íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha a la ciudad de México, que me parece que no se torcía poco ni mucho, y puesto que es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes que no cabían, unos que entraban en México y otros que salían, y los indios que nos venían a ver, que no nos podíamos rodear de tantos como vinieron, porque estaban llenas las torres y cúes y en las canoas y de todas partes de la laguna, y no era cosa de maravillar, porque jamás habían visto caballos ni hombres como nosotros. Y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchas puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran ciudad de México; y nosotros aún no llegábamos a cuatrocientos soldados, y vinieron muchos principales y caciques con muy ricas mantas sobre sí, con galanía de libreas diferenciadas las de los unos caciques de los otros, y las calzadas llenas de ellos, y aquellos grandes caciques enviaba el gran Montezuma adelante a recibirnos, y así como llegaban ante Cortés decían en su lengua que fuésemos bien venidos, y en señal de paz tocaban con la mano en el suelo y besaban la tierra con la misma mano. Asi que estuvimos parados un buen rato, y desde allí se adelantaron Cacamatzin, señor de Tezcuco, y el señor de lztapalapa, y el señor de Tacuba, y el señor de Cuyuacán a encontrarse con el gran Montezuma, que venía cerca, en ricas andas, acompañado de otros grandes señores y caciques que tenían vasallos.

Ya que llegábamos cerca de México, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y traíanle de brazo aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísimo a maravilla y el color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchihuis, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en ello. Y el gran Montezuma venía muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unos como cotaras, que así se dice lo que se calzan; las suelas de oro y muy preciada pedrería por encima en ellas; y los cuatro señores que le traían de brazo venían con rica manera de vestidos a su usanza, que parece ser se los tenían aparejados en el camino para entrar con su señor, que no traían los vestidos con los que nos fueron a recibir, y venían, sin aquellos cuatro señores, otros cuatro grandes caciques que traían el palio sobre sus cabezas, y otros muchos señores que venían delante del gran Montezuma, barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas porque no pisase la tierra. Todos estos señores ni por pensamiento le miraban en la cara, sino los ojos bajos y con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos y sobrinos suyos que lo llevaban de brazo. Y como Cortés vió y entendió y le dijeron que venía el gran Montezuma, se apeó del caballo, y desde que llegó cerca de Montezuma, a una se hicieron grandes acatos. El Montezuma le dió el bienvenido, y nuestro Cortés le respondió con doña Marina que él fuese el muy bien estado; y paréceme que Cortés, con la lengua doña Marina, que iba junto a Cortés, le daba la mano derecha, y Montezuma no la quiso y se la dió a Cortés. Y entonces sacó Cortés un collar que traía muy a mano de unas piedras de vidrio, que ya he dicho que se dicen margaritas, que tienen dentro de sí muchas labores y diversidad de colores y venía ensartado en unos cordones de oro con almizque porque diesen buen olor, y se le echó al cuello el gran Montezuma, y cuando se le puso le iba (a) abrazar, y aquellos grandes señores que iban con Montezuma le tuvieron el brazo a Cortés que no le abrazase, porque lo tenían por menosprecio.

Y luego Cortés con la lengua doña Marina le dijo que holgaba ahora su corazón en haber visto un tan gran príncipe, y que le tenía en gran merced la venida de su persona a recibirle y las mercedes que le hace a la contina. Entonces Montezuma le dijo otras palabras de buen comedimiento, y mandó a dos de sus sobrinos de los que le traían de brazo. que era el señor de Tezcuco y el señor de Cuyuacán, que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos. y fue Mntezuma con los otros dos sus parientes, Cuedlavaca y el señor de Tacuba, que le acompañaban, se volvió a la ciudad, y también se volvieron con él todas aquellas grandes compañías de caciques y principales que le habían venido a acompañar; y cuando se volvían con su señor estábamoslos mirando cómo iban todos los ojos puestos en tierra, sin mirarle, y muy arrimados a la pared, y con gran acato le acompañaban; y así tuvimos lugar nosotros de entrar por las calles de México sin tener tanto embarazo.

Nos llevaron (a) aposentar a unas grandes casas donde había aposentos para todos nosotros, que habían sido de su padre del gran Montezuma, que se decía Axayaca, adonde, en aquella sazón, tenía Montezuma sus grandes adoratorios de ídolos y tenía una recámara muy secreta de piezas y joyas de oro, que era como tesoro de lo que había heredado de su padre Axayaca, que no tocaba en ello. Y asimismo nos llevaron (a) aposentar (a) aquella casa por causa que, como nos llamaban teules y por tales nos tenían, que estuviésemos entre sus ídolos como teules que allí tenían. Sea de una manera o sea de otra, allí nos llevaron, donde tenían hechos grandes estrados, y salas muy entoldadas de paramentos de la tierra para nuestro capitán, y para cada uno de nosotros otras camas de esteras y unos toldillos encima, que no se da más cama por muy gran señor que sea, porque no las usan; y todos aquellos palacios, muy lucidos y encalados y barridos y enramados.

Y como llegamos y entramos en un gran patio, luego tomó por la mano el gran Montezuma a nuestro capitán, que allí le estuvo esperando, y le metió en el aposento y sala adonde había de posar, que le tenía muy ricamente aderezada para según su usanza, y tenía aparejado un muy rico collar de oro de hechura de camarones, obra muy maravillosa, y el mismo Montezuma se le echó al cuello a nuestro capitán Cortés, que tuvieron bien que mirar sus capitanes del gran favor que le dió. Y después que se lo hubo puesto Cortés le dió las gracias con nuestras lenguas, y dijo Montezuma: Malinche: en vuestra casa estáis vos y vuestros hermanos; descansa. Y luego se fue a sus palacios, que no estaban lejos, y nosotros repartimos nuestros aposentos por capitanías, y nuestra artillería asestada en parte conveniente, y muy bien platicado el orden que en todo habíamos de tener y estar muy apercibidos, así de Cuyuacán, que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos, y fue Mntezuma con los otros dos sus parientes, Cuedlavaca y el señor de Tacuba, que le acompañaban, se volvió a la ciudad, y también se volvieron con él todas aquellas grandes compañías de caciques y principales que le habían venido a acompañar; y cuando se volvían con su señor estábamoslos mirando cómo iban todos los ojos puestos en tierra, sin mirarle, y muy arrimados a la pared, y con gran acato le acompañaban; y así tuvimos lugar nosotros de entrar por las calles de los de a caballo como todos nuestros soldados. Y nos tenían aparejada una comida muy suntuosa, a su uso y costumbre, que luego comimos. Y fue esta nuestra venturosa y atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitán México, a ocho días del mes de noviembre, año de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos diecinueve años. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo por todo, y puesto que no vaya expresado otras cosas que había que decir, perdónenme sus mercedes que no lo sé mejor decir por ahora hasta su tiempo.

Capítulo XXXVII

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CÓMO EL GRAN MONTEZUMA VINO A NUESTROS APOSENTOS CON MUCHOS CACIQUES QUE LE ACOMPAÑABAN, Y DE LA PLÁTICA QUE TUVO CON NUESTRO CAPITÁN

Como el gran Montezuma hubo comido y supo que nuestro capitán y todos nosotros asimismo había buen rato que habíamos hecho lo mismo, vino a nuestro aposento con gran copia de principales y todos deudos suyos y con gran pompa. Y como a Cortés le dijeron que venía, le salió a mitad de la sala a recibir. Y Montezuma le tomó por la mano; y trajeron unos como asentadores hechos a su usanza y muy ricos y labrados de muchas maneras con oro. Y Montezuma dijo a nuestro capitán que se asentase, y se asentaron entrambos, cada uno en el suyo. Y luego comenzó Montezuma un muy buen parlamento, y dijo que en gran manera se holgaba de tener en su casa y reino unos caballeros tan esforzados como era el capitán Cortés y todos nosotros.

Y Cortés le respondió con nuestras lenguas que consigo siempre estaban, especial la doña Marina, y le dijo que no sabe con qué pagar él ni todos nosotros las grandes mercedes recibidas de cada día, y que ciertamente veníamos de donde sale el sol, y somos vasallos y criados de un gran señor que se dice el emperador don Carlos, que tiene sujetos a sí muchos y grandes príncipes, y que teniendo noticia de él y de cuán gran señor es, nos envió a estas partes a verle y a rogar que sean cristianos como es nuestro emperador, y todos nosotros, y que salvarán sus ánimas él y todos sus vasallos, y que adelante le declarará más cómo y de qué manera ha de ser, y cómo adoramos a un solo Dios verdadero, y quién es, y otras muchas buenas cosas que oirá.

Y acabado este parlamento, tenía apercibido el gran Montezuma muy ricas joyas de oro y de muchas hechuras, que dió a nuestro capitán, y asimismo a cada uno de nuestros capitanes dió cositas de oro y tres cargas de mantas de labores ricas de plumas; y entre todos los soldados también nos dió a cada uno a dos cargas de mantas, con una alegría, y en todo bien parecía gran señor. Y desde que lo hubo repartido preguntó a Cortés si éramos todos hermanos y vasallos de nuestro gran emperador; y dijo que sí, que éramos hermanos en el amor y amistad y personas muy principales, y criados de nuestro gran rey y señor. Y porque pasaron otras pláticas de buenos comedimientos entre Montezuma y Cortés, y por ser ésta la primera vez que nos venía a visitar, y por serle pesado, cesaron los razonamientos.

Otro día acordó Cortés de ir a los palacios de Montezuma, y primero envió a saber qué hacía y supiese cómo íbamos y llevó consigo cuatro capitanes, que fue Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León y a Diego de Ordaz y a Gonzalo de Sandoval, y también fuimos cinco soldados. Y como Montezuma lo supo, salió a recibirnos a mitad de la sala, muy acompañado de sus sobrinos, porque otros señores no entraban ni comunicaban adonde Montezuma estaba si no eran en negocios importantes, y con gran acato que hizo a Cortés, y Cortés a él, se tomaron por las manos, y adonde estaba su estrado le hizo sentar a la mano derecha, y, asimismo, nos mandó asentar a todos nosotros en asientos que allí mandó traer. Y Cortés le comenzó a hacer un razonamiento con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar.

Y lo que ahora le pide por merced que esté atento a las palabras que ahora le quiere decir.

Y luego le dijo, muy bien dado a entender, de la creación del mundo, y cómo todos somos hermanos, hijos de un padre y de una madre, que se decían Adán y Eva, y como tal hermano, nuestro gran emperador, doliéndose de la perdición de las ánimas, que son muchas las que aquellos sus ídolos llevan al infierno, donde arden a vivas llamas, nos envió para que esto que ha ya oído lo remedie, y no adorar aquellos ídolos ni les sacrifiquen más indios ni indias pues todos somos hermanos, ni consienta sodomías ni robos. Y más les dijo: que el tiempo andando enviaría nuestro rey y señor unos hombres que entre nosotros viven muy santamente, mejores que nosotros, para que se lo den a entender, porque al presente no venimos más de a se lo notificar, y así se lo pide por merced que lo haga y cumpla. Y porque pareció que Montezoma quería responder, cesó Cortés la plática, y dijo a todos nosotros que con él fuimos: Con esto cumplimos, por ser el primer toque.

Y Montezuma respondió: Señor Malinche: muy bien tengo entendido vuestras pláticas y razonamientos antes de ahora, que a mis criados, antes de esto, les dijese en el Arenal, eso de tres dioses y de la cruz, y todas las cosas que en los pueblos por donde habéis venido habéis predicado; no os hemos respondido a cosa ninguna de ellas porque desde ab initio acá adoramos nuestros dioses y los tenemos por buenos; así deben ser los vuestros, y no curéis más al presente de hablarnos de ellos; y en eso de la creación del mundo, así lo tenemos nosotros creído muchos tiempos ha pasados. y a esta causa tenemos por cierto que sois los que nuestros antecesores nos dijeron que vendrían de adonde sale el sol; y a ese vuestro gran rey yo le soy en cargo y le daré de lo que tuviere, porque, como dicho tengo otra vez, bien ha dos años tengo noticia de capitanes que vinieron con navíos por donde vosotros venistes, y decían que eran criados de ese vuestro gran rey, querría saber si sois todos unos. Y Cortés le dijo que sí, que todos éramos hermanos y criados de nuestro emperador, y que aquellos vinieron a ver el camino y mares y puertos, para saberlo muy bien y venir nosotros, como venimos. Y decíalo Montezuma por lo de Francisco de Córdoba y Grijalva, cuando venimos a descubrir la primera vez; y dijo que desde entonces tuvo pensamiento de haber algunos de aquellos hombres que venían, para tener en sus reinos y ciudades para honrarles y que pues sus dioses les habían cumplido sus buenos deseos y ya estábamos en su casa, las cuales que se pueden llamar nuestras, que holgásemos y tuviésemos descanso, que allí seríamos servidos; y que si algunas veces nos enviaba decir que no entrásemos en su ciudad, que no era de su voluntad, sino porque sus vasalIos tenían temor, que les decían que echábamos rayos y relámpagos, y con los caballos matábamos muchos indios, y que éramos teules bravos y otras cosas de niñerías, y que ahora que ha visto nuestras personas y que somos de hueso y carne y de mucha razón, y sabe que somos muy esforzados, y por estas causas nos tiene en mucha más estima que le habían dicho, y que nos daría de lo que tuviese. Y Cortés y todos nosotros respondimos que se lo teníamos en gran merced, tan sobrada voluntad.

Y luego Montezuma dijo riendo, porque en todo era muy regocijado en su hablar de gran señor: Malinche, bien sé que te han dicho esos de Tlaxcala, con quien tanta amistad habéis tomado, que yo soy como dios o teul, y que cuanto hay en mis casas es todo oro y plata y piedras ricas; bien tengo conocido que como sois entendidos, que no lo creeríais y lo tendríais por burla; lo que ahora, señor Malinche, veis mi cuerpo de hueso y de carne como los vuestros, mis casas y palacios de piedra y madera y cal; de señor, yo gran rey sí soy, y tener riquezas de mis antecesores sí tengo, mas no las locuras y mentiras que de mí os han dicho, así que también lo tendréis por burla, como yo tengo de vuestros truenos y relámpagos. Y Cortés le respondió también riendo, y dijo que los contrarios enemigos siempre dicen cosas malas y sin verdad de los que quieren mal, y que bien ha conocido que otro señor, en estas partes, más magnífico no lo espera ver, y que no sin causa es tan nombrado delante nuestro emperador.

Y estando en estas pláticas, mandó secretamente Montezuma a un gran cacique, sobrino suyo, de los que estaban en su compañía, que mandase a sus mayordomos que trajesen ciertas piezas de oro, que parece ser debieran estar apartadas para dar a Cortés, y diez cargas de ropa fina, lo cual repartió: el oro y mantas entre Cortés y a los cuatro capitanes, y a nosotros los soldados nos dió a cada uno dos collares de oro, que valdría cada collar diez pesos, y dos cargas de mantas. Valía todo el oro que entonces dió sobre mil pesos, y esto daba con una alegría y semblante de grande y valeroso señor. Y porque pasaba la hora más de mediodía y por no serle más importuno, le dijo Cortés: Señor Montezuma, siempre tiene por costumbre de echarnos un cargo sobre otro en hacernos cada día mercedes: ya es hora que vuestra merced coma. Y Montezuma respondió que antes, por haberle ido a visitar, le hicimos mercedes. Y así nos despedimos, con grandes cortesías de él, y nos fuimos a nuestros aposentos, e íbamos platicando de la buena manera y crianza que en todo tenían, y que nosotros en todo le tuviésemos mucho acato, y con las gorras de armas colchadas quitadas cuando delante de él pasásemos, y así lo hicimos. Y dejémoslo aquí y pasemos adelante.

Capítulo XXXVIII

DE LA MANERA Y PERSONA DEL GRAN MONTEZUMA, Y DE COMO VIVÍA Y DE CUAN GRANDE SEÑOR ERA

Era el gran Montezuma de edad de hasta cuarenta años y de buena estatura y bien proporcionado, y cenceño, y pocas carnes, y el color ni muy moreno, sino propio color y matiz de indio, y traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas y bien puestas y ralas, y el rostro algo largo y alegre, y los ojos de buena manera, y mostraba en su persona, en el mirar, por un cabo amor y cuando era menester gravedad; era muy pulido y limpio, bañábase cada dia una vez, a la tarde; tenía muchas mujeres por amigas, hijas de señores, puesto que tenía dos grandes cacicas por sus legitimas mujeres, que cuando usaba con ellas era tan secretamente que no lo alcanzaban a saber sino alguno de los que le servían. Era muy limpio de sodomías: las mantas o ropas que se ponía un día, no se las ponía sino de tres o cuatro días; tenía sobre doscientos principales de su guarda en otras salas junto a la suya, y éstos no para que hablasen todos con él, sino cuál y cuál, y cuando le iban a hablar se habían de quitar las mantas ricas y ponerse otras de poca valía, mas habían de ser limpias, y habían de entrar descalzos y los ojos bajos, puestos en tierra, y no mirarle a la cara, y con tres reverencias que le hacían y le decían en ellas: Señor, mi señor, mi gran señor, primero que a él llegasen; y desde que le daban relación a lo que iban, con palabras les despachaban; no le volvían las espaldas al despedirse de él, sino la cara y ojos bajos, en tierra, hacia donde estaban, y no vueltas las espaldas hasta que salían dc la sala.

Y otra cosa vi: que cuando otros grandes señores venían de lejas tierras a pleitos o negocios, cuando llegaban a los aposentos del gran Montezuma habían de venir descalzos y con pobres mantas, y no habían de entrar derecho en los palacios, sino rodear un poco por un lado de la puerta del palacio, que entrar de rota batida teníanlo por desacato.

En el comer, le tenían sus cocineros sobre treinta manera de guisados, hechos a su manera y usanza, y teníanlos puestos en braseros de barro chicos debajo, porque no se enfriasen, y de aquello que el gran Montezuma había de comer guisaban más de trescientos platos, sin más de mil para la gente de guarda; y cuando habían de comer salíase Montezuma algunas veces con sus principales y mayordomos y le señalaban cuál guisado era mejor, y de qué aves y cosas estaba guisado, y de lo que le decían de aquello había de comer, y cuando salía a verlo eran pocas veces como por pasatiempo. Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad, y, como tenía tantas diversidades de guisados y de tantas cosas, no lo echábamos de ver si era carne humana o de otras cosas, porque cotidianamente le guisaban gallinas, gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra, codornices, patos mansos y bravos, venado, puerco de la tierra, pajaritos de caña, y palomas y liebres y conejos, y muchas maneras de aves y cosas que se crían en esta tierra que son tantas que no las acabaré de nombrar tan presto.

Y así no miramos de ello; mas sé que ciertamente desde que nuestro capitán le reprehendía el sacrificio y comer de carne humana, que desde entonces mandó que no le guisasen tal manjar.

Dejemos de hablar de esto y volvamos a la manera que tenía en su servicio al tiempo del comer. Y es de esta manera: que si hace frío, teníanle hecha mucha lumbre de ascuas de una leña de cortezas de árboles, que no hacía húmo; el olor de las cortezas de que hacían aquellas ascuas muy oloroso, y porque no le diesen más calor de lo que él quería, ponían delante una como tabla labrada con oro y otras figuras de ídolos, y él sentado en un asentadero bajo, rico y blando y la mesa también baja, hecha de la misma manera de los sentadores; y allí le ponían sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos algo largos de lo mismo, y cuatro mujeres muy hermosas y limpias le daban agua a manos en unos como a manera de aguamaniles hondos, que llaman xicales; le ponían debajo, para recoger el agua, otros a manera de platos, y le daban sus toallas, y otras dos mujeres le traían el pan de tortillas. Y ya que encomenzaba a comer echábanle delante una como puerta de madera muy pintada de oro, porque no le viesen comer, y estaban apartadas las cuatro mujeres aparte; y allí se le ponían a sus lados cuatro grandes señores viejos y de edad, con quien Montezuma de cuando en cuando platicaba y preguntaba cosas; y por mucho favor daba a cada uno de estos viejos un plato de lo que él más le sabía, y decían que aquellos viejos eran sus deudos muy cercanos y consejeros y jueces de pleitos, y el plato y manjar que les daba Montezuma, comían en pie y con mucho acato, y todo sin mirarle a la cara. Servíase con barro de Cholula, uno colorado y otro prieto.

Mientras que comía, ni por pensamiento habían de hacer alboroto ni hablar alto los de su guarda, que estaban en sus salas, cerca de la de Montezuma. Traíanle fruta de todas cuantas había en la tierra, mas no comía sino muy poca de cuando en cuando. Traían en unas como a manera de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo cacao; decían que era para tener acceso con mujeres, y entonces no mirábamos en ello; mas lo que yo vi que traían sobre cincuenta jarros grandes, hechos de buen cacao, con su espuma, y de aquello bebía, y las mujeres le servían con gran acato, y algunas veces al tiempo de comer estaban unos indios corcovados, muy feos, porque eran chicos de cuerpo y quebrados por medio los cuerpos, que entre ellos eran chocarreros, y otros indios que debieran ser truhanes, que le decían gracias y otros que le cantaban y bailaban, porque Montezuma era aficionado a placeres y cantares, y (a) aquéllos mandaba dar los relieves y jarros del cacao, y las mismas cuatro mujeres alzaban los manteles y le tornaban a dar aguamanos, y con mucho acato que le hacían; y hablaba Montezuma (a) aquellos cuatro principales viejos en cosas que le convenían; y se despedían de él con gran reverencia que le tenían; y él se quedaba reposando.

Y después que el gran Montezuma había comido, luego comían todos los de su guarda y otros muchos de sus serviciales de casa, y me parece que sacaban sobre mil platos de aquellos manjares que dicho tengo; pues jarros de cacao en su espuma, como entre mexicanos se hace, más de dos mil, y fruta infinita. Pues para sus mujeres, y criadas, y panaderas, y cacahuateras ¡qué gran costo tendría! Dejemos de hablar de la costa y comida de su casa, y digamos de los mayordomos y tesoreros y despensas y botelleria, y de los que tenían cargo de las casas adonde tenían el maíz. Digo que había tanto, que escribir cada cosa por sí, que no sé por dónde encomenzar, sino que estábamos admirados del gran concierto y abasto que en todo tenía, y más digo, que se me había olvidado, que es bien tomarlo a recitar, y es que le servían a Montezuma, estando a la mesa cuando comía, como dicho tengo, otras dos mujeres muy agraciadas de traer tortillas amasadas con huevos y otras cosas substanciosas, y eran muy blancas las tortillas, y traíanselas en unos platos cobijado con sus paños limpios y también le traían otra manera de pan, que son como bollos largos hechos y amasados con otra manera de cosas substanciales, y pan pachol, que en esta tierra así se dice, que es a manera de unas obleas; también le ponían en la mesa tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro tenían liquidámbar revuelto con unas yerbas que se dice tabaco, y cuando acababa de comer, después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se adormía.

Dejemos ya de decir del servicio de su mesa, y volvamos a nuestra relación. Acuérdome que era en aquel tiempo su mayordomo mayor un gran cacique, que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuenta de todas las rentas que le traían a Montezuma con sus libros, hechos de su papel, que se dice amal, y tenían de estos libros una gran casa de ellos. Dejemos de hablar de los libros y cuentas, que va fuera de nuestra relación, y digamos cómo tenía Montezuma dos casas llenas de todo género de armas, y muchas de ellas ricas, con oro y pedrería, donde eran rodelas grandes y chicas, y unas como macanas, y otras a manera de espadas de a dos manos, engastadas en ellas unas navajas de pedernal, que cortan muy mejor que nuestras espadas, y otras lanzas más largas que no las nuestras, con una braza de cuchilla, engastadas en ellas muchas navajas, que aunque den con ella en un broquel o rodela no saltan, y cortan, en fin, como navajas, que se rapan con ellas las cabezas; y tenían muy buenos arcos y flechas, y varas de a dos gajos, y otras de a uno, con sus tiraderas, y muchas hondas y piedras rollizas hechas a mano, y unos como paveses que son de arte que los pueden arrollar arriba cuando no pelean, porque no les estorbe, y al tiempo de pelear, cuando son menester, los dejan caer y quedan cubiertos sus cuerpos de arriba abajo. También tenían muchas armas de algodón colchadas y ricamente labradas por de fuera de plumas de muchos colores, a manera de divisas e invenciones, y tenían otros como capacetes y cascos de madera y de hueso, también muy labrados de pluma por de fuera, y tenían otras armas de otras hechuras que por excusar prolijidad lo dejo de decir; y sus oficiales, que siempre labraban y entendían en ello, y mayordomos que tenían cargo de las armas.

Dejemos esto y vamos a la casa de aves, y por fuerza he (de) detenerme en contar cada género, de qué calidad eran. Digo que desde águilas reales y otras águilas más chicas y otras muchas maneras de aves de grandes cuerpos, hasta pajaritos muy chicos, pintados de diversos colores, también, donde hacen aquellos ricos plumajes que labran de plumas verdes, y las aves de estas plumas son el cuerpo de ellas a manera de las picaces que hay en nuestra España; llámanse en esta tierra quezales, y otros pájaros que tienen la pluma de cinco colores, que es verde y colorado y blanco y amarillo y azul; éstos no sé cómo se llaman. Pues papagayos de otras deferenciadas colores tenían tantos que no se me acuerda los nombres de ellos; dejemos patos de buena pluma y otros mayores, que les querían parecer, y de todas estas aves les pelaban las plumas en tiempos para que ello era convenible, y tornaban a pelechar. y todas las más aves que dicho tengo criaban en aquella casa, y al tiempo del encoclar tenían cargo de echarles sus huevos ciertos indios e indias que miraban por todas las aves y de limpiarles sus nidos y darles de comer, y esto a cada género de aves lo que era su mantenimiento. Y en aquella casa que dicho tengo había un gran estanque de agua dulce. y tenía en él otra manera de aves muy altas de zancas y colorado todo el cuerpo y alas y cola; no sé el nombre de ellas, mas en la isla de Cuba les llamaban ipiris a otras como ellas; y también en aquel estanque había otras muchas raleas de aves que siempre estaban en el agua.

Dejemos esto y vamos a otra gran casa donde tenían muchos ídolos y decían que eran sus dioses bravos, y con ellos todo género de alimañas, de tigres y leones de dos maneras, unos que son de hechura de lobos. que en esta tierra se llaman adives y zorros, y otras alimañas chicas, y todas estas carniceras se mantenían con carne, y las más de ellas criaban en aquella casa, y las daban de comer venados, gallinas, perrillos y otras cosas que cazaban; y aun oí decir que cuerpos de indios de los que sacrificaban. Y es de esta manera; que ya me habrán oído decir que cuando sacrificaban algún triste indio, que le aserraban con unos navajones de pedernal por los pechos, y bulliendo le sacaban el corazón y sangre y lo presentaban a sus ídolos, en cuyo nombre hacían aquel sacrificio, y luego les cortaban los muslos y brazos y cabeza, y aquello comían en fiestas y banquetes, y la cabeza colgaban de unas vigas, y el cuerpo del sacrificado no llegaban a él para comerle, sino dábanlo a aquellos bravos animales.

Pues más tenían en aquella maldita casa muchas víboras y culebras emponzoñadas, que traen en la cola uno que suena como cascabeles; éstas son las peores víboras de todas, y teníanlas en unas tinajas y en cántaros grandes, y en ellas mucha pluma, y allí ponían sus huevos y criaban sus viboreznos; y les daban a comer de los cuerpos de los indios que sacrificaban y otras carnes de perros de los que ellos solían criar; y aún tuvimos por cierto que cuando nos echaron de México y nos mataron sobre ochocientos cincuenta de nuestros soldados, que de los muertos mantuvieron muchos días aquellas fieras alimañas y culebras, según diré en su tiempo y sazón; y estas culebras y alimañas tenían ofrecidas (a) aquellos sus ídolos bravos para que estuviesen en su compañía. Digamos ahora las cosas infernales, cuando bramaban los tigres y leones, y aullaban los adives y zorros, y silbaban las sierpes, era grima oírlo y parecía infierno.

Pasemos adelante y digamos de los grandes oficiales que tenía de cada oficio que entre ellos se usaban. Comencemos por lapidarios y plateros de oro y plata y todo vaciadizo, que en nuestra España los grandes plateros tienen que mirar en ello, y de éstos tenía tantos y tan primos en un pueblo que se dice Escapuzalco una legua de México. Pues labrar piedras finas y chalchiuis, que son como esmeraldas, otros muchos grandes maestros. Vamos adelante a los grandes oficiales de labrar y asentar de pluma, y pintores y entalladores muy sublimados, que por lo que ahora hemos visto la obra que hacen, tendremos consideración en lo que entonces labraban; que tres indios hay ahora en la ciudad de México tan primísimos en su oficio de entalladores y pintores, que se dicen Marcos de Aquino y Juan de la Cruz y el Crespillo, que si fueran en el tiempo de aquel antiguo o afamado Apeles, o de Micael Angel o Berruguete, que son de nuestros tiempos, también les pusieran en el número de ellos. Pasemos adelante y vamos a las indias tejedoras o labranderas, que le hacían tanta multitud de ropa fina con muy grandes labores de plumas. De donde más cotidianamente le traían era de unos pueblos y provincia que está en la costa del norte de cabe la Veracruz, que se decían Cotastan, muy cerca de San Juan de Ulúa, donde desembarcamos cuando vinimos con Cortés. Y en su casa del mismo gran Montezuma todas las hijas de señores que él tenía por amigas siempre tejían cosas muy primas, y otras muchas hijas de vecinos mexicanos, que estaban como a manera de recogimiento, que querían parecer monjas, también tejían, y todo de pluma. Estas monjas tenían sus casas cerca del gran del Uichilobos, y por devoción suya o de otro ídolo de mujer que decían que era su abogada para casamientos, las metían sus padres en aquella religión hasta que se casaban, y de allí las sacaban para las casar. Pasemos adelante y digamos de la gran cantidad que tenía el gran Montezuma de bailadores y danzadores, y otros que traen un palo con los pies, y de otros que vuelan cuando bailan por alto, y de otros que parecen como matachines, y éstos eran para darle placer. Digo que tenía un barrio de éstos que no entendían en otra cosa. Pasemos adelante y digamos de los oficiales que tenían de canteros y albañiles, carpinteros, que todos entendían en las obras de sus casas; también digo que tenía tantas cuantas quería.

No olvidemos las huertas de flores y árboles olorosos, y de los muchos géneros que de ellos tenía, y el concierto y paseaderos de ellas, y de sus albercas y estanques de agua dulce; cómo viene el agua por un cabo y va por otro, y de los baños que dentro tenían y de la diversidad de pajaritos chicos que en los árboles criaban, y de qué yerbas medicinales y de provecho que en ellas tenía era cosa de ver, y para todo esto muchos hortelanos, y todo labrado de cantería y muy encalado, así baños como paseaderos y otros retretes y partamientos como cenadores, y también adonde bailaban y cantaban; y había tanto que mirar en esto de las huertas como en todo lo demás, que no nos hartábamos de ver su gran poder; y así, por el consiguiente, tenía cuantos oficios entre ellos se usaban, de todos gran cantidad de indios maestros de ellos. Y porque ya estoy harto de escribir sobre esta materia y más lo estarán los curiosos lectores, lo dejaré de decir, y diré cómo fue nuestro Cortés con muchos de nuestros capitanes y soldados a ver el Tatelulco, que es la gran plaza de México, y subimos en alto en donde estaban sus ídolos Tezcatepuca y su Uichilobos, y esta fue la primera vez que nuestro capitán salió a ver la ciudad, y lo que en ello más pasó.

Capítulo XXXIX

CÓMO NUESTRO CAPITÁN SALIÓ A VER LA CIUDAD DE MÉXICO Y EL TATELULCO, QUE ES LA PLAZA MAYOR, Y EL GRAN DE SUS UlCHILOBOS, Y LO QUE MÁS PASÓ

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Como había ya cuatro días que estábamos en México y no salía el capitán ni ninguno de nosotros de los aposentos, excepto a las casas y huertas, nos dijo Cortés que seria bien ir a la plaza mayor y ver el gran adoratorio de su Uichilobos, y que quería enviarlo a decir al gran Montezuma que lo tuviese por bien. Y para ello envió por mensajero a Jerónimo de Aguilar y a doña Marina, y con ellos a un pajecillo de nuestro capitán que entendía ya algo la lengua, que, se decía Orteguilla. Y Montezuma como lo supo envió a decir que fuésemos mucho en buena hora, y por otra parte temió no le fuésemos a hacer algún deshonor en sus ídolos, y acordó de ir él en persona con muchos de sus principales, y en sus ricas andas salió de sus palacios hasta la mitad del camino; cabe unos adoratorios se apeó de las andas, porque tenía por gran deshonor de sus ídolos ir hasta su casa y adoratorio de aquella manera, y llevábanle del brazo grandes principales; iban adelante de él señores de vasallos, y llevaban delante dos bastones como cetros alzados en alto, que era señal que allí iba el gran Montezuma, y cuando iban en las andas llevaba una varita medio de oro y medio de palo, levantada, como vara de justicia. Y así se fue y subió en su gran , acompañado de muchos papas, y comenzó a sahumar y hacer otras ceremonias a Uichilobos.

Dejemos a Montezuma, que ya había ido adelante, como dicho tengo, y volvamos a Cortés y a nuestros capitanes y soldados, que, como siempre teníamos por costumbre de noche y de día estar armados, y así nos veía estar Montezuma cuando le íbamos a ver, no lo tenía por cosa nueva. Digo esto porque a caballo nuestro capitán con todos los demás que tenían caballo, y la más parte de nuestros soldados muy apercibidos, fuimos al Tatelulco. Iban muchos caciques que Montezuma envió para que nos acompañasen; y desde que llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían. Y los prtncipales que iban con nosotros nos lo iban mostrando; cada género de mercaderías estaba por sí, y tenían situados y señalados sus asientos. Comencemos por los mercaderes de oro y plata y piedras ricas y plumas y mantas y cosas labradas, y otras mercaderías de indios esclavos y esclavas; digo que traían tantos de ellos a vender (a) aquella gran plaza como traen los portugueses los negros de Guinea, y traíanlos atados en unas varas largas con colleras a los pescuezos, porque no se les huyesen, y otros dejaban sueltos. Luego estaban otros mercaderes que vendían ropa más basta y algodón y cosas de hilo torcido, y cacahuateros que vendían cacao, y de esta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva España, puesto por su concierto de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde se hacen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí; así estaban en esta gran plaza, y los que vendían mantas de henequén y sogas y cotaras, que son los zapatos que calzan y hacen del mismo árbol, y raíces muy dulces cocidas, y otras rebusterías, que sacan del mismo árbol, todo estaba en una parte de la plaza en su lugar señalado; y cueros de tigres, de leones y de nutrias, y de adives y de venados y de otras alimañas, tejones y gatos monteses, de ellos adobados, y otros sin adobar, estaban en otra parte, y otros géneros de cosas y de mercaderías.

Pasemos adelante y digamos de los que vendían frijoles y chía y otras legumbres y yerbas a otra parte. Vamos a los que vendían gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados y anadones, perrillos y otras cosas de este arte, a su parte de la plaza. Digamos de las fruteras, de las que vendían cosas cocidas, mazamorreras y malcocinado, también a su parte. Pues todo género de loza, hecha de mil maneras, desde tinajas grandes y jarrillos chicos, que estaban por sí aparte: y también los que vendían miel y melcochas y otras golosinas que hacían como nuégados. Pues los que vendían madera, tablas, cunas y vigas y tajos y bancos, todo por sí. Vamos a los que vendían leña, ocote, y otras cosas de esta manera. Qué quieren más que diga que, hablando con acato, también vendían muchas canoas llenas de yenda de hombres, que tenían en los esteros cerca de la plaza, y esto era para hacer salo para curtir cueros, que sin ella dicen que no se hacía buena. Bien tengo entendido que algunos señores se reirán de esto; pues digo que es así; y más digo que tenían por costumbres que en todos los caminos tenían hechos de cañas o pajas o yerba, porque no lo viesen los que pasan por ellos; allí se metían si tenían ganas de purgar los vientres, porque no se les perdiese aquella suciedad. Para qué gasto yo tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza, porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas las cosas, sino que papel, que en esta tierra llaman amal, y unos cañutos de olores con liquiámbar, llenos de tabaco y otros ungüentos amarillos y cosas de este arte vendían por sí; y vendían mucha grana debajo los portales que estaban en aquella gran plaza. Había muchos herbolarios y mercaderías de otra manera; y tenían allí sus casas, adonde juzgaban, tres jueces y otros como alguaciles ejecutores que miraban las mercaderías. Olvidado se me había la sal y los que hacían navajas de pedernal, y de cómo las sacaban de la misma piedra. Pues pescadores y otros que vendían unos panecillos que hacen de una como lama que cogen de aquella gran laguna, que se cuaja y hacen panes de ello que tienen un sabor a manera de queso: y vendian hachas de latón y cobre y estaño, y jícaras y unos jarros muy pintados, de madera hechos.

Ya quema haber acabado de decir todas las cosas que allí se vendían, porque eran tantas de diversas calidades, que para que lo acabáramos de ver e inquirir, que como la gran plaza estaba llena de tanta gente y toda cercada de portales, en dos días no se viera todo. Y fuimos al gran , y ya que íbamos cerca de sus grandes patios, y antes de salir de la misma plaza estaban otros muchos mercaderes, que, según dijeron, eran de los que traían a vender oro en granos como lo sacan de las minas, metido el oro en unos canutillos delgados de los de ansarones de la tierra, y así blancos porque se pareciese el oro por de fuera; y por el largor y gordor de los canutillos tenían entre ellos su cuenta qué tantas mantas o qué xiquipiles de cacao valía, o qué esclavos u otra cualesquiera cosas a que lo trocaban.

Y así dejamos la gran plaza sin más verla y llegamos a los grandes patios y cercas donde está el gran ; tenía antes de llegar a él un gran circuito de patios, que me parece que eran más que la plaza que hay en Salamanca, y con dos cercas alrededor, de calicanto, y el mismo patio y sitio todo empedrado de piedras grandes, de losas blancas y muy lisas, y adonde no había de aquellas piedras estaba encalado y bruñido y todo muy limpio, que no hallaran una paja ni polvo en todo él. Y desde que llegamos cerca del gran , antes que subiésemos ninguna grada de él envió el gran Montezuma desde arriba, donde estaba haciendo sacrificios, seis papas y dos principales para que acompañasen a nuestro capitán, y al subir de las gradas, que eran ciento y catorce, le iban a tomar de los brazos para ayudarle a subir, creyendo que se cansaría, como ayudaban a su señor Montezuma, y Cortés no quiso que llegasen a él. Y después que subimos a lo alto del gran en una placeta que arriba se hacía, adonde tenían un espacio a manera de andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras, adonde ponían los tristes indios para sacrificar, y allí había un gran bulto de como dragón, y otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel día.

Y así como llegamos salió Montezuma de un adoratorio, adonde estaban sus malditos ídolos, que era en lo alto del gran , y vinieron con él dos papas, y con mucho acato que hicieron a Cortés y a todos nosotros, le dijo: Cansado estaréis, señor Malinche, de subir a este nuestro gran templo. Y Cortés le dijo con nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él ni nosotros no nos cansábamos en cosa ninguna. Y luego le tomó por la mano y le dijo que mirase su gran ciudad y todas las más ciudades que había dentro en el agua, y otros muchos pueblos alrededor de la misma laguna, en tierra; y que si no había visto muy bien a su gran plaza, que desde allí la podría ver muy mejor, y así lo estuvimos mirando, porque desde aquel grande y maldito templo estaba tan alto que todo lo señoreaba muy bien; y de allí vimos las tres calzadas que entran en México, que es la de Iztapalapa, que fue por la que entramos cuatro días había, y la de Tacuba, que fue por donde después salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlavaca, nuevo señor, nos echó de la ciudad, como adelante diremos, y la de Tepeaquilla. Y veíamos el agua dulce que venía de Chapultepec, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, las puentes que tenía hechas de trecho a trecho, por donde entraba y salía el agua de la laguna de una parte a otra; y veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos y otras que volvían con cargas y mercaderías; y veíamos que cada casa de aquella gran ciudad, y de todas las más ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenían hechas de madera, o en canoas; y veíamos en aquellas ciudades cúes y adoratorios a manera de torres y fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiración, y las casas de azoteas, y en las calzadas otras torrecillas y adoratorios que eran como fortalezas.

Y después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había sonaba más que de una legua, y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto.

Dejemos esto y volvamos a nuestro capitán, que dijo a fray Bartolomé de Olmedo, ya otras veces por mí mencionado, que allí se halló: Paréceme, señor padre, que será bien que demos un tiento a Montezuma sobre que nos deje hacer aquí nuestra iglesia. Y el padre dijo que sería bien, si aprovechase; mas que le parecía que no era cosa convenible hablar en tal tiempo; que no veía a Montezuma de arte que en tal cosa concediese. Y luego nuestro Cortés dijo a Montezuma, con doña Marina, la lengua: Muy señor es vuestra merced, y de mucho más es merecedor; hemos holgado de ver vuestras ciudades; lo que os pido por merced, que pues que estamos aquí, en este vuestro templo, que nos mostréis vuestros dioses y teules. Y Montezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas. Y luego que con ellos hubo hablado dijo que entrásemos en una torrecilla y apartamiento a manera de sala, donde estaban dos como altares, con muy ricas tablazones encima del techo, y en cada altar estaban dos bultos, como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero, que estaba a mano derecha, decían que era el de Uichilobos, su dios de la guerra, y tenía la cara y rostro muy ancho y los ojos disformes y espantables; en todo el cuerpo tanta de la pedrería y oro y perlas y alfójar pegado con engrudo, que hacen en esta tierra unas como raíces, que todo el cuerpo y cabeza estaba lleno de ello, y ceñido el cuerpo unas a manera de grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en una mano tenía un arco y en otra unas flechas. Y otro ídolo pequeño que allí junto a él estaba, que decían que era su paje, le tenía una lanza no larga y una rodela muy rica de oro y pedrería; y tenía puestos al cuello el Uichilobos unas caras de indios y otros como corazones de los mismos indios, y éstos de oro y de ellos de plata, con mucha pedrería azules; y estaban allí unos braseros con incienso, que es su copal, y con tres corazones de indios que aquel día habían sacrificado y se quemaban, y con el humo y copal le habían hecho aquel sacrificio. Y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañado y negro de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy malamente. Luego vimos a otra parte, de la mano izquierda, estar el otro gran bulto del altar de Uichilobos, y tenía un rostro como de oso, y unos ojos que le relumbraban, hechos de sus espejos, que se dice tezeal, y el cuerpo con ricas piedras pegadas según y de la manera del otro su Uichilobos, porque según decían, entrambos eran hermanos, y este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenía cargo de las ánimas de los mexicanos, y tenía ceñido el cuerpo con unas figuras como diablillos chicos y las colas de ellos como sierpes, y tenía en las paredes tantas costras de sangre y el suelo todo bañado de ello, como en los mataderos de Castilla no había tanto hedor. Y allí le tenían presentado cinco corazones de aquel día sacrificados, y en lo alto de todo el estaba otra concavidad muy ricamente labrada la madera de ella, y estaba otro bulto como de medio hombre y medio lagarto, todo lleno de piedras ricas y la mitad de él enmantado. Este decían que el cuerpo de él estaba lleno de todas las semillas que había en toda la tierra, y decían que era el dios de las sementeras y frutas; no se me acuerda el nombre, y todo estaba lleno de sangre, así paredes como altar, y era tanto el hedor, que no veíamos la hora de salirnos afuera. Y allí tenían un atambor muy grande en demasía, que cuando le tañían el sonido de él era tan triste y de tal manera como dicen estrumento de los infiernos, y más de dos leguas de allí se oía; decían que los cueros de aquel atambor eran de sierpes muy grandes.

Y en aquella placeta tenían tantas cosas muy diabólicas de ver, de bocinas y trompetillas y navajones, y muchos corazones de indios que habían quemado, con que sahumaban a aquellos sus ídolos, y todo cuajado de sangre. Tenían tanto, que los doy a la maldición; y como todo hedía a carnicería, no veíamos la hora de quitarnos de tan mal hedor y peor vista. Y nuestro capitán dijo a Montezuma, con nuestra lengua, como medio riendo: Señor Montezuma: no sé yo cómo un tan gran señor y sabio varón como vuestra merced es, no haya colegido en su pensamiento cómo no son vuestros ídolos dioses, sino cosas malas, que se llaman diablos, y para que vuestra merced lo conozca y todos sus papas lo vean claro, hacedme una merced: que hayáis por bien que en lo alto de esta torre pongamos una cruz, y en una parte de estos adoratorios, donde están vuestros Uichilobos y Tezcatepuca, haremos un apartado donde pongamos una imagen de Nuestra Señora (la cual imagen ya Montezuma la había visto), y veréis el temor que de ello tienen esos ídolos que os tienen engañados. Y Montezuma respondió medio enojado, y dos papas que con él estaban mostraron malas señales, y dijo: Señor Malinche: si tal deshonor como has dicho creyera que habíais de decir, no te mostrara mis dioses. Estos tenemos por muy buenos, y ellos nos dan salud y aguas y buenas sementeras y temporales y victorias cuantas queremos: y tenémoslos de adorar y sacrificar; lo que os ruego es que no se diga otras palabras en su deshonor. Y desde que aquello le oyó nuestro capitán y tan alterado, no le replicó más en ello, y con cara alegre le dijo: Hora es que vuestra merced y nosotros nos vamos. Y Montezuma respondió que era bien: y que porque él tenía que rezar y hacer cierto sacrificio en recompensa del gran tatacul, que quiere decir pecado, que había hecho en dejarnos subir en su gran y ser causa de que nos dejase ver a sus dioses, y del deshonor que les hicimos en decir mal de ellos, que antes que se fuese lo había de rezar y adorar. Y Cortés le dijo: Pues que así es, perdone, señor.

Y luego nos bajamos las gradas abajo, y como eran ciento y catorce y algunos de nuestros soldados estaban malos de bubas o humores, les dolieron los muslos del bajar. Y dejaré de hablar de su adoratorio y diré lo que me parece del circuito y manera que tenía, y si no le dijere tan al natural como era, no se maravillen, porque en aquel tiempo tenía otro pensamiento de entender en lo que traíamos entre manos, que es en lo militar y en lo que mi capitán me mandaba, y no en hacer relaciones. Volvamos a nuestra materia. Paréceme que el circuito del gran , sería de seis muy grandes solares de los que dan en esta tierra, y desde abajo hasta arriba, adonde estaba una torrecilla, y allí estaban sus ídolos, ya estrechando, y en medio del alto , hasta lo más alto de él, van cinco concavidades a manera de barbacanas y descubiertas sin mamparos. Y porque hay muchos cúes pintados en reposteros de conquistadores, y en uno que yo tengo, que cualquiera de ellos a quien los han visto podrían colegir la manera que tenían por de fuera; mas no lo que yo vi y entendí, y de ello hubo fama en aquellos tiempos que fundaron aquel gran , en el cimiento de él habían ofrecido de todos los vecinos de aquella gran ciudad oro y plata y aljófar y piedras ricas, y que le habían bañado con mucha sangre de indios que sacrificaron, que habían tomado en las guerras, y de toda manera de diversidad de semillas que había en la tierra, porque les diesen sus ídolos victorias y riquezas y muchos frutos.

Dirán ahora algunos lectores muy curiosos que cómo pudimos alcanzar a saber que en el cimiento de aquel gran eu echaron oro y plata y piedras de chalchiuis ricas y semillas, y lo rociaban con sangre humana de indios que sacrificaban, habiendo sobre mil años que se fabricó y se hizo. A esto doy por respuesta, que después que ganamos aquella fuerte y gran ciudad y se repartieron los solares, que luego propusimos que en aquel gran habíamos de hacer la iglesia de nuestro patrón y guiador Señor Santiago, y cupo mucha parte de la del solar del alto para el solar de la santa iglesia de aquel de Uichilobos, y cuando abrían los cimientos para hacerlos más fijos, hallaron mucho oro y plata y chalchihuis y perlas y aljófar y otras piedras: y asimismo a un vecino de México, que le cupo otra parte del mismo solar, halló lo mismo, y los oficiales de la Hacienda de su majestad lo demandaban por de su majestad, que les venía de derecho, y sobre ello hubo pleito, y no se me acuerda lo que pasó, más que se informaron de los caciques y principales de México y (de) Guatemuz, que entonces era vivo, y dijeron que es verdad que todos los vecinos de México de aquel tiempo echaron en los cimientos aquellas joyas y todo lo demás, y que así lo tenían por memoria en sus libros y pinturas de cosas antiguas, y por esta causa aquella riqueza se quedó para la obra de la santa iglesia del Señor Santiago.

Dejemos esto y digamos que los grandes y suntuosos patios que estaban delante del Uichilobos, adonde está ahora Señor Santiago, que se dice el Tatelulco, porque así se solía llamar. Ya he dicho que tenían dos cercas de calicanto antes de entrar dentro, y que era empedrado de piedras blancas como losas, y muy encalado y bruñido y limpio, y sería de tanto compás y tan ancho como la plaza de Salamanca; y un poco apartado del gran estaba otra torrtecilla que también era casa de ídolos o puro infierno, porque tenía la boca de la una puerta una muy espantable boca de las que pintan que dicen que están en los infiernos con la boca abierta y grandes colmillos para tragar las ánimas; y asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes juntos a la puerta, y tenían un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo y costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas, porque también tenían cabe el sacrificadero muchos navajones y unos tajos de madera, como en los que cortan carne en las carnicerías: y asimismo detrás de aquella maldita casa, bien apartado de ella, estaban unos grandes rimeros de leña, y no muy lejos una gran alberca de agua, que se henchía y vaciaba, que le venía por su caño encubierto de lo que entraba en la ciudad, de Chapultepec. Yo siempre le llamaba (a) aquella casa el infierno.

Pasemos adelante del patio, y vamos a otro , donde era enterramiento de grandes señores mexicanos, que también tenían otros muchos ídolos, y todo lleno de sangre y humo, y tenía otras puertas y figuras de infierno; y luego junto de aquel estaba otro lleno de calaveras y zancarrones, puestos con gran concierto, que se podían ver mas no se podrían contar, porque eran muchas, y las calaveras por sí y los zancarrones en otros rimeros; y allí había otros ídolos, y en cada casa o y adoratorio que he dicho estaban papas con sus vestiduras largas de mantas prietas y las capillas largas asimismo, como de dominicos, que también tiraban un poco a las de los canónigos, y el cabello muy largo y hecho que no se puede esparcir ni desenhebrar, y todos los más sacrificadas las orejas, y en los mismos cabellos mucha sangre. Pasemos adelante que había otros cúes apartados un poco, donde estaban las calaveras, que tenían otros ídolos y sacrificios de otras malas pinturas y aquellos ídolos decían que eran abogados de los casamientos de los hombres. No quiero detenerme más en contar de ídolos, sino solamente diré que alrededor de aquel gran patio había muchas casas y no altas, y eran adonde posaban y residían los papas y otros indios que tenían cargo de los ídolos, y también tenían otra muy mayor alberca o estanque de agua, y muy limpia, a una parte del gran ; era dedicada solamente para el servicio del Uichilobos, Tezcatepuca, y entraba el agua en aquella alberca por caños encubiertos que venían de Chapultepec.

Y allí cerca estaban otros grandes aposentos a manera de monasterios, adonde estaban recogidas muchas hijas de vecinos mexicanos, como monjas, hasta que se casaban; y allí estaban dos bultos de ídolos de mujeres, que eran abogadas de los casamientos de las mujeres, y aquellas sacrificaban y hacían fiestas porque les diesen buenos maridos. Mucho me he detenido en contar de este gran del Tatelulco y sus patios, pues digo era el mayor templo de todo México, porque había tantos y muy suntuosos, que entre cuatro o cinco parroquias o barrios tenían un adoratorio y sus ídolos; y porque eran muchos y yo no sé la cuenta de todos, pasaré adelante y diré que, en Cholula, el gran adoratorio que en él tenían era de mayor altor que no en el de México, porque tenía ciento veinte gradas y, según decían, el ídolo de Cholula teníanle por bueno e iban a él en romería de todas partes de la Nueva España a ganar perdones, y a esta causa le hicieron tan suntuoso ; mas era de otra hechura que el mexicano, y asimismo los patios muy grandes y con dos cercas. También digo que el de la ciudad de Tezcuco era muy alto de ciento y diez y siete gradas, y los patios anchos y buenos y hechos de otra manera que los demás, y una cosa de reír es que tenían en cada provincia sus ídolos, y los de la una provincia o ciudad no aprovechaba a los otros, y así tenían infinitos ídolos, y a todos sacrificaban. Y después que nuestro capitán y todos nosotros nos cansamos de andar y ver tantas diversidades de ídolos y sus sacrificios, nos volvimos a nuestros aposentos, y siempre muy acompañados de principales y caciques que Montezuma enviaba con nosotros. Y quedarse ha aquí y diré lo que más hicimos.

Capítulo XL

CÓMO HICIMOS NUESTRA IGLESIA Y ALTAR EN NUESTRO APOSENTO, Y UNA CRUZ FUERA DEL APOSENTO, Y LO QUE MÁS PASAMOS, Y HALLAMOS LA SALA Y RECAMARA DEL TESORO DEL PADRE DE MONTEZUMA. Y DE CÓMO TOMAMOS ACUERDO DE PRENDER AL GRAN MONTEZUMA

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Como nuestro capitán Cortés y el fraile de la Merced vieron que Montezuma no tenía voluntad que en el de su Uichilobos pusiésemos la cruz ni hiciésemos iglesia, y porque desde que entramos en aquella ciudad de México, cuando se decía misa hacíamos un altar sobre mesas y le tornábamos a quitar, acordóse que demandásemos a los mayordomos del gran Montezuma albañiles para que en nuestro aposento hiciésemos una iglesia, y los mayordomos dijeron que se lo harían saber a Montezuma. Y nuestro capitán envió a decírselo a doña Marina y Juan de Aguilar y con Orteguilla su paje, que entendía ya algo la lengua, y luego dió licencia y mandó dar todo recaudo. Y en dos días teníamos nuestra iglesia hecha y la santa cruz puesta delante de los aposentos, y allí se decía misa cada día hasta que se acabó el vino, que como Cortés y otros capitanes y el fraile estuvieron malos cuando las guerras de Tlaxcala, dieron prisa al vino que teníamos para misas, y después se acabó cada día estábamos en la iglesia rezando de rodillas delante del altar e imágenes; lo uno, por lo que éramos obligados a cristianos y buena costumbre, y lo otr, porque Montezuma y todos sus capitanes lo viesen y se inclinasen a ello, y porque viese el adorar y vernos de rodillas delante de la cruz, especial cuando tañíamos el Avemaría.

Pues estando que estábamos en aquellos aposentos, como somos de tal calidad y todo lo trascendemos y queremos saber, cuando mirábamos adónde mejor y más convenible parte habíamos de hacer el altar, dos de nuestros soldados, que uno de ellos era carpintero de lo blanco, que se decía Alonso Yáñez, vió en una pared una como señal que había sido puerta, y estaba cerrada y muy bien encalada y bruñida, y como había fama y téníamos relación que en aquel aposento tenía Montezuma el tesoro de su padre Axayaca, sospechóse que estaría en aquella sala que estaba de pocos días cerrada y encalada, y Yáñez lo dijo a Juan Velázquez de León y a Francisco de Lugo, que eran capitanes y aun deudos míos y Alonso Yáñez se allegaba en su compañía como criado; y aquellos capitanes se lo dijeron a Cortés, y secretamente se abrió la puerta. Y desde que fue abierta y Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro y vieron tanto número de joyas de oro y en planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuis y otras muy grandes riquezas, quedaron elevados y no supieron qué decir de tanta riqueza. Y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados y lo entramos a ver muy secretamente; y desde que yo lo vi, digo que me admiré, y como en aquel tiempo era mancebo y no había visto en mi vida riquezas como aquellas, tuve por cierto que en el mundo no se debieran haber otras tantas. Y acordóse por todos nuestros capitanes y soldados que ni por pensamiento se tocase en cosa ninguna de ellas, sino que la misma puerta se tornase luego a poner sus piedras y se cerrase, y encalase de la manera que la hallamos, y que no se hablase en ello porque no lo alcanzase a saber Montezuma, hasta ver otro tiempo.

Dejemos esto de esta riqueza y digamos que como teníamos tan esforzados capitanes y soldados y de muchos buenos consejos y pareceres, y primeramente Nuestro Señor Jesucristo ponía su divina mano en todas nuestras cosas, y así lo teníamos por cierto, apartaron a Cortés en la iglesia cuatro de nuestros capitanes, y juntamente doce soldados de quien él se fiaba y comunicaba, y yo era uno de ellos, y le dijimos que mirase la red y garlito donde estábamos y la gran fortaleza de aquella ciudad, y mirase las puentes y calzadas y las palabras y avisos que por todos los pueblos donde hemos venido nos han dado que había aconsejado el Uichilobos a Montezuma que nos dejase entrar en su ciudad y que allí nos matarían, y que mirase que los corazones de los hombres que son muy mudables, en especial en los indios, y que no tuviese confianza de la buena voluntad, y amor que Montezuma nos muestra, porque de una hora a otra hora la mudaría, cuando se le antojase darnos guerra, que con quitarnos la comida o el agua o alzar cualquiera puente, que no nos podríamos valer, y que mire la gran multitud de indios que tiene de guerra en su guarda, y que qué podríamos nosotros hacer para ofenderlos o para defendernos, porque todas las casas tienen en el agua. Pues socorros de nuestros amigos los de Tlaxcala, ¿por dónde han de entrar?

Y pues es cosa de ponderar todo esto que le decíamos, que luego sin más dilación prendiésemos a Montezuma, si queríamos asegurar nuestras vidas, y que no se aguardase para otro día, y que mirase que con todo el oro que nos daba Montezuma, ni el que habíamos visto en el tesoro de su padre Axayaca, ni con cuanta comida comíamos, que todo se nos hacía rejalgar en el cuerpo, y que de noche ni de día no dormíamos ni reposábamos con este pensamiento, y que si otra cosa algunos de nuestros soldados menos que esto que le decían sintiesen, que serían como bestias que no tenían sentido, que se están al dulzor del oro, no viendo la muerte al ojo. Y después que esto oyó Cortés, dijo: No creáis, caballeros, que duermo ni estoy sin el mismo cuidado, que bien me lo habréis sentido, mas ¿qué poder tenemos nosotros para hacer tan grande atrevimiento, prender a tan gran señor en sus mismos palacios, teniendo sus gentes de guarda y de guerra? ¿Qué manera o arte se puede tener en quererlo poner por efecto que no apellide sus guerreros y luego nos combatan?

Y replicaron nuestros capitanes, que fue Juan Velázquez de León, y Diego de Ordaz, y Gonzalo de Sandoval, y Pedro de Alvarado, que con buenas palabras sacarle de su sala y traerlo a nuestros aposentos, y decirle que ha de estar preso, que si se altera o diere voces que lo pagará su persona, y que si Cortés no lo quiere hacer luego, que les dé licencia, que ellos lo pondrán por la obra, y que de dos grandes peligros en que estamos, que el mejor y más a propósito es prenderle y no aguardar que nos diese guerra, que si la comenzaba, ¿qué remedio podríamos tener? También le dijeron ciertos soldados que nos parecía que los mayordomos de Montezuma que servían en darnos bastimentos se desvergonzaban y no los traían cumplidamente como los primeros días y también dos indios tlaxcaltecas, nuestros amigos, dijeron secretamente a Jerónimo de Aguilar, nuestra lengua, que no les parecía bien la voluntad de los mexicanos de dos días atrás; por manera que estuvimos platicando en este acuerdo bien una hora si le prenderíamos o no y qué manera teníamos; y a nuestro capitán bien se le encajó este postrer consejo; y dejábamoslo para otro día que en todo caso le habíamos de prender, y aun toda la noche tuvimos rogando a Dios que lo encaminase para su santo servicio.

Después de estas pláticas, otro día por la mañana vinieron dos indios de Tlaxcala y muy secretamente con unas cartas de la Villa Rica; y lo que se contenía en ellas decía que Juan de Escalante, que quedó por alguacil mayor, era muerto y seis soldados juntamente con él, en una batalla que le dieron los mexicanos, y también le mataron el caballo y a muchos indios totonaques que llevó en su compañía, y que todos los pueblos de la sierra y Cempoal y su sujeto están alterados y no les quieren dar comida ni servir en la fortaleza, y que no saben qué se hacer, y que como de antes los tenían por teules, que ahora que han visto aquel desbarate les hacen fieron, así los totonaques como los mexícanos, y que no les tienen en nada ni saben qué remedio tomar. Y desde que oímos aquellas nuevas, sabe Dios cuánto pesar tuvimos todos. Este fue el primer desbarate que tuvimos en la Nueva España. Miren los curiosos lectores la adversa fortuna cómo vuelve rodando. ¡Quién nos vió entrar en aquella ciudad con tan solemne recibimiento y triunfante, y nos teníamos en posesión de ricos con lo que Montezuma nos daba cada día, así al capitán como a nosotros, y haber visto la casa por mí memorada llena de oro, y que nos tenían por teules, que son ídolos, y que todas las batallas vencíamos, y ahora habernos venido tan gran desmán que no nos tuviesen en aquella reputación que de antes, sino por hombres que podíamos ser vencidos, y haber sentido cómo se desvergonzaban contra nosotros! En fin, de más razones fue acordado que aquel mismo día, de una manera o de otra, se prendiese (a) Montezuma, o morir todos sobre ello. Y porque para que vean los lectores de la manera que fue esta batalla de Juan de Escalante, y cómo le mataron a él y a los seis soldados y el caballo y los amigos totonaques que llevaba consigo, lo quiero aquí declarar antes de la prisión de Montezuma, por no quedarle atrás, porque es menester darlo bien a entender.

Capítulo XLI

CÓMO FUE LA BATALLA QUE DIERON LOS CAPITANES MEXICANOS A JUAN DE ESCALANTE, Y CÓMO LE MATARON A ÉL Y AL CABALLO Y A SEIS SOLDADOS Y A MUCHOS AMIGOS INDIOS TOTONAQUES QUE TAMBIÉN MURIERON

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Y es de esta manera que cuando estábamos en un pueblo que se dice Quiahuiztlán, que se juntaron muchos pueblos, sus confederados, que eran amigos de los de Cempoal, y por consejo y convocación de nuestro capitán, que les atrajo a ello, quitó que no diesen tributo a Montezuma, y se le rebelaron, y fueron más de treinta pueblos en ello; y esto fue cuando le prendimos sus recaudadores, según otras veces dicho tengo en el capítulo que de ello habla. Y cuando partimos de Cempoal para venir a México, quedó en la Villa Rica por capitán y alguacil mayor de la Nueva España un Juan de Escalante, que era persona de mucho ser y amigo de Cortés, y le mandó que en todo lo que aquellos pueblos nuestros amigos hubiesen menester les favoreciese. Y parece ser que como el gran Montezuma tenía muchas guarniciones y capitanías de gente de guerra en todas las provincias, que siempre estaban junto a la raya de ellos, porque una tenía en lo de Soconusco por guarda de lo de Guatemala y Chiapa, y otra tenía en lo de Guazacualco, y otra capitanía en lo de Mechuacán, y otra a la raya de Pánuco, entre Tuzapán y un pueblo que le pusimos por nombre Almería, que es en la costa del Norte. Y como aquella guarnición que tenía cerca de Tuzapán pareció ser demandaron tributos de indios e indias y bastimento para sus gentes a ciertos pueblos que estaban allí cerca o confinaban con ellos, que eran amigos de Cempoal y servían a Juan de Escalante y a los vecinos que quedaron en la Villa Rica y entendían en hacer la fortaleza, y como les demandaban los mexicanos el tributo y servicio, dijeron que no se lo querían dar porque Malinche les mandó que no lo diesen y que el gran Montezuma lo ha tenido por bien. Y los capitanes mexicanos respondieron que si no lo daban que les vendrían a destruir sus pueblos y llevarlos cautivos, y que su señor Montezuma se lo había mandado de poco tiempo acá.

Y desde que aquellas amenazas vieron nuestros amigos los totonaques, vieron al capitán Juan de Escalante y quéjanse reciamente que los mexicanos les víenen a robar y destruir sus tierras. Y desde que Escalente lo entendío envió mensajeros a los mismos mexicanos que no hiciesen enojo ni robasen aquellos pueblos, pues su señor Montezuma lo había por bien, que somos todos grandes amigos, si no, que irá contra ellos y les dará guerra. Los mexicanos no hicieron caso de aquella respuesta ni fieros, y respondieron que en el campo de batalla los hallaría. Y Juan de Escalante, que era hombre muy bastante y de sangre en el ojo, apercibió todos los pueblos nuestros amigos de la sierra que viniesen con sus armas, que eran arcos, flechas, lanzas, rodelas, y asimismo apercibió los soldados más sueltos y sanos que tenía, porque ya he dicho otra vez que todos los más vecinos que quedaban en la Villa Rica estaban dolientes, y hombres de la mar, y con dos tiros y un poco de pólvora y tres ballestas y dos escopetas y cuarenta soldados y sobre dos mil indios totonaques, fue adonde estaban las guarniciones de los mexicanos, que andaban ya robando un pueblo de nuestros amigos, y en el campo se encontraron al cuarto del alba.

Y como los mexicanos eran doblados que nuestros amigos los totonaques, y como siempre estaban atemorizados de ellos en las guerras pasadas, a la primera refriega de flechas y varas y piedras y gritas huyeron, y dejaron a Juan de Escalante peleando con los mexicanos, y de tal manera, que llegó con sus pobres soldados hasta un pueblo que llaman Almería, y le puso fuego y le quemó las casas. Allí reposó un poco, porque estaba mal herido, y en aquellas refriegas y guerra le llevaron un soldado vivo, que se decía Argüello, que era natural de León y tenía la cabeza muy grande y la barba prieta y crespa, y era muy robusto de gesto y mancebo de muchas fuerzas, y le hirieron muy malamente a Escalante y a otros seis soldados, y le mataron el caballo; y se volvió a la Villa Rica y de allí a tres días murió él y los soldados.

Y de esta manera pasó lo que decimos de Almería, y no como lo cuenta el coronista Gómara, que dice en su historia que iba Pedro de Ircio a poblar a Pánuco con ciertos soldados. No sé en qué entendimiento de un tan retórico coronista cabía que había de escribir tal cosa que, aunque con todos los soldados que estábamos con Cortés en México no llegamos a cuatrocientos, y los más heridos de las batallas de Tlaxcala y Tabasco, que aun para bien velar no teníamos recaudo, cuando más enviar a poblar a Pánuco. Y dice que iba por capitán Pedro de Ircio, y aun en aquel tiempo no era capitán ni aun cuadrillero, ni le daban cargo, ni se hacía cuenta de él, y se quedó con nosotros en México. También dice el mismo coronista otras muchas cosas sobre la prisión de Montezuma. Yo no le entiendo su escribir, y había de mirar que cuando lo escribía en su historia que había de haber vivos conquistadores de los de aquel tiempo que le dirían cuando lo leyesen: Esto no pasa así. En esto otro, dice lo que quiere.

Y dejarlo he aquí, y volvamos a nuestra materia, y diré cómo los capitanes mexicanos, después de darle la batalla que dicho tengo a Juan de Escalante, se lo hicieron saber a Montezuma, y aun le llevaron presentada la cabeza de Argüello, que pareció ser murió en el camino de las heridas, que vivo le llevaban. Y supimos que Montezuma, cuando se la mostraron, como era robusta y grande y tenía grandes barbas y crespas, hubo pavor y temió de la ver, y mandó que no la ofreciesen a ningún de México, sino en otros ídolos de otros pueblos. Y preguntó Montezuma a sus capitanes que siendo ellos muchos millares de guerreros, que cómo no vencieron a tan pocos teules. Y respondieron que no aprovechaban nada sus varas y flechas ni buen pelear, que no los pudieron hacer retraer, porque una gran tequecihuata de Castilla venía delante de ellos, y que aquella señora ponía a los mexicanos temor y decía palabras a sus teules que les esforzaban. Y el Montezuma entonces creyó que aquella gran señora era Santa María y la que le habíamos dicho que era nuestra abogada, que de antes dimos a Montezuma con su precioso hijo en los brazos. Y porque esto yo no lo vi, porque estaba en México, sino lo que dijeron ciertos conquistadores que se hallaron en ello, y plugiese a Dios que así fuese, y ciertamente todos los soldados que pasamos con Cortés tenemos muy creído, y así es verdad, y que la misericordia divina y Nuestra Señora la Virgen María siempre era con nosotros, por lo cual le doy muchas gracias. Y dejado he aquí, y diré lo que pasamos en la prisión del gran Montezuma.

Capítulo XLII

DE LA PRISIÓN DEL GRAN MONTEZUMA Y DE OTRAS COSAS MÁS QUE SOBRE DICHA PRISIÓN NOS ACONTECIERON

Como teníamos acordado el día antes de prender a Montezuma, toda la noche estuvimos en oración rogando a Dios que fuese de tal manera que redundase para su santo servicio, y otro día de mañana fue acordado de la manera que había de ser. Llevó consigo Cortés cinco capitanes, que fueron Pedro de Alvarado, y Gonzalo de Sandoval, Juan Velázquez de León, y Francisco de Lugo y Alonso de Avila, y a mí, y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar; y todos nosotros mandó que estuviésemos muy a punto y los de a caballo ensillados y enfrenados. En lo de las armas no había necesidad de ponerlo yo aquí por memoria, porque siempre de día y de noche, estamos armados y calvados nuestros alpargates, que en aquella sazón era nuestro calzado, y cuando solíamos ir a hablar a Montezuma, siempre nos veia armados de aquella manera, y esto digo puesto que Cortés con los cinco capitanes iban con todas sus armas para prenderle, no lo tenía Montezuma por cosa nueva ni se alteraba de ello. Ya puestos a punto todos, envióle nuestro capitán a hacerle saber cómo iba a su palacio, porque así lo tenía por costumbre, y no se alterase viéndolo ir de sobresalto. Y Montezuma bien entendió, poco más o menos, que iba enojado por lo de Almería, y no (lo) tenía en una castañeta, y mandó que fuese mucho en buena hora. Y como entró Cortés, después de haberle hecho sus acatos acostumbrados, le dijo con nuestras lenguas: Señor Montezuma, muy maravillado de vos estoy que siendo tan valeroso príncipe y haberse dado por nuestro amigo, mandar a vuestros capitanes que teníais en la costa cerca de Tuzapán que tomasen armas contra mis españoles, y tener atrevimiento de robar los pueblos que están en guarda y mamparo de nuestro rey y señor, y demandarles indios e indias para sacrificar, y matar un español, hermano mío, y un caballo. No le quiso decir del capitán ni de los seis soldados, que murieron luego que llegaron a la Villa Rica, porque Móntezuma no lo alcanzó a saber, ni tampoco lo supieron los indios capitanes que les dieron la guerra; y más le dijo Cortés: que teniéndole por tan su amigo, mandé a mis capitanes que en todo lo que posible fuese os sirviesen y favoreciesen, y vuestra merced por el contrario no lo ha hecho, y asimismo en lo de Cholula tuvieron vuestros capitanes con gran copia de guerreros ordenado por vuestro mandado que nos matasen. Helo disimulado lo de entonces por lo mucho que os quiero, y asi mismo ahora vuestros vasallos y capitanes se han desvergonzado y tienen pláticas secretas que nos queréis mandar matar; por estas causas no querría encomenzar guerra ni destruir esta ciudad. Conviene que para todo se excusar que luego, callando y sin hacer ningún alboroto, se vaya con nosotros a nuestro aposento, que allí seréis servido y mirado muy bien como en vuestra propia casa. Y que si alboroto o voces daba, que luego sería muerto de estos mis capitanes, que no los traigo para otro efecto.

Y cuando esto oyó Montezuma, estuvo muy espantado y sin sentido, y respondió que nunca tal mandó que tomasen armas contra nosotros, y que enviaría luego a llamar sus capitanes y se sabría la verdad y los castigaría. Y luego en aquel instante quitó de su brazo y muñeca el sello y señal de Uichilobos, que aquello era cuando mandaba alguna cosa grave y de peso, para que se cumpliese, y luego se cumplía. Y en lo de ir preso y salir de sus palacios contra su voluntad, que no era persona la suya para que tal le mandase, y que no era su voluntad salir. Y Cortés le replicó muy buenas razones, y Montezuma le respondió muy mejores, y que no había de salir de sus casas; por manera que estuvieron más de media hora en estas pláticas. Y desde que Juan Velázquez de León y los demás capitanes vieron que se detenía con él y no veían la hora de haberlo sacado de sus casas y tenerlo preso, hablaron a Cortés algo alterados y dijeron: ¿Qué hace vuestra merced ya con tantas palabras?, o lo llevamos preso, o darle hemos de estocadas. Por eso, tómele a decir que si da voces o hace alboroto que le mataremos porque más vale que de esta vez aseguremos nuestras vidas o las perdamos.

Y como Juan Velázquez lo decía con voz algo alta y espantosa, porque así era su hablar, y Montezuma vió a nuestros capitanes como enojados, preguntó a doña Marina que qué decían con aquellas palabras altas, y como doña Marina era muy entendida, le dijo: Señor Montezuma: lo que yo os aconsejo es que vais luego con ellos a su aposento, sin ruido ninguno, que yo sé que os harán mucha honra, como gran señor que sois, y de otra manera aquí quedaréis muerto, y en su aposento se sabrá la verdad. Y entonces Montezuma dijo a Cortés: Señor Malinche: ya que eso queréis que sea, yo tengo un hijo y dos hijas legítimos. tomadlos en rehenes, y a mí no me hagáis esta afrenta. ¿Qué dirán mis principales si me viesen llevar preso? Tornó a decir Cortés que su persona había de ir con ellos, y no había de ser otra cosa; y en fin de muchas razones que pasaron, dijo que él iría de buena voluntad. Y entonces Cortés y nuestros capitanes le hicieron muchas quiricias y le dijeron que le pedían por merced que no hubiese enojo y que dijese a sus capitanes y a los de su guarda que iba de su voluntad, porque había tenido plática de su ídolo Uichilobos y de los papas que le servían que convenía para su salud y guardar su vida estar con nosotros. Y luego le trajeron sus ricas andas, en que solía salir con todos sus capitanes que le acompañaron; fue a nuestro aposento, donde le pusimos guardas y velas. Y todos cuantos servicios y placeres que le podíamos hacer, así Cortés como todos nosotros, tantos le hacíamos, y no se le echó prisiones ningunas.

Y luego le vinieron a ver todos los mayores principales mexicanos y sus sobrinos a hablar con él y a saber la causa de su prisión, y si mandaba que nos diesen guerra. Y Montezuma les respondía que él holgaba de estar algunos días allí con nosotros de buena voluntad y no por fuerza y que cuando él algo quisiese que se lo diría, y que no se alborotasen ellos ni la ciudad, ni tomasen pesar de ello, porque esto que ha pasado de estar allí, que su Uichilobos lo tiene por bien, y se lo han dicho ciertos papas que lo saben, que hablaron con su ídolo sobre ello. Y de esta manera que he dicho fue la prisión del gran Montezuma; y allí donde estaba tenia su servicio y mujeres, y baños en que se bañaba, y siempre a la contina estaban en su compañia veinte grandes señores y consejeros y capitanes, y se hizo a estar preso sin mostrar pasión en ello, y allí venían con pleitos embajadores de lejanas tierras y le traían sus tributos, y despachaba negocios de importancia.

Acuérdome que cuando venían ante él grandes caciques de lejas tierras, sobre términos o pueblos, u otras cosas de aquel arte, que por muy gran señor que fuese se quitaba las mantas ricas y se ponía otras de henequén y de poca valía, y descalzo había de venir; y cuando llegaba a los aposentos, no entraba derecho, sino por un lado de ellos, y cuando parecía delante del gran Montezuma, los ojos bajos en tierra, y antes que a él llegasen le hacían tres reverencias y le decían: Señor, mi señor, y mi gran señor; entonces le traían pintado y dibujado el pleito o embarazo sobre que venían, en unos paños y mantas de henequén, y con unas varitas muy delgadas y pulidas le señalaban la causa del pleito: y estaban allí junto a Montezuma dos hombres viejos, grandes caciques, y después que bien habían entendido el pleito, aquellos jueces se lo decían a Montezuma, la justicia que tenía; con pocas palabras los despachaba y mandaba quien había de llevar las tierras o pueblos, y sin más replicar en ello se salían los pleiteantes, sin volver las espaldas, y con las tres reverencias se salían hasta la sala, y después que se veían fuera de su presencia de Montezuma se ponían otras mantas ricas y se paseaban por México.

Y dejaré de decir al presente de esta prisión, y digamos cómo los mensajeros que envió Montezuma con su señal y sello a llamar sus capitanes que mataron nuestros soldados, vinieron ante él presos, y lo que con ellos habló yo no lo sé, mas que se los envió a Cortés para que hiciese justicia de ellos; y tomada su confesión sin estar Montezuma delante, confesaron ser verdad lo atrás ya por mí dicho, y que su señor se lo había mandado que diesen guerra y cobrasen los tributos, y que si algunos teules fuesen en su defensa, que también les diesen guerra o matasen. Y vista esta confesión por Cortés, envióselo a hacer saber a Montezuma cómo le condenaban en aquella cosa; y él se disculpó cuanto pudo. Y nuestro capitán le envió a decir que así lo creía, que puesto que merecía castigo, conforme a lo que nuestro rey manda, que la persona que manda matar a otros, sin culpa o con culpa, que muera por ellos; mas que le quiere tanto y le desea todo bien, que ya que aquella culpa tuviese, que antes la pagaría él, Cortés, por su persona, que vérsela pasar a Montezuma. Y con todo esto que le envió a decir, estaba temeroso. Y sin más gastar razones, Cortés sentenció a aquellos capitanes a muerte y que fuesen quemados delante los palacios de Montezuma, y así se ejecutó la sentencia. Y por que no hubiese algún embarazo entre tanto que se quemaban, mandó echar unos grillos al mismo Montezuma. Y desde que se los echaron, él hacía bramuras, y si de antes estaba temeroso, entonces estuvo mucho más.

Y después de quemados fue nuestro Cortés con cinco de nuestros capitantes a su aposento, y él mismo le quitó los grillos y tales palabras le dijo y tan amorosas, que se le pasó luego el enojo; porque nuestro Cortés le dijo que no solamente le tenía por hermano, sino mucho más; y que como es señor y rey de tantos pueblos y provincias, que si él podía, el tiempo andando, le haría que fuese señor de más tierras de las que no ha podido conquistar ni le obedecían y que si quiere ir a sus palacios, que le da licencia para ello. Y decíaselo Cortés con nuestras lenguas, y cuando se lo estaba diciendo Cortés, parecía que se le saltaban las lágrimas de los ojos a Montezuma. Y respondió con gran cortesía que se lo tenia en merced. Empero bien entendió que todo era palabras, las de Cortés, y que ahora al presente que convenía estar allí preso, porque, por ventura, como sus principales son muchos y sus sobrinos y parientes le vienen cada día a decir que será bien darnos guerra y sacado de prisión, que desde que le vean fuera que le atraerán a ello, y que no quería ver en su ciudad revueltas, y que si no hace su voluntad, por ventura querrán alzar a otro señor, y que él les quitaba aquellos pensamientos con decirles que su dios Uichilobos se lo ha enviado a decir que esté preso. Y a lo que entendimos, y lo más cierto, Cortés había dicho a Aguilar que le dijese secreto que aunque Malinche le mandase salir de la prisión, que los demás de nuestros capitanes y soldados no querríamos. Y después que aquello lo oyó Cortés, le echó los brazos encima y le abrazó y dijo: No en balde, señor Montezuma, os quiero tanto como a mí mismo.

Y luego Montezuma le demandó a Cortés un paje español que le servía, que sabía ya la lengua, que se decía Orteguilla, y fue harto provechoso, así para Montezuma como para nosotros, porque de aquel paje inquiría y sabía muchas cosas de las de Castilla, Montezuma, y nosotros de lo que le decían sus capitanes. y verdaderamente le era tan buen servicial el paje, que lo quería mucho Montezuma. Dejemos de hablar de cómo estaba ya Montezuma algo contento con los grandes halagos y servicios y conversación que con todos nosotros tenía, porque siempre que ante él pasábamos, y aunque fuese Cortés, le quitábamos los bonetes de armas o cascos que siempre estábamos armados, y él nos hacia gran mesura y honraba a todos.

Y digamos los nombres de aquellos capitanes de Montezuma que se quemaron por justicia. El principal se decía Quetzalpopoca, y los otros se decían el uno Coate y el otro Quiavit; el otro no me acuerdo el nombre, que poco va en saber sus nombres. Y digamos que como este castigo se supo en todas las provincias de la Nueva España, temieron, y los pueblos de la costa adonde mataron nuestros soldados volvieron a servir muy bien a los vecinos que quedaban en la Villa Rica. Y han de considerar los curiosos que esto leyeren tan grandes hechos que entonces hicimos: dar con los navíos al través; lo otro osar entrar en tan fuerte ciudad, teniendo tantos avisos que allí nos habían de matar después que dentro nos tuviesen; lo otro, tener tanta osadía, osar prender al gran Montezuma, que era rey de aquella tierra, dentro de su gran ciudad, y en sus mismos palacios, teniendo tan gran número de guerreros de su guarda, y lo otro, osar quemar sus capitanes delante sus palacios y echarle grillos entre tanto que se hacía la justicia.

Muchas veces, ahora que soy viejo, me paro a considerar las cosas heroicas que en aquel tiempo pasamos, que me parece las veo presentes, y digo que nuestros hechos que no los hacíamos nosotros, sino que venían todos encaminados por Dios; porque ¿qué hombres (ha) habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos soldados (y aun no llegábamos a ellos), en una fuerte ciudad como es México, que es mayor que Venecia, estando apartados de nuestra Castilla sobre más de mil quinientas leguas, y prender a un tan gran señor y hacer justicia de sus capitanes delante de él? Porque hay mucho que ponderar en ello, y no así secamente como yo lo digo. Pasaré adelante y diré cómo Cortés despachó lueqo otro capitán que estuviese en la Villa Rica como estaba Juan Escalante que mataron.

Cortés envió a la Villa Rica por teniente y capitán a un hidalgo que se decía Alonso de Grado, e hizo alguacil mayor a Gonzalo de Sandoval, y como Alonso de Grado llegó a la villa, mostró mucha gravedad con los vecinos y quería hacerse servir de ellos como gran señor y con los pueblos que estaba de paz, que fueron más de treinta, enviaba a demandarles joyas de oro e indias hermosas, y en la fortaleza no se le daba nada para entender en ella. En lo que gastaba el tiempo era en bien comer y jugar, y sobre todo esto que fué peor que lo pasado, secretamente convocaba a sus amigos y a los que no lo eran para que si viniese aquella tierra Diego Velázquez, de Cuba, o cualquier de su capitán, de darle la tierra y hacerse con él. Todo lo cual muy en posta se lo hicieron saber por cartas a Cortés a México, y como lo supo hubo enojo consigo mismo por haber enviado a Grado, conociéndole sus malas entrañas y condición dañada. Y como tenía siempre en el pensamiento que Diego Velázquez, gobernador de Cuba, por una parte o por otra había de alcanzar a saber cómo habíamos enviado nuestros procuradores a Su Majestad, y que no le acudiríamos a cosa ninguna, y que por ventura enviaría armada y capitanes contra nosotros, parecióle que sería bien poner hombre de quien fiar el puerto y la villa y envió a Gonzalo de Sandoval, que ya era alguacil mayor por muerte de Juan de Escalante, y llevó en su compañía a Pedro de Ircio, aquel de quien cuenta el coronista Gómara que iba a poblar el Pánuco.

Gonzalo de Sandoval llegó a la Villa Rica y luego envió preso a México con indios que le guardasen a Alonso de Grado, porque así se lo mandó Cortés.

No quiero dejar de traer aquí a la memoria cómo Cortés le mandó a Gonzalo de Sandoval que así como llegase a la Villa Rica, le enviase dos herreros con todos sus aparejos de fuelles y herramientas y mucho hierro de los de los navíos que dimos al través, y las dos cadenas grandes de hierro que estaban ya hechas, y que enviase velas y jarcias, y pez y estopa, y una aguja de marear, y todo otro cualquier aparejo para hacer dos bergantines para andar en la laguna de México, lo cual se lo envió Sandoval muy cumplidamente.

Capítulo XLIII

CÓMO CORTÉS MANDÓ HACER DOS BERGANTINES DE MUCHO SOSTÉN Y VELEROS PARA ANDAR EN LA LAGUNA, Y CÓMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO A CORTÉS QUE LE DIESE LICENCIA PARA IR A HACER SU ORACIÓN A SUS TEMPLOS, Y LO QUE CORTÉS LE DIJO. Y CÓMO LE DIÓ LA LICENCIA. Y OTRAS COSAS MÁS QUE ADELANTE DIRÉ

Pues como hubo llegado todo el aparejo para hacer los bergantines, luego Cortés se lo fue a hacer saber al gran Montezuma, que quería hacer dos navíos chicos para andarse holgando en la laguna; que mandase a sus carpinteros que fuesen a cortar la madera, y que irían con nuestros maestros de hacer navíos, que se decían Martín López y un Andrés Núñez, y como la madera de roble estaba obra de cuatro leguas de allí, de presto fue traída y dado el gálibo de ella. Y como había muchos carpinteros de los indios, fueron de presto hechos y calafateados y breados y puesto sus jarcias y velas a su tamaño y medida y una tolda a cada uno, y salieron tan buenos y veleros como si estuvieran un mes en tomar los gálibos, porque Martín López era muy extremado maestro, y éste fue el que hizo los trece bergantines para ayudar a ganar México, como adelante diré, y fue un buen soldado para la guerra.

Dejemos aparte esto, y diré cómo Montezuma dijo a Cortés que quería salir e ir a sus templos a hacer sacrificios y cumplir sus devociones, para lo que a sus dioses era obligado, como para que conozcan sus capitanes y principales, especial ciertos sobrinos suyos que cada día le vienen a decir le quieren soltar y darnos guerra, y que él les da por respuesta que él se huelga de estar con nosotros, porque crean que es como se lo ha dicho, y que así se 10 ha mandado su dios Uichilobos, como ya otra vez se los ha hecho creer. Y cuanto a la licencia que le demandaba, Cortés le dijo que mirase que no hiciese cosa con que perdiese la vida, y que para ver si había algún descomedimiento o mandaba a sus capitanes o papas que le soltasen o nos diesen guerra, que para aquel efecto enviaba capitanes y soldados para que luego le matasen a estocadas en sintiendo alguna novedad de su persona, y que vaya mucho en buena hora, y que no sacrificase ningunas personas, que era gran pecado contra nuestro Dios verdadero, que es el que le hemos predicado, y que allí estaban nuestros altares y la imagen de Nuestra Señora ante quien podría hacer oración. Y Montezuma dijo que no sacrificaría ánima ninguna; y fue en sus ricas andas muy acompañado de grandes caciques, con gran pompa, como solía, y llevaba delante sus insignias, que era como vara o bastón, que era la señal que iba allí su persona real, como hacen a los visorreyes de esta Nueva España. Y con él iban para guardarle cuatro de nuestros capitanes, que se decían Juan Velázquez de León, y Pedro de Alvarado, y Alonso de Avila, y Francisco de Lugo, con ciento cincuenta soldados, y también iba con nosotros el Padre de la Merced para retraerle el sacrificio, si le hiciese de hombres.

Y yendo como íbamos al del Uichilobos, ya que llegábamos cerca del maldito templo, mandó que le sacasen de las andas y fue arrimado a hombros de sus sobrinos y de otros caciques hasta que llegó al templo. Ya he dicho otras veces que por las calles por donde iba su persona todos los principales habían de llevar los ojos puestos en el suelo, y no le miraban a la cara. Y llegado a las gradas de lo alto del adoratorio, estaban muchos papas aguardándole para ayudarle a subir de los brazos y ya le tenían sacrificado de la noche antes cuatro indios, y por más que nuestro capitán le decía y se lo retraía el fraile de la Merced, no aprovechaba cosa ninguna, sino que había de matar hombres y muchachos para hacer su sacrificio, y no podíamos en aquella sazón hacer otra cosa sino disimular con él, porque estaba muy revuelto México y otras grandes ciudades con los sobrinos de Montezuma, como adelante diré. Y después que hubo hecho sus sacrificios, porque no tardó mucho en hacerlos, nos volvimos con él a nuestros aposentos, y estaha muy alegre, y a los soldados que con él fuimos luego nos hizo merced de joyas de oro. Dejémoslo aquí y diré lo que más pasó.

Capítulo XLIV

CÓMO LOS SOBRINOS DEL GRAN MONTEZUMA ANDABAN CONVOCANDO Y ATRAYENDO A SÍ LAS VOLUNTADES DE OTROS SEÑORES PARA VENIR A MÉXICO Y SACAR DE LA PRISIÓN AL GRAN MONTEZUMA Y ECHARNOS DE LA GRAN CIUDAD DE MÉXICO Y MATARNOS A TODOS NOSOTROS

Desde que Cacamatzin, señor de la ciudad de Tezcuco, que es después de México la mayor y más principal ciudad que hay en la Nueva España, entendió que hacía muchos días que estaba preso su tío Montezuma, y que en todo lo que nosotros podíamos nos íbamos señoreando, y aun alcanzó a saber que habíamos abierto la casa adonde estaba el gran tesoro de su abuelo Axayaca, y que no habíamos tomado cosa ninguna de ello, y antes que lo tomásemos, acordó de convocar a todos los señores de Tezcuco, sus vasallos, y al señor de Coyoacán, que era su primo, y sobrino de Montezuma, y al señor de Tacuba, y al señor de Iztapalapa, y a otro cacique muy grande, señor de Matalcingo, que eran parientes muy cercanos de Montezuma; y aun decían que le venía de derecho el reino y señorío de México, y este cacique era muy valiente por su persona entre los indios. Pues andando concertando con ellos y con otros señores mexicanos que para en tal día viniesen con todos sus poderes y nos diesen guerra, parece ser que al cacique que he dicho que era valiente, por su persona, que no le sé el nombre, dijo que si le daban a él el señorío de México, pues le venía de derecho, que él con toda su parentela y de una provincia que se dice Matalcingo serían los primeros que vendrían con sus armas a echarnos de México, y no quedaría ninguno de nosotros a vida. Y Cacamatzin, según pareció, respondió que a él le venía el cacicazgo, y él había de ser rey, pues era sobrino de Montezuma, que si no quería venir, que sin él y su gente haría guerra; por manera que ya tenía Cacamatzin apercibidos los pueblos y señores por mí nombrados, y tenía ya concertado que para tal día viniese sobre México y con los señores que dentro estaban de su parte les darían lugar a la entrada.

Y andando en estos tratos, lo supo muy bien Montezuma por la parte de su gran deudo, que no quiso conceder en lo que Cacamatzin quería, y para mejor lo saber envió Montezuma a llamar todos sus caciques y principales de aquella ciudad, y le dijeron cómo Cacamatzin los andaba convocando (a) todos con palabras o dádivas para que le ayudasen a darnos guerra y soltar al tío. Y como el Montezuma era cuerdo y no quería ver su ciudad puesta en armas ni alborotos, se lo dijo a Cortés según y de la manera que pasaba; el cual alboroto muy bien sabía nuestro capitán y todos nosotros, mas no tan por entero como se lo dijo. Y el consejo que sobre ello se tomó era que nos diese de su gente mexicana, e iríamos sobre Tezcuco, y que le prenderíamos o destruiríamos aquella ciudad y sus comarcas; y a Montezuma no le cuadró este consejo. Por manera que Cortés le envió a decir a Cacamatzin que se quitase de andar revolviendo guerra, que será causa de su perdición, y que le quiere tener por amigo, y que en todo lo que huhiere menester de su persona lo hará por él, y otros muchos cumplimientos. Y como Cacamatzin era mancebo y halló otros muchos de su parecer que le acudirían en la guerra, envió a decir a Cortés que ya había entendido sus palabras de halagos, que no las quería más oír sino cuando le viese venir, que entonces le hablaría lo que quisiese. Tomó otra vez Cortés a enviarle a decir que mirase que no hiciese deservicio a nuestro rey y señor, que lo pagaría en su persona y le quitaría la vida por ello. Y respondió quc ni conocía a rey ni quisiera haber conocido a Cortés, que con palabras blandas y mentiras prendió a su tío.

Después que envió aquella respuesta, nuestro capitán rogó a Montezuma, pues era tan gran señor y dentro en Tezcuco tenía grandes caciques y parientes por capitanes, y no estaba bien con Cacamatzin, por ser muy soberbio y malquisto, y pues allí en México con Montezuma estaba un hermano del mismo Cacamatzin, mancebo de buena disposición, que estaba huido del propio hermano porque no le matase, que después de Cacamatzin heredaba el reino de Tezcuco, que tuviese manera y concierto con todos los de Tezcuco, que prendiesen a Cacamatzin, o que secretamente le enviase a llamar, y que si viniese que le echasen mano y le tuviesen en su poder hasta que estuviese más sosegado, y que pues que aquel su sobrino estaba en su casa y le sirve, que le alce luego por señor y le quite el señorío a Cacamatzin, que está en su deservicio y anda revolviendo todas las ciudades y caciques de la tierra por señorear su ciudad y reino. Y Montezuma dijo que le enviaría luego a llamar; mas que sentía de él que no querría venir, y que si no viniese que se tendría concierto con sus capitanes y parientes que le prendan. Y Cortés le dió muchas gracias por ello. y aun le dijo: Señor Montezuma: bien podéis creer que si os queréis ir a vuestros palacios, que en vuestra mano está, que desde que tengo entendido que me tenéis buena voluntad yo os quiero tanto, que no fuera yo de tal condición que luego no os fuera acompañando para que os fuérais con toda vuestra caballería a vuestros palacios, y si lo he dejado de hacer es por estos capitanes que os fueron a prender, porque no quieren que os suelte; y porque vuestra merced dice que quiere estar preso por excusar las revueltas que vuestros sobrinos traen, por haber en su poder esta vuestra ciudad y quitaros el mando.

Y Montezuma dijo que se lo tenía en merced, y como iba entendiendo las palabras halagüeñas de Cortés y veía que lo decía no para soltarle, sino para probar su voluntad, y también Orteguilla, su paje, se lo había dicho a Montezuma, que nuestros capitanes eran los que le aconsejaron que le prendiese, y que no creyese a Cortés, y que sin ellos no le soltaría, dijo Montezuma que muy bien estaba preso, y que hasta ver en qué paraban los tratos de sus sobrinos, y que luego enviaría mensajeros a Cacamatzin rogándole que viniese ante él, que le quería hablar en amistades entre él y nosotros. Y le envió a decir que de su prisión que no tenga él cuidado, que si se quisiese soltar que muchos tiempos ha tenido para ello, y que Malinche le ha dicho dos veces que se vaya a sus palacios, y que él no quiere, por cumplir el mando de sus dioses que le han dicho que esté preso, y que si no lo está que luego será muerto; y que esto que lo sabe muchos días ha de los papas que están en servicio de los ídolos, y que a esta causa será bien que tenga amistad con Malinche y sus hermanos. Y estas mismas palabras envió Montezuma a decir a los capitanes de Tezcuco, cómo enviaba a llamar a su sobrino para hacer las amistades, y que mirasen no les trastornase su seso aquel mancebo para tomar armas contra nosotros.

Y dejemos esta plática, que muy bien la entendió Cacamatzin, y sus principales entraron en consejo sobre lo que harían; y Cacamatzin comenzó a bravear, y que nos habia de matar dentro de cuatro días, y que el tío era una gallina, y que por no darnos guerra cuando se lo aconsejaban, al bajar la sierra de Chalco, cuando tuvo allí buen aparejo con sus guarniciones y que nos metió él por su persona en su ciudad, como si tuviera conocido que íbamos para hacerle algún bien; y que cuanto oro le han traído de sus tributos nos daba, y que le habíamos escalado y abierto la casa donde está el tesoro de su abuelo Axayaca; y que sobre todo esto le teníamos preso; y que ya le andábamos diciendo que quitasen los ídolos del gran Uichilobos, y queríamos poner los nuestros, y que porque esto no viniese a más mal, y para castigar tales cosas e injurias, que les rogaba que le ayudasen, pues todo lo que les ha dicho han visto por sus ojos; y cómo quemamos los capitanes del mismo Montezuma, que ya no se puede compadecer otra cosa sino que todos juntos a una nos diesen guerra. Y allí les prometió Cacamatzin que si quedaba con el señorío de México que les había de hacer grandes señores, y también les dió muchas joyas de oro y les dijo que ya tenía concertado con sus primos los señores de Coyoacán y de Iztapalapa y el de Tacuba, y otros deudos que le ayudarían; y que en México tenía de su parte otras personas principales que le darían entrada y ayuda a cualquiera hora que quisiese, y que unos por las calzadas y todos los más en sus piraguas y canoas chicas por la laguna, podrían entrar sin tener contrarios que se lo defendiesen, pues su tío estaba preso; y que no tuviesen miedo de nosotros, pues saben que pocos días había pasado que en lo de Almería sus capitanes del mismo su tío habían muerto muchos teules y un caballo, lo cual vieron bien (en) la cabeza de un teul y el cuerpo del caballo, y que en una hora nos despacharían y con nuestros cuerpos tendrían buenas fiestas y hartazgos.

Y después que hubo hecho aquel razonamiento, dicen que se miraban unos capitanes a otros para que hablasen los que solían hablar primero en cosas de guerra, y que cuatro o cinco de aquellos capitanes le dijeron que cómo habían de ir sin licencia de su gran señor Montezuma y dar guerra en su propia casa y ciudad, y que se lo envíen primero a hacer saber, y que de otra manera que no le quieren ser traidores. Y pareció ser que Cacamatzin se enojó con los capitanes que le dieron aquella respuesta, y mandó echar presos tres de ellos, y como había allí en el consejo y junta que tenían otros sus deudos y ganosos de bullicios, dijeron que le ayudarían hasta morir. Y acordó de enviar a decir a su tío el gran Montezuma que había de tener empacho enviarle a decir que venga a tener amistad con quien tanto mal y deshonra le ha hecho teniéndole preso; y que no es posible sino que nosotros éramos hechiceros y con hechizos le teníamos quitado su gran corazón y fuerza, o que nuestros dioses y la gran mujer de Castilla que les dijimos que era nuestra abogada nos da aquel gran poder para hacer lo que hacíamos. Y en esto que dijo a la postre no lo erraba, que ciertamente la gran misericordia de Dios y su bendita Madre Nuestra Señora nos ayudaba.

Y volvamos a nuestra plática, que en lo que resumió fue enviar a decir que él vendría, a pesar nuestro y de su tío, a hablarnos y matarnos. Y cuando el gran Montezuma oyó aquella respuesta tan desvergonzada, recibió mucho enojo, y luego en aquella hora envió a llamar seis de sus capitanes de mucha cuenta y les dió su sello y aun les dió ciertas joyas de oro y les mandó que luego fuesen a Tezcuco y que mostrasen secretamente aquel su sello a ciertos capitanes y parientes que estaban muy mal con Cacamatzin, por ser muy soberbio, y que tuviesen tal orden y manera que a él y a los que eran en su consejo los prendiesen y que luego se los trajeran delante. Y como fueron aquellos capitanes y en Tezcuco entendieron lo que Montezuma mandaba, y Cacamatzin era malquisto, en sus propios palacios le prendieron, que estaba platicando con aquellos sus confederados en cosas de la guerra. Y también trajeron otros cinco presos con él. Y como aquella ciudad está poblada junto a la gran laguna, aderezan una gran piragua con sus toldos y le meten en ella con los demás, y con gran copia de remeros los traen a México.

Y después que hubo desembarcado le meten en sus ricas andas como rey que era, y con gran acato le llevan ante Montezuma, y parece ser estuvo hablando con el tío y desvergonzóse más de lo que antes estaba, y supo Montezuma de los conciertos en que andaba, que era alzarse por señor de México, lo cual alcanzó a saber más por entero de los demás prisioneros que le trajeron, y si enojado estaba de antes del sobrino, muy más estuvo entonces, y luego se lo envió a nuestro capitán para que le echase preso, y a los demás prisioneros mandó soltar. Y luego Cortés fue a los palacios y al aposento de Montezuma y le dió las gracias por tamaña merced, y se dió orden que se alzase por rey de Tezcuco el mancebo que estaba en compañía del gran Montezuma, que también era su sobrino, hermano de Cacamatzin, que ya he dicho que por su temor estaba allí retraído al favor del tío porque no le matase, que era también heredero muy propincuo del reino de Tezcuco. Y para hacerla solemnemente y con acuerdo de toda la ciudad mandó Montezuma que viniesen ante él los más principales de toda aquella provincia, y después de muy bien platicada la cosa le alzaron por rey y señor de aquella gran ciudad, y se llamó don Carlos.

Ya todo esto hecho, como los caciques y reyezuelos, sobrinos del gran Montezuma, que eran el señor de Coyoacán, y el señor de Iztapalapa, y el de Tacuba, vieron y oyeron la prisión de Cacamatzin y supieron que el gran Montezuma había sabido que ellos entraban en la conjuración para quitarle su reino y dárselo a Cacamatzin, temieron y no le venían a hacer palacio como solían. Y con acuerdo de Cortés, que le convocó y atrajo a Montezuma para que los mandase prender, en ocho días todos estuvieron presos en la cadena gorda, que no poco se holgó nuestro capitán y todos nosotros. Miren los curiosos lectores, cuál andaban nuestras vidas tratando de matarnos cada día y comer nuestras carnes, si la gran misericordia de Dios, que siempre era con nosotros y nos acorría, y aquel buen Montezuma a todas nuestras cosas daba buena corte.

Y miren qué gran señor era que estando preso así era tan obedecido. Pues ya todo apaciguado y aquellos señores presos, siempre nuestro Cortés con otros capitanes y el fraile de la Merced estaban teniéndole palacio, y en todo lo que podían le daban mucho placer y burlaban, no de manera de desacato, que digo que no se sentaba Cortés ni ningún capitán hasta que Montezuma les mandaba traer sus asentaderos ricos y les mandaba asentar, y en esto era tan bien mirado, que todos le queríamos con gran amor, porque verdaderamente era gran señor en todas las cosas que le veíamos hacer. Y volviendo a nuestra plática, unas veces le daban a entender las cosas tocantes a nuestra santa fe, y se lo decía el fraile con el paje Orteguilla, que parecía que le entraban ya algunas razones en el corazón, pues las escuchaba con atención mejor que al principio. También le daban a entender el gran poder del emperador nuestro señor, y cómo le dan vasallaje muchos grandes señores que le obedecían, y de lejanas tierras, y le decían otras muchas cosas que él se holgaba de oídas; y otras veces jugaba Cortés con él a totoliques, y de esta manera siempre le teníamos palacio. Y él, como no era nada escaso, nos daba cada día cuál joyas de oro o mantas. Y dejaré de hablar en ello y pasaré adelante.

Como el capitán Cortés vió que ya estaban presos aquellos reyecillos y todas las ciudades pacíficas, dijo a Montezuma que será bien que él y todos sus vasallos le den la obediencia, porque así se tiene por costumbre.

Y Montezuma reunió en diez días a todos los caciques con excepción del cacique pariente muy cercano de Montezuma, que ya hemos dicho que decían que era muy esforzado, y en la presencia y cuerpo y miembros y en el semblante bíen lo parecía, y les dijo que mirasen que de muchos años pasados sabían por cierto, por lo que sus antepasados les han dicho, y así lo tienen señalado en sus libros de cosas de memorias, que de donde sale el sol habían de venir gentes que habían de señorear estas tierras, y que se había de acabar en aquella sazón el señorio y reino de los mexicanos, y que él tiene entendido, por lo que sus dioses les han dicho, que semos nosotros, y que hasta tanto Uichilobos no les dé una respuesta categórica. Lo que yo os mando y ruego que todos de buena voluntad, al presente, se lo demos y contribuyamos con alguna señal de vasallaje. Y desde que oyeron este razonamiento todos dieron por respuesta que harían lo que les mandase, y con muchas lágrimas y suspiros, y Montezuma muchas más. Y luego envió a decir con un principal que para otro día darian la obediencia y vasallaje a Su Majestad.

Como nuestro Cortés procuró de saber de las minas de oro y de qué calidad eran, y asimismo en qué ríos estaban, y qué puertos para navíos había desde lo de Pánuco hasta lo de Tabasco, especialmente el rio grande de Guazasgualco y lo que sobre ello pasó.

Capitulo XLV

CÓMO VOLVIERON LOS CAPITANES QUE NUESTRO CORTÉS HABIA ENVIADO PARA QUE VIESEN LAS MINAS Y PARA SONDAR EL RÍO DE GUAZAQUALCO, Y OTRAS COSAS MÁS

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El primero que volvió a la ciudad de México a dar razón de lo que Cortés le envió fue Gonzalo de Umbría y sus compañeros. y trajeron obra de trescientos pesos en granos, que sacaron delante de ellos los indios de un pueblo que se dice Zacatula; que, según contaba Umbría, los caciques de aquella provincia llevaron muchos indios a los ríos, y con unas como bateas chicas, y con ellas lavaban la tierra y cogían el oro. Y era de dos díos; y dijeron que si fuesen buenos mineros y lo lavasen como en la isla de Santo Domingo, o como en la isla de Cuba, que serían ricas minas. Y asimismo, trajeron consigo dos principales que envió aquella provincia, y trajeron un presente de oro hecho en joyas que valdría doscientos pesos, y a darse y ofrecerse por servidores de Su Majestad. Y Cortés se holgó tanto con el oro como si fueran treinta mil pesos, en saber cierto que había buenas minas, y a los caciques que trajeron el presente les mostró mucho amor y les mandó dar cuentas verdes de Castilla, y con buenas palabras se volvieron a su tierra muy contentos. Y decía Umbría que no muy lejos de México había grandes poblaciones y de gente pulida y parece ser eran los pueblos del pariente de Montezuma, y otra provincia que se dice Matacingo; y a lo que sentimos y vimos. Umbría y sus compañeros vinieron ricos, con mucho oro y bien aprovechados, que a este efecto le envió Cortés para hacer buen amigo de él, por lo pasado que dicho tengo.

Dejémosle, pues volvió con buen recaudo, y volvamos al capitán Diego de Ordaz, que fue a ver el río de Guazaqualco, que son sobre ciento y veinte leguas de México, y dijo que pasó por muy grandes pueblos, que allí los nombró, y que todos le hacían honra, y que en el camino cerca de Guazaqualco topó a las guarniciones de Montezuma que estaban en frontera, y que todas aquellas comarcas se quejaban de ellos, así de robos que les hacían, y les tomaban sus mujeres, y les demandaban otros tributos. Y Ordaz con los principales mexicanos que llevaba reprehendió a los capitanes de Montezuma que tenían cargo de aquellas gentes, y les amenazaron que si más robaban que se lo harían saber a su señor Montezuma y que enviaría por ellos y los castigaría como hizo a Quetzalpopoca y sus compañeros porque habían robado los pueblos de nuestros amigos, y con estas palabras les metió temor. Y luego fue camino de Guazaualco y no llevó más de un principal mexicano. Y desde que el cacique de aquella provincia, que se decía Tochel, supo que iba, envió sus principales a recibirle, y le mostraron mucha voluntad, porque aquellos de aquella provincia ya todos tenían relación y noticia de nuestras personas de cuando vinimos a descubrir con Juan de Grijalva, según largamente lo he escrito en el capítulo pasado que de ello habla. Y volvamos a decir que desde que los caciques de Guazaqualco entendieron a lo que iba luego le dieron muchas y grandes canoas, y el mismo cacique Tochel y con él otros muchos principales, y sondaron la boca del río, y hallaron tres brazas largas sin la de caída en lo más bajo, y entrados en el río un poco arriba podían nadar grandes navíos, y mientras más arriba, más hondo, y junto a un pueblo que en aquella sazón estaba poblado di indios, pueden estar carracas.

Y después que Ordaz lo hubo sondado y se vino con los caciques al pueblo, le dieron ciertas joyas de oro y una india hermosa, y se ofrecieron por servidores de Su Magestad, y se le quejaron de Montezuma y de su guarnición de gente de guerra, y que había poco tiempo que tuvieron una batalla con ellos, y que cerca de un pueblo de pocas casas mataron los de aquella provincia a los mexicanos muchas de sus gentes, y por aquella causa llaman hoy en día donde de aquella guerra pasó Cuylonemiquis, que en su lengua quiere decir donde mataron los putos mexicanos. Y Ordaz le dió muchas gracias por la honra que había recibido, y les dió ciertas cuentas de Castilla que llevaba para aquel efecto, y se volvió a México, y fue alegremente recibido de Cortés y de todos nosotros, y decía que era buena tierra para ganados y granjerías, y el puerto a pique para las islas de Cuba y Santo Domingo y Jamaica, excepto que era lejos de México y había grandes ciénagas; y a esta causa nunca tuvimos confianza del puerto para el descargo y trato de México.

Dejemos a Ordaz y digamos del capitán Pizarro y sus compañeros que fueron en lo de Tustepeque a buscar oro y ver las minas; que volvió Pizarro con un soldado solo a dar cuenta a Cortés, y trajeron sobre mil pesos de granos de oro, sacado de las minas y dijeron que en la provincia de Tustepeque y Malinaltepeque y otros pueblos comarcanos fue a los ríos con mucha gente que le dieron y cogieron la tercia parte del oro que allí traían, y que fueron en las sierras más arriba a otra provincia que se dice los Chinantecas, y como llegaron a su tierra que salieron muchos indios con armas, que son unas lanzas mayores que las nuestras, y arcos y flechas y pavesinas; y dijeron que ni un indio mexicano no les entrase en su tierra; si no, que les matarían, y que los teules que vayan mucho en buena hora; y así fueron y se quedaron los mexicanos, que no pasaron adelante. Y después que los caciques de Chinanta entendieron a lo que iban, juntaron copia de sus gentes para lavar oro, y lo llevaron a unos ríos, donde cogieron el demás oro que venía por su parte en granos crespillos, porque dijeron los mineros que aquello era de más duraderas minas, como de nacimiento; y también trajo el capitán Pizarro dos caciques de aquella tierra que vinieron a ofrecerse por vasallos de Su Majestad y tener nuestra amistad, y aun trajeron un presente de oro; y todos aquellos caciques a una decían mucho mal de los mexicanos, que eran tan aburridos de aquellas provincias por los robos que les hacían, que no los podían ver ni aun mentar sus nombres.

Cortés recibió bien a Pizarro y a los principales que traía y tomó el presente que le dieron, y porque han pasado muchos años no me acuerdo qué tanto era; y se ofreció con buenas palabras que les ayudaría y sería su amigo de los chinantecas, y les mandó que se fuesen; y porque no recibiesen algunas molestias de mexicanos en el camino, mandó a dos principales mexicanos que les pusiesen en sus tierras y que no se quitasen de ellos hasta que estuviesen en salvo, y fueron muy contentos. Volvamos a nuestra plática. Y preguntó Cortés por los demás soldados que había llevado Pizarro en su compañía, que se decían Barrientos, y Heredia el Viejo, y Escalona el Mozo, y Cervantes el Chocarrero, y dijo que porque les pareció muy bien aquella tierra y era rica de minas y los pueblos por donde fue muy de paz, les mandó que hiciesen una gran estancia de cacahuatales y maizales y pusiesen muchas aves de la tierra y otras granjerías que había de algodón, y que desde allí fuesen catando todos los ríos y viesen qué minas había. Y puesto que Cortés calló por entonces, no se lo tuvo a bien a su pariente haber salido de su mandado; supimos que en secreto riñó mucho con él sobre ello, y le dijo que era de poca calidad querer entender en cosas de criar aves y cacahuatales. Y luego envió otro soldado que se decía Alonso Luis a llamar a los demás que había dejado Pizarro, y para que luego viniesen llevó un mandamiento. Y lo que aquellos soldados hicieron diré adelante en su tiempo y lugar.

Capítulo XLVI

CÓMO CORTES DIJO AL GRAN MONTEZUMA QUE MANDASE A TODOS LOS CACIQUES DE TODA SU TIERRA QUE TRIBUTASEN A SU MAJESTAD, PUES COMUNMENTE SABÍAN QUE TENÍAN ORO. Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO

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Después como el capitán Diego de Ordaz y los demás soldados por mí memorados vinieron con muestras de oro y relación que toda la tierra era rica, Cortés, con consejo de Ordaz y de otros capitanes y soldados, acordó de decir y demandar a Montezuma que todos los caciques y pueblos de la tierra tributasen a Su Majestad, y que él mismo, como gran señor también diese de sus tesoros. Y respondió que él enviaría por todos los pueblos a demandar oro, mas que muchos de ellos no lo alcanzaban, sino joyas de poca valía que habían habido de sus antepasados. Y de presto despachó principales a las partes donde habla minas y les mandó que diesen cada pueblo tantos tejuelos de oro fino, del tamaño y gordor de otros que le solían tributar, y llevaban para muestras dos tejuelos, y de otras partes no le traían sino joyezuelas de poca valía. También envió a la provincia donde era cacique aquel su pariente muy cercano que no le quería obedecer, otra vez por mí memorado, que estaba de México obra de doce leguas. Y la respuesta que trajeron los mensajeros que decía que no quería dar oro ni obedecer a Montezuma, y que también él era señor de México y le venía el señorío como al mismo Montezuma que le enviaba a pedir por tributo. Y luego que esto oyó Montezuma tuvo tanto enojo, que de presto envió su señal y sello y con buenos capitanes para que se lo trajesen preso. Y venido en su presencia el pariente, le habló muy desacatada mente y sin ningún temor, o de muy esforzado; y decían que tenía ramos de locura, porque era como atronado. Todo lo cual alcanzó a saber Cortés, y envió a pedir por merced a Montezuma que se lo diese, que él lo quería guardar, porque, según le dijeron, le había mandado matar Montezuma; y traído ante Cortés le habló muy amorosamente, y que no fuese loco contra su señor, y le quería soltar. Y Montezuma después que lo supo dijo que no le soltasen, sino que le echasen en la cadena gorda como a los otros reyezuelos por mí ya nombrados.

Tomemos a decir que en obra de veinte días vinieron todos los principales que Montezuma había enviado a cobrar los tributos del oro que dicho tengo, y así como vinieror, envió a llamar a Cortés y a nuestros capitanes, y a ciertos soldados que conocía, que éramos de la guarda, y dijo estas palabras formales, u otras como ellas: Hágoos saber, señor Malinche y señores capitanes y soldados, que a vuestro gran rey yo le soy en cargo, y le tengo buena voluntad, así por ser tan gran señor como por haber enviado de tan lejanas tierras a saber de mí, y lo que más me pone el pensamiento es que él ha de ser el que nos ha de señorear, según nuestros antepasados nos han dicho, y aun nuestros dioses nos dan a entender por las respuestas que de ellos tenemos. Toma ese oro que se ha recogido; por ser de prisa no se trae más. Lo que yo tengo aparejado para el emperador es todo el tesoro que he habido de mi padre, y que está en vuestro poder y aposentos; que bien sé que luego que aquí viniste abriste la casa y lo mirásteis todo, y la tornásteis a cerrar como de antes estaba. Y cuando se lo enviáreis decirle en vuestros amales y cartas: Esto os envía vuestro buen vasallo Montezuma. Y también yo os daré unas piedras muy ricas que le envíes en mi nombre, que son chalchihuis, que no son para dar a otras personas sino para ese vuestro gran señor, que vale cada una piedra dos cargas de oro; también le quiero enviar tres cerbatanas con sus esqueros y bodoqueras, y que tienen tales obras de pedrería, que se holgará de verlas, y también yo quiero dar de lo que tuviere, aunque es poco, porque todo el más oro y joyas que tenía os he dado en veces.

Y desde que aquello le oyó Cortés y todos nosotros, estuvimos espantados de la gran bondad y liberalidad del gran Montezuma, y con mucho acato le quitamos todos las gorras de armas y le dijimos que se lo teníamos en merced. Y con palabras de mucho amor le prometió Cortés que escribiríamos a Su Majestad de la magnificencia y franqueza del oro que nos dió en su real nombre. Y después que tuvimos otras pláticas de buenos comedimientos, luego en aquella hora envió Montezuma sus mayordomos para entregar todo el tesoro de oro y riqueza que estaba en aquella sala encalada; y para verlo y quitado de sus bordaduras y donde estaba engastado tardamos tres días, y aun para quitarlo y deshacer vinieron los plateros de Montezuma de un pueblo que se dice Escapuzalco. Y digo que era tanto, que después de deshecho eran tres montones de oro, y pesado hubo en ellos sobre seiscientos mil pesos, como adelante diré, sin la plata y otras muchas riquezas, y no cuento con ello los tejuelos y planchas de oro y el oro en granos de las minas. Y se comenzó a fundir con los indios plateros que dicho tengo, naturales de Escapuzalco, y se hicieron unas barras muy anchas de ello, de medida como de tres dedos de la mano el anchor de cada barra; pues ya fundido y hecho barras, traen otro presente por sí de lo que el gran Montezuma había dicho que daria, que fue cosa de admiración de tanto oro, y las riquezas de otras joyas que trajo, pues las piedras chalchiuis eran tan ricas algunas de ellas, que valían entre los mismos caciques mucha cantidad de oro. Pues las tres cerbatanas con sus bodoqueras, los engastes que tenían de pedrerias y perlas y las pinturas de pluma y de pajaritos llenos de aljófar y otras aves, todo era de gran valor. Dejemos de decir de penachos y plumas, y otras muchas cosas ricas, que es para nunca acabar de traerlo aquí a la memoria.

Digamos ahora cómo se marcó todo el oro que dicho tengo, con una marca de hierro que mandó hacer Cortés y los oficiales del rey proveídos por Cortés, y acuerdo de todos nosotros en nombre de Su Majestad, hasta que otra cosa mandase, que en aquella sazón era Gonzalo Mexía, y Alonso de Avila, contador; y la marca fue las armas reales como de un real y del tamaño de un tostón de a cuatro. Y esto sin las joyas ricas que nos pareció que no eran para deshacer. Pues para pesar todas estas barras de oro y plata, y las joyas que quedaron por deshacer no teníamos pesos de marcos ni balanzas, y pareció a Cortés a los mismos oficiales de la Hacienda de Su Majestad que sería bien hacer de hierro unas pesas de hasta una arroba y otras de media arroba, y de dos libras, y de una libra, y de media libra, y de cuatro onzas, y de tantas onzas; y esto no para que viniese muy justo, sino media onza más o menos en cada peso que se pesaba.

Y después que se pesó dijeron los oficiales del rey que había en el oro, así en lo que estaba hecho barras como en los granos de las minas y en los tejuelos y joyas, más de seiscientos mil pesos, sin la plata y otras muchas joyas que se dejaron de avaluar. Algunos soldados decían que había más, y como ya no había que hacer en ello, sino sacar el real quinto y dar a cada capitán y soldado nuestras partes, ya los que quedaban en el puerto de la Villa Rica también las suyas, parece ser Cortés procuraba de no lo repartir tan presto hasta que hubiese más oro y hubiese buenas pesas y razón y cuenta de a cómo salían. Y todos los más soldados y capitanes dijimos que luego se repartiese, porque habíamos visto que cuando se deshacían de las piezas del tesoro de Montezuma estaba en los montones mucho más oro, y que faltaba la tercia parte de ello, que lo tomaban y escondían, así por la parte de Cortés como de los capitanes, como el fraile de la Merced, y se iba menoscabando. Y a poder de muchas pláticas se pesó en lo que quedaba, y hallaron sobre seiscientos mil pesos, sin las joyas y tejuelos, y para otro día habían de dar las partes. Y lo repartieron, y todo lo más se quedó con ello el capitán Cortés y otras personas.

Capítulo XLVII

CÓMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO A CORTÉS QUE LE QUERÍA DAR UNA HIJA DE LAS SUYAS PARA QUE SE CASASE CON ELLA Y LO QUE CORTÉS LE RESPONDIÓ, Y TODAVÍA LA TOMO, Y LA SERVIAN Y HONRABAN COMO ERA DEBIDO A HIJA DE TAN GRAN SEÑOR COMO ERA ÉL

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Como otras muchas veces he dicho, siempre Cortés y todos nosotros procurábamos de agradar y servir a Montezuma y tenerle palacio, y un día le dijo Montezuma: Mira, Malinche, que tanto os amo, que os quiero dar a una hija mía muy hermosa para que os caséis con ella y la tengáis por vuestra legítima mujer. Y Cortés se quitó la gorra por la merced y dijo que era gran merced la que le hacía, mas que era casado y tenía mujer, y que entre nosotros no podemos tener más de una mujer y que él la tendría en aquel grado que hija de tan gran señor merece, y que primero quiere se vuelva cristiana, como son otras señoras, hijas de señores. Y Montezuma lo hubo por bien, y siempre mostraba el gran Montezuma su acostumbrada voluntad. Mas de un día en otro no cesaba Montezuma sus sacrificios, y de matar en ellos personas, y Cortés se lo retraía, y no aprovechaba cosa ninguna, hasta que tomó consejo con nuestros capitanes que qué haríamos en aquel caso, por